Project Gutenberg's La araa negra, t. 3/9, by Vicente Blasco Ibez

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Title: La araa negra, t. 3/9

Author: Vicente Blasco Ibez

Release Date: May 30, 2014 [EBook #45831]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ARAA NEGRA, T. 3/9 ***




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 En esta edicin se han mantenido las convenciones ortogrficas del
 original, incluyendo las variadas normas de acentuacin presentes en
 el texto. (la lista de los errores corregidos sigue el texto.)




                         VICENTE BLASCO IBAEZ

                               LA ARAA
                                 NEGRA

                                NOVELA

                             TOMO TERCERO

                        [Illustration: colofn]

                         EDITORIAL COSMPOLIS

                            APARTADO 3.030
                                MADRID

                   Imprenta Zoila Ascasbar. Martn
                      de los Heros, 65.--MADRID.




                             CUARTA PARTE

                          EL CAPITAN ALVAREZ




I

Un aspirante a hroe


El 20 de septiembre de 1852 fu admitido en la Academia Militar de
Toledo un muchachote de diez y seis aos, de rostro franco y ademn
altivo que, como detalle tpico, tena entre las dos cejas esa arruga
vertical que delata un carcter tenaz e inquebrantable hasta llegar a la
testarudez.

Los alumnos de la Academia miraron al recin llegado con hostil
curiosidad propia del caso, y los ms antiguos comenzaron a pensar en
las rudas pruebas por que haba que hacer pasar al novato.

Pronto les ahorr este trabajo el cadete Esteban Alvarez, que as se
llamaba el muchacho, pues al enterarse de lo que proyectaban sus nuevos
compaeros, psose fosco, y, tirando del sable, di una buena paliza a
dos de los matoncillos que capitaneaban aquella hostil manifestacin
contra l.

Este arranque no slo le libr de los malos tratamientos que a guisa de
iniciacin le esperaban, sino que le di un gran prestigio entre aquella
turba juvenil que adoraba la fuerza y la energa con loco entusiasmo.

El nefito no fu ya considerado como "apstol" (nombre que reciban los
novatos), sino que de un salto se coloc entre los ms "guapos" del
Colegio.

El cadete Esteban Alvarez poda ser considerado como un buen muchacho.

Su padre era un antiguo coronel que haba comenzado su carrera en el
Per, batindose a las rdenes del general Valds contra los
americanos, que deseaban librarse del yugo de Espaa.

Haba tenido por compaero en las guerras de Amrica, cuando no era ms
que teniente, a un joven comandante llamado Baldomero Espartero, sin
llegar nunca a descubrir en su amigo ningun rasgo que le anunciase el
brillante porvenir que le estaba reservado.

Cuando volvi a Espaa, en 1825, el gobierno absolutista de Fernando
VII, despus de someterlo a denigrantes purificaciones, le envi de
cuartel a Valencia, vigilado de cerca por la polica de los realistas.

El militar no se quej. Iguales muestras de agradecimiento reciban de
la patria todos los hroes que volvan a ella despus de haber estado
luchando durante aos enteros en lejanas tierras por conservarla sus
posesiones. Aquellos militares, combatiendo a los americanos, se haban
contaminado de sus ideas republicanas, y al gobierno absoluto le
convena tener bajo una estrecha vigilancia a tan peligrosos huspedes.

La guerra carlista y el renacimiento del partido liberal vino a sacar de
su existencia aislada al capitn D. Jos Alvarez, quien pele en el
Norte con gran denuedo a las rdenes de su antiguo camarada Espartero,
convertido ya en clebre general, encontrndose, al ajustarse el
convenio de Vergara, con las charreteras de coronel.

El antiguo hroe de Amrica poda haber hecho una brillante carrera
aprovechndose de la amistad de Espartero, que ocupaba la Regencia y
estaba en el apogeo de su gloria; pero era hombre poco aficionado a
adular a los poderosos, y el duque de la Victoria estaba demasiado
preocupado por sus asuntos polticos para acordarse del coronel Alvarez
y dignarse darle lo que ste no se atreva a pedirle.

Algunas veces el caudillo de Luchana, soldado hasta la medula de los
huesos, cuando estaba en la intimidad con sus allegados y recordaba las
hazaas de su vida pasada, as como sus mejores compaeros, nombraba al
coronel Alvarez y deca con acento de conviccin:

--Es un hombre que vale, y como amigo no hay que pedirle ms. En los
Andes se bata como un len, y en el Norte ha hecho verdaderas
heroicidades. No digo que tenga una gran inteligencia militar; pero es
un soldado de buena madera, y pocos saben, como l, meter un regimiento
en el punto de mayor compromiso. Ahora creo que vive en Valencia, desde
que termin la guerra. Se cas en Pamplona en una tregua de la campaa,
y casi estoy por asegurar que ha tenido un hijo. Lstima grande que
viva arrinconado en una provincia! Le escribir maana as que tenga un
rato libre, y har por l lo que se merece.

Esta promesa la hizo Espartero varias veces; pero agobiado por las
apremiantes ocupaciones de su alto cargo, antes fu derribado de la
Regencia por la coalicin de moderados y progresistas que pudo escribir
a su antiguo camarada y sacarlo de la oscuridad en que viva.

El coronel Alvarez se haba establecido en Valencia con su esposa, una
navarra varonil que a pesar de pertenecer a una de las principales
familias de Pamplona, no haba tenido miedo de seguirle en muchas de las
expediciones militares, marchando a la cola del regimiento, unas veces
montada en una mula y otras en el carro de los equipajes.

Cuando al ao de matrimonio tuvo un hijo, la enrgica seora se conform
con cierto pesar a no seguir al regimiento en sus atrevidas marchas;
pero el coronel no pudo impedir que se estableciera en un pueblo situado
en el centro del teatro de la guerra y que estaba contiguo, amenazado
por los carlistas. La fiel esposa despreciaba todos los peligros con tal
de vivir en un punto que frecuentemente visitaba, aunque de paso, la
columna donde figuraba su marido.

En aquel pueblecito de la sierra, cubierto por la nieve durante ocho
meses del ao y oyendo con gran frecuencia el estruendo de los combates
que entre "cristianos" y carlistas se entablaban casi a la vista, fu
creciendo el pequeo Esteban.

El olor de la plvora, los arreos militares y las costumbres reguladas
por una severa ordenanza, fu lo primero que conoci el pequeuelo al
darse cuenta de su existencia.

De su infancia pasada, en aquella reducida poblacin, lo que ms grabado
qued en su infantil memoria, hasta el punto de recordarlo muchos aos
despus, fu las apariciones de su padre, que entraba en la poblacin
imponente y magnfico montado en su caballo y seguido de su regimiento
que, cubierto de polvo y sudoroso, marchaba al comps de los redobles de
tambor, y las aventuras de cierta noche oscura y tormentosa en que un
batalln carlista entr por sorpresa en la poblacin, y l, descalzo y
semidesnudo en los brazos de su madre, fu conducido al fuerte mientras
que oa con curioso terror los gritos y las descargas que estallaban
all abajo en las tortuosas calles.

El pequeo Esteban, nacido entre el fragor de la guerra, educado en
ella e hijo de un valiente oficial y de una mujer enrgica,
necesariamente haba de tener gran aficin a la vida militar.

En Valencia, viviendo en plena tranquilidad, el muchacho pensaba con
cierta envidia en la vida de agitaciones y sobresaltos que haba tenido
en Navarra y como nacido entre los horrores de la guerra, crea que sta
era el estado normal de la sociedad y que la paz resultaba una
monstruosidad digna de ser deshecha inmediatamente para que el mundo
recobrase su equilibrio.

Nada hicieron sus padres para desviar las blicas aficiones del
muchacho, y antes bien, las fomentaron.

El coronel no crea que la profesin militar era gran cosa; antes bien,
se senta predispuesto en todas ocasiones a echar pestes contra ella;
pero, qu diablo!, su hijo haba de ser algo en el mundo, y al escoger
una profesin, ms le enorgulleca que pensase en ser militar que en ser
cura. En cuanto a la madre, experimentaba ese irreflexivo entusiasmo que
sienten la mayora de las mujeres por los colorines militares, y ya que
el padre por su torpeza no haba hecho gran carrera, soaba en que algn
da su hijo ceira la faja de general.

El muchacho prometa ser un hroe, pues en punto a atrevido y a genio
irascible, llevaba gran ventaja a todos los de su edad. Cada mes le
arrojaban de la escuela por revolver a alumnos y pasantes, y rara era la
semana que el coronel no tena que intervenir en alguna travesura grave
de aquel angelito, que tena en el puo a todos los muchachos del
barrio, y que contaba ya por docenas las vctimas de sus pedradas y sus
palos.

A los diez aos era un grandulln que se confunda con los muchachos de
quince, y apenas violentando la severa consigna dictada por su padre
sala a la calle, los perros y los gatos de la vecindad huan
despavoridos como un tropel de herejes al ver un sanguinario inquisidor.

En punto a estudiar, no se distingua tanto. Tena muy buen ingenio y
aprenda las cosas con pasmosa facilidad cuando l quera; pero era
preciso confesar que quera muy pocas veces, pues a los diez aos lea
de un modo lastimoso y trazaba unos palotes inverosmiles.

El coronel no se disgustaba y miraba a su hijo con la complacencia del
artista que contempla en su obra el indeleble sello de su carcter.
Tambin haba sido as y no perdi por ello gran cosa, pues para ser
soldado, lo necesario es tener muy buenos puos y mucho coraje.

--No hay que asustarse, Balbina--terminaba diciendo el coronel, siempre
que trataba la cuestin--, el que el chico sea un bruto, no impedir el
da de maana que llegue muy alto, si es que tiene corazn y le ayuda un
poco la suerte. Por si no lo crees, ah tienes a Espartero, que cuando
vino al Per lo acababan de suspender en los exmenes de ingreso para la
escuela de Estado Mayor. Baldomero no sabe gran cosa, y, sin embargo,
regente del reino ha sido y capitn general, y duque lo tienes hoy.

Estos razonamientos eran ms que suficientes para convencer a doa
Balbina, y de aqu que el muchacho siguiese tan cerril y atrevido,
olvidando las lecciones para ir a capitanear las pedradas en el ro o a
apalear gatos por toda la ciudad.

Lo que los padres no queran tomarse la molestia de hacer, lo lograban
las aficiones militares que senta el muchacho.

A los doce aos Esteban comenz a escaparse con menos frecuencia de su
casa y cobr gran aficin a encerrarse en un cuartucho donde su padre
haba amontonado unas cuantas docenas de volmenes que la humedad por un
lado y los ratones por otro haban comenzado a destruir.

Aquellos libros los tena el coronel por casualidad, pues no era hombre
capaz de dedicar un cntimo a la lectura que, al fin (segn sus propias
palabras), slo le haba de ensear cosas que no le importaban. Habalos
heredado de un comandante compaero suyo, a quien los soldados llamaban
"el coplero", y que era muy respetado a causa de su aficin al estudio y
del gran bagaje de libros que constitua todo su ajuar. Una bala
carlista di fin a su vida e impidi que fuese terminado un drama
romntico, del que sus compaeros del regimiento esperaban un triunfo
que los honrase a todos.

Aquellos libros constituan la ms grata diversin del travieso Esteban,
que pasaba horas hojendolos sin fijarse gran cosa en el texto y en
busca siempre de las defectuosas lminas en acero, que a l le parecan
brillantes reproducciones del natural.

Qu profunda impresin causaban en el joven aquellas lminas que ponan
ante sus ojos los ms clebres combates del mundo! Entusiasmbase
Esteban con aquellos grupos de hombres siempre en actividad fiera y con
las armas en alto, dispuestos a exterminarse los cuales representaban la
guerra en las diversas pocas de la historia. Primero, griegos y persas,
romanos y cartagineses, Scipin y Anbal; despus la Edad Media, con
todo su arsenal de fantsticas armaduras y descomunales mandobles, el
Cid con sus proezas legendarias y los reyes hacindose la guerra por
mero capricho; a continuacin los regimientos sustituyendo las armas
blancas por las de fuego y resolviendo los combates a caonazos y por
cargas de caballera, los tercios espaoles, los generales de Felipe II,
las compaas de Gustavo Adolfo y las locas aventuras de Carlos XII, y,
ltimamente, las guerras de la Repblica Francesa, la Marsellesa coreada
por el rugir de mil bocas de fuego y el gritero de las cargas a la
bayoneta, blica y gigantesca estrofa, que tena por estribillo la
aparicin del dios de la naturaleza y la ambicin, que se llamaba
Bonaparte.

Todo este mundo de luchas, de victorias y de derrotas, pasaba en forma
de defectuosos, pero animados cuadros, ante los ojos del muchacho, que
ruga de entusiasmo al contemplar cualquiera de aquellos caudillos con
la espada desnuda y centelleante, arrojndose sobre las compactas masas
de enemigos.

La continua contemplacin de tales episodios despert en el nimo del
muchacho el deseo de conocer ms detalladamente los hechos y los
personajes que representaban aquellas lminas, y aunque la lectura le
produca mareos y una atencin demasiado sostenida le amenazaba con
congestiones hijas de su sangunea complexin, se determin a abandonar
las lminas por el texto, y aunque saltando pginas y leyendo a medias
los prrafos, comenz a entablar conocimiento con los hroes que
figuraban en los dibujos, y, especialmente, con aquel Alejandro y aquel
Napolen, cuyos nombres surgan a cada instante ante sus ojos.

Qu lectura tan hermosa! Cmo seduca el belicoso nimo del muchacho!
Qu gran cosa era la guerra! Esteban, interesndose cada vez ms por
aquella lectura, iba conociendo lo que la guerra haba sido en todos los
tiempos y envidiaba el hermoso papel que haban desempeado en todas
pocas los grandes capitanes.

Ahora ms que nunca se senta inclinado a la profesin militar, y
cuando, interrumpiendo la lectura, quedaba pensativo, en vez de correr a
la calle como en otros tiempos lo haca al menor descuido de sus padres,
entregbase ahora a risueas ilusiones y se imaginaba llegar a ser en el
porvenir un Alejandro conquistando reinos ignorados como la Persia y la
India, un Washington salvando a su patria o un Bonaparte convirtiendo
todas las naciones de Europa en provincias de su Imperio.

Pero conforme Esteban se aficionaba a la lectura devorando los libros
del difunto comandante, convencase con dolor de que para ser un gran
caudillo no era suficiente, segn deca su padre, ser muy valiente y
tener buenos puos, sino que era necesario adquirir gran caudal de
ciencia y ser tan sabio como heroico.

Aquello de que Alejandro, ms que de las campaas persas, se cuidaba de
proteger a su maestro, un tal Aristteles, proporcionndole los medios
para que catalogase y describiese todos los animales de la tierra, y de
que el general Bonaparte cuando iba con rumbo a Egipto a bordo de "El
Oriente" atenda con ms inters a las discusiones de Monge Berthollet y
otros sabios sobre ciencias exactas y metafsicas, que a las
indicaciones de su Estado Mayor acerca de la prxima guerra, produca
gran confusin en el muchacho, que hasta entonces no haba credo que la
ciencia tuviese la menor relacin con las armas.

Adems, aquellos libros le hablaban de una porcin de conocimientos
cientficos indispensables para ser un buen caudillo, y esto acab de
moverle a desechar sus antiguos instintos y dedicarse al estudio con una
tenacidad verdaderamente heroica.

Al principio, su carcter independiente, inquieto y revoltoso, se
sublev contra aquel rgimen de recogimiento que contrastaba con la
anterior vida; pero Esteban era inquebrantable en sus resoluciones y
consigui vencer a la pereza y la ignorancia.

El coronel Alvarez estaba asombrado del cambio radical experimentado por
su hijo, y hasta llegaba a temer, en vista de su aficin al estudio, que
se olvidase de sus inclinaciones militares v se decidiese por una
carrera cientfica.

Todo haba cambiado en la vida de Esteban: hasta el carcter. En
adelante, las largas horas pasadas ante los libros, le robaron sus
aficiones al bullicio y al escndalo, y se hizo reflexivo y grave, hasta
el punto de ruborizarse cuando recordaba sus hazaas de poco tiempo
antes.

El padre, tan ignorante y rudo como siempre, admirbase ante los
conocimientos cientficos que rpidamente adquira su hijo y lo crea un
pozo de ciencia, complacindose en hablar de l con admiracin ante unos
cuantos veteranos que eran sus amigos ntimos.

El bueno del coronel no dudaba que su hijo llegara a muy alto y hasta
pensaba en que su amigo Espartero, de all a algunos aos, tendra un
rival capaz de oscurecerle con el brillo de su gloria.

A los diecisis aos, el coronel Alvarez envi a su hijo al colegio
militar de Toledo, que, segn l, era una empolladora de hroes que se
quedaban a la mitad del camino. Su hijo sera de los que llegaran a la
cumbre, slo con que le ayudara un poco la fortuna.

Cuando Esteban march a Toledo a formalizar sus estudios, era un
verdadero aspirante a hroe. La sed de gloria turbaba su existencia y
soaba de continuo con ser un da un genio de la guerra, del que
dependiese la suerte de su patria.

Sus ideas haban sido transformadas por el estudio. Aquellas campaas de
la Repblica francesa, donde los soldados descalzos, harapientos y
rodos por el hambre, vencan a la coalicin de todos los tiranos le
producan ms admiracin que las teatrales victorias de Napolen con sus
ejrcitos disciplinados y disponiendo de grandes medios para hacer la
guerra.

El ser soldado de una causa tan grande como la libertad, le entusiasmaba
ms que el ser soldado por oficio o por placer, y por ello prefera
Washington a Alejandro y Hoche a Bonaparte.

La primera vez que oy la Marsellesa, aquel himno tantas veces
mencionado en las guerras de la Repblica, se conmovi profundamente,
hasta el punto de derramar lgrimas. Las sombras de Marceau y de Hoche,
de Latour d'Auvergue, de Klber y de Desaix desfilaron ante su
imaginacin envueltas en el brillante ropaje de las heroicas y rtmicas
estrofas, y casi se sinti tentado de saludar con la misma veneracin
con que se descubre el recluta ante el general que le ha conducido a la
victoria.

No pasaron desapercibidos para su padre estos detalles, y los lament
con todo su corazn.

--Cuando en mi juventud--deca a su esposa--haca yo la guerra en el
Per, tambin tuve algo de republicano, y por eso me vi tratado tan mal
al volver a Espaa. No son las ideas republicanas la mejor recomendacin
para hacer carrera en el ejrcito, pero ms le quiero as que no
carlista. Al fin, no desmiente la sangre.

Con tal bagaje de ideas y ensueos, fu Esteban a hacer su aprendizaje
militar, y ya vimos cmo al entrar en el colegio demostr que sus
aficiones al estudio no haban amenguado la energa de su carcter ni
enmohecido sus puos.




II

Alvarez y su asistente


En 1856 recibi el alfrez Alvarez su bautismo de sangre. Recin salido
del colegio acababa de incorporarse a un regimiento de guarnicin en
Madrid, cuando a O'Donnell se le ocurri dar fin al famoso bienio
progresista nacido del alzamiento de Viclvaro, llevando a cabo el golpe
de Estado que equivala a una repugnante traicin contra su compaero
Espartero.

La Milicia Nacional, mandada por Sixto Cmara y otros revolucionarios,
resisti valerosamente aquella violacin de las leyes que O'Donnell
llevara a cabo, pero una vez ms venci la fuerza al derecho, y la
legalidad cay al suelo herida por la espada de un ambicioso.

El alfrez Alvarez se bati como un valiente en la plazuela de Santo
Domingo. Al comenzar el combate, el joven tena sus dudas y haca
depender su conducta de la actitud que tomase Espartero. Si el antiguo
amigo de su padre se decida en favor de la causa popular y echaba su
espada en la balanza de la revolucin, l ira a ponerse al lado de los
bravos milicianos aun conociendo que comprometa su porvenir; pero el
duque de la Victoria permaneci quieto, negndose a auxiliar a los que
combatan en nombre de la Constitucin violada, y el alfrez, acallando
los impulsos de su corazn que le empujaban hacia los insurrectos,
permaneci fiel a la ordenanza y se bati tan bien como el primero, en
defensa de una causa que odiaba.

Una bala le produjo un ligero rasguo, y esto bast para que el Gobierno
de O'Donnell, interesado en crearse simpatas en el ejrcito y que
derramaba los ascensos con prodigalidad, le diese el grado de teniente.

Desde 1856, Alvarez arrastr esa vida sedentaria y montona, propia de
los soldados en tiempo de paz. Trasladado de una a otra guarnicin, fu
corriendo media Espaa, y los ocios de esa vida insustancial y lnguida
que se arrastra en las pequeas guarniciones, los emple dedicndose al
estudio y poniendo a contribucin cuantas bibliotecas encontraba.

De este modo fu Alvarez adquiriendo una vasta ilustracin, y pronto
pudo pasar como muy versado no slo en materias militares, sino
literarias y cientficas.

En el regimiento le consideraban como un orculo, y todos los oficiales
reconocan la justicia con que sus compaeros de la Academia de Toledo,
que muchas veces sustituan los apellidos por chuscos motes, le haban
puesto el apodo de Sneca.

Alvarez era un buen oficial que cumpla todos sus deberes con exactitud
solemne, y esto, unido a su ilustracin, le haca ser apreciado por sus
superiores y sus iguales, y le vala que en el cuarto de banderas
reinase un profundo silencio siempre que l abra la boca para
dictaminar sobre alguna cuestin.

El coronel, antiguo soldado que apenas saba leer, pero que tena sus
pretensiones de elocuencia, le haca corregir sus arengas conmemorativas
antes de insertarlas en la orden del da; en las conferencias de
oficiales deslumbraba con sus disertaciones, y no haba alfrez que
dejase de presentarle, solicitando una concienzuda correccin, los
versos escritos en honor de alguna romntica novia.

El teniente Alvarez era, en una palabra, el hombre importante del
regimiento, el genio cuya gloria se encargaban de pregonar todos, desde
el coronel al ltimo corneta; pero tan inmensa popularidad no satisfaca
al agraciado ni lograba impedir que a menudo se entregase a sus ensueos
ambiciosos.

Los galones de teniente le desesperaban, la paz le produca nuseas y
casi se senta prximo a llorar de rabia cada vez que pensaba que a
fines del pasado siglo haba en Francia generales de su misma edad que
se hacan inmortales.

Al enviar el Gobierno la expedicin a Cochinchina, solicit el teniente
formar parte de ella con el deseo de adquirir gloria en tan lejanas
tierras, pero su proposicin fu desatendida, lo que le produjo hondo
despecho.

La fortuna, aquella deidad tan ensalzada por su padre, le volva la
espalda, y l, tan ansioso de gloria y tan dispuesto a realizar las
mayores heroicidades, vease obligado a vegetar en una guarnicin,
olvidado, casi embrutecido, y teniendo por nico consuelo la mezquina
popularidad que gozaba en su regimiento.

Cuando ms agitado estaba por sus decepciones, recibi la noticia del
fallecimiento de su padre, a consecuencia de lesiones internas
producidas por una bala que los cirujanos del Per no supieron
extraerle.

Esta noticia aument an ms la tristeza del joven militar, que cuando
soaba en un porvenir glorioso, colocaba siempre en primer trmino a su
padre, conmovido por la alegra, y lloraba como un nio al ver a su
descendiente elevado a los primeros puestos del Estado.

Oh, maldita imaginacin! Ilusiones engaosas! El nunca llegara a ser
nada, y gracias si al retirarse poda alcanzar, como su padre, el empleo
de coronel. Adems, aun cuando sus sueos se realizasen, Esteban no se
considerara feliz, pues le faltara la inmensa satisfaccin producida
por la alegra de su padre.

Doa Balbina, que viva en Valencia nicamente por el cario que a dicha
ciudad tena su esposo, al morir ste trasladse a Burgos, donde su hijo
estaba de guarnicin, complacindose en hacer la misma existencia nmada
que en su juventud, aunque sin el aliciente para ella de las aventuras y
terribles incidentes de la guerra.

Transcurrieron tres aos de este modo viviendo Esteban con su madre y
ejerciendo sta tal superioridad sobre las esposas de todos los
militares como su hijo en el regimiento.

La viuda del coronel Alvarez hablaba con los oficiales viejos de las
operaciones de la guerra civil con tanta autoridad como si dentro de
ella estuviese el general Zarco del Valle, y con las "militaras"
disertaba sobre las condiciones que debe reunir un buen asistente y la
influencia que las mujeres pueden ejercer sobre los valientes llamados a
dar su sangre por la patria.

Cuando el Gobierno espaol declar la guerra al Imperio de Marruecos, el
regimiento al que perteneca Esteban, y que se hallaba en aquel entonces
de guarnicin en Zaragoza, recibi la orden de salir inmediatamente para
Valencia, donde deba embarcarse con rumbo a Africa, formando parte de
la divisin de reserva que mandaba el valiente general Prim.

Gran trabajo cost al teniente disuadir a su madre del empeo que
mostraba en seguir al regimiento. La valerosa navarra sentase halagada
por la idea de asistir a una campaa en pas tan extrao y contra
enemigos a los que ella odiaba como buena catlica; pero su hijo le
expuso razones que le hicieron desistir y la obligaron a conformarse
con la tristeza que le causaba no poder presenciar aquella guerra en la
que iban a perder sus vidas muchos miles de moros dignos de la peor de
las suertes por poner a Mahoma a ms nivel que Jesucristo y no prestar
acatamiento al Papa.

Doa Balbina fuse a vivir con sus parientes de Pamplona, y Esteban,
libre de toda carga, parti con su regimiento contento con la fortuna
que le deparaba una verdadera guerra donde poder lucir su valor y
conquistar algo de aquello que su ambiciosa imaginacin soaba.

Apenas si en el viaje, ni durante la campaa, ech de menos a su madre
en punto a cariosos cuidados. Llevaba como asistente a un mocetn
aragons, despierto de entendimiento y servicial y fiel como un perro,
que miraba al "seorito" con tanto respeto como a su padre y con igual
cario que si fuese un hermano.

En todo el regimiento se hacan comentarios sobre la indestructible
armona que reinaba entre el oficial y el asistente y la facilidad con
que ste cumpla sus menores indicaciones.

Entre el teniente Alvarez y su asistente Perico, apenas si mediaban al
da media docena de palabras, y, sin embargo, todo se haca a gusto del
primero, sin que tuviera el menor motivo de queja.

En la ms leve mirada adivinaba el soldado los deseos de su superior y
se apresuraba a realizarlos sin romper el mutismo a que tan aficionado
se mostraba su amo.

Perico, aunque aragons, era tan hiperblico como un andaluz cuando en
las reuniones con los dems asistentes del regimiento surga en la
conversacin el nombre de su amo.

Para l no admita duda que todo el mundo estaba convencido de lo mucho
que vala su seorito y que desde O'Donnell al ltimo soldado se tena
como artculo de fe que el teniente Alvarez era el oficial ms valiente
y ms sabio del ejrcito espaol.

Cuando le oa hablar con otros oficiales quedbase en ademn esttico y
con la boca abierta asombrado ante aquellos nombres extraos que su amo
mezclaba en la conversacin, y algunas veces hubo de reirle Esteban en
Zaragoza porque se arrimaba irrespetuosamente a la puerta del cuarto de
banderas tan slo por escuchar cmo el teniente discuta con los
compaeros, aprobando enrgicamente con movimientos de cabeza todo
aquello que su amo deca y que l estaba muy lejos de entender.

Tanta influencia ejerca el oficial sobre su asistente, que ste tena
ya adoptada una formal resolucin sobre su porvenir. Nunca se separara
de aquel hombre al que estaba ligado por el respeto y el cario.

Se encontraba casi solo en el mundo, careca de padres a cuyo sustento
atender y no tena ms pariente que su ta Tomasa, una hermana de su
padre, que muy joven fu a Pars a servir a unos seores y que ahora
estaba en Madrid en casa de un conde como ama de gobierno y domstica de
cierta autoridad. Esta ta era un verdadero tesoro para Perico, que como
nico sobrino era el verdadero dueo de su afecto y recurra a ella con
xito en todos sus apuros.

La ta le enviaba todos los meses algunos duros para sus vicios, y como
Perico no los tena, de aqu que emplease tales cantidades en beneficio
de su seorito, el cual no poda explicarse al sentarse a la mesa cmo
con tres pesetas que diariamente entregaba a su asistente, coma casi
con tanto regalo como el coronel del regimiento.

Aquel Perico era de oro, segn la expresin de todos los oficiales, y lo
ms notable en l resultaba la fidelidad, pues desech las proposiciones
de varios compaeros de su amo que queran llevrselo a sus casas con el
deseo de tener un sirviente tan atento y puntual.

En la campaa de Marruecos el asistente demostr hasta dnde llegaba su
cario al seorito, pues en vez de permanecer a retaguardia como los
dems soldados de su clase, no dejaba el fusil de la mano, y sin
desatender por esto sus obligaciones marchaba al lado del teniente
Alvarez ms atento a defenderle que a hostilizar al enemigo.

Por dos veces salv la vida a su seor; pero ste le correspondi
dignamente partiendo de un sablazo la cabeza de un marroqu que a
quemarropa apuntaba a Perico con su espingarda.

Ganoso Esteban de conquistar aquella gloria tantas veces soada, le
pareci poco notable figurar en un regimiento que entraba en fuego lo
mismo que los otros, y se present a Prim solicitando por s y su
asistente el ingreso en una de aquellas compaas de guas o
exploradores, fuerza escogida que ocupaba siempre los puntos de mayor
peligro y que continuamente se tiroteaba con los moros, siendo objeto
de sorpresas y sosteniendo combates cuerpo a cuerpo.

En cien ocasiones vironse amo y criado frente a frente con la muerte, y
otras tantas se salvaron como si fuesen invulnerables. Las balas
menudeaban; por tres veces la muerte se encarg de que fuese renovado el
personal de la compaa, y a pesar de esto, ni el oficial ni su
asistente, que eran los primeros en el ataque, sufrieron el ms leve
rasguo.

La heroicidad del teniente Alvarez no tard en ser conocida y comentada
por todo el ejrcito, y tanta fu su popularidad, que O'Donnell, a pesar
de que no miraba con buenos ojos a tal oficial, por saber su procedencia
progresista y la gran aficin que mostraba a las doctrinas democrticas,
entonces nacientes, se decidi, por evitar murmuraciones, a premiar sus
esfuerzos y lo ascendi a capitn, concedindole, adems, la cruz de San
Fernando, en juicio contradictorio. Tambin Perico alcanz la cruz por
haber luchado a brazo partido con dos morazos que queran hacerlo
prisionero, demostrando que a la sombra de la Torre Nueva se desarrollan
tan buenos puos como en las laderas del Atlas.

Alvarez y su asistente fueron objeto de grandes demostraciones de
simpata, y si el teniente no pudo sacar de la campaa aquellas
grandezas por l soadas, al menos logr alcanzar una slida reputacin
de soldado valeroso.

Al terminar la campaa, el capitn Alvarez y su asistente, incorporados
a otro regimiento, regresaron a Espaa, siendo destinados de guarnicin
a Madrid.

Las fatigas y los peligros experimentados en comn y esa fraternidad que
crea la guerra, haban estrechado los lazos de cario que unan al
oficial con su asistente.




III

La vi por vez primera...


En el invierno de 1862, el sol, faltando a su perversa costumbre, se
portaba como un completo caballero con los habitantes de la coronada
villa.

Los madrileos estaban en pleno mes de enero, y sin embargo,
transcurran semanas enteras sin que el aliento del coloso Guadarrama
fuese fro y punzante, y el sol, desde las ocho de la maana, esparca
en las calles un ambiente tibio que, a despecho de la estacin, haca
recordar la primavera.

La nieve era en aquel ao cosa desconocida, y las lluvias invernales
haban quedado reducidas a unos cuantos chaparrones que prestaban al
Ayuntamiento el gran servicio de limpiar las calles, siempre sucias.

Aquella benignidad de la Naturaleza tena asombrados a los habitantes de
la corte, y uno de los que se mostraban ms agradecidos era el capitn
Alvarez, que, como criado en la costa del Mediterrneo y en una de las
ciudades ms risueas y de temperatura dulce, odiaba los das nebulosos
y experimentaba una alegra casi infantil cuando la Naturaleza ostentaba
todos sus esplendores a la luz del sol.

En una de aquellas maanas que parecan de primavera, el capitn, viendo
el rayo de sol que se filtraba en su habitacin por la ventana que el
fiel Perico acababa de abrir, se levant de muy buen humor, dispuesto a
aprovecharse de la benignidad de la Naturaleza.

Eran las siete, y hasta las diez no estaba obligado a presentarse en el
cuartel. Le quedaban, pues, tres horas libres, que l pens dedicar a un
largo paseo, pues como oficial que gozaba fama de andariego aprovechaba
todas las ocasiones para que, segn l deca, no se le enmoheciesen las
piernas.

Cuando hubo devorado su apetito a toda prueba el modesto desayuno
preparado por la patrona, y Perico acab de pasar su escrupuloso cepillo
sobre el pancho y el rojo pantaln, Alvarez encendi un puro y sali a
la calle con todo el empaque de un hombre que se considera feliz, aunque
momentneamente, y que est agradecido a la Naturaleza.

Bien haca Perico en estar orgulloso del buen talante de su seor,
porque no poda menos de reconocerse que el capitn Alvarez era un buen
mozo, que llevaba como pocos el uniforme del ejrcito espaol.

Pisaba con la fuerza de un hombre robusto, aunque algo enjuto;
contonebase con una marcialidad nada afectada y se atusaba la perilla
graciosamente cada vez que se quedaba mirando a las muchas mujeres a
quienes llamaba la atencin.

Oh, poder de la marcial gallarda! El vizconde del Pinar, por otro
nombre el alfrez Lindoro, mozuelo que usaba cors bajo el uniforme y se
apretaba la cintura como una damisela, mostraba gran admiracin ante el
capitn y confesaba que, teniendo su varonil presencia y la cruz de San
Fernando en el pecho, era l muy capaz de conquistar a todas las mujeres
de Madrid.

--Y pensar--aada el "dandy"--que tan mgico poder se pierde
intilmente!

Intilmente no se perda, pues al capitn Alvarez no le faltaban ciertos
trapicheos, y esto quien mejor lo saba era Perico; pero lo cierto era
que ninguna de aquellas pasiones nacidas al volver una esquina duraba
ms de una semana, y el apuesto militar no haba tenido un verdadero
amor.

El capitn, expeliendo con fuerza el humo de su cigarro y con aspecto de
un hombre feliz, baj la calle de Alcal, dirigindose al Retiro, su
paseo favorito, pues las frondosas y vastas arboledas era lo nico que
le consolaba de aquella desesperante aridez de los alrededores de
Madrid.

Cuando entr en el gigantesco jardn, por la principal avenida, se hizo
la ilusin de que entraba en un vergel, pues apenas si algunos paseantes
recordaban con su presencia que era aquello un terreno pblico.

Dos nias jugaban al extremo de la avenida vigiladas por una vieja
criada, y por el centro de aqulla caminaban lentamente dos seoras
elegantemente vestidas.

Alvarez fij la vista en ellas y mientras caminaba las iba examinando
sin inters alguno y con el aire distrado del hombre que mira por hacer
algo.

Las vea por la espalda, y sin embargo, por la figura y el modo de andar
adivinaba en una de ellas, vestida con capota elegante y abrigo de
terciopelo, a la nia a quien la pubertad despierta el germen de la
hermosura, redondeando las formas, animando la carne con el fuego de la
juventud y dando a sus pasos la gracia ingenua de la mujer seductora. La
otra, de andar ms lento y pesado y de cuerpo un tanto obeso, cubierto
por vestido de negra seda y mantilla de blonda, demostraba ser una
seora de mediana edad, acostumbrada a ese respeto que se goza en una
alta posicin social.

El capitn, a fuerza de contemplar durante algunos minutos a las dos
mujeres que marchaban delante de l, comenz a interesarse y hasta
sinti cierto deseo de acelerar su paso para ver la cara a la joven;
pero cuando ya se dispona a realizar su deseo, las desconocidas
torcieron a la derecha metindose por una estrecha calle de rboles.

Cuando Alvarez lleg a la embocadura de sta vi a las dos mujeres que
se alejaban, y durante algunos instantes estuvo dudando si deba
seguirlas. Pero no tard el capitn en sentirse atrado por el deseo de
dar un paseo a solas, como era su gusto, y desisti de ver la cara a la
joven. Para qu? Al fin, era una de tantas, y bastante haba hecho el
oso en sus tiempos de cadete para ir ahora en seguimiento de unas
faldas.

Alvarez sigui la avenida y lleg al estanque, apoyndose en la
barandilla y entretenindose como un muchacho en silbarles a los cisnes,
que, como navos de nieve, surcaban el terso cristal de agua
majestuosamente.

El capitn sentase embriagado por aquella naturaleza que ostentaba
todas sus galas compatibles con el invierno. En el fondo del estanque
reflejbase el azul del cielo, al que el exceso de luz daba un tinte
blanquecino; los rboles brillaban heridos por el sol; los rasguos de
sus cortezas parecan frescas heridas manando sangre, y los rayos de
oro, filtrndose por entre el ramaje, colgaban de los ropajes de sombras
que envolvan las estatuas deslumbradores harapos de luz.

Las hojas secas cadas en el suelo era lo nico que estaba all
atestiguando el invierno, pero movidas por el fresco vientecillo rodaban
velozmente, y persiguindose buscaban un rincn obscuro donde
esconderse, como comprendiendo que eran notas disonantes en aquella
deslumbradora sinfona de la Naturaleza.

Los gorriones, eternos parsitos de aquel inmenso palacio de verdura,
piaban alegremente conmovidos por la hermosura que aquel da tena su
habitacin, y como si estuvieran convencidos de que en un da tan
esplendoroso los hombres no podan ser malos, abandonaban los huecos de
los altos troncos con noble confianza y se recorran a saltos los
enarenados paseos, contentos con poder resarcirse de las largas noches
de lluvia o de nieve pasadas en aquellos rboles con la cabeza bajo las
alas y sin otro abrigo que las temblonas plumas.

Alvarez estaba en xtasis y pareca embriagado por el perfume incitante
de la Naturaleza, que mostrndose tan hermosa en pleno invierno, pareca
una dama de edad madura sacando a luz senos de belleza escondidos para
deshacer la mala impresin de su ajado rostro.

El capitn experimentaba idnticas sensaciones que cuando se senta
impulsado a escribir aquellos versos que tanta fama le valan en el
regimiento.

La hermosura de la Naturaleza le produca dulces desvanecimientos, y en
aquellos instantes no se acordaba ya de su uniforme ni de la gloria
militar tan ambicionada. Era una cosa bien triste que en un mundo tan
hermoso se exterminasen los hombres y vinieran a turbar la dulce
tranquilidad de los campos con los estampidos del can.

Alvarez, a pesar de sus blicas aficiones tan arraigadas, reconoca que
la paz era para los mortales el ms supremo bien, y que constitua un
sacrilegio contra la Naturaleza, madre comn de todos los seres, el
ensuciar con sangre humana, por culpa de viles pasiones, los terciopelos
y los rasos, los barnices y el oro que, surgiendo de las entraas de la
tierra, derrambanse sobre ella formando una esplndida vegetacin.

Dominado por la abstraccin que en l producan tales reflexiones, se
sent en un banco de piedra, y all, contemplando con el mismo
arrobamiento que un rabe soador las tornasoladas vedijas de azulado
humo que su cigarro arrojaba en el espacio, permaneci mucho tiempo
rodeado por el silencio augusto de la arboleda, slo interrumpido por el
rumor de la cercana ciudad que se despertaba, o el ric-ric de alguna
hoja seca dando volteretas al impuso de la invernal brisa.

Ms de media hora permaneci Alvarez en esta actitud, gozando la dulce
monotona de la Naturaleza. Un gorrin que salt junto a l, sin duda
atrado por los colores del uniforme y el brillo del sable, le sac una
vez de su atraccin; despus fu una nia que pas corriendo, no sin
sonrerle graciosamente con esa admiracin que los pequeos sienten por
los militares, y al fin, el chasquido de la arena al ser pisada, hizo
despertar su dormida atencin.

Levant la cabeza y vi a pocos pasos a las dos seoras que marchaban
delante de l a la entrada del Retiro.

Una, la ms vieja, despus de examinarle de pies a cabeza, con una
mirada altiva y dura, volvi sus ojos a otra parte con marcada
indiferencia, mientras la joven le contemplaba con inocente curiosidad
que slo dur cortos instantes.

Alvarez pudo entonces examinar bien a su sabor a las dos seoras.

La joven no pareca tener ms de diez y siete aos, a pesar de su
gallarda estatura y de sus gallardos contornos, que delataban a la mujer
ya formada. Bajo su capota blanca con lazos rojos, brillaban unos ojos
negros y de intenso brillo, que se destacaban, sobre un rostro sonrosado
y de delicada transparencia, propio de un temperamento sanguneo y de
una salud a prueba de todos esos delicados achaques propios de la
juventud aristocrtica. Vesta con gran elegancia, andaba con distincin
natural y todo en ella delataba a la mujer que por su nacimiento vive
alejada de las miserias de la vida y ha sido educada para agradar y
distinguirse entre las de su sexo.

La seora que la acompaaba no inspiraba igual sentimiento de tierna
simpata, a pesar de que su aspecto era correcto hasta la exageracin.
Vindola, no poda menos de recordarse a las viejas seoras feudales de
los dramas romnticos, enorgullecidas con su nombre y haciendo esfuerzos
en todas ocasiones para ostentarlo con la ms suprema dignidad.

Su vestido negro, su mantilla y el bolsn de terciopelo pendiente de las
enguantadas manos, daban a su figura cierto ambiente de devocin
elegante, y en su rostro mofletudo, rubicundo, con tonos violceos y
adornado con una nariz larga y pesada como las que son rasgo distintivo
de los Borbones, lease el orgullo de raza, el convencimiento de que la
ley de castas es un hecho, y el desprecio a todos los seres de clase
inferior, destinados a sufrir la deshonrosa vergenza de no poseer
pergaminos ni poder ostentar a continuacin de su apellido un ttulo
retumbante.

