The Project Gutenberg EBook of Noli me tngere, by Jos Rizal

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Title: Noli me tngere
       Novela Tagala, Edicin completa con notas de R. Sempau

Author: Jos Rizal

Annotator: R. Sempau

Release Date: December 7, 2014 [EBook #47584]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK NOLI ME TNGERE ***




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                               JOS RIZAL

                            NOLI ME TNGERE
                             NOVELA TAGALA

                Edicin completa con notas de R. SEMPAU


                        Qu, no podra Csar presentarse
                          En vuestras tablas y un heroico Aquiles,
                          Un Orestes  Andrmaca mostrarse?

                        Quia! Si no vemos ms que concejiles
                          Personas, curas, frailes, secretarios,
                          Mercaderes, soldados, alguaciles.

                        Dime: qu pueden tales perdularios
                          Pensar  hacer? Para esos hombres viles
                          Slo ocurren sucesos ordinarios!

                                     Schiller: La sombra de Shakespeare.


                               BARCELONA

              Casa Editorial Maucci.--Mallorca, 226 y 228

                   Buenos Ayres      Mxico
                   Maucci Hermanos   Maucci Hermanos
                   Cuyo, 1070        1.a del Relox, 1

                                  1902






JOS RIZAL Y MERCADO


Naci en Calamba  hizo sus primeros estudios en Manila, donde public
sus poesas juveniles. Tena slo trece aos cuando di al teatro un
melodrama en verso que llevaba por ttulo: Junto al Psig, y despus
de esta produccin, favorablemente acogida por el pblico y la prensa,
escribi una oda A la Juventud filipina y una loa denominada El Consejo
de los Dioses, dedicada  conmemorar el centenario de Cervantes.

Discpulo de los jesutas, recibi de stos educacin esmerada, con
que se acrecent su natural ingenio. En 1882, siendo an muy joven,
pas  Espaa y curs la carrera de mdico y la de Filosofa y Letras.

Poco despus, visit las principales poblaciones de Europa y se
entreg con ardor al estudio de la filologa. Conocedor de algunas
lenguas clsicas, quiso aprender los principales idiomas europeos,
y merced  su aplicacin, su claro entendimiento y sus viajes, sali
airoso de su intento. Posey, adems del tagalo, su lengua materna,
el espaol y el ilocano, aunque este ltimo no le fu nunca familiar
como el primero.

No conoci la pereza. En las horas que su profesin de mdico le
dejaba libres, pintaba y esculpa. Su habilidad de escultor era muy
notable, y, segn Blumentritt, revelaba verdadera vocacin de artista,
encariado con la improductiva y hermosa labor.

Vivi sucesivamente en Pars, Bruselas, Berln, Londres, Gante y
las principales ciudades del Rhin, flores abiertas al lado de las
fecundas aguas. Tambin se detuvo en Italia y cruz los lagos de
Suiza, que parecen reflejar en sus ondas la alegra y la pureza del
cielo del Medioda.

En 1890, despus de su viaje al Japn, volvi  Madrid y con
Marcelo del Pilar y otros filipinos public La Solidaridad, peridico
consagrado  la defensa de los intereses del Archipilago. Su vigorosa
campaa, slo secundada por algunos liberales, no mereci la aprobacin
de los polticos en general, y, desalentado, se march  Blgica,
fijando otra vez su residencia en la ciudad de Gante, donde public
un libro titulado El Filibusterismo.

Desde Gante envi  La Solidaridad algunos bien escritos artculos
que le acreditaban de audaz polemista y distinguido literato, y all
corrigi las notas destinadas  la nueva edicin del curioso libro
de Morga, Sucesos de las Islas Filipinas, reimpreso en Pars.

Pero el dulce recuerdo del pas natal no le abandonaba un solo
instante: en Filipinas viva su amada, all tena sus parientes y
amigos que le llamaban sin cesar, deseosos de abrazarle, y por su
desgracia parti, en el punto en que estallaba la sangrienta revuelta
de Calamba, suceso inesperado que le oblig  detenerse en Hong-Kong.

Meses despus, desoyendo los consejos de sus paisanos y los
requerimientos de la prudencia, fiado en la decantada lealtad espaola,
nada menos que parti  Manila y fu detenido al llegar, no obstante
el salvoconducto que llevaba, refrendado por el Capitn general del
Archipilago.

Se le envi desterrado  Dapitn (Mindanao) y se le prohibi toda
comunicacin con sus partidarios,  la vez que la autoridad local
le someta  la ms escrupulosa vigilancia. Esta incomunicacin no
impidi que, cuatro aos ms tarde, al declararse la insurreccin por
l prevista, se le procesase militarmente y se le condujese  Manila.

En Septiembre de 1896 vino  Barcelona, recomendado  la benevolencia
de las autoridades militares por el general Blanco, que noblemente
quera arrancarle al poder de sus enemigos. Pero stos, que eran los
ms fuertes y se obstinaban en perderle, resueltos  lograr la muerte
del patriota filipino, pidieron nuevo Consejo de guerra y Rizal no
tuvo ms remedio que volver  Manila.

El tribunal militar, en vista de los datos aportados al juicio,
desestim las pruebas aducidas por el defensor, y no reconoci,  no
pudo reconocer la inocencia del procesado, que desde haca muchos
aos estaba materialmente imposibilitado para conspirar  preparar
una revuelta, y que, en sus libros  de palabra, haba demostrado el
inmenso amor que senta por Espaa.

El da 30 de Diciembre, al despuntar el alba, ofreci su vida  la
patria, en aquel campo de Bagumbayan donde Burgos y sus compaeros
derramaran con placer su sangre rebelde, que tan cara hemos pagado
con la sangre de nuestros soldados y el dinero de nuestros mercaderes.



Noli me tngere es un libro imperfecto, muy agradable, ingenuo,
romntico, notable por su valenta, en el que estn retratados de
cuerpo entero los hombres  quienes debemos la prdida de todas
las colonias.

Escrito para los indios que deban leerle en tagalo, ilocano y visayo,
tiene la sencillez de un relato ms sentimental que artstico; y
su mrito consiste en haber sido publicado oportunamente, cuando era
necesario que al combate precediese la advertencia, inspirada en nobles
deseos y dirigida  un adversario ms corajudo y ms obcecado que leal.

No sabemos si la sinceridad patritica que resplandece en la obra
de Rizal desarmar  sus detractores. En todo caso conviene advertir
que este libro no es para  ledo ante un Consejo de guerra. Contiene
afirmaciones que deben ser meditadas y alusiones que no pueden ser
comprendidas por la justicia militar. Acaso el espaolismo de los
espaoles est reido con el de Rizal. Eso consiste en que los poetas
no piensan ni sienten como los dems hombres. Si Rizal no fu espaol
al uso, sus razones tendra para ello. Acaso nosotros hemos sido
filipinos ms que para devastar y ensangrentar el Archipilago?

Gegrafos eminentes creen que la dominacin espaola ha sido ms
tolerable que un protectorado holands  ingls.

En efecto, somos demasiado perezosos para ser crueles, y no sacamos la
espada ms que en los casos de apuro, cuando ya fuera mejor dejarla
quieta al cinto. Esta indolencia es la causa de las desgracias que
nos afligen. Hemos descuidado siempre el lado utilitario de una
conquista para aceptar tan slo las msticas ventajas que sta nos
ofreca. Somos los conquistadores que, en nombre del Seor, toman
posesin de una tierra inculta y no se dignan mejorarla.

Nuestra candidez nos valdr los elogios que, por pura frmula,
se consignan en una Geografa. Y se dir de nosotros que tenemos el
mejor mtodo de colonizacin, el cual consiste en no colonizar, y que
podamos haber conservado todas las posesiones con slo prescindir
por un instante del Altsimo,  lo que es igual, de sus frailes.

Sin contar con que, en lo concerniente  la lisonjera afirmacin de
nuestra bondad, podra hacerse ms de un distingo, pues no hay que
olvidar que los ltimos gobernadores de las colonias se han mostrado
tan severos como Simn de Anda, sin imitarle en las cosas buenas que
supo hacer.




MI LTIMO PENSAMIENTO

Poesa escrita por Rizal la vspera de su muerte.


          Adis, patria adorada, regin del sol querida!
        Perla del mar de Oriente, nuestro perdido edn;
         darte voy alegre la triste, mustia vida.
        Si fuera ms brillante, ms fresca, ms florida,
        tambin por t la diera, la diera por tu bien.

          En campos de batalla, luchando con delirio,
        otros te dan sus vidas, sin dudas, sin pesar;
        el sitio nada importa: ciprs, laurel  lirio,
        cadalso  campo abierto, combate  cruel martirio,
        lo mismo es, si la piden la patria y el hogar.

          Yo muero cuando veo que el cielo se colora
        y al fin anuncia el da tras lbrego capuz;
        si grana necesitas para teir tu aurora,
        vierte la sangre ma, derrmala en buen hora,
        y drela un reflejo de tu naciente luz.

          Mis sueos cuando apenas muchacho adolescente;
        mis sueos cuando joven, ya lleno de vigor,
        fueron el verte un da, joya del mar de Oriente,
        secos los negros ojos, alta la tersa frente,
        sin ceos, sin arrugas ni manchas de rubor.

          Ensueo de mi vida, mi ardiente y vivo anhelo!
        Salud! te grita el alma que pronto va  partir.
        Salud!... Oh! que es hermoso caer por darte vuelo,
        morir por darte vida, morir bajo tu cielo,
        y en tu encantada tierra la eternidad dormir!

          Si sobre mi sepulcro vieses brotar un da,
        entre la espesa hierba, sencilla, humilde flor,
        acrcala  tus labios, que es flor del alma ma,
        y sienta yo en mi frente, bajo la tumba fra,
        de tu ternura el soplo, de tu hlito el calor.

          Deja  la luna verme con luz tranquila y suave,
        deja que el alba enve su resplandor fugaz;
        deja gemir al viento con su murmullo grave,
        y si desciende y posa sobre mi cruz un ave,
        deja que el ave entone un cntico de paz.

          Deja que el sol ardiente las lluvias evapore
        y al cielo tornen puras con mi clamor en pos;
        deja que un ser amigo mi fin temprano llore;
        y en las serenas tardes, cuando por m alguien ore,
        ora tambin oh patria! por mi descanso  Dios.

          Ora por todos cuantos murieron sin ventura;
        por cuantos padecieron tormentos sin igual,
        por nuestras pobres madres, que lloran su amargura;
        por hurfanos y viudas, por presos en tortura,
        y porque pronto veas tu redencin final!

          Y cuando en noche oscura se envuelva el cementerio,
        y slo restos yertos queden velando all,
        no turbes el reposo, no turbes el misterio;
        pero si acordes oyes de ctara  salterio,
        soy yo, querida patria, yo que te canto  t.

          Y cuando ya mi tumba, de todos olvidada,
        no tenga cruz, ni piedra que marquen su lugar,
        deja que la are el hombre, que la esparza la azada,
        que todas mis cenizas se vuelvan  la nada,
        y en polvo de tu alfombra se vayan  formar.

          Entonces nada importa me pongas en olvido!
        Tu atmsfera, tus campos, tus valles cruzar;
        vibrante y limpia nota ser para tu odo;
        aroma, luz, colores, rumor, canto, gemido,
        constante repitiendo la esencia de mi fe!

          Mi patria idolatrada, dolor de mis dolores;
        querida Filipinas, oye el postrer adis!
        Ah te dejo todo: mis padres, mis amores!
        voy  do no hay esclavos, verdugos ni opresores,
        donde la fe no mata, donde el que reina es Dios!

          Adis, padres y hermanos, trozos del alma ma,
        amigos de la infancia en el perdido hogar!
        Dad gracias; ya descanso del fatigoso da.
        Adis, dulce extranjera, mi amiga, mi alegra!
        Adis, queridos seres!... Morir es descansar!


Hoy, 30 de Diciembre de 1901, hace cinco aos que cay en Manila bajo
el plomo de los soldados de Espaa, vctima del encono de sus enemigos,
el apstol de la libertad de Filipinas, verdadero mrtir de la causa
de su patria.

H aqu como describe un periodista espaol aquel tristsimo suceso:

Todava se cometi otro delito ms grave de lesa humanidad. Al caer
el infeliz reo, atravesado el corazn por la espalda, en medio de
aquel tenebroso cuadro formado por miles de espaoles, entre los que
se destacaban elegantes mujeres, cual impdicas damas de la brbara
Roma en una fiesta del Coliseo, al sonar la mortfera descarga y
dar en tierra aquel endeble cuerpo sobre el paseo de la Luneta, una
exclamacin general de vivas y bravos fu la nica y piadosa oracin
cristiana, que elevaron al cielo tantos espectadores.

El Dr. Rizal fu asistido en la capilla por sus antiguos profesores
los P. P. Faura, Villaclara y Viza, y el misionero P. Balaguer,  quien
haba conocido durante su destierro en Dapitn. A la maana siguiente
despidise de su septuagenaria y desconsolada madre y de su hermana,
casse con su fiel compaera la irlandesa Josefina Brocken, escribi
 su hermano, compuso una poesa y preparse para ir al fusilamiento.

Entre un piquete de artilleros, y asistido por los padres March y
Villaclara, sali de la fortaleza de Santiago  las siete de la maana;
al entrar en el cuadro despidise de su defensor con un apretn de
manos, y puesto de frente  los soldados indgenas encargados de la
ejecucin, pretendi morir cara  cara, mas seguro de que haban de
herirle por la espalda, recomend lo hicieran al corazn, y exclamando
Consummatum est, recibi la descarga, di media vuelta, vacil un
poco, y cay sobre el costado derecho en un escaln de la Luneta, y
junto  un grupo de arbustos. Un tiro de gracia le remat en seguida,
quedando ilesa su cabeza y con los ojos abiertos.


                                (De La Correspondencia, de Puerto Rico).






A MI PATRIA


Regstrase en la historia de los padecimientos humanos un cncer de
un carcter tan maligno, que el menor contacto le irrita y despierta
en l agudsimos dolores. Pues bien, cuantas veces en medio de las
civilizaciones modernas he querido evocarte, ya para acompaarme de
tus recuerdos, ya para compararte con otros pases, siempre se me
present tu querida imagen con un cncer social parecido.

Deseando tu salud que es la nuestra, y buscando el mejor tratamiento,
har contigo lo que con sus enfermos los antiguos: exponanlos en
las gradas del templo, para que cada persona que viniese  invocar
 la Divinidad les propusiese un remedio.

Y  este fin, tratar de reproducir fielmente tu estado sin
contemplaciones; levantar parte del velo que encubre el mal,
sacrificando  la verdad todo, hasta el mismo amor propio, pues,
como hijo tuyo, adolezco tambin de tus defectos y flaquezas.


                                                        Europa 1886.

                                                            El Autor






NOLI ME TNGERE


I

UNA REUNIN


A fines de Octubre, don Santiago de los Santos, conocido popularmente
con el nombre de Capitn Tiago, daba una cena, que, sin embargo de
haberla anunciado aquella tarde tan slo, contra su costumbre, era ya
el tema de todas las conversaciones en Binondo, en otros arrabales y
hasta en Intramuros. Capitn Tiago pasaba entonces por el hombre ms
rumboso, y sabase que su casa, como su pas, no cerraba las puertas
 nadie, como no fuese al comercio   toda idea nueva  atrevida.

Como una sacudida elctrica corri la noticia en el mundo de los
parsitos, moscas  colados que Dios cri en su infinita bondad,
y tan cariosamente multiplica en Manila. Unos buscaron betn para
sus botas; otros, botones y corbatas, pero todos preocupados del modo
como haban de saludar ms familiarmente al dueo de la casa, para
hacer creer en antiguas amistades,  excusarse, si  mano viniese,
de no haber podido acudir ms temprano.

Dbase esta cena en una casa de la calle de Anloague, y ya que no
recordamos su nmero, la describiremos de manera que se la reconozca
an, si es que los temblores no la han arruinado. No creemos que
su dueo la haga derribar, porque de este trabajo ordinariamente
se encarga all Dios  la Naturaleza, que tambin tiene de nuestro
Gobierno muchas obras contratadas.--Es ello un edificio bastante
grande,  estilo de los muchos del pas, situado hacia la parte
que da  un brazo del Psig, llamado por algunos ra de Binondo,
y que desempea, como todos los ros de Manila, el mltiple papel
de bao, alcantarilla, lavadero, pesquera, medio de transporte y
comunicacin y hasta agua potable, si lo tiene por conveniente el
chino aguador. Es de notar que esta poderosa arteria del arrabal en
donde ms el trfico bulle y aturde el vaivn, en una distancia de
casi un kilmetro, apenas cuenta con un puente de madera, descompuesto
por un lado durante seis meses  intransitable por el otro el resto
del ao, de tal suerte, que los caballos en la temporada del calor
aprovechan este permanente stato quo para desde all saltar al agua,
con gran sorpresa del distrado mortal, que en el interior del coche
dormita  filosofa sobre los progresos del siglo.

La casa  que aludimos es algo baja y de lneas no muy correctas:
que el arquitecto que la haya construdo no viera bien,  que esto
fuera efecto de los terremotos y huracanes, nadie puede decirlo con
seguridad. Una ancha escalera de verdes balaustres y alfombrada 
trechos conduce desde el zagun  portal, enlosado de azulejos, al
piso principal, entre macetas y tiestos de flores sobre pedestales
de losa china de abigarrados colores y fantsticos dibujos.

Pues que no hay porteros ni criados que pidan  pregunten por
el billete de invitacin, subiremos, oh t que me lees, amigo 
enemigo! si es que te atraen los acordes de la orquesta, la luz
 el significativo clin clan de la vajilla y de los cubiertos, y
quieres ver cmo son las reuniones all en la Perla del Oriente. Con
gusto y por comodidad ma te ahorrara  t de la descripcin de
la casa, pero esto es muy importante, pues nosotros los mortales
en general somos como las tortugas: valemos y nos clasifican por
nuestras conchas; por esto y otras cualidades ms como tortugas son
tambin los mortales de Filipinas.--Si subimos, nos encontraremos de
golpe en una espaciosa estancia, llamada all cada, no s por qu,
que esta noche sirve de comedor al mismo tiempo que de saln de la
orquesta. En medio, una larga mesa, adornada profusa y lujosamente,
parece guiar al colado con dulces promesas, y amenazar  la tmida
joven,  la sencilla dalaga, con dos horas mortales en compaa de
extraos, cuyo lenguaje y conversacin suelen tener un carcter muy
particular. Contrastando con estos terrenales preparativos estn los
abigarrados cuadros de las paredes, representando asuntos religiosos
como El Purgatorio, El Infierno, El Juicio final, La muerte del Justo,
La del Pecador, y en el fondo, aprisionado en un esplndido y elegante
marco estilo Renacimiento que Arvalo tallara, un curioso lienzo de
grandes dimensiones en que se ven dos viejas... La inscripcin dice:
Nuestra Seora de la Paz y Buenviaje, que se venera en Antipolo,
bajo el aspecto de una mendiga, visita en su enfermedad  la piadosa
y clebre capitana Ins. [1] La composicin, si no revela mucho
gusto ni arte, tiene en cambio sobrado realismo: la enferma parece
ya un cadver en putrefaccin por los tintes amarillos y azules
de su rostro; los vasos y dems objetos, ese cortejo de las largas
enfermedades, estn reproducidos tan minuciosamente que se ven hasta
sus contenidos. Al contemplar estos cuadros que excitan el apetito
 inspiran ideas buclicas, acaso piense alguno que el maligno dueo
de la casa conoca muy bien el carcter de la mayor parte de los que
se han de sentar  la mesa, y para velar un poco su pensamiento ha
colgado del plafn preciosas lmparas de China, jaulas sin pjaros,
esferas de cristal azogado, rojas verdes y azules, plantas areas
marchitas, pescados desecados  inflados, que llaman botetes, etc.,
cerrando el todo por el lado que mira al ro con caprichosos arcos de
madera, medio chinescos medio europeos, y dejando ver en una azotea
emparrados y glorietas alumbrados escasamente por farolitos de papel
de todos colores.

All en la sala estn los que han de comer, entre colosales espejos y
brillantes araas: all, sobre una tarima de pino, est el magnfico
piano de cola de un precio exorbitante, y ms precioso an esta noche,
porque nadie lo toca. All hay un grande retrato al leo de un hombre
bonito, de frac, tieso, recto, simtrico como el bastn de borlas
que lleva entre sus rgidos dedos cubiertos de anillos: el retrato
parece decir:

--Ejem! !mirad cunto llevo puesto y qu serio estoy!

Los muebles son elegantes, acaso incmodos y malsanos: el dueo de la
casa no pensara en la higiene de sus convidados, sino en el propio
lujo.--Es cosa terrible la disentera, pero os sentis en sillones
de Europa y eso no se tiene siempre! les dira l.

La sala est casi llena de gente: los hombres separados de las
mujeres, como en las iglesias catlicas y en las sinagogas. Ellas son
unas cuantas jvenes entre filipinas y espaolas: abren la boca para
contener un bostezo, pero la tapan al instante con sus abanicos; apenas
murmuran algunas palabras; cualquiera conversacin que se aventura
muere entre monoslabos, como esos ruidos que se oyen de noche en
una casa, ruidos causados por ratones y lagartijas. Son acaso las
imgenes de diferentes Nuestras Seoras que cuelgan de las paredes
las que las obligan  guardar el silencio y la compostura religiosa,
 es que aqu las mujeres forman una excepcin?

La nica que reciba  las seoras era la vieja, prima de Cpn. Tiago,
de facciones bondadosas y que hablaba bastante mal el castellano. Toda
su poltica y urbanidad consista en ofrecer  las espaolas una
bandeja de cigarros y buyos [2], y en dar  besar la mano  las
filipinas, exactamente como los frailes. La pobre anciana acab por
aburrirse y, aprovechando el ruido de un plato que se rompa, sali
precipitadamente, murmurando:

--Jess! Esperad, indignos!

Y no volvi  parecer.

En cuanto  los hombres, stos ya hacan ms ruido. Algunos cadetes
hablaban con animacin, pero en voz baja, en uno de los rincones,
mirando de cuando en cuando y sealando  veces con el dedo 
varias personas de la sala; y se rean entre ellos ms  menos
disimuladamente; en cambio, dos extranjeros, vestidos de blanco,
cruzadas las manos detrs y sin decir palabra, pasebanse de un extremo
 otro de la sala  grandes pasos, como hacen los aburridos pasajeros
sobre la cubierta de un buque. Todo el inters y la mayor animacin
partan de un grupo formado por dos religiosos, dos paisanos y un
militar alrededor de una mesita en que se vean botellas de vino y
bizcochos ingleses.

El militar era un viejo teniente, alto, de fisonoma adusta; pareca un
duque de Alba rezagado en el escalafn de la Guardia Civil; hablaba
poco, pero duro y breve.--Uno de los frailes, un joven dominico,
hermoso, pulcro y brillante como sus gafas de montura de oro, tena
una temprana gravedad: era el cura de Binondo, y fu en aos anteriores
catedrtico en San Juan de Letrn. Tena fama de consumado dialctico,
tanto, que en los tiempos en que los hijos de Guzmn se atrevan an
 luchar en sutilezas como los seglares, el hbil argumentador B. de
Luna no haba podido jams embrollarle ni cogerle: los distingos de
fray Sibyla le dejaban como al pescador que quiere coger anguilas
con lazos. El dominico hablaba poco y pareca pesar sus palabras.

Por el contrario, el otro, que era un franciscano, hablaba mucho
y gesticulaba ms. Sin embargo de que sus cabellos empezaban 
encanecer, pareca conservarse bien su robusta naturaleza. Sus
correctas facciones, su mirada poco tranquilizadora, sus anchas
quijadas y hercleas formas le daban el aspecto de un patricio romano
disfrazado, y, sin quererlo, os acordaris de uno de aquellos tres
monjes de que habla Heine en sus Dioses en el destierro, que por el
Equinoccio de Septiembre, all en el Tirol, pasaban  media noche en
barca un lago, y cada vez depositaban en la mano del pobre barquero
una moneda de plata, como el hielo fra, que le dejaba lleno de
espanto. Sin embargo, fray Dmaso no era misterioso como aquellos;
era alegre, y si el timbre de su voz era brusco como el de un hombre
que jams se ha mordido la lengua, que cree santo  inmejorable cuanto
dice, su risa alegre y franca borraba esta desagradable impresin,
y hasta se vea uno obligado  perdonarle el ensear en la sala unos
pies sin calcetines y unas piernas velludas, que haran la fortuna
de un Mendieta en las ferias de Quiapo [3].

Uno de los paisanos, un hombre pequeito, de barba negra, slo tena
de notable la nariz que,  juzgar por sus dimensiones, no deba ser
suya; el otro, un joven rubio, pareca recin llegado al pas: con
ste sostena el franciscano una viva discusin.

--Ya lo ver,--deca el fraile;--como cuente en el pas algunos meses,
se va  convencer de lo que le digo: una cosa es gobernar en Madrid
y otra estar en Filipinas.

--Pero...

--Yo, por ejemplo,--continu fray Dmaso levantando ms la voz para
no dejarle al otro la palabra,--yo que cuento ya veintitres aos de
pltano y morisqueta [4], yo puedo hablar con autoridad sobre ello. No
me salga usted con teoras ni retricas; conozco al indio. Haga cuenta
que desde que llegu al pas, fu destinado  un pueblo, pequeo, es
verdad, pero muy dedicado  la agricultura. Todava no saba yo muy
bien el tagalo, pero ya confesaba  las mujeres, y nos entendamos,
y tanto me llegaron  querer que, tres aos despus, cuando me pasaron
 otro pueblo mayor, vacante por la muerte del cura indio, todas se
pusieron  llorar, me colmaron de regalos, me acompaaron con msica...

--Pero eso slo demuestra...

--Espere, espere usted! no sea tan vivo! El que me sucedi permaneci
menos tiempo, y cuando sali tuvo ms acompaamiento, ms lgrimas
y ms msica, y eso que pegaba ms y haba subido los derechos de la
parroquia casi el doble.

--Pero usted me permitir...

--Aun ms; en el pueblo de san Diego he estado veinte aos y slo hace
algunos meses que lo he... dejado (aqu pareci disgustarse). Veinte
aos, no me lo podr negar nadie, son ms que suficientes para
conocer un pueblo. San Diego tena seis mil almas, y yo conoca  cada
habitante como si yo lo hubiese parido y amamantado: saba de qu pie
cojeaba ste, dnde le apretaba el zapato  aqul, quin le haca el
amor  aquella dalaga, qu deslices haba tenido sta y con quin,
cul era el verdadero padre del chico, etctera, como que confesaba 
todo bicho; se guardaban bien de faltar  su deber. Dgalo, si miento,
Santiago, el dueo de la casa; all tiene muchas tierras y all fu
donde hicimos nuestras amistades. Pues bien, ver usted lo que es
el indio; cuando sal, apenas me acompaaron unas viejas y algunos
hermanos terceros, y eso que he estado veinte aos!

--Pero no hallo que eso tenga que ver con el desestanco del
tabaco,--contest el rubio aprovechando una pausa, mientras el
franciscano tomaba una copita de Jerez.

Fray Dmaso, lleno de sorpresa, por poco deja caer la copa. Quedse
un momento mirando de hito en hito al joven.

--Cmo? cmo?--exclam despus, con la mayor extraeza.--Pero es
posible que no vea usted eso que es claro como la luz? No ve usted,
hijo de Dios, que todo esto prueba palpablemente que las reformas de
los ministros son irracionales?

Esta vez fu el rubio el que se qued perplejo; el teniente arrug
ms las cejas; el hombre pequeito mova la cabeza como para dar la
razn  fray Dmaso  para negrsela. El dominico se content con
volverles casi las espaldas  todos.

--Cree usted?...--pudo al fin preguntar muy serio el joven y mirando
lleno de curiosidad al fraile.

--Que si creo? Como en el Evangelio! El indio es tan indolente!

--Ah! perdone usted que le interrumpa,--dijo el joven bajando la voz
y acercando un poco su silla;--ha pronunciado una palabra que llama
todo mi inters: existe verdaderamente, nativa, esa indolencia en
los naturales,  sucede, segn un viajero extranjero, que nosotros
excusamos con esta indolencia la nuestra propia, nuestro atraso y
nuestro sistema colonial? Hablaba de otras colonias cuyos habitantes
son de la misma raza...

--Ca! Envidias! Pregnteselo al seor Laruja, que tambin conoce
el pas; pregntele si la ignorancia y la indolencia del indio
tienen igual!

--En efecto,--contest el hombre pequeito, que era el aludido,--en
ninguna parte del mundo puede usted ver otro ms indolente que el
indio, en ninguna parte del mundo!

--Ni otro ms vicioso, ni ms ingrato!

--Ni ms mal educado!

El joven rubio principi  mirar con inquietud  todas partes.

--Seores, dijo en voz baja, creo que estamos en casa de un indio;
esas seoritas...

--Bah! no sea usted tan aprensivo! Santiago no se considera indio,
y adems, no est presente y... aunque estuviera! Esas son tonteras
de los recin venidos. Deje que pasen algunos meses; cambiar de
opinin cuando haya frecuentado muchas fiestas y bailujan [5],
dormido en los catres y comido mucha tinola.

--Es acaso eso que usted llama tinola una fruta de la especie del
loto que vuelve  los hombres... as... como olvidadizos?

--Qu loto ni qu lotera!--contest riendo el padre Dmaso;--est
usted tocando el bombo. Tinola es un gula [6] de gallina y
calabaza. Cunto tiempo hace que ha llegado usted?

--Cuatro das,--profiri el joven algo picado.

--Viene como empleado?

--No, seor: vengo por cuenta propia para conocer el pas.

--Hombre, qu pjaro ms raro!--exclam fray Dmaso mirndole
con curiosidad.--Venir por cuenta propia y por tonteras! Qu
fenmeno! Habiendo tantos libros... con tener dos dedos de
frente... muchos han escrito as grandes libros! Con tener dos dedos
de frente...

--Deca vuestra reverencia, padre Dmaso,--interrumpi bruscamente el
dominico cortando la conversacin,--que ha estado vuestra reverencia
veinte aos en el pueblo de San Diego y lo ha dejado... No estaba
vuestra reverencia contento del pueblo?

Fray Dmaso,  esta pregunta, hecha con un tono tan natural y casi
negligente, perdi repentinamente la alegra y dej de reir.

--No!--gru secamente, y se dej caer con violencia contra el
respaldo del silln.

El dominico prosigui en tono ms indiferente an:

--Doloroso debe ser dejar un pueblo donde se ha estado veinte aos,
y que se conoce como el hbito que se lleva. Yo, al menos, sent
dejar Camiling, y eso que estuve pocos meses... pero los superiores
lo hacan para bien de la Comunidad... para bien mo.

Fray Dmaso por primera vez en aquella noche pareca muy preocupado. De
repente di un puetazo sobre el brazo de su silln y, respirando
con fuerza, exclam:

--O hay religin  no la hay, esto es,  los curas son libres 
no! El pas se pierde, est perdido!

Y volvi  dar otro puetazo.

Toda la sala, sorprendida, se volvi hacia el grupo: el dominico
levant la cabeza para mirarle por debajo de sus gafas. Los dos
extranjeros que se paseaban parronse un momento, se miraron,
enseronse un poco sus dientes incisivos, y continuaron acto seguido
su paseo.

--Est de mal humor porque usted me lo ha tratado de
reverencia!--murmur al odo del joven rubio el seor Laruja.

--Qu quiere vuestra reverencia decir? qu le pasa?--preguntaron
el dominico y el teniente en diferentes tonos de voz.

--Por eso vienen tantas calamidades! Los gobernantes sostienen 
los herejes contra los ministros de Dios!--continu el franciscano
levantando sus robustos puos.