Pasaron las dos seoras erguidas y con aire indiferente ante el capitn,
que las miraba con una insistencia algo incorrecta.

Alvarez, mirndolas otra vez por la espalda, se deca que la joven era
de lo ms hermoso que haba visto, y sin poder explicarse el por qu,
volvi nuevamente a sentir el deseo de seguir a aquella mujer
encantadora.

Qu diablo! El era un muchacho todava, y aunque fuese capitn, no
estaba prohibido hacer lo mismo que en sus tiempos de cadete. Adems,
todo buen espaol tiene el deber de ir detrs de los primeros pies
bonitos que encuentre al paso, y haba que reconocer que los de aquella
joven eran dignos de ser cantados por lord Byron.

Se senta atrado por aquel rostro que, deslumbrador, haba pasado ante
l envuelto en la blanca nube de la capota, y se propuso saber quin era
aquella beldad y contemplarla de frente otra vez.

El sonido que produjo el sable al chocar contra el banco de piedra, hizo
que la joven ladease un poco la hermosa cabeza, viendo con el rabillo
del ojo y con esa disimulada atencin que nadie ensea a las nias y que
todas poseen, cmo el militar se pona en pie, y estirando su poncho
para evitar arrugas antiartsticas, segua sus pasos, aunque procurando
conservar una corta distancia.

La vieja seora debi notar tambin aquella persecucin iniciada por el
militar, pues en vez de seguir a lo largo del estanque, torci
repentinamente, entrando con la joven en un estrecho paseo.

El militar, siguindolas, entr tambin en el paseo, arreglando su paso
al lento de las dos mujeres.

A Alvarez no dejaba de hacerle alguna gracia aquella persecucin de una
joven bonita, impropia de su carcter y sus costumbres. Aquella
insignificante aventura era suficiente para que en el cuarto de banderas
bromearan con l semanas enteras si es que, por su desgracia, le
sorprenda algn compaero entregado a tal persecucin. Realmente, era
indigno del "capitn Sneca", a quien algunos tenan por un Napolen del
porvenir, pasar la maana siguiendo los pasos de una muchacha bonita.

Pronto el militar dej de pensar en tales cosas, y olvidndose de cuanto
pudieran decirle sus amigos, si es que alguno le vea, fij toda su
atencin en la joven, convencindose de que sta de vez en cuando le
miraba con creciente curiosidad.

Con ese arte, especial privilegio de la juventud, de mirar atrs sin
aparentarlo y sin volver la cabeza ms que de un modo imperceptible, la
joven examinaba a su perseguidor con rpidas ojeadas, y no deba
disgustarle su aspecto por cuanto volva nuevamente a su ocular y
disimulada observacin.

La seora que la acompaaba no deba experimentar igual impresin, por
cuanto varias veces volvi la cabeza, con ademn altivo, enviando al
capitn el feroz relampagueo de su irritada mirada.

Pero no era Alvarez hombre capaz de intimidarse ante aquellas
manifestaciones de enfado, pues mayores las haba sufrido en sus tiempos
de cadete, de parte de algunas mams toledanas, cuando iba en
seguimiento de cuantas seoritas encontraba en las calles de la imperial
ciudad.

La madura seora no estaba de humor para aguantar aquel espionaje, que
iba tomando el carcter de iniciacin amorosa. Alvarez la vi hablar con
la joven con gesto avinagrado, como rindola por la curiosidad que
demostraba y que daba al perseguidor mayores nimos, y tras la rpida
filpica, las dos apresuraron el paso saliendo inmediatamente del
Retiro.

En las calles de Madrid, Alvarez se hizo ms audaz. Aprovechando la gran
concurrencia de transentes lleg a acercarse tanto a las dos seoras,
que casi les pis la cola del vestido, y as pudo aspirar el fino
perfume que exhalaba el cuerpo de aquella nia con todas las seducciones
de la mujer.

Estaban en la calle de Atocha y las dos mujeres apresuraban el paso. La
joven, ya no miraba al capitn, cuya presencia senta a sus espaldas;
pero la seora mayor volva continuamente la cabeza y le miraba cada vez
con mayor expresin de odio, como si quisiera anonadarle con la majestad
de sus furiosos ojos.

Llegaron las dos al portal de una casa de reciente construccin que,
aunque no desmesuradamente grande, mereca el nombre de palacio por la
elegancia artstica de su fachada; y entraron en l, siendo saludadas
con gran respeto por el portero, hombre obeso, embutido en un gran
casacn, con botones dorados.

Aquella era, indudablemente, su casa.

El capitn, deseoso de alcanzar la ltima mirada de la joven y ver una
vez ms su rostro, se coloc con bastante descaro sobre el umbral y vi
cmo las dos seoras comenzaban a ascender por la gran escalera de
mrmol con balaustradas doradas que arrancaba del fondo del patio.

No se haba equivocado Alvarez al suponer que an le mirara la joven,
pues sta, al llegar al gran rellano casi convertido en jardn, donde la
escalera se bifurcaba en dos ramas, se detuvo algunos instantes y fij
sin turbacin en el capitn sus ojazos tranquilos, en los que se
adivinaba usa naciente simpata.

La otra seora, que suba ms pausadamente, tambin se detuvo en el
rellano, y al volver la cabeza y ver al militar plantado audazmente en
el centro de la puerta, su rostro se colore con los tintes violceos de
la ms sofocante indignacin.

Mientras su joven acompaante desapareca en una rama de la escalera,
ella qued algunos instantes inmvil, como enclavada en el mrmol por el
furor, y al fin, con voz de tono grave y temblorosa por la rabia, dej
rodar una palabra en la que resuma toda su clera:

--Mamarracho!

--Muchas gracias, seora--contest Alvarez sonriente y con entonacin
exageradamente galante, al mismo tiempo que haca un saludo militar.

Y sin preocuparse por las foscas miradas del gordo portero, permaneci
sobre el umbral hasta que hubo desaparecido en lo alto de la escalera
aquel vestido de seda, rgido, majestuoso y soberbio como la toga de la
justicia.




IV

Quin es ella.


El alfrez Lindoro, conocido en el mundo con el nombre de vizconde del
Pinar, estaba a medioda con un humor de todos los diablos.

Metido en el cuarto de banderas sufra un arresto de veinticuatro horas
que le haba impuesto el coronel por ciertas insignificantes faltas en
el servicio, y desahogaba su mal humor echando pestes contra todo el
mundo y maldiciendo la hora en que a su familia se le ocurri dedicarlo
al ejercicio de las armas y en que el Gobierno tuvo la idea de dar el
mando de un regimiento a un ordinariote que no haca caso de
recomendaciones, que no respetaba al representante de una de las casas
nobles ms antiguas de Espaa, y que quera que todas las cosas del
Cuerpo marchasen con la regularidad de un reloj aunque para ello tuviera
que arrestarse a s mismo.

La desesperacin del alfrez obedeca, principalmente, a la soledad en
que estaba y que tendra que sufrir hasta las seis de la tarde, hora en
que terminaba el arresto.

El capitn de guardia era el nico que le acompaaba, y ste era un
pobre hombre taciturno, incapaz de ensartar seis palabras seguidas y que
no tena otro tema de conversacin que las costumbres de Filipinas,
donde haba estado muchos aos.

Tendido en un sof, con trgica desesperacin, y entretenindose en
contar las pulsaciones del tiempo que marcaba la pndola del reloj, el
alfrez pasaba las horas aguardando, como quien espera la ms suprema
felicidad, la llegada de algn oficial joven que, por la fuerza de la
costumbre, fuera a pasar un rato en el cuarto de banderas.

Justamente, en todo el regimiento Alvarez era el nico que escuchaba las
sandeces del alfrez sin burlarse de ellas de un modo cruel; bien es
verdad que el capitn se diverta oyendo los razonamientos de aquel ser
superficial e insignificante, pero el vizconde era lo suficientemente
obtuso para no enterarse de que su compaero le consideraba como un
objeto de risa.

Alvarez acept el cigarro que le tenda el vizconde, y se sent a su
lado.

--Chico--dijo ste--. No puedes figurarte cunto te agradezco tu visita.
Vienes a acompaarme, verdad? Estoy aburridsimo y te aseguro que si me
arrestan otra vez, pido mi baja en el ejrcito. Deseas algo? Has
almorzado ya? Quieres tomar caf u otra cosilla? Nos lo traern del
caf cercano; tengo cuenta abierta.

Esteban tuvo que hacer grandes esfuerzos para impedir que el alfrez,
deseoso de retenerle, le pidiera todas las bebidas del prximo caf, y
cuando el vizconde se hubo tranquilizado despus de pedir a un ordenanza
que trajese una botella de ron y copas, Alvarez abord el verdadero
motivo que le haba llevado all.

--Oye, Lindoro--dijo el capitn Alvarez--. No conoces t a toda la
aristocracia de Madrid?

--S, querido--contest el alfrez con fatua complacencia, pues su mejor
gusto era ostentar las ventajas sociales que le daba su nacimiento--.
Conozco todo el mundo elegante de la corte y no hay casa de algn
ilustre que yo no visite. Ya ves que con mi nombre y mi fortuna bien
puede uno gozar alguna consideracin en la alta sociedad.

--Tengo que solicitar tu ayuda para una noticia que me interesa
adquirir.

--Habla, que yo te contestar, si es que puedo.

--Tratas alguna familia que viva en la calle de Atocha?

--Dos hay que yo conozco. Sabes el nmero de la casa?

--No he podido fijarme en l, pero te dar las seas. Es un edificio de
reciente construccin que est a la derecha, subiendo por la parte de...

--Basta; no sigas. Ya s qu casa es. En ella vive el conde de Baselga,
un seor millonario, algo retirado del gran mundo y que slo asiste de
tarde en tarde a las fiestas de palacio. Tiene una hija muy hermosa.

--Eso--dijo Alvarez con satisfaccin.

--La conoces, acaso?

--La he visto una vez nada ms.

--Y te gusta, eh?... Chico, tienes buen gusto, pues la muchacha no
puede ser ms linda. Aqu, para entre nosotros, debo manifestarte que yo
he tenido mis proyectos sobre ella. Me gustaba su hermosura y ms an
los millones de su padre.

--Y qu has alcanzado?--pregunt Alvarez con ansiedad mal disimulada.

--Nada, chico. La muchacha es algo tonta y se ri de m en un baile de
Palacio, donde entre los rigodones le espet mi declaracin. Ya ves que
esto supone cierto grado de imbecilidad: burlarse de un muchacho como
yo, que, aunque no soy muy rico, tengo un ttulo respetable como pocos y
una figura no despreciable. Lo nico que se me puede censurar es mi
cortedad de vista, pero los lentes dan siempre cierto "chic" que hacen a
un hombre interesante. No es verdad, Esteban?

El capitn contest con una dbil sonrisa.

--Quisiera--continu el alfrez--que t probases a rendir esa beldad que
tiene el corazn no de mrmol, como dicen los poetas, sino de alfarera.
Tal vez seas ms afortunado, y cree que haras un negocio redondo si
lograbas casarte con ella, pues el viejo don Fernando, su padre, debe
tener enterradas a montones las peluconas. Vaya, animate y a ver si
consigues dejar pronto esta endiablada profesin militar para
convertirte en millonario.

Alvarez permaneci silencioso algunos instantes, y al fin pregunt a su
amigo:

--Quin es la seora que acompaa a la condesita? Es su madre?

--El conde es viudo. Ha sido casado dos veces y su segunda esposa muri
hace ya bastantes aos, dejando dos hijos: un nio enfermizo, al que veo
pocas veces, y esa muchacha que tanto te gusta. La seora de que hablas
debe ser una hija que tuvo el conde de su primer matrimonio, y de la que
se cuentan ciertas historias. Cules son sus seas?

El capitn describi a su modo la figura rgidamente majestuosa y el
rostro avinagrado de la seora que tan furibundas miradas le haba
lanzado aquella maana, y el vizconde se apresur a contestar:

--S; eso es. Describes muy bien el gesto de pocos amigos que
eternamente lleva en su rostro doa Fernanda, la baronesa de Carrillo.
Es una solterona que aborrece al mundo, odia a la juventud y se dedica a
la devocin, entregada en cuerpo y alma a los jesutas, lo que le
consuela de no haber encontrado en su juventud un hombre que quisiera
hacerla su esposa. Cree que la tal seora es un basilisco, y que es muy
peligroso hacerle el amor a su hermanastra, slo porque ha de rozarse
uno con ella. Es un manojo de espinas custodiando a una rosa. Eh?, qu
tal te parece la frasecilla?

--Muy bien--dijo Alvarez, sonriendo con toda la bondad que mereca aquel
imbcil--, y quin es la rosa?

--Quin ha de ser? Enriqueta.

--Ah! Se llama Enriqueta la hija del conde de Baselga?

--S, hijo mo. Enriqueta Baselga de Avellaneda, y ser condesa si se
muere su hermano, como es de esperar en vista de sus continuas
dolencias, o si se hace cura, lo cual es an ms probable en vista de
las aficiones que le ha inculcado la santurrona de su ta.

El alfrez Lindoro se entusiasmaba hablando de aquella familia, que era
muy rara, s, seor, una de las ms raras de la corte. Segn l, el
padre era un hurn, siempre metido en su casa, refractario a toda
diversin y sin otro placer que una excursin en verano a sus posesiones
de Castilla, donde haca la vida de un modesto agricultor. En cuanto a
la baronesa de Carrillo, era la primera beata de la corte, el brazo de
que se valan los jesutas para mover la aristocracia devota en favor de
lo que a ellos les convena, y los dos muchachos, hijos del segundo
matrimonio, el enfermizo Ricardito y la hermosa Enriqueta, no pasaban de
ser dos monigotes sin voluntad, que maldito el papel que haran en el
mundo.

El vizconde se expresaba de este modo, y Alvarez escuchaba con gran
atencin todas sus palabras deseoso de conocer a fondo la familia de la
que formaba parte aquel hermoso ser que tanto le interesaba.

--El conde, crelo--continuaba el alfrez--, es un hombre de historia, y
nadie, al verle tan austero y de genio eternamente atrabiliario, creera
que en su juventud fu uno de los ms terribles calaveras de la corte de
Fernando VII. Ha sido de la Guardia Real, despus mand en el Norte un
regimiento de lanceros carlistas, estuvo emigrado en Pars y all se
cas por segunda vez con la hija de un afrancesado: una muchacha
enfermiza que tena los millones a puados. Su primera esposa fu la
baronesa de Carrillo, una locuela americana que conoca demasiado
ntimamente al Fernando VII, y si alguien lo duda, ah est, para
atestiguarlo, la actual baronesa de Carrillo, que no es capaz de negar a
su padre. Te has fijado en aquella nariz? No es verdad que da ganas de
cantar aquello de "ese narizotas, cara de pastel" con que los rojos del
tiempo de Riego daban serenata al padre de Isabel II?

Alvarez sonri ante la malicia del alfrez, y repasando en su memoria el
rostro de la baronesa, se convenci de que, efectivamente, algo haba en
l que recordaba la cara del rey chulo.

--Si supieras cunto se ha hablado en la alta sociedad acerca del conde
de Baselga! Se le atribuyen cosas estupendas, y hasta hay quien dice que
mat a su primera mujer. No s lo que pueda haber en esto de cierto,
pero seguramente no mereca grandes carios aquella buena pieza que,
engaando a su marido, se acostaba con don Fernando para echar al mundo
un nuevo ejemplar de su persona. Si el conde mat a su esposa, hizo muy
bien; y prueba de ello es que, a pesar de lo que se murmura en la alta
sociedad, lo reciben con grandes muestras de consideracin, y los padres
jesutas se hacen lenguas de su piedad y de sus sentimientos
caballerescos.

Alvarez senta cada vez mayor curiosidad por saber la historia de la
familia de Enriqueta.

--Y con su segunda esposa--pregunt--, fu tan desgraciado el conde?

--Todo lo contrario. Doa Mara Avellaneda era una mujer casi
insignificante. Su modestia y su humildad formaban contraste con sus
riquezas y su alta posicin, pero era tan dulce y tan bondadosa, que
Baselga se enamor de ella como un loco. Recin casado vino a Espaa
acogindose a uno de los indultos que el Gobierno di a los carlistas y
estableci en su casa en la calle de Atocha, negndose a habitar la casa
que en la calle del Arenal tena su hija mayor, heredada de su madre, la
baronesa de Carrillo. Como la fortuna de que disponan el conde y su
esposa era grande, gastaron como unos prncipes, y durante sus primeros
aos de matrimonio asombraron con su lujo a todo Madrid. Las elegantes
costumbres francesas que hoy seguimos en la alta sociedad, ellos fueron
los primeros en generalizarlas, y la condesa, a pesar de su modestia y
de que se preocupaba ms de una visita a los pobres que de un baile,
fu, durante mucho tiempo, la reina de la moda. Primero tuvieron una
hija, esa muchacha que te ha vuelto los cascos la primera vez que la has
visto.

--Pero--interrumpi el capitn--, si yo no he dicho que est realmente
enamorado de esa joven!

--Bueno; pues lo estars. Es una chica de la que se enamoran todos.
Conste, pues, que ests prendado de ella... Como te iba diciendo,
primero tuvieron a Enriqueta, y a los cuatro aos de matrimonio a ese
Ricardito que, a pesar de no abultar ms que una mano de almirez, y de
no servir para otra cosa que rezar de la maana a la noche, cost la
vida a la madre.

--El conde sentira mucho su segunda viudez.

--Su dolor fu inmenso. Amaba de veras a su esposa, y, ms que como
marido, la llor como un muchacho romntico a quien se le muere la
novia. Estuvo ms de un ao sin salir a la calle, y hasta se susurr en
Palacio que pensaba hacerse cura y entrar en la Compaa de Jess.
Afortunadamente, el amor a sus hijos pudo ms que su pesar, y acab por
volver a hacer una vida normal, aunque mostrando gran repugnancia a
asistir a aquellas fiestas en que tanto brillaban antes su esposa y l.

--Y su hija, vive tambin en tal retraimiento?

--Vive con menos rigidez y sale bastante de casa, gracias a su
hermanastra, la baronesa, que, aunque beata, es bastante andariega, y
se pasa el da en juntas de cofradas y patronatos pos o haciendo
visitas a los ms elocuentes predicadores de la Compaa. Si quieres
verla a menudo, hazte beato y visita las sacristas. Adems, tambin
asiste a los bailes de Palacio o a los que se celebran en casa de algn
individuo de la antigua nobleza. En cuanto a las reuniones en los
palacios de los banqueros o de esa aristocracia dorada cuyos
ascendientes se pierden en las telaraas de un mostrador, no esperes
encontrar all a la familia de Baselga. El conde es inflexible y no
quiere transigir con nada de lo creado por la revolucin. Ya que asiste
a pocas diversiones quiere que stas no supongan una abdicacin de sus
arraigados principios.

Y el alfrez segua relatando con abundancia de detalles la vida de la
familia de Baselga, sus costumbres y las relaciones que ms fielmente
sostena.

--El conde tiene muy pocos amigos. En vida de su mujer daba fiestas a
una sociedad muy escogida, en esa casa de la calle de Atocha que t
conoces; pero desde que aqulla muri, los salones han quedado cerrados
y, muy de tarde en tarde, recibe alguna visita por puro cumplimiento.
Quien ms influencia tiene en aquella casa es un clebre jesuta, el
padre Claudio, que tambin es gran amigo de la familia. Yo pens valerme
de l para que me facilitara el ser novio de Enriqueta, y estaba muy
confiado, pues el tal jesuta es un casamentero de primera fuerza; pero
en vez de ayudarme, lo que hizo, apenas le expuse mi pretensin, fu
encajarme un sermn muy dulce, pero que me doli en el alma, dicindome
que yo era hombre capaz de derrochar en unos cuantos meses la fortuna
ms grande del mundo, y que por esto no se hallaba l dispuesto a
recomendarme a ninguna joven que apreciase. Si piensas intentar la
conquista de Enriqueta, empresa que es difcil, procederas muy
cuerdamente hacindote amigo del padre Claudio, que manda en el conde,
en la baronesa y en todas cuantas personas encierra aquella casa.

El capitn acogi con sonrisas estas indicaciones del vizconde.

--Te res?, eh! Pues no hars nada si dejas de seguir mis consejos.
Soy hombre experimentado, aunque nadie lo quiere creer en el regimiento,
y s lo que debe hacerse en estos casos. Adems, si quieres ver a
Enriqueta, tal vez encuentres ocasin algunas tardes si vas a menudo al
paseo de la Castellana. Algunas veces el conde de Baselga se acuerda de
lo que fu, siente la nostalgia de sus buenos tiempos, cuando galopaba
al frente de un escuadrn de la Guardia, y monta a caballo para
acompaar a su hija, que es la muchacha que en Madrid mejor sabe manejar
una yegua. En esto no desmiente su procedencia y demuestra que por sus
venas corre la sangre de un hbil y valiente jefe de caballera. Yo en
tu lugar alquilara un caballo, aunque esto te lleve una parte
importante de la paga, e ira todas las tardes a la Castellana. No sera
difcil que de este modo consiguieses llamar la atencin de Enriqueta,
que admirara ms a un buen mozo, como t lo eres, vindolo sobre un
brioso caballo.

La conversacin entre los dos militares comenz a languidecer. El
alfrez, que tanta ansia senta poco tiempo antes de desahogar el cmulo
de palabras almacenadas en su menguado cerebro, coronaba todos sus
prrafos con una copita de ron, y al poco rato fu sumindose en una
calma beatfica, de la que no le sacaba su compaero, el cual solamente
contestaba con monoslabos y sonrisas.

El vizconde acab por extender sus piernas con estremecimientos
voluptuosos, sobre el viejo sof del cuarto de banderas, buscando la
mejor posicin para echar un sueecito y que transcurrieran, an ms
velozmente las horas que le quedaban de arresto.

Alvarez saba ya todo lo que deseaba, y, comprendiendo que su fatuo
compaero no le dira ms, se dispuso a salir.

--Te vas, chico?--dijo el alfrez con voz indolente.

--S. Te hago el favor de dejarte solo. Que duermas bien y no suees con
el coronel.

--Gracias. Y en cuanto a enamorarse de esa muchacha, pinsalo bien. Es
una barbaridad de la que llegars a arrepentirte; pero, en fin, si te
empeas en quererla y la cosa no tiene remedio, acurdate de mi consejo.
Hazte amigo del padre Claudio, que con su apoyo, hasta un barrendero
podr aspirar a la mano de una infanta de Espaa.




V

Se eclipsa el astro.


Era una continua obsesin la que ejerca el recuerdo de Enriqueta en el
capitn Alvarez.

Aquellos ojos negros brillando bajo el encaje de una capota blanca, eran
una imagen fantstica, una eterna aparicin que turbaban la santa
tranquilidad en que hasta entonces haba vivido el capitn.

No poda ver en la calle un sombrero femenil como el de Enriqueta, o un
traje semejante, o una mujer que, mirada por la espalda, presentase un
aspecto parecido, sin que al momento corriese en su seguimiento para
sufrir despus una dolorosa decepcin que le pona triste y malhumorado
durante algunas horas.

Un da, a la puerta de la iglesia de San Jos, encontr a la baronesa de
Carrillo, con su traje negro y su majestuoso aspecto de beata elegante.
Iba sola, pero a pesar de esto, Alvarez, por un irreflexivo instinto, la
sigui como si fuese su hermanastra, y nicamente cuando la baronesa,
despus de un paseo de algunas horas por las calles de Madrid, entr en
su casa, no sin antes lanzar a su perseguidor unas cuantas miradas de
ultrajante orgullo, fu cuando comprendi el capitn que haba hecho una
barbaridad.

Conforme avanzaba el tiempo y transcurran los das sin ver a aquella
joven que tanto le haba impresionado en el Retiro, Alvarez sentase ms
tenazmente dominado por aquella pasin, y dedicaba a ella toda su
existencia.

El que era citado en el regimiento como modelo de oficiales puntuales
comenzaba a descuidar los actos del servicio y se mostraba distrado
hasta el punto de que algunos compaeros lo sorprendieron en el cuarto
de banderas rasgueando al dorso de los partes de los subalternos letras
enrevesadas y fantsticas que, unidas, formaban un nombre: Enriqueta.

Las noches que llova, el capitn volva a casa calado hasta los huesos,
ni ms ni menos que un paciente mozo de cuerda que espera en la esquina
quien le d trabajo, lo que obligaba a su fiel asistente Perico a hacer
mil conjeturas, todas a cual ms disparatada.

Para el asistente no pasaba desapercibido que su amo sufra un trastorno
que turbaba su vida, hasta entonces tan regular y montona, y con el
picaresco olfato adquirido en el roce con las gentes de su clase,
adivinaba que en todo aqullo "haba faldas de por medio".

Una circunstancia le afirmaba cada vez ms en esta creencia, y era que
algunas maanas, al limpiar el cuarto de su seor, encontraba sobre la
mesa pliegos de papel cubiertos de renglones desiguales que el
asistente, con la torpeza propia del que en su niez slo lleg a
adivinar en la escuela lo que poda ser la lectura, iba descifrando. De
este modo supo Perico que su amo pasaba las noches haciendo versos y que
stos siempre iban dirigidos a una tal Enriqueta, nombre que el
asistente no adivinaba a quin pudiera pertenecer por ms que repasaba
en su memoria todas las seoritas cursis, hijas de pupileras y
modistillas con quienes el capitn haba distrado el tedio de la vida
de guarnicin.

Efectivamente, Alvarez combata la tristeza que de l se apoderaba
apenas se encerraba en su habitacin, escribiendo versos a la hija de
Baselga, a quien slo una vez haba visto, y cuando no desahogaba de
este modo su fiebre amorosa, iba a situarse en la calle de Atocha, y
transcurran para l las horas paseando la acera de enfrente de la casa
del conde, siempre acechando una ocasin para contemplar el rostro de
Enriqueta.

El carcter tenaz e impresionable de Alvarez se revelaba en aquella
ocasin en toda su plenitud.

Ni las lluvias, ni el fro, ni la insolente curiosidad de los vecinos,
conseguan apartarle de aquella continua observacin, de aquel
implacable acecho llevado a cabo sin ningn plan ni propsito fijo.

Todo lo que las curiosidades de los transentes y las furibundas miradas
del grueso portero de la casa de Baselga lograron de la tenacidad del
joven capitn, fu que ste se despojase de su uniforme para ser menos
notado, y que, vestido de paisano, siguiese paseando la calle con todo
el aspecto de un poeta bohemio a quien le sienta mal la ropa.

No compensaba el xito la tenacidad que en aquel asedio mostraba el
capitn.

Algunas veces logr contemplar en uno de los balcones del piso
principal, por muy breves instantes, a la hermosa Enriqueta vestida en
traje de casa; pero estas apariciones fueron poco frecuentes, y, en
cambio, todas las tardes vea pasar, tras los cristales de alguna
ventana, los colricos ojos de la baronesa y su boca contrada por un
gesto de rabia.

Otro ser llamaba tambin la atencin del enamorado capitn, y era un
muchachuelo como de trece aos, alto, flacucho, de constitucin anmica,
de rostro plido mate, pero con ojos vivos y hermosos que recordaban los
de Enriqueta.

Era el hermanito; aquel ser dbil y fanatizado que, segn las
revelaciones del alfrez Lindoro, estaba destinado a servir a la
Iglesia.

Alvarez, plantndose audazmente frente al balcn, le miraba con aquella
simpata que le inspiraban todos los seres que rodeaban a la mujer
amada; pero el muchacho fijaba en l los ojos con aire de extraeza, y
al fin se retiraba con el mismo aire de una nia que se ve contemplada
con curiosa insolencia.

Una tarde, a la misma hora en que Alvarez, puesto de uniforme y cubierto
de polvo del campo de maniobras, en que haba hecho ejercicio su
regimiento, volva con el propsito de pasar una sola vez por la calle
de Atocha, animado por la vaga esperanza de ser ms afortunado que otras
veces y contemplar a Enriqueta, vi salir del portal de la casa de
Baselga dos briosos caballos montados por una airosa amazona y un seor
de marcial figura y pelo cano.

Eran Enriqueta y su padre que se dirigan a la Castellana.

El conde de Baselga estaba algo maltratado por la edad, pero no haba
perdido su antiguo aspecto. Su rostro, a fuerza de estar curtido, tena
un tinte cobrizo; sus patillas eran canas, y su abdomen demasiado
prominente para un gallardo jinete; pero a pesar de esto, todava
resultaba una hermosa figura movindose al comps del paso de su
cabalgadura.

Junto a l, con el rostro grave y sin que entre ambos se cruzara la ms
leve palabra, iba la hermosa Enriqueta, a cuya figura daban an ms
realce la negra amazona que marcaba todas las lneas de su busto
escultural, y el gracioso sombrerillo del que colgaba el blanco velo que
envolva, como una nube, su rostro.

Baselga marchaba al lado de su hija en actitud rgida e indiferente,
pero de vez en cuando la examinaba con rpida mirada, y en su rostro
marcbase una expresin momentnea de satisfaccin.

En aquel hombre notbanse dos orgullos satisfechos: el de padre y el de
viejo soldado, y al par que admiraba la gracia de la hija, mostrbase
contento por la pericia de aquella discpula que haca honor a sus
lecciones manejando el caballo de un modo magistral.

Cuando los dos jinetes pasaron cerca del capitn, el conde le mir con
esa instintiva y rpida atencin que merecen los oficiales jvenes a
todo militar viejo, y Enriqueta, al conocerle, volvi rpidamente la
cabeza, como si quisiera evitar la indiscrecin de una mirada.

De poder realizar sus deseos, el capitn hubiera seguido a los dos
jinetes, que se alejaban; pero le era imposible encontrar inmediatamente
otra cabalgadura, y en aquel momento se propuso cumplir los consejos del
alfrez Lindero, y jur que desde el da siguiente se presentara a
caballo todas las tardes en la Castellana, a pesar de que montaba muy
mal.

Cuando aquella noche su asistente Perico recibi la orden de tener
preparado para el da siguiente, a las tres de la tarde, un buen
caballo, el pobre muchacho abri los ojos desmesuradamente en seal de
extraeza, y se afirm en su creencia de que al seorito le suceda algo
gordo. Saba l que el capitn no era un modelo de jinetes, y no poda
explicarse su repentino deseo de exhibirse en las calles de Madrid
montado en un rocn de alquiler.

Pero Perico tena la costumbre de obedecer las rdenes sin replicar,
evitando a su amo preguntas superfluas, y en la tarde del da siguiente
tuvo en la puerta de la calle el caballo que el capitn deseaba.

Alvarez, aunque no fuera gran jinete, presentaba sobre el caballo una
figura aceptable, y al pasar por la calle de Atocha consigui que el
portero de casa de Baselga le mirara con extraeza, como si no
comprendiera el motivo por el cual un oficial de infantera se converta
en plaza montada.

La tarde entera pas el capitn en la Castellana llevando su caballo
unas veces al trote y otras al galope para distraer el tedio que de l
comenzaba a apoderarse, y no vi entre la turba de paseantes un rostro
amigo ni distingui en los pelotones de elegantes jinetes a Enriqueta y
su padre.

Sin duda al conde de Baselga le haba dado aquel da por no salir, o la
baronesa se haba empeado en llevarse a Enriqueta a alguna junta de
cofrada. Total: que la fatalidad se burlaba del capitn, el cual, por
ver de cerca a la linda joven, se resignaba a galopar una tarde entera
(diversin que le agradaba poco), por entre una turba de elegancias
imbciles que le miraban con extraeza y parecan preguntarse con los
ojos: Quin es ste?

No por esto se desalent Alvarez; tenaz como siempre en sus propsitos,
sigui alquilando un caballo todas las tardes, y con la, fatalista
pasividad de un moro aguard paseando por la Castellana la aparicin de
aquella mujer que pareca haber pasado tan slo ante sus ojos para
engendrar un indefinido deseo que fuese su tormento.

Una semana despus, en una tarde que nada tena de hermosa, pues el
cielo estaba cubierto de plomizos celajes y soplaba un viento fro con
conatos de huracn, vi Alvarez a lo lejos venir hacia l, a todo el
galope de sus briosos caballos, a Enriqueta y su padre.

El capitn experiment gran emocin, y tan turbado qued, que por un
movimiento instintivo detuvo su caballo.

Plantando su cabalgadura en el centro del paseo, vi el capitn llegar a
los dos hbiles jinetes, que pasaron por su lado con la violencia de una
tromba.

Estaba Alvarez en tan extraa actitud que forzosamente haba de llamar
la atencin, y tanto el conde como su hija se fijaron en l,
reconocindolo inmediatamente.

Para Baselga aquel joven capitn no era un desconocido ni resultaba ser
casual aquel encuentro en el paseo, y buena prueba de ello fu que, al
pasar cerca de Esteban y reconocerlo frunci el cano entrecejo,
lanzndole una mirada fra y orgullosa. Sin duda su hija la baronesa le
haba dado cuenta de que un capitn, cuyas seas le detallara, asediaba
a Enriqueta ejerciendo una continua persecucin amorosa que se
estrellaba ante el retraimiento en que viva la joven.

Esta tambin se fij en Alvarez, pero su presencia slo le arranc
aquella mirada, mezcla de extraeza e indiferencia, que era en ella
peculiar.

El capitn, repuesto inmediatamente de su impresin, lanz su caballo en
seguimiento de los dos jinetes, y as recorri dos veces el paseo,
llamando la atencin de algunos transentes.

Alvarez, ocupado en contemplar las espaldas de su amada y su hermoso
talle lo ms cerca posible, no pensaba en las conveniencias ni el
disimulo que debe observarse en materia de amores y desconoca el efecto
que causaban aquellas imprudencias.

A Enriqueta no deba disgustarle del todo aquella adoracin tan audaz y
despreocupada, por cuanto varias veces volvi la cabeza y mir fijamente
al capitn con aire entre ofendido y risueo; pero al conde, a quien no
pasaban desapercibidas tales demostraciones, no le resultaban tan gratas
las continuas audacias del militar, demostrndolo con rpidas ojeadas
que lanzaba al insolente.

An dieron otra vuelta por el paseo los dos elegantes jinetes, seguidos
siempre por el amoroso apndice. El conde esperaba que el militar se
cansase de la persecucin; pero en vista de su tenaz importunidad,
comenz a sentirse dominado por aquella clera que tan terrible le
haca.

Baselga apretaba nerviosamente su latiguillo y senta tentaciones de
revolver su caballo para ir a cruzarle la cara al insolente adorador.
Con menos motivo haba dado en su mocedad mayores escndalos; pero ahora
se encontraba en una posicin que exiga en l mayor prudencia, y
reprimiendo su furor que pona plido su rostro e inyectados sus ojos,
se decidi a abandonar al paseo.

No quera que aquellos burgueses plebeyos que paseaban a pie por los
andenes fijasen su atencin en l y su hija en vista de la importunidad
del capitn.

El conde dijo rpidamente algunas palabras a su hija, e inmediatamente
abandonaron la Castellana a todo galope, pasando como exhalaciones por
entre los brillantes y blasonados carruajes, de cuyo interior les
dirigan amistosos saludos.

Alvarez, incorregible, y como si no comprendiese el enojo de Baselga,
fu en seguimiento de ste y su hija, y no ces en su estpida
persecucin hasta que ambos jinetes desaparecieron en el portal de su
casa de la calle de Atocha.

Cuando el capitn, algunas horas despus, se encontr solo en su
habitacin, se di exacta cuenta de lo ridculo que haba estado aquella
tarde y del enojo que haba provocado en Enriqueta y su padre.

La ms terrible desesperacin se apoder de l. Era un bruto, lo
reconoca francamente, y ni a un aguador se le poda ocurrir hacer la
corte de un modo tan extravagante, llamando la atencin de los curiosos
e irritando a la mujer amada. Enriqueta odiara ahora a un hombre que
pareca empeado en ponerla en ridculo, y su padre, mejor que
entregarle la mano de su hija, lo que hara el da en que se le
presentase con tal pretensin (si es que llegaba), sera darle de
bofetadas.

La ofuscacin sufrida durante el paseo se haba desvanecido totalmente,
y la realidad martirizaba ahora el nimo de Alvarez.

Aquella noche fu cruel, pues el peor tormento que poda experimentar el
capitn era que una idea desagradable se fijase tenazmente en su
memoria.

Comi poco, ri a su asistente, cosa que muy raras veces le ocurra, y
durmi mal, vindose atormentado en los instantes que lograba ser presa
del sueo por terribles pesadillas, en que aparecan grotescamente
mezclados el rocn de alquiler, las furiosas miradas de Baselga, los
indiferentes ojos de Enriqueta y la facha ridcula de un maldito capitn
que se pareca a l como dos gotas de agua y que haca rer con
ridiculeces grotescas a toda la humanidad.

Aquella noche fu para Alvarez de las ms terribles. Cuando se levant
de la cama, poco despus de amanecer el da, pens con envidia en las
horribles noches pasadas en los campos marroques, en peligrosas
escuchas, mandando un grupo de hombres rodeado de enemigos, a gran
distancia del ncleo del ejrcito. All se corra el peligro de recibir
a cada momento un balazo o sentir una guma en la garganta; pero al
menos se dorma bien siempre que lo permitan los moros, y no se soaba
en miradas de indignacin ni en capitanes puestos en ridculo.

Al entrar Alvarez plido y ojeroso en el cuartel, le esperaba otro
tormento. All se encontraba el alfrez Lindero, que, como de costumbre,
estaba al tanto de todo lo ocurrido el da anterior y conoca con todos
sus detalles la ridcula persecucin llevada a cabo por el capitn
"Sneca". Un "dandy" de su mismo fuste le haba contado por la noche en
el Casino las ridiculeces de un militar que pareca hacerle el amor a
Enriqueta Baselga, y el vizconde adivin que aquel ente extrao no poda
ser otro que su amigo Alvarez.

Qu de estpidas reconvenciones tuvo que sufrir ste, dichas con un
acento paternal que mova a risa! Cmo exageraba el vizconde, llevado
de sus preocupaciones, la imprudencia del capitn!

Este estuvo tentado de enviar a mala parte al lindo alfrez; pero a
pesar de esto, acab por hacer caso e impresionarse con sus palabras,
sintiendo aumentar el disgusto que le produca su conducta del da
anterior.

Tan avergonzado se mostr por esto, que se prometi internamente
olvidarse de Enriqueta, y en muchos das no pas por la calle de Atocha.

Para que aquella seductora imagen que haba turbado su tranquila
existencia se borrase por completo de su memoria, Alvarez apel a todos
los medios, y durante algunos das hizo, en unin de los oficiales ms
alegres de su regimiento, una vida de calavera.

Su asistente estuvo varias noches esperndole hasta el amanecer, y una
maana, al ver entrar a su seorito con el traje bastante desordenado,
la faz algo congestionada y los ojos ms brillantes que de costumbre,
sospech que el alcohol le haba posedo durante algunas horas.

El capitn hizo una vida de caf y de diversiones menos honestas durante
algunas semanas, y al principio se complaca notando que las fugaces y
continuas impresiones que aquella existencia agitada le proporcionaba,
conseguan borrar de su memoria los angustiosos recuerdos; pero el mismo
tenaz empeo que pona en olvidarse de Enriqueta, era causa, sin duda,
de que la imagen de sta se reprodujese en su imaginacin apenas se
entregaba a la tranquilidad.

Alvarez se cans al fin de luchar. Reconoca que era un chiquillo mimado
y voluntarioso, como en la poca que dorma sobre las faldas de su
madre; la contrariedad y los obstculos excitaban ms sus deseos, pero
l no tena otro remedio que ser tal como le haba formado su
naturaleza; y, vctima de sus naturales impulsos, se reconoca impotente
para sofocar aquella pasin que de l se haba apoderado.

Estaba verdaderamente enamorado de Enriqueta y no luchara ms, pues era
intil cuanto intentase por sustraerse a tal pasin.

Alvarez se resolvi a volver a sus antiguas costumbres, y tres semanas
despus del da en que tan ridculamente se port en la Castellana se
dirigi a la calle de Atocha, experimentando al entrar en ella la misma
zozobra del enamorado que va a hacer su primera declaracin.

Los balcones del palaciego de Baselga estaban hermticamente cerrados,
pero el gran portal segua abierto, ostentndose sobre el umbral el
grueso cancerbero con su capote de botones resplandecientes, tan
grandes como platitos de azcar.

Aquel can racional, que tan furibundas miradas lanzaba siempre a
Alvarez, al verle esta vez sonri con toda la expresin que poda dar de
s su boca de escarlata, desgarrndose de oreja a oreja.

El capitn pas muy lentamente frente a la casa, fijando su mirada en
todos los balcones y ventanas, con la vaga esperanza de ver asomarse a
la mujer amada. Pero en los dos pisos estaba todo cerrado, y nicamente
en la planta baja el portero se encargaba de demostrar que la casa no
estaba deshabitada.

Alvarez se alej pensativo, y de all a poco volvi a pasar frente a la
casa.

El portero sonri nuevamente con aire de socarronera, y el capitn, a
quien aquella clausura de balcones y ventanas haba puesto de muy mal
humor, se plant cerca del portal, y atusndose la perilla
nerviosamente, mir con insolencia al domstico.

Este se puso grave. Era hombre de tranquilas costumbres y conoca que
aquel militar no necesitaba de muchas excitaciones para entrar en el
portal y agradecer su insolencia con unos cuantos trompis.

Aquel majestuoso vientre cubierto de pao azul experiment la necesidad
de congraciarse con el capitn, y haciendo uso de la ms amable de sus
sonrisas, dijo con acento humilde:

--Es intil que el seor se incomode viniendo por aqu. Hace ocho das
que el seor conde march con su familia a sus posesiones de Salamanca,
y creo que no volvern hasta el prximo invierno.

Y saludando ceremoniosamente, se meti en su portera con gran prisa.

Qued Alvarez tan turbado, que ni an se le ocurri hacer una pregunta
al portero.

Ahora s que tendra que conformarse a no ver a Enriqueta.

El brillante astro haba sufrido un eclipse.




VI

El seorito dice misa.


No tuvo tiempo Alvarez para pensar en la desaparicin de Enriqueta, pues
una desgracia vino a sacarle de su preocupacin amorosa.