--Qu quiere usted decir?--volvi  preguntar el cejijunto teniente,
medio levantndose.

--Qu quiero decir?--repiti fray Dmaso alzando ms la voz y
encarndose con el teniente.--Yo digo lo que yo quiero decir! Yo, yo
quiero decir que cuando el cura arroja de su cementerio el cadver de
un hereje, nadie, ni el mismo rey tiene derecho  mezclarse y menos 
imponer castigos. Conque un generalito, un generalito Calamidad [7]...

--Padre, su excelencia es Vice Real Patrono!--grit el militar
levantndose.

--Qu excelencia ni qu Vice Real Patrono!--contest el franciscano
levantndose tambin.--En otro tiempo se le hubiera arrastrado
escaleras abajo, como lo hicieron una vez las Corporaciones con el
impo gobernador Bustamante. Aquellos s que eran tiempos de fe!

--Le advierto que yo no permito... Su Excelencia representa 
S. M. el rey!

--Qu rey ni qu Roque! para nosotros no hay ms rey que el
legtimo...

--Alto!--grit el teniente amenazador y como si se dirigiera  sus
soldados;-- retira usted cuanto ha dicho  maana mismo doy parte
 Su Excelencia...

--Ande usted ahora mismo, ande usted!--contest con sarcasmo fray
Dmaso, acercndosele con los puos cerrados.--Cree usted que porque
yo llevo hbito, me faltan?... Ande usted que todava le presto
mi coche!

La cuestin tomaba un giro cmico, pero afortunadamente intervino
el dominico.

--Seores!--dijo en tono de autoridad y con esa voz nasal que sienta
tan bien  los frailes,--no hay que confundir las cosas ni buscar
ofensas donde no las hay. Debemos distinguir en las palabras de fray
Dmaso las del hombre de las del sacerdote. Las de ste, como tal,
per se, jams pueden ofender, pues provienen de la verdad absoluta. En
las del hombre hay que hacer una subdistincin: las que dice ab irato,
las que dice ex ore pero no in corde y las que dice in corde. Estas
ltimas son las que nicamente pueden ofender y eso segn, si ya in
mente preexistan por un motivo,  solamente vienen per accidens en
el calor de la conversacin, si hay...

--Pues yo por accidens y por m s los motivos, padre
Sibyla!--interrumpi el militar que se embrollaba en tantas
distinciones y tema que si stas seguan no saliese l todava
culpable.--Yo s los motivos y los va V. R.  distinguir. Durante
la ausencia del padre Dmaso en San Diego, enterr el coadjutor
el cadver de una persona dignsima... s, seor, dignsima; yo le
he tratado varias veces y en su casa me he hospedado. Que jams se
haya confesado, eso qu? yo tampoco me confieso; pero decir que se
ha suicidado, es una mentira, una calumnia. Un hombre como l, que
tiene un hijo en quien cifra su cario y sus esperanzas, un hombre
que tiene fe en Dios, que conoce sus deberes para con la sociedad,
un hombre honrado y justo no se suicida. Esto lo digo yo, y callo
aqu lo dems que pienso y agradzcamelo V. R.

Y volvindole las espaldas al franciscano, continu:

--Pues bien, este cura,  su vuelta al pueblo, despus de maltratar
al pobre coadjutor, ha hecho desenterrar el cadver y sacarlo fuera
del cementerio para enterrarlo no s dnde. El pueblo de San Diego
ha tenido la cobarda de no protestar; verdad es que muy pocos lo
supieron: el muerto no tena ningn pariente, y su nico hijo est en
Europa; pero S. E. lo ha sabido y, como es hombre de recto corazn,
ha pedido el castigo... y el padre Dmaso fu trasladado  otro pueblo
mejor. He ah todo. Ahora haga V. R. sus distinciones.

Y dicho esto, se alej del grupo.

--Siento mucho haber tocado, sin saberlo, una cuestin tan
delicada,--dijo el padre Sibyla con pesar.--Pero, al fin, si se ha
ganado en el cambio de pueblo...

--Qu se ha de ganar! Y lo que se pierde en los traslados... y
los papeles... y las... y todo lo que se extrava?--interrumpi
balbuciente, sin poder contener su ira, fray Dmaso.

Poco  poco volvi la reunin  su antigua tranquilidad.

Haban llegado otras personas, entre ellas un viejo espaol, cojo,
de fisonoma dulce  inofensiva, apoyado en el brazo de una vieja
filipina, llena de rizos y pinturas y vestida  la europea.

El grupo les salud amistosamente; el doctor de Espadaa y su seora,
la doctora doa Victorina, se sentaron entre nuestros conocidos. Vease
 algunos periodistas y almaceneros saludarse, discurrir de un lado
 otro sin saber qu hacer.

--Pero me puede usted decir, seor Laruja, qu tal es el dueo de
la casa?--pregunt el joven rubio.--Yo todava no he sido presentado.

--Dicen que ha salido: yo tampoco le he visto.

--Aqu no hay necesidad de presentaciones!--intervino fray
Dmaso.--Santiago es un hombre de buena pasta.

--Un hombre que no ha inventado la plvora,--aadi Laruja.

--Tambin usted, seor de Laruja!--exclam con meloso reproche doa
Victorina, abanicndose.--Cmo poda el pobre inventar la plvora,
si, segn dicen, la haban ya inventado los chinos siglos hace?

--Los chinos? Est usted loca?--exclam fray Dmaso.--Quite
usted! La ha inventado un franciscano, uno de mi orden, fray no s
cuntos Savalls [8] en el siglo... siete!

--Un franciscano!--Bueno; se habr estado de misionero en China,
ese padre Savalls,--replic la seora, que no dejaba as sus ideas.

--Schwartz querr usted decir, seora,--repuso fray Sibyla sin mirarla.

--No lo s; fray Dmaso ha dicho Savalls: yo no hago ms que repetir!

--Bien! Savalls  Chevs, qu ms da? Por una letra no se queda
chino!--replic malhumorado el franciscano.

--Y en el siglo catorce, no en el siete,--aadi el dominico en tono
de correctivo, como para mortificar el orgullo del otro.

--Bueno, un siglo ms  un siglo menos tampoco le hace dominico!

--Hombre, no se enfade V. R.!--dijo el padre Sibyla sonriendo.--Tanto
mejor que lo haya inventado l; as les ha ahorrado ese trabajo 
sus hermanos.

--Y dice usted, padre Sibyla, que fu eso en el siglo
catorce?--pregunt con gran inters doa Victorina;--antes  despus
de Cristo?

Felizmente para el preguntado, dos personajes entraron en la sala.






II

CRISSTOMO IBARRA.


No eran hermosas y bien ataviadas jvenes que llamasen la atencin de
todos, hasta la de fray Sibyla; no era S. E. el Capitn general con
sus ayudantes para que el teniente saliera de su ensimismamiento,
avanzara algunos pasos, y fray Dmaso se quedase como petrificado:
era sencillamente el original del retrato de frac, conduciendo de la
mano  un joven vestido de riguroso luto.

--Buenas noches, seores! buenas noches, padre!--fu lo primero que
dijo Cpn. Tiago besando las manos  los sacerdotes que se olvidaron de
dar la bendicin: el dominico se haba quitado las gafas para mirar
al joven recin llegado, y fray Dmaso qued plido y con los ojos
desmesuradamente abiertos.

--Tengo el honor de presentar  ustedes  don Crisstomo Ibarra,
hijo de mi difunto amigo!--continu Cpn. Tiago;--este seor acaba de
llegar de Europa y he ido  recibirle.

A este nombre, se oyeron algunas exclamaciones; el teniente se olvid
de saludar al dueo de la casa; acercse al joven y le examin de
pies  cabeza. Este, entonces, cambiaba las frases de costumbre con
todo el grupo, y no pareca presentar otra cosa de particular que
su traje negro en medio de aquella sala. Su aventajada estatura, sus
facciones, sus movimientos respiraban, no obstante, ese perfume de una
sana juventud en que tanto el cuerpo como el alma se han cultivado 
la par. Veanse en su rostro, franco y alegre, algunas ligeras huellas
de la sangre espaola al travs de un hermoso color moreno, algo rosado
en las mejillas, efecto tal vez de su permanencia en los pases fros.

--Calla!--exclam con alegre sorpresa;--el cura de mi pueblo! el
padre Dmaso, el ntimo amigo de mi padre!

Todas las miradas se dirigieron al franciscano: ste no se movi.

--Usted dispense, me haba equivocado!--aadi Ibarra confuso.

--No te has equivocado!--pudo al fin contestar aqul con voz
alterada.--Pero tu padre jams fu ntimo amigo mo.

Ibarra retir lentamente la mano que haba tendido, mirndole lleno
de sorpresa, se volvi y se encontr con la adusta figura del teniente
que le segua observando.

--Joven, es usted el hijo de don Rafael Ibarra?

El joven se inclin.

Fray Dmaso se incorpor en su silln y mir de hito en hito al
teniente.

--Bienvenido  su pas y que en l sea ms feliz que su
padre!--exclam el militar con voz temblorosa.--Yo le he conocido y
tratado, y puedo decir que era uno de los hombres ms dignos y ms
honrados de Filipinas.

--Seor!--contest Ibarra conmovido;--el elogio que usted hace de mi
padre, disipa mis dudas sobre su suerte, que yo, su hijo, ignoro an.

Los ojos del anciano se llenaron de lgrimas, di media vuelta y se
alej precipitadamente.

Vise el joven solo en medio de la sala: el dueo de la casa haba
desaparecido, y no encontraba quin le presentase  las seoritas,
muchas de las cuales le miraban con inters. Despus de vacilar
algunos segundos, con una gracia sencilla y natural se dirigi  ellas:

--Permtanme ustedes,--dijo,--que salte por encima de las reglas de
una rigorosa etiqueta. Hace siete aos que falto en mi pas, y al
volver  l, no puedo contener mi admiracin y dejar de saludar  su
ms precioso adorno,  sus mujeres.

Como ninguna se atrevi  contestar, se vi el joven obligado 
alejarse. Dirigise al grupo de algunos caballeros, que, al verle
venir, formaron un semicrculo.

--Seores!--dijo;--hay en Alemania la costumbre de que cuando un
desconocido viene  una reunin y no halla quin le presente  los
dems, l mismo dice su nombre y se presenta,  lo que contestan los
otros de igual manera. Permtanme ustedes este uso, no por introducir
costumbres extranjeras, que las nuestras son muy bellas tambin,
sino porque me veo obligado  ello. He saludado ya al cielo y  las
mujeres de mi patria: ahora quiero saludar  los ciudadanos,  mis
compatriotas. Seores, yo me llamo Juan Crisstomo Ibarra y Magsalin!

Los otros dieron sus nombres ms  menos insignificantes, ms 
menos desconocidos.

--Yo me llamo A... a!--dijo un joven secamente  inclinndose apenas.

--Tendr acaso el honor de hablar con el poeta, cuyas obras han
mantenido mi entusiasmo por mi patria? Me han dicho que ya no escribe
usted, pero no han sabido darme el por qu...

--El por qu? Porque no se invoca  la inspiracin para que se
arrastre y mienta. A uno le han formado causa por haber puesto en
verso una verdad de Pero Grullo. A m me han llamado poeta, pero no
me llamarn loco.

--Y se puede saber qu verdad era esa?

--Dijo que el hijo del len era tambin len; por poco no va
desterrado.

Y el extrao joven se alej del grupo.

Casi corriendo lleg un hombre de fisonoma risuea, vestido como
los naturales del pas, con botones de brillantes en la pechera;
acercse  Ibarra, le di la mano diciendo:

--Seor Ibarra, yo deseaba conocerle  usted; Cpn. Tiago es muy amigo
mo, yo conoc  su seor padre... yo me llamo Cpn. Tinong, vivo en
Tondo, donde usted tiene su casa; espero que me honrar con su visita;
venga usted  comer maana con nosotros.

Ibarra estaba encantado de tanta amabilidad; Cpn. Tinong sonrea y
se frotaba las manos.

--Gracias!--contest afectuosamente:--pero parto maana mismo para
San Diego...

--Lstima! Entonces, ser para cuando usted vuelva!

--La mesa est servida!--anunci un mozo de caf de la Campana. La
gente empez  desfilar, no sin que se hicieran de rogar mucho las
mujeres, especialmente las filipinas.






III

LA CENA

                                               Jele Jele bago quiere [9]


Fray Sibyla pareca muy satisfecho: andaba tranquilamente y en sus
contrados y finos labios no se reflejaba ya el desdn; hasta se
dignaba hablar con el cojo doctor de Espadaa, que responda por
monoslabos, pues era algo tartamudo. El franciscano estaba de un
humor espantoso, pegaba puntapis  las sillas que le obstruan el
camino y hasta di un codazo  un cadete. El teniente, serio; los
otros hablaban con mucha animacin y alababan la magnificencia de
la mesa. Doa Victorina, sin embargo, arrug con desprecio la nariz,
pero inmediatamente se volvi furiosa como una serpiente pisoteada: en
efecto, el teniente le haba puesto el pie sobre la cola del vestido.

--Pero es que no tiene usted ojos?--dijo.

--S, seora, y dos mejores que los de usted; pero estaba mirando
esos rizos,--contest el poco galante militar, y se alej.

Instintivamente los dos religiosos se dirigieron  la cabecera de
la mesa, quizs por costumbre, y como era de esperar, sucedi lo que
con los opositores  una ctedra: ponderan con palabras los mritos
y la superioridad de los adversarios, pero luego dan  entender todo
lo contrario, y gruen y murmuran cuando no la obtienen.

--Para usted, fray Dmaso!

--Para usted, fray Sibyla!

--Ms antiguo conocido de la casa... confesor de la difunta... edad,
dignidad y gobierno...

--Muy viejo que digamos, no! en cambio, es usted el cura del
arrabal!--contest en tono desabrido fray Dmaso, sin soltar la silla.

--Como usted lo manda, obedezco!--concluy el padre Sibyla
disponindose  sentarse.

--Yo no lo mando!--protest el franciscano;--yo no lo mando!

Iba ya  sentarse fray Sibyla sin hacer caso de las protestas, cuando
sus miradas se encontraron con las del teniente. El ms alto oficial
es, segn la opinin religiosa en Filipinas, muy inferior al lego
cocinero. Cedant arma tog, deca Cicern en el Senado; cedant arma
cott dicen los frailes en Filipinas. Pero fray Sibyla era persona
fina y repuso:

--Seor teniente, aqu estamos en el mundo y no en la iglesia; el
asiento le corresponde.

Pero,  juzgar por el tono de su voz, aun en el mundo le corresponda 
l. El teniente, bien sea por no molestarse,  por no sentarse entre
dos frailes, rehus brevemente.

Ninguno de los candidatos se haba acordado del dueo de la
casa. Ibarra le vi contemplando la escena con satisfaccin y
sonriendo.

--Cmo, don Santiago! no se sienta usted entre nosotros?

Pero todos los asientos estaban ya ocupados: Lculo no coma en casa
de Lculo.

--Quieto! no se levante usted!--dijo Cpn. Tiago poniendo la mano
sobre el hombro del joven.--Precisamente esta fiesta es para dar
gracias  la Virgen por su llegada de usted. Oy! que traigan la
tinola. Mand hacer tinola por usted, que hace tiempo que no la
habr probado.

Trajeron una gran fuente que humeaba. El dominico, despus de murmurar
el Benedcite al que casi nadie supo contestar, principi  repartir
el contenido. Pero sea por descuido  otra cosa, al padre Dmaso le
toc el plato donde entre mucha calabaza y caldo nadaban un cuello
desnudo y una ala dura de gallina, mientras los otros coman piernas
y pechugas, principalmente Ibarra  quien le cupieron en suerte los
menudillos. El franciscano lo vi todo, machac los calabacines,
tom un poco de caldo, dej caer la cuchara con ruido, y empuj
bruscamente el plato hacia delante. El dominico estaba muy distrado
hablando con el joven rubio.

--Cunto tiempo hace que falta usted en el pas?--pregunt Laruja
 Ibarra.

--Casi unos siete aos.

--Vamos, ya se habr usted olvidado de l!

--Todo lo contrario: y aunque mi pas pareca haberme olvidado,
siempre he pensado en l.

--Qu quiere usted decir?--pregunt el rubio.

--Quera decir que hace un ao he dejado de recibir noticias de aqu,
de tal manera, que me encuentro como un extrao, que ni aun sabe
cundo ni cmo muri su padre.

--Ah!--exclam el teniente.

--Y dnde estaba usted que no ha telegrafiado?--pregunt doa
Victorina.--Cuando nos casamos, telegrafiamos  la Pensula [10].

--Seora, estos dos ltimos aos estaba en el Norte de Europa: en
Alemania y en la Polonia rusa.

El doctor de Espadaa, que hasta ahora no se haba atrevido  hablar,
crey conveniente decir algo.

--Co... conoc en Espaa  un polaco de Va... Varsovia,
llamado Stadnitzki, si mal no recuerdo; le ha visto usted por
ventura?--pregunt tmidamente, y casi ruborizndose.

--Es muy posible,--contest con amabilidad Ibarra;--pero en este
momento no lo recuerdo.

--Pues, no se le poda co... confundir con otro!--aadi el doctor
que cobr nimo: era rubio como el oro y hablaba muy mal el espaol.

--Buenas seas son, pero desgraciadamente all no he hablado una
palabra de espaol ms que en algunos consulados.

--Y cmo se arreglaba usted?--pregunt admirada doa Victorina.

--Me serva del idioma del pas, seora.

--Habla usted tambin ingls?--pregunt el dominico que haba estado
en Hong Kong y hablaba bien el Pidgin-English [11], esa adulteracin
del idioma de Shakespeare por los hijos del Imperio Celeste.

--He estado un ao en Inglaterra entre gentes que slo hablaban
el ingls.

--Y cul es el pas que ms le gusta  usted en Europa?--pregunt
el joven rubio.

--Despus de Espaa, mi segunda patria, cualquier pas de Europa libre.

--Y usted que parece haber viajado tanto..... vamos, qu es lo ms
notable que ha visto usted?--pregunt Laruja.

Ibarra pareci reflexionar.

--Notable en qu sentido?

--Por ejemplo..... en cuanto  la vida de los pueblos..... vida social,
poltica, religiosa, en general, en la esencia, en el conjunto...

Ibarra se puso  meditar largo rato.

--Con franqueza, me gusta todo en esos pueblos, quitando el orgullo
nacional de cada uno... Antes de visitar un pas, procuraba estudiar
su historia, su xodo, si puedo decirlo, y despus todo lo hallaba
natural; he visto siempre que la prosperidad  miseria de los pueblos
estn en razn directa de sus libertades  preocupaciones, y por
consiguiente, de los sacrificios  egosmo de sus antepasados.

--Y no has visto ms que eso?--pregunt con risa burlona el
franciscano, que desde el principio de la cena no haba dicho una
sola palabra, distrado tal vez por la comida;--no vala la pena de
malgastar tu fortuna para saber tan poca cosa: cualquier bata [12]
de la escuela lo sabe!

Ibarra se qued sin saber qu decir: los dems, sorprendidos, miraban
al uno y al otro, y teman un escndalo.--La cena toca  su fin y
S. R. est ya harto, iba  decir el joven, pero se contuvo, y slo
dijo lo siguiente:

--Seores, no extraen ustedes la familiaridad con que me trata
nuestro antiguo cura: as me trataba cuando nio, pues para S. R. en
vano pasan los aos; pero se lo agradezco porque me recuerda al vivo
aquellos das, en que S. R. visitaba frecuentemente nuestra casa y
honraba la mesa de mi padre.

El dominico mir furtivamente al franciscano, que se haba puesto
tembloroso. Ibarra, continu, levantndose:

--Ustedes me permitirn que me retire, porque, acabado de llegar
y teniendo que partir maana mismo, qudanme muchos negocios por
evacuar. Lo principal de la cena ha terminado y yo tomo poco vino y
apenas pruebo licores. Seores, todo sea por Espaa y Filipinas!

Y apur una copita, que hasta entonces no haba tocado. El viejo
teniente le imit, pero sin decir palabra.

--No se vaya usted!--decale Capitn Tiago en voz baja.--Ya llegar
Mara Clara: ha ido  sacarla Isabel. Vendr el nuevo cura de su
pueblo, que es un santo.

--Vendr maana antes de partir! Hoy tengo que hacer una
importantsima visita.

Y parti. Entretanto el franciscano se desahogaba.

--Usted lo ha visto?--deca al joven rubio, gesticulando con el
cuchillo de postres.--Eso es por orgullo! No pueden tolerar que
el cura los reprenda! Ya se creen personas decentes! Es la mala
consecuencia de enviar los jvenes  Europa. El gobierno deba
prohibirlo.

--Y el teniente?--deca doa Victorina hacindole coro al
franciscano;--en toda la noche no ha desarrugado el entrecejo; ha
hecho bien en dejarnos. Tan viejo y an es teniente!

La seora no poda olvidar la alusin  sus rizos y el pisoteado
encaonado de sus enaguas.

Aquella noche escriba el joven rubio, entre otras cosas, el captulo
siguiente de sus Estudios Coloniales: De cmo un cuello y un ala de
pollo en el plato de tinola de un fraile pueden turbar la alegra de
un festn. Y entre sus observaciones haba stas: En Filipinas la
persona ms intil en una cena  fiesta es la que la da: al dueo
de la casa pueden empezar por echarle  la calle y todo seguir
tranquilamente. En el estado actual de las cosas casi es hacerles
un bien el no dejar  los filipinos salir de su pas, ni ensearles
 leer...






IV

HEREJE Y FILIBUSTERO


Ibarra estaba indeciso. El viento de la noche, que por esos meses
suele ser ya bastante fresco en Manila, pareci borrar de su frente
la ligera nube que la haba obscurecido: descubrise y respir.

Pasaban coches como relmpagos, calesas de alquiler  paso moribundo,
transeuntes de diferentes nacionalidades. Con ese andar desigual,
que da  conocer al distrado  al desocupado, dirigise el joven
hacia la plaza de Binondo [13], mirando  todas partes como si quisiera
reconocer algo. Eran las mismas calles con las mismas casas de pinturas
blancas y azules y paredes blanqueadas  pintadas al fresco imitando
mal el granito; la torre de la iglesia segua ostentando su reloj
con la traslcida cartula; eran las mismas tiendas de chinos con
sus cortinas sucias y sus varillas de hierro, una de las cuales haba
l torcido una noche, imitando  los chicos mal educados de Manila:
nadie la haba enderezado.

--Se va despacio!--murmur, y sigui la calle de la Sacrista.

Los vendedores de sorbetes seguan gritando: Srbeteee! los huepes 
lamparillas alumbraban an los mismos puestos de chinos y de mujeres,
que vendan comestibles y frutas.

--Es maravilloso!--exclam;--es el mismo chino de hace siete aos,
y la vieja ... la misma! Dirase que esta noche he soado en siete
aos de viaje por Europa!... y Santo Dios! contina an desarreglada
la piedra como cuando la dej.

En efecto, estaba an desprendida la piedra de la acera, que forma
la esquina de la calle de San Jacinto con la de la Sacrista.

Mientras contemplaba esta maravilla de la estabilidad urbana en el pas
de lo inestable, una mano se pos suavemente sobre su hombro: levant
la cara y se encontr con el viejo teniente que le contemplaba casi
sonriendo: el militar no tena ya aquella expresin dura ni aquellas
cejas fruncidas que tanto le caracterizaban.

--Joven, tenga usted cuidado! Aprenda usted de su padre!--le dijo.

--Usted perdone, pero me parece que ha querido usted mucho  mi
padre. Podra usted decirme cul ha sido su suerte?--pregunt Ibarra
mirndole.

--Qu, no la sabe usted?--pregunt el militar.

--Se lo he preguntado  don Santiago, pero no me prometi referirlo
sino hasta maana. Lo sabe usted por ventura?

--Ya lo creo, como todo el mundo! Muri en la crcel.

El joven retrocedi un paso y mir al teniente de hito en hito.

--En la crcel? quin muri en la crcel?--pregunt.

--Hombre, su padre de usted, que estaba preso!--contest el militar
algo sorprendido.

--Mi padre ... en la crcel ... preso en la crcel? Qu dice
usted? Sabe usted quin era mi padre? Est usted?...--pregunt el
joven cogindole del brazo al militar.

--Me parece que no me engao; era don Rafael Ibarra.

--S, don Rafael Ibarra!--repiti el joven dbilmente.

--Pues yo crea que usted lo saba!--murmur el militar con acento
lleno de compasin, al leer lo que pasaba en el alma de Ibarra;--yo
supona que usted ... pero tenga usted valor! aqu no se puede ser
honrado sin haber ido  la crcel!

--Debo creer que no juega usted conmigo,--repuso Ibarra con voz dbil,
despus de algunos instantes de silencio.--Podra usted decirme por
qu estaba en la crcel?

El anciano pareci reflexionar.

--A m me extraa mucho que no le hayan enterado  usted de los
negocios de su familia.

--Su ltima carta de hace un ao me deca que no me inquietase si
no me escriba, pues estara muy ocupado: me recomendaba siguiese
estudiando... me bendeca!

--Pues entonces esa carta se la escribi  usted antes de morir:
pronto har un ao que le enterramos en su pueblo.

--Por qu motivo estaba preso mi padre?

--Por un motivo muy honroso. Pero sgame usted, que tengo que ir al
cuartel; se lo contar andando. Apyese usted en mi brazo.

Anduvieron por algn tiempo en silencio: el anciano pareca reflexionar
y pedir inspiracin  su perilla que acariciaba.

--Como usted sabe muy bien,--comenz diciendo,--su padre era el
ms rico de la provincia, y aunque era amado y respetado de muchos,
otros en cambio le odiaban  envidiaban. Los espaoles que venimos
 Filipinas no somos desgraciadamente lo que debamos: digo esto
tanto por uno de sus abuelos de usted, como por los enemigos de su
padre. Los cambios continuos, la desmoralizacin de las altas esferas,
el favoritismo, lo barato y lo corto del viaje tienen la culpa de
todo: aqu viene lo ms perdido de la Pennsula, y si llega uno bueno,
pronto le corrompe el pas. Pues bien, su padre de usted tena entre
los curas y los espaoles muchsimos enemigos.

Aqu hizo una breve pausa.

--Meses despus de su salida de usted, comenzaron los disgustos con el
padre Dmaso, sin que yo pueda explicarme el verdadero motivo. Fray
Dmaso le acusaba de no confesarse: antes tampoco se confesaba,
y sin embargo eran muy amigos, como usted recordar an. Adems,
don Rafael era un hombre muy honrado y ms justo que muchos que
confiesan y se confiesan: tena para s una moral muy rgida, y sola
decirme cuando me hablaba de estos disgustos: Seor Guevara, cree
usted que Dios perdona un crimen, un asesinato, por ejemplo, slo con
decirlo  un sacerdote, hombre al fin que tiene el deber de callarlo,
y temer tostarse en el infierno, que es el acto de atricin? con ser
cobarde, desvergonzado sobre seguro? Yo tengo otra idea de Dios, deca;
para m, ni se corrige un mal con otro mal, ni se perdona con vanos
lloriqueos, ni con limosnas  la Iglesia. Y me pona este ejemplo:
si yo he asesinado  un padre de familia, si he hecho de una mujer
una viuda infeliz, y de unos alegres nios hurfanos desvalidos,
habr satisfecho  la eterna Justicia con dejarme ahorcar, confiar
el secreto  uno que me lo ha de guardar, dar limosnas  los curas,
que menos las necesitan, comprar la bula de composicin  lloriquear
noche y da? Y la viuda y los hurfanos? Mi conciencia me dice que
debo sustituir en lo posible  la persona que he asesinado, consagrarme
todo y por toda mi vida al bien de esta familia cuya desgracia hice,
y aun as, quin sustituye el amor del esposo y del padre? As
razonaba su padre de usted, y con esta moral severa obraba siempre,
y se puede decir que jams ha ofendido  nadie; por el contrario,
procuraba borrar con buenas obras ciertas injusticias que l deca
haban cometido sus abuelos. Pero volviendo  sus disgustos con el
cura, stos tomaban mal carcter; el padre Dmaso le aluda desde el
plpito, y si no le nombraba claramente era un milagro, pues de su
carcter todo se poda esperar. Yo prevea que tarde  temprano la
cosa iba  terminar mal.

El viejo teniente volvi  hacer otra breve pausa.

--Recorra entonces su provincia un exartillero, arrojado de las
filas por demasiado bruto  ignorante... Como el hombre tena que
vivir, y no le era permitido dedicarse  trabajos corporales que
podran daar  nuestro prestigio, obtuvo de no s quin el empleo
de recaudar impuestos sobre vehculos. El infeliz no haba recibido
educacin ninguna, y los indios lo conocieron bien pronto: para ellos
es un fenmeno un espaol que no sabe leer ni escribir. Todo era
burlarse del desgraciado, que pagaba con sonrojos el impuesto que
cobraba, y conoca que era objeto de burla, lo cual agriaba ms su
carcter, rudo y malo ya de antemano. Dbanle intencionadamente lo
escrito al revs; l haca ademn de leerlo y firmaba en donde vea
blanco con unos garabatos que le representaban con propiedad. Los
indios pagaban, pero se burlaban; l tragaba saliva, pero cobraba,
y en esta disposicin de nimo no respetaba  nadie, y con su padre
de usted haba llegado  cambiar muy duras palabras.

Sucedi que un da, mientras daba vueltas  un papel, que en una
tienda le haban entregado, deseando ponerlo al derecho, un chico de
la escuela empez  hacer seas  sus compaeros,  reirse y sealarle
con el dedo. El hombre oa las risas, y vea la burla retozar en los
serios semblantes de los presentes; perdi la paciencia, volvise
rpidamente, y empez  perseguir  los muchachos que corrieron
gritando: ba, be, bi, bo, bu. Ciego de ira y no pudiendo darles
alcance, les arroja su bastn que hiere  uno en la cabeza y le
derriba; corre entonces  l, le patea, y ninguno de los presentes
que se burlaban tuvo el valor de intervenir. Por desgracia pasaba
por all su padre; indignado, corre hacia el cobrador, le coge del
brazo y le increpa duramente. Este que, sin duda, vea todo rojo,
levanta la mano, pero su padre no le di tiempo, y con esa fuerza
que delata al nieto de los vascongados... unos dicen que le peg,
otros que se content con empujarle; el caso es que el hombre vacil,
cay  algunos pasos dando de cabeza contra una piedra. Don Rafael
levanta tranquilamente al nio herido y lo lleva al tribunal. El
exartillero arrojaba sangre por la boca y ya no volvi en s, muriendo
algunos minutos despus. Como era natural, intervino la justicia, su
padre de usted fu preso y todos los enemigos ocultos se levantaron
entonces. Llovieron las calumnias, se le acus de filibustero y hereje:
ser hereje es en todas partes una gran desgracia, sobre todo en aquella
poca, cuando la provincia tena por alcalde  un hombre que haca
gala de devocin, que con sus criados rezaba en la iglesia en voz
alta el rosario, quizs para que le oyesen todos y rezasen con l;
pero ser filibustero es peor que ser hereje y matar tres cobradores
de impuestos que saben leer, escribir y hacer distinciones. Todos le
abandonaron; sus papeles y libros fueron recogidos. Se le acus por
suscribirse  El Correo de Ultramar y  peridicos de Madrid, por
haberle  usted enviado  la Suiza alemana, por habrsele encontrado
cartas y el retrato de un ajusticiado sacerdote y qu s yo ms? De
todo se deducan acusaciones, hasta del uso de la camisa, siendo l
descendiente de peninsulares. A haber sido otro, su padre de usted
acaso hubiera salido pronto libre, pues hubo un mdico que atribuy
la muerte del desgraciado cobrador  una congestin; pero su fortuna,
su confianza en la justicia, y su odio  todo lo que no era legal ni
justo, le perdieron. Yo mismo,  pesar de mi repugnancia  implorar
la merced de nadie, me present al Capitn General, al antecesor del
que tenemos: le hice presente que no poda ser filibustero quien acoge
 todo espaol, pobre  emigrado, dndoles techo y mesa, y en cuyas
venas hierve an la generosa sangre espaola; en vano respond con
mi cabeza, jur por mi pobreza y mi honor militar, y slo consegu
ser mal recibido, peor despedido y el apodo de chiflado.