Sus parientes de Pamplona le escribieron a los pocos das notificndole
que su madre estaba enferma de gravedad, y cuando ya se dispona a pedir
una licencia a su coronel para trasladarse a la capital navarra, recibi
un telegrama que, con el cruel laconismo propio de tales casos, le
noticiaba el fallecimiento de la enferma.

El dolor que experiment el capitn borr de su memoria todo recuerdo
amoroso, y pas mucho tiempo entregado a una cruel melancola, pensando
nicamente en aquellos padres tan rudos como bondadosos, que le crean
un genio del porvenir, y que haban muerto vindole todava confundido
entre el vulgo de los mortales.

La repentina desgracia fu muy til para Alvarez.

El recuerdo de la madre borr el de la mujer amada, y aquel hombre, cuyo
carcter senta la necesidad de aferrar tenazmente a su memoria un
recuerdo fijo y acariciarlo a todas horas, slo se preocup de la
difunta, mostrndose en pblico como posedo de eterna tristeza.

Perico, que crea un deber alegrarse cuando su amo estaba contento y
reproducir de igual modo su tristeza, mostrbase en esta ocasin
melanclico y desalentado cuando se reuna con otro asistente; pero hay
que confesar que aun llamndose en su interiormente perverso y mal
corazn, se alegraba del suceso, no porque tuviese ningn resentimiento
con la madre del seorito, sino porque su muerte haba venido a librarle
del peligro que le ofreca una mujer desconocida, a quien el capitn
pareca amar con delirio.

El nico punto negro en el porvenir de Perico era la suposicin de que
algn da el capitn Alvarez llegase a casarse. El fiel asistente, en su
cario al seor, llegaba hasta a los sentimientos femeniles, y como si
fuese una mujer temerosa de una infidelidad, experimentaba algo de celos
y de rabia al pensar que algn da poda su amo casarse, rompindose
con esto aquella unin respetuosa, pero fraternal, que entre los dos
exista.

Aquel muchacho experimentaba un gozo sin lmites al ver que el capitn
permaneca triste e impresionado por la muerte de su madre y no se
acordaba de montar a caballo ni de borronear versos, siempre dedicados a
aquella desconocida Enriqueta.

As transcurrieron algunos meses, y al hallarse en pleno verano, Alvarez
comenz a abandonar su triste vida, que le tena reducido muchas horas
en su habitacin o le lanzaba a solitarios paseos.

Su asistente comenz a notar que sala de casa con ms frecuencia, que
en determinadas noches se retiraba tarde, y que a pesar de su aficin al
"oficio", que le haca considerar el uniforme como su vestidura eterna,
sala a menudo en traje de paisano.

Esto lo consideraba Perico como muy extrao, sin poder explicarse la
causa y aun aumentaban ms sus sospechas las nuevas amistades que su amo
pareca haber contrado.

Seores de aspecto elegante venan a aquella humilde casa de huspedes
para visitar al capitn, y algunas veces permanecan encerrados con l
algunas horas hablando muy quedo.

Alvarez pasaba bastantes noches en claro, revisando papeles y
escribiendo, y cuando Perico, aguijoneado por la curiosidad que en l
haca nacer la posibilidad de nuevos amoros, examin una maana los
documentos que tanto absorban la atencin de su amo, se encontr que
eran el escalafn general de los jefes y oficiales del ejrcito, que el
capitn revisaba con gran minuciosidad, colocando al lado de ciertos
nombres seales convencionales que eran crucecitas rojas o azules.

Aquello no era cosa de amores, y esta reflexin bast para que el
asistente volviera a su antigua e impasible indiferencia, cuidndose en
adelante de mezclarse en los asuntos de su amo.

A pesar de estos propsitos el muchacho no pudo evitar que le llamase
profundamente la atencin el aire misterioso que tenan algunas veces
los nuevos amigos de su amo, as como las precauciones que tomaba ste
al hacer sus salidas en ciertas noches, vistindose de un modo que,
aunque no careca de naturalidad, desfiguraba algo su persona.

El capitn pareca muy preocupado, pero no con la tristeza de algn
tiempo antes, sino posedo de agitacin febril y como desesperado de no
poder atender a mltiples y apremiantes ocupaciones.

Algunos das no coma en casa, y despus Perico, por conducto de otros
asistentes, saba que su seorito iba de francachela honesta con otros
oficiales de distintos cuerpos de la guarnicin, hablando a los postres
con gran secreto, de cosas que slo ellos conocan.

El asistente no senta ninguna alarma, pues a l, fuera de los amoros
serios, no le atemorizaba ninguno de los compromisos en que pudiera
verse su seor.

Sin embargo, una tarde lleg a interesarse seriamente en los asuntos de
su amo por la forma misteriosa en que stos fueron revelados. El capitn
haba salido una hora antes y el asistente rondaba la cocina, donde
fregaba la maritornes gallega, cuyas exuberantes formas se complaca en
pellizcar, al menor descuido, el tuno de Perico.

Son la campanilla de la puerta de la escalera y el asistente fu a
abrir, queriendo evitar este trabajo a su adorada gallega.

Un hombre del pueblo, un obrero de blanca blusa y rostro curtido de
rasgos duros, entr en el recibimiento preguntando con aire imperioso:

--Est el capitn?

--Sali hace una hora. Qu quiere usted?

--Yo... nada--dijo el obrero despus de vacilar un buen rato.

--Puede usted decirme lo que quiera sin miedo, porque yo soy su
asistente desde hace algunos aos.

--Entonces--contest el hombre despus de reflexionar largo rato--, dile
a tu seorito que esta noche dice misa.

Perico se qued estupefacto hasta el punto de dudar de lo que tan
claramente haba odo. Hubo un momento en que crey que aquel hombre era
un chusco de mal gnero, y hasta pens en la conveniencia de darle un
soberbio coscorrn; pero el aire grave y un tanto majestuoso del obrero,
al decir tales palabras, le convenci de que se hallaba muy lejos de
burlarse.

Pero el asistente, por salir de su asombro, busc instintivamente
cualquier palabra, y sin darse cuenta de ello pregunt:

--Y a qu hora ha de decir misa?

Entonces fu al obrero a quien le toc mostrar asombro:

--A qu hora ha de ser! A la de siempre. T dale el recado tal como yo
lo digo, que al buen entendedor...

Y se fu.

Cuando el capitn volvi a la hora de la comida, su asistente le relat
todo lo ocurrido con el aire ms natural del mundo, como si se tratara
de cosas que l tuviera olvidadas de puro sabidas.

Su amo le oy impasible y sin pestaear, no causndole la menor
impresin el que fuese invitado a decir misa el hroe que tanto se haba
lucido en Castillejos y en el campamento de Tetun.

--Es una sea convenida, no hay duda--se dijo Perico, a travs de cuya
corteza ruda comenzaba a filtrarse la sospecha de lo que aquel misterio
significaba.

Cuando su amo sali de casa a las nueve de la noche, el asistente pens
en seguirlo para averiguar la verdad que encerraban tantos secretos. Fu
sta una idea que rpidamente surgi en su pensamiento y el muchacho la
puso inmediatamente en prctica sin pararse a reflexionarla.

Al verse en la calle se avergonz de su arranque y la conciencia pareci
insultarle por aquella ligereza que afeaba su fidelidad y solicitud de
algunos aos.

Espiar a su amo! Quin poda aprobar tan repugnante absurdo! Adems, a
l no le importaban los negocios particulares del capitn, y faltaba
villanamente a su deber queriendo inmiscuirse en ellos... Pero cuando
tales reflexiones se haca, su amo, que se alejaba con apresurado paso,
iba ya a doblar la esquina de la calle, y l, por instintivo impulso le
sigui, aunque lamentndose interiormente de ser capaz de semejante
atentado.

La curiosidad, naciendo repentinamente en l, le dominaba hasta el punto
de convertirlo en un autmata.

Siguiendo a su amo a bastante distancia, lleg Perico a la plaza de
Santo Domingo, y entrando el capitn en una de las calles inmediatas
desapareci en el sucio y mal alumbrado portal de una casa de modesta
apariencia.

All era, sin duda, donde se presenciaba un espectculo tan raro como
era que un capitn del ejrcito espaol dijese misa.

El asistente qued en acecho. Lo que haba visto no desvaneca el
misterio y deseaba atrapar algn detalle convincente que diese ms luz
al asunto.

No fu larga su espera. Separados por cortos intervalos de tiempo,
fueron entrando en el mezquino portal una docena de personas en las
cuales reconoci Perico a algunos de los seores que con aire tan
misterioso visitaban a su amo, y a un comandante de otro regimiento,
que era gran amigo del capitn Alvarez.

Transcurrieron algunos minutos sin que entrara ninguna otra persona, y
se retiraba ya el asistente de la esquina desde donde espiaba, cuando
dobl aqulla, tropezando rudamente con l un caballero de mediana
estatura, moreno y nervioso, que llevaba demasiado encasquetado sobre el
rostro su sombrero de copa y cea su levita con aire algo militar.

El caballero, al tropezar con Perico, le mir rpidamente con brillantes
ojos en que se notaba cierta expresin de desconfianza, pareci dudar un
breve momento y despus sigui adelante, afectando indiferencia y
golpeando el suelo con el bastn, hasta que desapareci en el mismo
portal que los otros.

El asistente se qued asombrado, pegado a la pared y sin nimo ni aun
para respirar. Gran Dios! Se habra equivocado? Sera aquel hombre
una visin? No existira entre l y el otro un extrao parecido? Pero
no; la duda era intil. Aquellos ojos de arrogante fiereza eran los
mismos que brillaban bajo los pliegues de la bandera espaola en la
jornada de los Castillejos; aquel rostro cetrino, enjuto y de rasgos
duros y enrgicos, era el del general Prim.

Adems, para desvanecer cuantas dudas pudieran ocurrrsele al asistente,
acudieron a su memoria la revisin del escalafn, las misteriosas
visitas y, sobre todo, las ideas polticas de su amo, que l saba
perfectamente.

Por fin conoca la verdad. El capitn conspiraba, y aquellas reuniones
eran concilibulos preparativos de una revolucin.

Ya saba l quin pagara aquellas misas. El Gobierno.




VII

El que se entrega a la Compaa es su esclavo para siempre.


Cuando el conde de Baselga, poco tiempo despus de la muerte de don
Ricardo Avellaneda, se vi esposo de la hija de ste, abandon Pars, y
aprovechando una de las muchas amnistas concedidas por los Gobiernos
del moderantismo a los emigrados carlistas, fu a establecerse en
Madrid.

Su esposa, la dulce Mara, que en su juventud tanto haba soado con
Espaa, la patria de sus padres, ansiaba vivir en aquel pas, escenario
obligado de todas las relaciones poticas y romnticas que tanto la
haban entusiasmado en su adolescencia.

En cuanto al conde de Baselga, no senta menos inters por ir a vivir en
la capital espaola. Experimentaba ese amor dominante y casi loco que
sienten los emigrados por la patria a la cual no pueden volver, y a esta
pasin se una el deseo egosta y soberbio de aparecer tras un largo
eclipse en aquella ciudad, teatro de sus primeras aventuras, no pobre,
envejecido y desilusionado, como la mayor parte de los que con l haban
hecho la campaa carlista, sino opulento, feliz y satisfecho con la
fortuna, hada malvola que en uno de sus caprichos le haba hecho dueo
de una respetable cantidad de millones, y de una mujer que, a pesar de
su hermosura y de que poda ser su hija, le amaba con un amor tranquilo
y desprovisto de violentas emociones, pero tenaz e inquebrantable.

Los condes de Baselga fueron por mucho tiempo la pareja mimada de la
alta sociedad, los rbitros de la moda, los que imponan la ley en
materias de buen gusto y marchaban a la cabeza de ese tropel de gentes
distinguidas cuya nica ocupacin consiste en sostener el legendario
esplendor de generaciones que pasaron y encontrar el medio ms elegante
de arrojar su dinero por la ventana.

Lo que haca recaer con ms insistencia la atencin del mundo elegante
sobre los condes de Baselga era el mutuo cario que se profesaban, aquel
amor tranquilo y sin lmites que, por preocupaciones sociales, queran
ocultar en pblico encubrindolo bajo esa indiferencia galante que en la
sociedad dorada es signo de buen tono, pero que, a pesar de esto,
asomaba siempre a la superficie.

Al poco tiempo de haber hecho ambos su aparicin en el mundo elegante de
Madrid con todo el esplendor que da una colosal fortuna y una felicidad
que no permite preocuparse de economas, Mara vise envuelta en una
agradable atmsfera de adoracin galante. Los Baselga de aquella poca,
oficialillos de Cuerpos distinguidos o elegantes, preocupados con el
ltimo figurn de Pars o Londres, sintironse subyugados por aquella
nueva belleza tan distinta por su dulzura, su bondad y su elegante
sencillez, de las hermosuras de la corte, encerrando bajo sus magnficos
trajes y su capa de colorete todas las asquerosidades de un burdel y las
desvergenzas irritantes de una verdulera.

Aquella belleza que surga pura y sencilla de una existencia hasta
entonces retirada y casi claustral, que entraba en el ambiente
corrompido de la alta sociedad conservando su tenue aureola de una
castidad soadora y enamorada, excit el apetito de todos aquellos
tenorios, terribles derribadores de puertas abiertas, que realizaban las
difciles conquistas de las linajudas damas que, mucho antes de que
ellos aventurasen la menor declaracin, ya tenan el firme propsito de
entregarse tras una fingida resistencia.

La condesa Mara recibi a docenas las declaraciones de ardorosa pasin
dichas en una forma que ella haba conocido algunos aos antes leyendo
novelas francesas; no pudo bailar en ninguna de las grandiosas fiestas
de la aristocracia madrilea sin que al momento le deslizasen en el odo
vulgares frases de amor dichas con tono melodramtico, y se vi obligada
a no aventurar una simple sonrisa de cortesa, so pena de que fuese
considerada por sus fatuos adoradores como una promesa de futura
benevolencia.

Mara se mostr fuerte, y ni por un solo instante logr turbarle aquella
seductora atmsfera en que se vea envuelta.

Aunque criada en un mundo aparte y desconociendo las costumbres de la
sociedad en que ahora viva, su buen sentido la haca adivinar el fondo
de brutalidad existente en aquella idolatra galante, y adems, para
permanecer invulnerable a tales seducciones, capaces de perturbar una
cabeza ligera, contaba con el amor inmenso que profesaba a su esposo.

Mara, al lado de esta pasin slo senta otra, y era el afn de brillar
en la sociedad, de gozar los homenajes sin consecuencias, que en los
salones se tributaban a una mujer hermosa, rica, y que adems rene la
rara cualidad de ser honrada y no excitar a su paso chistes de mal
gnero, ni sonrisas irnicas, mal ocultadas tras los abanicos de plumas
de oro.

Afable, sonriente, y siempre demostrando una dulzura que la haca
altamente simptica, la condesa de Baselga cruzaba el torbellino de
aquella sociedad, cuya murmuracin la respetaba instintivamente,
olvidando su origen burgus; el bullir del vicio aristocrtico, que
salpicaba a todos, no lograba manchar a aquella joven ingenua e
inexperta; pero esto era porque en pblico se mostraba como una estatua,
fra, inabordable e insensible, guardando toda su ternura para la
intimidad del hogar, donde se entregaba con el grato abandono de un ser
feliz y satisfecho, al hombre que haba sido su primero y nico amor.

Baselga no era menos feliz que su esposa. No se haba engaado cuando,
en las noches de insomnio pasadas en su modesta habitacin parisin de
la calle de los Santos Padres, se preguntaba si estaba realmente
enamorado de la hija del seor Avellaneda. El conde, a pesar del goce de
su amor y de la satisfaccin de sus sentidos, puramente humanos, se
senta dominado por una pasin cada vez ms creciente, y que era tan
ideal y vaga, como la que experimenta un poeta por la mujer a quien
dedica sus primeros versos. Aquello era amor; y cuando recordaba la
brutal pasin sentida en otros tiempos ante los incitantes encantos de
su primera esposa, consideraba su anterior matrimonio como la conjuncin
bestial de un libertino con una prostituta unidos por el vnculo de un
placer espasmdico, delirante, irritante e insaciable, propio de dos
fieras en celo.

Al establecerse Baselga en Madrid, vise obligado a avistarse con un
antiguo amigo al que no profesaba ya simpata alguna. Era ste el padre
Claudio.

Encargado el jesuta de la administracin de los bienes de Fernanda, la
hija de la baronesa de Carrillo, durante la permanencia de Baselga en
las filas carlistas y su emigracin, el conde vise precisado a tener
una entrevista con l para una entrega de cuentas puramente nominales.

Baselga, al llegar de Pars, se haba instalado en un edificio nuevo de
la calle de Atocha, que compr a buen precio, y quera vender el casern
de la calle del Arenal, que procur no visitar, temiendo que la vista de
sus habitaciones, y especialmente el gabinete de su primera esposa,
evocara en su memoria horripilantes recuerdos.

Fernanda acababa de salir del convento donde se haba educado, y viva
al lado de su madrastra, que por su edad y su carcter consideraba como
a una hermana a la hija de su esposo.

Cuando Baselga recibi en su despacho la visita del padre Claudio,
experiment cierta sorpresa. Por aquel hombre no pasaban los aos. Bien
era verdad que su rostro no tena la frescura natural de otros tiempos,
y que su figura gallarda comenzaba a verse desfigurada por una naciente
obesidad; pero a pesar de esto, el bello sacerdote era el mismo de
siempre. Afeites de tocador femenil devolvan a su rostro la seductora
ternura de otros tiempos; su boca, de artstico contorno, sonrea tan
graciosamente como en otros tiempos; sus ojos seguan manejando con
igual acierto aquella mirada dulce y afectuosa de hombre superior, que
se encuentra siempre muy por encima de las miserias mundanales, y su
ceidor de seda apretaba con energa el abdomen rebelde, que
grotescamente aspiraba a atentar contra la gallarda de su cuerpo.

Era aqulla una revocacin hecha con arte en la fachada que comenzaba a
tener grietas, y, gracias a aquel exquisito y artstico cuidado de su
persona, el padre Claudio permaneca inalterable y consecuente en su
papel de sacerdote elegante que inflamaba muchos corazones femeniles, y
que por su frialdad, mil veces puesta a prueba y siempre triunfante,
daba pbulo a las asquerosas murmuraciones de las damas despechadas, y
de las cuales no salan bien librados aquel bello Alcibades con sotana
y los novicios de la Compaa.

La entrevista comenz con cierta frialdad. El examen de las cuentas slo
dur algunos minutos, y cuando el conde, despus de dar las gracias con
ceremoniosa cortesa, comenz a indicar lo grato que le sera quedarse
solo, el jesuta, con todo el aspecto de una persona herida en sus ms
caras afecciones que por dignidad quiere callar, pero que al fin,
instintivamente da rienda suelta a sus sentimientos, comenz a
lamentarse de la conducta observada por el conde.

Aquello era incalificable para el buen padre Claudio. El conde estaba en
Madrid establecido haca ya algunos meses, y no slo se haba cuidado de
no comunicarle directamente su llegada, sino que ahora, que le llamaba a
su casa, le reciba con la frialdad altanera que se observa con un
humilde administrador y hasta le daba a entender sus deseos de que se
retirase inmediatamente.

--Vamos a ver--deca el jesuta con conmovido acento--. Qu he hecho yo
para que se me trate de ese modo? He faltado en alguna ocasin al
cario y a la amistad que mil veces le he jurado? Es que he sido
traidor a su afecto, o es que para merecer su amistad no he hecho
suficiente con los servicios que le he prestado en circunstancias
difciles? Hable usted, por Dios, seor conde, pues yo soy hombre que no
puede sufrir con resignacin antipatas infundadas, y no quiero que me
odie un amigo al que consideraba como un verdadero hermano. Crea usted
que su frialdad me mata, y que antes quiero sufrir los ms crueles
tormentos que ver que me trata con despego y sin motivo alguno un hombre
al que profeso un cario fraternal.

Y el padre Claudio, al hablar as, estaba realmente conmovedor. Contraa
su linda boca con un gesto de amargura, adoptaba el humilde aspecto de
un ser resignado, pero que protesta antes de sucumbir al dolor, y para
dar ms fuerza a sus afirmaciones, se golpeaba suavemente el pecho y
miraba al cielo con ademn trgico.

Baselga no se conmovi con estas demostraciones. A l con tales maulas!
Estaba muy equivocado el jesuta si crea que era an el muchacho
crdulo y sencillo de otros tiempos, que se dejaba manejar como un
imbcil. El haba aprendido mucho; si, seor, los sucesos de su vida y,
especialmente, los que precedieron a su segundo casamiento y que, por lo
extraordinarios, eran dignos de figurar en una novela, le haban abierto
los ojos y enseado quin era la Compaa de Jess: una vasta asociacin
de canallas que bien podan ponerlos donde hubiese, con la seguridad de
que sabran con habilidad llenarse los bolsillos como si no hiciesen
nada; una banda de ladrones que se introducan bajo las ms traidoras
formas en el seno de las familias, y durante muchos aos estaban
preparando un golpe de mano contra la fortuna y la felicidad ajena, con
una paciencia y una astucia que les envidiara el ms terrible bandido.

El conde, al hablar de este modo, se enardeca, golpeaba la mesa con
furiosos puetazos y miraba al jesuta de tal modo que pareca querer
devorarlo con los ojos. La justa indignacin producida por la diablica
intriga de Pars, estallaba ahora con fuerza, despus de haber estado
reprimida durante algunos meses.

El jesuta, no encontrando entre aquel torbellino de acaloradas palabras
y agrias acusaciones un momento propicio para introducir en la indigna
arenga algunas excusas, limitbase a mirar al techo con el ademn del
que pone a alguien por testigo de su calumniada inocencia.

Pero el conde se mostraba implacable. Lo haba dicho y lo repeta; no
quera conservar ninguna relacin con la Compaa de Jess, sociedad que
contaba con seres tan infames como el seor Garca y el padre Fabin
Renard, y como nadie era dueo absoluto de su voluntad, l poda escoger
en adelante sus amigos y deseaba no volver a cruzar la palabra con el
padre Claudio ni con ningn otro individuo de la Orden.

Todo tiene su trmino, hasta la ms tempestuosa indignacin de un hombre
enrgico y de carcter un tanto rudo; as es que lleg un instante en
que el conde call, y entonces el hermoso jesuta inici la ardua tarea
de sincerarse.

El no comprenda cmo un hombre tan religioso y de sanas ideas, como lo
era el conde de Baselga, deca aquellos improperios contra los
representantes de Dios, que son los hijos de San Ignacio de Loyola.
Acaso la corrupcin liberal de Francia le haba contaminado hasta el
punto de convertirlo en uno de aquellos miserables pecadores que negaban
autoridad al Papa y abominaban de la santa Compaa de Jess? Es que se
haba hecho masn?

Y el dulce padre Claudio, al hablar de libertad y masonera, haca
gestos de sagrado horror y pronunciaba tales palabras con la timidez
ruborosa de una dama remilgada que muy contra su voluntad tiene que
hablar de cosas repugnantes.

El conde se impacient. El no era nada de aquello, ni le importaba
tampoco al padre Claudio el saberlo, y si se mostraba tan indignado
contra la Compaa, era porque sta, valindose de intrigas miserables,
haba querido encerrar a su esposa en un convento de Pars y se haba
opuesto a sus amores, todo con el propsito de robar a Mara la fortuna
que haba heredado de su madre.

Al llegar a este punto se trocaron los papeles, y el padre Claudio
estuvo sublime mostrndose posedo de una santa indignacin, que casi le
haca semejante a aquellos mrtires del primitivo cristianismo, que se
enfurecan ante las blasfemias de los gentiles.

--Cmo!...--exclam con gran calor--. Sabe usted lo que dice? La
santa Compaa de Jess mezclndose en asuntos pecuniarios y perturbando
las familias con el afn de robar como usted dice! Eso es un absurdo,
seor conde. Usted est perturbado por causas que yo ignoro, y hace
recaer sobre una santa institucin crmenes que nunca ha cometido ni
cometer. Dnde ha ledo usted que la Compaa se mezcle en asuntos
como los que usted indica? No sabe usted que nuestra Orden es pobre, y
que nosotros apenas si con los donativos de nuestros buenos amigos
podemos atender a sus mltiples necesidades y a las vastas y
civilizadoras empresas que ha acometido, todo para la mayor gloria de
Dios y el triunfo de la religin?

Y el padre Claudio, como si la indignacin le sofocase, exhalaba con
furia interminables "ah!" y "oh!" y se llevaba las manos, con ademn
trgico, a los ricitos que orlaban su frente.

El bien reconoca que el conde tena suficientes motivos para quejarse,
pues no era un secreto para l lo que haba ocurrido en Pars a la
muerte del seor Avellaneda. Conoca todas las miserables intrigas del
seor Garca y del vicario general de la Compaa en Francia, y las
deploraba con toda su alma, mostrndose muy indignado por tan criminal
conducta. Pero era justo que se hiciese responsable a la Compaa de
los crmenes de dos de sus individuos? Hay en el mundo alguna
institucin, por santa que sea, que est exenta del peligro de cobijar a
miserables que urdan crmenes a su sombra?

El jesuta hablaba con cierta fogosidad; su calma habitual haba
desaparecido, y estaba hasta elocuente al anatematizar a los que
deshonraban a la Compaa con sus planes ambiciosos inspirados en un
egosmo infame.

--No, seor conde. La Compaa no es responsable de las faltas de esos
dos desgraciados, y es una injusticia el querer arrojar sobre ella la
menor sombra de culpabilidad. La prueba de la inocencia de nuestra Orden
est en la actividad que ha demostrado para castigar a los culpables.

Y al llegar a este punto, el padre Claudio ray a grande altura oratoria
reseando el castigo sufrido por ambos miserables. Del seor Garca no
haba que hablar. Semejante a Judas, atormentado en su conciencia por el
crimen frustrado, habase arrojado al Sena, muriendo envuelto en el
nauseabundo fango del gran ro.

Con el padre Fabin Renard el castigo haba sido ejemplar. El general de
la Orden lo haba despojado de la Direccin de la Compaa en Francia, y
ahora su susceptibilidad y su exagerado amor propio, sufran un tormento
tan terrible como era verse recludo en una de las casas ms miserables
de la Orden, desempeando los oficios ms denigrantes y penosos y
sirviendo de criado a los ms humildes novicios. De este modo castigaba
la Compaa a los que la deshonraban intentando apoderarse de lo ajeno a
nombre de una asociacin religiosa cuyos individuos haban hecho voto de
pobreza. Haba, pues, un motivo serio para injuriarla declarndola la
guerra?

El padre Claudio menta como un miserable al decir esto, pero sus
notables facultades de actor daban un colorido de veracidad a aquellas
cnicas imposturas. El hermoso jesuta conoca perfectamente la
verdadera causa del suicidio del seor Garca, y mejor an el motivo por
qu haba sido tan cruelmente castigado su compaero el padre Renard. No
era la codicia de ste la causa de su castigo, sino la torpeza que haba
demostrado al querer apoderarse de los quince millones de francos de
Mara Avellaneda. El general de la Compaa no poda perdonarle el
escndalo que haba producido poniendo en evidencia los prfidos
trabajos del jesuitismo y dando motivos para que la prensa republicana
de Francia atacase a la Orden y el Gobierno la dirigiese terribles
amenazas.

Pero el padre Claudio saba mentir, y ni por un momento perdi su
serenidad de hombre veraz que relata un suceso que conoce perfectamente.

A pesar de esto el conde no se mostraba convencido. Tena motivos
sobrados para no creer que la Compaa era ajena a aquellas miserables
intrigas, y estaba convencido de que el padre Claudio tambin haba
tenido su parte en la conspiracin contra la fortuna de su esposa.
Porque si no, de qu modo estaba en poder del padre Renard aquel
documento comprometedor que el conde haba firmado declarndose asesino
de su primera esposa? Cmo poda saber tan perfectamente el jefe del
jesuitismo en Francia un suceso del que slo tenan conocimiento l y el
padre Claudio?

Esto lo dijo Baselga a su antiguo amigo el jesuta, convencido de que
con tales palabras iba a anonadarlo; pero el padre Claudio, en vez de
confundirse con aquella acusacin dirigida a su amistad, mostr una
ingenua extraeza, exclamando:

--Cmo es eso! El padre Renard conoca ese documento de que hablis, y
que yo me hubiese guardado mucho de recordar a usted? Parece imposible;
y le aseguro que ni yo ni el general de la Orden sabamos que nuestro
indigno hermano se hubiese valido de tal medio. Me cree usted capaz de
haber ayudado al padre Renard en sus infames tramas, prestndole un
documento que hace ya muchos aos no obra en mi poder?

Y el astuto jesuta, mostrando siempre gran extraeza, comenz a hacer
conjeturas acerca del medio de que se haba valido su correligionario de
Francia para adquirir tal documento. Lo primero fu asegurar a Baselga
la imposibilidad de que la comprometedora declaracin suscripta por l
hubiese estado en manos del padre Fabin.

Dicho papel slo haba estado algunos das en poder del padre Claudio,
el cual, cumpliendo lo preceptuado en los estatutos secretos de la
Orden, lo haba enviado al gran archivo de Roma, de donde nicamente el
general poda sacarlo. Era, pues, un absurdo creer que el padre Renard,
al amenazar a Baselga, posea tal papel, e indudablemente, si conoca su
existencia y contenido, sera por la infidelidad de algn secretario del
general, cuyas revelaciones le habran servido para sus ambiciosos
planes.

El padre Claudio saba que forjaba una novela pues aguzando su memoria
poda an recordar la fecha en que haba remitido a su cofrade de Pars
el tal documento junto con los informes secretos de la vida de Baselga,
pero esto no le impeda mentir con gran serenidad y con un aspecto de
beatfica honradez.

Los argumentos que empleaba para sincerarse no podan ser ms
convincentes. Qu inters tena l para intervenir en los asuntos de la
familia Avellaneda? Poda l conocer desde Madrid la existencia de una
familia espaola en lo ms apartado del barrio parisin de San Sulpicio?
No era un crimen que aquel infame Renard, no contento con deshonrar a
la Compaa, lo comprometiese a l abusando de su nombre para hacerle
odioso a un buen amigo?

El hermoso jesuta estaba sublime, posedo de aquella santa indignacin.
S; l lo juraba por Dios, que le vea desde el cielo, y que le
castigara si menta; nunca haba sostenido con el padre Fabin otras
relaciones que las puramente indispensables, atendidos sus respectivos
cargos, y la primera vez que haba tenido noticia de la existencia de la
familia Avellaneda y su fortuna, fu al saber el segundo casamiento de
Baselga y el castigo que el general de la Compaa haba hecho sufrir al
vicario general de Francia.

El sacerdote menta, blasfemaba y era perjuro al hacer tales
afirmaciones, pero esto resultaban muy ligeros sacrificios para un
jesuta empeado en reconquistar la confianza de un hombre que poda
servirle de mucho para ciertos planes todava acariciados con fruicin
en la mente del padre Claudio.

A pesar de las calurosas explicaciones de ste, Baselga no se mostraba
convencido.

Esas intrigas de Pars le haban hecho adivinar en toda su extensin lo
que era la Orden, y desconfiaba de todo jesuta, y especialmente del
padre Claudio, cuya astucia y doblez le eran conocidas.

Pero la conversacin haba entrado en terreno muy resbaladizo. El
jesuta, que poco antes mostraba escrpulos en hablar de aquel maldito
documento, trataba ahora de l con marcada predileccin y sonrea con
aquella sonrisa que era signo de mal agero para todos los que le
conocan bien.

Sus ojos estaban animados de extrao fuego, y en ciertos instantes
parecan los de un ave de rapia contemplando a la vctima que tiene
bajo sus garras.

Aquello era un amenaza en toda regla, que el conde no tard en
comprender.

El comprometedor documento, a juzgar por las palabras del jesuta,
estaba en los archivos de Roma; pero fuese esto verdad o no, lo cierto
es que a cualquier hora poda tenerlo el padre Claudio en su poder y
hacerlo valer contra l.

Baselga comprendi los deseos del padre Claudio que, despus de amenazar
mudamente, manifestaba con humildad el inmenso pesar que le producan
las sospechas del conde y su deseo de seguir siendo su mejor amigo.

Haba que conjurar el peligro, y Baselga se decidi a aparentar que
crea en la inocencia del padre Claudio y de la Orden. Todas las razones
del jesuta las acept como verdaderas, y la amistad se restableci
entre los dos hombres.

El final de la conferencia fu muy afectuoso, y Baselga hasta se mostr
arrepentido de haber puesto en duda la virtud de la Compaa, haciendo
caso al padre Claudio, que anatematizaba a los infames como el padre
Renard, que con sus delitos daban pretexto a la canalla de escritores
liberales para atacar a la Orden.

El hermoso jesuta fu desde aquel da el verdadero dueo de la casa, y
rein dulcemente sobre la voluntad de Baselga, que se dejaba dominar por
la fuerza nicamente, pues haba va perdido su antigua fe.

Ahora comprenda el conde la verdad de muchas acusaciones que se
dirigan contra la Compaa. El que una vez caa en las garras del negro
monstruo, era su esclavo para siempre.




VIII

Doa Fernanda.


Quien menos supeditada estaba en la casa del conde de Baselga a la
voluntad del padre Claudio era Mara Avellaneda.

No senta sta ninguna preocupacin directa contra el hermoso jesuta,
pero sus gracias hacan poca mella en su nimo, y adems, recordaba
siempre que le vea a su antiguo preceptor el seor Garca, de triste
memoria.

No por esto trataba al jesuta con despego. Bastbale conocer el gran
ascendiente que ste tena sobre su esposo para que le mostrase gran
consideracin; pero el padre Claudio comprendi pronto que sus
relaciones con aquella mujer enfermiza y algo soadora no pasaran de
una respetuosa pero fra simpata.

La intimidad verdadera tenala el padre Claudio con Fernanda, la hija
del conde de Baselga y Pepita Carrillo.

Esta haba crecido en el fondo de un convento, alejada de su padre y sin
otro cario que el afecto mercenario que las monjas dispensaban a todas
sus educandas ricas o de noble familia.

El padre Claudio era el nico hombre que ella haba tratado en el
convento, y en l deposit todos sus afectos.

Cuando, poseda del fuego de la pubertad, sali del convento para ir a
habitar la casa de su padre, Fernanda adoraba al jesuta, pues
encontraba en l una doble personalidad que le encantaba. Como muchacha
gazmoa y devota, conmovase ante el sacerdote elocuente, benvolo y de
pegajosa dulzura, y como hija de una pasin brutal y heredera de una
complexin siempre hambrienta de carne viril, estremecase de la cabeza
a los pies en presencia de aquel hombre hermoso y elegante que una
todas las graciosas seducciones femeninas a un cuerpo membrudo y de
artsticas lneas, semejante a la estatua de un atleta griego.

Cuando Fernanda, acompaada de su madrastra, entr de lleno en la vida
elegante, tan agitada, y seductora, se olvid fcilmente de todas sus
preocupaciones, hijas de la educacin adquirida en el convento.

El esplendor de aquella sociedad dorada, borr de su memoria todos los
consejos de sus maestras; aquellas interminables arengas sobre la maldad
del mundo y sus peligros.

Fernanda comenz como todas las jvenes. En abierta competencia con sus
amigas ntimas en punto a elegancia y distincin, sinti pronto los
celos que produce una rivalidad declarada y aspir a ser una deidad de
la moda que reinase despticamente en los salones.

Por desgracia para Fernanda, su fealdad era notoria, y su carcter
altanero, caprichoso, maligno e irascible, no era el ms a propsito
para atraerse adoradores.

Llevaba en su rostro el feo sello de raza, aquella maldita nariz
borbnica, enorme, picuda y como colgante que desfiguraba todas sus
facciones, y aunque su cuerpo era gallardo y de hermosas lneas, estaba
afeado por cierta rigidez majestuosa, impropia de una joven y que no
consegua corregir una fingida ligereza.

Al poco tiempo de ser una de las figuras obligadas de toda fiesta
palaciega o "soire" de familia noble, Fernanda experimentaba la
apremiante necesidad de tener un hombre enamorado ms o menos
ingenuamente y exhibirlo en los salones con igual complacencia que si se
tratase de una joya o de un vestido de ltima moda.

Casi todas sus amigas tenan un novio, un adorador reconocido por toda
la alta sociedad, y ella no haba de ser una excepcin, vindose privada
de esto que al mismo tiempo era para Fernanda un adorno de buen gusto y
una imprescindible necesidad.

La baronesa de Carrillo era digna hija de sus padres. La insaciable
lujuria del rey difunto y la caprichosa coquetera de Pepita Carrillo se
hermanaban en Fernanda, que senta hambre de hombre con una furia
terrible.

Deseosa de conocer de cerca el cuerpo viril, cuyo punzante perfume la
enloqueca hasta causarle vrtigos, Fernanda apelaba a todos los medios
para lograr un hombre, mquina placentera con la que soaba todas las
noches en sus carnales y viciosos delirios. Ms de dos aos pas
buscando el ser que ansiaba, anhelando sentir en su organismo el deseado
roco de la vida, y todas sus esperanzas resultaron frustradas.

La libertad elegante y despreocupada que reina en la alta sociedad,
prestbale ocasiones favorables para ensimismarse en el nimo de los
hombres de un modo descocado, pero no logr nunca realizar sus deseos.

Era fea; perteneca a una elevada familia, lo que haca peligrosa toda
clase de relaciones que no tuviesen por eplogo un desenlace legal, y,
adems, apenas si tena fortuna, pues la de su madre, la baronesa de
Carrillo, apenas si pasaba de unos cuarenta mil duros, suma
insignificante en la alta sociedad, y ms si se consideraba como un
premio de cargar con una mujer fea y poco simptica; y en cuanto a las
riquezas del conde de Baselga, todos saban que perteneca a su segunda
esposa.

Fernanda era adems vctima de una conspiracin femenil. Sus amigas, sus
antiguas compaeras de colegio, ofendidas por la altanera de aquella
muchacha, que conoca su origen bastardo por ciertas murmuraciones
sorprendidas y se mostraba muy orgullosa por ello, haban hecho pblicos
los infinitos defectos de su carcter, y de aqu que los hombres se
guardasen de entablar relaciones demasiado ntimas con aquel mascarn de
proa que tena un genio de todos los demonios. Adems, Fernanda tena en
s causas que la hacan espantar, sin saberlo, a cuantos iniciaban el
menor avance. Su carcter lo transparentaba su rostro, y hasta cuando
sonrea, queriendo fingir la expresin ms graciosa, benvola y atenta,
su sonrisa se converta en una mueca altanera y fra, propia de un
poderoso que se digna atender a sus inferiores.

En vano era, pues, que Fernanda recurriese hasta a los ms extremos
medios para cazar al hombre deseado. Conociendo que su rostro era feo,
aunque no tanto como en la realidad, apel a una exhibicin incitante, y
para mostrar su busto terso y de contornos esculturales, exager su
escote un poco ms an de lo que permitan las libres costumbres
aristocrticas, y en la conversacin fu despreocupada como una vieja
cortesana, exagerando los apretones de manos expresivos y buscando
ocasiones en el baile para rozarse de aquel modo escandaloso que
inflamaba su sangre y exacerbaba su hambre de virilidad.

Pero todo era en vano y pareca que conforme avanzaba en su conducta
insinuante y despreocupada, los hombres se alejaban de ella temiendo una
conquista que tan fcil se presentaba.

Fernanda desesperbase, y cuando asista a las fiestas de Palacio miraba
con envidia y con odio a aquella joven soberana, de la que saba era
hermana y que como ella obedeca a los impulsos de instintos
hereditarios e insaciables. Ella era feliz, ella poda apagar el eterno
fuego que caldeaba su sangre, y Fernanda miraba con envidia la brillante
servidumbre palaciega, los generales jvenes, de figura caballeresca y
marcial galantera, los oficiales lindos, rizados y perfumados, haciendo
bailar la espada pendiente de una cintura oprimida por el cors, y los
mocetones de la Escuadra real, musculosos, incitantes, con su perfume
brutal e hinchado su poderoso pecho bajo la maciza coraza de plata. Era
aquello un completo serrallo con un sin fin de odaliscas machos,
deslumbrantes con sus vistosos uniformes, sus galones, sus plumas y sus
brillantes condecoraciones.

La baronesita llegaba a convencerse de que no haba Providencia ni Dios,
ni nada justo en el mundo, al ver la hartura de su hermana ilegtima y
la necesidad delirante en que ella viva, e igual al pordiosero que,
haraposo, hambriento y aterido, al ver pasar en una noche de invierno en
el fondo de su caliente carruaje al satisfecho potentado, maldice la
suerte injusta, Fernanda juraba contra el destino que en materias de
amor daba a unas tanto y a otras tan poco.

Lleg un instante en que la joven baronesa hubo de decidirse a cambiar
de vida y pensar lo que deba hacer.

Tena ya veintisis aos; esa frescura de la juventud que alivia tanto
el mal aspecto de las feas, comenzaba a marchitarse y llegaban a sus
odos las murmuraciones poco decentes que haba excitado su conducta
incitante y que amenazaban crearle una fama tan escandalosa como
ridcula.

Haba que retirarse a tiempo para conservar respetabilidad; era preciso
dar un adis a aquella sociedad tan seductora, pero en la cual slo
haba encontrado decepciones y desaires.

Fernanda, repasando su memoria, hizo un examen de cuanto le haba
ocurrido en seis aos de vida elegante. Haba rodado por todos los
salones de Madrid, exhibindose como carne en venta; haba aguzado su
ingenio para encontrar nuevos medios de excitar la pasin hombruna por
medio de la vista, se haba ofrecido como vctima voluntaria a cuantos
encontraba al paso, sin reparar al fin en edades ni en prendas fsicas,
y a cambio de tantos afanes y tantas condescendencias slo haba
conseguido algunos apretones de mano exageradamente expresivos de algn
guasn que se gozaba de hacerla concebir absurdas esperanzas, conociendo
su flaco; o palabras sobradamente libres, chistes indecentes arrojados a
su odo en el torbellino del baile y capaces de ruborizar a la ms
degradada meretriz, pero que a ella le producan despecho, porque el
hombre que los profera se quedaba siempre a la mitad del camino, no
queriendo consumar la conquista iniciada.