El viejo se detuvo para tomar aliento, y viendo el silencio de su
compaero que escuchaba sin mirarle, prosigui:

--Hice las diligencias del pleito por encargo de su padre. Acud al
clebre abogado filipino, el joven A,--pero rehus encargarse de
la causa--Yo la perdera, me dijo. Mi defensa sera un motivo
de nueva acusacin para l y quizs para m. Acuda usted al seor
M, que es un orador vehemente, de fcil palabra, peninsular y que
goza de muchsimo prestigio. As lo hice, y el clebre abogado se
encarg de la causa, que defendi con maestra y brillantez. Pero los
enemigos eran muchos y algunos ocultos y desconocidos. Los falsos
testigos abundaban, y sus calumnias, que en otra parte se hubieran
disipado  una frase irnica  sarcstica del defensor, aqu tomaban
cuerpo y consistencia. Si el abogado consegua anularlos ponindolos
en contradiccin entre s y consigo mismos, pronto renacan otras
acusaciones. Le acusaron de haberse apoderado injustamente de muchos
terrenos, le pidieron indemnizacin de daos y perjuicios; dijeron
que mantena relaciones con los tulisanes para que sus sembrados
y animales fueran respetados. Al fin, embrollse el asunto de tal
manera, que al cabo de un ao ya nadie se entenda. El alcalde tuvo
que dejar su puesto; vino otro que tena fama de recto, pero ste,
por desgracia, apenas estuvo meses; y el que le sucedi amaba demasiado
los buenos caballos.

Los sufrimientos, los disgustos, las incomodidades de la prisin,
 el dolor de ver  tantos ingratos, alteraron su salud de hierro,
y enferm de ese mal que slo la tumba cura. Y cuando todo iba 
terminarse, cuando iba  salir absuelto de la acusacin de enemigo de
la Patria y de la muerte del cobrador, muri en la crcel sin tener
 su lado  nadie. Yo llegu para verle expirar.

El viejo se call; Ibarra no dijo una sola palabra. Entre tanto haban
llegado  la puerta del cuartel. El militar se detuvo y tendindole
la mano, le dijo:

--Joven, los pormenores pdaselos usted  capitn Tiago. Ahora,
buenas noches! es menester que vea si ocurre algo nuevo.

Ibarra estrech con efusin, en silencio, aquella mano descarnada,
y en silencio le sigui con los ojos hasta que desapareci.

Volvise lentamente y vi un coche que pasaba; hizo una sea al
cochero.

--Fonda de Lala!--dijo con acento apenas inteligible.

--Este debe venir del calabozo,--pens el cochero dando un latigazo
 sus caballos.






V

UNA ESTRELLA EN NOCHE OBSCURA


Ibarra subi  su cuarto que da al ro, y dejse caer sobre un silln,
mirando al espacio que se ensanchaba delante de l, gracias  la
abierta ventana.

La casa de enfrente,  la otra orilla, estaba profusamente iluminada
y llegaban hasta l alegres acordes de instrumentos, de cuerda en su
mayor parte.--Si el joven hubiera estado menos preocupado, si, ms
curioso, hubiese querido ver con la ayuda de unos gemelos lo que pasaba
en aquella atmsfera de luz, habra admirado una de esas fantsticas
visiones, una de esas apariciones mgicas que  veces se ven en
los grandes teatros de Europa, en que  las apagadas melodas de una
orquesta se vea aparecer en medio de una lluvia de luz, de una cascada
de diamantes y oro, en una decoracin oriental, envuelta en vaporosa
gasa, una deidad, una slfide que avanza sin tocar casi el suelo,
rodeada y acompaada de un luminoso nimbo:  su presencia brotan las
flores, retoza la danza, se despiertan armonas, y coros de diablos,
ninfas, stiros, genios, zagalas, ngeles y pastores bailan, agitan
panderetas, hacen evoluciones y depositan  los pies de la diosa cada
cual un tributo. Ibarra habra visto una joven hermossima, esbelta,
vestida con el pintoresco traje de las hijas de Filipinas, en el centro
de un semicrculo formado de toda clase de personas, gesticulando y
movindose con animacin: all haba chinos, espaoles, filipinos,
militares, curas, viejas, jvenes, etc. El padre Dmaso estaba al lado
de aquella beldad; el padre Dmaso sonrea como un bienaventurado; fray
Sibyla, el mismo fray Sibyla le diriga la palabra, y doa Victorina
arreglaba en la magnfica cabellera de la joven una sarta de perlas y
brillantes que reflejaban los hermossimos colores del prisma. Ella
era blanca, demasiado blanca tal vez; los ojos, que casi siempre
los tena bajos, enseaban un alma pursima cuando los levantaba,
y cuando ella sonrea y descubra sus blancos y pequeos dientes,
poda decirse que una rosa es sencillamente un vegetal, y el marfil,
un colmillo de elefante. Entre el tejido transparente de la pia [14]
y alrededor de su blanco y torneado cuello pestaeaban, como dicen
los tagalos, los alegres ojos de un collar de brillantes. Un solo
hombre no pareca sentir su influencia luminosa, si se puede decir:
era ste un joven franciscano, delgado, demacrado, plido, que la
contemplaba inmvil, desde lejos, como una estatua, casi sin respirar.

Pero Ibarra no vea nada de esto: sus ojos vean otra cosa. Cuatro
desnudos y sucios muros encerraban un pequeo espacio; en uno de
aqullos, all arriba, haba una reja; sobre el sucio y asqueroso
suelo, una estera, y sobre la estera un anciano agonizando: el
anciano, que respiraba con dificultad, volva  todas partes la vista
y pronunciaba llorando un nombre; el anciano estaba solo; se oa de
cuando en cuando el ruido de una cadena  un gemido al travs de la
pared... y luego all  lo lejos un alegre festn, casi una bacanal,
un joven re, grita, derrama el vino sobre las flores  los aplausos y
 la embriagada risa de los dems. Y el anciano tena las facciones
de su padre, el joven se le pareca  l, y el nombre que aqul
pronunciaba llorando era el suyo!

Esto era lo que vea el desgraciado delante de s. Se apagaron las
luces en la casa de enfrente, ces la msica y el ruido, pero Ibarra
oa an el angustiado grito de su padre, buscando un hijo en su
ltima hora.

El silencio haba soplado su hueco aliento sobre Manila, y todo pareca
dormir en los brazos de la nada; oase el canto del gallo alternar
con los relojes de las torres y con el melanclico grito de alerta
del aburrido centinela; un pedazo de luna empezaba  asomarse; todo
pareca descansar; s, el mismo Ibarra dorma ya tambin, cansado
quizs de sus tristes pensamientos  del viaje.

Pero el joven franciscano, que vimos hace poco inmvil y silencioso
en medio de la animacin de la sala, no dorma, velaba. Con el codo
sobre el antepecho de la ventana de su celda, el plido y enflaquecido
rostro apoyado en la palma de su mano, miraba silencioso  lo lejos
una estrella que brillaba en el obscuro cielo. La estrella palideci
y se eclips, la luna perdi sus pocos fulgores de luna menguante;
pero el fraile no se movi de su sitio: miraba al lejano horizonte
que se perda en la bruma de la maana, hacia el campo de Bagumbayan,
hacia el mar que dorma an.






VI

CAPITN TIAGO

                                       Hgase tu voluntad en la tierra!


Mientras nuestros personajes duermen  se desayunan, vamos  ocuparnos
de capitn Tiago. No hemos sido jams convidado suyo; no tenemos,
pues, el derecho ni el deber de despreciarle haciendo caso omiso de
l, aun en circunstancias importantes.

Bajo de estatura, claro de color, redondo de cuerpo y de cara gracias
 una abundancia de grasa, que, segn sus admiradores, le vena del
cielo, de la sangre de los pobres segn sus enemigos, capitn Tiago
apareca ms joven de lo que realmente era: le hubieran creido de
treinta  treinta y cinco aos de edad. La espresin de su rostro
era constantemente beatfica en la poca  que se refiere nuestra
narracin. Su crneo, redondo, pequeito y cubierto de un pelo negro
como el bano, largo por delante y muy corto por detrs, contena
muchas cosas, segn dicen, dentro de su cavidad; sus ojos pequeos,
pero no achinados, no cambiaban jams de espresin; su nariz era
fina y no chata, y si su boca no hubiese estado desfigurada por el
abuso del tabaco y del buyo, cuyo sap [15] reunindose en un carrillo
alteraba la simetra de sus facciones, diramos que haca muy bien en
creerse y venderse por un hombre bonito. Sin embargo de aquel abuso,
conservaba siempre blancos sus propios dientes y los dos que le prest
el dentista,  razn de doce duros pieza.

Se le consideraba como uno de los ms ricos propietarios de Binondo y
uno de los ms importantes hacenderos por sus terrenos en la Pampanga
y en la Laguna de Bay, principalmente en el pueblo de san Diego, cuyo
canon  arriendo cada ao suba. San Diego era el pueblo favorito
suyo por sus agradables baos, famosa gallera [16] y los recuerdos
que de l conserva: all pasaba cuando menos dos meses del ao.

Capitn Tiago tena muchas fincas en Santo Cristo, en la calle de
Anloague y en la del Rosario; la contrata del opio la explotaban l y
un chino, y ocioso es decir que sacaban grandsimos beneficios. Daba de
comer  los presos de Bilibid, y zacate [17]  muchas casas principales
de Manila, mediante contratas, se entiende. En bien con todas las
autoridades, hbil, flexible y hasta audaz tratndose de especular
con las necesidades de los dems, era el nico y temible rival de un
tal Prez en cuanto  arriendos y subastas de cargos  empleos, que el
Gobierno de Filipinas confa siempre  manos particulares. As que en
la poca de estos acontecimientos, capitn Tiago era un hombre feliz en
cuanto puede ser feliz un hombre de pequeo crneo en aquellas tierras;
era rico, estaba en paz con Dios, con el Gobierno y con los hombres.

Que estaba en paz con Dios, era indudable, casi dogmtico: motivos
no haba para estar mal con el buen Dios cuando se est bien en
la tierra, cuando no se ha comunicado con l jams, ni se Le ha
prestado dinero. Nunca se haba dirigido  l en sus oraciones, ni
an en sus ms grandes apuros: era rico y su oro oraba por l: para
misas y rogativas Dios haba criado poderosos y altivos sacerdotes;
para novenas y rosarios, Dios en su infinita bondad haba criado
pobres para bien de los ricos, pobres que por un peso son capaces
de rezar diecisis misterios y leer todos los libros santos, hasta
la Biblia hebraica si aumentan el pago; y si alguna vez en un grande
apuro necesitaba auxilios celestiales y no encontraba  mano ni una
vela roja de chino, dirigase  los santos y santas de su devocin,
prometindoles muchas cosas para obligarlos y acabarlos de convencer
de la bondad de sus deseos. Pero  quien ms prometa y cumpla su
promesa, era  la Virgen de Antipolo, Nuestra Seora de la Paz y de
Buenviaje, pues con ciertos santos pequeos no andaba el hombre ni
muy puntual ni decente:  veces, conseguido lo que deseaba, no volva
 acordarse de ellos, verdad es que tampoco los volva  molestar,
si se le presentaba ocasin: capitn Tiago saba que en el calendario
haba muchos santos desocupados, que acaso no tienen qu hacer all
en el cielo. A la Virgen de Antipolo, adems, atribua mayor poder
y eficacia que  todas las otras Vrgenes, ya lleven bastones de
plata, ya Nios Jess desnudos  vestidos, ya escapularios, rosarios
 correas; quizs se debe esto  la fama de ser aqulla una seora
muy severa, muy cuidadosa de su nombre, enemiga de la fotografa,
segn el Sacristn mayor de Antipolo, y que, cuando se enfada, se pone
negra como el bano, y  que las otras Vrgenes son ms blandas de
corazn, ms indulgentes: sabido es que ciertas almas aman ms  un
rey absoluto que  uno constitucional; dganlo Luis XIV y Luis XVI,
Felipe II y Amadeo I. Por esta razn acaso se debe el verse tambin,
en el famoso santuario andar de rodillas  moros infieles y hasta
espaoles; slo que no se explica el por qu se escapan los curas
con el dinero de la terrible Imagen, se van  Amrica y all se casan.

Aquella puerta de la sala, oculta por una cortina de seda, conduce 
una pequea capilla  oratorio, que no debe faltar en ninguna casa
filipina: all estn los dioses lares de capitn Tiago, y decimos
dioses lares, porque este seor ms bien estaba por el politeismo
que por el monoteismo, que jams haba comprendido. All se ven
imgenes de la Sagrada Familia con el busto y las extremidades de
marfil, ojos de cristal, largas pestaas y cabellera rubia rizada,
primores de la escultura de Santa Cruz. Cuadros pintados al leo
por los artistas de Paco y Hermita, representan martirios de santos,
milagros de la Virgen, etc.; Santa Luca mirando al cielo y llevando
en un plato otros dos ojos con pestaas y cejas, como los que se ven
pintados en el tringulo de la Trinidad  en los sarcfagos egipcios;
san Pascual Bailn, san Antonio de Padua con hbito de guingn [18],
contemplando lloroso  un Nio Jess vestido de Capitn general,
tricornio, sable y botas como en el baile de nios de Madrid: esto
para el capitn Tiago significaba que aunque Dios aadiese  su poder
el de un Capitn general de Filipinas, siempre jugaran con l los
franciscanos como con una mueca. Vnse tambin un san Antonio Abad con
un cerdo al lado, cerdo que para el digno capitn era tan milagroso
como el santo mismo, por cuya razn no se atreva  llamarle cerdo,
sino criatura del santo seor san Antonio; un san Francisco de Ass con
siete alas y el hbito color de caf colocado encima de un san Vicente
que no tiene ms que dos, pero en cambio lleva un cornetn, un san
Pedro Mrtir con la cabeza partida con un talibn [19] de malhechor,
empuado por un infiel puesto de rodillas, al lado de un san Pedro que
corta la oreja  un moro, Malco sin duda, que se muerde los labios y
hace contorsiones de dolor, mientras un gallo sasabungin [20] canta
y bate las alas sobre una columna drica, de lo cual deduca capitn
Tiago que para ser santo lo mismo era partir que ser partido. Quin
puede enumerar aquel ejrcito de imgenes y decir las cualidades
y perfecciones que all se atesoran? No tendramos bastante con
un captulo! Sin embargo, no pasaremos en silencio un hermoso san
Miguel de madera dorada y pintada, casi de un metro de altura: el
arcngel, mordindose el labio inferior, tiene los ojos encendidos,
la frente arrugada y las mejillas de rosa; embraza un escudo griego y
blande en la diestra un kris joloano, dispuesto  herir al devoto 
al que se acerque (segn se deduce de su actitud y mirada) ms bien
que al demonio rabudo y con cuernos que hinca los colmillos en su
pierna de doncella. Capitn Tiago no se le acercaba jams temiendo un
milagro. Cuntas y cuntas veces no se ha animado ms de una imagen,
por peor tallada que fuese como las que salen de las carpinteras de
Paete [21], para confusin y castigo de los pescadores descreidos? Es
fama que tal Cristo de Espaa, invocado como testigo de promesas de
amor, asinti con movimiento de cabeza delante del juez, que otro
Cristo se desclav el brazo derecho para abrazar  santa Lutgarda y
qu? no haba l leido un librito, publicado recientemente sobre un
sermn mmico, predicado por una imagen de santo Domingo en Soriano? El
santo no dijo una sola palabra, pero de sus gestos se dedujo  dedujo
el autor del librito que anunciaba el fin del mundo [22] No se deca
tambin que la Virgen de Luta del pueblo de Lipa tena una mejilla
ms hinchada que la otra, y enlodados los bordes del vestido? No
es esto probar matemticamente que las sagradas imgenes tambin
se dan paseos sin levantar el vestido y hasta padecen dolores de
muelas, acaso por causa nuestra? No haba l visto por sus propios
ojitos  los Cristos todos en el sermn de las Siete Palabras mover
y doblar la cabeza  comps de tres veces, provocando el llanto
y los gritos de todas las mujeres y almas sensibles destinadas al
cielo? Ms? Nosotros mismos hemos visto al predicador ensear al
pblico, en el momento del descenso de la cruz, un pauelo manchado
de sangre,  bamos ya  llorar piadosamente, cuando, para desgracia
de nuestra alma, nos asegur un sacristn que aquello era broma: era
la sangre de una gallina, asada y comida incontinenti  pesar de ser
Viernes santo... y el sacristn estaba grueso. Capitn Tiago, pues,
 fuer de hombre prudente y religioso, evita aproximarse al kris de
san Miguel;--Huyamos de las ocasiones! deca para s; ya s que es
un arcngel, pero no, no me fo, no me fo!

No pasaba un ao sin concurrir con una orquesta  la opulenta romera
de Antipolo: entonces costeaba dos misas de gracia de las muchas que
forman los tres novenarios y los otros das en que no hay novenarios,
y se baaba despus en el renombrado batis  fuente, donde la misma
sagrada Imagen se baara. Las personas devotas ven an la huella de
los pies y el rastro de los cabellos en la dura pea, al enjugarlos,
precisamente como una mujer cualquiera que gasta aceite de coco,
y como si sus cabellos fuesen de acero  de diamante, y pesase mil
toneladas. Nosotros desearamos que la terrible Imagen sacudiese una
vez su sagrada cabellera  los ojos de estas personas devotas, y les
pusiese el pie sobre la lengua  la cabeza.--All, junto  esa misma
fuente, capitn Tiago debe comer lechn asado, sinigang de dalag con
hojas de alibambang [23] y otros guisos ms  menos apetitosos. Las
dos misas le venan  costar algo ms de cuatrocientos pesos, pero
resultaban baratas si se ha de considerar la gloria que la Madre de
Dios adquiere con las ruedas de fuego, cohetes, bombas y morteretes
 bersos como all se llaman, si se han de calcular las grandes
ganancias, que, merced  estas misas, haba de conseguir en el resto
del ao.

Pero Antipolo no era el nico teatro de su ruidosa devocin. En
Binondo, en la Pampanga y en el pueblo de san Diego, cuando tena que
jugar un gallo con grandes apuestas, enviaba al cura monedas de oro
para misas propiciatorias, y, como los romanos que consultaban sus
augures antes de una batalla dando de comer  los pollos sagrados,
capitn Tiago consultaba tambin los suyos con las modificaciones
propias de los tiempos y de las nuevas verdades. l observaba la llama
de las velas, el humo del incienso, la voz del sacerdote etc., y del
tono procuraba deducir su futura suerte. Es una creencia admitida que
capitn Tiago pierde pocas apuestas, y stas se deberan  que el
oficiante estaba ronco, haba pocas luces, los cirios tenan mucho
sebo,  que se haba deslizado entre las monedas una falsa, etc.,
etc.: el celador de una cofrada le aseguraba que aquellos desengaos
eran pruebas,  que le someta el cielo para asegurarse ms de su fe y
devocin. Querido de los curas, respetado de los sacristanes, mimado
por los chinos cereros y los pirotcnicos  castilleros el hombre
era feliz en la religin de esta tierra, y personas de carcter y
gran piedad le atribuyen tambin gran influencia en la Corte celestial.

Que estaba en paz con el Gobierno, no hay que dudarlo, por difcil
que la cosa pareciese. Incapaz de imaginarse un pensamiento nuevo,
y contento con su modus vivendi, siempre estaba dispuesto  obedecer
al ltimo oficial quinto de todas las oficinas,  regalar piernas de
jamn, capones, pavos, frutas de China en cualquiera estacin del
ao. Si oa hablar mal de los naturales, l, que no se consideraba
como tal, haca coro y hablaba peor; si se criticaba  los mestizos
sangleyes [24]  espaoles, criticaba l tambin acaso porque se
creyese ya ibero puro. Era el primero en aplaudir toda imposicin
 contribucin, mxime cuando ola una contrata  un arriendo
detrs. Siempre tena orquestas  mano para felicitar y dar enfrentadas
[25]  toda clase de gobernadores, alcaldes, fiscales, etc., etc.,
en sus das, cumpleaos, nacimiento  muerte de un pariente, en
cualquiera alteracin, en fin, de la monotona habitual. Encargaba
para esto versos laudatorios, himnos en que se celebraba al suave y
carioso gobernador, valiente y esforzado alcalde que le espera en
el cielo la palma de los justos ( palmeta) y otras cosas ms.

Fu gobernadorcillo del rico gremio de mestizos,  pesar de la
protesta de muchos que no le tenan por tal. En los dos aos de su
mando estrope diez fracs, otros tantos sombreros de copa y media
docena de bastones: el frac y el sombrero de copa en el Ayuntamiento,
en Malacaang y en el cuartel; el sombrero de copa y el frac en
la gallera, en el mercado, en las procesiones, en las tiendas de
los chinos, y debajo del sombrero y dentro del frac, capitn Tiago
sudando con la esgrima del bastn de borlas, disponiendo, arreglando
y descomponindolo todo con una actividad pasmosa y una seriedad
ms pasmosa todava. As que las Autoridades vean en l un hombre,
dotado de la mejor voluntad, pacfico, sumiso, obediente, agasajador,
que no lea ningn libro ni peridico de Espaa, aunque hablaba bien
el espaol; le miraban con el sentimiento con que un pobre estudiante
contempla el gastado tacn de su zapato viejo, torcido gracias  su
modo de andar.--Para l resultaban verdaderas ambas frases cristiana
y profana de beati pauperes spiritu y beati possidentes y muy bien se
le poda aplicar aquella, segn algunos, equivocada traduccin del
griego: 'Gloria  Dios en las alturas y paz  los hombres de buena
voluntad en la tierra'! pues, como veremos ms adelante, no basta que
los hombres tengan buena voluntad para vivir en paz. Los impos le
tomaban por tonto, los pobres por despiadado, cruel explotador de la
miseria, y sus inferiores por dspota y tirano. Y las mujeres? Ah,
las mujeres! Rumores calumniosos zumban en las miserables casas de
nipa [26] y se asegura oirse lamentos, sollozos, mezclados  veces
con los vagidos de un infante. Ms de una joven es sealada por
el dedo malicioso de los vecinos: tiene la mirada indiferente y
el seno marchito. Pero estas cosas no le quitan el sueo; ninguna
joven turba su paz; una vieja es la que le hace sufrir, una vieja
que le hace la competencia en devocin, y que ha merecido de muchos
curas ms entusiastas alabanzas y encomios que l en sus mejores das
consiguiera. Entre capitn Tiago y esta viuda, heredera de hermanos
y sobrinos, existe una santa emulacin, que redunda en bien de la
Iglesia, como la competencia de los vapores de la Pampanga redundaba
entonces en bien del pblico. Regala capitn Tiago un bastn de plata
con esmeraldas y topacios  una Virgen cualquiera? pues ya est doa
Patrocinio encargando otro de oro y con brillantes al platero Gadunez;
que en la procesin de la Naval capitn Tiago levant un arco con dos
fachadas, de tela abollonada, con espejos, globos de cristal, lmparas
y araas, pues doa Patrocinio tendr otro con cuatro fachadas,
dos varas ms alto, ms colgajos y pelendengues. Pero entonces
l acude  su fuerte,  su especialidad,  las misas con bombas y
fuegos artificiales, y doa Patrocinio tiene que morderse con sus
encas los labios, pues, excesivamente nerviosa, no puede soportar
el repiqueteo de las campanas y menos las detonaciones. Mientras l
sonre, ella piensa en su revancha y paga con el dinero de los otros
 los mejores oradores de las cinco Corporaciones de Manila,  los
ms famosos cannigos de la Catedral y hasta  los Paulistas para
predicar en los das solemnes sobre temas teolgicos y profundsimos
 los pecadores que slo comprenden lengua de tienda. Los partidarios
de capitn Tiago han observado que ella se duerme durante el sermn,
pero los partidarios de ella contestan que el sermn est ya pagado,
y por ella, y en todas las cosas pagar es lo primordial. Ultimamente
le anonad regalando  una iglesia tres andas de plata con dorados,
cada uno de los cuales le costar ms de tres mil pesos. Capitn Tiago
espera que esta anciana acabe de respirar el mejor da  que pierda
cinco  seis de sus pleitos, para servir solo  Dios; desgraciadamente
los defienden los mejores abogados de la Real Audiencia, y en cuanto 
su salud, no tiene por donde cogerla la enfermedad: parece un alambre
de acero, sin duda para edificacin de las almas, y se agarra  este
valle de lgrimas con la tenacidad de una erupcin de la piel. Sus
partidarios tienen la confianza segura de que  su muerte ser
canonizada, y de que capitn Tiago mismo la ha de venerar an en los
altares, lo que l acepta y promete con tal de que muera pronto.

As era capitn Tiago en aquel entonces. En cuanto  su pasado
era el hijo nico de un azucarero de Malabn, bastante acaudalado,
pero tan avaro que no quiso gastar un cuarto para educar  su hijo,
por cuyo motivo fu Santiaguillo criado de un buen dominico, hombre
muy virtuoso, que procuraba ensearle todo lo bueno que poda y
saba. Cuando iba  tener la felicidad de que sus conocidos le
llamasen lgico, esto es, cuando iba  estudiar lgica, la muerte
de su protector, seguida de la de su padre, di fin  sus estudios,
y entonces tuvo que dedicarse  los negocios. Casse con una hermosa
joven de Santa Cruz que le ayud  hacer su fortuna y le di su
posicin social. Doa Pa Alba no se content con comprar azcar,
caf y ail: quiso sembrar, y compr el nuevo matrimonio terreno en
San Diego, datando de ah sus amistades con el P. Dmaso y D. Rafael
Ibarra, el ms rico capitalista del pueblo.

La falta de heredero en los seis primeros aos de matrimonio haca
de aquel afn por acumular riquezas casi una censurable ambicin, y,
sin embargo, doa Pa era esbelta, robusta y bien formada. En vano
hizo novenarios; visit por consejo de las devotas de san Diego  la
Virgen de Caysasay en Taal; di limosnas; bail en la procesin en
medio del sol de Mayo delante de la Virgen de Turumba en Pakil: todo
fu en vano, hasta que fray Dmaso le aconsej se fuera  Obando, y
all bail en la fiesta de san Pascual Bailn, y pidi un hijo. Sabido
es que en Obando hay una Trinidad que concede hijos  hijas  eleccin:
Nuestra Seora de Salambau, santa Clara y san Pascual. Gracias  este
sabio consejo, doa Pa se sinti madre... Ay! como el pescador
de que habla Shakespeare en Macbeth, el cual ces de cantar cuando
encontr un tesoro, ella perdi la alegra, se puso muy triste y
no se la vi ya ms sonrer.--Cosas de antojadizas! decan todos,
hasta capitn Tiago. Una fiebre puerperal concluy con sus tristezas,
dejando hurfana una hermosa nia que llev  la pila el mismo
fray Dmaso; y como san Pascual no di el nio que se le peda,
le pusieron los nombres de Mara-Clara en honor de la Virgen de
Salambau y de santa Clara, castigando con el silencio al honrado
san Pascual Bailn. La nia creci  los cuidados de la ta Isabel,
aquella anciana de urbanidad frailuna que vimos al principio: viva
la mayor parte del ao en san Diego por su saludable clima y all
fray Dmaso le haca fiestas.

Mara Clara no tena los pequeos ojos de su padre: como su madre,
los tena grandes, negros, sombreados por largas pestaas, alegres
y risueos cuando jugaba, tristes, profundos y pensativos cuando no
sonrea. De nia su rizada cabellera tena un color casi rubio; su
nariz, de un correcto perfil, ni era muy afilada ni chata; la boca
recordaba la pequea y graciosa de su madre con los alegres hoyuelos
de las mejillas; su piel tena la finura de una capa de cebolla y
la blancura del algodn al decir de sus enloquecidos parientes, que
encontraban el rasgo de paternidad de capitn Tiago en las pequeas
y bien modeladas orejas de Mara-Clara.

Ta Isabel atribua aquellas facciones semieuropeas  antojos de doa
Pa; recordaba haberla visto muchas veces en los primeros meses de
la gestacin llorar delante de San Antonio; otra prima de capitn
Tiago era del mismo parecer, slo que difera en la eleccin del
santo; para ella  era la Virgen  San Miguel. Un famoso filsofo,
primo de capitn Tinong y que saba el Amat [27] de memoria, buscaba
la explicacin en influencias planetarias.

Mara Clara, dolo de todos, creci entre sonrisas y amores. Los
mismos frailes la festejaban cuando en las procesiones la vestan de
blanco, la abundante y rizada cabellera entretejida de sampagas [28]
y azucenas, con dos alitas de plata y oro pegadas  la espalda del
traje, y dos palomas blancas en la mano, atadas con cintas azules. Y
luego, era tan alegre, tena una charla tan cndidamente infantil,
que capitn Tiago, loco de amor, no haca ms que bendecir  los Santos
de Obando y aconsejar  todos la adquisicin de hermosas esculturas.

En los pases meridionales, la nia  los trece  catorce aos se hace
mujer, como el capullo de la noche, flor  la siguiente maana. En
ese periodo de transicin, lleno de misterios y romanticismo, entr
Mara Clara por consejos del cura de Binondo en el Beaterio de Santa
Catalina para recibir de las monjas la severa educacin religiosa. Con
lgrimas se despidi del padre Dmaso y del nico amigo con quien
haba jugado en su niez, de Crisstomo Ibarra, que despus parti
tambin para Europa. All, en aquel convento que se comunica con
el mundo al travs de una doble reja, y todava bajo la vigilancia
de la Madre Escucha, vivi ella siete aos.--Cada uno con sus miras
particulares y comprendiendo la mutua inclinacin de los jvenes, don
Rafael y capitn Tiago concertaron la unin de sus hijos y formaron
una razn social. Este acontecimiento, que tuvo lugar algunos aos
despus de la partida del joven Ibarra, fu celebrado con igual
jbilo por dos corazones cada uno en un extremo del mundo y en muy
diferentes circunstancias.






VII

IDILIO EN UNA AZOTEA

                                              El Cantar de los Cantares.


Temprano haban ido aquella maana  misa ta Isabel y Mara Clara:
sta vestida elegantemente, con un rosario de cuentas azules que
medio le serva de brazalete, y aqulla con sus anteojos para leer
el Ancora de Salvacin, durante el Santo Sacrificio.

Apenas desapareci el sacerdote del altar, la joven manifest
deseos de retirarse, con gran sorpresa y disgusto de la buena ta
que crea  su sobrina piadosa y amiga del rezo, como una monja
cuando menos. Refunfuando y hacindose cruces se levant la buena
anciana. Bah! ya me perdonar el buen Dios, que debe conocer el
corazn de las muchachas mejor que usted, ta Isabel, le hubiera
dicho para cortar sus severos, pero al fin maternales sermones.

Ahora se han desmayado ya, y Mara Clara distrae su impaciencia
tejiendo un bolsillo de seda, mientras la ta quiere borrar los rastros
de la fiesta anterior, empezando  manejar el plumero. Capitn Tiago
examina y repasa unos papeles.

Cada ruido en la calle, cada coche que pasaba hacan palpitar el seno
de la virgen y la estremecan. Ah, ahora desea estar otra vez en su
tranquilo beaterio, entre sus amigas! All le podra ver sin temblar,
sin turbarse! Pero no era l tu amigo de la infancia, no jugabais
tantos juegos y hasta reais  veces? El por qu de estas cosas no
lo he de decir; si t que me lees has amado, lo comprenders, y si no,
es intil que te lo diga: los profanos no comprenden estos misterios.