Haba, pues, que retirarse con la amarga conviccin de que entre aquella
juventud de irreprochable frac y vistoso uniforme, tropel de cabezas de
chorlito que danzaban como peonzas y al hablar recordaban los
protagonistas de las fbulas de Esopo, no encontrara el hombre que
tanto deseaba.

No se alejara de aquella sociedad cuyas seducciones le encantaban, pero
en adelante desempeara un papel ms airoso que el de solterona fogosa
y despreciada.

Se acord del padre Claudio, aquel bello ideal con sotana, cuya voz la
conmova como msica deliciosa, y que exhalaba perfumes que la producan
escalofros de placer. En l encontrara al hombre deseado, el encanto
viril con el aditamento de gracias femeniles que despertara en su
memoria aquellos desvaros de su poca de colegiala con seres simpticos
del mismo sexo.

Fernanda, decidida a dar trmino a su vida de mujer elegante, slo
buscaba una ocasin oportuna para retirarse. Tena demasiado orgullo
para huir de su antiguo campo de batalla con aire de derrotada, y su
altanera conmovase profundamente al pensar que su salida del gran
mundo fuese saludada con una carcajada irnica por sus antiguas
compaeras, que, ms hermosas o afortunadas, estaban ya casadas con
hombres envidiables, o satisfacan su orgullo haciendo alarde de las
pasiones que haban sabido inspirar.

Lo que ella deseaba era eclipsarse momentneamente, caer en el pozo del
olvido, para surgir inmediatamente con una forma distinta; algo
semejante a la salida de los actores que desaparecen tras un bastidor y
a los pocos minutos vuelven a salir por otro con diverso traje y
aspecto.

La ocasin que buscaba la baronesa no tard en llegar. Su madrastra,
aquella joven sencilla y dulce a la que ella trataba con despego e
instintiva indiferencia, muri al dar a luz su segundo hijo.

Fernanda no sinti gran cosa su muerte. Le inspiraba repugnancia aquella
mujer tan sencilla y, naturalmente, casta; pero esto no impidi que en
pblico mostrase el mayor desconsuelo y que aprovechase la ocasin para
tocar retirada. Las brillantes reuniones que se verificaban en su casa
quedaron suspendidas y Fernanda abandon la vida elegante, en la cual
slo haba encontrado derrotas, y efectu la transformacin imaginada
hacindose beata.

Todo en su casa le arrastr a la devocin. El conde, impresionado por la
muerte de su esposa, cay primeramente en un estupor que le haca
semejante a un imbcil, y despus se hizo religioso hasta la monomana,
llegando a pensar en abandonar su familia y hacerse sacerdote.

El padre Claudio, con sus exhortaciones y sus ejemplos, pareca
empujarle a perseverar en tales aficiones y le recomendaba la continua
lectura de "La Imitacin de Cristo", la desconsoladora obra de Kempis,
que le haca odiar la vida y mirar el anulamiento eterno como la ms
suprema felicidad.

El antiguo calavera pasaba das enteros encerrado en su habitacin, y
cuando no permaneca inmvil con el aspecto de un hombre que no piensa
en nada, se entregaba a interminables rezos por el alma de su esposa. La
imagen de la muerte no se apartaba un instante de su pensamiento, y l,
que hasta entonces slo haba pensado en vivir, se estremeca
imaginndose todas las miserables podredumbres de la tumba.

Fernanda, animada por el ejemplo de su padre, se entreg por completo a
la devocin.

Los aos pasados en aquella existencia frvola y elegante, que la
arrastraba por los salones siempre en busca de un hombre, la haban
hecho olvidar un tanto al padre Claudio, aquel sacerdote elegante y
perfumado que, despojado de la sotana, realizaba el ideal que Fernanda
se haba forjado, agitada por la pasin. Al volver nuevamente a sus
aficiones religiosas, su antigua amistad con el hermoso jesuta se
reanim, y Fernanda volvi a ser la entusiasta admiradora del agradable
sacerdote, lamentndose de haberle tratado antes con frialdad.

Desde entonces la joven baronesa de Carrillo hizo la vida que le indic
su director espiritual, convirtindose al poco tiempo en la beata
elegante ms recomendada en toda la sociedad.

Esta fama de virtud austera y de entusiasmo religioso no era para
agradar a una mujer todava joven; pero a pesar de esto, Fernanda se
mostraba muy satisfecha de ella. Ya que no se haban cumplido sus deseos
de ser una mujer de moda, amada por todos y capaz de imponer sus
caprichos elegantes a la sociedad que la rodeaba, siempre era para ella
una gran satisfaccin dar la norma a las damas aristocrticas en
materias de devocin, y ser por derecho propio la directora indiscutible
en todas las obras pas que emprendan las damas nobiliarias, dechados
de virtud que, como su reina y seora, se arrepentan de sus pecados y
hacan penitencia tomando queridos feos y canallescos.

El padre Claudio, con ojo certero, haba adivinado las condiciones que
posea Fernanda y lo til que podra ser a la Compaa.

Fea, irritada contra la sociedad que crea haba sido injusta con ella,
ambiciosa por temperamento e intrigante por educacin, Fernanda prometa
ser un hbil instrumento en manos de la Orden jesuta, y de ah que el
padre Claudio la prestara todo su apoyo, a ms de que en su interior
acariciaba la continuacin de cierto plan, para el cual era muy preciso
el auxilio que pudiera prestar la joven beata.

Fernanda se abri paso en la alta sociedad, recibi homenajes, envejeci
voluntariamente afectando un aspecto austero, y, siendo joven, se uni
al grupo de las seoras respetables. Fu considerada como un modelo de
virtud y abnegacin, y los mismos hombres que poco antes huan de ella
cuando bailaba buscando un amante, iban ahora a cumplimentarle con
respeto, pues esto daba cierto aire de distincin, y hasta en algunas
ocasiones serva de mucho. A Fernanda la teman ms an que la
respetaban, porque no era un secreto para nadie el poderoso brazo
jesutico que la mova en todos sus trabajos.

Numerosas asociaciones creadas con el objeto aparente de hacer bien a
las clases proletarias, pero en realidad, para que todas las mujeres de
elevada estirpe estuvieran en masa compacta bajo la oculta direccin de
la Compaa, fueron creadas en poco tiempo por aquella ambiciosa joven,
poseda ahora de tanto afn de gloria como un joven poeta, y a la hija
mayor del conde de Baselga se la vi mucho tiempo vestida de negro, con
el limosnero al puo y fajos de papeles bajo el brazo, agitarse
apresurada por cumplir las numerosas misiones que ella misma se haba
impuesto: presidir juntas de cofrada, fundar asociaciones nuevas,
organizar fiestas benficas y ser, en una palabra, la actividad
directora de aquella gran mquina devota, cuyas ruedas se encargaban de
engrasar la Compaa apenas notaba el menor entorpecimiento.

No por esto en el organismo de Fernanda desapareca aquella irresistible
inclinacin al hermoso padre Claudio. Conoca la baronesa la esquivez
que mostraba el jesuta, apenas una dama aristocrtica atentaba contra
su voto de castidad; pero el amor que profesaba a su dolo no le
permita creer las murmuraciones que circulaban sobre sus ocultos y
asquerosos vicios.

Para Fernanda era el padre Claudio un ser eminentemente religioso, que
se encontraba a todas horas muy por encima del comn de los mortales, y
que slo poda amar a un alma que como la suya se fundiese en la
inextinguible pasin de Dios.

De aqu que Fernanda, para conquistar a aquel Apolo ensotanado, y
buscando un resultado puramente carnal, se fingiera mstica hasta la
exageracin, aburriendo a su lindo director espiritual unas veces con
monjiles escrpulos y otras con arrebatos teatrales, que pretendan
demostrar un entusiasmo sin lmites por la causa de la religin.

Pero todas las artimaas de la fea devota para alcanzar el hombre
ansiado salieron completamente fallidas, pues el padre Claudio
mostrbase insensible, notndose en l cierto enojo y repugnancia,
apenas la baronesa haca la ms leve insinuacin algo subida de color.

Aquel jesuta era una apreciable persona, un hombre galante mientras se
trataba de bromear cultamente y sin consecuencias; pero tena una virtud
a toda prueba apenas los temperamentos, inflamados por l, intentaban el
menor avance.

La frialdad del padre Claudio hizo renacer en la memoria de la baronesa
todas las abominables murmuraciones de que aqul era objeto, las
monstruosidades viciosas y las condescendencias de los novicios con su
superior, y aunque el jesuta tena sobre su nimo un podero que
difcilmente poda perderse, Fernanda se di pronto cuenta de que ya no
le inspiraba tanta veneracin como antes.

No por esto dej de dedicarse con entusiasmo a sus tareas de propaganda
religiosa y a la organizacin de sociedades que marchaban como pequeas
ruedas de la gran maquinaria jesutica; era esto su pasin favorita
despus de su insaciable aficin al hombre, pero a pesar de todos sus
deseos de gloria y de su constante ambicin por ser citada como modelo
de damas catlicas y fanticas por la causa del jesuitismo, pronto
comenz a notar el padre Claudio que su penitente se mostraba ms
descuidada en sus tareas y desatenda los servicios que l le encargaba.

Algo preocupaba, indudablemente, el nimo de la baronesa, y pronto supo
el padre Claudio en qu consista tal preocupacin.

Su penitente estaba prxima a lograr sus deseos. Un hombre desgraciado,
un pobre diablo, que pona su grrula pluma al servicio de la devocin,
y a quien la baronesa haba conocido en una junta de cofrada, la haca
el amor atrado, sin duda, por los miles de duros que posea Fernanda, y
que eran para el hambriento escritor una inmensa fortuna.

El padre Claudio se puso serio. Convena a sus planes que la baronesa
cayera por el amor bajo la direccin de un hombre extrao a la Compaa?
Seguramente era esto un peligro y haba que evitarlo inmediatamente, so
pena de que sufriesen quebranto en el porvenir ciertos planes que el
jesuta acariciaba haca ya algn tiempo, y de cuya realizacin dependa
el hacer una carrera magnfica dentro de la Orden.

El buen padre reflexion. En su concepto, era un peligro continuo no dar
a la baronesa lo que exiga su ardiente temperamento, que la arrastraba
a la prostitucin. Si no caa en brazos del escritor bohemio, que ahora
la solicitaba requirindola de amores junto a la pila de agua bendita o
en un rincn de la sacrista, se entregara despus al primero que la
solicitase, fuese joven o viejo, con tal que contase con una prepotente
virilidad.

A la Compaa no le convena que aquella mujer necesaria, que era su
genuina representacin en el seno de la familia Baselga, se dejase
dominar por el amor hasta el punto de ser dirigida por un hombre
extrao, y haba, por tanto, que evitar el peligro, ahora que todava
era tiempo.

El padre Claudio habl un da a su penitente de las inmensas ocupaciones
que le produca la direccin de la Orden, y le propuso entregar a otro
jesuta la direccin de su conciencia.

A Fernanda, despus del fracaso que haban sufrido sus pretensiones
amorosas sobre el padre Claudio, le era la persona de ste poco menos
que indiferente, aunque segua fingiendo la sumisin cariosa de otros
tiempos; as es que acept sin repugnancia la propuesta.

El hermano jesuta le habl entonces del padre Felipe Gonzlez, joven
sacerdote que no se distingua en el plpito, ni tena buena mano para
escribir una carta sencilla, ni, por motivos de salud, ocasin para
dedicarse al estudio, pero que, en cambio, entenda como nadie en
asuntos mujeriles y era clebre como director de conciencias femeninas.

La presentacin de aquel nuevo portento de la Compaa de Jess, qued
acordada entre la baronesa y su director espiritual.




IX

El caballo padre.


Pocos das despus, Fernanda recibi la visita del padre Claudio y de su
compaero, cuya presentacin le haba anunciado.

Estaba la baronesa ocupada en reir a las sirvientas por una travesura
de Ricardito, su pequeo hermanastro, que por entonces cumpla tres
aos, y si detena algunos momentos el chorro de palabras irritadas y
vibrantes que sala de su boca, era para fijar sus airados ojos en el
muchacho, que, temeroso, se haba escondido en un rincn, y en su
hermana Enriqueta, que era entonces una preciosa nia de siete aos y
estaba en aquel momento arrodillada y con los brazos en cruz, en castigo
de cierta fechora infantil.

La fea baronesa dispona en aquella casa como seora absoluta desde la
muerte de su madrastra.

Baselga, todava no repuesto de tan terrible golpe, e infludo por la
mstica lectura, pasaba el da entero encerrado en su habitacin o
paseando por los solitarios alrededores de Madrid; los hijos de su
segundo matrimonio, que eran todo su cario, estaban momentneamente
olvidados, y la que se aprovechaba de todo aquello era Fernanda, a quien
su padre dejaba hacer, por lo mismo que rehua hablar con ella,
odindola, por conocer perfectamente su infame origen.

La hija de Pepita Carrillo estaba en sus glorias con aquella desdeosa
indiferencia. Mandar para poder reir desahogando su mal humor, era su
pasin favorita, y por esto se consideraba feliz teniendo bajo la
tirana de su irritable carcter a unos cuantos criados y a sus pequeos
hermanastros, que eran las vctimas de su genio atrabiliario y los que
sufran las consecuencias de sus decepciones amorosas.

No por esto odiaba la baronesa a los dos nios. Enriqueta le era casi
indiferente, a pesar de que cierto disgusto le causaba su graciosa
hermosura y el gran parecido que tena con su madre; pero a Ricardito lo
quera entraablemente, tal vez porque haba sido la causa de la muerte
de aqulla. Adems, perteneca al sexo masculino, y esto era una gran
recomendacin para alcanzar la simpata de la baronesa.

Al entrar los dos jesutas en el saln, las criadas, que aguantaban
impvidas el chaparrn de injurias de su seora, bajaron la cabeza con
aire de arrepentidas, y salieron sin esperar la orden de aqulla. Los
dos nios, contentos de que una visita viniera a librarlos de los
tormentos impuestos por su hermanastra, aprovecharon la ocasin y
salieron disparados, sin hacer caso de las llamadas del padre Claudio,
que quera acariciarlos.

La baronesa, con un movimiento instintivo y propio de su coquetera
trasnochada, se arregl un poco el peinado, y, despus, con aire regio,
sentse en un silln cerca del sof que ocupaban los dos sacerdotes.

Fernanda tena esa mirada rpida y sinttica propia de las personas
duchas en el curioseo, y de una sola ojeada se enter de cmo era de
pies a cabeza el director espiritual que le proporcionaba el padre
Claudio.

No pareca mala persona aquel padre Felipe. Era ms joven que su
superior, pues apenas si demostraba tener unos treinta y cinco aos. A
primera vista pareca feo con su corpachn fuerte y membrudo, rematado
por una cabeza enorme, morena, con el rostro algo picado de viruelas y
coronado por cabello negro, spero y algo hirsuto. Dos detalles
nicamente dulcificaban un tanto aquel rostro de gigante, que con sus
rasgos grandiosos y sus huellas variolosas, recordaba la cabeza de
Mirabeau. La boca, de labios frescos y sonrosados, que respiraba cierta
voluptuosidad, enseaba al entreabrirse una dentadura fuerte, igual y
deslumbrante, digna de ser envidiada por una dama, y sus ojos, que
tenan cierto reflejo dorado, miraban de un modo acariciador, causando
el mismo efecto que el roce de un terciopelo. Fuera de esto, el jesuta
era un Hrcules, y aquel cuello congestionado, jadeante y de perfil
taurino, que escapaba por la abertura de su sotana, iba pregonando el
inagotable caudal de brutalidades insaciables y de goces sin freno de
que era capaz un cuerpo como aqul, en que exista un tremendo
desequilibrio, ahogando completamente la materia la escasa parte
espiritual que pudiera haber en l.

A Fernanda le gustaba su futuro confesor conforme avanzaba en su examen.
Se estremeca imaginndose lo que era interiormente el bravo padre
Felipe; con la mirada ardiente le despojaba de la sotana y le vea en su
imaginacin desnudo como un luchador griego, mostrando la armoniosa
trabazn de sus poderosos msculos hinchados por la fuerza vital y
amenazando estallar la piel, y cuando, mareada por tales imgenes,
fijaba sus ojos en los del jesuta, senta correr una dulce caricia por
todo su cuerpo; algo semejante al estremecimiento del gato cuando siente
una fina mano a lo largo de su espina dorsal.

Era feo su confesor; pero entre todos los lindos bailarines de la alta
sociedad no haba encontrado un hombre que tan rpida y decisivamente la
impresionase.

La conversacin fu vulgar. Limitse a una sencilla presentacin, a un
cambio de ligeras confianzas, para que fueran despus ms fciles las
relaciones entre el nuevo director y la penitente, y a la media hora ya
se levantaban los dos jesutas, dando por terminada la visita.

La inflamable doa Fernanda ya se mostraba arrepentida de haber sentido
en otros tiempos una pasin tan fogosa por el padre Claudio.

Comparbalo ahora con el otro jesuta y encontraba al hermoso superior,
sobradamente amadamado, a pesar de su hermosura. La ruda musculosidad
del otro, su continente resuelto, que recordaba a Hrcules en su hazaa
de las cincuenta doncellas, y, sobre todo, aquel punzante olor a hombre
que se escapaba de su sotana, la causaban gran impresin; era para ella
como un aperitivo excitante y la haca mirar con desprecio la figura
interesante del padre Claudio, rizada y perfumada.

Qued el padre Felipe dueo de su penitente, que de buena gana lo
hubiese retenido para comenzar "ipso facto" un examen general de culpas,
y sigui a su superior, que se diriga a la casa donde tena establecido
su despacho y archivo, que era la misma que en 1825, salvo ligeras
modificaciones.

Cuando los dos jesutas entraron en el gran despacho, rodeado de
estanteras atestadas de carpetas y legajos, estaba el repulsivo
secretario del padre Claudio ocupado en clasificar papeles como en
pasados tiempos. El tono macilento que la edad haba dado al rostro del
padre Antonio y las muchas canas que se destacaban en su roja y spera
cabeza, era lo nico que daba a entender el tiempo que haba
transcurrido. Por lo dems, el despacho presentaba el mismo aspecto que
en tiempos de la segunda reaccin.

El padre Antonio levant ligeramente la cabeza, pero al ver que su
superior no le miraba, volvi a enfrascarse en su tarea y a hacer todo
lo posible para que los dos jesutas no recordasen su presencia.

El padre Claudio se sent en su viejo silln de cuero, y sin dignarse
ofrecer asiento a su gigantesco subordinado, que le miraba con el
respetuoso cario del perro, le pregunt:

--Sabe usted para qu le he trado aqu en vez de ir a la casa
residencia?

--No, reverendo padre.

--Tengo que encargarle una misin de importancia y usted no est muy
acostumbrado a que la Orden le dispense tal honor.

El padre Felipe hizo un gesto con el que quera significar que l se
tena a s propio por muy poca cosa, y su superior continu:

--Qu le parece a usted la baronesa de Carrillo?

--Oh! Una seora muy apreciable.

--Y cmo la encuentra usted como mujer?

El padre Felipe vacil en contestar no comprendiendo bien la pregunta,
y, al fin, respondi con cierta precipitacin:

--Me parece muy amable; pero la encuentro algo fea.

--Perfectamente. Tiene usted buen ojo y por algo le han puesto la fama
de que goza. Y por qu cree usted que la Orden le ha designado para
director espiritual de la baronesa?

El padre Felipe levant los hombros para indicar su ignorancia y el
superior continu, siempre con gravedad:

--En nuestra Orden cada uno sirve para una cosa. As como tenemos
grandes oradores y hombres de ciencia para deslumbrar a los imbciles,
poseemos hombres hbiles que dirigen las familias despticamente y
llevan su dinero a las arcas de nuestra Orden, y..., crame usted, stos
valen an ms que aqullos. Cul es su habilidad, padre Felipe?

El aludido qued perplejo, y, al fin, dijo, sonriendo estpidamente y
con sencilla modestia:

--Reverendo padre; yo no tengo ninguna; soy un intil, lo confieso.

--En nuestra Orden, querido hermano, no hay nada intil. Vamos; le
ayudar a refrescar la memoria. Por qu tuve yo que intervenir en un
escndalo que surgi con la presencia de vuestra paternidad en cierto
convento de monjas de Valladolid? Por qu estuvo vuestra paternidad ms
de un mes en cama a consecuencia de cierta paliza que le administr en
Sevilla un marido celoso?

El gigantazo se ruboriz como un nio, balbuceando:

--Perdone vuestra reverencia... La carne es flaca y a m me domina el
demonio de la voluptuosidad.

--Sea por muchos aos; pues de este modo sirve usted a la Orden y todos
los medios son buenos cuando se trabaja para la mayor gloria de Dios.
Quedamos, pues, en que tiene usted una habilidad, la de enloquecer a las
seoras que la Compaa pone bajo su direccin.

El padre Felipe, a pesar del temor casi supersticioso que senta ante su
superior, crey propio del caso el rerse, y prorrumpi en una franca
carcajada, guiando los ojos con malicia.

--Oh! Lo que es para eso me pinto solo...--dijo con acento de alegre
conviccin.

Pero se call inmediatamente viendo que el padre Claudio permaneca
grave e inmvil y que su secretario, inclinado sobre los papeles, segua
presentando el aspecto de un ser petrificado.

--La Compaa--dijo el superior, despus de un largo silencio--desea que
usted no d el menor disgusto a doa Fernanda, la baronesa de Carrillo.
Es una buena seora, muy devota de nuestra Orden, y tenemos el deber de
corresponder a su cario. Cumpla usted, pues, con su obligacin.

--Mi obligacin! Acaso vuestra reverencia quiere?...

--Quiero que se porte usted del mismo modo que en otras ocasiones, con
la seguridad de que, tanto nosotros como su nueva penitente, sabremos
agradecer sus esfuerzos.

--Conforme, reverendo padre--dijo el atltico jesuta, rascndose el
cogote como si con esto quisiera dar a entender lo escabroso de aquel
asunto.

--La baronesa es fea; pero usted, padre Felipe, no es hombre capaz de
pararse ante tan pequeo obstculo. Conozco sus aficiones.

--Oh! Lo que es por eso, no he de detenerme. Soy animal de buenas
tragaderas y ms si se trata de servir a la Orden.

Esta ingenuidad, que su mismo autor acompa con brutales carcajadas,
s que consigui hacer sonreir al padre Claudio, y hasta el secretario
levant un poco la cabeza con el entrecejo contrado como para contener
la risa. Aquel garan ensotanado resultaba gracioso.

El padre Claudio permaneci algunos minutos entregado a la reflexin, y,
al fin, dijo a su subordinado con cierto entusiasmo:

--Comprenda usted bien lo que la Compaa desea de su nica habilidad y
para qu quiere emplear sta. Nuestro poder indestructible, que se
extiende por todo el universo, tiene su principal base en el estudio que
hacemos del carcter de cada persona que deseamos explotar y los medios
que ponemos en prctica para halagar sus aficiones. Si se trata de un
entusiasta por la ciencia, ponemos a su lado a un individuo de la Orden
versado en toda clase de conocimientos; si de un escritor, le enviamos
otro que le hable lo mismo de Horacio que de San Agustn y de Voltaire;
si es una mujer histrica y fanatizada, le damos por director espiritual
un monomanaco que la relate con entusiasmo y conviccin visiones
celestes y milagros estupendos; y cuando tropezamos con una baronesa de
Carrillo, arca de comprimido placer que est esperando la ansiada llave
para desbordarse, nos valemos de un padre Felipe, ogro insaciable de
carne femenil, incapaz de distinguir en su ciego apetito, y que lo mismo
se almuerza una diosa que se cena una Maritornes. "El mundo, comedia
es", como dijo un poeta; y aqu lo importante es que la Compaa tenga
siempre preparados buenos actores, capaces de desempear con naturalidad
y perfeccin los ms difciles papeles. Todos sirven igual a la Orden, y
tanto mrito como cualquiera de nuestros hermanos que confiesan reinas y
princesas, tiene usted, padre Felipe, apagando la hidrpica sed de amor
que siente doa Fernanda. Cumpla usted su misin tan perfectamente como
yo espero.

El brutal jesuta qued como desvanecido por aquellos elogios que le
disparaba su superior, y despus de una larga pausa, pregunt:

--De modo que mi misin se reduce, sencillamente, a conquistar a la
baronesa?

--A satisfacerla, pues su conquista, es cuestin de poca importancia.
Conozco bien a doa Fernanda, y s que ella le adelantar la mitad del
camino.

--La dejar satisfecha--dijo el jesuitazo, con el mismo orgullo del
campen que est muy seguro de sus fuerzas.

--No lo dudo. Hace tiempo que estudio a usted, y me convenzo de que es
un brbaro que nicamente sirve para tan inmundas empresas.

El padre Felipe acogi estas palabras con tanta indignacin como el
artista que oyera desacreditar su arte. Profesaba gran respeto a su
superior; pero esto no impidi que en su rostro se trasluciera cierta
expresin de desprecio a aquel hombre que llamaba al amor inmundicia, y
del cual se relataban "sotto voce", en las celdas de los buenos padres,
algunas historietas poco limpias.

El padre Claudio ley en el pensamiento de su subordinado.

--Adivino lo que usted piensa--dijo con tono de ira--, y le advierto que
yo hago lo que me da la gana, sin que pueda pedirme cuentas nadie, a
excepcin del general que est en Roma. Poda castigarle por sus malos
pensamientos, pero me compadezco de esa inocencia brutal que constituye
su carcter. Retrese usted, pero antes oiga un consejo. Persevere en
sus carnales aficiones a la mujer, ya que esto est en su temperamento y
la Compaa as lo necesita; pero recuerde que su aficin a las faldas
ha de traerle muchos compromisos y tal vez su ruina. La mujer es la
ruina del hombre, y el que a ella se aficiona pierde la mitad de su
fuerza. Para servir a la Orden tan bien como yo la sirvo, es preciso
prescindir del amor de ese ser hermoso, pero lenguaraz, caprichoso y
dbil, que slo nos acarrea compromisos, y valerse de los hombres aun
para dar satisfaccin al apremiante llamamiento de la naturaleza.

El padre Claudio, despus de estas palabras, con las cuales pintaba su
verdadero carcter, cosa bastante extraa en l, seal la puerta a su
subordinado con ademn imperioso, y el padre Felipe sali cabizbajo y
humilde.

Apenas quedaron solos el Vicario general de Espaa y su secretario, ste
levant la cabeza y mir fijamente y sonriendo a su superior.

El padre Antonio haba adelantado mucho en su carrera. Su superior
segua protegindolo, y mostraba tal agradecimiento a ste, que, a pesar
de ser ya padre profeso, de haber hecho todos los votos y de temer algn
renombre en la Orden por sus trabajos, lo que le autorizaba a solicitar
la direccin de la Compaa en una provincia, o el mando de una comisin
en Ultramar, haba pedido con las lgrimas en los ojos al bondadoso
padre Claudio que le permitiese seguir a su lado desempeando las
funciones de secretario, pues no poda alejarse sin profunda pena de
aquel a quien se lo deba todo.

El padre Antonio menta, como buen jesuta, al fingir tanto cario. El
padre Claudio le era indiferente, y aun all en el fondo de su voluntad
le odiaba de un modo terrible. Lo que l buscaba era no alejarse de
aquel centro directivo, donde iba empapndose de los misterios de la
Orden y donde se preparaba a dar el gran salto. Aquel despacho era para
l un espeso matorral tras el que estaba emboscado para caer
repentinamente sobre su vctima, que era el padre Claudio. El jesuta
haba soado en ocupar un da la direccin de la Orden en Espaa, y
conspiraba sordamente contra su superior, que no esperaba tal
infidelidad por parte de su perro de confianza.

--Valiente bruto!--dijo el padre Antonio a su superior, con ms
confianza que en pasados tiempos--. De seguro que la baronesa quedar
contenta del director espiritual que le regalamos.

--Esto y aun ms necesita--contest el hermoso jesuta, sonriendo
escpticamente.

--Y cmo estn los asuntos de aquella casa, reverendo padre?

--La baronesa manda como duea absoluta, y de aqu que yo considere tan
preciso ser dueo completo de su voluntad. Ella es afecta a nuestra
Orden; pero esa inmunda pasin que la domina podra alejarla de
nosotros, y de aqu la presentacin del padre Felipe, que la subyugar
unindola con nuevos lazos a nuestros intereses. Esa baronesa es una
bestia en el celo. Mira si ser fogosa su pasin, que estaba ya muy
prxima a entenderse con un perdido escritor, del que nosotros nos
valemos algunas veces, pero que no est por completo a nuestra devocin.
Afortunadamente he sabido a tiempo el peligro, y lo acabo de evitar con
el padre Felipe, que se har el dueo absoluto de la baronesa.

--No est mal la combinacin; ese ogro har cuanto quiera de doa
Fernanda, y vuestra reverencia maneja a su placer al conde de Baselga.
Aquella casa es nuestra por completo; ahora slo falta que podamos
manejar de igual modo a los dos nios, que son los verdaderos dueos de
los quince millones.

--Lo seremos, no lo dudes. Bastar con que sepamos apoderarnos de sus
voluntades.

--Trabajo difcil es se. No sera mejor anularlos ahora que son de
poca edad? Un nio cae con ms facilidad que un adulto, pues hay muchas
enfermedades infantiles que fcilmente pueden contraerse slo con que
haya algo de intencin y un poco de descuido en los encargados de
cuidarlos. En caso de muerte los quince millones pasaran a manos del
conde de Baselga, heredero de sus hijos, y a se no nos sera difcil
arrancrselos.

--Eres muy inhbil. Mil veces te he dicho que esos procedimientos de
fuerza son nocivos para nuestras empresas; y si no, contempla sus
consecuencias en el fracaso que experiment en Pars nuestro hermano el
padre Renard. Acurdate del refrn italiano "quien va despacio va muy
lejos"; y como adquirir de un golpe quince millones de francos es
empresa muy seria, debemos proceder con gran cautela y no menos astucia.
No nos comprometamos tontamente, ni demos un paso en vago que podra
costamos muy caro. Ya sabes que un rey deca a su ayuda de cmara:
"Vsteme despacio, que voy de prisa"; eso mismo te repito yo en esta
ocasin. No apresuremos los acontecimientos ni cometamos ningn acto de
violencia; de lo contrario, en nada se diferenciara un vulgar bandido
de un jesuta. Tiempo de sobra tenemos a nuestra disposicin. Esos dos
nios estn en nuestro poder, y su educacin corre a nuestro cargo. Si
la esposa del conde no fu monja en Pars, su hija lo ser aqu; y en
cuanto al nio, ya se encargar la baronesa de aficionarlo a la
Compaa, y tal vez llegue a ser de los nuestros. Una escritura en que
ambos, al retirarse del mundo, hagan donacin de sus bienes a la
Compaa, ser el digno eplogo de nuestro trabajo.

--Est bien, reverendo padre--exclam el secretario, fingiendo un
entusiasmo adulador--. El plan es magnfico, y de seguro dar
resultados. Comencemos nuestros trabajos y demos a entender en Roma que
sabemos realizar lo que el padre Renard dej embrollado.

--Nuestros trabajos han empezado ya. La base es la baronesa, que se
halla ya por completo a nuestras rdenes. El padre Felipe ser dentro de
unos das el dueo absoluto de su voluntad. La enloquecer de placer,
como a todas sus penitentes.

--Oh, reverendo superior! La Compaa debe mantener bien a tan
excelente caballo padre. No podr quejarse la yeguada de devotas.




X

Los hijos del conde de Baselga.


Enriqueta y Ricardo crecan bajo la autoridad implacable y ruda de doa
Fernanda.

Su padre era para aquellos dos nios una especie de ser misterioso al
que slo vean en determinadas horas y cuyo semblante, siempre
excesivamente grave y en algunas ocasiones fosco, les haca temblar.
Cuando aquel hombre silencioso y ceudo tomaba en brazos a los dos
pequeos o los pona sobre sus rodillas, ambos sentan impulsos de
escapar, y las caricias eran para ellos verdaderos tormentos.

A doa Fernanda la amaban ms, a pesar de la rudeza con que los trataba.
Su padre no les diriga nunca una palabra dura ni intentaba el menor
castigo; y en cambio, su hermanastra aprovechaba la ms leve ocasin
para maltratarlos; pero sta, al menos, hablaba para insultar;
mostrbase terriblemente expansiva y no imitaba a aquel hombre de cuya
boca slo salan monoslabos y que, despus de contemplar fijamente a
los dos nios, haca esfuerzos para que no se le escapasen las lgrimas
que acudan a sus ojos.

El conde de Baselga estaba ms enamorado que nunca de su esposa, y al
contemplar sus hijos, especialmente Enriqueta, que era un acabado
retrato de su madre, senta revivir en su memoria el punzante recuerdo
de la perdida felicidad y vea pasar ante sus ojos la imagen de Mara,
muerta en lo ms risueo de su vida.

Cuando los dos nios estaban a solas con la baronesa temblaban; pensando
en las violentas explosiones de su mal humor, pero no experimentaban el
miedo extrao y supersticioso que sentan ante su padre.

Doa Fernanda sentase satisfecha al poder dar rienda suelta a sus
enfados de solterona, castigando a aquellos nios fruto de un enlace que
le haba resultado siempre antiptico. Ahora se vengaba de aquella
superioridad, que, sin notarlo, haba tenido siempre sobre ella su joven
madrastra a causa de su carcter dulce y bondadoso.

Para la baronesa, los nios deban ser seres automticos, sin voluntad y
con una vida regulada por el capricho del superior, y de aqu que pasase
gran parte del da entretenida en la tarea de obligar a fuerza de
amenazas y de cachetes a que sus dos hermanastros permaneciesen horas
enteras quietecitos en sus sillas, con la inmovilidad fnebre de una
momia.

Enriqueta era la principal vctima de sus iras. Como ya dijimos, la nia
le era antiptica, y si senta alguna debilidad en su rgimen de
educacin, guardbala para Ricardo, que era quien lograba hacerla
sonrer.

Doa Fernanda tena sus planes. Era la verdadera madre de aquellos
angelitos, como le decan sus devotas amigas de la alta sociedad
elogiando su comportamiento con sus hermanastros, y tena, por tanto, el
deber de pensar en su porvenir y sealarles lo que haban de ser en este
mundo.

No se sabe si la idea naci espontneamente en ella o le fu sugerida
por su director espiritual el padre Felipe, santo varn, que era su
hombre de confianza y sin el cual no poda pasar un solo instante; pero
lo cierto es que la baronesa haba decidido que la nia entrase en un
convento y que Ricardo fuese de la Compaa de Jess.

Doa Fernanda tena para ello razones poderossimas, que expona siempre
que hablaba del asunto con sus amigas.

--Sobrados militares hay en Espaa y seoritas que no sirven para otra
cosa que para perder su alma bailando escandalosamente en los salones.
Mis hermanos se dedicarn a la religin y alcanzarn el cielo, que es lo
que debe buscar todo mortal.

Y la baronesa estaba decidida a sostener sus decisiones con todo el peso
de su autoridad.

Cuando los nios fueron creciendo, su educacin fu descuidada en punto
a conocimientos tiles; apenas si lean con correccin y saban escribir
su nombre; pero en cambio, la nia, so pena de recibir algunos azotes,
haba de rezar al da media docena de rosarios y cantar con voz nasal
propia de monstico coro los gozos dedicados a unos cuantos santos,
mientras su hermano, vestido con casullas de muselina, finga decir misa
en capillas de cartn alumbradas con candelillas que preparaba la
baronesa con todo el cuidado propio de un buen sacristn.

Aquellas diversiones, que resultaban forzosas para los dos nios,
acababan por agradarles, a falta de otras ms vivas y atractivas, y su
hermanastra regocijbase con la devocin que mostraban los pequeos,
presentndoselos como dos santitos al buen padre Felipe, que pareca
cosido a sus faldas, segn lo poco que de ella se separaba.

En toda aquella casa tan grande y habitada por sirvientes de tantas
clases, los nios slo encontraban una sola persona que mereciese sus
simpatas, por demostrarles verdadero cario.

Era sta una antigua criada de su madre, la aragonesa Tomasa, que
conforme haba entrado en aos se haba hecho ms ruda e indomable.

En aquellos dos nios vea a su seorita, cuya muerte no cesaba de
llorar; y su cario francote y ruidoso, a fuerza de ser expansivo, era
todo para los "muecos", para aquellos dos chiquillos, y especialmente
para Enriqueta cuyos ojos no poda mirar sin conmoverse, pues le
recordaban los de aquella otra nia que veinte aos antes paseaba por
las calles de Pars o las alegres alamedas del Luxemburgo.

Tomasa era en aquella casa la continua preocupacin de la baronesa.

Desempeaba el cargo de ama de llaves, y, por tanto, la jefatura de toda
la servidumbre; y en cada una de las rdenes que daba tropezaba
inevitablemente con la duea que la odiaba a muerte.

En el pequeo palacio del conde de Baselga arda una continua guerra
civil.

La vieja criada murmuraba a todas horas contra su nueva ama, hacindole
coro la servidumbre, que odiaba a la baronesa, y sta tena especial
empeo en contrariar a Tomasa, encontrando defectuoso todo cuanto
ordenaba y buscando ocasiones para humillarla.

La altivez, el odio, y aun algo de envidia, luchaban con aquella
tenacidad aragonesa, aumentada por un modo franco de decir las cosas que
hera cruelmente la susceptibilidad de doa Fernanda.

En aquella casa surgan los conflictos a diario entre las dos
autoridades, y ambas mujeres, la seora y la domstica, cansadas ya de
tremendos choques en que les faltaba muy poco para agarrarse de los
pelos, acabaron por evitarse encerrndose cada una en una altiva
indiferencia con respecto a la otra.

Doa Fernanda intent librarse de aquella rival de su autoridad, y para
ello habl a su padre un da en que le pareci de mejor humor que de
costumbre.

El conde la escuch con frialdad, y cuando termin su captulo de cargos
contra el ama de llaves, se limit a decirle que Tomasa era para l como
de la familia, que la conoca muy bien y que no pensaba separarse nunca
de ella.

La baronesa se indign tanto con esta contestacin, que lleg a formular
la amenaza de marcharse de aquella casa si no sala de ella
inmediatamente la terca aragonesa; pero su padre no se inmut, y con la
misma frialdad de antes la dijo que poda hacer lo que gustase. Para el
conde no era un sacrificio separarse de aquella criatura orgullosa y
dominante cuya presencia le recordaba la deshonra de su primer
matrimonio.

Doa Fernanda llor, se indign, cont sus penas al padre Felipe, al
padre Claudio, a cuantos jesutas conoca y a todas sus devotas amigas;
hizo a su padre responsable de cuanto ocurriese, y acab... quedndose
en la casa lo mismo que antes.

Le gustaba mucho tener una tropa de sirvientes a quien mandar y dos
nios que llamaba sus hijos, a los cuales martirizaba con sus caprichos,
y por esto se qued, a ms de que algo debieron de aconsejarla tambin
sus amigos jesutas.

Las dos mujeres, temindose mutuamente, se respetaron ms, y ya no
surgieron entre ellas otras desavenencias que las ocasionadas por el
cario que Tomasa profesaba a los nios y el deseo de la baronesa de
disponer de ellos en absoluto.

Cada vez que doa Fernanda los castigaba, la vieja criada protestaba a
su modo, lanzndola feroces miradas o murmurando amenazas que aqulla
oa perfectamente; y cuando los dos pequeos, escapando de la pesada
frula de su hermanastra, iban en busca de Tomasa, la baronesa haba de
sostener un altercado con aquella "mujer soez", como ella la llamaba, y
que se meta a criticar la educacin que daba a los nios.

La conversacin con Tomasa tena para stos un gran encanto, pues la
vieja criada les hablaba de su madre, a la que Enriqueta apenas si
recordaba, y de su abuelo, don Ricardo Avellaneda, que apareca en sus
tiernas imaginaciones como un buen seor bondadoso y dulce.

Adems, aquella mujer no los obligaba a una inmovilidad terrible para
la niez, siempre ansiosa de movimiento, sino que les incitaba a juegos
agitados y ruidosos, a los que ellos se entregaban con asombro y
torpeza, como el presidiario a quien obligan a andar libre despus de
estar encarcelado muchos aos.

Los alegres cuentos que les relataba la aragonesa, con burda chusquedad,
gustaban ms a los dos hermanos que las vidas de santos que les lea la
baronesa, obligando su atencin, a fuerza de cachetes; y tanto les
gustaba estar al lado de Tomasa, que aguardaban con ansia los das en
que doa Fernanda sala a sus juntas de cofrada o colectas piadosas,
para correr inmediatamente al comedor o a la cocina, donde encontraban a
su vieja amiga.

Conforme crecieron, este placer fu desvanecindose y se vieron ms
ligados que nunca a la autoridad desptica de su hermanastra.

Ricardo tena ocho aos cuando fu llevado al colegio de los padres
jesutas. El conde de Baselga pareci vacilar antes de dar su permiso
para que se verificase tal traslacin; pero los consejos del padre
Claudio, las fras razones de su hija mayor y las exigencias de la moda,
destruyeron todo conato de oposicin, si es que existi tal intento en
el nimo del conde.

Enriqueta, sin la compaa de aquel pequeo ser enfermizo y dbil, cuyos
nerviosillos arranques le producan gran alegra a ella, que rebosaba de
salud y vida, encontr la casa de su padre ttrica y sombra, y a no ser
por alguna que otra visita que haca a Tomasa, aprovechando descuidos de
la baronesa, se hubiese credo tan abandonada y sola como en un
desierto.

Doa Fernanda, no contenida ya por aquella fra simpata que profesaba a
su hermanastro, descargaba todo su mal humor sobre Enriqueta; pero esto
slo ocurra cuando la baronesa estaba enojada por una inesperada
ausencia de su director espiritual, y afortunadamente para la nia, el
padre Felipe pasaba por lo regular gran parte del da pegado a las
faldas de su penitente.

La educacin de Enriqueta corra a cargo de su hermanastra, que en esta
tarea era ayudada por su director espiritual. Pero hay que decir que la
mstica pareja tena numerosas ocupaciones, pues slo de tarde en tarde
se ocupaba de la nia, tomando sus lecciones con aire distrado.