--Yo creo, Mara, que el mdico tiene razn,--dice capitn
Tiago.--Debes ir  provincias, ests muy plida, necesitas buenos
aires. Qu te parece, Malabn...  San Diego?

A este ltimo nombre, Mara Clara, se puso roja como una amapola y
no pudo contestar.

--Ahora iris Isabel y t al beaterio para sacar tus ropas y despedirte
de tus amigas,--continu capitn Tiago sin levantar la cabeza;--ya
no volvers  entrar en l.

Mara Clara sinti esa vaga melancola que se apodera del alma cuando
se deja para siempre un lugar en donde fuimos felices, pero otro
pensamiento amortigu este dolor.

--Y dentro de cuatro  cinco das, cuando tengas ropa nueva, nos iremos
 Malabn... Tu padrino ya no est en San Diego; el cura que viste
aqu anoche, aquel padre joven, es el nuevo cura que tenemos all,
es un santo.

--Le prueba San Diego mejor, primo!--observ la ta Isabel;--adems,
la casa que all tenemos es mejor; y se acerca la fiesta.

Mara Clara quera dar un abrazo  su ta, pero oy pararse un coche
y se puso plida.

--Ah, es verdad!--contest capitn Tiago, y cambiando de tono, aadi:

--Don Crisstomo!

Mara Clara dej caer la labor que tena entre las manos; quiso
moverse, pero no pudo: un estremecimiento nervioso recorra su
cuerpo. Se oyeron pasos en las escaleras, y despus, una voz fresca,
varonil. Como si esta voz hubiese tenido un poder mgico, la joven se
sustrajo  su emocin y echse  correr, escondindose en el oratorio
donde estaban los santos. Los dos primos se echaron  reir,  Ibarra
oy an el ruido de una puerta que se cerraba.

Plida, respirando aceleradamente, la joven se comprimi el palpitante
seno y quiso escuchar. Oy la voz, aquella voz tan querida, que haca
tiempo slo oa en sueos; l preguntaba por ella. Loca de alegra
bes al santo que encontr ms cerca,  San Antonio Abad santo feliz,
en vida y en madera, siempre con hermosas tentaciones! Despus busc
un agujero, el de la cerradura, para verle y examinarle: y sonrea,
y cuando su ta la sac de su contemplacin, sin saber lo que se haca,
se colg del cuello de la anciana y la llen de repetidos besos.

--Pero, tonta, qu te pasa?--pudo al fin decir la anciana enjugndose
una lgrima de sus marchitos ojos.

Mara Clara se avergonz y se tap los ojos con el redondo brazo.

--Vamos, arrglate, ven!--aadi la anciana en tono
carioso.--Mientras l habla con tu padre de ti... ven, y no te
hagas esperar.

La joven se dej llevar como una nia, y all se encerraron en su
aposento.

Capitn Tiago  Ibarra hablaban animadamente cuando apareci la ta
Isabel, medio arrastrando  su sobrina, que diriga la vista  todas
partes, menos  las personas...

Qu se dijeron aquellas dos almas, qu se comunicaron en ese lenguaje
de los ojos, ms perfecto que el de los labios, lenguaje dado al
alma para que el sonido no turbe el xtasis del sentimiento? En
esos instantes, cuando los pensamientos de los felices seres se
compenetran al travs de las pupilas, la palabra es lenta, grosera,
dbil, es como el ruido bronco y torpe del trueno  la deslumbradora
luz y la rapidez de la centella: expresa un sentimiento ya conocido,
una idea ya comprendida, y si se usa de ella es porque la ambicin del
corazn, que domina todo el sr, y que rebosa de felicidad, quiere que
todo el organismo humano con todas sus facultades fsicas y psquicas
manifieste el poema de alegras que entona el espritu. A la pregunta
de amor de una mirada que brilla  se vela, no tiene respuestas el
idioma: responden la sonrisa, el beso  el suspiro.

Y despus, cuando la enamorada pareja, huyendo del plumero
de la ta Isabel que levanta el polvo, se fueron  la azotea
para departir en libertad entre los pequeos emparrados, qu se
contaron entre murmullos, que os estremecais, florecitas rojas del
cabello-de-ngel? Contadlo vosotras, que tenis aromas en vuestro
aliento y colores en vuestros labios; t, cfiro, que aprendiste
raras armonas en el secreto de la noche obscura y en el misterio
de nuestros vrgenes bosques; contadlo, rayos del sol, manifestacin
brillante del Eterno en la tierra, nico inmaterial en el mundo de la
materia, contadlo, vosotros, que yo slo s referir prosaicas locuras!

Pero ya que no lo queris hacer, lo voy  intentar yo mismo.

El cielo era azul: una fresca brisa, que no ola  rosa, agitaba
las hojas y las flores de las enredaderas,--por esto se estremecan
los cabellos-de-ngel,--las plantas areas, los pescados secos y las
lmparas de China. El ruido del saguan [29], que remova las turbias
aguas del ro, el paso de los coches y carros por el puente de Binondo
llegaban distintamente hasta ellos, pero no lo que murmuraba la ta.

--Mejor, all estaris vigilados por todo el vecindario,--deca sta.

Al principio no se dijeron ms que tonteras, esas dulces tonteras
que se parecen mucho  las jactancias de las naciones en Europa:
gustan y saben  miel para los nacionales, pero hacen reir  fruncir
las cejas  los extranjeros.

Ella, como hermana de Can, es celosa y por esto pregunta  su novio:

--Has pensado siempre en m? no me has olvidado en tantos
viajes? Tantas grandes ciudades con tantas mujeres hermosas!...

El tambin, otro hermano de Can, sabe eludir las preguntas y es un
poco mentiroso, y por eso:

--Podra yo olvidarte?--contesta mirando embelesado en las negras
pupilas de ella:--podra yo faltar  un juramento sagrado? Te
acuerdas de aquella noche tempestuosa en que t, vindome solitario
llorar junto al cadver de mi madre, te acercaste  m, me pusiste la
mano sobre el hombro, tu mano que haca tiempo ya no me dejabas que
cogiese, y me dijiste: Has perdido  tu madre, yo nunca la tuve... y
lloraste conmigo? T la queras y ella te quera como  una hija. Fuera
llova y relampagueaba, pero me pareca oir msica, ver sonreir
el plido rostro del cadver... oh, si mis padres vivieran y te
contemplaran! yo entonces cog tu mano y la de mi madre, jur amarte,
hacerte feliz, sea cualquiera la suerte que el cielo me deparase, y
como este juramento no me ha pesado nunca, ahora te lo renuevo. Poda
yo olvidarte? Tu recuerdo me ha acompaado siempre, me ha salvado de
los peligros del camino, ha sido mi consuelo en la soledad de mi alma
en los pases extranjeros; tu recuerdo ha neutralizado el efecto del
loto de Europa, que borra de la memoria de muchos las esperanzas y
la desgracia de la Patria. En sueos te vea de pie en la playa de
Manila, mirando al lejano horizonte, envuelta en la tibia luz de la
temprana aurora; oa un lnguido y melanclico canto, que despertaba
en m adormecidos sentimientos y evocaba en la memoria de mi corazn
los primeros aos de mi niez, nuestras alegras, nuestros juegos,
todo el pasado feliz que animaste mientras estabas en el pueblo. Me
pareca que eras el hada, el espritu, la encarnacin potica de mi
Patria, hermosa, sencilla, amable, candorosa, hija de Filipinas, de
ese hermoso pas que une  las grandes virtudes de la Madre Espaa
las bellas cualidades de un pueblo joven, como se reune en tu sr
todo lo hermoso y bello, patrimonio de ambas razas [30]; y por esto
tu amor y el que profeso  mi Patria se funden en uno solo... Poda
olvidarte? Varias veces crea escuchar los sonidos de tu piano y los
acentos de tu voz, y siempre que en Alemania,  la cada de la tarde,
cuando vagaba por los bosques, poblados por las fantsticas creaciones
de sus poetas y las misteriosas leyendas de sus pasadas generaciones,
evocaba tu nombre, crea verte en la bruma que se levanta del fondo
del valle, crea oir tu voz en los susurros de las hojas; y cuando
los aldeanos, volviendo del trabajo, dejaban oir desde lejos sus
populares cantos, se me figuraba que armonizaban con mis voces
interiores, que cantaban para t, y daban realidad  mis ilusiones
y ensueos. A veces me perda en los senderos de las montaas, y la
noche, que all desciende poco  poco, me encontraba an vagando,
buscando mi camino entre pinos, hayas y encinas; entonces, si algunos
rayos de luna se deslizaban por entre los claros del ramaje, me pareca
verte en el seno del bosque como una vaga, enamorada sombra oscilar
entre la luz y las tinieblas de la espesura; y si acaso el ruiseor
dejaba oir sus variados trinos, crea que era porque te vea y t le
inspirabas. Si he pensado en t! La fiebre de tu amor no solamente
animaba  mi vista la niebla, sino que adems coloreaba el hielo! En
Italia, el hermoso cielo de Italia por su limpidez y profundidad me
hablaba de tus ojos; su risueo paisaje me hablaba de tu sonrisa, como
las campias de Andaluca con su aire saturado de aromas, poblado de
recuerdos orientales, llenos de poesa y colorido, me hablaban de tu
amor. En las noches de luna, de aquella soolienta luna, bogando en
una barca en el Rhin, me preguntaba si acaso no podra engaar  mi
fantasa para verte entre los lamos de la orilla, en la roca de la
Lorelay  en medio de las ondas, cantando en el silencio de la noche,
como la joven hada de los consuelos, para alegrar la soledad y la
tristeza de aquellos arruinados castillos!

--Yo no he viajado como t; no conozco ms que tu pueblo, Manila
y Antipolo,--contesta ella sonriendo, pues cree todo cuanto l le
cuenta,--pero desde que te dije adis, y entr en el beaterio, me
he acordado siempre de t, y no te he olvidado por ms que me lo ha
mandado el confesor, imponindome muchas penitencias. Me acordaba de
nuestros juegos, de nuestras rias cuando ramos nios. Escogas los
ms hermosos sigeyes [31] para jugar al siklot [32]; buscabas en
el ro las ms redondas y finas piedrecitas de diferentes colores
para que jugsemos al sintak; t eras muy torpe, perdas siempre
y por castigo te daba el bantil [33] con la palma de mi mano,
pero procuraba no pegarte fuerte, pues te tena compasin. En
el juego de la chonka [34] eras muy tramposo, ms an que yo, y
solamos acabar  arrebatia. Te acuerdas de aquella vez cuando te
enfadaste de veras? Entonces me hiciste sufrir, pero despus, cuando
me acordaba de ello en el beaterio, sonrea, te echaba de menos para
reir otra vez ... y hacer las paces en seguida. Eramos an nios:
fuimos con tu madre  baarnos en aquel arroyo bajo la sombra de los
caaverales. En las orillas crecan muchas flores y plantas cuyos
extraos nombres me decas en latn y en castellano, pues entonces
ya estudiabas en el Ateneo. Yo no te haca caso; me entretena en
ir detrs de las mariposas y liblulas, que tienen en su cuerpo fino
como un alfiler todos los colores del arco iris y todos los reflejos
del ncar, que pululan y se persiguen unas  otras entre las flores;
 veces con las manos quera sorprender, coger los pececillos, que se
deslizan rpidos entre el musgo y las pedrezuelas de la orilla. De
pronto desapareciste, y cuando volviste traas una corona de hojas
y flores de naranjo que colocaste sobre mi cabeza, llamndome Cloe;
para t hiciste otra de enredaderas. Pero tu madre cogi mi corona,
la machac con una piedra mezclndola con el gogo [35] con que nos iba
 lavar la cabeza; se te saltaron las lgrimas de los ojos y dijiste
que ella no entenda de mitologa:--Tonto!--contest tu madre,--vers
qu bien olern despus vuestros cabellos.--Yo me re, te ofendiste,
no me quisiste hablar, y el resto del da te mostraste tan serio, que
 mi vez tuve ganas de llorar. De vuelta al pueblo, y ardiendo mucho
el sol, cog hojas de salvia que creca  orillas del camino, te las
di para que las pusieses dentro de tu sombrero y no tuvieses dolor
de cabeza. Sonreiste, entonces te cog de la mano  hicimos las paces.

Ibarra se sonri de felicidad, abri su cartera y sac un papel, dentro
del cual haba envueltas unas hojas negruzcas, secas y aromticas.

--Tus hojas de salvia!--contest l  su mirada;--esto es todo lo
que me has dado.

Ella  su vez sac rpidamente de su seno una bolsita de raso blanco.

--Psh!--dijo ella dndole una palmada en la mano;--no se permite
tocar; es una carta de despedida.

--Es la que te escrib antes de partir?

--Me ha escrito usted otra, seor mo?

--Y qu te deca yo entonces?

--Muchos embustes, excusas de mal pagador!--contest ella sonriendo,
dando  entender cun agradables eran aquellas mentiras.--Quieto! te
la leer, pero suprimir tus galanteras para no martirizarte.

Y levantando el papel  la altura de sus ojos para que el joven no
le viera la cara, comenz:

Mi... no te leo lo que sigue, pues es un embuste,--y recorri algunas
lneas con los ojos.--Mi padre quiere que parta  pesar de mis
splicas.--T eres hombre, me ha dicho, debes pensar en el porvenir y
en tus deberes. Debes aprender la ciencia de la vida, lo que tu patria
no puede darte, para serle til un da. Si permaneces  mi lado,  mi
sombra, en esta atmsfera de preocupaciones, no aprenders  mirar 
lo lejos; y el da en que te falte te encontrars como la planta de
que habla nuestro poeta Baltasar: Crecida en el agua, se le marchitan
las hojas  poco que no se la riegue; la seca un momento de calor.
Ves? eres ya casi un joven y lloras an!--Me hiri este reproche y le
confes que te amaba. Mi padre se call, reflexion, y ponindome la
mano sobre el hombro me dijo con temblorosa voz:--Crees que t solo
sabes amar, que tu padre no te ama ni siente separarse de t? Hace
poco perdimos  tu madre; voy caminando ya  la vejez,  esa edad en
que se busca el apoyo y el consuelo de la juventud, y sin embargo,
acepto mi soledad, y no s si te volver  ver. Pero debo pensar en
otras cosas ms grandes... El porvenir se abre para t, para m se
cierra; tus amores nacen, los mos van muriendo; el fuego hierve en
tu sangre, el fro se insina en la ma, y sin embargo lloras y no
sabes sacrificar el ahora  un maana til para ti y tu pas!--Los
ojos de mi padre se llenaron de lgrimas, ca de rodillas  sus pies,
le abrac, le ped perdn y le dije que estaba dispuesto  partir...

La agitacin de Ibarra suspendi la lectura: el joven estaba plido
y andaba de un extremo  otro de la azotea.

--Qu tienes? qu te pasa?--le pregunt ella.

--T me has hecho olvidar que tengo mis deberes, que debo partir
ahora mismo para el pueblo! Maana es la fiesta de los muertos.

Mara Clara se call, fij en l algunos instantes sus grandes y
soadores ojos, y cogiendo unas flores, le dijo conmovida:

--V, yo no te detengo ms; dentro de algunos das nos volveremos
 ver! Coloca esta flor sobre la tumba de tus padres!

Algunos minutos despus, el joven descenda las escaleras acompaado
de capitn Tiago y de la ta Isabel, mientras Mara Clara se encerraba
en el oratorio.

--Haga usted el favor de decir  Andeng que prepare la casa,
que van  llegar Mara  Isabel! Buen viaje!--deca capitn Tiago,
mientras Ibarra suba en el coche, que parti en direccin  la plaza
de San Gabriel.

Y despus, por va de consuelo, deca  Mara Clara, que lloraba al
lado de una imagen de la Virgen:

--Anda, enciende dos velas de  dos reales, una al seor San Roque,
y otra al seor San Rafael, patrn de los caminantes! Enciende la
lmpara de Nuestra Seora de la Paz y Buenviaje, que hay muchos
tulisanes [36]. Ms vale gastarse cuatro reales en cera y seis
cuartos en aceite que no tener despus que pagar un rescate gordo!






VIII

RECUERDOS


El coche de Ibarra recorra parte del ms animado arrabal de Manila;
lo que la noche anterior le pona triste,  la luz del da le haca
sonreir  pesar suyo.

La animacin que bulla por todas partes, tantos coches que iban y
venan  escape, las carromatas, las calesas, los europeos, los chinos,
los naturales, cada cual con su traje, las vendedoras de fruta,
los corredores, el desnudo cargador, los puestos de comestibles,
las fondas, restaurants, tiendas, hasta los carros tirados por el
impasible  indiferente carabao, que parece entretenerse en arrastrar
bultos mientras filosofa, todo, el ruido, el traqueteo, hasta el sol
mismo, cierto olor particular, los abigarrados colores, despertaban
en su memoria un mundo de recuerdos adormecidos.

Aquellas calles no tenan an adoquinado. Brillaba el sol dos das
seguidos y se converta en polvo, que todo lo cubra, haca toser y
cegaba  los transeuntes: llova un da, y se formaba un pantano, que
 la noche reflejaba los faroles de los coches, salpicando desde cinco
metros de distancia  los peatones en las angostas aceras. Cuntas
mujeres no haban dejado en aquellas olas de lodo sus chinelas
bordadas! Entonces veanse apisonando las calles presidiarios en fila,
la cabeza rapada, vistiendo una camisa de mangas cortas y un calzn
hasta las rodillas con nmeros y letras azules; en las piernas cadenas
medio envueltas entre trapos sucios para moderar el roce  quizs el
fro del hierro; unidos de dos en dos, tostados por el sol, rendidos
por el calor y el cansancio, hostigados y azotados con una vara por
otro presidiario, que se consolaba acaso con poder  su vez maltratar
 otros. Eran hombres altos, de sombras fisonomas, que l no haba
visto jams serenarse con la luz de una sonrisa; sus pupilas, sin
embargo, brillaban, cuando la vara, silbando, caa sobre los hombros,
 cuando un transeunte les arrojaba la colilla de un cigarro, medio
mojado y deshecho: lo coga el que estaba ms cerca y lo esconda
en su salakot [37]; los dems se quedaban mirando con una expresin
rara  los otros transeuntes. Le pareca oir an el ruido que hacan
desmenuzando la piedra para cubrir los baches, y el sonido alegre
de los pesados grillos en sus tobillos hinchados. Ibarra recordaba
estremecindose an una escena que haba herido su imaginacin de
nio: era una siesta y el sol dejaba caer  plomo sus ms calurosos
rayos. A la sombra de un carretn de madera yaca uno de aquellos
hombres, exnime, los ojos entreabiertos; otros dos, silenciosos,
arreglaban una camilla de caa, sin ira, sin dolor, sin impaciencia,
lo que era propio del carcter atribudo  los naturales.--Hoy t,
maana nosotros, diran entre s. La gente circulaba sin cuidarse
de ello, aprisa; las mujeres pasaban, lo miraban, y continuaban su
camino; el espectculo era comn, haba encallecido los corazones;
los coches corran reflejando en su barnizado cuerpo los rayos de
aquel sol brillante en un cielo sin nubes;  l solo, nio de once
aos, acabado de llegar del pueblo, le conmova,  l slo le di
una pesadilla la noche siguiente.

Ya no estaba el bueno y honrado Puente de Barcas, aquel puente buen
filipino, que haca todo lo posible por servir  pesar de sus naturales
imperfecciones, que se elevaba y se deprima segn el capricho del
Psig y que ste ms de una vez haba maltratado y destrozado.

Los almendros de la plaza de San Gabriel no haban crecido, continuaban
raquticos.

La Escolta [38] le pareci menos hermosa, sin embargo de que un gran
edificio con caritides ocupaba el sitio de los antiguos camarines. El
nuevo Puente de Espaa llam su atencin; las casas de la orilla
derecha del ro entre caaverales y rboles, all donde la Escolta
termina y la Isla del Romero empieza, le recordaron las frescas
maanas, cuando en banca [39] pasaban por all para ir  los baos
de Ul Uj.

Encontraba muchos coches tirados por magnficos troncos de caballos
enanos: dentro de los coches, empleados, que medio dormidos an, se
dirigan acaso  sus oficinas, militares, chinos en una postura fatua
y ridcula, frailes graves, cannigos, etc. En una elegante victoria
crey reconocer al padre Dmaso, serio y con las cejas fruncidas,
pero ste ya haba pasado y ahora le saluda alegremente desde su
carretela Cpn. Tinong, que va con su seora y sus dos hijas.

A la bajaba de puente los caballos tomaron el trote, dirigindose
hacia el paseo de la Sabana. A la izquierda, la fbrica de Tabacos de
Arroceros dejaba oir el estruendo que hacen las cigarreras golpeando
las hojas. Ibarra no pudo menos de sonreir, acordndose de aquel
fuerte olor que  las cinco de la tarde saturaba el Puente de Bargas
y le mareaba cuando nio. Las animadas conversaciones, los chistes
llevaron maquinalmente su imaginacin al barrio de Lavapis en Madrid
con sus motines de cigarreras, tan fatales para los desgraciados
guindillas, etc.

El jardn botnico ahuyent sus risueos recuerdos: el demonio de las
comparaciones le puso delante de los jardines botnicos de Europa,
en los pases donde se necesitan mucha voluntad y mucho oro para que
brote una hoja y abra su cliz una flor; record los de las colonias,
ricos y bien cuidados y abiertos todos al pblico. Ibarra apart
la vista, mir  su derecha y all vi  la antigua Manila, rodeada
an de sus murallas y fosos, como una joven anmica envuelta en un
vestido de los buenos tiempos de su abuela.

La vista del mar que se pierde  lo lejos!.....

--A la otra ribera est Europa!--pensaba el joven. Europa con sus
hermosas naciones agitndose continuamente, buscando la felicidad,
soando todas las maanas y desengandose al ocultar el sol ... feliz
en medio de sus catstrofes! S,  la otra orilla del infinito mar
estn las naciones espirituales, sin embargo de que no condenan la
materia, ms espirituales an que las que se precian de adorar el
espritu!...

Pero estos pensamientos huyen de su imaginacin  la vista de
la pequea colina en el campo de Bagumbayan [40]. El montecillo,
aislado, al lado del paseo de la Luneta, llamaba ahora su atencin
y le pona meditabundo.

Pensaba en el hombre que le haba abierto los ojos de su inteligencia,
hecho comprender lo bueno y lo justo. Las ideas que le haba infundido
eran pocas, s, pero no eran vanas repeticiones: eran convicciones
que no palidecieron  la luz de los mayores focos del Progreso. Aquel
hombre era un anciano sacerdote, y las palabras que le haba dicho al
despedirse de l, resonaban an en sus odos. No olvides que si el
saber es patrimonio de la humanidad, slo lo heredan los que tienen
corazn, le haba recordado. He procurado transmitirte lo que de mis
maestros he recibido; el caudal aquel lo he procurado aumentar en lo
que he podido y lo transmito  la generacin que viene: t hars lo
mismo con la que te suceda, y puedes triplicarlo, pues vas  muy ricos
pases. Y aada sonriendo: Ellos vienen buscando oro, id tambin
vosotros  su pas  buscar otro oro que nos hace falta. Recuerda,
sin embargo, que no es oro todo lo que reluce. Aquel hombre haba
muerto all.

A estos recuerdos contestaba l profiriendo en voz baja:

--No,  pesar de todo, primero la patria, primero Filipinas, hija
de Espaa, primero la patria espaola! No, eso que es fatalidad no
empaa  la patria, no!

No llama su atencin la Ermita, fnix de nipa, que se levanta de sus
cenizas bajo la forma de casas pintadas de blanco y azul, techadas
de cinc pintado de rojo. No atraen sus miradas ni Malate, ni el
cuartel de caballera con sus rboles enfrente, ni los habitantes,
ni las casitas de nipa de techo ms  menos piramidal  prismtico,
ocultas entre pltanos y bongas, construdas como los nidos, por cada
padre de familia.

El coche segua rodando: se encontraba con una carromata tirada por
uno  dos caballos, cuyos arneses de abak [41] delataban su origen
provinciano. El carromatero procuraba ver al viajero del brillante
coche y pasaba sin cambiar palabra, sin un solo saludo. A veces un
carretn, tirado por un carabao de paso lento  indiferente, animaba
las anchas y polvorosas calzadas, baadas por el brillante sol de los
trpicos. Al melanclico y montono canto del gua, montado sobre
el bfalo, acompaa el estridente rechinar de la seca rueda con el
descomunal eje del pesado vehculo;  veces es el sonido sordo de los
gastados patines  plantas de un paragos, ese trineo de Filipinas, que
se arrastra penosamente sobre el polvo  los charcos del camino. En
los campos, en las tendidas eras pasta el ganado, mezclado con las
blancas garzas, tranquilamente posadas sobre el lomo del buey, que
ruma y saborea medio cerrando los ojos la hierba de la pradera; 
lo lejos yeguadas triscan, saltan y corren, perseguidas por un potro
de genio vivo, cola larga y abundantes crines: el potro relincha,
y salta la tierra  los golpes de sus poderosos cascos.

Dejemos al joven viajar meditando  dormitando: la poesa melanclica
 animada del campo no llama su atencin; aquel sol que hace relucir
las copas de los rboles y correr  los campesinos, cuyos pies quema
el candente suelo  pesar de su calzado de callos, aquel sol que
detiene  la aldeana bajo la sombra de un almendro  caaveral y
le hace pensar en cosas vagas  inexplicables, aquel sol no tiene
encantos para nuestro joven.

Volvamos  Manila mientras el coche rueda tambaleando, como un
borracho, por el accidentado terreno, mientras pasa un puente de caa,
sube elevada cuesta  baja rpida pendiente.






IX

COSAS DEL PAIS


Ibarra no se haba equivocado: en aquella victoria iba en efecto el
padre Dmaso y se diriga  la casa de donde l acababa de salir.

--A dnde os vais?--pregunt el fraile  Mara Clara y  ta Isabel
que se disponan  subir en un coche con adornos de plata: padre
Dmaso en medio de su preocupacin daba ligeros golpecitos en las
mejillas de la joven.

--Al Beaterio  sacar mis cosas,--contest ella.

--Ahaa! aj! vamos  ver quin puede ms, vamos  ver...--murmuraba
distrado, dejando  las dos mujeres no poco sorprendidas. Con la
cabeza baja y andar lento gan las escaleras y subi.

--Debe tener sermn, y lo estar estudiando de memoria!--dijo ta
Isabel;--sube, Mara, que llegaremos tarde.

Si el padre Dmaso tena sermn  no, no lo podemos decir; pero cosas
muy importantes deban absorber su atencin, pues no tendi la mano
 Cpn. Tiago, que tuvo que hacer una semigenuflexin para besrsela.

--Santiago!--fu lo primero que dijo,--tenemos que hablar de cosas
muy importantes; vamos  tu despacho.

Cpn. Tiago se puso inquieto, perdi el uso de la palabra, pero
obedeci y sigui detrs del colosal sacerdote, que cerr detrs de
s la puerta.

Mientras conferencian en secreto, averigemos qu se ha hecho de
fray Sibyla.

El sabio dominico no est en la casa parroquial: muy temprano, despus
de decir misa, se fu al convento de su orden, situado  la entrada
de la puerta de Isabel II  de Magallanes, segn qu familia reina
en Madrid.

Sin hacer caso ni del rico olor  chocolate, ni del ruido de cajones
y monedas, que vena de la procuracin, y contestando apenas al
respetuoso y deferente saludo del hermano procurador, fray Sibyla
subi, atraves algunos corredores y llam  una puerta con los
nudillos de los dedos.

--Adelante!--suspir una voz.

--Dios devuelva  vuestra reverencia la salud!--fu el saludo del
joven dominico al entrar.

Sentado en un gran silln se vea  un viejo sacerdote, demacrado, algo
amarillento, como esos santos que pint Rivera. Sus ojos se hundan en
las ahuecadas rbitas, coronadas de pobladsimas cejas, que, por estar
contradas casi siempre, aumentaban el intenso brillo de aquellos.

El padre Sibyla le contempl conmovido, cruzados los brazos debajo
del venerable escapulario de Santo Domingo. Despus dobl la cabeza
sin decir una palabra y pareci aguardar.

--Ah!--suspir el enfermo--me aconsejan la operacin. Hernando,
la operacin  mi edad! El pas, este terrible pas! Escarmienta
en m, Hernando!

Fray Sibyla levant lentamente los ojos y los fij en la fisonoma
del enfermo:

--Y qu ha decidido vuestra reverencia?--pregunt.

--Morir! Ay! qudame otra cosa acaso? Sufro demasiado pero ... he
hecho sufrir  muchos ... saldo mi deuda! Y t cmo ests? qu
traes?

--Vena  hablarle del encargo que me ha dado.

--Ah! y qu es de ello?

--Psh!--contest con disgusto el joven sentndose y volviendo con
desprecio la cara  otra parte; nos han contado fbulas; el joven
Ibarra es un chico prudente, no parece tonto, pero le creo un buen
chico.

--Lo crees?

--Anoche comenzaron las hostilidades.

--Ya? y cmo?

Fray Sibyla refiri brevemente lo que pas entre el padre Dmaso y
Crisstomo Ibarra.

--Adems,--aadi concluyendo,--el joven se casa con la hija de
Cpn. Tiago, educada en el colegio de nuestras hermanas, es rico,
y no querr hacerse de enemigos para perder felicidad y fortuna.

El enfermo mova la cabeza en seal de asentimiento.

--S, pienso como t... Con una mujer tal y un suegro parecido, le
tendremos en cuerpo y alma. Y si no, tanto mejor si se declarase
enemigo nuestro!

Fray Sibyla mir sorprendido al anciano.

--Para bien de nuestra Santa Corporacin, se entiende,--aadi,
respirando con dificultad.--Prefiero los ataques  las tontas alabanzas
y adulaciones de los amigos... Verdad es que estn pagados.

--Piensa vuestra reverencia?...

El anciano le mir con tristeza.

--Tenlo bien presente!--contest respirando con fatiga. Nuestro
poder durar mientras se crea en l. Si nos atacan, el Gobierno
dice: Los atacan porque ven ellos un obstculo  su libertad, pues
conservmoslos.

--Y si les da odos? El Gobierno  veces...

--No les dar!

--Sin embargo, si, atrado por la codicia, llegase  querer para s
lo que nosotros recogemos ... si hubiese un atrevido y temerario...

--Entonces ay de l!

Ambos guardaron silencio.

--Adems,--continu el enfermo,--nosotros necesitamos que nos ataquen,
que nos despierten: esto nos descubre nuestros flacos y nos mejora. Las
exageradas alabanzas nos engaan, nos adormecen, pero fuera nos
ponen en ridculo, y el da en que estemos en ridculo, caeremos
como camos en Europa. El dinero ya no entrar en nuestras iglesias,
nadie comprar escapularios ni correas ni nada, y cuando dejemos de
ser ricos, no podremos ya convencer  las conciencias

--Psh! siempre tendremos nuestras haciendas, nuestras fincas...

--Todas se perdern como las perdimos en Europa! Y lo peor es que
trabajamos para nuestra misma ruina. Por ejemplo: ese afn desmedido de
subir cada ao, y  nuestro arbitrio, el canon de nuestros terrenos,
ese afn que en vano he combatido en todos los Captulos, ese
afn nos pierde! El indio se ve obligado  comprar en otra parte
tierras que resultan tan buenas  mejores que las nuestras. Temo que
empezamos  bajar: Quos vult perdere Jpiter dementat prius. Por eso
no aumentemos nuestro peso; el pueblo murmura ya. Has pensado bien:
dejemos  los dems que arreglen all sus cuentas, conservemos el
prestigio que nos queda, y puesto que pronto apareceremos ante Dios,
limpimonos las moscas... Que el Dios de las misericordias tenga
piedad de nuestra flaqueza!