El padre Felipe alcanzaba en aquella casa una preponderancia an ms
grande que la del padre Claudio; y tan convencida estaba la servidumbre
de que aquel jesuta, siendo el dueo de la baronesa, era el verdadero
amo, que muchas veces desatenda al conde de Baselga por mostrarse
atenta y solcita con el bondadoso padre.

El conde, dominado por aquella taciturna misantropa que constitua ya
su carcter, no vea lo que ocurra en su casa, o finga no verlo. Sin
duda, la sotana de jesuta era para l el uniforme de un terrible
enemigo al que haba que temer y respetar.

La simplicidad del padre Felipe habala reconocido desde el primer
instante, y aun adivinaba algo de las verdaderas relaciones que existan
entre aqul y su hija, pero callaba cuidadoso de provocar un escndalo,
porque tras la grotesca figura del director espiritual vea la diablica
personalidad del padre Claudio, siempre amenazante y capaz de anonadarle
a la ms leve muestra de enemistad.

Aquel hombre, en otro tiempo tan altivo y enrgico, que se haca muchas
veces intolerable por su levantisca independencia, era ahora un
autmata, habiendo el temor rodo poco a poco su firme voluntad. Senta
miedo ante el padre Claudio, personificacin de aquella Compaa de
Jess, tan terriblemente poderosa.

Adems, en su cerebro estaban muy embrolladas las ideas y no tena
ninguna creencia determinada que le diera valor para emanciparse de la
tirana encubierta que sobre l pesaba.

La desgracia le haba hecho exageradamente religioso. Aquella rpida e
inesperada muerte de la mujer amada, recordada a todas horas, le haca
ver la fragilidad de las cosas humanas, y la continua lectura de "La
imitacin de Cristo" exageraba su desprecio al mundo, engolfndolo cada
vez ms en la religin.

Convertase el conde, por instantes, en un monomanaco religioso; era un
asceta en plena sociedad y vea en todas partes la mano de aquel Dios
poderoso, vengativo y repleto de todas las pasiones humanas, del cual
eran legtimos representantes los jesutas.

A su buen juicio y a su propia experiencia no se les ocultaban los
defectos y las ambiciones de la Compaa; pero la acomodaticia y absurda
enseanza religiosa de los jesutas haba trastornado su raciocinio, y
pensando en que Dios saca muchas veces el bien del mal, y para la
salvacin eterna del hombre emplea los ms difciles y tortuosos
medios, no saba al fin qu pensar ciertamente y si considerar a los
individuos de la Orden como dechados de bondad, que se sacrificaban
dirigiendo la conciencia de los dems, o como diablicos malvados,
dignos de execracin.

La imagen de aquel Dios iracundo y vengador que columbraba en el fondo
de todos los libros religiosos, escritos con estilo de pegajosa dulzura,
le hacan transigir con su actual situacin, pues pensaba que tanto la
muerte de su segunda esposa como la degradante dependencia en que viva,
siempre amenazado por las terribles revelaciones del padre Claudio, eran
castigos impuestos por Dios para que de este modo expiase el crimen que
haba cometido en un instante de arrebato, dando muerte a Pepita
Carrillo.

Pero en aquel cerebro, perturbado por los consejos del bello jesuta y
las costumbres y lecturas que ste le aconsejaba, no exista nada
slido, y de aqu que en ciertos instantes el oleaje de las ideas
barriese unas para colocar otras en el mismo sitio.

Su sentido comn, aunque amortiguado, lanzaba en algunos momentos
rpidos destellos, y examinando los recuerdos que guardaba su memoria,
adquira el convencimiento de su degradacin y de que la Orden tena
sobre l ambiciosas miras.

No; aquella Institucin que tan villanamente haba conspirado en Pars
contra la fortuna de Avellaneda, no poda ser buena ni santa, a pesar de
las explicaciones que daba el padre Claudio por librar a la Compaa de
responsabilidad.

Haba instantes en que la duda desvaneca por completo su fe, creada
artificialmente por los jesutas, y vea claro lo que stos eran.
Entonces temblaba, imaginndose que no haban terminado sus desgracias y
que el terrible vampiro todava haba de intentar una nueva agresin por
absorber aquella fortuna respetable que ahora perteneca a sus hijos.

En uno de estos momentos de dudas fu cuando a doa Fernanda se le
ocurri proponer a su padre el ingreso de Enriqueta en un colegio
dirigido por monjas, fundndose en razones tales, como que la educacin
de la nia estaba muy descuidada, que en casa lo revolva todo con su
genio rebelde, alentado por Tomasa, y que era lo ms elegante y propio
de una familia distinguida meter a los pequeos en un establecimiento de
enseanza que tena la organizacin de un monasterio.

La baronesa, antes de que su padre le contestara, aadi que haba
consultado su idea con el padre Claudio y que a ste le haba parecido
muy bien.

La solterona saba que para conseguir algo del conde no haba como
nombrar al hermoso y terrible jesuta, pero en esta ocasin sus
esperanzas resultaron fallidas.

Baselga se mostr ms animado que de costumbre, y hasta su tez cetrina
se colore un poco. Su voz, siempre lenta y fosca, se hizo rpida y
vibrante, y con el mismo imperio que mandaba en otro tiempo a sus
soldados, se neg a que Enriqueta saliese de la casa.

La baronesa quiso protestar, pero se detuvo ante el modo imponente con
que su padre le dijo:

--Cllese usted; tengo motivos sobrados para negarme a que me despojen
de mi hija y s de quin nace la idea de que Enriqueta vaya a un
colegio, as como tambin el porqu de tal consejo. Basta ya con que se
me haya quitado a mi hijo.

El conde recordaba al hipcrita seor Garca y a Mara Avellaneda cuando
fu llevada por ste a un convento de Pars.

Sin duda, la misma mano segua moviendo a su familia y le quera
arrebatar a Enriqueta despus de haberse llevado a Ricardo.

Lo nico que consolaba a Baselga es que ste sera un hombre y sabra
librarse mejor que su hermana de las seducciones que pudieran ejercer
sobre l por medio de una educacin mstica.




XI

Auxilio inesperado.


Transcurri todo el verano sin que la existencia del capitn Alvarez se
viese turbada por ningn incidente notable.

Haca la vida de un oficial vulgar en tiempo de paz. Pasaba horas
enteras en el caf, murmuraba de sus superiores y de todo cuanto saltaba
en la conversacin, sin fijarse bien en lo que deca; en el cuarto de
banderas luca su ingenio de un modo gracioso, hasta el punto de hacer
sonrer a los jefes ms adustos, y segua mereciendo el apodo de
"Sneca" a los ojos del regimiento, que lo consideraba como una de sus
glorias.

Slo alguna noche rompa sus habituales costumbres, y era para acudir a
aquella casa misteriosa donde le haba visto entrar su asistente. All
vea algunas veces al general Prim, y otras, con conspiradores tan
conocidos como el coronel Moriones, el periodista Carlos Rubio o el
agitador Muiz, se ocupaba en los trabajos preparatorios de una
revolucin.

Haciendo esta vida le sorprendi el otoo. El tiempo que, segn
Voltaire, es el gran consolador, haba desvanecido algo en el nimo del
capitn aquel recuerdo amoroso que tanto le dominaba algunos meses
antes.

La imagen de Enriqueta Baselga, slo muy de tarde en tarde, vigorosa,
con luz fantstica y los contornos casi borrados, surga en su
imaginacin, y el capitn se preguntaba:

--Qu har ahora esa chica?

Sus trabajos revolucionarios, con los que expona su carrera y hasta su
vida, le preocupaban demasiado para permitirle, como otras veces,
entregarse a romnticas ilusiones, y de aqu que su antiguo amor
estuviese amortiguado, aunque no por esto se hubiese borrado por
completo.

Una maana el capitn, cansado por algunas horas de ejercicio en el
campo de maniobras, regres a su casa en busca del almuerzo, y al entrar
en su habitacin vi sentada a la puerta de sta a una mujer que
conversaba amistosamente con la patrona.

Alvarez, ante la mirada de respetuoso cario que le dirigi aquella
mujer, detvose un instante, al mismo tiempo que su patrona sonrea por
hacer algo.

El capitn se fij en ella. Tena un aspecto vulgar y vesta
modestamente, pero su mantilla y su traje, aunque algo ordinarios, eran
flamantes, y demostraban cierta rumbosidad. Estaba ya la mujer rayando
en la vejez, pero era alta y robusta; su cabello tena el negro mate del
plumaje del cuervo, y sus ojillos destacbanse vivos y maliciosos sobre
las prominencias grasosas de su cara. En su apostura haba algo de
resuelto y varonil que la haca simptica.

Al ver que Alvarez la miraba, levantse de la silla, sonriendo de un
modo franco, y dijo sin demostrar cortedad:

--Usted no me conoce, seorito, pero yo hace mucho tiempo que lo quiero.
Vengo a buscar a su asistente Perico, y lo estoy esperando.

--Ah!--exclam Alvarez, por decir algo--. Perico no tardar en venir.

--Usted debe de conocerme, porque algunas veces me habr nombrado mi
sobrino. Soy la seora Tomasa, la ta de Perico.

Alvarez sonri con espontnea amabilidad. Efectivamente, conoca de
nombre a aquella buena mujer, a aquella aragonesa todo corazn, que se
desviva por su sobrino, cuidando de llenarle el bolsillo, y que algunas
veces le haba enviado regalos a l mismo, agradecida por lo bien que
trataba a su asistente.

Al capitn le resultaba muy simptica la ta de Perico, y adems,
encontraba en su apostura marcial y resuelta ciertas reminiscencias de
su madre, aquella heroica navarra que pas la luna de miel entre los
peligros de la guerra carlista, sin llegar a saber con certeza lo que
era el miedo.

--Entre usted en mi cuarto. Ah est usted mal. Dentro esperar a su
sobrino.

Cuando Tomasa tom asiento en la habitacin del capitn rompi a hablar
inmediatamente, pues no era mujer que pudiera permanecer callada. Se
enter minuciosamente de si "el chico" cumpla sus obligaciones y de si
daba algn pesar a su amo y ensalz con pintorescas comparaciones el
inmenso cario que el asistente profesaba a su seorito.

--Yo, francamente, don Esteban, algunas veces tengo celos al ver lo
mucho que ese muchacho le quiere a usted. Crea que le tiene una ley de
dos mil demonios, y que si algn da se casa no ha de querer tanto a su
mujer. Cuando una habla con l est inaguantable, pues siempre sale con
la misma solfa. Que si su amo por aqu, que si su seorito por all, que
si el capitn Alvarez es el ms guapo del regimiento, que si es el que
sabe ms... Crea que si Perico fuese mujer hara usted un buen negocio
casndose con l.

Al capitn le haca mucha gracia la charla francota de aquella
aragonesa, y acoga sus palabras con sonrisas.

--Yo le tengo mucha ley al pobrecito; ya puede usted considerar: l solo
es mi nica familia, y adems, apenas si ha conocido a su madre. Yo soy,
fuera de usted, la nica persona que le quiere, y si al morir dejo un
duro ser para l. Adems, el chico podr ser muy bruto, pero es dcil
y sencillote y se deja llevar por donde una quiere sin decir una mala
palabra ni perder nunca su buen humor. Mi gusto sera que saliese del
servicio, que yo ya me encargara de buscarle un buen acomodo; pero l,
"erre" que "erre", encaprichado con su seorito, y antes reventar de
puro viejo que dejar de ser el asistente del capitn Alvarez... Qu
alegra va a tener el pobrete cuando me vea!

--Ahora recuerdo que estaba usted fuera; se lo he odo a Perico varias
veces. Y no sabe l su llegada?

--Qu ha de saber! Quera sorprenderlo, y por eso ha sido para l mi
primera visita: llegamos anoche. Mi seor, con toda su familia, ha
vivido algunos meses en una de sus posesiones.

Call Tomasa, y durante algunos instantes rein el silencio.

--Usted no cambia--dijo al fin la aragonesa, que era poco amiga de
permanecer silenciosa--. Est ahora tan guapo como la ltima vez que le
vi en la calle. A m no me gusta alabar a nadie, pero crea que es de los
militares ms templados que se pasean por Madrid. De seguro que con
usted no andarn con remilgos las mujeres. Debe usted de tener muchas
novias.

Y la ta de Perico acompaaba estas francoteras con ruidosas risotadas
que hacan rer tambin a Alvarez, algo ruborizado.

--Y luego, esos trajes tan majos, que caen tan bien a los buenos mozos.
Mire usted, yo siempre he tenido ley a los soldados y los he mirado bien
en mis tiempos, porque aunque ahora sea una un vejestorio capaz de meter
miedo al ms valiente, no por esto he dejado de tener mis veinte y
llamar la atencin como cualquier prjima.

Al capitn le haca mucha gracia aquel carcter ingenuo y chusco a
fuerza de ser franco, y de aqu que fomentase su charla y le dirigiese
en tono festivo algunos cumplidos de su repertorio soldadesco.

--Bah! Me conozco y hace aos que soy abuela; pero en mis tiempos he
llamado la atencin, y hasta sargentos bien portados se han parado para
decirme: "Buenos ojos tienes!" Mire usted si a m me ha gustado la
gente de uniforme, que hasta en Pars, cuando estaba con mis antiguos
amos, tuve un novio que era eso que all dicen gendarme y que llamaba
la atencin por lo bien plantado y por sus bigotazos, que eran poco ms
o menos como los de usted. Valiente perro era el tal "gabacho"! Con l
me ense a mascullar un poco la jerga francesa, pero supe que el gran
pillo era casado y con hijos y lo plant en la puerta. Eso s; no he
visto gente ms lista de manos y de ms malas intenciones que todos
ustedes, con perdn sea dicho.

Alvarez segua muy entretenido por la charla de Tomasa y la dejaba
hablar mientras se despojaba de una parte del uniforme para que despus
lo cepillase Perico.

--Mi amo tambin fu militar en su juventud, y le aseguro que a buen
mozo y bien portado, pocos le ganaran en su poca.

--En qu casa sirve usted?

--Sirvo al conde de Baselga. Soy el ama de llaves y vi nacer a su
esposa, as como he visto nacer a los hijos.

Poco falt para que Alvarez, que acababa de sentarse, diese un salto en
su silla. Cmo! La ta de Perico era la criada de confianza en casa de
Enriqueta y l no lo saba hasta aquel momento! Aquello resultaba
casual, pero no poda ser ms cierto. Alvarez oa hablar continuamente a
su asistente de su ta y del seor a quien serva, sin que nunca, en su
indiferencia, le ocurriese preguntar su nombre.

Ahora las palabras que acababa de decir la aragonesa le haban producido
en su interior un nervioso sacudimiento, y como si una mano misteriosa
hubiese abierto la atrancada puerta de los recuerdos, desparrambanse
por su memoria todos los incidentes de su pasin amortiguada; el
encuentro en el Retiro, los paseos por la calle de Atocha, los galopes
ridculos por la Castellana y las furiosas miradas de la ta.

Por un extrao fenmeno la imagen de Enriqueta, que antes se extenda
ante su imaginacin vagorosa e incierta, surga ahora en su memoria
vigorosa y viviente, como si un cuerpo real acabase de pasar frente a
sus ojos envuelto en nimbos de luz.

Por algunos instantes Alvarez estuvo tan turbado a causa del repentino
descubrimiento, que no supo qu decir; pero al fin, con el deseo de
saber algo cierto sobre la mujer amada, determinse a excitar la charla
de Tomasa.

--He odo algunas veces hablar del conde. Vive retirado del gran mundo y
tiene dos hijos, no es cierto?

--S; los seoritos Ricardo y Enriqueta, dos ngeles que me recuerdan a
su madre, que santa gloria haya.

--En Madrid se habla de su gran fortuna. Son ricos y tienen los dos un
brillante porvenir.

--S; buen porvenir te d Dios! Si El desde el cielo no arregla esto y
hace que el demonio se lleve a la baronesa de Carrillo, esa hermanastra
"arrastr" que tanto martiriza a los dos, es posible que stos no pasen
de ser desgraciados.

--Tal mal los trata la baronesa?

--Calle usted! Si aquello es para enrabiarse y echarlo todo a rodar!
Figrese usted que los dos pobrecitos son como todos los jvenes,
alegres, bulliciosos y amigos de ver mundo y de divertirse; pues a pesar
de esto, la tal doa Fernanda, con sus consejos y los de los curas que
continuamente la visitan, ha conseguido que los dos se conviertan en dos
beatos y que hablen del mundo como si fuesen unos viejos cansados de l.
Quien ms lstima, me produce es el seorito Ricardo. Ver un nio de
doce aos con deseos de hacerse fraile, cuando ya deba ir pensando en
echarse una novia! Antes no era as, y le aseguro que en punto a alegre
y amigo del bullicio le ganaba a su hermana; pero desde que lo metieron
en el colegio de los padres jesutas ha cambiado completamente, y como
si ya fuese un cura se pasa las horas enteras entregado al rezo, y anda
y mira del mismo modo que si llevase ya la sotana. Este verano lo ha
pasado con nosotros en el campo, y hasta su mismo padre, el seor conde,
se mostraba algo disgustado por las aficiones de su hijo. Y hay que
tener en cuenta que mi seor, desde la muerte de la infeliz doa Mara,
se ha hecho tambin un beato ceudo y malhumorado, con el que no se
puede hablar. En fin, aquella casa es un convento, y si no fuese por la
ley que le tengo al conde y a los nios, hace tiempo que no estara all
pues yo soy enemiga de las beateras, tanto ms cuanto que s por
experiencia lo que son los jesutas.

--Y la seorita Enriqueta tambin es aficionada a la devocin?

--Oh! Esa no hay cuidado que por su propia voluntad abandone el mundo.
Le gusta mucho la vida de seorita elegante, y cuando su padre, despus
de pensarlo mucho, se decide a ponerse sus condecoraciones y su uniforme
de gentilhombre, y la lleva a un baile de Palacio, la pobrecita tiene
para contar durante una semana. Su hermanastra quiere hacerla monja,
pero a ella, aunque dice que s por evitarse disgustos, se halla muy
lejos de gustarle la vida de convento. Buena monja te d Dios! Ella s
quera ser monja, pero sera, como dicen en mi tierra, "monja de Santa
Clara, de las que duermen con cuatro zapatos bajo la cama".

Y Tomasa celebraba sus propias agudezas con ruidosas risotadas.

El capitn estaba impaciente por hacer hablar a la aragonesa antes de
que llegase su asistente, as es que continu preguntando:

--A m me han dicho que es muy hermosa la seorita Enriqueta.

--En eso no le han engaado, y crea usted que en Madrid hay muy pocas
jvenes que le puedan disputar la fama de hermosa. Es el vivo retrato de
su madre, y aun me atrevera a decir que es ms guapa que sta, pues
tiene en su porte mucho del seor conde, que aunque viejo, es todava un
real mozo.

--Es extrao que con tales condiciones no haya sido requerida de amores
por ningn hombre.

--La pobrecita vive tan pegada a las faldas de su hermanastra, y de tal
modo la vigila sta, que no es fcil que pueda tener amoros con nadie.
Y a ella..., por qu negarlo?, le gustan los hombres como a cualquier
mujer, y no le hara ascos a un novio. En las fiestas a que la lleva su
padre, siempre encuentra algn mocosuelo tsico de la aristocracia que
le hace carantoas, pero la nia es tan dcil y tiene tal miedo a su
padre y a la baronesa, que responde ariscamente a todos los floreos que
la dirigen, lo que no impide que despus venga a contarme todo lo
sucedido con ese aire satisfecho de las jovencitas cuando se ven
atendidas y obsequiadas.

--Es posible que ella no haya encontrado entre esos ridculos polluelos
de la aristocracia un hombre que le guste?

--As es. El que la produjo alguna impresin fu un militarete que este
invierno pasado la hizo el amor. Diablo de hombre! Qu tenaz y qu
pesado era!

El capitn Alvarez qued fro al or estas palabras y hasta pens que
Tomasa lo saba todo y con aquel aire inocente se estaba burlando de l.
A pesar de esto no tard en reponerse, y con afectada indiferencia,
exclam:

--Ah! Conque era muy pesado el tal pretendiente? Y le vi usted?

--No llegu a conocerle, a pesar de que tena ganas de ello; pero el tal
galanteador produjo en la casa un zipizape de mil diablos. La baronesa,
cada vez que vea al militar paseando por la acera de enfrente, ponase
como una furia y rea a la seorita, llegando algunas veces a querer
golpearla, como si la pobre tuviese la culpa de ser tan hermosa que los
hombres se enamoran de ella inmediatamente. El conde al principio tom
la cosa con indiferencia y hasta lleg a rerse al ver la rabia que
produca en la baronesa la terquedad de aquel importuno; pero un da en
que sali a caballo con su hija volvi a casa como loco y echndolo todo
a rodar. Tambin a l le enfureca el militarete, que a lo que parece,
les haba seguido a caballo cometiendo mil imprudencias que llamaron la
atencin de los paseantes. El conde hablaba de dar unos cuantos
latigazos a aquel cargante, diciendo que se haba detenido por temor a
un escndalo, y tan preocupado estaba por el suceso, que al da
siguiente nos di a toda la servidumbre las rdenes oportunas para hacer
los preparativos de viaje. En una de sus posesiones hemos estado desde
entonces, y vea usted cmo las imprudencias de un pretendiente pesado
han obligado a toda la familia a permanecer mucho tiempo lejos de
Madrid.

--Y la seorita Enriqueta--dijo el capitn despus de reflexionar un
rato sobre los resultados que haba producido su conducta--, qu piensa
ella de aquel adorado? Nunca ha dado a conocer a usted su opinin?

--Es tan callada la seorita, y tan tmida y retrada la ha hecho la
educacin que la da su hermanastra, que es muy difcil adivinar lo que
piensa. Pero yo tengo buen ojo, y si he de decir lo que creo, aquel
militar no le pareca mal. Ella no me ha hablado nunca de l como de los
otros mozuelos que la hacan el amor en los salones; pero muchas veces
la he visto pensativa, y como esto fu desde que el tal militar le rond
la calle, creo que en l y slo en l pensaba cuando se mostraba tan
distrada. Slo un da habl de l, y fu en la capilla de la casa
solariega del conde, donde hemos pasado tanto tiempo. Mirando un cuadro
de San Miguel volvise a m y me dijo que tena cierto parecido con el
guapo militar que tan tenazmente la persegua.

--Parecido a San Miguel?--dijo Alvarez con extraeza.

--No s si ser as, aunque aquel santo era rubio y barbilampio y el
amoroso militar, segn mis informes, llevaba bigote como usted. Pero
esto me prueba ms an que la seorita siente inters por el tal sujeto,
pues es una verdad aquello de "es propio de enamorados ver su amor en
todas partes".

Esto convenci al capitn, quien, dejndose llevar de un risueo
optimismo, crey ya que Enriqueta le amaba.

Tan absoluta fu su confianza, que se sinti tentado de revelar toda la
verdad a la ta de su asistente.

Aquella mujer le serva de mucho para sus planes amorosos, pues contando
con su cooperacin poda llegar hasta la mujer amada.

Adems, el carcter franco y sencillo de Tomasa dbale confianza y
comprenda que por el cario que profesaba a Enriqueta y el odio que
senta contra la baronesa, era capaz de ponerse a sus rdenes, aunque
esto le hiciera correr el peligro de ser despedida de una casa que
consideraba ya como su propio hogar.

Alvarez sinti impulsos de espontanearse y dar a entender a Tomasa que
l era el militar en cuestin, pidindola su auxilio como intermediaria
en sus amores.

Iba a hablar el capitn, iba a decir: "Ese militar era yo!", cuando,
con ademn respetuoso, entr el asistente en la habitacin, y apenas lo
vi su ta, se arroj en sus brazos.

Alvarez call, dejando para ms adelante la conquista de aquella
intermediaria.




XII

Declaracin de amor.


No tard mucho el capitn Alvarez en revelar a Tomasa lo que deseaba.

La fiel aragonesa, pocos das despus de su entrevista con el amo de su
sobrino, se enter de que era el mismo militar que haba hecho el amor a
Enriqueta y que haba excitado las iras de la baronesa.

Tomasa se alegr. Es verdad que algn disgusto le produjo al principio
el pensar que protegiendo aquella pasin, poda disgustar a su seor, el
conde; pero pudo ms en ella el deseo de mortificar a la odiada baronesa
y de favorecer al capitn, por el cual ste recibi la promesa de ser
auxiliado por la vieja criada.

sta era ms prctica en amores de lo que prometa su rusticidad. Tena
el convencimiento de que su seorita recordaba algunas veces al hombre
que haba sido el primero en hacerla el amor de un modo tan franco, y se
propona avivar el fuego que pudiera arder an en su corazn.

As que la aragonesa, conmovida por las splicas del capitn, accedi a
servirle de intermediaria, psose inmediatamente en campaa comenzando a
sondear el nimo de su seorita.

Con qu destreza supo ir despertando los recuerdos que en ella quedaban
de aquel asedio amoroso!

Hablle de la casualidad que le haba hecho conocer al militar que tanto
amor la manifestaba, y aprovech todas las ocasiones que tena de
hablarla a solas para hacerla saber lo que de ella deca el capitn, y
lo mucho que creca su amor.

Enriqueta acogi aquellas revelaciones ruborosa y con temor,
manifestando al principio un leve disgusto. La mortificaba aquella
pasin que tanto haba indignado a su padre, y tema que llegase a tener
noticia de sus confidencias con Tomasa la terrible baronesa, que era muy
capaz de golpearla en un rapto de furor. Pero tenan para ella tal
encanto aquellas conversaciones con la vieja ama de llaves en el obscuro
extremo de un corredor o entre dos cortinajes del saln, siempre en
zozobra, con el odo atento para evitar una sorpresa, que, aunque
algunas veces se mostraba arrepentida de su imprudencia al dar odo a
aquellas sugestiones amorosas, volva poco despus en busca de Tomasa
fingiendo escaso inters; pero en realidad anhelante por saber algo
ntimo de aquel hombre que deca amarla tanto.

El capitn, aunque procurando no llamar la atencin, como en otras
ocasiones, de la austera familia de Enriqueta, buscaba ocasiones para
ver a sta, recatndose con la timidez de un colegial que teme
comprometer con su presencia a su amada.

Enriqueta, que pocas veces, burlando la vigilancia de doa Fernanda,
consegua asomarse al balcn, siempre que pegaba su interesante rostro a
las vidrieras de aqul vea pasar por la acera de enfrente al capitn
Alvarez, afectando el aspecto fro de un transente, pero mirando con el
rabillo del ojo a los levantados visillos, entre los cuales distingua
las hermosas facciones de la joven.

Habase establecido entre los dos una comunicacin misteriosa, propia de
los hroes de las leyendas. A ciertas horas de la tarde, Enriqueta
experimentaba una extraa conmocin que conmova la red de sus nervios e
inmediatamente se deca, con el convencimiento de quien habla de una
cosa infalible:

--Va a pasar!

Y, efectivamente, apenas se colocaba tras los vidrios del balcn,
Alvarez, con la mano en el puo de su espada, y contonendose con toda
la gallarda de un arcabucero de los tercios de Flandes, pasaba por
frente de la casa mirando de soslayo y sonriendo de un modo gracioso.

Aquello era amor. Y aunque Enriqueta no quera confesarlo, Tomasa se
mostraba cada vez ms convencida de la naciente pasin de su seorita y
la asediaba con ms ahinco para que calmase las ansias del capitn.

El amor sooliento y fantstico que muchos aos antes en el barrio ms
tranquilo de Pars haba profesado Mara Avellaneda al conde de Baselga
volva ahora a renacer en la hija, aunque no tan extremadamente
romntico.

La persona de Esteban Alvarez haba impresionado a Enriqueta, que estaba
en la plenitud de una adolescencia apasionada, excitada ms an por una
educacin monjil, y que senta verdadera hambre de amor.

En sus ensueos siempre figuraba el gallardo militar como el personaje
que ocupaba el primer trmino del fantstico cuadro, y cuando, obligada
por doa Fernanda, pasaba horas enteras leyendo en alta voz las
lamentaciones de amor mstico encerradas en devocionarios con tapas de
tafilete y cantos dorados, su imaginacin volaba hacia el hombre que tan
profundamente la haba impresionado, y cada vez que de su boca salan
las palabras: "Oh, dulce Jess mo!", "Oh, amadsimo Seor de mi alma
y de mi cuerpo!", pensaba en Alvarez, parecindole el gallardo militar
ms digno de estas exclamaciones que aquel hombre macilento, desnudo y
desgreado que, clavado en un madero, figuraba en todas las lminas de
sus libros.

A las pocas semanas de cuchichear con Tomasa, siempre sobre el mismo
tema, y de contemplar al capitn hacindola el amor de un modo tan
prudente al par que apasionado, Enriqueta se di ya por vencida. Segua
temiendo la explosin colrica de su padre y el incesante tormento de
que era capaz su hermanastra; pero el amor poda ms, e
inconscientemente, sin reparar en los peligros, se decida a aceptar los
consejos de la vieja ama de llaves, que la empujaba a acoger
benvolamente el amor de Alvarez dndole algunas esperanzas, aunque
fuesen dbiles.

Adems, desde que el capitn volva a hacerla la corte de aquel modo tan
prudente, su familia de nada se haba apercibido, y esto la haca
confiar en que sus futuros amores quedaran en igual misterio.

Enriqueta estaba ya decidida, y bast que en una entrevista con Tomasa
se decidiera a decir que crea amar al capitn y que al da siguiente
contestase desde su balcn a las miradas apasionadas de aqul con una
graciosa sonrisa, para que inmediatamente Alvarez saliese de su actitud
puramente expectativa y diese lo que l consideraba el gran paso.

Tomasa, una tarde en que el conde estaba de paseo y la baronesa pareca
muy ocupada en conferenciar, a puerta cerrada, con su director
espiritual, llam con gran sigilo a su querida seorita, y sonriendo
maliciosamente como para quitar importancia al acto que realizaba, la
entreg una carta sin querer decir quin la enviaba, aunque con
picarescos guios se esforzaba en dar a entender su procedencia.

Enriqueta quedse perpleja con la carta en la mano, sin saber qu hacer.
Un resto de su antiguo miedo la haca detenerse antes de aceptar aquello
que indudablemente era una declaracin de amor, e intent devolver la
carta a la aragonesa; pero tan persuasiva fu la charla de sta, con tal
colorido supo describir el inmenso dolor que experimentara el
apasionado capitn al verse despreciado de aquel modo, que se decidi a
aceptarla.

--Lala usted al menos, seorita--deca la vieja criada--.
Indudablemente le dice a usted cosas hermossimas..., cosas del otro
mundo. Yo s bien lo que son estos asuntos y lo que dicen tales cartas,
y dara cualquier cosa por verme en el lugar de usted, no por ser joven
y rica, sino por tener un amante tan guapo y tan apasionado. Y cmo
escribe! Virgen santa! Si tiene una mano para decir ternezas!... El
otro da fu a verle, y como si yo fuese usted misma, me ley unos
versos de los muchos que ha escrito sobre esa personita. Crea usted:
aquello era tan tierno, tan bonito, que... vamos!, la pona a una carne
de gallina. Ese don Esteban est chiflado por usted, y es tan sensible,
que si mi seorita lo despreciase, el pobrecito sera capaz de pegarse
un tiro.

Enriqueta se sinti conmovida en su infantil sencillez al saber que un
hombre era capaz de matarse por sus desdenes, y esta figura retrica de
la aragonesa fu lo que la decidi a guardarse prontamente la carta.

La caprichosa charla de su hermano Ricardito, que por algunas dolencias
de su organismo enfermizo no haba ido todava a seguir sus cursos en el
colegio de jesutas, impidi a Enriqueta leer aquella carta que haba
escondido en su virginal seno y que con su contacto pareca abrasarle la
fina epidermis. La esperanza de que a la noche conseguira leerla no
calmaba la impaciencia y la zozobra que de ella se haban apoderado.

Cmo seran las cartas de amor? Pronto iba a saberlo, as que todos se
retirasen a sus habitaciones y ella quedase sola en su gabinete.

Aquella noche, en la soledad de su dormitorio, cuya puerta haba
cerrado, rodeada de infinitas preocupaciones y conmovindose asustada al
menor ruido lejano que llegaba a sus odos, se revel el amor a un
corazn joven con todo el perfume condensado y el estallido de
brillantes colores de una rosa que rompe el apretado capullo.

Ley y reley un sinnmero de veces aquellas cuatro pginas, en las
cuales las exclamaciones de una verdadera pasin surgan ingenuas y
conmovedoras, sobre el papel, envueltas en conceptos romnticos y algo
rebuscados, y cuando la buja que esparca su luz sobre la mesilla de
laca comenz a agonizar, haciendo danzar un tropel de sombras sobre las
blancas colgaduras del virginal lecho, Enriqueta lloraba sin poder
explicarse el motivo, experimentando un dulce placer al derramar
aquellas lgrimas.

La luz que, mortecina, se agitaba ya al extremo del candelero, y que iba
a hacer estallar la arandela, causaba hondo pesar a Enriqueta, pues la
privaba de que prolongase el placer de aquella lectura. Nueva Josu,
hubiese querido tener poder para sostener aquella luz y leer una vez ms
el papel que tena en sus manos y que besaba apasionadamente sin darse
cuenta de ello; pero la llama, despus de revivir con fuerza algunos
instantes, se apag, y la hermosa joven tuvo que desnudarse a obscuras.

La cama cruji dulcemente al recibir el peso de aquel cuerpo, que
exhalaba un ambiente de fragante frescura, y en toda la noche no turb
la calma del aristocrtico dormitorio otro ruido que los suspiros de
Enriqueta, la cual durmi inquieta y nerviosa, despertndose con
frecuencia, y como si temiese que el sueo la hiciese traicin, y que
con lucidez sonmbula la repitiese en alta voz el contenido de aquella
carta, que ya casi saba de memoria.

Los primeros rayos de luz matinal que se filtraron por los extremos del
pesado cortinaje de la ventana, hicieron que Enriqueta saltase de la
cama.

En sus horas de vigilia haba pensado en la necesidad de contestar a
aquella carta. El pobrecito se lo peda, se lo rogaba con la mayor
humildad, y ella no se senta con fuerzas para permanecer muda ante
aquella rendida solicitud.

Colocando su mesilla junto a la ventana, escribi tan nerviosa y
alarmadamente como ley en la noche anterior. Cuatro renglones de
trmula letra y femenil ortografa, fueron la contestacin a la carta
del capitn, y aquel mismo da se encarg Tomasa de llevar la respuesta
a Alvarez, que, como todos los hombres en casos semejantes, se consider
el ms dichoso de los mortales.

Desde entonces se entablaron entre los dos jvenes unas relaciones
puramente platnicas, que se desahogaban por medio de miradas rpidas
desde la acera al balcn, y cartas interminables que Tomasa entregaba
diariamente y con rigurosa puntualidad a ambas partes.

Enriqueta se crea feliz, experimentando emociones que hasta entonces la
haban sido desconocidas.

En un cofrecillo laqueado que perteneci a su madre, y que le serva
para guardar algunos juguetes de su niez, y ciertas chucheras propias
de una joven aristocrtica que slo de tarde en tarde se presenta en el
mundo elegante, y que son, por tanto, recuerdo de agradables y
deslumbradoras fiestas, encerraba las cartas y las poesas que le
enviaba su novio y que, por la frecuencia con que llegaban, amenazaban
convertirse en colosal montn que se desbordara por toda la habitacin.

Encerrarse en sta, abrir el cofrecillo e ir releyendo por centsima vez
aquellas epstolas amatorias en que, con diversas palabras, se hacan
siempre los mismos juramentos e idnticas promesas, y besar despus con
instintivo arrebato aquellos pliegos de papel manoseados por continuos
exmenes, era el mayor placer de aquella adolescente cuya vida la
llenaba el amor.




XIII

Ejercicios piadosos.


Una maana del mes de febrero, cuando en la casa del conde de Baselga
todava no se haban levantado de la cama los seores, Tomasa, apoyada
en la chimenea del comedor, hablaba con una muchachuela que en su feo
rostro tena cierta expresin hipcrita y que era la doncella de doa
Fernanda.

sta profesaba gran cario a su servidora ntima, por ser fea y gran
amiga de murmuraciones. La primera condicin la tena en gran estima,
pues por ley de contraste, al lado de aquella cabeza chata, deprimida y
terrosa, adquira cierto brillo de hermosura su rostro rubicundo y
narigudo. En cuanto a lo de chismosa, nada gustaba tanto a la baronesa
como hablar largo rato con su doncella, haciendo que sta le contara
todo lo que ocurra en la casa, as como cuanto saba de las otras
seoras devotas que figuraban con ella en las juntas de cofrada e
instituciones benficas.

En esto ltimo sala perdiendo doa Fernanda, pues su doncella, tan
dominada estaba por el afn de murmurar, que apenas la dejaba libre su
seora, corra en busca de Tomasa, complacindose en contarla todas las
interioridades de su seora.

Entre el ama de llaves y la doncella reinaba gran intimidad, y aunque
sta, en punto a charlar, no guardaba fidelidad a nadie, siempre se
mostraba ms pronta, por simpatas propias de su clase, a revelar los
secretos de su ama a Tomasa que a contar lo que sta deca, a la
baronesa.

Aquella maana la chismosa, por complacer a Tomasa, a la que convena
tener favorable, pues de este modo su bondadosa autoridad consenta
ciertas salidas nocturnas, se ocupaba en encender la chimenea del
comedor, y en cuclillas ante el hogar colocaba cuidadosamente los leos,
avivando con furiosos resoplidos la llama, que se obstinaban en rechazar
los verdes y hmedos troncos.

Tomasa oa con gran atencin lo que aquella muchacha, tosiendo a cada
instante por el humo que se le meta en la garganta, e hinchando sus
enrojecidos carrillos, le deca casi a sus pies.

La baronesa haba pasado una noche psima, privando a su doncella del
sueo con continuos llamamientos. Haba para reventar--segn deca la
doncella--estando al cuidado de aquella perra, que con todos sus aires
de seora y de devota era... una de tantas. Ahora le daba por vomitar,
por sentir vahdos, por decir a su querido director, el padre Felipe,
que estaba muy malita; y la doncella, al decir esto, remedaba
grotescamente los dengues de doa Fernanda, haciendo rer al ama de
llaves.

Bien empleado le estaba--al decir de la aragonesa--, y esto la enseara
a no pasarse la tarde entera encerrada con aquel jesuta que era un
sinvergenza capaz de conmoverse ante una escoba, con tal que llevase
faldas.

Tomasa no era cruel, pero se entusiasmaba pensando en el escndalo que
iba a producir el estado de la baronesa as que ste se manifestase ms
claramente, y saboreaba ya de antemano la vergenza que esto iba a
producir a su enemiga.

--Mira t--deca a la doncella--que oponerse a que la seorita Enriqueta
sea como todas las jvenes y tenga un novio que la quiera bien, y ella,
en cambio, procede como una perdida deshonrando esta casa tan respetable
con las conferencias que, a puerta cerrada, tiene con el padre Felipe.
Ahora pagar en junto todas sus perreras, y no ser flojo el escndalo
que se armar cuando todo Madrid sepa que la seora baronesa de
Carrillo, a quien los papeles pblicos llaman todos los das dama
virtuossima y a la que ensalzan los jesutas en sus sermones, est en
estado interesante por obra y gracia del querido que le ha destinado la
Compaa. No me gusta el mal de nadie, pero en esta ocasin, chiquilla,
estoy ms alegre que si me hubiera tocado el premio gordo de la lotera.
A ver si de este modo esa tal aprende a tratar a los pobres con la
cortesa que se merecen y no nos aturde ms a todos los de esta casa con
sus mandatos y sus palabrotas.

--Anoche--dijo la fea doncella--me encarg que avisara al padre Claudio
para que viniera a hablar con ella lo antes posible. Querr
indudablemente pedirle consejo para evitar que la gente se entere de lo
que la ocurre.

--Pues como no le abran la tripa y le saquen lo que tiene dentro--dijo
Tomasa con brutal jocosidad--, no s cmo podr arreglrselas para que
nadie en esta casa se entere del producto de las tales conferencias a
puerta cerrada.

--Anoche hablaba de lo conveniente que sera para su salud pasar una
temporada en el campo. Tal vez piense irse a cualquier parte donde no la
conozcan, y all echar al mundo el cachorro del padre Felipe.

Las dos sirvientas hablaron largamente sobre la baronesa y sus
dolencias, salpicando su conversacin de terribles sarcasmos, y al fin
tuvieron que separarse al or que repiqueteaba furiosamente la
campanilla de la habitacin de la baronesa.

Aquella maana doa Fernanda envi por dos veces a su doncella a la
residencia del padre Claudio y aguard con marcada impaciencia la
llegada de ste.

Eran ya las doce cuando el vicario de la Orden en Espaa entr en la
habitacin de la baronesa, deshacindose en excusas por su tardanza.
Eran tan apremiantes y continuos sus quehaceres! Le llamaban tan a
menudo a Palacio para consultas de la reina, cuando sta no se crea
suficientemente asesorada por sor Patrocinio, la monja de las llagas! La
impa revolucin se mostraba cada vez ms imponente, el espritu
popular, hostil a los reyes y a la Iglesia, creca por momentos y era
preciso que la Compaa de Jess empuase sus misteriosas armas y
pusiera en juego los ocultos resortes de su monstruosa organizacin
secreta para, de este modo, librar el trono en peligro.

No tena tiempo para ocuparse de los asuntos de escasa importancia, de
mezquinas cuestiones de familia, que quedaban al cuidado de sus
subalternos; pero apreciaba tanto a la baronesa, que consideraba como
hija suya; tan agradecida le estaba la Compaa, que l se apresuraba a
acudir a su llamamiento.

Doa Fernanda, muy lisonjeada por las palabras corteses de aquel hombre,
cuyo poder inmenso le era conocido, contestaba con sonrisas de
agradecimiento, ruborizada como una jovencita al or los primeros
piropos.

La puerta del gabinete de la baronesa se cerr, con gran dolor para
Tomasa y la doncella, que rondaban por las inmediaciones, deseosas de
or, aunque slo fuera algunas palabras de aquella conferencia.