--De manera que vuestra reverencia cree que el canon  tributo?...

--No hablemos ya ms de dinero!--interrumpi con cierto disgusto el
enfermo.--Decas que el teniente haba prometido al padre Dmaso...

--S, padre!--contest Fray Sibyla medio sonriendo. Pero esta maana
le vi y me dijo que senta cuanto haba pasado anoche, que el Jerez
le haba subido  la cabeza, y que consideraba que el padre Dmaso
estaba en igual situacin que l.--Y la promesa? le pregunt en
broma.--Padre cura, me contest: yo s cumplir mi palabra cuando con
ella no mancho mi honor: no soy, ni he sido nunca delator; por eso
no tengo ms que dos estrellas.

Despus de hablar de otras cosas insignificantes, fray Sibyla se
despidi.

El teniente no haba ido en efecto  Malacaan [42], pero el Capitn
General supo lo ocurrido.

Hablando con sus ayudantes de las alusiones que los peridicos de
Manila le hacan bajo el nombre de cometas y apariciones celestes,
uno de aquellos le refiri la cuestin del padre Dmaso con colores
algo ms intencionados aunque en forma ms correcta.

--De quin lo supo usted?--pregunt Su Excelencia sonriendo.

--De Laruja, que lo contaba esta maana en la redaccin.

El Capitn General volvi  sonreirse y aadi:

--Mujer y fraile no hacen agravio! Pienso vivir en paz el tiempo
que me queda de pas y no quiero ms cuestiones con hombres que usan
faldas. Es ms; he sabido tambin que el provincial se ha burlado de
mis rdenes; yo ped como castigo el traslado de ese fraile; y bien,
le trasladaron llevndole  otro pueblo mucho mejor: frailadas,
como decimos en Espaa!

Pero cuando Su Excelencia se encontr solo, dej de reir.

--Ah! si el pueblo este no fuera tan estpido, les metera en
cintura  sus reverencias!--suspir.--Pero cada pueblo merece su
suerte, y hagamos lo que todo el mundo.

Capitn Tiago entretanto concluy de conferenciar con el padre Dmaso,
 mejor dicho ste con aqul.

--Conque ya ests advertido!--deca el franciscano al
despedirse.--Todo esto se hubiera podido evitar si me hubieses antes
consultado, si no hubieses mentido cuando yo te lo preguntaba. Procura
no cometer ms tonteras y fate en su padrino!

Capitn Tiago di dos  tres vueltas por la sala, meditabundo
y suspirando de repente, como si se le hubiese ocurrido un buen
pensamiento, corri al oratorio y apag aprisa las velas y la lmpara
que haba hecho encender para salvaguardia de Ibarra.

--Todava hay tiempo y el camino es muy largo!--murmur.






X

EL PUEBLO


Casi  orillas del lago est el pueblo de San Diego [43] en medio
de campias y arrozales. Exporta azcar, arroz, caf y frutas  los
vende malbaratados al chino, que explota la candidez  los vicios de
los labradores.

Cuando en un da sereno los muchachos se suben al ltimo cuerpo de la
torre de la iglesia, que el musgo y las plantas trepadoras adornan,
entonces prorrumpen en alegres exclamaciones, provocadas por la
hermosura del panorama que se ofrece  su vista. En medio de aquel
cmulo de techos de nipa, teja, cinc y cabonegro [44], separados por
huertas y jardines, cada uno sabe encontrar su casita, su pequeo
nido. Todo les sirve de seas: un rbol, el tamarindo de ligero
follaje, el cocotero cargado de nueces como la Astart generadora  la
Diana de Efeso con sus numerosas mamas, una flexible caa, una bonga,
una cruz. All est el ro, monstruosa serpiente de cristal, dormida en
la verde alfombra; de trecho en trecho rizan su corriente pedazos de
roca, esparcidos en el arenoso lecho; all el cauce se estrecha entre
dos elevadas orillas  que se agarran haciendo contorsiones rboles de
races desnudas; aqu se forma una suave pendiente y el ro se ensancha
y remansa. All, ms  lo lejos, una casita, construda al borde,
desafa la altura, los vientos y el abismo, y por sus delgados harigues
 puntales, dirase una monstruosa zancuda que espa al reptil para
acometerle. Troncos de palmeras  rboles con corteza an, movedizos y
vacilantes, unen ambas orillas, y si son malos puentes, son en cambio
magnficos aparatos gimnsticos para hacer equilibrios, lo que no es
de desdear: los chicos se divierten desde el ro en que se baan,
con las angustias de la mujer que pasa con el cesto en la cabeza,
 del anciano que va temblando y deja caer el bculo en el agua.

Pero lo que siempre llama la atencin, es una que diramos pennsula de
bosque en aquel mar de terrenos cultivados. All hay rboles seculares,
de ahuecado tronco, que mueren solamente cuando algn rayo hiere la
altiva copa y lo incendia: dicen que entonces el fuego se circunscribe
y muere en el mismo sitio; all hay enormes peas que el tiempo y
la naturaleza van vistiendo con terciopelos de musgo: el polvo se
deposita capa tras capa en sus huecos, la lluvia las fija y las aves
siembran semillas. La vegetacin tropical se desenvuelve libremente:
matorrales, malezas, cortinas de enredaderas entrelazadas unas  otras,
pasan de un rbol  otro, se cuelgan de las ramas, se agarran  las
races, al suelo, y como si Flora no estuviese an contenta, planta
sobre las plantas; musgo y hongos viven sobre las agrietadas cortezas,
y plantas areas, graciosos huspedes, confunden sus abrazos con las
hojas del rbol hospitalario.

Aquel bosque era respetado: acerca de l existan extraas leyendas,
pero la ms verosmil y por lo mismo menos creda y sabida parece
ser la siguiente.

Cuando el pueblo era todava un montn miserable de chozas, y en
las mal llamadas calles creca an abundante la hierba, en aquellos
tiempos en que durante la noche venan venados y jabales, lleg
un da un viejo espaol de ojos profundos y que hablaba bastante
bien el tagalo. Despus de visitar y recorrer los terrenos en varios
sentidos, pregunt por los propietarios del bosque en donde corran
aguas termales. Presentronse algunos que pretendan serlo, y el viejo
lo adquiri en cambio de ropas, alhajas y algn dinero. Despus, sin
saberse cmo, desapareci. La gente le crea ya encantado, cuando
un olor ftido, que parta del vecino bosque, llam la atencin
de unos pastores; rastreronlo y encontraron al viejo en estado de
putrefaccin, colgado de la rama de un balit [45]. En vida ya daba
miedo por su voz profunda, cavernosa, por aquellos ojos hundidos y
aquella risa sin sonido; pero ahora, habindose suicidado, turbaba el
sueo de las mujeres. Algunas tiraron las alhajas al ro y quemaron
la ropa, y desde que el cadver fu enterrado al pie mismo del balit,
ya no hubo persona que por all se quisiese aventurar. Un pastor, que
buscaba  sus animales, cont haber visto luces; fueron los mancebos,
y stos ya oyeron lamentos. Un infeliz enamorado, que para llamar la
atencin de la desdeosa prometi pasar la noche debajo del rbol
arrollando  su tronco un largo junco, muri de una fiebre rpida,
que le cogi al da siguiente de la noche de su apuesta. Corran an
sobre este paraje muchos cuentos y leyendas.

Mas pasaron meses y vino un joven, mestizo espaol al parecer, que dijo
ser el hijo del difunto, y se estableci en aquel rincn dedicndose
 la agricultura, sobre todo,  la siembra del ail. Don Saturnino
era un joven taciturno y de un carcter violento,  veces cruel, pero
era muy activo y laborioso: cerc con un muro la tumba de su padre,
que visitaba solo de tiempo en tiempo. Entrado en aos, casse con una
joven de Manila, de quien tuvo  don Rafael, el padre de Crisstomo.

Don Rafael, desde muy joven, se hizo amar de los campesinos:
la agricultura, trada y fomentada por su padre, se desarroll
rpidamente; afluyeron nuevos habitantes, vinieron muchos chinos,
el villorio pronto se hizo aldea y tuvo un cura indio; despus la
aldea se convirti en pueblo, muri el cura y vino Fr. Dmaso, pero
el sepulcro y el territorio anejo fueron respetados. Los chicos
se atreven  veces, armados de palos y piedras,  vagar por los
alrededores, para coger guayabas, papayas, lomboi [46], etctera,
y ocurra que en lo mejor de la ocupacin,  cuando contemplaban
silenciosos la cuerda que se balancea desde la rama, caa una 
dos piedras, venidas sin saberse de dnde; entonces al grito de el
viejo! el viejo! arrojaban frutas y palos, saltaban de los rboles,
corran entre rocas y matorrales y no paraban hasta salir del bosque,
plidos, jadeantes unos, llorosos otros, y riendo muy pocos.






XI

LOS SOBERANOS

                                                  Dividos  imperad.

                                                     (Nuevo Maquiavelo.)


Quines eran los caciques del pueblo?

No lo fu don Rafael cuando viva, aunque era el ms rico, tena
ms tierras, y casi todos le deban favores. Como era modesto y
procuraba quitar el valor  cuanto haca, en el pueblo no form nunca
su partido, y ya vimos como se le levantaron en contra cuando le vieron
vacilar.--Sera Cpn. Tiago?--Cuando llegaba, era en verdad recibido de
sus deudores con orquesta, le daban banquete y le colmaban de regalos:
las mejores frutas cubran su mesa; si se cazaba un venado  jabal,
l tena un cuarto; si encontraba hermoso el caballo de un deudor,
media hora despus lo vea en su cuadra: todo esto es verdad, pero
se rean de l y le llamaban en secreto Sacristn Tiago.

Acaso el gobernadorcillo?

Este era un infeliz que no mandaba, obedeca; no rea  nadie, era
reido; no dispona, disponan de l; en cambio, tena que responder al
Alcalde Mayor de cuanto le haban mandado, ordenado y dispuesto como
si todo hubiese salido de su crneo, pero, sea dicho en su honor, l
do ha robado ni usurpado esta dignidad: le ha costado cinco mil pesos
y muchas humillaciones, y por lo que le renta, le parece muy barata.

Vamos! entonces ser Dios!

Ah! el buen Dios no turbaba las conciencias ni el sueo de sus
habitantes: por lo menos no les haca temblar, y si les hubiesen
hablado de El por casualidad en algn sermn, de seguro que habran
pensado suspirando: Si slo hubiese un Dios!... Del buen Seor se
ocupaban poco: bastante que hacer daban los santos y las santas. Dios
para aquella gente haba pasado  ser como esos pobres reyes que
se rodean de favoritos y favoritas: el pueblo slo hace la corte 
estos ltimos.

San Diego era una especie de Roma, pero no Roma cuando el tuno de
Rmulo trazaba con el arado sus murallas, ni cuando despus, bandose
en sangre propia y ajena, dictaba leyes al mundo, no: era como la Roma
contempornea con la diferencia de que en vez de monumentos de mrmol
y coliseos, tena monumentos de saual [47] y gallera de nipa. El
cura era el Papa en el Vaticano; el alfrez de la guardia civil el
Rey de Italia en el Quirinal, se entiende, todo en proporcin con el
saual y la gallera de nipa. Y aqu como all resultaban continuos
disgustos, pues cada cual, queriendo ser el seor, hallaba sobrante
al otro. Expliqumonos y describamos las cualidades de ambos.

Fray Bernardo Salv era aquel joven y silencioso franciscano de que
ya hemos hablado antes. Por sus costumbres y modales distinguase
mucho de sus hermanos y ms an de su predecesor, el violento
P. Dmaso. Era delgado, enfermizo, casi constantemente pensativo,
estricto en el cumplimiento de los deberes religiosos y cuidadoso
de su buen nombre. Un mes despus de su llegada, casi todos se
hicieron hermanos de la V. O. T. [48], con gran tristeza de su rival,
la Cofrada del Santsimo Rosario. El alma saltaba de alegra al
ver en cada cuello cuatro  cinco escapularios y en cada cintura un
cordn con nudos, y aquellas procesiones de cadveres  fantasmas con
hbitos de guingn. El sacristn mayor se hizo un capitalito vendiendo
 dando de limosna, que es como se debe de decir, todos los objetos
necesarios para salvar el alma y combatir al diablo: sabido es que
este espritu, que antes se atreva  contradecirle  Dios mismo cara
 cara, dudando de sus palabras, como se dice en el libro santo de
Job; que llev por los aires  N. S. Jesucristo, como despus en la
Edad Media con las brujas, y contina, dicen, hacindolo an con los
asuang [49] de Filipinas, parece que hoy se ha vuelto tan vergonzoso,
que no puede resistir la vista de un pao en que hay pintados dos
brazos y teme los nudos de un cordn; pero esto no prueba otra cosa
sino que se progresa tambin por este lado, y el diablo es retrgrado
 al menos conservador como todo el que vive en las tinieblas, si no
quiere que le atribuyamos debilidades de doncella de quince aos.

Como decamos, el P. Salv era muy asiduo en cumplir con sus deberes;
segn el alfrez, demasiado asiduo. Mientras predicaba--era muy
amigo de predicar--se cerraban las puertas de la iglesia; en esto se
pareca  Nern que no dejaba salir  nadie mientras cantaba en el
teatro; pero aqul lo haca para el bien y ste para el mal de las
almas.--Toda falta de sus subordinados la sola castigar con multas,
pues pegaba muy raras veces: en lo que se diferenciaba tambin mucho
del P. Dmaso, el cual todo lo arreglaba  puetazos y bastonazos,
que daba riendo y con la mejor buena voluntad. Por esto no se le
poda querer mal;  estaba convencido de que  slo a palos se le trata
al indio; as lo haba dicho un fraile  que saba escribir libros y
l lo crea pues no discuta nunca  lo impreso: de esta modestia se
podan quejar muchas personas.

Fr. Salv pegaba rarsimas veces pero como deca un  viejo filsofo
del pueblo, lo que faltaba en cantidad, abundaba  en cualidad, pero
tampoco por esto se le poda querer mal.  Los ayunos y abstinencias,
empobreciendo su sangre, exaltaban sus nervios y, como deca la gente,
se le suba el viento  la cabeza. De esto vena  resultar que las
espaldas de los sacristanes no distinguan bien cuando un cura ayunaba
mucho  coma mucho.

El nico enemigo de este poder espiritual con tendencias de temporal,
era, como ya dijimos, el alfrez. El nico, pues cuentan las mujeres
que el diablo anda huyendo de l, porque un da, habindose atrevido
 tentarle, fu cogido, atado al pie del catre, azotado con el cordn,
y slo fu puesto en libertad despus de nueve das.

Como es consiguiente, el que despus de esto se haga todava enemigo
de un hombre como tal, llega  tener peor fama que los mismos pobres
 incautos diablos, y el alfrez mereca su suerte. Su seora,
una vieja filipina con muchos coloretes y pinturas, llambase doa
Consolacin; el marido y otras personas la llamaban de otra manera. El
alfrez vengaba sus desgracias matrimoniales en su propia persona
emborrachndose como una cuba, mandando  sus soldados hacer ejercicios
al sol, quedndose l en la sombra,  ms  menudo, sacudiendo  su
seora, que, si no era un cordero de Dios para quitar los pecados de
nadie, en cambio serva para ahorrarle muchas penas del Purgatorio,
si acaso iba all, lo que ponen en duda las devotas. El y ella,
como bromeando, se zurraban de lo lindo y daban espectculos gratis
 los vecinos: concierto vocal  instrumental,  cuatro manos, piano,
fuerte, con pedal y todo.

Cada vez que estos escndalos llegaban  odos del P. Salv, ste se
sonrea y se persignaba, rezando despus un padrenuestro; llambanle
carca, hipcrita, carlistn, avaro; el P. Salv se sonrea tambin y
rezaba ms. El alfrez siempre contaba  los pocos espaoles que le
visitaban, la ancdota siguiente:

--Va usted al convento  visitar al curita Moscamuerta? Ojo! Si
le ofrece chocolate, lo cual dudo!... pero en fin si le ofrece,
ponga atencin. Llama al criado y dice: Fulanito, haz una jcara de
chocolate, eh? entonces qudese, sin temor, pero si dice: Fulanito,
haz una jcara de chocolate ah? entonces coja usted el sombrero y
mrchese corriendo.

--Qu? preguntaba el otro espantado da jicarazo? Caramba!

--Hombre tanto, no!

--Entonces?

--Chocolate eh? significa espeso, y chocolate ah? aguado.

Pero creemos que esto sea calumnia del alfrez, pues la misma
ancdota se atribuye tambin  muchos curas. A menos que sea cosa de
la Corporacin...

Para hacerle dao prohibi el militar, inspirado por su seora,
que nadie paseara arriba de las nueve de la noche. Doa Consolacin
pretenda haber visto al cura, disfrazado con camisa de pia y
salakot de nit [50], pasearse  altas horas de la noche. Fr. Salv se
vengaba santamente: al ver al alfrez entrar en la iglesia, mandaba
disimuladamente al sacristn cerrar todas las puertas, y entonces se
suba al plpito y empezaba  predicar hasta que los santos cerraban
los ojos, y le murmuraba por favor! la paloma de madera sobre su
cabeza, la imagen del Espritu divino. El alfrez, como todos los
impenitentes, no por eso se correga: sala jurando y tan pronto
como poda pillar  un sacristn  un criado del cura, le detena, le
zurraba, le haca fregar el suelo del cuartel y el de su propia casa,
que entonces se pona decente. El sacristn, al ir  pagar la multa,
que el cura le impona por su ausencia, expona los motivos. Fr. Salv
le oa silencioso, guardaba el dinero, y por de pronto soltaba  sus
cabras y carneros para que fuesen  pacer en el jardn del alfrez,
mientras buscaba un tema nuevo para otro sermn mucho ms largo y
edificante. Pero estas cosas no eran obstculo ninguno, para que,
si despus se vean, se diesen la mano y se hablasen cortesmente.

Cuando el marido dorma el vino  roncaba la siesta y doa Consolacin
no poda reir con l, entonces acomodbase en la ventana con su puro
en la boca y su camisa de franela azul. Ella, que no puede soportar
 la juventud, dardea desde all con sus ojos  las muchachas y las
moteja. Estas la temen, desfilan confusas sin poder levantar sus ojos,
apresurando el paso y conteniendo la respiracin. Doa Consolacin
tena una gran virtud: pareca no haber mirado nunca un espejo.

Estos son los soberanos del pueblo de San Diego.






XII

TODOS LOS SANTOS


Lo nico que sin disputa distingue al hombre de los animales, es el
culto que rinden  los que dejaron de ser. Y cosa extraa! esta
costumbre aparece tanto ms profundamente arraigada cuanto menos
civilizados son los pueblos.

Escriben los historiadores que los antiguos habitantes de Filipinas
veneraban y deificaban  sus antepasados; ahora sucede lo contrario:
los muertos tienen que encomendarse  los vivos. Cuentan tambin
que los de Nueva Guinea guardan en cajas los huesos de sus muertos
y mantienen con ellos conversacin; la mayor parte de los pueblos
de Asia, Africa y Amrica les ofrecen los platos ms exquisitos
de sus cocinas  los que fueron en vida su comida favorita, y dan
banquetes  que suponen que asisten. Los egipcios les levantaban
palacios, los musulmanes capillitas, etc., pero el pueblo maestro
en esta materia y que ha conocido mejor el corazn humano es el de
Dahomey. Estos negros saben que el hombre es vengativo; as, pues,
dicen, para contentar al muerto no hay mejor que sacrificarle sobre
la tumba  todos sus enemigos; y como el hombre es curioso y no sabr
cmo distraerse en la otra vida, le envan cada ao un correo bajo
la piel de un esclavo decapitado.

Nosotros nos diferenciamos de todos. Pese  las inscripciones de las
tumbas, casi ninguno cree en que descansan los muertos, y menos en
paz. El ms optimista se imagina  sus bisabuelos tostndose an en el
Purgatorio, y, si no sale condenado, todava podr acompaarlos por
muchos aos. Y quien nos quiera contradecir, que visite las iglesias
y los cementerios del pas durante este da, observe y ver. Pero ya
que estamos en el pueblo de San Diego, visitemos el suyo.

Hacia el oeste, en medio de los arrozales, est, no la ciudad, sino
el barrio de los muertos: conduce  l una estrecha vereda, polvorosa
en das de calor y navegable en das de lluvia. Una puerta de madera y
un cerco mitad de piedra y mitad de caa y estacas, parecen separarle
del pueblo de los hombres, pero no de las cabras del cura y algunos
cerdos de la vecindad, que entran y salen para hacer exploraciones
en las tumbas  alegrar con su presencia aquella soledad.

En medio de aquel vasto corral se levanta una grande cruz de madera
sobre un pedestal de piedra. La tempestad ha doblado su INRI de hoja
de lata, y la lluvia ha borrado las letras. Al pie de la cruz, como en
el verdadero Glgota, estn en confuso montn calaveras y huesos, que
el indiferente sepulturero arroja de las fosas que va vaciando. All
esperarn probablemente, no la resurreccin de los muertos, sino
la llegada de los animales, que con sus lquidos les calienten
y laven aquellas fras desnudeces.--En los alrededores recientes
excavaciones se notan: ac el terreno est hundido, all forma pequea
colina. Crecen en toda su lozana el tarambulo y el pandakak [51]:
el primero para pinchar las piernas con sus espinosas bayas, y el
segundo para aadir su olor al del cementerio por si ste no ola
bastante. Sin embargo, matizan el suelo algunas florecitas, flores que,
como aquellos crneos, son ya nicamente conocidas de su Criador:
la sonrisa de sus ptalos es plida, y su perfume es el perfume de
los sepulcros. La hierba y las trepadoras cubren los rincones, se
encaraman por las paredes y nichos vistiendo y hermoseando la desnuda
fealdad;  veces penetran por las hendiduras que hicieran temblores y
terremotos, ocultando  las miradas los venerables vacos de la tumba.

A la hora en que entramos, los hombres han ahuyentado  los animales;
slo alguno que otro cerdo, animal difcil de convencer, se asoma con
brillantes ojitos sacando la cabeza por un gran hueco de la cerca,
levanta el hocico al aire y parece decir  una mujer que reza:

--No lo comas todo; djame algo eh?

Dos hombres cavan una fosa cerca del muro que amenaza desplomarse:
el uno, que es el sepulturero, lo hace indiferentemente: arroja
vrtebras y huesos, como un jardinero piedras y ramas secas; el otro
est preocupado, suda, fuma y escupe  cada momento.

--Oye!--dice el que fuma, en tagalo.--No sera mejor que cavsemos
en otro sitio? Esto es muy reciente.

--Son tan recientes unas fosas como otras.

--No puedo ms! Ese hueso que has partido an sangra... hum! y
esos cabellos?

--Pero qu delicado eres!--le reprocha el otro.--Ni que fueras
t escribiente del Tribunal! Si hubieses desenterrado, como yo
lo he hecho, un cadver de veinte das, por la noche,  obscuras,
lloviendo... Se apag mi linterna.

El otro se estremeci.

--El atad se desclav, el muerto medio sali, ola... y tenerlo t
que cargar... y llova, y estbamos ambos mojados, y...

--Brrr! Y por qu lo has desenterrado?

El sepulturero le mir con extraeza.

--Por qu? lo s yo acaso? Me lo han mandado!

--Quin te lo mand?

El sepulturero medio retrocedi y examin de pies  cabeza  su
compaero.

--Hombre! pareces un espaol; las mismas preguntas me hizo despus
un espaol, pero en secreto. Pues te voy  contestar como al otro:
me lo mand el cura grande.

--Ah! y qu has hecho despus del cadver?--continu preguntando
el delicado.

--Diablo! si yo no te conociera y supiera que eres hombre, dira que
verdaderamente eres espaol civil: preguntas como el otro. Pues... el
cura grande me mandaba que lo enterrase en el cementerio de los
chinos, pero como el atad era pesado y el cementerio de los chinos
est lejos...

--No, no! yo no cavo ms!--interrumpi el otro, lleno de horror,
soltando la pala y saltando de la fosa;--he partido un crneo y temo
que no me deje dormir esta noche.

El sepulturero solt una carcajada al ver como el melindroso se
alejaba hacindose cruces.

El cementerio se iba llenando de hombres y mujeres, vestidos de
luto. Algunos buscaban algn tiempo la fosa, disputaban entre
s, y, como si no estuviesen acordes, se separaban y cada cual se
arrodillaba donde le pareca mejor; otros, los que tenan nichos para
sus parientes, encendan cirios y se ponan devotamente  rezar;
oanse tambin suspiros y sollozos que se procuraban exagerar 
reprimir. Ya se oa un run run de orpreo, orpreiss y requiemternams.

Un viejecito, de ojos vivos, entr descubierto. Al verle, muchos se
rieron, y algunas mujeres fruncieron las cejas. El viejo pareca
no hacer caso de tales demostraciones, pues se dirigi al montn
de crneos, se arrodill y busc algn tiempo con la mirada algo
entre los huesos; despus con cuidado fu apartando los crneos uno
tras otro, y como si no encontrase lo que buscaba, arrug las cejas,
movi  un lado y otro la cabeza, mir  todas partes, y finalmente
se levant y se dirigi al sepulturero.

--Oye!--le dijo.

Este levant la cabeza.

--Sabes dnde est una hermosa calavera, blanca como la carne del
coco, con una completa dentadura, y que yo tena all al pie de la
cruz, debajo de aquellas hojas?

El sepulturero se encogi de hombros.

--Mira!--aadi el viejo ensendole una moneda de plata;--no tengo
ms que esto, pero te la dar si me la encuentras.

El brillo de la moneda le hizo reflexionar, mir hacia el osario
y dijo:

--No est all? No? Pues entonces no lo s.

--Sabes? Cuando me paguen los que me deben te dar ms,--continu
el viejo.--Era el crneo de mi esposa; con que si me la encuentras...

--No est all? Pues no lo s! Pero si queris, os puedo dar otro.

--Eres como la tumba que cavas!--le apostrof el viejo
nerviosamente;--no sabes el valor de lo que pierdes. Para quin es
la fosa?

--Lo s yo acaso? Para un muerto!--contest malhumorado el otro.

--Como la tumba, como la tumba!--repiti el viejo riendo
secamente;--ni sabes lo que arrojas, ni lo que tragas. Cava, cava!

Y se volvi dirigindose  la puerta.

El sepulturero entretanto haba concludo con su tarea; dos montculos
de tierra fresca y rojiza se levantaban en los bordes de la fosa. Sac
de su salakot buyo, y psose  mascarlo, mirando con aire estpido
cuanto en su derredor pasaba.






XIII

PRESAGIOS DE TEMPESTAD


En el momento en que el viejo sala, parbase  la entrada del sendero
un coche que pareca haber hecho un largo viaje; estaba cubierto de
polvo y los caballos sudaban.

Ibarra descendi seguido de un viejo criado; despidi el coche de un
gesto y se dirigi al cementerio, silencioso y grave.

--Mi enfermedad y mis ocupaciones no me han permitido volver!--deca
el anciano tmidamente;--capitn Tiago dijo que se cuidara de hacer
levantar un nicho; pero yo plant flores y una cruz labrada por m.

Ibarra no contest.

--All detrs de esa cruz grande, seor!--continu el criado,
sealando hacia un rincn cuando hubieron franqueado la puerta.

Ibarra iba tan preocupado, que no not el movimiento de asombro de
algunas personas al reconocerle, quienes suspendieron el rezo y le
siguieron con la vista llenas de curiosidad.

El joven caminaba con cuidado, evitando pasar por encima de las fosas
que se conocan fcilmente por un hundimiento del terreno. En otro
tiempo las pisaba, hoy las respetaba: su padre yaca en iguales
condiciones. Detvose al llegar al otro lado de la cruz y mir 
todas partes. Su acompaante se qued confuso y cortado; buscaba
huellas en el suelo y en ninguna parte se vea cruz alguna.

--Es aqu?--murmuraba entre dientes:--no, es all, pero la tierra
est removida!

Ibarra le miraba angustiado.

--S!--continu,--recuerdo que haba una piedra al lado; la fosa era
un poco corta; el sepulturero estaba enfermo, y la tuvo que cavar un
aparcero, pero preguntaremos  se qu se ha hecho de la cruz.

Dirigironse al sepulturero, que les observaba con curiosidad.

Este les salud quitndose el salakot.

--Podis decirnos cul es la fosa que all tena una cruz?--pregunt
el criado.

El interpelado mir hacia el sitio y reflexion.

--Una cruz grande?

--S, grande,--afirm con alegra el viejo, mirando significativamente
 Ibarra, cuya fisonoma se anim.

--Una cruz con labores, y atada con bejucos?--volvi  preguntar
el sepulturero.

--Eso es, eso es, as, as!--y el criado traz en la tierra un dibujo
en forma de cruz bizantina.

--Y en la tumba haba flores sembradas?

--Adelfas, sampagas y pensamientos! eso es!--aadi el criado lleno
de alegra, y le ofreci un tabaco.

--Decidnos cul es la fosa y dnde est la cruz.

El sepulturero se rasc la oreja y contest bostezando:

--Pues la cruz... yo la he quemado!

--Quemado? y por qu la habis quemado?

--Porque as lo mand el cura grande.

--Quin es el cura grande?--pregunt Ibarra.

--Quin? El que pega, el padre Garrote.

Ibarra se pas la mano por la frente.

--Pero,  lo menos, podis decirnos dnde est la fosa? la debis
recordar.

El sepulturero se sonri.

--El muerto ya no est all!--repuso tranquilamente.

--Qu decs?

--Ya!--aadi el hombre en tono de broma;--en su lugar enterr hace
una semana una mujer.

--Estis loco?--le pregunt el criado;--si todava no hace un ao
que le hemos enterrado.

--Pues eso es! hace ya muchos meses que lo desenterr. El cura
grande me lo mand, para llevarlo al cementerio de los chinos. Pero
como era pesado y aquella noche llova...

El hombre no pudo seguir; retrocedi espantado al ver la actitud
de Crisstomo, que se abalanz sobre l cogindole del brazo y
sacudindole.

--Y lo has hecho?--pregunt el joven con acento indescriptible.

--No os enfadis, seor,--contest palideciendo y temblando;--no le
enterr entre los chinos. Ms vale ahogarse que estar entre chinos,
dije para m, y arroj el muerto al agua!

Ibarra le puso ambos puos sobre los hombros y le mir largo tiempo
con una expresin que no se puede definir.

--T no eres ms que un desgraciado!--dijo, y sali precipitadamente,
pisoteando huesos, fosas, cruces, como un loco.

El sepulturero se palpaba el brazo y murmuraba:

--Lo que dan que hacer los muertos! El Padre Grande me peg de
bastonazos por haberlo dejado enterrar estando yo enfermo; ahora ste
 poco me rompe el brazo por haberlo desenterrado. Lo que son estos
espaoles! Todava voy  perder mi oficio.

Ibarra andaba aprisa con la mirada  lo lejos; el viejo criado le
segua llorando.

El sol estaba ya para ocultarse; gruesos nimbus entoldaban el cielo
hacia el Oriente; un viento seco agitaba las copas de los rboles y
haca gemir  los caaverales.

Ibarra iba descubierto; de sus ojos no brotaba una lgrima, de su pecho
no se escapaba un suspiro. Andaba como si huyese de alguno, acaso de la
sombra de su padre, acaso de la tempestad que se aproximaba. Atraves
el pueblo dirigindose hacia las afueras, hacia aquella antigua casa
que desde hace muchos aos no haba vuelto  pisar. Rodeada de un muro
donde crecen varios cactus, pareca que le haca seas: las ventanas
se abran: el ilang-ilang [52] se balanceaba agitando alegremente
sus ramas, cargadas de flores; las palomas revoloteaban alrededor
del cnico techo de su vivienda, colocada en medio del jardn.

Pero el joven no se fijaba en estas alegras que ofrece la vuelta al
antiguo hogar: tena sus ojos clavados en la figura de un sacerdote,
que avanzaba en direccin contraria. Era el cura de San Diego,
aquel meditabundo franciscano que vimos, el enemigo del alfrez. El
aire plegaba las anchas alas de su sombrero; el hbito de guingn
se aplastaba y amoldaba  sus formas, marcando unos muslos delgados
y algo estevados. En la diestra llevaba un bastn de palasn [53]
con puo de marfil. Era la primera vez que Ibarra y l se vean.

Al encontrarse, detvose el joven un momento y le mir de hito en hito;
fray Salv esquiv la mirada y se hizo el distrado.

Slo un segundo dur la vacilacin: Ibarra se dirigi  l rpidamente,
le par dejando caer con fuerza la mano sobre el hombro y en voz
apenas inteligible.

--Qu has hecho de mi padre?--pregunt.

Fray Salv, plido y tembloroso al leer los sentimientos que se
pintaban en el rostro del joven, no pudo contestar: sentase como
paralizado.

--Qu has hecho de mi padre?--le volvi  preguntar con voz ahogada.

El sacerdote, doblegado poco  poco por la mano que le oprima,
hizo un esfuerzo y contest:

--Est equivocado; yo no le he hecho nada  su padre!

--Que no?--continu el joven oprimindole hasta hacerle caer de
rodillas.

--No, se lo aseguro! fu mi predecesor, fu el padre Dmaso...

--Ah!--exclam el joven soltndole y dndose una palmada en la
frente. Y abandonando al pobre fray Salv se dirigi precipitadamente
hacia su casa.

El criado llegaba entretanto y ayudaba al fraile  levantarse.






XIV

TASIO EL LOCO  EL FILSOFO


El extrao viejo vagaba distrado por las calles.

Era un antiguo estudiante de filosofa, que dej la carrera por
obedecer  su anciana madre, y no fu ni por falta de medios ni de
capacidad: fu precisamente porque su madre era rica, y se deca que
l tena talento. La buena mujer tema que su hijo llegase  ser un
sabio y se olvidase de Dios, por lo que le di  escoger entre ser
sacerdote  dejar el colegio de San Jos. El, que estaba enamorado,
opt por lo ltimo, y se cas. Viudo y hurfano en menos de un ao,
busc un consuelo en los libros para librarse de su tristeza, de la
gallera y de la ociosidad. Pero se aficion de tal modo  los estudios
y  la compra de libros, que descuid completamente su fortuna y se
arruin poco  poco.

Llambanle las personas bien educadas don Anastasio  el filsofo
Tasio, y las de mala educacin, que eran la mayora, Tasio el loco,
por sus raros pensamientos y extraa manera de tratar  los hombres.

Como decamos, la tarde amenazaba tempestad; algunos relmpagos
iluminaban con plida luz el cielo plomizo; la atmsfera era pesada
y el aire sumamente bochornoso.

El filsofo Tasio parece haber olvidado ya su querida calavera:
ahora sonre mirando las obscuras nubes.

Cerca de la iglesia encontrse con un hombre, vestido de una chaqueta
de alpaca, llevando en la mano ms de una arroba en velas y un bastn
de borlas, insignia de la autoridad.

--Parece que estis alegre?--preguntle ste en tagalo.

--En efecto, seor capitn; estoy alegre porque tengo una esperanza.

--Ah! y qu esperanza es esa?

--La tempestad!

--La tempestad! Pensis baaros sin duda?--pregunt el
gobernadorcillo en tono burln, mirando el modesto traje del viejo.

--Baarme... no est mal, sobre todo cuando se tropieza con una
basura,--contest Tasio en tono igual, si bien algo despreciativo,
mirando en la cara  su interlocutor;--pero espero otra cosa mejor.

--Qu, pues?

--Algunos rayos que maten personas y quemen casas!--contest
seriamente el filsofo.

--Pedid de una vez el diluvio!

--Lo merecemos todos, y vos y yo! Vos, seor gobernadorcillo,
tenis all una arroba de velas que vienen de la tienda del chino;
yo hace ms de diez aos que voy proponiendo  cada nuevo capitn la
compra de pararrayos, y todos se me ren, y compran bombas y cohetes,
y pagan repiques de campanas. Aun ms, vos mismo, al siguiente da
de mi proposicin, encargasteis  los fundidores chinos una esquila
para Santa Brbara, cuando la ciencia ha averiguado que es peligroso
tocar las campanas en das de tempestad. Y decidme, por qu el ao
70 cuando cay un rayo en Bian, cay precisamente en la torre y
destroz reloj y un altar? Qu haca la esquila de Santa Brbara?

En aquel momento brill un relmpago.

--Jess, Mara y Jos! Santa Brbara bendita!--murmur el
gobernadorcillo palideciendo y santigundose.

Tasio solt una carcajada.

--Sois dignos del nombre de vuestra patrona!--dijo en castellano
dndole las espaldas, y se dirigi hacia la iglesia.

Los sacristanes levantaban dentro un tmulo rodeado de cirios en
candelabros de madera. Eran dos mesas grandes, puestas una encima de
otra, cubiertas con lienzos negros listados de blanco; aqu y all
se vean calaveras pintadas.

--Es por las almas  por las velas?--pregunt.

Y viendo  dos muchachos de diez aos el uno y siete el otro
aproximadamente, se dirigi  stos sin esperar la contestacin de
los sacristanes.

--Vens conmigo, muchachos?--les pregunt.--Vuestra madre os tiene
preparada una cena de curas.

--El sacristn mayor no nos deja salir hasta las ocho,
seor!--contest el mayorcito.--Espero cobrar mi sueldo para drselo
 nuestra madre.

--Ah! y  dnde vais?

--A la torre, seor, para doblar por las almas.

--Vais  la torre? Pues cuidado! no os acerquis  las campanas
durante la tempestad.

Despus abandon la iglesia no sin haber seguido antes con una
mirada de compasin  los dos muchachos, que suban las escaleras
para dirigirse al coro.

Tasio se frot los ojos, mir otra vez al cielo y murmur:

--Ahora sentira que cayesen rayos.

Y con la cabeza baja dirigise pensativo hacia las afueras de la
poblacin.

--Pase usted antes!--le dijo en espaol una voz desde una ventana.

El filsofo levant la cabeza y vi  un hombre de treinta  treinta
y cinco aos que le sonrea.

--Qu lee usted ah?--pregunt Tasio sealando hacia un libro que
el hombre tena en la mano.

--Es un libro de actualidad: Las penas que sufren las benditas nimas
del Purgatorio!--contest el otro sonriendo.

--Hombre, hombre, hombre!--exclam el viejo en diferentes tonos de
voz entrando en la casa;--el autor debe ser muy listo.

Al subir las escaleras fu recibido amistosamente por el dueo de
la casa y su joven seora. El se llamaba don Filipo Lino y ella
doa Teodora Via. Don Filipo era el teniente mayor y el jefe de un
partido casi liberal, si se le puede llamar as, y si es posible que
haya partidos en los pueblos de Filipinas.

--Ha encontrado usted en el cementerio al hijo del difunto don Rafael,
que acaba de llegar de Europa?

--S, le v cuando bajaba del coche.

--Dicen que ha ido  buscar el sepulcro de su padre... El golpe debi
haber sido terrible.

El filsofo se encogi de hombros.

--No se interesa usted por esa desgracia?--pregunt la joven seora.

--Ya sabe usted que fu yo uno de los seis que acompaamos al cadver;
fu yo quien me present al Capitn General cuando v que aqu todo el
mundo, hasta las autoridades, se callaban ante tan grande profanacin,
y eso que prefiero siempre honrar al hombre bueno en su vida  adorarle
en su muerte.

--Entonces?

--Ya sabe usted, seora, que no soy partidario de la monarqua
hereditaria. Por las gotas de sangre china que mi madre me ha dado,
pienso un poco como los chinos: honro al padre por el hijo, pero no
al hijo por el padre. Que cada uno reciba el premio  el castigo por
sus obras, pero no por las de los otros.

--Ha mandado usted decir una misa por su difunta esposa, como se lo
aconsejaba ayer?--pregunt la mujer cambiando de conversacin.

--No!--contest el viejo sonriendo.

--Lstima!--exclam ella con verdadero pesar;--dicen que hasta
maana,  las diez, las almas vagan libres esperando los sufragios
de los vivos; que una misa en estos das equivale  cinco en otros
das del ao,   seis, como dijo el cura esta maana.

--Hola! es decir que tenemos un gracioso plazo que hay que
aprovechar?

--Pero, Doray!--intervino don Filipo;--ya sabes que don Anastasio
no cree en el purgatorio.

--Que no creo en el purgatorio?--protest el viejo medio levantndose
de su asiento.--Hasta s algo de su historia!

--La historia del purgatorio!--exclamaron llenos de sorpresa ambos
consortes.--A ver! Cuntenosla usted!

--No la saben ustedes y mandan all misas y hablan de sus
penas? Bueno! ya que empieza  llover y parece que va  durar,
tendremos tiempo de no aburrirnos,--contest Tasio ponindose un
momento  meditar.

Don Filipo cerr el libro que tena en la mano, y Doray se sent 
su lado, dispuesta  no creer en nada de lo que el viejo Tasio iba
 decir. Este comenz de la siguiente manera:

--El purgatorio exista mucho antes de que viniera al mundo
N. S. Jesucristo, y deba estar en el centro de la tierra segn
el P. Astete,  en las cercanas de Cluny, segn el monje de que
nos habla el P. Girard. El sitio aqu es lo de menos. Ahora bien;
quines se tostaban en aquellos fuegos que ardan desde el principio
del mundo? Su existencia antiqusima la prueba la Filosofa cristiana,
que dice que Dios no ha creado nada nuevo desde que descans.

--Podra haber existido in potentia, pero no in actu,--objet el
teniente mayor.

--Muy bien! Sin embargo, os contestar que algunos lo conocieron
como existente in actu, y uno de ellos fu Zarathustra  Zoroastro,
que escribi parte del Avesta y fund una religin, que tena ciertos
puntos de contacto con la nuestra; y Zarathustra, segn los sabios,
existi ochocientos aos lo menos antes de Jesucristo. Digo lo menos,
pues Gaffarel, despus de examinar los testimonios de Platn, Xanto
de Lidia, Plinio, Hermipos y Eudoxo, le cree anterior en dos mil
quinientos aos  nuestra era. Sea de esto lo que se quiera, es lo
cierto que Zarathustra hablaba ya de una especie de purgatorio, y daba
los medios para librarse de l. Los vivos pueden redimir las almas de
los muertos en pecado, recitando pasajes del Avesta, haciendo buenas
obras, pero con la condicin de que el que ha de orar sea un pariente
hasta la cuarta generacin. El tiempo para esto tena lugar cada ao y
duraba cinco das. Ms tarde, cuando esta creencia se hubo afirmado en
el pueblo, los sacerdotes de aquella religin vieron en ella un gran
negocio y explotaron aquellas crceles profundamente oscuras en donde
reinan los remordimientos, como dice Zarathustra. Establecieron, pues,
que por el precio de un derem, una moneda de poco valor segn dicen,
se le puede ahorrar al alma un ao de torturas; pero como para aquella
religin haba pecados que costaban de 300  1000 aos de sufrimiento,
como la mentira, la mala fe, el no cumplir una palabra dada, etc.,
resultaba que los pcaros se embolsaban millones de derems. Aqu
vern ustedes algo que se parece ya  nuestro purgatorio, si bien
con la diferencia sobrentendida de la diferencia de religiones.

Un relmpago, seguido de un retumbante trueno, hizo levantarse  Doray,
quien dijo santigundose:

--Jess, Mara y Jos! Los dejo  ustedes; voy  quemar palma bendita
y encender candelas de perdn.

La lluvia empez  caer  torrentes. El filsofo Tasio prosigui,
mientras miraba alejarse  la joven:

--Ahora que no est, podemos hablar de la materia ms
razonadamente. Doray, aunque un poco supersticiosa, es una buena
catlica, y no me gusta arrancar la fe del corazn: una fe pura y
sencilla se distingue del fanatismo como la llama del humo, como
una msica de una algaraba: los imbciles como los sordos los
confunden. Entre nosotros podemos decir que la idea del Purgatorio
es buena, santa y razonable; contina la unin entre los que fueron
y los que son, y obliga  una mayor pureza de vida. El mal est en
el abuso que de l se hace.

Pero veamos ahora cmo pudo pasar al catolicismo esta idea que no
exista ni en la Biblia ni en los Santos Evangelios. Ni Moiss ni
Jesucristo hacen la ms pequea mencin de l, y el nico pasaje que
citan de los Macabeos es insuficiente, adems de que este libro fu
declarado por el concilio de Laodicea apcrifo, y la Santa Iglesia
Catlica slo lo ha admitido con posterioridad. La religin pagana
tampoco tena nada que se pareciese  l. El pasaje tan citado de
Virgilio de Ali panduntur inanes [54], que diera ocasin  S. Gregorio
el Grande para hablar de almas ahogadas, y  Dante para otro relato en
su Divina Comedia, no puede ser el origen de esta creencia. Ni los
bramines, ni los budhistas, ni los egipcios, que dieron  Grecia y Roma
su Caronte y su Averno, tenan nada que se pareciese  esta idea. No
hablo ya de las religiones de los pueblos del Norte de Europa: estas
religiones de guerreros, bardos y cazadores, pero no de filsofos,
si bien conservan an sus creencias y hasta ritos cristianizados, no
han podido acompaar  sus hordas en los saqueos de Roma ni sentarse
en el Capitolio: religiones de las brumas, se disipaban al sol del
medioda.--Pues bien, los cristianos de los primeros siglos no crean
en el Purgatorio: moran con esa alegre confianza de ver en breve cara
 cara  Dios. Los primeros padres de la Iglesia que al parecer lo
mencionaron, fueron san Clemente de Alejandra, Orgenes y san Ireneo,
quizs infludos por la religin zarathustriana, que entonces floreca
an y estaba muy extendida por todo el Oriente, pues nosotros leemos
 cada paso reproches al orientalismo de Orgenes. San Ireneo probaba
su existencia por el hecho de haber permanecido Jesucristo tres das
en las profundidades de la tierra, tres das de Purgatorio, y sacaba
de esto que cada alma deba permanecer en l hasta la resurreccin
de la carne, por ms que en esto el Hodie mecum eris in Paradiso
[55] parece contradecirle. San Agustn habla tambin del Purgatorio,
pero, si no afirma su existencia, no la cree sin embargo imposible,
suponiendo que podran continuarse en la otra vida los castigos que
en sta recibimos por nuestros pecados.

--Diantre con San Agustn!--exclam don Filipo;--no estaba satisfecho
con lo que aqu sufrimos y quera la continuacin!

--Pues as andaba la cosa: unos crean y otros no. Sin embargo de que
San Gregorio lo lleg ya  admitir en su de quibusdam levibus culpis
esse ante judicium purgatorius ignis credendus est, [56] nada hubo
sobre ello definitivo hasta el ao 1439, esto es, ocho siglos ms
tarde, en que el Concilio de Florencia declar que deba existir un
fuego purificador para las almas de los que han muerto en el amor de
Dios, pero sin haber satisfecho an  la Justicia divina. Ultimamente
el Concilio Tridentino, bajo Po IV, en mil quinientos sesenta y
tres, en la sesin XXV, di el decreto del Purgatorio que empieza:
Cum catholica ecclesia, Spiriiu Sancto edocta etc. [57], en donde
dice que los sufragios de los vivos, las oraciones, limosnas y otras
obras piadosas eran los medios ms eficaces de librar  las almas,
si bien antepone  todo el sacrificio de la misa. Los protestantes
no creen sin embargo en l, y los Padres griegos tampoco, pues echan
de menos un fundamento cualquiera bblico, y dicen que el plazo
para el mrito  desmrito termina  la muerte, y que el Quodcumque
ligaberis in terra... [58] no quiere decir usque ad purgatorium,
etc. [59]; pero  esto se puede contestar que estando el Purgatorio
en el centro de la tierra, caa naturalmente bajo el dominio de
san Pedro. Pero no acabara si tuviese que repetir aqu todo lo que
sobre el asunto se ha dicho. Un da que queris discutir conmigo la
materia, venid  mi casa y all abriremos volmenes y discutiremos
libre y tranquilamente. Ahora me voy: yo no s por qu esta noche la
piedad de los cristianos permite el robo,--ustedes, las autoridades,
lo dejan,--y yo temo por mis libros. Si me los robasen para leerlos,
los dejara, pero s que muchos los quieren quemar para hacerme una
obra de caridad, y esta clase de caridad, digna del califa Omar,
es temible. Algunos por estos libros me creen ya condenado.

--Pero supongo que creer usted en la condenacin?--pregunt sonriendo
Doray, que apareca llevando en un braserillo hojas secas de palma
que despedan humo fastidioso y agradable perfume.

--Yo no s, seora, lo que de m har Dios!--respondi el viejo
Tasio pensativo.--Cuando est agonizando, me entregar  l sin temor;
haga de m lo que quiera. Pero se me ocurre un pensamiento.

--Y qu pensamiento es ese?

--Si los nicos que pueden salvarse son los catlicos, y de entre
estos un cinco por ciento, como dicen muchos curas, y formando los
catlicos una duodcima parte de la poblacin de la tierra si hemos de
creer lo que dicen las estadsticas, resultara que despus de haberse
condenado millares de millares de hombres durante los innumerables
siglos que transcurrieron antes que el Salvador viniese al mundo,
despus que un hijo de Dios se ha muerto por nosotros, ahora slo
conseguira  salvarse cinco por cada mil doscientos. Oh ciertamente
no! prefiero decir y creer con Job: Sers severo contra una hoja que
vuela y perseguirs una arista seca? No, tanta desgracia es imposible,
creerlo es blasfemar, no, no!

--Qu quiere usted? La Justicia, la Pureza divina...

--Oh! pero la Justicia y la Pureza divina vean el porvenir antes de
la creacin!--contest el viejo estremecindose y levantndose.--La
creacin, el hombre es un sr contingente y no necesario, y ese Dios
no deba haberle criado, no, si para hacer feliz  uno deba condenar
 centenares  una eterna desgracia, y todo por culpas heredadas
 de un momento. No! Si eso fuera cierto, ahogue usted  su hijo
que all duerme; si tal creencia no fuese una blasfemia contra ese
Dios que debe ser el Supremo Bien, entonces el Molok fenicio que
se alimentaba con sacrificios humanos y sangre inocente, y en cuyas
entraas se quemaban  los nios arrancados del seno de sus madres,
ese dios sanguinario, esa divinidad horrible sera al lado de l una
dbil doncella, una amiga, la madre de la Humanidad.

Y lleno de horror, el loco  el filsofo abandon la casa, corriendo
 la calle  pesar de la lluvia y de la oscuridad.

Un deslumbrador relmpago, acompaado de un espantoso trueno, sembrando
el aire de mortferas chispas alumbr al viejo que, tendidas las
manos al cielo, gritaba:

--T protestas! Ya s que no eres cruel, ya s que slo debo llamarte
El Bueno!

Los relmpagos redoblaban, la tempestad arreciaba...






XV

LOS SACRISTANES


Los truenos retumbaban  cortos intervalos, cruzndose unos con
otros, y cada trueno precedido del espantoso zigzag del rayo:
habrase dicho que Dios escriba con un incendio su nombre y que
la bveda eterna temblaba medrosa. La lluvia caa  torrentes y,
azotada por el viento, que silbaba lgubremente, cambiaba atontada
 cada momento de direccin. Las campanas entonaban con voz llena
de miedo su melanclica plegaria, y en el breve silencio, que dejaba
el robusto rugido de los elementos desencadenados, un triste taido,
queja al parecer, gema plaidero.

En el segundo cuerpo de la torre hallbanse los dos muchachos, que
vimos de paso hablando con el filsofo. El menor, que tena grandes
ojos negros y tmido semblante, procuraba pegar su cuerpo al de
su hermano, que se le pareca mucho en las facciones, slo que la
mirada era ms profunda y la fisonoma ms decidida. Ambos vestan
pobremente trajes llenos de zurcidos y remiendos, Sentados sobre un
trozo de madera, cada uno tena en la mano una cuerda, cuya extremidad
se perda en el tercer piso, all arriba entre sombras. La lluvia,
empujada por el viento, llegaba hasta ellos y atizaba un cabo de
vela, que arda sobre una gran piedra, de que se sirven para imitar
el trueno en Viernes Santo hacindola rodar por el coro.

--Tira de tu cuerda, Crispn!--dijo el mayor  su hermanito.

Este se colg de ella, y arriba se oy un dbil lamento, que apag
al instante un trueno, multiplicado por mil ecos.

--Ah! si estuviramos ahora en casa, con madre!--suspir el pequeo
mirando  su hermano; all no tendra miedo.

El mayor no contest; estaba mirando cmo se derramaba la cera y
pareca preocupado.

--All nadie me dice que robo!--aadi Crispn; madre no lo
permitira! Si supiese que me pegan...

El mayor separ su vista de la llama, levant la cabeza mordiendo
con fuerza la gruesa cuerda de la que tir violentamente, dejando
oir una sonora vibracin.

--Vamos  vivir siempre as, hermano?--continu hablando
Crispn.--Quisiera enfermar maana en casa, quisiera tener una
larga enfermedad para que madre me cuidase y no me dejase volver al
convento! As no me llamaran ladrn, ni me pegaran! Y t tambin,
hermano, debas enfermar conmigo.

--No!--contest el mayor;--nos moriramos todos: madre de pena,
y nosotros de hambre.

Crispn no replic.

--Cunto ganas t este mes?--pregunt al cabo de un momento.

--Dos pesos: me han impuesto tres multas.

--Paga lo que dicen que he robado, as no nos llamarn ladrones;
pgalo, hermano!

--Ests loco, Crispn? Madre no tendra qu comer; el sacristn mayor
dice que has robado dos onzas, y dos onzas son treinta y dos pesos.

El pequeo cont en sus dedos hasta llegar  treinta y dos.

--Seis manos y dos dedos! Y cada dedo un peso,--murmur despus
pensativo.--Y cada peso... cuntos cuartos?

--Ciento sesenta.

--Ciento sesenta cuartos? Ciento sesenta veces un cuarto? Madre! Y
cuntos son ciento sesenta?

--Treinta y dos manos,--contest el mayor.

Crispn se qued un momento vindose las manecitas.

--Treinta y dos manos!--repeta;--seis manos y dos dedos, y cada
dedo treinta y dos manos... y cada dedo un cuarto... Madre, cuntos
cuartos! No podr uno contarlos en tres das... y se puede comprar
chinelas para los pies, y sombrero para la cabeza cuando calienta el
sol, y un gran paraguas cuando llueve, y comida, y ropas para t y
madre y...

Crispn se puso pensativo.

--Ahora, siento no haber robado!

--Crispn!--le reprendi su hermano,

--No te enfades! El cura ha dicho que me matara  palos si no parece
el dinero; si yo lo hubiese robado, lo podra hacer aparecer... y si
muero, que al menos tengis ropas t y madre! Si lo hubiese robado!

El mayor se call y tir de su cuerda. Despus repuso suspirando:

--Lo que temo es que regae madre contigo cuando lo sepa!

--Lo crees t?--pregunt el pequeo sorprendido.--T dirs que  m
ya me han pegado mucho, yo le ensear mis cardenales, y mi bolsillo
roto: no he tenido ms que un cuarto que me dieron en la Pascua, y
el cura me lo quit ayer. No he visto otro cuarto ms hermoso. Madre
no lo va  creer, no lo creer!

--Si el cura lo dice...

Crispn empez  llorar, murmurando entre sollozos:

--Entonces retrate solo, no quiero retirarme; d  madre que estoy
enfermo; no quiero retirarme.

--Crispn, no llores!--dijo el mayor.--Madre no lo creer; no llores;
el viejo Tasio dijo que nos espera una buena cena...

Crispn levant la cabeza y mir  su hermano:

--Una buena cena! Yo todava no he comido; no me quieren dar de comer
hasta que parezcan las dos onzas... Pero si madre lo cree? T le
dirs que el sacristn mayor miente, y el cura que le cree, tambin,
que todos ellos mienten; que dicen que somos ladrones porque nuestro
padre es un vicioso que...

Pero una cabeza apareci saliendo del fondo de la escalerilla que
conduca al piso principal, y esta cabeza, como la de Medusa, hel
la palabra en los labios del nio. Era una cabeza prolongada, flaca,
con largos cabellos negros; unas gafas azules le disimulaban un ojo
tuerto. Era el sacristn mayor que as sola aparecer, sin ruido,
sin prevenir.

Los dos hermanos se quedaron fros.

--A t, Basilio, te impongo una multa de dos reales por no tocar 
comps!--dijo con voz cavernosa como si no tuviese cuerdas vocales.--Y
t, Crispn, te quedas esta noche hasta que aparezca lo que has robado.

Crispn mir  su hermano como pidindole amparo.

--Tenemos ya permiso... madre nos espera  las ocho,--murmur
tmidamente Basilio.

--Es que tampoco te retiras t  las ocho! hasta las diez!

--Pero, seor,  las nueve ya no se puede andar y la casa est lejos.

--Y me querrs t mandar  m?--le pregunt irritado aquel hombre. Y
cogiendo  Crispn del brazo trat de arrastrarle.

--Seor! hace ya una semana que no hemos visto  nuestra
madre! suplic Basilio cogiendo  su hermanito como para defenderle.

El sacristn mayor de una palmada le apart la mano y arrastr 
Crispn, que comenz  llorar dejndose caer al suelo mientras deca
 su hermano:

--No me dejes, me van  matar!

Pero el sacristn, sin hacerle caso, le arrastr escaleras abajo,
desapareciendo entre las sombras.

Basilio se qued sin poder articular una palabra. Oy los golpes que
daba el cuerpo de su hermanito contra las gradas de la escalerilla,
un grito, varias palmadas, y despus se perdieron poco  poco aquellos
acentos desgarradores.

El muchacho no respiraba: escuchaba de pie, con los ojos extremadamente
abiertos, y los puos cerrados.

--Cundo podr arar un campo!--murmur entre dientes, y baj
precipitadamente.

Al llegar al coro se puso  escuchar con atencin; la voz de su
hermanito se alejaba  toda prisa y el grito: madre! hermano! se
extingui completamente al cerrarse una puerta. Tembloroso, sudando,
detvose un momento; mordise el puo para ahogar un grito que se le
escapaba del corazn y dej vagar sus miradas en la semiobscuridad de
la iglesia. All arda dbilmente la lmpara de aceite; el catafalco
estaba en medio: las puertas todas cerradas, y las ventanas tenan
rejas.

De repente subi la escalerilla, pas por el segundo cuerpo, donde
arda la vela, y subi al tercero. Desat las cuerdas que sujetaban los
badajos, y despus volvi  descender plido, pero sus ojos brillaban
y no por las lgrimas.

La lluvia en tanto comenzaba  cesar y el cielo se despejaba poco
 poco.

Basilio anud las cuerdas, at un cabo  un balaustre da la barandilla,
y sin acordarse de apagar la luz se dej deslizar en medio de la
obscuridad.

Algunos minutos despus, en una de las calles del pueblo se oyeron
voces y resonaron dos tiros; pero nadie se alarm y todo qued otra
vez en silencio.






XVI

SISA


La noche es obscura: duermen en silencio los vecinos; las familias
que han recordado  los que dejaron de existir, se entregan al
sueo tranquilas y satisfechas: han rezado tres partes de rosario
con requiems, la novena de las almas, y quemado muchas velas de cera
delante de las sagradas imgenes. Los ricos y pudientes han cumplido
con los deudos que les legaron su fortuna; al da siguiente oiran
las tres misas que dice cada sacerdote, daran dos pesos para otra
en su intencin, y luego compraran la bula de los difuntos, llena
de indulgencias. A fe que la Justicia divina no parece tan exigente
como la humana.

Pero el pobre, el indigente que apenas gana para mantenerse y tiene
que sobornar  los directorcillos, escribientes y soldados para que le
dejen vivir en paz, ese no duerme con la tranquilidad que creen los
poetas cortesanos, los cuales tal vez no hayan sufrido las caricias
de la miseria. El pobre est triste y pensativo. Aquella noche, si
ha rezado poco, ha orado mucho, con dolor en los ojos y lgrimas
en el corazn. No tiene las novenas, ni sabe las jaculatorias,
ni los versos, ni los oremus, que han compuesto los frailes para
los que no tienen ideas propias, ni propios sentimientos; no los
entiende tampoco. Reza en el idioma de su miseria; su alma llora
por l y por los seres muertos cuyo amor era su bien. Sus labios
pueden proferir salutaciones, pero su mente grita quejas y acusa
lamentos. Estaris satisfechos, t que bendijiste la pobreza, y
vosotras sombras atormentadas, con la sencilla oracin del pobre,
proferida delante de una mal grabada estampa,  la luz de un timsim
[60],  deseis por ventura cirios delante de Cristos sangrientos,
de Vrgenes de boca pequea y ojos de cristal, las misas en latn,
que dice maquinalmente el sacerdote? Y t, Religin predicada para
la humanidad que sufre, habrs olvidado tu misin de consolar al
oprimido en su miseria y de humillar al poderoso en su orgullo, y slo
tendras ahora promesas para los ricos, para los que pueden pagarte?

La pobre viuda vela entre los hijos que duermen  su lado; piensa
en las bulas que debe comprar para el descanso de los padres y del
difunto esposo. Un peso, dice, un peso es una semana de amores para
mis hijos, una semana de risas y alegras, mis economas de un mes,
un traje para mi hija que se va haciendo mujer...--Pero es menester
que apagues estos fuegos, dice la voz que ella oy predicar; es
menester que te sacrifiques. Si! es necesario! La Iglesia no te
salva gratuitamente las almas queridas: no reparte bulas gratis. La
debes comprar y, en vez de dormir la noche, trabajars. Tu hija que
ensee entretanto sus desnudeces pdicas; ayuna, que el cielo es
caro! Decididamente parece que los pobres no entran en el cielo!

Estos pensamientos van volando por el mbito que separa el sahig
[61], donde est tendida la humilde estera, del palupu [62] de donde
cuelga la hamaca en que se mece el nio. Su respiracin es fcil y
reposada; de cuando en cuando mastica la saliva y articula sonidos:
suea comer el estmago hambriento que no est satisfecho con lo que
le han dado los hermanos mayores.

Las cigarras van cantando montonamente uniendo su nota eterna y
continuada  los trinos del grillo, oculto en la hierba,  de la
zarandija que sale de su agujero para buscar alimento, mientras el
chacn [63], ya no temiendo el agua, turba el concierto con su fatdica
voz asomando la cabeza por el hueco de un tronco carcomido. Los perros
ladran lastimeramente all en la calle, y el supersticioso que lo
escucha, est convencido de que los animales ven los espritus y las
sombras. Pero ni los perros ni los otros insectos ven los dolores de
los hombres, y sin embargo cuntos existen!

All lejos del pueblo,  una distancia como de una hora, vive la
madre de Basilio y de Crispn, mujer de un hombre sin corazn, la
cual procura vivir para sus hijos mientras el marido vaga y juega al
gallo. Sus entrevistas son raras, pero siempre dolorosas. El le ha ido
despojando de sus pocas alhajas para alimentar sus vicios, y cuando
la sufrida Sisa [64] ya no posea nada para sostener los caprichos
de su marido, entonces comenz  maltratarla. Dbil de carcter, con
ms corazn que cerebro, ella slo saba amar y llorar. Para ella su
marido era su Dios; sus hijos eran sus ngeles. El, que saba hasta
qu punto era adorado y temido, se portaba tambin como todos los
falsos dioses; cada da se haca ms cruel, inhumano, voluntarioso.