Ms de una hora dur sta, y las dos mujeres, aplicando el odo a la
cerraja de la puerta, slo pudieron escuchar los sollozos de la
baronesa y algunas palabras sueltas, tales como "deshonra", "escndalo"
y otras de idntico significado.

Cuando las dos sirvientas escaparon despavoridas al notar que la
conferencia terminaba y la puerta se abri, el padre Claudio, que sala
llevando en el rostro un gesto malhumorado, al notar que en la
habitacin inmediata estaban Tomasa y la doncella, afectando una
completa indiferencia, recobr rpidamente su sonrisa amable y dijo en
voz alta:

--La salud de usted, seora baronesa, reclama muchos cuidados. No sea
usted nia, y procure no extremarse en esa vida agitada que lleva en pro
de la religin y la caridad. Sera de muy buen efecto que pasara algunos
meses en el campo y para esto le recomiendo el punto que ya le he
indicado. Dgaselo al conde, a quien ruego salude de mi parte. Yo no me
puedo detener, pues me llaman mis ocupaciones.

El padre Claudio pas por delante de las dos criadas y, como de
costumbre, las di a besar su mano, sin adivinar que, a pesar de su
exterior grave y compungido, se rean interiormente de la enfermedad de
la baronesa y de las recomendaciones del jesuta. Ellas saban el porqu
de aquel viaje al campo.

Aquel mismo da doa Fernanda llam a su padre, y el conde, a pesar de
que senta gran repugnancia de hablar con ella particularmente, y eran
muy contadas las veces que haba entrado en su habitacin, acudi al
llamamiento.

Oy en silencio la relacin que le hizo su hija de sus extraas
dolencias e inmediatamente la di permiso para que fuera a pasar unos
cuantos meses en los alrededores de Bayona, que era el lugar que la
haba recomendado el padre Claudio.

Valiente cosa le importaban a l los asuntos de aquella mujer a la que
no poda ver sin que inmediatamente acudiesen a su memoria recuerdos que
despertaban su odio! Conoca las costumbres de su hija y, mirndola
fijamente, adivinaba la verdadera causa de aquellas dolencias.

En su concepto, haca bien en ir a Bayona. All exista un gran centro
de jesutas, y las recomendaciones del padre Claudio serviran para
encubrir el remate de aquella enfermedad, que nadie poda explicar mejor
que el atltico padre Felipe.

Al da siguiente la baronesa hizo todos sus preparativos de viaje, y
tres das despus, sin otra compaa que la de su intrigante doncella,
emprendi el viaje. Antes de partir, ya el padre Felipe se haba hecho
cargo de Ricardito, llevndolo nuevamente al colegio.

Con el viaje de doa Fernanda, la casa de Baselga qued, como deca el
ama de llaves, convertida "en una balsa de aceite".

La ausencia de la baronesa haca imposibles todas aquellas escenas
violentas, aquellos gritos descompasados y represiones continuas a que
tan aficionada se mostraba doa Fernanda.

Tomasa, disponiendo y mandando como autoridad superior, estaba en sus
glorias, y Enriqueta se consideraba feliz al no tener que vivir con
aquella zozobra a que le obligaba su hermana con su astuta vigilancia.
El poder escribir cartas a Alvarez a cualquier hora del da sin tener
que encerrarse en su habitacin y temblar al menor ruido, era para la
joven una dicha inmensa.

--Ya ver usted, seorita--deca la aragonesa--, qu rica vida vamos a
llevar ahora que no est aqu su hermana endemoniada. Desde que puedo
pasearme por la casa sin temor de encontrarme con aquella cara de
vinagre, al pasar una puerta me siento otra y hasta parece que me he
quitado de encima una docena de aos. El capitn ya sabe que la baronesa
se fu ayer, y no puede figurarse cun grande es su alegra, pensando
que ahora podr verla de cerca. Saldremos a paseo todos los das, pues
hora es ya de que usted no pase la vida de monja profesa a que quiere
acostumbrarla la baronesa. Don Esteban vendr algunas veces con
nosotros, pasearemos por donde nadie nos vea, y yo... me har la ciega y
la sorda, aunque el papel sea poco grato, para que ustedes puedan
decirse cuanto gusten. Vamos... que algo tendrn ustedes que decirse
despus de amarse tanto tiempo sin haber hablado nunca.

El conde de Baselga no era obstculo para aquel plan que Tomasa se
propona realizar. Seguro de la fidelidad de su ama de llaves, a la que
consideraba como de su familia, dejaba a Enriqueta por completo a su
cuidado y continuaba su vida aislada pasando los das encerrado en su
despacho, sin otro recreo de vez en cuando que un paseo por los
desiertos alrededores de Madrid.

Baselga se haba transfigurado con aquel mtodo de vida.

La soledad en que le obligaba a vivir su misantropa, habale
aficionado al estudio, y en su despacho, que antes slo tenia por
adornos armas de todas clases, amontonbanse ahora los libros.

Las lecturas literarias y filosficas le repugnaban. El misterioso
influjo que el padre Claudio ejerca sobre su conciencia haba
desarrollado sus sentimientos religiosos creando en l una
susceptibilidad fantica que se irritaba a la ms leve indicacin contra
aquel dogma en el que crea a ojos cerrados. Esto le obligaba a
mostrarse tan preocupado en sus lecturas como en su vida y
circunscribirse a determinados libros, pues la revolucin ruga contra
lo existente, y a despecho de las medidas y censuras del Gobierno, hasta
en la ms inocente obra literaria se deslizaban ataques sobre los
ideales que tan entusisticamente profesaba el conde de Baselga.

Este, ante todo era militar. La guerra constitua la principal aficin
de su carcter, y de aqu que, al buscar un remedio al fastidio que le
devoraba en su vida aislada y casi frailuna, se entregase en cuerpo y
alma a la lectura de obras militares. Cuanto se haba escrito, en Espaa
como en Francia, acerca del arte de la guerra, fu coleccionndolo el
conde en su biblioteca.

Aquel hombre, en su juventud tan insolente, despreciador de la ciencia,
que despus haba hecho la guerra como soldado valiente, pero ignorante,
que cree que la fuerza y el arrojo es todo cuanto necesita un guerrero
para ser vencedor, mostrbase ahora avergonzado por su estupidez y se
dedicaba al estudio con el ansia del que quiere recobrar el tiempo
perdido.

Baselga se senta ahora agitado por el afn de gloria. Muchos de sus
antiguos compaeros de la Guardia real eran ahora generales ilustres y
estaban en todo el apogeo de su celebridad, y l, aficionado nuevamente
a la milicia, miraba con envidia la posicin de sus antiguos amigos. Los
millones que posea, sus ttulos, todo cuanto era lo hubiera dado por
poder mandar una divisin y haber asistido con ella a la guerra de
Africa o a otra de aquellas campaas tan gloriosas como descabelladas
que, para labrarse su propia gloria, llevaba a cabo su antiguo amigo don
Leopoldo O'Donnell.

El conde, a fuerza de hojear a los tratadistas militares y de leer obras
de fortificacin, acab por concebir un plan que produjo sobre su
cerebro una verdadera obsesin.

Ya tena el medio de hacerse clebre. En Baselga, a pesar de su exterior
rudo, haba algo de poeta: la imaginacin era su principal facultad, y
esto haca que revistiesen cierto ambiente romancesco y mstico todas
las ideas que se fijaban tenazmente en su cerebro.

Comenz a madurar la idea de apoderarse, por sorpresa y mediante un buen
golpe de mano, de Gibraltar, y se dedic con ahinco a estudiar todo
cuanto se haba escrito sobre el famoso sitio que los espaoles pusieron
a la inexpugnable plaza inglesa en el siglo pasado.

Aquella empresa excitaba los entusiasmos que Baselga poda sentir: el
patritico y el religioso. Como soldado espaol, estremecase al pensar
que la bandera de su patria llegara a ostentarse desplegada en el mismo
punto donde ahora ondeaba el pabelln ingls, y como catlico y fantico
sentase dominado por una beatfica emocin, considerando que con la
conquista de Gibraltar se privaba de la mejor de sus plazas a
Inglaterra, una nacin protestante, enemiga de los santos y que se rea
del Papa, aquel vicedios que diriga el mundo desde Roma.

Al poco tiempo de habrsele ocurrido aquel plan se senta tan dominado
por l que le dedicaba toda su existencia.

Pasaba el da y gran parte de la noche inclinado ante imperfectos planos
de Gibraltar y consultando notas que se haba procurado acerca de la
guarnicin de la plaza y los puntos donde estaba acuartelada. Cuando el
cansancio le obligaba a dejar aquella tarea y poda reflexionar sobre
los posibilidades de xito de su empresa, sentase muy animado y
confiaba en un completo triunfo.

El tena marcada su lnea de conducta. Primero combinara en principio
su plan, cuidndolo hasta en sus ltimos detalles; despus lo
comprobara sobre el terreno, haciendo un viaje a Gibraltar, en el que
ya haba estado en 1823 durante su campaa en las inmediaciones de
Cdiz, y, finalmente, escogera un nmero proporcionado de hombres de
valor y de serenidad para dar el audaz golpe de mano que se haba
imaginado. En Navarra, y entre sus antiguos voluntarios de la guerra
carlista, pensaba hallar los compaeros para aquella loca aventura, en
la que estaba dispuesto a gastar la colosal fortuna de sus hijos.

El alcanzara la inmensa gloria de devolver a Espaa aquel rincn de la
pennsula arrancado por la traicin inglesa, y si no lo lograba,
perecera como un mrtir patritico, digno de eterno renombre.

Y mientras Baselga, en la soledad de su despacho, se entregaba a
interminables cavilaciones, interrumpidas de vez en cuando por risueas
esperanzas que se forjaban en su optimista imaginacin, su hija y el
capitn Alvarez sonrean embriagados por la dulce primavera del amor.




XIV

Primavera de amor.


La primera vez que Enriqueta y Esteban Alvarez se vieron de cerca y
pudieron hablarse fu algunos das despus de emprender su viaje la
baronesa de Carrillo.

El invierno era fro y lluvioso, pero aquel da amaneci hermoso y
sereno, y el ama de llaves de Baselga, a ms de las diez, cuando su
seor, despus de almorzar se encerr en su gabinete para dedicarse a
sus estudios, invit a Enriqueta a dar un paseo.

Era simplemente, como deca Tomasa, una agradable escapatoria al Retiro,
que aquel da deba de estar hermoso, y por esto Enriqueta se visti
modestamente, aunque con esa seductora coquetera instintiva en las
jvenes hermosas y elegantes.

El cochero recibi orden de enganchar, y media hora despus, dentro de
una elegante berlina, iban Tomasa y su seorita al hermoso parque que
tiene Madrid.

Enriqueta senta una agitacin que tena mucho de placentera. Iba por
primera vez a hablar con el hombre adorado y no poda evitar cierta
zozobra, hija del temor de aquel paso decisivo. Ay, si la baronesa
llegaba algn da a saber aquello!

Cuando entraron en el celebrado paseo, Enriqueta, con instintivo
impulso, sac la cabeza por la portezuela, y a lo lejos, bajo un grupo
de rboles seculares, distingui la viva mancha de color de un
uniforme.

Era el capitn Alvarez, que, avisado por Tomasa, esperaba tambin
impaciente.

Las dos mujeres aperonse del carruaje, y dando orden al cochero para
que esperase en aquel punto, internronse en una umbrosa alameda sin
mirar a Alvarez, el cual procuraba fingir una completa indiferencia
mientras estuviera al alcance de las miradas del auriga y el lacayo. El
ama de llaves le haba recomendado mucho no cometer indiscreciones en
presencia de aquellos criados aficionados al chismorreo de escalera
abajo, cuyas revelaciones suban muchas veces a las habitaciones de sus
tamos.

Poco rato despus, en una plazoleta distante, reunase el capitn con
las dos mujeres.

Quien recuerde el feliz instante en que por primera vez habl a la mujer
amada puede fcilmente imaginarse las impresiones que experimentaron
Esteban y Enriqueta al verse juntos.

El capitn, aunque en su exterior mostraba cierto petulante asombro, era
para ocultar mejor la turbacin que experimentaba. Aquel endiablado
mozo, que tan bien saba entenderse a sablazos con los marroques, y que
en pocas de paz, llevado de su carcter batallador, conspiraba contra
el Gobierno, era en el fondo tmido como una doncella, y senta gran
cortedad al dirigir por primera vez la palabra a Enriqueta.

El no era ningn nio; haba tenido sus novias en todos los puntos donde
estuvo de guarnicin, y en el regimiento lo consideraban como chico
listo, que aunque serio, saba sacar su parte a tiempo; pero haba gran
diferencia entre las modistillas y las seoritas cursis con que hasta
entonces haba tenido relaciones, y aquella joven elegante, millonaria y
aristocrtica, que contestaba a sus apasionadas cartas con lacnicos
billetes, que aunque muy amorosos, parecan por su redaccin despachos
telegrficos.

Alvarez tema aparecer ridculo en la conversacin y deshacer de este
modo el buen efecto que en Enriqueta haba producido su adoracin desde
lejos.

Por su parte, la joven experimentaba el mismo temor, y de aqu que ambos
amantes caminasen delante de Tomasa exageradamente separados,
balbuceando monoslabos, contentos con mirarse tiernamente, sonriendo
ruborizados, y diciendo de vez en cuando frases estpidas, sobre la
belleza del da, la lluvia de la semana anterior y el fro que hace en
invierno.

Al fin la juventud y el amor desvanecieron aquellos temores; los jvenes
se avergonzaron de su conversacin imbcil, y despus de esperar cada
uno de los amantes que el otro iniciase el amor en el dilogo, como
riachuelos que hinchados por la tempestad rebosan sus ribazos y saltan
sus presas destrozando todos los obstculos, los dos comenzaron a hablar
con encantadora verbosidad, al principio con cierto recelo y despus con
tanta confianza como si hubiesen estado juntos desde su infancia.

Alvarez se rea ahora de su sospecha de resultar ridculo. Enriqueta le
amaba y l, al hablar, deca cuanto le dictaba su cario, acogiendo la
joven con estremecimientos de placer aquellos juramentos de amor,
extremadamente novelescos, que le diriga el capitn.

Qu maana tan hermosa fu aqulla para el enamorado militar! En su
pensamiento surga el recuerdo de aquella otra en que vi en igual sitio
a Enriqueta, y al contemplarse ahora al lado de la hermosa joven en
ntima conversacin con ella se consideraba feliz, y crea que la vida
no es tan mala como muchos quieren suponer.

Enriqueta llevaba un abrigo igual o parecido al que vesta aquella
maana del encuentro, y en su cabeza ostentaba la capota blanca con
lazos de rosa, aquella capotita que danzaba en los ensueos de Alvarez.
Aquello poda ser coquetera de la joven o casualidad; pero tal igualdad
del traje contribua a hacer ms completa la felicidad del capitn.

Pareci a ste que no haba transcurrido el tiempo, porque se encontraba
an en aquella misma maana y que el ao que haba pasado con sus
desconsoladoras excitaciones de impotente deseo y sus ensueos
interminables era un rpido centelleo de su imaginacin visionaria.

Tan penetrado estaba en esta ilusin que varias veces, con instintivo
movimiento, volvi la cabeza al or cmo cruja la arena del paseo bajo
unas pisadas acompasadas. Era Tomasa, que marchaba lentamente y
resignada, procurando que existiera alguna distancia entre ella y la
pareja, para que los "muchachos" pudiesen hablarse con entera libertad.
No era la baronesa, como se imaginaba Alvarez en su momentnea
confusin, que le haca creerse en la maana misma que vi por primera
vez a Enriqueta. Doa Fernanda se hallaba lejos del Retiro y ms lejos
an de creer que su hermanastra paseaba al lado de "aquel militarucho
insolente", oyendo con ruborosa complacencia sus razonamientos amorosos,
que parecan salir de boca del galn de una comedia de capa y espada.

Cun dulces fueron las emociones que experimentaron los dos jvenes en
aquella primera entrevista! Cada una de sus confianzas costbanles un
sinnmero de vacilaciones, de las que luego se rean con inocente
candor. Necesit Alvarez mostrarse cmicamente grave para que Enriqueta
accediese a tutearle, como ya acostumbraba a hacerlo en las cartas, y
para excusarse la joven dijo, con una franqueza adorable, que le daba
vergenza hablar con tanta confianza a un seor que tena ms aos que
ella.

Si Tomasa no est all, Alvarez se la hubiera comido a besos.

Era ya medioda y todava la pareja, como cometa amoroso cuya cola era
el ama de llaves, iba a la ventura corriendo en caprichoso zigzag el
gigantesco parque, con gran desesperacin de Tomasa, que comenzaba a
cansarse y a sentir cierto enojo por la falta de atencin de los
enamorados, que no queran sentarse en ningn banco. Aquellos malditos
novios no llegaban a cansarse!

Esto y lo avanzado de la hora oblig a la franca aragonesa a intervenir
en el amoroso dilogo.

Vamos, no haba ya bastante? No era ya hora de retirarse a casa antes
que el conde, al dirigirse al comedor, se extraara de la tardanza de su
hija?

--Ahora mismo nos iremos--contestaba Enriqueta, y volva inmediatamente
a mirar a su novio, reanudando la interrumpida conversacin y siguiendo
el paseo.

Varas veces hizo Tomasa sus advertencias, obteniendo siempre idntica
contestacin. No era empresa fcil separar aquella pareja embriagada por
el amor y que, arrullndose con las caricias de su mirada, perda
completamente la voluntad.

Aquel paseo se hubiera prolongado hasta la noche a no ser por la energa
de la vieja domstica, que con el rostro grave se plant ante los dos
amantes impidindoles el paso.

--No son ustedes razonables--les dijo--. Ah, la juventud, la juventud!
Todo quieren comrselo en un da, aunque despus se mueran de hambre.
Piensen ustedes que, si no se separan inmediatamente, alguien podr
sospechar lo que ocurre, en vista de nuestra tardanza, y ya no volvern
a repetirse estas entrevistas... En fin..., seorita Enriqueta, yo no
estoy dispuesta a comprometerme tontamente, y si no nos vamos en seguida
a casa, juro no volver a traerla ms aqu.

Los novios se decidieron a separarse, y a corta distancia del lugar
donde esperaba el coche verificse la despedida.

Enriqueta, sonriendo con cierta pena en vista de la brevedad del placer,
pues aquellas dos horas le haban parecido un minuto, tendi su
enguantada manecita al capitn, quien la estrech entre las suyas con
energa cariosa.

El dulce calor que transpiraba la fina cabritilla envolviendo aquella
mano delicada, caus gran efecto en Alvarez, que se estremeci de pies a
cabeza. Fu aquello un latigazo de esa extraa voluptuosidad que pone en
tensin los nervios y embriaga el cerebro sin conmover ni una sola fibra
de la carne.

Fuse alejando Enriqueta, y antes de desaparecer volvi la cabeza varias
veces para enviar a su amado sonrisas de felicidad.

Aquella fu la poca feliz de Alvarez, que hasta entonces no haba
conocido realmente el amor.

Ver a Enriqueta y hablarla era su mayor placer, y la felicidad lleg a
hacerle exigente hasta el punto de mostrarse malhumorado el da en que
por cualquier accidente no podan las dos mujeres salir de casa y
dejaban de acudir al punto de cita.

Llova aquel ao con frecuencia, y Alvarez, que antes se preocupaba muy
poco de las variaciones del tiempo, dormase ahora todas las noches
pensando con inquietud en la problemtica bonanza del da siguiente.

La lluvia o el fro malograban los paseos amorosos por el Retiro, y si
Enriqueta y su fiel Tomasa se decidan a salir era para ir a alguna
iglesia donde los amantes slo podan mirarse de lejos, hablndose con
los ojos. Un delicioso rozamiento de dedos al ofrecer el agua bendita de
la pila, era lo nico que alcanzaba el capitn en aquellas mudas
entrevistas en el fondo de alguna iglesia obscura y mal oliente,
conmovida por el montono rugido del canto llano y el murmullo del rezo
de las beatas.

Las entrevistas en el Retiro, aquellos paseos por avenidas alfombradas
de hojas secas y orladas por grupos de rboles que con cierta salvaje
grandeza cortaban el cielo con su pelado ramaje de esqueleto, gustaban
ms a los dos amantes, y especialmente a Enriqueta, que acuda al
pblico parque apenas el da no se mostraba tormentoso.

Aquella Arcadia amorosa, que tena por fondo un imponente paisaje de
invierno, se prolong por espacio de unos dos meses, y en este tiempo
los amantes llegaron al ltimo lmite de una intimidad tan casta como
cariosa.

Horas enteras de conversacin, en que las lenguas se mostraban tan
activas como lnguidos los ojos, momentos de dulce abandono, sirvieron
para que cada uno de ellos vaciase su memoria al odo del otro,
relatando los sucesos de su vida pasada, sus deseos y sus aspiraciones.

No haba secretos ni calculadas reservas en aquella interminable charla
amorosa, que tena mucho de los caprichosos giros del gorjeo del ave;
hablaba el corazn en todos los momentos, y a los pocos das cada uno
conoca tan perfectamente la vida del otro, como la suya propia.

Enriqueta experimentaba un gran consuelo al tener alguien, que no fuera
el ama de llaves, a quien comunicar las penas que le ocasionaba su
educacin casi religiosa, que pugnaba con su carcter, y las exigencias
imperiosas de la baronesa.

Alvarez, oyendo a su novia, sinti crecer su odio contra aquella seora
que tan antiptica le era.

La personalidad del conde no le inspiraba ningn sentimiento, pues el
capitn la consideraba como misteriosa e indefinida.

Siempre que Enriqueta hablaba de su padre lo haca con tal brevedad y
con tanta falta de pasin, que Alvarez no tard en adivinar que la hija
de Baselga senta hacia ste la misma frialdad temerosa, nacida de la
falta de confianza.

Aquel buen seor, que haca una vida aislada y silenciosa como la de un
eremita, y que pasaba los das enteros encerrado en su despacho sin
permitirse ninguna expansin ni mostrar su afecto a la familia,
resultaba un ente misterioso, y Alvarez, en su imaginacin de poeta,
casi llegaba a representrselo como uno de los fantsticos y ttricos
protagonistas de los cuentos de Hoffman.

Conforme iba conquistando Alvarez la confianza de su amada y se enteraba
de las particularidades de su familia sentase invadido de una gran
tristeza que ocultaba cuidadosamente.

Aquella baronesa, orgullos e irascible, y el conde, grave, inabordable
y misterioso, le causaban miedo, pues comprenda que l, pobre, humilde
y sin otro patrimonio que su valor y su talento, nunca conseguira
entrar legalmente en la familia siendo esposo de Enriqueta, que era lo
que anhelaba, ms por amor que por ambicin.

Aquella era la nica nube que empaaba el puro cielo de su primavera de
amor.

La poca feliz de sus amores durara el tiempo que la baronesa tardara
en volver a Madrid.

El da en que doa Fernanda regresara a casa de su padre, Enriqueta
volvera a su vida semimonacal, y l tendra que contentarse con pasear
la calle, sosteniendo unos amores romnticos que acabaran a la puerta
de un convento.

Alvarez estaba triste. Los das en que ms locuaz y adorable se mostraba
Enriqueta eran los en que ms sufra el capitn apenas quedaba solo y
reflexionaba sobre el porvenir.




XV

El amigo de Baselga.


El conde de Baselga tena un amigo a quien no vacilaba en dar este
nombre.

Aquel misntropo, que hua del trato social no buscando ms compaa que
la de los libros, habase sentido ablandado de repente en su genio
arisco e impenetrable, concediendo poco a poco su confianza a un joven.

Entre los pocos que invitaban en aquella casa por pura cortesa y que
merecan no ser comprendidos en una recepcin fra y ceremoniosa
figuraba Joaqun Quirs, joven a quien ciertos peridicos nombraban
siempre con el aditamento de "distinguido e ilustrado" y que tena
alguna reputacin entre la alta sociedad de Madrid.

Estaba ya cinco aos empleado en el ministerio de Estado y figuraba con
cierta autoridad al frente del tropel de vizcondes y marquesitos que,
expertos en dirigir un cotilln, mascullando medianamente el francs y
hablando horriblemente el castellano, estaban agregados al citado
ministerio, donde se preparaban a representar a Espaa, tiempo adelante,
en lejanas Embajadas.

Joaquinito Quirs, como le llamaban en las reuniones notables, a pesar
de que estaba ya en sus treinta aos, era hijo nico del segundn de una
gran casa, que haba gastado hasta su ltimo ochavo en Npoles en
ridculas ostentaciones de riqueza, para hacer ver al mundo que Espaa
elega siempre sus embajadores entre la gente ms opulenta y manirrota.
Cuando no tuvo ya con qu pagar comidas a lo Lculo y caprichos propios
de Creso y hubo de ceirse a vivir de su sueldo de embajador, crey que
Espaa quedara deshonrada si sobreviva su arruinado representante, y
un tiro rompi la caja de hueso que contena aquel menguado cerebro.

Cuando aquel loco se suicid, su hijo tena muy pocos aos, y aunque
estaba emparentado con la nobleza ms distinguida, fu escasa la
proteccin que recibi, y hubo de amoldarse a una vida msera que
comparti con su madre. El descendiente del que en Npoles encomendaba a
Svres una vajilla de frgil porcelana que costaba una fortuna, y a los
postres la arrojaba por el balcn, rindose del asombro de los
convidados, antes de ser hombre supo muchsimas veces lo que era hambre
y algunas noches se durmi envuelto en una manta apolillada, pensando
que la suprema felicidad en este mundo era tener una estufa en la
alcoba.

Mediante el auxilio mezquino de algunos parientes de su padre y
valindose principalmente de su carcter flexible y adulador y de una
rpida y certera intencin para apreciar las debilidades de los hombres,
el joven consigui seguir la carrera de leyes con escasa brillantez,
pero sin perder un curso, y cuando tuvo el ttulo de abogado, se lanz
al mundo haciendo valer las condiciones ya citadas.

Fu un chico amable, humilde e instrudo, un muchacho juicioso, que
jams caera en las extravagancias de su padre, y las familias
aristocrticas que de este modo hablaban de Joaqun Quirs, tuvieron
empeo y hasta mostraron entre ellas cierta competencia por ayudar y
proteger a aquel joven que con una sencillez conmovedora agradeca
cuantos servicios le prestaban.

Quirs, tan humilde y tan ingenuo, se rea en su interior de la
imbecilidad de aquellas gentes, que le encumbraban por parecer
caritativas, y lejos de enfadarse por aquellos favores que olan a
limosna, saba acertadamente adular a unos y excitar el orgullo de
otros, siempre en provecho propio, creando una rivalidad entre todos los
que a porfa le ayudaban a conquistar una posicin.

La miseria y los desaires sufridos en su juventud haban quedado muy
impresos en su memoria, y al par que odiaba a todas aquellas gentes que
le auxiliaban, lo mismo que si se tratara de un criado simptico, digno
de mejor suerte, senta un hambre insaciable de riquezas para resarcirse
de los crueles tormentos de su anterior pobreza.

Las recomendaciones de sus aristocrticos protectores, que hacan valer
los "servicios" que a la patria haba prestado el padre de Quirs,
lograron que ste fuese admitido en el ministerio de Estado, donde no
tard en abrirse paso. Aquel diablo de Joaquinito, como decan las
viejas seoras que le protegan, tena un aspecto tan simptico y era
tan amable que en todas partes donde entraba consegua hacerse el amo a
fuerza de cario. As era; pero lo que Quirs tena principalmente en su
favor era su facultad de adulador rastrero, pero hbil, que le haca
descubrir con rpido golpe de vista las debilidades de sus superiores, a
los cuales saba elogiar a tiempo, consiguiendo de ellos una sonrisa de
benevolencia protectora.

Adems, el joven era trabajador y saba mostrar tan oportunamente su
mediana inteligencia, que sta pareca muy superior a su verdadero
mrito. Con estas condiciones haba de sobra para abrirse paso en una
oficina del Estado.

A los pocos meses de estar en el ministerio, Joaquinito, siempre amable
y humilde sin afectacin, era el imprescindible. Los jefes ms adustos y
viejos, que miraban siempre con prevencin a los jvenes agregados,
tenan para l sonrisas de cario y hablaban con acento protector de su
talento y laboriosidad, y en cuanto al tropel de futuros diplomticos,
que en los gemelos de su camisa ostentaban un frrago inmenso de
herldica, le reconocan voluntariamente como jefe y maestro en todas
las materias.

Los futuros embajadores le consultaban, convencidos de su superioridad,
cuando hacan algn trabajo por encargo de sus superiores, y an se
mostraban ms atentos y sumisos a sus consejos en materias de distincin
y elegancia, pues aquel muchacho, que haba paseado cuando estudiante
sus zapatos rotos y su traje deslucido y remendado por todo Madrid, era
ahora el ms autorizado intrprete de la moda francesa.

El "pollo" Quirs, como le llamaban en el Casino, era el ms acabado
tipo del vividor elegante.

Aquella sociedad aristocrtica que le mimaba dispensndole algunas
consideraciones, tal vez lo despreciaba en el fondo, considerndolo como
un ser insignificante por su posicin poco desahogada; aquellos
marquesitos que le consultaban mirbanle en ciertas ocasiones con la
superioridad que tiene el que sirve al Estado por gusto, sobre el que es
empleado por comer; pero Quirs, a pesar de conocer el verdadero
concepto que mereca a aquellas gentes, continuaba como siempre, y
explotando la benevolencia de unos y otros, iba echando races que
aseguraban los avances que haca, siempre en busca de fortuna.

Los cambios polticos, esos terribles cataclismos para el empleado, que
barren furiosamente el personal de las oficinas para sustituirlo por
otro tan inepto como el anterior, aunque ms hambriento, no conseguan
atemorizar a Quirs, que se consideraba muy fuerte y seguro en el puesto
que ocupaba. Empleado por los moderados en el perodo lgido de la
brutal dictadura de Narvez, y significado por sus exageradas muestras
de adhesin al Gobierno, al subir al Poder la Unin Liberal esperaban
todos sus compaeros que cayese sobre l la cesanta; pero sto no lleg
y en su lugar vino un ascenso.

Tena amigos protectores en todos los partidos; sus superiores le
queran, los ttulos ms linajudos le daban su proteccin, y
especialmente contaba con el apoyo del padre Claudio, a quien haba
conocido en el mundo elegante y el cual le apreciaba hacindose lenguas
de su talento. El jesuta haba adivinado en l un hermano malogrado que
de llegar a vestir la sotana hubiera prestado grandes servicios a la
Orden como confesor de princesas e intrigante palaciego.

--Me ro yo de los cambios polticos--deca el joven vividor con aire de
hombre confiado--. Yo estoy a prueba de cesantas, y mientras tenga tan
buenos amigos me da lo mismo que mande O'Donnell o Narvez.

Quirs no contaba nicamente con sus cualidades de joven laborioso,
amable y sencillo. Tena otras que le hacan ser muy apreciado en la
alta sociedad, especialmente por las seoras y los personajes serios.

Ante todo era un espritu profundamente religioso. Era, segn la feliz
expresin del padre Claudio, un muchacho como ya no los haba en este
siglo de escepticismo y de incredulidad.

Con qu fervor hablaba Quirs en los bailes, entre un vals y un
rigodn, de la santa religin catlica, ante un grupo de viejas
retocadas que rabiaban al tener que desempear el papel de beatas, ya
que no podan hacer lo que en sus juveniles tiempos! Con tanto fuego y
acento tan expresivo defenda a la religin aquel diplomtico vividor,
que hubo quien le compar una vez al elocuente San Bernardo, ignorando,
sin duda, que el fantico competidor de Pedro Abelardo no sostena
contiendas religiosas, despus de haber disertado con brillantez en una
mesa del Casino, acerca de la nueva forma de los fracs y de los botones
que deban llevarse en la pechera.

Donoso Corts era el modelo de oratoria, el gran maestro para aquel
intrigante aprovechado, y con acento declamatorio, mirando unas veces al
cielo como vctima que pide misericordia, y tronando otras con acento
apocalptico, ensartaba lugares comunes para arrojarlos contra la
sociedad descreda que odiaba a los sacerdotes y se mofaba del
catolicismo, prediciendo un sinnmero de catstrofes horripilantes si el
mundo no se separaba de la senda de perdicin a que le impulsaban las
doctrinas republicanas y librepensadoras.

Qu talento tena aquel Joaquinito! Lo malo era que algunos de sus
aristocrticos compaeros de oficina, oyndole perorar de este modo ante
unas cuantas viejas y antiguos calaveras convertidos ahora en beatos,
aunque ponan una cara compungida, propia de un devoto indignado, se
rean en su interior, recordando alegres cenas en un gabinete particular
de Fornos, donde Quirs, dando besos y pellizcos a las convidadas que
tena ms cerca, se esforzaba en demostrar que en el mundo todo es carne
y dinero y que el hombre de talento debe excederse por alcanzar estos
dos medios de felicidad, dejando para el populacho el consuelo de la
religin, que l calificaba de farsa, entre las risotadas de aquellos
marquesitos que pertenecan a familias muy cristianas y haban sido
educados por los padres jesutas.

--Valiente farsante!--decan admirados al orle declamar a favor de la
religin aquellos hijos de familia que en sus casas se vean precisados
a proceder tan hipcritamente, aunque con menos talento.

Quirs no se contentaba con ser un predicador de saln, pues ansioso de
ganar alguna notoriedad, escriba en el "Boletn de las Damas
Catlicas", un peridico que pasaba por rgano del padre Claudio y cuyos
nmeros figuraban en los tocadores de las seoras de la aristocracia,
manchados muchas veces por el colorete y el agua de Colonia. En aquella
publicacin, que era como la trompeta de la elegancia devota, llamando
sin cesar a que se prosternasen a los pies de los jesutas todas las
personas de gran fortuna, Quirs publicaba artculos trascendentales
sobre la inmoralidad de los tiempos o acerca de la impiedad reinante,
tratando con un desdn olmpico a un joven catedrtico casi desconocido
que se llamaba Castelar, y que en la Universidad Central daba rudos
golpes al ultramontanismo fantico, explicando historia, y a un tal Pi y
Margall que escriba libros sobre arte y ciencia cannica, que la
autoridad se apresuraba a recoger con tanta presteza como si se tratase
de combatir una invasin epidmica.

Qu cosas se le ocurran al "pollo" cuando trataba con tan soberano
desprecio a aquellos escritorzuelos impos, y con qu desparpajo se
burlaba de ellos!

Aquello era escribir, segn la opinin del padre Felipe y todas sus
antiguas penitentas, y no lo que hacan unos libelistas que el pueblo se
empeaba en aplaudir y que slo saban hablar mal de la Iglesia, fiel
representante de Dios.

Quirs, sin perder en la alta sociedad su carcter de hombre elegante,
que buscaba un acomodo definitivo, por ejemplo, una esposa rica,
consigui fama de joven juicioso y de escritor notable, viniendo a
coronar su reputacin una novela titulada: "Pobre Eulalia!", engendro
lacrimoso y dulzn que, encuadernadito en color de rosa, sali de la
imprenta para ser hojeado por blancas y aristocrticas manos,
descansando sobre el mrmol de los tocadores o en el fondo de perfumados
costureros acolchados de raso. Fu aquello un xito espantoso, una
apoteosis de amables sonrisas y de encantadoras felicitaciones de un
pbilco femenino entusiasmado por la moral de aquella novela. Cunta
pulcritud en el argumento! Aquella obra era un dechado de delicadeza y
pregonaba el sorprendente talento del autor. Los personajes hablaban
como serafines, se pasaban la vida suspirando; no conocan sino de odas
la maldad, que tanto abunda en el mundo, y se movan como las figurillas
de un teatro mecnico a voluntad del escritor. La protagonista, joven
cndida, inocente y angelical, envuelta siempre en blancas vestiduras y
tan ideal y vaporosa a fuerza de ser llorona que llegaba a dudarse si
sus diminutos pies tendran a continuacin carnales pantorrillas, pasaba
las de Can perseguida siempre por el traidor de la obra, un seor que,
por aadidura, nunca iba a misa y hablaba mal de los curas; pero el
lector, despus de sufrir y llorar con las desdichas de Eulalia, quedaba
consolado y alegre, pues en el eplogo mora el monstruo y triunfaba la
inocencia, pues hay un Dios que premia la virtud y castiga la maldad,
aunque en el mundo vemos lo contrario todos los das.

Los mismos peridicos que hablaban con fruicin de la caridad y de las
costumbres virtuosas de la baronesa de Carrillo, se hicieron lenguas de
la flamante produccin de don Joaqun Quirs, "uno de los ms decididos
adalides de nuestra santa causa", y el joven consigui un triunfo
completo.

A los veintinueve aos Quirs se acordaba algunas veces de la miseria
que haba sufrido en su niez y de las privaciones terribles que para
educarle se impona su difunta madre, y al verse en la actualidad
considerado en unas partes como hombre distinguido, en otras como
necesario, y en todas como digno de aspirar a ms altos destinos,
reconoca que la suerte no le haba sido esquiva y que an poda
prometerse mayores felicidades en el porvenir.

Como escritor religioso y joven distinguido figuraba en varias
asociaciones devotas. Era aqul el tiempo de las cofradas, pues la
sociedad elegante reflejaba las aficiones de la corte, donde imperaban
como consejeros supremos Sor Patrocinio y el padre Claret. El general
O'Donnell, para agradar a la reina y conservar el Poder, vease obligado
a ir en las procesiones de la cofrada de San Pascual, con el
escapulario al cuello y el cirio en la mano, y cuando tal haca el jefe
del Gobierno, intil es decir el deseo de imitacin de aquella sociedad
aristocrtica que amoldaba todos sus gustos y diversiones a aquellas que
privaban en Palacio.

Ser miembro importante de una cofrada aristocrtica, de una de las
asociaciones creadas con aparente fin benfico por la incesante
propaganda jesutica, equivala en aquella poca a tener abiertas las
puertas de los principales centros oficiales, a ser considerado como un
alto personaje revestido de cierta inmunidad, y por esto el aprovechado
Quirs, que nunca se equivocaba al elegir el ms rpido camino para
hacer carrera, mostr gran empeo en tomar importante participacin en
aquella corriente religiosa y ofreci su servicio a cuantas fundaciones
de tal gnero se iniciaron.

La directora de aquel movimiento devoto, el centro de aquel torbellino
de fingida fe, era la baronesa de Carrillo, y bajo su proteccin se puso
el aprovechado Quirs, prestndose a desempear el cargo de secretario
en cuantas corporaciones fundaba doa Fernanda.

Las ocupaciones que este cargo llevaba anexas obligaban al joven a
conferenciar frecuentemente con doa Fernanda, y de aqu que visitase
casi diariamente la casa del conde de Baselga, donde lleg a ser casi
tan considerado como el director espiritual de la baronesa.

Los criados encontraban a don Joaqun un seorito muy simptico, que
tena sonrisas y palabras amables hasta para el mas nfimo servidor;
doa Fernanda aprovechaba todas las ocasiones para hacerse lenguas de su
talento y su religiosidad, y Enriqueta era la nica que lo miraba con
cierta indiferencia, considerndolo sin duda como un ser superficial e
insignificante, con ese buen golpe de vista que poseen muchas veces las
nias ms inocentes.

El conde de Baselga consider, al principio, del mismo modo que su hija
a aquel joven tan locuaz y adulador, pero poco a poco fu interesndose
por l, y de una indiferencia despreciativa pas a un afecto que poco a
poco fu creciendo y dominndolo.

Era que la astucia de Quirs haba adivinado el punto flaco de aquel
carcter taciturno y desconfiado, y comenzaba a explotar sus aficiones y
creencias.

El afecto de Baselga considerbalo de gran importancia para l, y de
aqu que hiciese toda clase de esfuerzos para ser su amigo.

Quirs comenz por mostrarse carlista y hacer, cuantas veces se hablaba
de poltica en presencia del conde, apasionadas profesiones de fe en
favor de la buena causa. Cada uno de aquellos ditirambos que soltaba en
honor de la rama legtima de los Borbones y del absolutismo, acompaados
de maldiciones a Fernando VII, valale fijas miradas del conde, que le
escuchaba sin romper su obstinado silencio.

El era carlista y no tena inconveniente en decirlo en todas partes, as
como en asegurar que si serva al legtimo gobierno de Isabel II era
porque sta, en su concepto, no tardara en ser iluminada por Dios con
la luz de la verdad, lo que hara que sta entregase la corona a sus
parientes, que era a quienes perteneca. Adems, l estaba empleado en
el Ministerio de Estado porque as lo exigan sus correligionarios, pues
desde su puesto podra servir mejor a los intereses del partido.

Aquellas declaraciones, unidas a ciertas oportunas muestras de inters,
lograron conmover al conde, que, faltando a sus hbitos de misantrpica
reserva, comenz a dispensarle cierta confianza.

Baselga, despus de muchos aos de aislamiento social, experimentaba la
apremiante necesidad de comunicar a alguien sus pensamientos y entablar
una ntima relacin.

Renaca el hombre en l, con todos sus naturales necesidades, y sus
aficiones al estudio, as como el aventurado plan que herva en su
cerebro, algo perturbado, le obligaban a buscar un verdadero amigo en
quien depositar sus locas ilusiones.

Quirs fu el primero que se acerc a l, y de aqu que le concediese
toda su confianza.

El joven diplomtico conquist de tal modo el afecto de Baselga, que
ste no tard en considerar como necesaria su amistad, hacindole
partcipe de todos sus secretos.

Al principio el conde se limit a relatarle sus estudios, complacindose
en ensearle, con la misma pasin del avaro al mostrar sus tesoros, la
preciosa biblioteca militar que haba logrado reunir; pero cuando el
joven fu penetrando en su intimidad y se dedic a visitar diariamente
su gabinete de trabajo, le fu imposible a Baselga ocultar el plan
grandioso a que dedicaba su existencia, y en un momento de abandono
relat a Quirs su soada conquista de Gibraltar.

El joven tena gran dominio sobre s mismo y saba ocultar hbilmente
sus impresiones; pero a pesar de esto, cuando el conde, con una calma
olmpica, le fu explicando su plan, le falt muy poco para exclamar:

--Este hombre est loco!

Algn oculto propsito deba tener Quirs acerca del conde, por cuanto
halag tan locas ilusiones, incitndole a perseverar en el descabellado
plan. Este era el medio ms seguro para conquistar por completo su
confianza.

Quirs acept con entusiasmo las ideas del conde, y fingiendo con
aquella habilidad de farsante que tan irresistible le haca, un amor sin
lmites a la patria, jur que ayudara a su viejo amigo en tan santa
empresa.

Desde entonces Baselga tuvo en el joven un auxiliar apreciable, al que
di bastante trabajo, pues por un capricho propio del que se encaria en
una idea y quiere poseerla por completo, le hizo sacar copia de cuantos
datos existan en el archivo de Estado acerca de la cesin de Gibraltar
a los ingleses.

De este modo tuvo el conde un amigo ntimo, y Joaquinito Quirs fu en
casa de Baselga un personaje considerado por todos casi como miembro de
la familia.




XVI

El padre Claudio en campaa.


Cuando menos lo esperaban los habitantes del palacio de Baselga, que
vivan en una paz octaviana desde la partida de doa Fernanda, lleg un
telegrama anunciando la prxima llegada de sta, y a la maana siguiente
la baronesa, seguida de su doncella y llevando al lado al padre Felipe,
que haba ido a esperarla a la estacin, hizo su entrada triunfal en el
edificio, solemnizando su llegada con destempladas rias al portero y a
la restante servidumbre por su torpeza al subir las maletas y los
innumerables paquetes que formaban su equipaje.

--Ya tenemos el diablo en casa--murmur Tomasa, que perdi
repentinamente su animacin al ver el avinagrado gesto de la baronesa.

Aquella inesperada aparicin preocupaba al ama de llaves, que con cierto
fundamento esperaba que el viaje de doa Fernanda durara algunos meses
ms. Su mirada escudriadora fijbase con insistencia en la persona de
la baronesa buscando en ella las huellas de una dolencia. Tena el
rostro muy plido y su rubicundez se habia extinguido; pero el vientre
que Tomasa miraba con descaro no presentaba ninguna seal denunciadora.
Y aquel viaje slo haba durado tres meses! Se haba engaado la
doncella de doa Fernanda, y por su afn de inventar chismes habra
atribudo a su seora aquel embarazo que ahora resultaba falso?

No era el ama de llaves mujer capaz de esperar pacientemente la
resolucin de sus dudas, as es que al ver cmo la doncella llevaba su
equipaje a su cuarto, fu tras ella y sin prembulos le pregunt lo que
deseaba saber.

--Calle usted, seora Tomasa, que bastante hemos pasado. Los padres a
quien fu recomendada la baronesa eran unos jesutas franceses muy finos
y alegres, que se interesaron por nosotros y tomaron a pechos el sacar a
la seora de apuros. Yo escuch tras una puerta cmo un padre ya viejo y
con aire de experimentado, le preguntaba un da qu prefera: tener un
hijo a su tiempo y sin graves complicaciones, o buscar un aborto que
suprimiese aquella criatura, viviente testimonio de su falta y que algn
da la poda comprometer a los ojos de la sociedad. Ya sabe usted quin
es esa mujer y su alma atravesada, que le permite no temblar ante los
mayores peligros. Acept la ltima proposicin, ganosa de salir del paso
cuanto antes, aunque esto le costase la vida, y yo no s qu diablos le
daran aquellos padres tan listos, que a las pocas noches la baronesa
psose a morir, pero arroj de su cuerpo el regalo del padre Felipe. El
mes que yo he pasado cuidando a la seora, que estaba entre la vida y la
muerte, no se le doy a pasar a nadie; pero, al fin, se ha puesto buena y
algo me han valido mis penalidades, as como mi reserva.

Y al decir esto, sonrea irnicamente la charlatana doncella.

--Ahora--exclam con acento cruel el ama de llaves--, otra vez a
empezar, volviendo a las conferencias a puerta cerrada. Esa perra es
insaciable y no escarmienta. No la has visto llegar tan amartelada con
el padrazo Felipe?

--Le telegrafi ayer ordenndole que saliese a la estacin, y ese cura
alegre parece estar enamorado de la seora a juzgar por la sumisin con
que la obedece.

--Valiente hermosura la de tu seora para enamorar a nadie!

Si la llegada de la baronesa haba puesto de mal humor a Tomasa, no era
menor la impresin que hizo experimentar a Enriqueta, que recibi a su
hermanastra con la misma sonrisa forzada y violenta del esclavo que tras
una larga ausencia vuelve a encontrar a un amo cruel.

Ella saba lo que representaba en su vida aquel inesperado regreso de
doa Fernanda, Adis los das tranquilos pasados en la casa paterna en
adorable libertad, sin temor de or la agria voz de su hermanastra, ni
de obedecer sus tirnicas rdenes! Adis los alegres paseos por el
Retiro apoyada en el brazo de Alvarez, y las interminables
conversaciones amorosas! La educacin frrea y montona de una joven a
quien se intenta dedicar a Dios, apareca otra vez a los ojos de
Enriqueta destacndose en un negro porvenir.

Desde el da en que lleg la baronesa volvi a restablecerse en aquella
casa el antiguo sistema de vida. El padre Felipe hizo invariablemente su
visita por la tarde; otros jesutas, por pura cortesa, fueron una vez
por semana a hacer tertulia a la baronesa, hablando de la maldad de los
tiempos y de la necesidad de establecer el reinado de Dios; el padre
Claudio apareci de tarde en tarde, siendo recibido con tantos honores
como un soberano; Quirs continu sus conferencias con Baselga acerca
del famoso plan, y con la baronesa sobre administracin de cofradas y
fundacin de otras nuevas, y Enriqueta fu otra vez la sierva de su
hermanastra, la vctima propiciatoria de todos sus enfados, la
"Cenicienta" de la casa, que pasaba como un ser insignificante, pronta
siempre a temblar y a obedecer resignada todos los mandatos de aquello
mujer que manejaba a su gusto su voluntad.

--Esa muchacha--deca siempre doa Fernanda al hablar con sus amigos,
con la misma complacencia que el artista al tratar de la obra que ha
modelado--carece en absoluto de libertad, y sin mis consejos y sin mi
direccin no s qu sera de ella en el mundo. La pobrecita no sirve
para vivir en sociedad, y el da ms feliz de su vida ser aquel en que
haga sus votos en el convento. Dios la llama y ella es feliz al pensar
que Cristo la quiere por esposa.

En aquella tertulia de sotanas y levitas de corte clerical que todas las
tardes se reuna en el saln de la baronesa, era artculo de fe que
Enriqueta tena una vocacin sobrehumana a la vida religiosa, y la mayor
parte de aquellos seores crean proporcionar a la joven un inmenso
placer llamndola "la monjita", cuando por rara casualidad la
encontraban en las habitaciones de su hermanastra.

La vocacin de la joven fu un asunto que requiri toda la atencin de
la baronesa poco tiempo despus de su regreso a Madrid.

Una maana, cuando ella menos lo esperaba, se present el padre Claudio,
que muy contra su voluntad engordaba de un modo vulgar, perdiendo en
gallarda lo que ganaba en majestad.

Cada una de aquellas visitas llenaba de satisfaccin a la baronesa, que
conoca mejor que muchos individuos de la Orden el inmenso poder que
aquel clrigo tena en sus manos, y que manejado ocultamente, minaba
todas las clases de la sociedad.

--Oh! Cunto honor para m, reverendo padre!--contest Fernanda,
rubicunda por la satisfaccin--. Hace tiempo que no vena vuestra
reverencia y tema el rogarle que pasase algn rato por aqu por miedo a
turbarle en sus importantes ocupaciones.

El padre Claudio di a besar su blanca y regordeta mano de obispo y
contest con amables sonrisas a todos los cumplidos que la baronesa le
diriga.

Cierto que por l no pasaban los aos, pues, aunque aquella pcara
obesidad le sofocaba, sentase ms fuerte que nunca; y al decir esto
lanzaba miradas relampagueantes y extenda impetuosamente sus brazos
como si quisiera atemorizar a algn misterioso enemigo con el que vena
luchando por espacio de muchos aos.

El padre Claudio estaba muy preocupado haca algn tiempo por una idea
que le obsesionaba. Aquel hombre que ocultamente desde el fondo de su
despacho manejaba casi toda la nacin, que intervena en los asuntos
palaciegos y que en varias ocasiones haba logrado con sus manejos
derribar unos ministerios y elevar otros, juzgbase postergado y la
envidia y la ambicin le hacan mirar como mezquina la posicin que
ocupaba dentro de la Orden.

Aquel cargo de asistente o vicario de la poderosa Compaa en Espaa
desempebalo desde su juventud y no poda menos de irritarse al ver que
no lograba continuar la carrera de grandezas que tan fcil le haba sido
en sus primeros aos de jesuta.

A la edad en que muchos compaeros se contentaban con ser coadjutores,
l diriga los intereses de la Orden en Espaa como dueo absoluto y sin
tener que dar cuenta de su conducta a otro padre que al general que
estaba en Roma. Algunos negocios afortunados, que dieron gran utilidad a
la Compaa y que l llev a cabo con una astucia y una sangre fra
sorprendente, le haban valido una gran reputacin en la Orden y el ser
elevado a una dignidad que nunca haban desempeado jesutas de tan
pocos aos.

Tan rpida elevacin haba amortiguado en el padre Claudio su ambicin
inextinguible y transcurrieron muchos aos sin que se le ocurriera al
satisfecho jesuta quejarse de su suerte; pero cuando fu entrando en la
vejez, cuando por su edad vea ya sobradamente justificado el cargo que
ejerca, quiso ser ms y escalar el ltimo puesto que quedaba dentro de
la Orden.

Un vicario general de Espaa nicamente poda aspirar a la direccin
suprema de la Compaa en todo el mundo, y el padre Claudio quiso ser
general de aquel negro ejrcito que tena su ncleo en Roma y sus
avanzadas en todas partes.

Saba el importante jesuta que deba ocultar sus miradas ambiciosas
cuidadosamente, pues el hombre que desde Roma los diriga a todos era un
Argos de cien ojos, que mediante su misterioso poder, desde las
cercanas del Vaticano, adivinaba los pensamientos del ltimo jesuta
establecido en el Japn o en las ms apartadas islas de Oceana. Una
indiscrecin poda perderle, pues as como el generalato de la Orden era
vitalicio y nadie poda destituir al general, una vez elegido, las
asistencias o direcciones de las naciones a las cuales el lenguaje
jesutico, con su tendencia de unificacin universal, llamaba
provincias, eran puramente de gracia, y el poder supremo de la Orden
poda destituirlo a l del vicariato de Espaa apenas notara el ms leve
indicio de ambicin o de intriga.

El general haba tratado siempre con gran benevolencia al padre Claudio,
haciendo justicia a sus facultades de dulce tirano y hbil intrigante,
y, sobre todo, a aquella indiferencia en punto a procedimientos que
haca recordar a los Borgias cuando, en el entusiasmo del brindis
orgistico, deslizaban el veneno en la copa del vecino o, sonriendo como
ngeles, daban de pualadas. Nunca el general haba demostrado intencin
de relevar al padre Claudio de su alto cargo, lo que no impeda que el
vicario de Espaa, cuando comenz a sentir cmo se remova su dormida
ambicin, pensase en la conveniencia de hacer algo desde Madrid para que
aquel viejo que estaba en Roma saliese del mundo de un modo ms o menos
trgico, dejando su puesto vacante a otro ms joven, que poda ser l
mismo.

Pero el padre Claudio slo optaba por los procedimientos violentos en
caso apurado, pues prefera aquellos otros nacidos de su astucia y que
l preparaba hasta en sus ltimos detalles con el exquisito gusto de un
gran artista del mal.

El saba algo de otros generales que haban sido envenenados por sus
subordinados o expuestos al pblico envueltos en una sotana nueva para
ocultar las pualadas con que el cadver tena rasgado el pecho; pero
todos estos medios le parecan propios de tiempos brbaros; senta una
repugnancia de damisela al pensar en la sangre, y con aire de
superioridad, sonrea considerando que era ms fcil y seguro esperar
pacientemente, tenindolo todo preparado para lograr su deseo apenas el
actual general, que tena ms de ochenta aos, dejase de vivir.

El fallecimiento del general era cosa segura en plazo no muy largo, y el
gallardo jesuta pensaba dar antes un golpe que le proporcionara inmenso
renombre en la Orden y que le facilitara su eleccin en Roma.

Un negocio afortunado que hiciera ingresar en las arcas de la Compaa
muchos millones era el golpe que l necesitaba para preparar su eleccin
de general, y por esto se acord de la fortuna de los hijos de Baselga,
que tanto haba perseguido la avaricia jesutica.

Lo que el padre Fabin Renard no haba podido lograr, l lo
conquistara, consolidando de este modo su fama de hombre astuto e
invencible en punto a procurar buenos negocios a la Orden.

Ya sabemos el sistema que el reverendo padre se propona usar para ir
despojando a los hijos de Baselga. Aquellos dos jvenes, sobre los que
tena puestos sus ojos la Compaa, abrazaran el estado religioso y
haran una donacin de sus bienes a la Orden, que, correspondiendo a
tal merced, los tendra toda la vida alejados del mundo y encerrados en
un claustro donde podran ganar el cielo.

Agitado por tales ideas hizo el padre Claudio su visita a la baronesa.

Era preciso acelerar el negocio y hacer que cuanto antes entrase
Enriqueta en un convento.

No era el gallardo jesuta amigo de prembulos ni de artificiosos rodeos
cuando hablaba con amigas tan ntimas y subordinadas fieles como lo era
la baronesa de Carrillo, as es que inmediatamente abord la cuestin.

Enriqueta tena ya edad para entrar en un convento y aficionarse
verdaderamente a las dulzuras de la vida monstica, preparndose a
prestar sus votos. Qu ganaba permaneciendo en aquella casa a la cual,
aunque muy santa y muy cristiana, llegaban las murmuraciones del mundo?
Enriqueta, permaneciendo como hasta aquel momento en continua relacin
con la servidumbre, corra el peligro de saber cosas que destruyeran su
infantil inocencia; y tales aspavientos haca el jesuta al decir esto,
de tal modo se horrorizaba aparentemente al pensar en la posibilidad de
que alguna palabra indirecta se deslizase en sus virginales odos, que
no pareca sino que la casa de su padre era un lugar de perdicin para
la joven.

Doa Fernanda, como era su costumbre, siempre que oa al poderoso padre
Claudio, asenta a todo y se mostraba dispuesta a obedecer sus rdenes.

--Ya lo sabe vuestra paternidad; yo soy su sierva espiritual, su humilde
penitente, y estoy dispuesta a cumplir cuanto se sirva mandarme.
Realmente esa nia no est muy bien aqu, pues aunque todas las personas
que visitan la casa son buenas cristianas, el mundo se halla tan
pervertido, que es fcil que se deslicen hasta aqu palabras y ejemplos
que perturben a una joven prometida del Seor.

Y la amiga del padre Felipe, que a fuerza de rozarse con los jesutas se
haba asimilado mucho de su meliflua elocuencia, aprovech la ocasin
para disertar ante su superior sobre la corrupcin de la sociedad por
sus tendencias impas, asegurando que la virtud estaba desterrada,
ocultndose nicamente en las personas piadosas; ella, por ejemplo.

Los dos compadres en Cristo no tardaron en entenderse y quedaron
perfectamente convenidos en lo que deban hacer.

Enriqueta entrara cuanto antes en un convento que designaba el padre
Claudio, pero primeramente haba que lograr el permiso de su padre el
conde de Baselga, cosa que no crea tan fcil el director espiritual ni
su penitente.

--Yo, reverendo padre, le anticipo con harto dolor mo que nada
conseguir. Mi padre me aborrece, esto bien lo sabe su paternidad, y yo
sospecho el porqu, y, por tanto, no esta demanda, sino otra que le
hiciera, me la negara seguramente. Ya recordar vuestra reverencia que
rotundamente me dijo que no el da que yo le indiqu la conveniencia de
que Enriqueta fuese a educarse en el convento. Donde usted le ve, a
pesar de sus alardes de religiosidad, yo creo que es todo un impo, y
ms ahora, que se ha dado de lleno a los libros.

--Ah! Los libros!... Mala cosa es eso!

Y el jesuta deca esto con acento de distraccin, al mismo tiempo que
con la cabeza inclinada pareca reflexionar profundamente.

--Ser mejor, amiga ma--dijo despus de un larga silencio--, que yo
hable al conde. Efectivamente, l no hace gran caso de la hija de su
primer matrimonio y de seguro que le producirn ms efecto mis palabras.
Sin embargo, tratndose de un hombre como l, este asunto no debe
llevarse precipitadamente. Conozco su carcter y s que es preciso
explorar primeramente sus intenciones e ir poco a poco convencindole de
la conveniencia de dedicar a Enriqueta a la vida monstica, sobre todo
si la vocacin de la nia es segura.

--Oh! En cuanto a eso no hay cuidado. La vocacin es segursima.
Enriqueta no hace nada ms que lo que yo la mando.

La baronesa hablaba de las aficiones religiosas de su hermanastra con
completa seguridad, aunque nunca haba logrado de ella una contestacin
categrica, ni se haba tomado el trabajo de consultarla sobre aquel
porvenir que la preparaba... Para qu? Ella, la seora de aquella
voluntad, tena el poder de atemorizarla con una mirada o con un gesto,
y crea ridculo detenerse a inquirir lo que pensaba aquel ser que haba
educado para una vida automtica.

Desde aquella conferencia y despus de haber combinado su plan el
jesuta y la baronesa, Baselga comenz a sufrir un asedio del que tard
en darse cuenta.

Doa Fernanda, en la mesa o en las cortas entrevistas que ella buscaba,
y de las que el conde procuraba zafarse cuanto antes, mostraba empeo en
hablar del porvenir de Enriqueta en trminos vagos para que su padre
mostrara claramente sus propsitos, pero Baselga oa silencioso y
distrado, no escapndosele nunca una palabra que demostrase su
pensamiento.

En cuanto al padre Claudio, visitaba la casa con tanta asiduidad como en
pasados tiempos, honor que ensalzaba la baronesa en su reunin, y del
que se hacan lenguas sus contertulios, que saban las mltiples
ocupaciones que pesaban sobre el vicario de la Orden en Espaa.

Todas las tardes iba el jesuta a fumar algunos cigarrillos en el
gabinete de estudio de Baselga, el cual, no considerando las cosas como
su hija mayor, tom al principio esta distincin por una solicitud
fastidiosa que le distraa en sus ocupaciones.

Para colmar su aburrimiento, el amigo Quirs, con el que hablaba todas
las tardes de su gran plan de conquista, depositando en l todas sus
esperanzas y risueos optimismos, desde que el padre Claudio se dedic a
hacerle cotidianas visitas, dej de acudir con tanta regularidad
pretextando ciertos asuntos que tena que despachar con urgencia en el
ministerio, y el conde hubo de resignarse a permanecer horas y ms horas
con aquel sacerdote que nunca tena prisa en irse, y que, siempre
sonriendo, le mola a preguntas.

Pero era en todas ocasiones tan amable aquel padre Claudio, oa con
tanta atencin sus explicaciones sobre lo que estudiaba en los
tratadistas militares, manifestaba tal entusiasmo por Malbourough,
Montecucoli, Jomini y otros seores que a cada instante barajaba el
conde en su conversacin, que, al fin, ste comenz a adquirir alguna
confianza y recibir con ms gusto las visitas del jesuta.

Al fin, era un buen compaero, y en ausencia de Quirs, el conde
experimentaba gran placer teniendo un compaero con quien hablar de su
mana favorita.

Era un cura aquel oyente de aventuradas empresas militares; su
ministerio, sus estudios y sus costumbres no le hacan muy adecuado para
aquella clase de conferencias; pero... qu diablo!, escuchaba con gran
atencin, y, adems, Baselga adivinaba en el padre Claudio--como en
otros tiempos--que haba en su persona algo de caudillo, aunque de
fuerzas menos ruidosas y francas que las del ejrcito, y en todos sus
actos se trasluca la costumbre de mandar con ademanes imperiosos que no
admiten rplica.

La confianza entre el conde y el jesuta fu estrechndose rpidamente.
Aquella frialdad con que Baselga haba tratado al padre Claudio a raz
de su llegada de Francia, fu desvanecindose, y aunque el conde no
volvi a ser como en su juventud, el admirador sumiso e irreflexivo del
astuto jesuta, le dispens cada vez mayores atenciones, y lleg en sus
conversaciones apasionadas hasta olvidarse de quin era aquel hombre y
de las amenazas viles que us para conservarlo esclavo de la Compaa.

El padre Claudio, en aquellas conferencias, con un disimulo que haca
honor a la astuta institucin a que perteneca, llevaba siempre la
conversacin a un mismo punto, que era invariablemente las desdichas de
la patria, lo grande que sta haba sido en otros tiempos y la necesidad
de volver por la integridad del territorio, reconquistando los puntos
que los extranjeros nos haban arrebatado.

Un hombre ms experto y observador que Baselga hubiera adivinado en su
interlocutor el deseo de excitar las confianzas sobre un asunto
determinado que conoca con anterioridad; pero el conde estaba muy
preocupado con sus planes y los acariciaba con sobrado entusiasmo para
fijarse en tales detalles.

Por fin, un da, en un rato de excitacin patritica, Baselga hizo
traicin a la reserva que se haba prometido y relat al padre Claudio
su plan sobre Gibraltar con todos sus detalles.

El jesuta sonrea casi imperceptiblemente. Al fin lograba aquella
confianza solicitada de tan diversos modos.

Cmo pintar el entusiasmo patritico del padre Claudio! Primero quedse
perplejo, mostrando admiracin y duda como si su inteligencia no
alcanzase a comprender un plan tan colosal; despus, su rostro se anim
como a impulsos de excitacin inmensa, y, por fin, abraz al conde con
nervioso impulso, diciendo, con acento entrecortado por la emocin, que
Dios y la patria sabran agradecer una empresa tan sublime.

Baselga se enterneci ante aquel arranque de entusiasmo patritico, y
llevado de un risueo optimismo, se dijo interiormente que aquel
jesuta era una buena persona, que si cometa alguna mala accin era
indudablemente por exigencias de la Orden.

Desde que el conde hizo tales revelaciones no tuvo quien ms atentamente
se interesase por la realizacin de tal plan.

Todas las tardes iba, segn su costumbre, a visitar a Baselga y se
enteraba minuciosamente de sus propsitos, mostrando una admiracin sin
lmites cada vez que su amigo le haca una nueva confianza.

--Oh! Esto halaga--se deca el conde al quedar solo--. Esto da nuevas
fuerzas para seguir adelante. Si todos fuesen tan buenos espaoles como
el padre Claudio! Despus dicen que los jesutas no tienen patria ni se
interesan por otra nacin que Roma.

Por su parte, el reverendo padre aumentaba el entusiasmo de su amigo,
prometiendo hacer cuanto pudiese en favor del plan. El no saba los
servicios que podra prestar, pero tena amigos en todas partes, y,
quin sabe si en Gibraltar encontrara alguien que quisiera entrar en
la patritica aventura?

Transcurrieron algunos das sin que los dos amigos hablasen de otros
asuntos que la atrevida reconquista del Pen. Quirs, siempre
excusndose con sus trabajos en el ministerio, iba ya pocas veces al
despacho de Baselga; pero ste se mostraba tan entusiasmado y satisfecho
del padre Claudio, que consideraba ya al joven diplomtico como lo que
era realmente. Ya no vea en l un joven serio e ilustrado, sino un
pollo insubstancial e intrigante, que a lo ms le serva para sacar
cuantas noticias deseara del ministerio de Estado.

El jesuta tena por su parte un plan marcado que iba desarrollando
lentamente, y cuando crey poseer la confianza de Baselga, abord una
tarde resueltamente el asunto.

--Supongamos, seor conde, que yo, como as lo espero, proporcione los
elementos necesarios para la empresa, y encuentro gente dispuesta a dar
el golpe sobre Gibraltar. Quin se encargar de ponerse al frente de
los que se apoderen de la plaza?

Baselga mostr en su rostro la misma extraeza que si oyera a alguien
dudar de su valor.

--Quin ha de ser! Yo!--dijo con sencillez heroica.

--Y ha pensado usted bien las consecuencias que pudiera traerle un
fracaso? Ha considerado que en la aventura puede perder la cabeza? Las
autoridades inglesas son inexorables con el que quiere arrebatarles algo
de lo que poseen, y lo menos que con usted haran, si fracasa el golpe,
sera ahorcarlo.

--Nada me importa eso--contest el conde con frialdad--. He expuesto mi
vida muchas veces, para que pueda sentir temor ante tales peligros. Yo
ir al frente de los buenos espaoles que intenten devolver Gibraltar a
Espaa, y si es que la suerte nos es adversa, qu fin puedo ambicionar
ms glorioso que morir por mi patria, aunque sea de un modo infamante?

--Muy bien, amigo mo. Sigue usted siendo un hroe y la edad no ha
amortiguado sus bros. Pero es preciso que antes de acometer tan santa
empresa, que tal vez le conduzca al martirio, piense usted en asegurar
el porvenir de sus hijos.

--Mis hijos! Gracias a Dios no tengo que pensar en ellos. Son ricos y
su porvenir est asegurado. Adems, dentro de pocos aos tendrn ya edad
para casarse y constituir familia.

--Pero entretanto, seor conde, reconozca usted que si por desgracia
pierde la vida en esa empresa que vamos a realizar cuanto antes, la
situacin de esos dos jvenes solos en el mundo, pues apenas si tienen
familia, ser apuradsima.

--Tienen a mi hija Fernanda, que por su edad y su experiencia, puede
servirles de madre.

--No basta eso.

--Pues qu quiere usted decir?

--De Ricardo nada. Al fin pertenece a nuestro sexo y para un hombre no
es tan ruda la lucha que ha de sostener en la sociedad para mantenerse a
cierta altura. Pero piense usted en Enriqueta. Qu sera de ella al
quedar hurfana?

--Sentira mucho la muerte de su padre, mas no por esto quedara
desamparada. Tiene a mi hija Fernanda, y adems, una joven rica como lo
es ella, siempre encontrara entre mis parientes de la nobleza quien
velara por ella. Esto sin contar que ya no es una nia, y que dentro de
pocos aos estar ya en estado para casarse con quien ella elija,
siempre que sea un hombre perteneciente a su clase.

--Veo, seor conde, que no quiere usted atender a lo yo le propongo y
que se forja ilusiones para no contemplar la realidad. Yo hablo del
presente y del peligro que a causa del herosmo de su carcter, corre su
hija de quedarse hurfana.

--Y qu quiere usted proponerme?

--Yo--dijo el padre Claudio preparndose a dar el golpe y revistiendo
sus palabras de la mayor sencillez--pensaba poner a Enriqueta a salvo de
todo infortunio y hacer que antes de que usted partiera para Gibraltar
su hija quedase en un puesto de confianza donde se ocupasen de su
educacin, por cierto algo descuidada, pues la baronesa, ocupada en las
empresas benficas, a las que le arrastra su religiosidad, no puede
pensar en la cultura de su hermana.

--Concrete ms su proposicin, padre Claudio--dijo Baselga con fra
entonacin.

--Pues bien; le propongo, hacindome en esto intrprete de los deseos de
la baronesa, que Enriqueta vaya a educarse en un convento de nuestra
confianza.

El conde no era ya el mismo de momentos antes. El entusiasmo y la
confianza que mostraba al jesuta hablndole de empresas militares haba
desaparecido, y ahora escuchaba al visitante con fra reserva,
lanzndole de vez en cuando una mirada escudriadora que pugnaba por
atravesar aquella astuta mscara, adivinando lo que exista tras la
dulce sonrisa jesutica.

Cuando el padre Claudio formul su proposicin, Baselga le mir
fijamente y contest con lentitud:

--Mi hija no ser monja mientras yo viva.

--Ha comprendido usted mal--replic con viveza el jesuta--. Lo que yo
propongo no es que Enriqueta se dedique a la vida monstica abandonando
su familia; conozco bien el inmenso cario que usted la profesa y s que
no es posible que consienta usted el separarse de ella para siempre. Lo
que yo propongo es que Enriqueta ingrese en un convento donde se educan
otras seoritas aristocrticas para permanecer all segura mientras
usted lleva a cabo esa obra sublime, tan meritoria a los ojos de la
patria y a los de Dios.

--Lo que usted me propone es que mi hija entre en un convento como
simple educanda para convertirse despus en monja profesa y no salir
jams de l.

--Seor conde! Me ofende esa suposicin.

--Padre Claudio, ya sabe usted que nos conocemos y que hay entre los dos
asuntos suficientemente graves para que no nos consideremos como unos
extraos. S a dnde van a parar tales proposiciones, pues aunque no soy
muy listo, adivino muchas veces lo que piensan las personas que me
rodean.

--Qu quiere usted suponer?

--An no se ha borrado de mi memoria el recuerdo de esa mujer tan amada.

Y al decir esto sealaba el conde a un hermoso retrato de Mara
Avellaneda, nica pintura que con sus tonos brillantes alegraba las
sombras paredes del despacho y los tintes obscuros de los estantes
cargados de libros. El padre Claudio afectaba no comprender a Baselga.

--Esa infeliz--continu ste--tambin encontr en Pars quien mostr
empeo en meterla en un convento. Parece esto la fatalidad que pesa
sobre la familia Avellaneda!

Y a continuacin aadi, sonriendo sarcsticamente:

--Muchas veces es una desgracia tener millones.

El padre Claudio se estremeci internamente. Aquel hombre, que l crea
un monomanaco sometido por completo a su voluntad, saba adivinar los
pensamientos de su interlocutor.

--Seor conde: me ofenden esas palabras, que no s si creer injuriosas
para m y para la Compaa, pero aunque as sean, las perdono.

Rein un largo silencio, que interrumpi al fin el jesuta diciendo:

--Siento mucho que mi proposicin le haya producido alguna molestia.
Crea que yo siempre procedo guiado por mi afn de dar almas al cielo y
de que no se turbe la paz de las familias.

--Gracias por el inters, padre Claudio; pero Enriqueta no necesita que
se preocupe de su suerte otro que su padre.

El jesuta qued en silencio breves instantes, reflexionando, sin duda,
sobre lo que acababa de or, y despus dijo con severo acento:

--Un padre carioso debe ante todo procurar la felicidad de su hija.

El conde movi la cabeza en seal de asentimiento y aadi:

--Eso no tiene duda.

--Y la felicidad de los hijos consiste indudablemente en que los padres
no violenten su voluntad ni se opongan a sus deseos, siempre que stos
tengan un noble y santo fin.

--Todo eso lo s hace ya mucho tiempo.

--Lo sabr usted, seor conde; pero permtame que le manifieste que
usted se est oponiendo a una sagrada aspiracin de su hija.

--Una aspiracin de mi hija?--pregunt con extraeza Baselga.

--S, seor conde. Enriqueta quiere ir al convento.

--Es la primera noticia que tengo--respondi Baselga con desdeosa
frialdad.

--No lo dude usted, y si quiere convencerse de ello, pregntelo a la
baronesa, que por haber educado a su hermana es la que conoce mejor su
vocacin. Enriqueta quiere ser monja.

--Ya va saliendo lo que esperaba. Usted mismo viene a justificar mi
negativa a que Enriqueta entrase en un convento para perfeccionar su
educacin. Lo que yo he dicho antes: primero, colegiala, y despus,
monja. No est mal urdido el plan.

--Seor conde; hace usted mal en burlarse de ese modo y ms an en
oponerse a que su hija siga las inspiraciones de Dios. Yo no digo que
Enriqueta quiera efectivamente ser monja, pues a su edad la vocacin es
poco slida; pero lo que s aseguro es que quiere salir de aqu, pues se
siente atrada por los msticos, encantos del claustro.

--Est usted seguro? Ha consultado directamente la vocacin de mi
hija?

--S cmo piensa por las relaciones de la baronesa, que es "la nica
persona que se preocupa de Enriqueta".

--Comprendo la intencin con que acenta usted tales palabras. Algo hay,
en efecto, que me hace merecedor de tal censura. Mi dolor interno por la
muerte de mi esposa, mi odio a la sociedad, y despus mis aficiones, me
han tenido alejado de mi hija, me han hecho ser mal padre, y he mirado
con una indiferencia culpable todo lo que con ella se relacionaba; pero
yo le aseguro a usted que esto no volver a repetirse ni merecer en
adelante que se me tache de descuidado con mis hijos. Acabo de ver las
consecuencias de mi indiferencia y s el peligro que corre Enriqueta, de
seguir ms tiempo confiada a la direccin de su hermana. Quiero que en
mi casa no mande otro que yo, y desde maana voy a ocuparme de mi hija y
as sabr la verdad.

--La verdad?...--pregunt con extraeza el padre Claudio.

--S; la verdad. De seguro que cuando yo hable a mi hija no manifestar
sta tanta aficin a la vida del claustro. Yo, padre Claudio, soy de los
que creen que ninguna joven tiene gusto de que la entierren en vida,
alejndola para siempre del mundo, y del mismo modo creo que si algunas
infelices huyen de la sociedad y se encierran en esas casas es por
contrariedades sufridas, que, aunque fciles de reparar, son
convenientemente exageradas por gentes sin corazn, que muestran empeo
en robar a la nacin futuras madres que podran hacer la felicidad de
otras tantas familias y dar a la patria hijos que la honrasen y la
defendiesen.

El jesuta puso en juego todo su mmico arsenal de gestos trgicos para
demostrar su escndalo y su indignacin, y dijo con voz balbuciente:

--Pero seor conde! Qu dice usted? Tratar de ese modo a las
instituciones monsticas y a las esposas del Seor! Esas ideas son
impropias de un buen catlico como todos le creen a usted, y nicamente
estaran en su sitio en labios de uno de esos terribles revolucionarios
que hoy combaten al Trono y a la Iglesia. Acaso usted no cree en la
verdad de las vocaciones religiosas? Duda usted de que hay criaturas
privilegiadas a las cuales llama Dios para hacerlas sus msticas
esposas?

--No quiero discutir, padre Claudio. Soy catlico y partidario de la
Monarqua, y esto lo tengo bien probado; pero mis ideas las tengo muy
arraigadas y ni usted ni toda la Compaa de Jess en masa conseguiran
que me retractase de esto que digo. Toda la vida he tenido por un
absurdo que a una joven que apenas si conoce el mundo y que no se ha
separado un momento de sus padres, se la encierre en un convento con el
pretexto de querer librarse de los males de una sociedad que ni aun de
nombre conoce. Comprendo que un hombre cansado de luchar con sus
semejantes y fastidiado de las mentiras sociales, huya del trato con los
humanos, y se refugie como eremita en un desierto por faltarle el valor
para seguir luchando contra el mundo; pero encerrar en una tumba mstica
a una joven que conserva puras e intactas sus ilusiones y que empieza a
vivir, es un crimen, entindalo usted bien, reverendo padre, es un
asesinato moral del que Dios no puede menos que pedir estrecha cuenta.

El conde hablaba con acento indignado y en sus ademanes nerviosos
adivinbase que estaba sintiendo aquello que deca.

El jesuta conoca perfectamente el carcter de Baselga y saba que en
tales instantes discutir ideas en l tan arraigadas equivala a
comprometerse en una discusin acalorada e iracunda que fcilmente poda
tener como final el arrojarse a la cabeza, como postreros argumentos,
los libros del despacho y aun los muebles.

--De manera--se limit a decir el sacerdote--que se niega usted a
acceder a los deseos de su hija?

--S; me niego y me negar siempre. Usted, como sacerdote, cumpla su
obligacin trabajando para arrebatar una mujer ms a la sociedad y
hacerla entrar en la vida mstica; yo como padre cumplo mi deber
oponindome a que mi hija sea infeliz alejndose para siempre, en la
edad de la inexperiencia, de un mundo en que sufrir muchas tristezas,
pero no por esto dejar de encontrar mayores alegras. Dios cri a la
mujer para que el mundo no se extinguiera, y con ella estableci la base
de la familia. Evitar que la mujer sea madre es ir contra Dios. No
olvide usted esto, padre Claudio!

El jesuta fu a contestar a estas ltimas palabras, pero se detuvo, y
como si una idea favorable acabase de surgir en su cerebro, psose a
reflexionar mientras Baselga le contemplaba con desdeosa superioridad.

El hombre que por tanto tiempo se haba considerado como esclavo sumiso
de aquel jesuta que le mandaba con aire sonriente, aunque con desptica
autoridad, enorgullecase ahora al ver cmo su tirano quedaba vencido
momentneamente.

Pareca que el padre Claudio iba a disparar su ltimo tiro contra
aquella voluntad rebelde, pues despus de contraer su rostro con aquella
sonrisa especial propia de los momentos difciles y que haca temblar a
cuantos le conocan ntimamente dijo con voz melosa:

--El seor conde, al hablar as, olvida una cosa de gran importancia.

--No s qu cosa pueda ser.

--De seguro que el conde de Baselga no querr romper sus relaciones con
la Compaa de Jess.

--Yo!.., Por qu?

--El seor conde pertenece a ella, pues hace muchos aos figura en su
clase de hermanos seglares.

--No pienso negarlo. Buena prueba de ello es que sobre el pecho llevo el
escapulario que nos permite reconocernos a los hermanos aun en los ms
lejanos pases.

--Recuerde, pues, el hermano, ya que as le place llamarse--dijo el
jesuta con tono de autoridad--, que al entrar en nuestra Orden hizo
voto de obediencia a sus superiores, y que yo, como su superior supremo
en Espaa, le ordeno me obedezca para mayor gloria de Dios y en nombre
de nuestro padre general.

Y el jesuta, al decir esto, se ergua en su asiento y extenda la
diestra con aire bizarro, adoptando una actitud lo ms imponente que le
permitan sus facultades de actor. Pero al conde le caus poca impresin
aquel arranque de autoridad que el padre Claudio crea irresistible,
pues encogindose de hombros se limit a contestar con frialdad:

--Bien! Y qu?... Para qu se me recuerda mi voto de obediencia?

--Para que acate usted mis rdenes y no se oponga a la vocacin de su
hija.

--Es que la Compaa, no contenta con disponer del individuo para mayor
gloria de Dios, ha de intervenir tambin en asuntos puramente de su
familia?

--La Compaa interviene en todo, siempre que sea en bien de la
religin, y puede, con perfecto derecho, como usted ya sabr por haber
ledo nuestra Mnita secreta y los comentarios de nuestros ms clebres
escritores, aconsejar al hijo que niegue la obediencia a su padre y
hasta que lo mate, siempre que ste le incite a desconocer y abandonar
la fe catlica.

--Siempre me ha parecido eso un crimen; pero, aparte de ello, en el
presente caso no tienen ninguna relacin esas leyes; yo no incito a mi
hija a que abandone su religin, pues lo que hago es oponerme a que me
la roben. Que ame Enriqueta cuanto quiera a Dios, que sea un modelo de
religiosidad y devocin, no me producir ninguna molestia; lo que yo no
quiero es que ella sea monja.

--Pero ella quiere serlo, y en tal conflicto, la Compaa, siempre
benfica con el dbil y con la virtud, debe colocarse al lado de la hija
y frente al padre que quiere violentar una santa devocin.

--La Compaa se colocar donde le d la gana--contest rudamente
Baselga, que ya comenzaba a cansarse--; pero como yo soy el padre y no
doy mi permiso, tendr que considerarse vencida. Si Enriqueta quiere ser
monja (lo que dudo mucho), que espere a ser mayor de edad, cuando no
ser ya indispensable mi consentimiento.

--Quiere usted que llamemos a la nia y a doa Fernanda? Usted mismo le
preguntara sobre sus aficiones, y la contestacin que ella d ser el
mejor medio de que usted se convenza de la injusticia con que se opone a
su vocacin.

--No es necesaria esa entrevista. Conozco muy bien, padre Claudio, el
sistema que se emplea para obsesionar dbiles inteligencias y los
risueos colores con que se presenta la vida del claustro para seducir
la viva imaginacin de las jvenes. Mire usted a esa infeliz--y el conde
seal el retrato de su esposa--. Ella, en un momento de alucinacin,
arrastrada por prfidos consejos, abandon la casa de su padre y entr
en un convento de Pars sin dejar por eso de amarme y de desear ser mi
esposa. Tambin ella pasaba como joven de vocacin para el claustro y,
sin embargo, bast que su padre le permitiese ser mi esposa para olvidar
inmediatamente todas las dulzuras monsticas. Mi hija presiento que debe
de hallarse en el mismo caso. Conozco a la baronesa de Carrillo, s cuan
terribles son sus manas religiosas, y de seguro que ha trabajado mucho
para decidir a Enriqueta a que abrace una vida que le repugna. Quin
sabe si hasta la habr maltratado! Yo hablar a mi hija y de seguro que
leer en su interior adivinando lo que piensa.

--Segn eso, se niega usted a cumplir su voto? Desobedece usted a la
Compaa?

Y el padre Claudio, al decir esto, tomaba una actitud amenazadora que
irritaba a Baselga, el cual no poda sufrir ninguna imposicin.

--S, vive Cristo!--grit el conde--; la desobedezco ahora y siempre
que intente inmiscuirse en asuntos que le son ajenos. Las cosas de mi
casa slo a m me competen, y desde ahora digo que lo pasarn muy mal
los que intenten mezclarse en mis asuntos e inciten a mis hijos a que
desobedezcan a su padre.

Baselga estaba terrible al decir esto y agitaba en el espacio sus
enormes manos de un modo poco tranquilizador; pero el jesuta no por
esto perdi la serenidad. No era valor lo que faltaba a aquel Borgia del
jesuitismo; as es que, como si no advirtiera las embozadas amenazas del
conde, sigui adelante en la agitada conversacin.

--Piense usted que al negarse a obedecer a la Compaa, rompe usted con
ella toda clase de relaciones.

--Lo siento; pero por esto no he de cambiar en mis propsitos.

--Al abandonar de tal modo a la Compaa, sta debe responderle del
mismo modo, y, por lo tanto, retirar el manto protector que haba
tendido sobre usted.

Baselga hizo un gesto como indicando que no comprenda qu proteccin
era aqulla.