Cuando le consult Sisa, una vez que le vi con el semblante ms
sombro que nunca, sobre su proyecto de hacer sacristn  Basilio,
continu acariciando el gallo, no dijo ni s ni no, y slo pregunt si
ganara mucho dinero. Ella no se atrevi  insistir; pero su apurada
situacin y el deseo de que los chicos aprendieran  leer y escribir
en la escuela del pueblo, la obligaron  llevar  cabo el proyecto. El
marido tampoco dijo nada.

Aquella noche,  eso de diez y media  once, cuando las estrellas
brillaban ya en el cielo que la tempestad ha despejado, estaba
Sisa sentada sobre un banco de madera, mirando algunas ramas que
medio ardan en su hogar, compuesto de piedras vivas ms  menos
angulares. Sobre uno de estos trpodes  tunk, haba una ollita en
donde coca arroz, y sobre las brasas tres sardinas secas, de las
que se venden tres dos cuartos.

Tena la barba apoyada sobre la palma de su mano, mirando la llama
amarillenta y dbil que da la caa, cuyas pasajeras brasas se volvan
pronto ceniza; triste sonrisa iluminaba su rostro. Se acordaba del
gracioso acertijo de la olla y del fuego, que Crispn le propuso una
vez. El muchacho deca:


            Naup si Maitim, sinulut ni Mapul
            Nang mala y kumara kar [65].


Era an joven y se conoca que un tiempo debi ser bella y
graciosa. Sus ojos, que, al igual de su alma, diera ella  sus hijos,
eran hermosos, de largas pestaas y profunda mirada; su nariz era
correcta; sus plidos labios, de un gracioso dibujo. Era lo que los
tagalos llaman kayumanging kaligatan, esto es, morena, pero de un
color limpio y puro. Sin embargo de su juventud, el dolor,  acaso el
hambre, empieza  socavar las plidas mejillas, la abundante cabellera,
en otro tiempo gala y adorno de su persona, si est an aliada no es
por coquetera, sino por costumbre: un moo muy sencillo sin agujas
ni peinetas.

Haba estado varios das sin salir de casa, cosiendo una obra que
le haban encargado concluyese lo ms pronto posible. Ella, para
ganar dinero, dej de oir misa aquella maana, pues habra empleado
en ir y venir al pueblo dos horas lo menos:--la pobreza obliga 
pecar!--Concludo su trabajo, lo llev al dueo, pero ste slo le
prometi pagar.

Todo el da estuvo pensando en los placeres de la noche: supo que sus
hijos iban  venir, y pens regalarles. Compr sardinas, cogi de su
jardinito los tomates ms hermosos, porque saba que eran la comida
favorita de Crispn; pidi  su vecino, el filsofo Tasio, que viva
 medio kilmetro, tapa de jabal y una pierna de pato silvestre,
los bocados favoritos de Basilio. Y llena de esperanzas coci el ms
blanco arroz, que ella misma haba recogido en las eras. Aquello era,
en efecto, una cena de curas para los pobres chicos.

Pero por una desgraciada casualidad vino el marido y se comi el
arroz, la tapa de jabal, la pierna del pato, cinco sardinas y los
tomates. Sisa no dijo nada, si bien le pareci que la coman  ella
misma. Harto ya l, se acord de preguntar por los hijos; entonces
Sisa pudo sonreir y, contenta, prometi en su interior no cenar
aquella noche, pues de lo que quedaba no haba para tres. El padre
pregunt por sus hijos, y esto para ella era ms que comer.

Despus l cogi su gallo y quiso marcharse.

--No quieres verlos?--pregunt temblorosa;--el viejo Tasio me ha
dicho que se retardaran un poco; Crispn ya lee y... quizs Basilio
traiga su sueldo!

A esta ltima razn el marido se detuvo, vacil, pero triunf su
ngel bueno.

--En ese caso gurdame un peso!--dijo, y se march.

Sisa llor amargamente, pero se acord de sus hijos y secse las
lgrimas. Coci nuevo arroz, y prepar las tres sardinas que quedaron:
cada uno tendra una y media.

--Traern buen apetito!--pensaba;--el camino es largo y los estmagos
hambrientos no tienen corazn.

Atenta  todo rumor la encontramos escuchando las ms ligeras pisadas;
fuertes y claras, Basilio; ligeras y desiguales, Crispn, pensaba ella.

El kalao [66] cant en el bosque dos  tres veces ya, desde que la
lluvia haba cesado, y no obstante sus hijos no llegaban todava.

Puso las sardinas dentro de la olla para que no se enfriaran y se
acerc al umbral de la choza para mirar hacia el camino. A fin de
distraerse se puso  cantar en voz baja. Ella tena una hermosa voz,
y cuando sus hijos la oan cantar kundiman [67] lloraban sin saber por
qu. Pero aquella noche su voz temblaba, y las notas salan perezosas.

Suspendi su canto y hundi la mirada en la obscuridad. Nadie vena
del pueblo,  no ser el viento que haca caer el agua de las anchas
hojas de los pltanos.

De repente vi un perro negro aparecer delante de ella; el animal
rastreaba algo en el sendero. Sisa tuvo miedo, cogi una piedra y se
la arroj. El perro ech  correr aullando lgubremente.

Sisa no era supersticiosa, pero tanto haba odo hablar sobre
presentimientos y perros negros que el terror se apoder de ella. Cerr
precipitadamente la puerta, y se sent al lado de la luz. La noche
favorece las creencias, y la imaginacin puebla el aire de espectros.

Trat de rezar, de invocar  la Virgen,  Dios para que cuidasen de
sus hijos, sobre todo, de su pequeo Crispn. Y distradamente olvid
el rezo para no pensar ms que en ellos, recordando las facciones
de cada uno, aquellas facciones que le sonren continuamente, ya en
sueos, ya en vigilias. Mas de repente sinti erizarse sus cabellos,
sus ojos se abrieron desmesuradamente; ilusin  realidad, ella vea
 Crispn de pie al lado del hogar, all donde sola sentarse para
charlar con ella. Ahora no deca nada; la miraba con aquellos grandes
ojos pensativos, y sonrea.

--Madre, abrid! abrid, madre!--deca la voz de Basilio desde fuera.

Sisa se estremeci vivamente y la visin desapareci.






XVII

BASILIO

                                                       La vida es sueo.


Apenas pudo entrar Basilio, y tambaleando se dej caer en los brazos
de su madre.

Un fro inexplicable se apoder de Sisa al verle llegar solo. Quiso
hablar, pero no hall sonidos; quiso abrazar  su hijo, pero tampoco
hall fuerzas; llorar, rale imposible.

Pero  la vista de la sangre que baaba la frente del nio, pudo gritar
con ese acento que parece anunciar la rotura de una cuerda del corazn:

--Hijos mos!

--No temis nada, madre!--lo contest Basilio;--Crispn se ha quedado
en el convento.

--En el convento? se ha quedado en el convento? Vive?

El nio levant hacia ella sus ojos.

--Ah!--exclam pasando de la mayor angustia  la mayor alegra. Sisa
llor, abraz  su hijo cubrindole de besos la ensangrentada frente.

--Vive Crispn! t le dejaste en el convento... y por qu ests
herido, hijo mo? Te has cado?

Y le examinaba cuidadosamente.

--El sacristn mayor, al llevarse  Crispn, me dijo que no podra
salir hasta las diez, y como es muy tarde me escap. En el pueblo me
dieron los soldados el quin vive? ech  correr, dispararon, y una
bala roz mi frente. Tema que me prendiesen y que me hiciesen fregar
el cuartel  palos como lo hicieron con Pablo, que an est enfermo.

--Dios mo, Dios mo!--murmur la madre estremecindose.--T le
has salvado!

Y aada mientras buscaba paos, agua, vinagre y plumn de garza:

--Un dedo ms y te matan, me matan  mi hijo! Los guardias civiles
no piensan en las madres!

--Diris que me he cado de un rbol; que no sepa nadie que fu
perseguido.

--Por qu se ha quedado Crispn?--pregunt Sisa, despus que hubo
hecho la cura  su hijo.

Este la contempl por algunos instantes, despus, abrazndola, le
refiri poco  poco lo de las onzas; sin embargo, no habl de las
torturas que hacan sufrir  su hermanito.

Madre  hijo confundieron sus lgrimas.

--Mi buen Crispn! acusar  mi buen Crispn! Es porque somos pobres,
y los pobres tenemos que sufrirlo todo!--murmuraba Sisa, mirando con
sus ojos llenos de lgrimas el tinhoy [68], cuyo aceite se acababa.

As permanecieron algn rato silenciosos.

--Has cenado ya? No? Hay arroz y sardinas secas.

--No tengo ganas; agua, quiero agua no ms.

--S!--repuso la madre con tristeza;--ya saba yo que no te gustaban
las sardinas secas; yo te haba preparado otra cosa, pero vino tu
padre, pobre hijo mo!

--Vino padre?--pregunt Basilio, y examin instintivamente la cara y
las manos de su madre. La pregunta del hijo hizo oprimirse el corazn
de Sisa, que le comprendi demasiado, as es que se apresur  aadir:

--Vino y pregunt mucho por vosotros, quera veros; tena mucha
hambre. Ha dicho que si segus siendo buenos, volvera  quedarse
con nosotros.

--Ah!--interrumpi Basilio, y sus labios se contrajeron con disgusto.

--Hijo!--le reprendi ella.

--Perdonad, madre!--repuso seriamente:--no estamos mejor nosotros
tres, vos, Crispn y yo? pero lloris; no he dicho nada.

Sisa suspir.

--No cenas? Entonces acostmonos, que ya es tarde.

Sisa cerr la choza y cubri las pocas brasas con ceniza para que no
se extinguiesen, como hace el hombre con los sentimientos del alma:
cubrirlos con la ceniza de la vida que llaman indiferencia, para que
no se apaguen con el trato cotidiano de nuestros semejantes.

Basilio murmur sus oraciones y acostse cerca de su madre, que
rezaba arrodillada.

Senta calor y fro; procur cerrar los ojos pensando en su hermanito
que aquella noche contaba dormir en el regazo de la madre, y ahora
llorara y temblara de miedo en un rincn obscuro del convento. Sus
odos le repetan aquellos gritos, como los haba odo en la torre,
pero la cansada naturaleza principi  confundir sus ideas, y el
espritu de los sueos descendi sobre sus ojos.

Vi una alcoba donde ardan dos velas. El cura, con el bejuco en
la mano, escuchaba sombro al sacristn mayor, que le hablaba en un
extrao idioma, con gestos horribles. Crispn temblaba y volva los
ojos llorosos  todas partes como buscando  alguien  un escondite. El
cura se vuelve  l y le interpela irritado, y el bejuco silba. El
nio corre  esconderse detrs del sacristn, pero ste le coge,
le sujeta y le ofrece al furor del cura: el infeliz pugna, patalea,
grita, se tira al suelo, rueda, se levanta, huye, resbala, cae
y para los golpes con las manos, que, heridas, esconde vivamente
aullando. Basilio le ve retorcerse, golpear el suelo con la cabeza,
ve y oye silbar el bejuco! Desesperado su hermanito se levanta;
loco de dolor, se arroja sobre sus verdugos y muerde al cura en la
mano. Este suelta un grito, deja caer el bejuco; el sacristn mayor
coge un bastn, le da un golpe en la cabeza, y el nio cae aturdido; el
cura, al verse herido, le patea, pero ya no se defiende, ya no grita:
rueda por el suelo como una masa inerte y deja un hmedo rastro [69]...

La voz de Sisa le llam  la realidad.

--Qu tienes? Por qu lloras?

--So!... Dios mo!--exclam Basilio incorporndose cubierto de
sudor.--Fu un sueo, decid, madre, que no fu ms que un sueo,
un sueo no ms!

--Qu has soado?

El muchacho no contest. Sentse para enjugarse las lgrimas y el
sudor. La choza estaba toda  obscuras.

--Un sueo, un sueo!--repeta Basilio en voz baja.

--Cuntame qu has soado; no puedo dormir!--deca la madre cuando
su hijo volvi  acostarse.

--Pues,--dijo ste en voz baja,--so que fuimos  recoger
espigas... en una sementera donde haba muchas flores... las mujeres
tenan cestos llenos de espigas... los hombres tenan tambin cestos
llenos de espigas... y los nios tambin... No me acuerdo ms, madre,
no me acuerdo de lo dems!

Sisa no insisti; ella no haca caso de los sueos.

--Madre, he formado un proyecto esta noche,--dijo Basilio despus de
algunos minutos de silencio.

--Qu proyecto?--pregunt ella.

Sisa, humilde en todo, era humilde hasta con sus hijos; los crea
ms juiciosos que ella misma.

--Ya no quisiera ser sacristn!

--Cmo?

--Oid, madre, lo que he pensado. Hoy ha llegado de Espaa el hijo
del difunto don Rafael, y el cual ser tan bueno como su padre. Pues
bien, madre, maana sacis  Crispn, cobris mi sueldo y decs que
ya no ser sacristn. Tan pronto como me ponga bueno, ir  verle
 don Crisstomo y le suplicar me admita como pastor de vacas 
carabaos: ya soy bastante grande. Crispn podr aprender en casa
del viejo Tasio, que no pega y es bueno, por ms que no lo crea
el cura. Qu tenemos ya que temer del padre? Puede hacernos ms
pobres de lo que somos? Creedlo, madre, el viejo es bueno; yo le
he visto varias veces en la iglesia cuando no hay nadie en ella; se
arrodilla y ora, creedlo. Con que, madre, dejar de ser sacristn,
se gana poco, y todava lo que se gana se va en multas. Todos se
quejan de lo mismo. Ser pastor, y cuidando bien lo que se me confe,
me har querer del dueo; quizs nos dejen ordear una vaca para
tomar leche;  Crispn le gusta mucho la leche. Quin sabe! quizs
os regalen una ternerita si ven que me porto bien; la cuidaremos y la
engordaremos como nuestra gallina. En el bosque coger frutas y las
vender en el pueblo juntamente con las legumbres de nuestra huerta,
y as tendremos dinero. Armar lazos y trampas para coger aves y gatos
monteses, pescar en el ro, y cuando sea ms grande, cazar. Podr
tambin cortar lea para vender  regalar al dueo de las vacas, y
as le tendremos contento. Cuando pueda arar, le pedir me confe un
pedazo de tierra para sembrar caa de azcar  maz, y no tendris que
coser hasta media noche. Tendremos ropas nuevas cada fiesta, comeremos
carne y pescados grandes. Entretanto vivir libre, nos veremos todos
los das y comeremos juntos. Y ya que dice el viejo Tasio que Crispn
tiene mucha cabeza, le enviaremos  Manila  estudiar; yo le mantendr
trabajando: verdad, madre? Y ser doctor, qu decs?

--Qu he de decir? Que s!--contest Sisa abrazando  su hijo.

Haba notado que el hijo no contaba para nada con su padre en el
porvenir, y llor lgrimas silenciosas.

Basilio sigui hablando de sus proyectos con esa confianza de los
aos que no ve ms que lo que se quiere ver. Sisa  todo deca s,
todo le pareca bueno. El sueo volvi  descender poco  poco sobre
los cansados prpados del nio, y esta vez el Ole Lukie de que
nos habla Andersen despleg sobre l su hermoso paraguas, lleno de
alegres pinturas.

Ya se vea pastor con su hermanito; cogan guayabas, alpay [70] y
otras frutas en el bosque; andaban de rama en rama, ligeros como las
mariposas; entraban en las grutas y vean que las paredes brillaban;
babanse en los manantiales, y la arena eran polvos de oro, y las
piedras como las piedras de la corona de la Virgen. Los pececillos
les cantaban y rean, las plantas inclinaban sus ramas, cargadas
de monedas y frutas. Luego vi una campana, colgada de un rbol,
y una cuerda larga para tocarla:  la cuerda haba atada una vaca
con un nido de pjaros entre las astas, y Crispn estaba dentro de
la campana, etctera. Y as fu soando.

Pero la madre, que no tena su edad ni haba corrido durante una hora,
no dorma.






XVIII

ALMAS EN PENA


Seran las siete de la maana cuando fray Salv concluy de decir su
ltima misa: las tres se ofrecieron en el espacio de una hora.

--El padre est enfermo,--decan las devotas;--no se mueve con la
pausa y elegancia de costumbre.

Despojse de sus vestiduras sin decir una palabra, sin mirar  nadie,
sin hacer ninguna observacin.

--Atencin!--se cuchicheaban los sacristanes;--el barreno
progresa! Van  llover multas, y todo por culpa de los dos hermanos!

Abandon la sacrista para subir  la casa parroquial, en cuyo zagun
escuela aguardbanle sentadas en los bancos unas siete  ocho mujeres
y un hombre, que se paseaba de un extremo  otro. Al verle venir,
levantronse, una mujer se adelant para besarle la mano, pero el
religioso hizo un gesto tal de impaciencia, que la detuvo en medio
de su camino.

--Habr perdido un real Kuriput? [71]--exclam la mujer con risa
burlona, ofendida de tal recibimiento. No darle  besar la mano
 ella, la celadora de la Hermandad, la hermana Rufa! Aquello era
inaudito.

--Esta maana no se ha sentado en el confesonario!--aadi hermana
Sipa, una vieja sin dientes;--yo quera confesarme para comulgar y
ganar las indulgencias.

--Pues os compadezco!--repuso una joven de cndida fisonoma;--esta
semana gan tres plenarias, y las dediqu al alma de mi marido.

--Mal hecho, hermana Juana!--dijo la ofendida Rufa.--Con una plenaria
haba bastante para sacarle del Purgatorio; no debis malgastar las
santas indulgencias; haced lo que yo.

--Yo deca: cuanto ms, mejor!--contest la sencilla hermana Juana
sonriendo.--Pero, decid, qu es lo que hacis?

Hermana Rufa no contest al instante: primero pidi un buyo, lo masc,
mir  su auditorio que escuchaba atento, escupi  un lado, y comenz
mientras mascaba tabaco:

--Yo no malgasto ni un santo da! Desde que pertenezco  la
Hermandad he ganado 457 indulgencias plenarias, 760,598 aos de
indulgencias. Apunto todas las que gano, porque me gusta tener cuentas
limpias; no quiero engaar, ni que me engaen.

Hermana Rufa hizo una pausa y continu mascando; las mujeres la
miraban con admiracin, pero el hombre que se paseaba se detuvo,
y le dijo un poco desdeoso:

--Pues yo, solamente este ao, he ganado cuatro plenarias ms que vos,
hermana Rufa, y cien aos ms, y eso que este ao no he rezado mucho.

--Ms que yo? Ms de 689 plenarias de 994,856 aos?--repiti hermana
Rufa algo disgustada.

--Eso es, ocho plenarias ms y ciento quince aos ms y en pocos
meses,--repiti el hombre, de cuyo cuello pendan escapularios y
rosarios mugrientos.

--No es extrao,--dijo la Rufa dndose por vencida;--sois el maestro
y el jefe en la provincia!

El se sonri lisonjeado.

--No es extrao que gane ms que vos, en efecto; casi, casi puedo
decir que an durmiendo gano indulgencias.

--Y qu hacis de ellas, maestro?--preguntaron cuatro  cinco voces
 la vez.

--Psh!--contest el hombre haciendo una mueca de soberano desprecio;
las tiro por aqu y por all!

--Pues en eso s que no os puedo alabar, maestro!--protest la
Rufa.--Iris al purgatorio por malgastar indulgencias! Ya sabis
que por cada palabra intil se padecen cuarenta das de fuego, segn
el cura; por cada palmo de hilo, sesenta; por cada gota de agua,
veinte. Vais al purgatorio!

--Ya sabr yo salir de l!--contest hermano Pedro con una confianza
sublime.--He sacado tantas almas del fuego! He hecho tantos santos! Y
adems, in articulo mortis puedo ganarme todava, si quiero, lo menos
siete plenarias, y podr salvar  otros, muriendo!

Y dicho esto, se alej orgullosamente.

--Sin embargo, debais hacer lo que yo, que no pierdo un da y hago
bien mis cuentas. No quiero engaar ni que me engaen!

--Qu hacis?--pregunt la Juana.

--Pues debis imitar lo que hago. Por ejemplo: suponed que gano un
ao de indulgencias, lo apunto en mi cuaderno y digo: Bienaventurado
Padre Seor Santo Domingo, haced el favor de ver si en el purgatorio
hay alguno que precisamente necesite un ao, ni un da ms ni
un da menos. Juego cara y cruz; si sale cara, no; si sale cruz,
s. Pues supongamos que sale cruz, entonces escribo: Cobrado; sale
cara? entonces retengo la indulgencia, y de este modo hago grupitos
de cien aos que tengo bien apuntados. Lstima que con ellos no se
pueda hacer lo que con el dinero: darlas  inters; se podran salvar
ms almas. Creedme, haced lo que yo.

--Pues yo hago otra cosa mejor!--contest hermana Sipa.

--Qu? mejor?--pregunta sorprendida la Rufa.--No puede ser! Lo
que yo hago es inmejorable!

--Oid un momento y os convenceris, hermana!--contesta la vieja Sipa
en tono desabrido.

--A ver,  ver! oigamos!--dijeron las otras.

Despus de toser ceremoniosamente, habl la vieja de esta manera:

--Vosotras sabis muy bien que rezando el Bendita sea tu Pureza, y
el Seor mo Jesucristo, Padre dulcsimo por el gozo, se ganan diez
aos por cada letra...

--Veinte!--No, menos!--Cinco!--dijeron varias voces.

--Uno ms, uno menos, no importa! Ahora; cuando un criado  una
criada me rompe un plato, vaso  taza, etc., le hago recoger todos los
pedazos, y por cada uno, an por el ms pequeito, tiene que rezarme
el Bendita sea tu Pureza y el Seor mo Jesucristo, Padre dulcsimo
por el gozo, y las indulgencias que gano las dedico  las almas. En
casa todos los saben, menos los gatos.

--Pero estas indulgencias las ganan las criadas y no vos, hermana
Sipa,--objeta la Rufa.

--Y mis tazas, y mis platos quin me los paga? Ellas estn contentas
de pagarlos as, y yo tambin; no les pego, slo algn coscorrn
 pellizco...

--Os imitar!--Har lo mismo!--Y yo!--decan las mujeres.

--Pero si el plato no se ha roto ms que en dos  tres pedazos,
ganis poco!--observa an la terca Rufa.

--Bah!--contesta la vieja Sipa,--les hago rezar tambin, hago colar
los pedazos y no perdemos nada.

Hermana Rufa no supo ya qu objetar.

--Permitidme que os someta una duda,--dice tmidamente la joven
Juana.--Vosotras, seoras, entendis tan bien estas cosas del cielo,
purgatorio  infierno... yo confieso que soy ignorante.

--Hablad!

--Encuentro muchas veces en las novenas y otros libros este encargo:
Tres padrenuestros, tres avemaras y tres gloriapatris...

--Y bien?...

--Pues quera saber cmo hay que rezarlos;  tres padrenuestros
seguidos, tres avemaras seguidas y tres gloriapatris seguidos,
 tres veces, un padrenuestro, un avemara y un gloriapatri?

--Pues as es, tres veces un padrenuestro...

--Perdonad, hermana Sipa!--interrumpe la Rufa;--deben rezarse de
la otra manera:  los machos no hay que mezclarlos con las hembras:
los padrenuestros son machos, las avemaras son hembras y las glorias
son los hijos.

--Eh! perdonad, hermana Rufa; padrenuestro, avemara y gloria son
como arroz, vianda y salsa, un bocado de los santos...

--Estis equivocada! Ved solamente, vos que rezis as no consegus
nunca lo que peds.

--Y vos porque rezis as, no sacis nada de vuestras
novenas!--replica la vieja Sipa.

--Quin?--dice la Rufa levantndose;--hace poco perd un cerdito, rec
 San Antonio, y lo encontr, y tanto que lo vend  un buen precio...

--S? por eso deca vuestra vecina que vendisteis un cerdito suyo!

--Quin? La sinvergenza! Acaso soy yo como vos?...

El maestro tuvo que intervenir para poner paz: ya nadie se acordaba
de los padrenuestros, slo se hablaba de cerdos.

--Vamos, vamos, no hay que reir por un cerdito, hermanas! Las
Santas Escrituras nos dan ejemplo: los herejes y protestantes no le
han reido  Nuestro Seor Jesucristo, que arroj al agua una piara de
puercos que les pertenecan, y nosotros que somos cristianos y adems
hermanos del Santsimo Rosario, habremos de reir por un cerdito? Qu
diran de nosotros nuestros rivales, los Hermanos Terceros?

Callronse todas admirando la profunda sabidura del maestro, y
temiendo el qu dirn de los Hermanos Terceros. Aquel, satisfecho de
tanta obediencia, cambi de tono y prosigui:

--Pronto nos har llamar el cura. Hay que decirle qu predicador
elegimos de los tres que ayer propuso: el padre Dmaso, el padre
Martn  el coadjutor. No s si han elegido ya los Terceros; es
menester decidir.

--El coadjutor...--murmura tmidamente la Juana.

--Hum! El coadjutor no sabe predicar!--dice la Sipa;--mejor es el
padre Martn.

--El padre Martn?--exclama otra con desdn;--no tiene voz: mejor
es el padre Dmaso.

--Ese, ese es!--exclama la Rufa.--El padre Dmaso s que sabe
predicar, ese parece un comediante!

--Pero no le entendemos!--murmura la Juana.

--Porque es muy profundo! y con tal que predique bien...

En esto lleg Sisa, llevando una cesta sobre la cabeza, di los buenos
das  las mujeres y subi las escaleras.

--Aquella sube! subamos tambin!--dijeron.

Sisa senta latir con violencia su corazn mientras suba las
escaleras: no saba qu iba  decir al padre para aplacar su enojo
ni qu razones iba  darle para abogar por su hijo. Aquella maana,
con las primeras tintas de la aurora haba bajado  la huerta para
coger sus ms hermosas legumbres, que coloc en un cesto entre hojas
de pltano y flores. Fu  orillas del ro  buscar pak [72], que
saba le gustaba al cura comer en ensalada. Vistise sus mejores ropas,
y con la cesta sobre la cabeza, sin despertar  su hijo, parti para
el pueblo.

Procurando hacer el menor ruido posible, suba las escaleras
lentamente, escuchando atenta por si acaso oa una voz conocida,
fresca, infantil.

Pero no oy mi encontr  nadie, y se dirigi  la cocina.

All mir  todos los rincones: criados y sacristanes la recibieron
con frialdad. Salud y apenas la contestaron.

--Dnde podr dejar estas legumbres?--pregunt sin darse por ofendida.

--All... en cualquier parte!--contest el cocinero sin mirarlas
apenas, atento  su faena: estaba desplumando un capn.

Sisa fu colocando ordenadamente sobre la mesa las berengenas, los
amargosos, las patolas, la zarzalida y los tiernos ramos de pak
[73]. Despus puso las flores encima, medio se sonri, y pregunt 
un criado, que le pareci ms tratable que el cocinero:

--Podr hablar con el padre?

--Est enfermo,--contest ste en voz baja.

--Y Crispn? Sabis si est en la sacrista?

El criado la mir sorprendido.

--Crispn?--pregunt frunciendo las cejas.--No est en vuestra
casa? Lo querris negar?

--Basilio est en casa, paro Crispn se ha quedado aqu,--repuso
Sisa;--quiero verle...

--Ya!--dice el criado;--se qued, pero despus... despus se escap,
robando muchas cosas. El cura me ha mandado esta maana temprano
al cuartel para dar parte  la Guardia Civil. Ya deben haber ido 
vuestra casa  buscar  los chicos.

Sisa se tap las orejas, abri la boca, pero sus labios se agitaron
en vano: no sali ningn sonido.

--Vaya con los hijos que tenis!--aadi el cocinero.--Se conoce
que sois fiel esposa: los hijos han salido como el padre! Cuidado
que el pequeo le va  sobrepasar!

Sisa prorrumpi en amargo llanto, dejndose caer sentada sobre
un banco.

--No lloris aqu!--le grit el cocinero:--no sabis que el padre
est enfermo? Id  llorar en la calle.

La pobre mujer casi  empujones descendi las escaleras, al mismo
tiempo que las hermanas, que murmuraban y hacan conjeturas acerca
de la enfermedad del cura.

La desgraciada madre ocult su cara con el pauelo y reprimi el
llanto.

Al llegar  la calle, mir indecisa en torno suyo, y despus, como
si hubiese tomado una determinacin, se alej rpidamente.






XIX

AVENTURAS DE UN MAESTRO DE ESCUELA

                        El vulgo es necio, y pues lo paga, es justo
                        Hablarle en necio para darle gusto.

                                                         (Lope de Vega).


El lago, rodeado de sus montaas, duerme tranquilo con esa hipocresa
de los elementos, como si la noche anterior no hubiese hecho coro  la
tempestad. A los primeros reflejos de luz, que despiertan en las aguas
 los genios fosforescentes, se dibujan  lo lejos, casi en el confn
del horizonte, parduscas siluetas: son las bancas de los pescadores
que recogen la red; cascos y paraos [74] que tienden sus velas.

Dos hombres, vestidos de riguroso luto, contemplan silenciosos el
agua desde una altura: uno de ellos es Ibarra y el otro es un joven
de aspecto humilde y fisonoma melanclica.

--Aqu es!--deca este ltimo;--aqu fu arrojado el cadver de su
padre. Aqu nos condujo el sepulturero al teniente Guevara y  m!

Ibarra estrech con efusin la mano del joven.

--No tiene usted que agradecrmelo!--repuso ste.--Deba muchos favores
 su padre, y el nico que le hice fu acompaarle al sepulcro. Haba
venido sin conocer  nadie, sin recomendaciones, sin nombre, sin
fortuna, como ahora. Mi predecesor haba abandonado la escuela para
dedicarse  vender tabaco. Su padre de usted me protegi, me procur
una casa y me facilit cuanto pudiera necesitar para el adelanto de la
enseanza; iba  la escuela y reparta algunos cuartos  los chicos
pobres y aplicados, los provea de libros y papeles. Pero esto,
como todas las cosas buenas, dur muy poco!

Ibarra se descubri y pareci orar largo rato. Volvise despus  su
compaero y le dijo:

--Deca usted que mi padre socorra  los chicos pobres. Y ahora?

--Ahora hacen lo posible y escriben cuando pueden,--contest el joven.

--Por qu?

--La causa est en sus rotas camisas y avergonzados ojos.

Ibarra guard silencio.

--Cuntos alumnos tiene usted ahora?--pregunt con cierto inters.

--Ms de doscientos en la lista, y en la clase veinticinco.

--Cmo es eso?

El maestro de escuela se sonri melanclicamente y exclam:

--Decirle  usted las causas es contarle una larga y fastidiosa
historia.

--No atribuya usted mi pregunta  una vana curiosidad,--repuso
Ibarra gravemente, mirando al lejano horizonte.--He reflexionado
mejor, y creo que realizar los pensamientos de mi padre, vale ms que
llorarle, mucho ms que vengarle. Su tumba es la sagrada Naturaleza,
y sus enemigos han sido el pueblo y un sacerdote: perdono al primero
por su ignorancia, y respeto al segundo por su carcter, y porque
quiero que se respete la religin que educ  la sociedad. Quiero
inspirarme en el espritu del que me di el sr, y por esto deseara
conocer los obstculos que encuentra aqu la enseanza.