--Usted, seor conde, tiene en su vida algo que ocultar y existen
pruebas que pueden comprometerle seriamente. Quin sabe lo que a usted
podr sucederle el da que nuestra Orden no est a su lado para
prestarle su proteccin! Recuerde cierto papel firmado por usted que, de
hacerse pblico, le producira grandes disgustos.

El conde esperaba aquello desde que la conversacin tom un giro tan
hostil, pero a pesar de que la amenaza no le sorprenda, no pudo menos
de murmurar:

--Ya entra otra vez en danza el maldito papelucho.

Baselga tena ya adoptada una resolucin irrevocable. Vive Dios! Crea
acaso aquel jesuta que a un hombre como l se le tena sujeto toda la
vida y se le haca danzar como un mono por la fuerza de un documento
comprometedor suscripto en un instante de dolorosa ceguedad? No y mil
veces no! Ya estaba cansado de que el padre Claudio lo manejase como un
recluta, y antes prefera la deshonra que seguir siendo esclavo de aquel
tenebroso poder que comenzaba a serle odioso. Adems, se trataba de la
suerte, del porvenir de su Enriqueta, aquella hija hermosa y delicada
cuyo rostro le recordaba el de la difunta Mara, y su deber era oponerse
tenazmente a un plan que labraba su infelicidad.

En la sbita resistencia del conde entraba tambin por mucho la
esperanza de que aquella arma que el jesuta pretenda esgrimir contra
l resultase inservible. Qu peligro poda correr si el padre Claudio
entregaba secretamente a la justicia aquel documento en que se confesaba
autor de la muerte de su primera esposa? Poda negar la autenticidad de
su firma; poda solicitar el auxilio de la reina, que le consideraba
mucho (tal vez por haber sido carlista), amenazndola, en caso de una
negativa, con hacer ms pblicas de lo que eran las relaciones de su
padre Fernando VII con Pepita Carrillo; y, finalmente, se consideraba
con cierta impunidad pensando que, en caso de un proceso, el padre
Claudio aparecera como cmplice por haber borrado del cadver de la
baronesa todas las seales de muerte violenta.

Baselga, en un rpido vuelo de su imaginacin, vi todas estas
circunstancias favorables y se sinti tranquilizado. Aquel documento
resultaba terrible cuando l era el amante de Mara Avellaneda y tema
que sta, al saber la trgica historia de su matrimonio, cambiase el
cario que le profesaba por repugnante aversin; pero ahora no eran
iguales las circunstancias, y el conde se rea interiormente de aquel
pual mohoso, sin filo ni punta, con que pretenda amenazarle el padre
Claudio.

--No contesta usted?--pregunt ste, en vista del silencio de Baselga.

--Nada tengo que decir. Usted me amenaza en nombre de la Compaa, y yo
ahora y siempre me burlo de ella y de usted cuando se trata de asuntos
que nicamente a m me competan.

--Pues all veremos lo que sucede. Yo rogar a Dios que no tenga usted
motivos para arrepentirse de su temeraria resolucin.

--Ruegue usted cuanto quiera; dispuesto estoy a sufrir cuanto venga;
pero no olvide usted algunas oraciones para los que me ayudaron a
ocultar con astutas artes lo que yo haba hecho en un momento de
obcecacin.

El padre Claudio no pudo menos de reconocer que aquel golpe estaba bien
dado, y que el conde de Baselga no era tan simple como l se imaginaba.

Lo que l crea un cordero resultaba un len que, con sus zarpas
poderosas, haca retroceder al domador.

La sorpresa que experiment el jesuta ante aquella transformacin
inesperada fu grande; mas no por esto se di por vencido, y fu
necesario que reflexionase largo rato para convencerse de que por el
momento no dispona de ningn medio de persuasin para vencer la
terquedad del conde.

Haba l por esto de abandonar su empresa y resignarse a que los
millones de Avellaneda no fuesen a parar a las arcas de la Orden? Su
porvenir iba en ello, y para realizar su suprema ilusin, que era el
generalato de la Compaa, necesitaba poner todas sus facultadas en
aquel negocio y salir triunfante de l como de otros ms difciles.

Abismado en sus reflexiones permaneci el jesuta mucho tiempo, mientras
Baselga, satisfecho de su energa, y conmovido an por la ira que le
haba producido aquella discusin, afectaba una fra severidad, fijando
sus ojos en el libro que sobre la mesa tena abierto.

De vez en cuando el jesuta pareca detenerse en sus reflexiones y
lanzaba sobre Baselga rpidas miradas en las cuales notbase un odio
inmenso contra aquel hombre fuerte que, escudado en su amor de padre,
saba resistir lo mismo las seducciones que las amenazas.

A pesar del rencor que demostraban aquellas furibundas miradas, el
reverencio padre, transcurridos algunos minutos de profundo silencio,
tosi como si fuese a hablar, y despus de pasarse las manos por la
frente repetidas veces, como para ahuyentar molestas preocupaciones,
dijo a Baselga con acento carioso:

--La verdad, seor conde, es que, a pesar de nuestra edad, hemos
procedido como dos nios, llegando hasta a insultarnos y amenazarnos en
un asunto que no merece que tan antiguos amigos se enemisten.

--Usted lo ha buscado, reverendo padre.

--Admito el ser culpable del disgusto y le pido me perdone. Usted
comprender que, en nuestro estado, son fciles estas intemperancias.
Nos encariamos con la idea de servir a Dios y llevar almas al cielo,
aun a riesgo de enemistarnos con las personas a quienes ms queremos.
Adems, la suerte de la hija de un amigo tan ntimo como usted lo es me
inspira un inters demasiado vivo, y de aqu que yo haya estado tan
imprudente. Vaya, seor conde, olvidemos el disgusto y dmonos la mano
como verdaderas amigos.

--No tengo inconveniente en ello.

Y el conde avanz su mano de no muy buena gana. Tena motivos para
conocer al jesuta; su rencor no se desvaneca tan fcilmente como el
del padre Claudio y tema que aquel sbito arrepentimiento fuese tan
hbilmente fingido como la mayor parte de sus afectos.

--Sera una falta imperdonable--continu el jesuta--que por cuestiones
de apreciacin sobre el porvenir de Enriqueta, se enfriase una amistad
tan antigua como es la nuestra, y ms hoy que trabajamos juntos en una
causa santa velando por el honor de la patria. No olvidemos que nos
hemos propuesto volver por la dignidad de Espaa.

El jesuta excit hbilmente el recuerdo de la reconquista de Gibraltar,
empresa que, momentneamente, haba olvidado el conde.

Apenas Baselga record aquella sublime aventura que le dominaba desde
tanto tiempo antes, desvanecise el disgusto que la acalorada polmica
le haba producido, y en sus ojos volvi a reflejarse aquel entusiasmo
de iluminado que le rejuveneca.

El padre Claudio comprenda, indudablemente, que con su actitud de
superior desptico, adoptada poco antes, haba dado un paso en falso
descubriendo prematuramente sus intenciones, y se propona volver a
conquistar la confianza de Baselga, mostrando un entusiasmo sin lmites
por su patritico plan y prometiendo ayudarle con ms xito que nunca.

Ms de dos horas pas el jesuta hablando de Gibraltar y animando al
conde a acometer la empresa, describindole la plaza y sus defensas con
un optimismo que haca sonrer a su oyente. A todos gusta verse
halagados en sus ilusiones, aun cuando se reconozca la falsedad de la
apreciacin.

Los ingleses, segn el padre Claudio, tenan instintos de topo y slo
saban minar, hasta el punto de que el Pen era una esponja, y el da
en que hiciesen fuego las baterias durante algunas horas..., crac, el
monte se vendra abajo dejando sepultada a toda la guarnicin. La cosa
no era difcil, y para un hombre de tanto corazn como el conde de
Baselga apoderarse de Gibraltar era una empresa sin importancia.

Pareca que por la boca del padre Claudio hablaban los autores de los
antiguos libros de caballeras, y que Baselga era uno de aquellos
adalides de la Tabla Redonda, que de una lanzada desbarataban un
ejrcito o de un papirotazo echaban al suelo los muros de las plazas ms
fuertes.

El jesuta no se contentaba con adular, pues guiando un ojo y moviendo
la cabeza con expresin de hombre poderoso, aseguraba al conde que no
estaba solo en tal empresa. La Orden tena amigos all donde existen
catlicos, y en la guarnicin de Gibraltar figuraban siempre muchos
irlandeses, soldados fieles al Papa y obedientes a los representantes de
Dios. El ya estaba en correspondencia con algunos oficiales irlandeses
y... quin sabe lo que saldra de aquellas relaciones!

El padre Claudio daba a entender con sus gestos que haba an ms de lo
que deca, pero que se vea obligado a callar por no hallarse el asunto
terminado.

Aquello puso de buen humor al conde. Conoca el inmenso poder de la
Compaa, y saba que si sta le ayudaba en su empresa conseguira
aquella adhesin de los soldados irlandeses, lo que hara que su triunfo
fuese seguro.

Cuando el jesuta se despidi del conde, ste, aunque pensaba hablar a
su hija de su supuesta vocacin, no guardaba a aqul ningn rencor;
tanto le haban conmovido las promesas del poderoso auxilio.

Dironse las manos con el mismo afecto de siempre, y hasta Baselga rog
al jesuta que fuese a visitarle con la asiduidad acostumbrada, haciendo
caso omiso de aquella "ligera nubecilla".

Haba ya cerrado la noche, y al poner el padre Claudio el pie en la
calle volvise con movimiento instintivo a mirar los balcones del
pequeo palacio, y por sus ojos pas aquel relampagueo fugaz que tan
horrible le haca.

--Ya las pagars todas juntas, miserable!--murmur--. Veremos si por
mucho tiempo te burlas de la Orden y te niegas a obedecerla,
comprendiendo al fin que hoy ningn mal puede causarte el papel
comprometedor.

Y despus de desahogarse con estas palabras, masculladas como si fuesen
las de una oracin, se embob en su manteo, y dijo con la tranquilidad
del que prepara un negocio:

--Esta noche escribiremos a Gibraltar al hijo de James Clark, nuestro
antiguo agente.




XVII

Un tesoro de amor descubierto.


Al da siguiente doa Fernanda estaba furiosa, llegando su abultado
rostro a un grado tal de rubicundez, que pareca prximo a estallar.

El descubrimiento que acababa de hacer la pona fuera de s, y tanta era
su indignacin, que cuando, cansada de pasear con ademanes de fiera
enjaulada por aquel saln de colorido conventual donde reuna su
tertulia se sentaba en un sof y estrujaba con nerviosas convulsiones
aquel abultado paquete de cartas, pareca la clsica y viviente estatua
de Medea agitada por una rabia loca.

Quin iba a imaginarse aquel escandaloso hecho! Quin poda pensar que
una muchacha tan recatada y silenciosa como era su hermanastra tuviera
tales secretos y se atreviera a sostener unos amores que deshonraban
aquella santa casa!

La baronesa no poda menos de celebrar su intuicin, para la cual no
pasaba inadvertido ningn detalle.

Aquella maana, al dirigirse al comedor doa Fernanda, haba visto a
Enriqueta al extremo del corredor leyendo atentamente un papel, que
ocult apresuradamente al ver que se acercaba su hermanastra.

Esta sinti tentaciones de perseguirla en su huda para exigirle que le
presentase aquel papel sospechoso; pero por un misterioso y repentino
impulso prefiri dejarla escapar como si comprendiese que de otro modo
malograba un precioso descubrimiento.

La baronesa almorz con bastante tranquilidad, fijando de vez en cuando
su inquisitorial mirada en Enriqueta, que aquel da era tambin objeto
por parte de su padre de una extraa solicitud. Era que Baselga buscaba
un momento favorable para hablar a su hija sin que pudiera apercibirse
de ello doa Fernanda.

Esta tena ya formado su plan, que quera ejecutar cuanto antes, y
encarg a Tomasa que acompaase a misa a la seorita, pues a ella, por
cierto malestar repentino, le era imposible cumplir esta obligacin que
diariamente se impona.

Fuese Enriqueta con el ama de llaves, metise Baselga en su despacho, e
inmediatamente la baronesa, con cierto aire misterioso, y asegurndose
antes de que nadie la vea, se introdujo en la habitacin de Enriqueta,
dispuesta a registrarla con tanta escrupulosidad como un corchete del
Santo Oficio.

All haba misterio y ella pensaba descubrirlo inmediatamente. Aquel
papel que tan apresuradamente haba ocultado Enriqueta era para la
baronesa (sin que ella pudiera explicarse el porqu) la prueba
concluyente de que en la habitacin de la joven haba otras cosas que
ella tena inters en conservar secretas.

Habra amores de por medio?

Doa Fernanda, al pensar en esto, sinti un escalofro de indignacin.
No era posible que una joven tan recatada y destinada a ser monja
cometiese la imperdonable falta de sostener amores ocultndose de su
familia. Eso no poda hacerlo nunca una seorita que haba recibido una
educacin tan escrupulosa.

La baronesa, paseando su mirada por aquella habitacin que presentaba
an el desorden propio de las horas anteriores a la diaria limpieza, se
tranquilizaba y senta que sus sospechas se amortiguaban.

Nada haba en aquel cuarto que revelase el amor y el femenil deseo de
agradar. La blanca cama, con sus sbanas arrugadas y en desorden, que
an conservaban la huella de la durmiente, no exhalaban perfumes
voluptuosos, sino el olor acre de salud, propio de un cuerpo sano,
rebosante de vitalidad juvenil, y sobre el mrmol del tocador, dos
peines, una pastilla de jabn y un botecito de agua de Colonia, que
apenas si contena media docena de gotas del oloroso lquido,
demostraban la pobreza que en su embellecimiento observaba Enriqueta.
Aquella miseria ruda en punto a artes de hermosearse, aquella carencia
completa de los mil y un objetos propios de una joven aristocrtica, y
que hacan parecerse la habitacin a la de una infeliz obrera, eran,
segn la baronesa, el medio ambiente que convena a una seorita que con
el tiempo haba de vestir de estamea y abandonar a media noche las
duras tablas del lecho para ir a cantar al coro.

La pobreza de la habitacin la tranquilizaba e iba recobrando su
confianza al no ver ninguna carta arrugada y mojada en lgrimas sobre el
velador, ni tomos de poesas abiertos en los pasajes ms sentimentales.
All no haba amor, sino devocin, mucha devocin, como lo probaban los
devocionarios y los pliegos de oraciones que se apilaban sobre la
mesilla de noche al lado del candelabro de cristal.

Pero... y el papel? Y aquel papel misterioso que Enriqueta haba
ocultado presurosamente?

Doa Fernanda, despus de mirar bajo la cama, en los cajones del tocador
y hasta dentro de la mesilla de noche, iba ya a retirarse cuando se
fij en una cajita antigua, brillantemente maqueada, que estaba sobre el
velador.

Tantas veces haba visto la tal cajita, que por una distraccin nacida
de la costumbre no se fijaba en ella ni pensaba en registrar su interior
como lo haba hecho con los dems escondrijos del cuarto.

El brillo del negro barniz atrajo su mirada, y entonces, la baronesa,
con movimiento instintivo, la tom en sus manos y la agit, sonando
dentro de ella el "fr-fr" de muchos papeles al rozarse.

La baronesa abri desmesuradamente sus ojos para manifestar su sorpresa.

All estaba el misterio; aquellos papeles eran, indudablemente, los que
ella buscaba.

La caja estaba cerrada, pero su pequea cerraja era un insignificante
obstculo para la baronesa, poco escrupulosa cuando se trataba de
satisfacer su curiosidad.

Con unas tijeras hizo saltar la dorada chapa de la cerraja, y, al
abrirse la tapa violentamente, cayeron al suelo un gran nmero de
cartas, esparcindose sobre la alfombra.

La baronesa no pudo reprimir un grito de jbilo. Su rostro tena la
misma expresin del inventor que, despus de muchas fatigas, logra
realizar un descubrimiento.

--Ah! He aqu lo que buscaba.

En una rpida ojeada abarc todas aquellas cartas que estaban esparcidas
a sus pies. Las haba en papel de diversas clases; unas estaban
amarillentas y manoseadas, como delatando una tenaz y apasionada
lectura, y otras, que eran las menos, estaban blancas y tersas, como si
hubiesen sido encerradas en la cajita momentos antes.

Aqullas eran, indudablemente, las ltimas que haban llegado, y por
esto doa Fernanda, que de un golpe quera enterarse del contenido de
aquellas cartas escritas todas en la misma letra, recogi la que le
pareca ms moderna, y, acercndose a la ventana psose a leer:

"Cielo mo: Ayer te segu cuando ibas a misa con tu ta. No s si me
veras. Iba yo a alguna distancia y recatndome, pues todo se perdera
si me viera ese "zuavo pontificio" que no te deja a sol ni a sombra..."

La baronesa se detuvo e hizo un gesto de extraeza.

Zuavo pontificio! Quin sera el tal zuavo?... Ah! Ya comprenda. Era
un apodo que le pona aquel infame incgnito.

Doa Fernanda hizo un gesto horrible. Ya le dara ella al insolente, a
tenerlo entre las manos como a sus cartas!

La devota sigui leyendo, y cuando termin la carta, cogi otra, leyendo
en cinco minutos ms de una docena.

Sentase invadida por una terrible fiebre, y la indignacin le haca
leer con una celeridad pasmosa, sin escoger entre las cartas antiguas y
las modernas. Tan vehemente era su deseo de enterarse de los amores de
Enriqueta y de saber quin era el hombre que con aquella pasin
trastornaba todos sus planes.

La baronesa, al leer cada una de aquellas hiprboles amorosas o los
juramentos de eterna pasin, no poda menos de torcer la boca con un
gesto de rabioso desdn, propio de una solterona desgraciada que nunca
haba merecido tales floreos.

--Dios mo!--murmuraba con voz entrecortada--. Qu tonteras tan
horribles! Slo una muchacha tan tonta como Enriqueta puede envanecerse
con tales requiebros. Qu es esto? Versos tambin? Vamos, este seor
Esteban Alvarez es una alhaja. Ahora resulta poeta. Pero, quin ser
este hombre?

Y la baronesa, siempre leyendo, haca esfuerzos por adivinar quin era
el adorador de su hermana, sin que las cartas le diesen ninguna luz que
satisficiese su curiosidad.

Por fin, al leer una de las cartas que, por estar ms ajada que las
otras, demostraba su antigedad, no pudo reprimir una exclamacin de
sorpresa. Ya saba quin era aquel incgnito adorador, ya haba surgido
de aquel frrago amoroso que ella calificaba de variaciones sobre el
mismo tema la personalidad del hombre que haba osado poner sus ojos en
su hermanastra.

"Nunca olvidar, vida ma--deca aquella carta--, el feliz instante que
te vi por primera vez. Hoy, paseando por el Retiro, recorriendo aquellas
alamedas por las que yo iba siguiendo las huellas de tus pasos,
recordaba aquella hermosa maana de invierno en que yo iba tras de ti
arrastrado por una fuerza irresistible, hasta el punto de hacer caso
omiso de las furibundas miradas de tu "simptica" y "amable"
hermanastra. Por cierto que an recuerdo el piropo que me lanz el
"zuavo pontificio" cuando os acompa hasta la puerta de vuestra casa."

No necesit doa Fernanda leer ms para saber quin era el adorador de
Enriqueta; tena la baronesa buena memoria, e inmediatamente record
con todos sus incidentes la maana aquella en que un militar insolente
las sigui por todo el Retiro, llegando hasta la calle de Atocha.

Estaba ya convencida de que el tal Esteban Alvarez era el capitn que
tan insolente se haba mostrado con ella, y esto aumentaba su
indignacin. Lo mismo se hubiera enfurecido al saber que Enriqueta
mantena relaciones amorosas con un duque millonario; pero al pensar que
un capitn de modesto origen haba logrado cautivar el corazn de su
hermanastra, aumentaba su rabia.

A su indignacin de beata, que vea como mujer enamorada a la que
pensaba dedicar al claustro, se una el sagrado fervor de una mujer
noble que se enorgulleca de su bastarda y de tener sangre real en sus
venas, ante un amor desigual y deshonroso para una linajuda familia.

Ms de media hora permaneci doa Fernanda como clavada en el centro de
la habitacin y sin fuerzas para continuar aquella lectura que le
produca escalofros de furor, y por fin, como haciendo un supremo
esfuerzo, se arranc de aquel sitio y, llevando sobre ambas manos en
arrugado paquete las cartas comprometedoras, se dirigi a su saln,
esperando impaciente la llegada de Enriqueta, a la que deseaba
confundir.

La indignacin contra aquella "mosquita muerta", como ella deca, era
inmensa; pues al pesar que le produca el amoroso descubrimiento unase
el haber sido engaada durante tanto tiempo por aquella muchacha que
ella crea poco menos que idiota. Al pensar que aquellos amores duraban
ya cerca de un ao sin que ella hubiese llegado a apercibirse de ello,
experimentaba tanta indignacin como si hubiese sido vctima de un
terrible engao.

Adems, en su odio haba mucho de despecho; pues a la solterona
despreciada que durante aos enteros haba rodado por los salones de la
alta sociedad sin llamar la atencin de los hombres le era forzosamente
muy antiptica una joven que, apenas salida de la pubertad, y a pesar de
vivir en su casa como en clausura, encontraba un adorador y se
comunicaba con l burlando la vigilancia de su familia.

Cuando la baronesa oy las voces de Enriqueta y Tomasa, que entraba en
la antesala de vuelta de misa, la baronesa experiment el
estremecimiento de voluptuosidad sangrienta que agita a la fiera antes
de caer sobre su vctima.

Doa Fernanda senta tal impaciencia, que no dej que su hermanastra
fuera a su cuarto para cambiar el vestido, y la llam con acento
imperioso.

Al entrar Enriqueta en el saln, sus ojos parecieron atrados por un
magnetismo misterioso, pues se fijaron inmediatamente en las cartas
acusadoras que la baronesa, a fuerza de estrujarlas en sus arranques de
indignacin, haba convertido en una arrugada pelota.

La joven quedse plantada en el dintel de la puerta, con aspecto tmido
e irresoluto, y as recibi la primera rociada de palabras furiosas que
sali a borbotones por entre los labios de la baronesa, trmula de ira.

--Pase usted adelante, desvergonzada, pase usted, que ya lo sabemos aqu
todo. Miren qu aire de inocencia el de la nia! Cualquiera, al verla,
pensara que en su vida ha roto un plato, y sin embargo, la seorita
tiene un novio, sostiene relaciones criminales a espaldas de su familia,
y est en correspondencia con un pillete insolente, escribindose
porqueras, buenas nicamente para ruborizar a toda persona honrada. Es
esa la educacin que yo te he dado? Es as como debe portarse una
seorita honrada y cristiana, a quien todos creen destinada a tan alta
honra como es ser esposa del Seor? Qu es esto, di? Qu significan
todas estas cartas que tengo en mis manos? Explcate; defindete t
misma.

Buena estaba Enriqueta para defenderse. Apenas vi que la baronesa
conoca su secreto, y que estaba en su poder el tesoro de amor que tan
cuidadosamente guardaba en su cuarto, sinti algo semejante a si se
hundiera el pavimiento y el techo cayera sobre su cabeza. Las piernas le
flaquearon y tuvo que agarrarse del cortinaje de la puerta para no caer,
al mismo tiempo que por sus ojos pasaba una densa nube.

Todo el terror que la baronesa haba infundido en aquel carcter tmido
con su educacin dura, tirnica y austera, despertaba ahora y la joven
experimentaba un terror cercano al espasmo.

En cambio, doa Fernanda, que senta gran placer en prolongar aquella
situacin, se revesta de una calma glacial y deca con irona:

--No contestas? Yo esperaba que te justificases; que me hicieras ver la
posibilidad de que una joven que quiere ser esposa del Seor pueda
recibir cartitas al mismo tiempo de un "seor distinguidsimo" que
tiene que vestir un uniforme para poder comer. Tambin quisiera que me
probases que el alma se salva y va una derechita al cielo leyendo todo
el cmulo de indecencias que contienen estos papelotes.

Y al decir esto doa Fernanda, que no poda fingir por mucho tiempo
aquella calma irnica, y que experimentaba la necesidad de desahogar su
rabia, arroj al rostro de la joven el puado de arrugadas cartas.

Enriqueta recibi en mitad de su cara aquel proyectil de papel que
encerraba sus alegras y que representaba muchas noches de lectura
placentera, interrumpida por suspiros de felicidad y besos dados a cada
rengln. Ante aquella brusca agresin de su hermanastra, la joven sinti
acrecentarse su miedo, y, para conjurar el peligro, slo supo decir, con
voz entrecortada:

--He sido muy culpable; perdn.

Al or estas palabras la baronesa ya no hizo uso de su fra irona, sino
que, dando salida a la explosin de su escandalosa violencia, lanz
sobre la joven un torrente de injurias.

Aquello era deshonroso, y una seorita que sostena tales relaciones
perda su dignidad y era motivo de afrenta para su familia. Adems,
estaba en pecado mortal una joven que era prometida del Seor y se
atreva a hablar de amor con un desconocido que sabe Dios quin sera.
Cmo se haba olvidado tan por completo de su devocin? Cmo tena la
desvergenza de asegurar a todos los piadosos amigos que visitaban
aquella casa su deseo de entrar pronto en un convento?

Enriqueta fu a contestar. Su carcter franco sublevbase ante tales
mentiras, y senta la necesidad de protestar diciendo la verdad, o lo
que es lo mismo, que ella nunca haba manifestado claramente su aficin
a entrar en un convento, siendo la baronesa, con su carcter absorbente
y desptico, la que se haba encargado de inventar aquella vocacin;
pero el terror trab su lengua y se detuvo al ver la expresin
amenazadora que contraa el rostro de doa Fernanda.

La joven slo saba oponer sus lgrimas a las irritadas palabras de la
baronesa, y con la cabeza cada sobre el pecho, llorando sin cesar,
escuchaba aquella filpica que la llenaba de terror.

Ms de media hora habl doa Fernanda, siempre en el mismo tono,
pasendose febrilmente en unas ocasiones, y en otras arrojndose con
ademn trgico sobre el asiento ms cercano. Todo el repertorio de
frases hechas que la baronesa haba adquirido hablando con sus
contertulios sali en la irritada peroracin, sembrando el terror en el
nimo de Enriqueta. Doa Fernanda habl del diablo, que a aquellas horas
deba ya considerar como suya el alma de la joven, por ser traidora a
Dios; describi con espeluznantes detalles las penas del infierno, y
acab extendiendo sus brazos al cielo como si en un ltimo arranque de
cario pidiera, misericordia para su hermana, amenazada de tremendos
peligros.

Esto conmova a Enriqueta, pues no en vano la haba educado la baronesa
a su gusto. Estremecase de horror la joven al pensar en las penas del
infierno, y temblaba pensando en la perdicin de su alma, lo que la
haca redoblar su llanto.

Por fin, la baronesa, que espiaba atentamente el efecto que sus palabras
causaban en su hermana, crey llegado el momento de cesar en sus
declamaciones y hacer algo til.

La indignacin que haba sentido al descubrir las cartas, y que era
producto de la decepcin sufrida por sus planes, y el odio de solterona
vieja, amortiguse un tanto al ver el terror convulsivo y el llanto
interminable que sus palabras producan en Enriqueta.

Lo importante para la baronesa era cumplir las instrucciones del padre
Claudio y hacer que la joven entrase en un convento.

Doa Fernanda, reflexionando sobre el suceso, comenzaba a alegrarse del
descubrimiento de las cartas, pues iba a servirle para domar por
completo a la joven y hacer que declarase con franqueza aquella vocacin
religiosa que hasta entonces slo haba sostenido por obediencia.
Convena que la joven demostrase, al ser interrogada por su padre, una
aficin sin lmites al claustro, y por esto doa Fernanda dispsose a
ser clemente, aunque exigiendo antes ciertas condiciones.

--Eres muy culpable, no a los ojos de tu familia, sino ante los de Dios;
por eso no s si debo perdonarte. Slo haciendo una gran penitencia
podra el Seor perdonarte la gran ofensa que le has inferido con esos
torpes amores. Ests t dispuesta a lavar tus culpas?

--S, hermana ma--gimote Enriqueta, deseosa de no or por ms tiempo
las irritadas acusaciones de doa Fernanda--. Conozco que he ofendido a
Dios. Dime lo que he de hacer, que yo te obedecer inmediatamente.

--Piensa--aadi la baronesa, que deseaba extremar el arrepentimiento de
su hermana--en el gran disgusto que ocasionara a tu padre el conocer
esos amoros a que tan ciegamente te has entregado. Qu afrenta para un
conde de Baselga! Ver a su hija enamorada de un militar de humilde
origen, de uno de esos a quienes los presentes tiempos revolucionarios
han elevado y que en otra poca hubieran sido nuestros lacayos. Conoces
ahora cun criminal ha sido tu conducta?

Enriqueta, al or hablar de su padre, experimentaba cierto religioso
temor, como si se tratase de un ser misterioso y extrao que se mostraba
bondadoso y humilde, pero para ocultar mejor su poder y su clera
terrible e inmensa.

La amenaza de que su padre podra llegar a conocer sus amoros caus tal
impresin a la joven, que con voz de ardiente splica dijo a su hermana:

--Oh, por Dios. Fernanda ma! Que nada sepa pap; me matara, de
seguro!

La baronesa mostrbase satisfecha al ver el terror de su vctima. Ya era
llegada la hora de imponer condiciones a cambio del perdn y del
silencio.

--Vamos a ver: tus lgrimas, son de miedo o de verdadera contricin?
Ests realmente arrepentida?

--S, hermana ma; perdname, y que Dios me perdone igualmente.

--Dios te perdonar, si es que tu arrepentimiento es sincero y haces
todo cuanto yo te diga. Por de pronto, ayunars un mes, y en todo ese
tiempo slo saldrs de tu cuarto cuando yo te lo mande. Ests conforme?

Enriqueta hizo con la cabeza una seal afirmativa.

--Entrars en un convento as que tengamos arreglados todos los
preparativos, y entretanto, mientras llega este momento, no te acercars
a los balcones, ni saldrs nunca de casa ms que en carruaje y
acompaada por m.

La joven volvi a manifestar su conformidad, y la baronesa sigui
exponiendo todas las condiciones.

No hablara ms con aquella grosera aragonesa, medianera de torpes
amores, a quien ella, la baronesa, ya arreglara despus las cuentas por
ser cmplice y protectora del capitn Alvarez, segn se desprenda de
las tales cartas. Cuando hablase con su padre el conde, aunque ste
intentase disuadirla de sus aficiones monsticas, ella se resistira
tenazmente diciendo que Dios la llamaba al claustro, y adems, para
fomentar su vocacin y ponerse a cubierto de las prfidas sugestiones de
Satn, rezara todos los das doce rosarios, y antes de dormir se
arrodillara en el desnudo suelo y besara ste dos veces en seal de
cristiana humildad.

Doa Fernanda daba gran importancia a estos detalles de la penitencia, a
juzgar por la solemnidad con que los expona, y Enriqueta manifestaba su
conformidad con todo, deseosa de terminar cuanto antes aquella terrible
escena.

--Adems, te confesars con el padre Claudio as que ste pueda
dedicarte un momento, quitndolo a sus sagradas ocupaciones. Es un santo
varn que te dar sanos consejos y a quien debes obedecer en todo si no
quieres ir al infierno.

--Te obedecer, hermana ma.

Faltaba algo grave que decir y que la baronesa guardaba para el ltimo
instante. Plantse frente a su hermanastra, y con ademn imperativo le
dijo:

--Para que el perdn sea completo y se borre hasta el ltimo vestigio de
esa pasin que te contamina y nos deshonra a todos es preciso que
inmediatamente escribas una carta a ese... "seor" Alvarez.

--Una carta?--dijo con extraeza la joven.

--S; una carta que yo te dictar y en la cual le dirs que todo ha sido
un capricho de nia, que no le amas ni amars nunca a ningn hombre, y
que tu pensamiento est puesto en Dios.

Enriqueta quedse meditabunda. Hasta entonces, con el deseo de salir
cuanto antes de tan apurada situacin, haba dicho "s" instintivamente
a todas las proposiciones; pero aquello de mostrar desprecio a Alvarez
le repugnaba, y comenzaba a darse cuenta de que la baronesa exiga de
ella demasiado.

--Qu es eso? No contestas?--pregunt doa Fernanda con irritada
impaciencia.

--Eso que me propones no es posible; sera mentir, y la mentira es un
pecado horrible.

--Segn eso, le amas?--dijo la baronesa abalanzando el cuerpo con
nervioso impulso y colocando su congestionada faz junto al desolado
rostro de Enriqueta.

--Amarle...? No lo s.

La joven preguntbase si amaba al capitn Alvarez y no saba contestarse
a s misma. Ciertamente que se reconoca culpable y que tema el castigo
de Dios y los horrores del infierno, pues nunca en sus libros de
devocin haba ledo que las santas que vivan en el cielo se hubiesen
paseado en vida por las alamedas del Retiro llevando al lado un buen
mozo a quien caa bien el uniforme; pero aquello de escribir a Alvarez
despidindose de l para siempre, le pareca muy cruel, tanto ms cuanto
que se obligaba a decir una mentira; pues ella, a pesar de sus terrores
religiosos, ms deseos senta de ser la mujer del capitn que esposa
mstica de Dios.

Adems, aquella difcil situacin, que duraba cerca de una hora, haba
desvanecido en la joven el terror experimentado en el primer momento
ante la indignacin de su hermana. Por esto permaneci impasible ante
las excitaciones de la baronesa.

--De modo--dijo sta, cada vez con acento ms indignado--que te negars
a escribir esa carta...

--Me niego, s, me niego porque en ella tendra que decir una mentira, y
eso es un horrible pecado. Yo no puedo decir que aborrezco a ese hombre.

Enriqueta dijo estas palabras sin afectacin, pero con una entereza que
doa Fernanda nunca haba supuesto en ella.

Aquello contribuy a ponerla fuera de s.

--Miren la mosquita muerta cmo va sacando ya las uas. As te he
enseado yo a contestar, gran... pecadora? Esa es la educacin que yo
te he dado? Ah! No en balde has pasado muchas maanas en el Retiro
hablando con ese grandsimo canalla. El te ha pervertido.

Enriqueta experimentaba la necesidad de defender a su amante. En el seno
de su timidez despertbase una irritabilidad que la sorprenda a ella
misma, y a pesar de todo el miedo que le inspiraba doa Fernanda,
sentase impulsada a justificar a Alvarez.

Cada uno de los insultos que la baronesa diriga a ste, causbanla el
efecto de crueles latigazos aplicados a su amor propio, y al or en toda
su irritante crudeza el calificativo de canalla, irgui su graciosa
figura con fiera altanera, demostrando con el instintivo arranque, que
en su ser haba algo de aquel Baselga subteniente de la Guardia,
susceptible y acometedor como un paladn andante.

--Oye, t--dijo con insolencia mientras brillaban de furor sus ojos,
empaados an por las lgrimas--. El capitn Alvarez no es un canalla, y
yo no puedo consentir que a un hombre honrado se le insulte de tal modo
por el delito de amarme.

La baronesa experiment la misma impresin de sorpresa que sentira un
lobo al verse mordido por un cordero. La buena doa Fernanda dudaba que
aquella joven que la miraba con ojos centelleantes fuese la misma
muchacha que temblaba al notar en su hermana mayor el ms leve gesto de
clera. Aquella rebelin inesperada excit su carcter irritable, y
agarrando a su hermanastra por las muecas, puso su rubicundo rostro
junto al de Enriqueta.

--Conque le defiendes?--rugi con acento tembloroso por la rabia--.
Conque te indignas por lo que digo de ese hombre? Pues bien, sufre
cuanto quieras, que yo no por esto dejar de decir que ese militarillo
es un canalla, un hombre sin educacin. No hay ms que leer sus cartas.
Qu respeto! Qu finura!... Mire usted qu gracioso! Llamarme a m
zuavo pontificio!...

En mala hora record doa Fernanda esta expresin de Alvarez. Al acudir
a su memoria el apodo con que la designaban los amantes experiment una
indignacin sin lmites, un cruel deseo de vengarse, y como si la
persona que tena agarrada fuera el capitn, al cual deseaba castigar,
apret furiosa los brazos de Enriqueta. Esta di un grito de dolor, y
como si esto excitara an ms el furor de la doa Fernanda, solt su
presa, e iracunda y terrible, alz sus dos manos en el espacio y las
dej caer sobre el hermoso rostro de la joven.

La escena fu horrible y repugnante. Las bofetadas y los puetazos
llovan sobre Enriqueta, que algunas veces vacil prxima a desplomarse
por la violencia de los golpes.

--Toma, perra!--vociferaba aquel energmeno con faldas--. Toma otra
para que aprendas a sacarme nombres bonitos. Ah va sa; traspsasela al
granuja de tu amante, a ese que tan "gracioso" se muestra en sus cartas.

Y doa Fernanda segua lanzando, con voz entrecortada, ironas
espeluznantes, al mismo tiempo que Enriqueta se defenda instintivamente
cubrindose el rostro con las manos, gimiendo de dolor y gritando en
demanda de socorro.

De repente, la baronesa, que estaba ebria de furor y golpeaba a su
hermana con la cabeza baja sin fijarse en sus lamentos, vi que algo
entraba en la habitacin, con la violencia de una tromba, y en el mismo
instante sinti en sus espaldas un tremendo golpe que por poco la
derrib en el suelo.

Era Tomasa, que al or los gritos de Enriqueta, entr precipitadamente
al saln. Viendo a la baronesa maltratar a su hermana, la enrgica ama
de llaves enarbol una silla y la arroj sobre doa Fernanda, dndole de
lleno en la espalda.

Aquello complic an ms la situacin.

A la baronesa le saltaron las lgrimas por el dolor que le produca el
golpe; pero sobreponindose a ste y lanzando furiosos rugidos, se
arroj sobre Tomasa sin soltar por esto a Enriqueta, en cuyos brazos
haba hecho presa.

La escena fu vergonzosa. Tena todo el carcter de una ria de
plazuela, y por lo mismo resultaba extraa en aquel saln lujoso y de
tonos lbregos, que se conmova con la violencia de la lucha.

Las dos mujeres eran de irritable carcter y fiero empuje; y una lucha
entre ellas tomaba un carcter de grotesca epopeya.

El odio tradicional que doa Fernanda senta contra el ama de llaves
encontraba ocasin para desahogarse; y Tomasa, por su parte, no senta
mejores intenciones acerca de la baronesa. El resultado de aquella
enemistad antigua se manifestaba por fin en forma de crueles bofetadas,
soberanos puetazos y mordiscos frustrados, todo ello con acompaamiento
de frases soeces que se escapaban de las bocas jadeantes y un incesante
tirar de las greas que dejaba las testas de las combatientes tan
horriblemente espeluznadas como la cabeza de Medusa.

Enriqueta, arrastrada siempre por su hermana, haba quedado sujeta entre
el grupo que formaban las dos enemigas, y asombrada, lloriqueando y
oprimida por aquel paquete de carne humana, iba de un lado a otro del
saln, recibiendo de vez en cuando algn manotazo perdido.

La pelea resultaba ruidosa. El belicoso grupo se empujaba de un extremo
a otro de la habitacin; las sillas rodaban por el suelo, y un vigoroso
codazo de Tomasa hizo aicos con chilln estruendo todo el museo de
pinturas fantsticas y estrambticas con que un artista chino haba
embellecido el juego de porcelana que adornaba una consola.

Aquella lucha ruidosa, que duraba ya algunos minutos, haba puesto en
conmocin toda la casa.

Fuera de la habitacin sonaban repiqueteantes campanillas y los pasos
apresurados de gente que corra.

Nada de esto llegaba a odos de las dos mujeres, que, tercas en su odio,
se hubieran hecho pedazos antes que desasirse.

De repente se sintieron agarradas por dos manazas de hierro que, a pesar
de su potencia, hubieron de forcejear algo para deshacer aquel estuche
de carne que asfixiaba a Enriqueta.

--Pap!--grit sta--. Ya lleg pap! Gracias a Dios!

Las dos combatientes, desgreadas, sudorosas y delirantes como furias,
vieron ante ellas al conde de Baselga, con sus enormes manazas,
nerviosamente contradas, y el ceo fruncido.

An no se haba extinguido en ellas el furor; an iban a reanudar aquel
pugilato del que las haba sacado las manos del conde, pero ste
intervino con oratoria convincente.

--A la primera que se mueva, de un sopapo la tiendo.

Las dos luchadoras miraron a la puerta, y entonces el furor desapareci
para ser reemplazado por la vergenza.

El escndalo era completo.

All, estrechndose y avanzando la cabeza para ver mejor, estaba toda la
servidumbre de la casa, desde la doncella de la baronesa al panzudo
portero. El cochero y la cocinera hacan esfuerzos para no rerse, y
procuraban imitar el gesto de estpida extraeza de sus compaeros.

El conde, ante aquella curiosidad domstica, sufri como pocas veces en
su vida.

Cunto iba a rerse aquella gente! Tenan ya tela cortada para
murmuraciones que duraran ms de un mes.

       *       *       *       *       *

Los errores corregidos por el transcriptor:

bibilotecas=> bibliotecas {pg 12}

su familia le ocurri dedicarlo=> su familia se le ocurri dedicarlo {pg
24}

naturalea=> naturaleza {pg 30}

palaciejo=> palaciejo {pg 39}

busco=> busc {pg 43}

extrordinarios=> extraordinarios {pg 50}

jeusta=> jesuta {pg 54}

un exhibicin=> una exhibicin {pg 58}

condescencias=> condescendencias {pg 59}

El padre Felipe hizo un gesto con el que quira signifi-bien=> El padre
Felipe vacil en contestar no comprendiendo bien {pg 68}

que me la gana=> que me da la gana {pg 71}

probrecito=> pobrecito {pg 83}

unas cuantos=> unos cuantos {pg 88}

areglrselas=> arreglrselas {pg 97}

los estanques cargados de libros=> los estantes cargados de libros {pg
130}

inmismuirse=> inmiscuirse {pg 135}

rebexionando=> reflexionando {pg 148}







End of Project Gutenberg's La araa negra, t. 3/9, by Vicente Blasco Ibez

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*** START: FULL LICENSE ***

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work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
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Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
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The Foundation is committed to complying with the laws regulating
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States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
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approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
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Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
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works.

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with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


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