--El pas--dijo el maestro--bendecir su memoria de usted, si realiza
usted los hermosos propsitos de su difunto padre. Quiere usted
conocer los obstculos en que tropieza la enseanza? Pues bien, en las
circunstancias en que estamos, sin un poderoso concurso la enseanza
nunca ser un hecho; primero, porque en la niez no hay aliciente
ni estmulo, y segundo, porque an cuando los hubiera, los matan la
carencia de medios y muchas preocupaciones. Dicen que en Alemania
estudia el hijo del campesino ocho aos en la escuela del pueblo;
quin querr emplear aqu la mitad de ese tiempo, cuando se recogen
tan escasos frutos? Leen, escriben y se aprenden de memoria trozos y 
veces libros enteros en castellano, sin entender de ellos una palabra;
qu utilidad saca de la escuela el hijo de nuestros aldeanos?

--Y usted que ve el mal cmo no ha pensado en remediarlo?

--Ay!--contest moviendo tristemente la cabeza;--un pobre
maestro, solo, no lucha contra las preocupaciones, contra ciertas
influencias. Necesitara antes que todo tener escuela, un local,
y no como ahora que enseo al lado del coche del padre cura,
debajo del convento. All los nios que gustan de leer en voz alta,
incomodan, como es natural, al padre, que  veces desciende nervioso,
sobre todo cuando tiene sus ataques, les grita y me insulta  m 
veces. Comprender usted que as no se puede ensear ni aprender; el
nio no respeta al maestro desde el instante en que le ve maltratado
sin hacer prevalecer sus derechos. El maestro, para ser escuchado,
para que su autoridad no se ponga en duda, necesita prestigio,
buen nombre, fuerza moral, cierta libertad, y permtame usted que
le hable de tristes pormenores. Yo he querido introducir reformas y
se han redo de m. Para remediar aquel mal de que le hablaba, trat
de ensear el espaol  los nios, porque adems de que el Gobierno
lo ordenaba, juzgu que sera tambin una ventaja para todos. Emple
el mtodo ms sencillo, de frases y nombres, sin valerme de grandes
reglas, esperando ensearles la gramtica cuando ya comprendiesen el
idioma. Al cabo de algunas semanas los ms listos casi me comprendan
y componan algunas frases.

El maestro se detuvo y pareci dudar; despus, como si se hubiera
decidido, continu:

--No debo avergonzarme de la historia de mis agravios; cualquiera en
mi lugar se habra portado lo mismo. Como deca, principiaba bien;
mas, algunos das despus, el padre Dmaso, el cura de entonces, me
hizo llamar por el sacristn mayor. Como conoca su carcter y tema
hacerle esperar, sub inmediatamente, le salud y le d los buenos
das en castellano. l, que por todo saludo me alargaba la mano
para que se la besara, la retir y sin contestarme, empez  reir
 carcajadas, burlonamente. Quedme desconcertado; delante estaba
el sacristn mayor. Al pronto no supe qu decir; me qued mirndole
pero l sigui riendo. Yo ya me impacientaba y vea que iba  cometer
una imprudencia, pues ser buen cristiano y ser digno  la vez no
son cosas incompatibles. Iba ya  preguntarle, cuando de repente,
pasando de la risa al insulto, me dijo con socarronera: Con que
buenos das? buenos das! gracioso! ya sabes hablar espaol!
Y continu riendo.

Ibarra no pudo reprimir una sonrisa.

--Usted se rie,--repuso el maestro rindose tambin;--confieso que
entonces no tuve ganas de reirme. Estaba de pie; sent que la sangre se
me suba  la cabeza, y un relmpago oscureca mi cerebro. Al cura le
v lejos, muy lejos; me adelant hacia l para replicarle, sin saber
lo que iba  decir. El sacristn mayor se interpuso, l se levant y
me dijo serio en tagalo:--No me uses prendas prestadas; contntate
con hablar tu idioma y no me eches  perder el espaol, que no es para
vosotros. Conoces al maestro Ciruela? Pues Ciruela era un maestro que
no saba leer y pona escuela. Quise detenerle, pero entrse en su
cuarto y cerr la puerta violentamente. Qu iba yo  hacer, yo que
apenas tengo para vivir con mi sueldo, que para cobrarlo necesito el
visto bueno del cura y hacer un viaje  la cabecera de la provincia,
qu poda yo hacer contra l, la primera autoridad moral, poltica y
civil en un pueblo, sostenido por su Corporacin, temido del Gobierno,
rico, poderoso, consultado, escuchado, credo y atendido siempre por
todos? Si me insulta, debo callarme; si replico, se me arroja de mi
puesto, perdiendo para siempre mi carrera, y no por eso ganara la
enseanza, por el contrario, todos se pondran del lado del cura, me
execraran y llamaran vanidoso, orgulloso, soberbio, mal cristiano,
mal educado, y cuando no, anti-espaol y filibustero. Del maestro
de escuela no se espera saber ni celo; slo se le pide resignacin,
humillacin, inercia, y perdneme Dios si he renegado de mi conciencia
y razn, pero he nacido en este pas, tengo que vivir, tengo una
madre y me abandono  mi suerte como un cadver que arrastra la ola.

--Y por este obstculo se ha desanimado usted para siempre? Y as
ha vivido usted despus?

--Ojal hubiera escarmentado!--contest;--se hubieran limitado 
eso mis infortunios! Verdad es que desde entonces cobr aversin 
mi carrera; pensaba buscar otro oficio como mi predecesor, porque el
trabajo, cuando se hace  disgusto y con vergenza, es un martirio,
y porque la escuela me recordaba cada da mi afrenta, hacindome pasar
horas muy amargas. Pero qu hacer? No poda desengaar  mi madre;
tena que decirle que sus tres aos de sacrificios para darme esta
carrera, hacen ahora mi felicidad; es menester hacerle creer que la
profesin es honradsima, el trabajo delicioso, el camino sembrado de
flores; que el cumplimiento de mi deber slo me produce amistades; que
el pueblo me respeta y me llena de consideraciones; de lo contrario,
sin dejar de ser infeliz, hara otra desgraciada, lo que adems de
ser intil es un pecado. Permanec, pues, en mi puesto y no quise
desanimarme: intent luchar.

El maestro de escuela hizo una breve pausa y despus prosigui:

--Desde el da en que fu tan groseramente insultado, me examin
 m mismo y me v en efecto muy ignorante. Pseme  estudiar da
y noche el espaol y todo lo que se relacionaba con mi carrera; el
viejo filsofo me prestaba algunos libros, lea cuanto encontraba,
y analizaba cuanto lea. Con las nuevas ideas que de una parte y otra
he ido adquiriendo cambi mi punto de vista, y v muchas cosas bajo
un aspecto diferente del que tenan antes. V errores donde antes
slo vea verdades, y verdades en muchas cosas que me parecieron
errores. Los azotes, por ejemplo, que desde tiempo inmemorial eran
el distintivo de las escuelas, y que antes tenan por el nico medio
eficaz de hacer aprender--as nos haban acostumbrado  creerlo,--me
parecieron despus que, lejos de contribuir al adelanto del nio,
le inutilizaban considerablemente. Me convenc de que era imposible
raciocinar teniendo la palmeta  las disciplinas  la vista; el miedo
y el terror turban al ms sereno, adems de que la imaginacin del
nio es ms viva, ms impresionable. Y como, para que en el cerebro
se impriman las ideas, es menester que reine la calma, exterior
 interiormente, que haya serenidad de espritu, tranquilidad
material y moral y buen nimo, cre que ante todo deba infundir
en los nios confianza, seguridad y aprecio de s mismos. Comprend
adems que el espectculo diario de los azotes mataba la piedad en el
corazn y extingua esa llama de la dignidad, la palanca del mundo,
perdindose con ella la vergenza que vuelve ya difcilmente. He
observado tambin que cuando uno es azotado, halla un consuelo en
que los dems lo sean  su vez, y sonre con satisfaccin al oir el
llanto de los otros; y el que se encarga de azotar, si bien obedece
el primer da con repugnancia, despus se acostumbra y halla un
deleite en tu triste misin. El pasado me horroriz, quise salvar
el presente modificando el antiguo sistema. Trat de hacer amable y
risueo el estudio, quise hacer de la cartilla, no el librito negro
y baado en lgrimas de la niez, sino un amigo que le va  descubrir
secretos maravillosos; de la escuela, no un lugar de dolores, sino un
sitio de recreo intelectual. Suprim, pues, poco  poco los azotes,
me llev  casa las disciplinas y las reemplac con la emulacin y
el aprecio de s mismos. Si se descuidaba una leccin, lo atribua 
falta de voluntad, nunca  falta de capacidad; les haca creer que
tenan mejores disposiciones de las que en realidad podan tener,
y esta creencia que procuraban confirmar, los obligaba  estudiar,
as como la confianza conduce al herosmo. Al principio pareca que
el cambio de mtodo era impracticable: muchos dejaron de estudiar;
pero yo segu y not que poco  poco se iban levantando los nimos,
acudan ms nios y con ms frecuencia; y el que una vez era alabado
delante de todos, al da siguiente aprenda el doble. Pronto se
divulg por el pueblo que yo no pegaba; el cura me hizo llamar,
y temiendo yo otra escena, saludle secamente en tagalo. Esta vez
estuvo l muy serio conmigo. Me dijo que echaba  perder  los nios,
que malgastaba el tiempo, que no cumpla con mi deber, que el padre
que perdonaba el palo odiaba  su hijo, segn el Espritu Santo,
que la letra con sangre entra, etc., etc.; me trajo una porcin de
dichos de los tiempos brbaros, como si bastase que una cosa haya sido
dicha por los antiguos para ser indiscutible; segn esto, deberamos
creer que han existido realmente los monstruos, que aquellas edades
crearon y han esculpido en sus palacios y catedrales. En fin, me
recomend ser diligente y que volviese al antiguo sistema, pues de
lo contrario dara parte al alcalde en contra ma. No qued aqu mi
desgracia: das despus se presentaban debajo del convento los padres
de los chicos, y he tenido necesidad de llamar en mi auxilio toda mi
paciencia y resignacin. Empezaron ponderndome los antiguos tiempos
en que los maestros tenan carcter y enseaban como haban enseado
sus abuelos. Aquellos s que eran sabios! decan; aquellos pegaban
y enderezaban el rbol torcido. Aquellos no eran jvenes, eran viejos
de mucha experiencia, canosos y severos! Don Catalino, el rey de todos
ellos y fundador de aquella escuela, no daba nunca menos de veinticinco
palos, y por eso sac hijos sabios y sacerdotes. Ah! los antiguos
valan ms que nosotros, s, seor, ms que nosotros. Otros no se
contentaban con estas groseras indirectas; me decan claramente que,
si segua mi sistema, sus hijos no aprenderan nada y que se veran
obligados  sacarlos de la escuela. Intil fu razonar con ellos:
como joven no me concedan gran razn. Cunto hubiera yo dado por
tener canas! Citbanme la autoridad del cura, de Fulano, de Zutano
y se citaban  ellos mismos, diciendo que, si no hubiera sido por
los azotes de sus maestros, no habran aprendido nada. La simpata
que algunas personas me demostraron dulcific un poco la amargura de
este desengao.

En vista de esto, tuve que renunciar  un sistema, que despus de
mucho trabajo empezaba  darme sus frutos. Desesperado, llev al
da siguiente  la escuela los azotes, y comenc de nuevo mi brbara
tarea. La serenidad desapareci y volvi  reinar la tristeza en los
semblantes de los nios que ya me empezaban  querer: eran mis nicas
relaciones, mis nicos amigos. Aunque procuraba economizar los azotes
y darlos con toda la lenidad posible, los nios se sentan sin embargo
vivamente heridos, rebajados, y lloraban con amargura. Aquello me
llegaba al corazn, y aunque interiormente estaba irritado contra sus
estpidas familias, no poda vengarme en aquellas inocentes vctimas de
las preocupaciones de sus padres. Sus lgrimas me quemaban; el corazn
no me caba dentro del pecho, y aquel da abandon la clase antes de la
hora y me fu  mi casa  llorar  solas... Acaso le extrae  usted
mi sensibilidad, pero si estuviese en mi lugar, la comprendera. El
viejo don Anastasio me deca: Piden azotes los padres? Por qu no
se los di usted  ellos? De resultas de esto ca enfermo.

Ibarra escuchaba pensativo.

--Apenas restablecido, volv  la escuela y encontr  mis discpulos
reducidos  una quinta parte. Los mejores haban desertado  la vuelta
del antiguo sistema, y de los que quedaban, unos cuantos que iban 
la escuela para huir de los trabajos domsticos, ninguno manifest
alegra, ninguno me felicit por mi convalecencia: les era igual que
sanase  no, quizs hubieran preferido que hubiese continuado enfermo,
porque el sustituto, si bien pegaba ms, iba en cambio raras veces 
clase. Mis otros alumnos, aquellos que sus padres conseguan obligar 
ir  la escuela, banse de paseo  otra parte. Culpbanme de haberlos
mimado y me llenaban de recriminaciones. Uno, sin embargo, el hijo de
una campesina que me visitaba durante mi enfermedad, no volvi porque
se haba hecho sacristn: el sacristn mayor dice que los sacristanes
no deben frecuentar la escuela: se rebajaran.

--Y se resign usted con sus nuevos alumnos?--pregunt Ibarra.

--Poda hacer otra cosa?--contest.--Sin embargo, como durante mi
enfermedad haban sucedido muchas cosas, cambiamos de cura. Conceb
una nueva esperanza  intent hacer otra prueba para que los nios
no perdiesen del todo el tiempo y aprovechasen en lo posible los
azotes; que al menos que aquellas vergenzas den para ellos algn
fruto, pens. Quise hacer, ya que ahora no me podan amar, que al
menos conservando algo til de m, me recordasen despus con menos
amargura. Usted ya sabe que en la mayor parte de las escuelas estn
en castellano los libros,  excepcin del Catecismo tagalo, que
vara segn la corporacin religiosa  que pertenece el cura. Estos
libros suelen ser novenas, trisagios, el catecismo del padre Astete,
de los que tanta piedad sacan como de los libros de los herejes. En
la imposibilidad de ensearles el castellano ni de traducir tantos
libros, he procurado sustituirlos poco  poco por cortos trozos,
sacados de obras tiles tagalas, como el tratado de Urbanidad de
Hortensio y Feliza, algunos manualitos de Agricultura, etc., etc. A
veces yo mismo traduca obritas como la historia de Filipinas del
padre Barranera y los dictaba despus, para que los reuniesen en
cuadernos, aumentndolos  veces con propias observaciones. Como no
tena mapas para ensearles Geografa, copi uno de la provincia que
v en la Cabecera, y con esta reproduccin y las baldosas del suelo
les d algunas ideas del pas. Esta vez fueron las mujeres las que se
alborotaron; los hombres se contentaban con sonreir viendo en ello
una de mis locuras. El nuevo cura me hizo llamar, y si bien no me
reprendi, me dijo que primero deba cuidarme de la religin, y que
antes de ensear estas cosas, deban los nios probar en un examen
que saben bien de memoria los Misterios, el Trisagio y el Catecismo
de la Doctrina Cristiana.

En el entretanto, pues, estoy trabajando para que los chicos se
conviertan en papagayos y puedan saber de memoria tantas cosas de las
cuales no entienden una sola palabra. Muchos saben ya los Misterios
y el Trisagio, pero me temo que no se estrellen mis esfuerzos con el
padre Astete, pues la mayor parte de mis alumnos no distinguen an
muy bien las preguntas de las respuestas y lo que ambas cosas pueden
significar. Y as moriremos y as harn los que han de nacer, y en
Europa se hablar del Progreso!

--No seamos tan pesimistas!--repuso Ibarra levantndose.--El
teniente mayor me ha pasado una invitacin para asistir  una junta
en el tribunal... Quin sabe si all tendr usted una respuesta 
sus preguntas?

El maestro se levant tambin, pero sacudiendo la cabeza en seal de
duda, respondi:

--Va usted  ver cmo el proyecto ese de que me hablaron se queda
tambin como los mos! Y si no, vemoslo!






XX

LA JUNTA EN EL TRIBUNAL [75]


Era una sala de doce  quince metros de larga por ocho  diez de
ancha. Sus muros, blanqueados de cal, estaban cubiertos de dibujos al
carbn, ms  menos feos, ms  menos indecentes, con inscripciones que
completaban su sentido. En un rincn y adosados ordenadamente al muro,
se vean unos diez viejos fusiles de chispa entre sables roosos,
espadines y talibones: aquello era el armamento de los cuadrilleros
[76].

En un extremo de la sala, que adornan sucias cortinas rojas, se
esconda colgado de la pared el retrato de S. M.; debajo del retrato,
sobre una tarima de madera, un viejo silln abra sus destrozados
brazos; delante, una grande mesa de madera, manchada de tinta, picada
y tallada de inscripciones y monogramas, como muchas mesas de las
tabernas alemanas que frecuentan los estudiantes. Bancos y sillas
desvencijadas completaban el mueblaje.

Esta es la sala de las sesiones, del tribunal, de la tortura, etc. Aqu
conversan ahora las autoridades del pueblo y de los barrios: el partido
de los viejos no se mezcla con el de los jvenes, y unos y otros no
se pueden sufrir: representan el partido conservador y el liberal,
slo que sus luchas adquieren en los pueblos un carcter extremado.

--La conducta del gobernadorcillo me escama!--deca don Filipo, el
jefe del partido liberal,  sus amigos;--lleva un plan preconcebido en
esto de dejar hasta la ltima hora la discusin del presupuesto. Notad
que apenas nos quedan once das.

--Y se ha quedado en el convento  conferenciar con el cura que est
enfermo!--observ uno de los jvenes.

--No importa!--repuso otro;--todo lo tenemos ya preparado Con tal
que el proyecto de los viejos no obtenga la mayora...

--No lo creo!--dijo don Filipo;--yo presentar el proyecto de
los viejos.

--Cmo? qu decs?--preguntaron sus oyentes sorprendidos.

--Digo que si hablo el primero, presentar el proyecto de nuestros
enemigos.

--Y el nuestro?

--De presentarlo os encargaris vos,--contest el teniente sonriendo
y dirigindose  un joven cabeza de barangay [77]; hablaris despus
que haya yo sido derrotado.

--No os comprendemos, seor!--decan los interlocutores, mirndole
llenos de duda.

--Oid!--dijo don Filipo en voz baja  dos o tres que le
escuchaban.--Esta maana me encontr con el viejo Tasio.

--Y qu?

--El viejo me dijo: Vuestros enemigos os odian  vos ms que 
vuestras ideas. Queris que una cosa no se haga? pues proponedla,
y aunque fuese ms til que una mitra ser rechazada. Una vez que
os hayan derrotado, haced que exponga lo que querais el ms modesto
de entre todos, y vuestros enemigos, por humillaros, lo aprobarn.
Pero guardadme el secreto.

--Pero...

--Por eso propondr el proyecto de nuestros enemigos exagerndolo
hasta el ridculo. Silencio! El seor Ibarra y el maestro de escuela!

Ambos jvenes saludaron  unos grupos y otros sin tomar parte en
sus conversaciones.

Momentos despus entr el gobernadorcillo con el rostro disgustado:
era el mismo que vimos ayer llevando una arroba de velas. A su entrada
cesaron los murmullos, cada cual tom asiento, reinando poco  poco
el silencio.

Sentse el capitn [78] en el silln colocado debajo del retrato de Su
Majestad, tosi cuatro  cinco veces, passe las manos por la cabeza
y la cara, puso los codos sobre la mesa, los retir, volvi  toser
y as sucesivamente.

--Seores!--repuso al fin con voz desfallecida:--me he atrevido
 convocaros  todos para esta junta... ejem! ejem!... tenemos
que celebrar la fiesta de nuestro patrn San Diego, el 12 de este
mes... ejem! ejem! hoy estamos  dos... ejem! ejem!

Y aqu le atac una tos pausada y seca, que le redujo al silencio.

Levantse entonces del banco de los viejos un hombre de unos cuarenta
aos, de aspecto arrogante. Era el rico capitn Basilio, contrario
del difunto don Rafael, un hombre que pretenda que desde la muerte de
Santo Toms de Aquino el mundo no haba dado un paso hacia adelante,
y que desde que l dej San Juan de Letrn, la humanidad empez
 retroceder.

--Permtanme VV. SS. que tome la palabra en un asunto tan
interesante,--dijo.--Hablo el primero, si bien otros de los que aqu
estn presentes tienen ms derechos que yo, pero hablo el primero
porque me parece que en estas cosas el hablar el primero no significa
que sea uno el primero, as como hablar el ltimo no significa tampoco
que sea uno el ltimo. Adems, las cosas que tendr que decir son de
una importancia tal, que no son para dejadas ni dichas al ltimo, y por
eso quisiera hablar el primero para darle su tono correspondiente. Me
permitirn pues VV. SS. que hable el primero en esta junta donde veo
muy notabilsimas personas como el capitn actual; el capitn pasado,
mi distinguido amigo don Valentn; el capitn pasado, mi amigo de
la infancia don Julio; nuestro clebre capitn de cuadrilleros, don
Melchor, y tantas otras seoras ms, que para ser breve no quiero
mentar, que VV. SS. ven aqu presentes. Suplico  VV. SS. que me
permitan el uso de la palabra antes que otro alguno hable. Tendra
yo la fortuna de que la Junta accediese  mi humilde ruego?

Y el orador se inclin respetuosamente sonriendo.

--Ya podis hablar, que os escuchamos con ansia!--dijeron los amigos
aludidos y otras personas que le tenan por un gran orador: los viejos
tosan con satisfaccin y se frotaban las manos.

Capitn Basilio, despus de limpiarse el sudor con su pauelo de
seda, prosigui:

--Ya que VV. SS. han sido tan amables y tan complacientes con mi
humilde persona, concedindome el uso de la palabra antes que  otro
cualquiera de los que aqu estn presentes, me aprovechar de este
permiso, tan generosamente concedido, y voy  hablar. Me imagino con
mi imaginacin que me encuentro en medio del respetabilsimo Senado
romano, senatus populusque romanus que decamos en aquellos hermosos
tiempos, que fatalmente para la humanidad no volvern ya, y pedir 
los patres conscripti, que dira el sabio Cicern, si estuviera en mi
lugar, pedir, puesto que nos falta tiempo, y el tiempo es oro como
deca Salomn, que en esta importante cuestin cada uno exponga su
parecer clara, breve y sencillamente. He dicho.

Y satisfecho de s mismo y de la atencin de la sala, el orador se
sent no sin dirigir una mirada de superioridad  Ibarra que estaba
sentado en un rincn, y otra de mucha significacin  sus amigos como
dicindoles: Ah! He hablado bien? ah!

Sus amigos reflejaron tambin ambas miradas, dirigindose hacia los
jvenes como para matarlos de envidia.

--Ahora puede hablar el que quiera, ejem!--repuso el gobernadorcillo
sin poder acabar su frase... que la tos y los suspiros interrumpieron.

A juzgar por el silencio, ninguno quera dejarse llamar uno de los
patres conscripti, ninguno se levantaba: entonces don Filipo aprovech
la ocasin y pidi la palabra.

Los conservadores guiaron los ojos y se hicieron seas significativas.

--Yo voy  presentar mi presupuesto, seores, para la fiesta,--dijo
don Filipo.

--No lo podemos admitir!--contest un viejo tsico, conservador
intransigente.

--Votamos en contra!--dijeron los otros adversarios.

--Seores!--dijo don Filipo reprimiendo una sonrisa;--an no he
expuesto el proyecto que nosotros, los jvenes, traemos aqu. Este
gran proyecto, estamos seguros de que ser preferido por todos al
que idean  pueden idear nuestros adversarios.

Este presuntuoso exordio acab de irritar los nimos de los
conservadores, quienes juraron in corde hacerle una terrible
oposicin. Don Filipo prosigui:

--Tenemos 3,500 pesos de presupuesto. Pues bien, con esta cantidad
podremos celebrar una fiesta que eclipse en magnificencia  todas las
que hasta aqu se han visto, ya en nuestra provincia ya en las vecinas.

--Hum!--exclamaron los incrdulos;--el pueblo A. tena 5,000, el
B. 4,000, hum! hambuguera! [79]

--Oidme, seores, y os convenceris!--continu don Filipo
impertrrito.--Propongo que se levante un gran teatro en medio de
la plaza, que cueste 150 pesos!

--No bastan 150, hay que poner 160!--objet un tenaz conservador.

--Apuntad, seor director, 200 pesos para el teatro!--dijo don
Filipo.--Propongo que se contrate  la comedia de Tondo para que d
funciones por siete noches seguidas. Siete funciones  200 pesos noche,
hacen 1,400: apuntad 1,400, seor director!

Viejos y jvenes se miraron sorprendidos: slo los que estaban en el
secreto no se movieron.

--Propongo adems grandes fuegos artificiales; nada de lucecitas ni
de ruedecitas que gustan  nios y solteras; nada de esto. Nosotros
queremos grandes bombas y colosales cohetones. Propongo, pues, 200
grandes bombas  dos pesos una, y 200 cohetones del mismo precio. Los
encargaremos  los castilleros de Malabn.

--Hum!--interrumpi un viejo:--una bomba de  dos pesos no me espanta
ni deja sordo; tiene que ser de  tres pesos.

--Apuntad 1,000 pesos para 200 bombas y doscientos cohetones!

Los conservadores ya no pudieron contenerse; algunos se levantaron
y conferenciaron entre s.

--Adems, para que vean nuestros vecinos que somos gente esplndida y
nos sobra dinero,--continu don Filipo levantando la voz y lanzando una
rpida mirada al grupo de los viejos,--propongo: 1.o cuatro hermanos
mayores para los dos das de fiesta, y 2.o que cada da se arrojen
al lago 200 gallinas fritas, 100 capones rellenos y 50 lechones,
como lo haca Sila, contemporneo de ese Cicern, de quien acaba de
hablar Cpn. Basilio.

--Eso es, como Sila!--repiti Cpn. Basilio lisonjeado.

El asombro suba por grados.

--Como va  acudir mucha gente rica y cada uno se trae miles y miles
de pesos y sus mejores gallos, y el liam-p [80] y las cartas, propongo
quince das de gallera, libertad de abrir todas las casas de juego...

Pero los jvenes le interrumpieron levantndose: crean que el teniente
mayor se haba vuelto loco. Los viejos discutan con calor.

--Y por ltimo, para no descuidar los placeres del alma...

Los murmullos y los gritos que se levantaron de todos los rincones
de la sala cubrieron totalmente su voz: aquello no fu ya ms que
un tumulto.

--No!--gritaba un intransigente conservador;--no quiero que se
alabe de haber hecho la fiesta, no! Dejadme, dejadme hablar!

--Don Filipo nos ha engaado!--decan los liberales. Votaremos en
contra! Se ha pasado  los viejos! Votemos en contra!

El gobernadorcillo, ms abatido que nunca, no haca nada para
restablecer el orden: esperaba que lo restableciesen ellos.

El capitn de cuadrilleros pidi la palabra; se la otorgaron, pero
no abri la boca y volvi  sentarse confuso y avergonzado.

Por fortuna se levant Cpn. Valentn, el ms moderado entre todos
los conservadores, y habl:

--No podemos admitir lo que ha propuesto el teniente mayor, por
parecernos una exageracin. Tantas bombas y tantas noches de comedia
slo las puede desear un joven, como el teniente mayor, que puede pasar
muchas noches en vela y oir muchas detonaciones sin volverse sordo. He
consultado la opinin de las personas sensatas, y todas desaprueban
unnimemente el proyecto de don Filipo. No es esto, seores?

--S! s!--dijeron jvenes y viejos  una voz. Los jvenes estaban
encantados de oir hablar as  un viejo.

--Qu vamos  hacer nosotros con cuatro hermanos mayores?--prosigui
el anciano.--Qu quieren decir esas gallinas, capones y lechones
arrojados al lago? Hambuguera! dirn nuestros vecinos, y luego
ayunaremos medio ao. Qu tenemos que ver con Sila ni con los
romanos? Nos han invitado acaso alguna vez  sus fiestas? Yo, por
lo menos, no he recibido ningn billete de su parte y cuidado que ya
soy viejo!

--Los romanos viven en Roma, donde est el Papa!--le murmur por lo
bajo Cpn. Basilio.

--Ahora lo comprendo!--exclam el anciano sin turbarse.--Celebraran
sus fiestas en vigilia y el Papa mandara arrojar la comida al mar
para no cometer un pecado. Pero, de todos modos, vuestro proyecto de
fiesta es inadmisible, imposible, es una locura!

Don Filipo, combatido vivamente, tuvo que retirar su proposicin.

Los conservadores ms intransigentes, satisfechos de la derrota de
su mayor enemigo, vieron sin inquietud levantarse  un joven cabeza
de barangay y pedir la palabra.

--Pido  VV. SS. me excusen, si, joven como soy, me atrevo  hablar
delante de tantas personas respetabilsimas tanto por su edad, como
por la prudencia y el discernimiento con que en todos los asuntos
juzgan; pero puesto que el elocuente orador, Cpn. Basilio, ha invitado
 todos  manifestar aqu sus opiniones, sirva su autorizada palabra
de disculpa  la pequeez de mi persona.

Los conservadores movan la cabeza satisfechos.

--Este joven habla bien!--Es modesto!--Raciocina admirablemente!--se
decan unos  otros.

--Es lstima que no sepa gesticular bien!--observ Cpn. Basilio.--Pero
ya se ve! no ha estudiado  Cicern y an es muy joven.

--Si os presento, seores, un programa  proyecto,--continu el
joven,--no lo hago con el pensamiento de que lo encontraris perfecto,
ni lo aceptaris; quiero, al mismo tiempo que me someto una vez ms
 la voluntad de todos, probar  los viejos que pensamos siempre
como ellos, puesto que hacemos nuestras todas las ideas que tan
elegantemente ha expresado Cpn. Basilio.

--Bien dicho, bien dicho!--decan los lisonjeados conservadores.

Cpn. Basilio haca seas al joven para decirle cmo deba mover
el brazo y poner el pie. El nico que permaneca impasible era el
gobernadorcillo, distrado  preocupado: ambas cosas pareca. El
joven prosigui, animndose:

--Mi proyecto, seores, se reduce  lo siguiente: inventar nuevos
espectculos que no sean los ordinarios y comunes que vemos cada da,
y procurar que el dinero recaudado no salga del pueblo, ni se gaste
vanamente en plvoras, sino que se emplee en alguna cosa de utilidad
para todos.

--Eso es! eso es!--asintieron los jvenes;--eso queremos.

--Muy bien!--aadieron los viejos.

--Qu sacamos nosotros de una semana de comedias que pide el teniente
mayor? Qu aprendemos con los reyes de Bohemia y Granada, que mandan
cortar la cabeza  sus hijas  las cargan en un can y luego el
can se convierte en trono? Ni somos reyes, ni somos brbaros, ni
tenemos caones, y si les imitsemos nos ahorcaran en Bagumbayan. Qu
son esas princesas que se mezclan en las batallas, reparten tajos y
mandobles, pelean con prncipes y vagan solas por montes y valles,
como seducidas del Tikbalang [81]? En nuestras costumbres amamos la
dulzura y la ternura en la mujer y temeramos estrechar unas manos
de doncella, manchadas en sangre, aun cuando esa sangre fuese la de
un moro  gigante; entre nosotros menospreciamos y tenemos por vil al
hombre que levanta la mano sobre una mujer, ya sea prncipe, alfrez,
 rudo campesino. No sera mil veces mejor que representsemos la
pintura de nuestras propias costumbres, para corregir nuestros vicios
y defectos y ensalzar las buenas cualidades?

--Eso es! eso es!--repitieron sus partidarios.

--Tiene razn!--murmuraron pensativos algunos viejos.

--En eso no haba yo pensado jams!--prosigui Cpn. Basilio.

--Pero cmo vais  hacer eso?--le objet el intransigente.

--Muy fcilmente!--contest el joven.--Traigo aqu dos comedias,
que seguramente el buen gusto y conocido discernimiento de los
respetables ancianos, aqu reunidos, encontrarn muy aceptables
y divertidas. Titlase una La Eleccin del Gobernadorcillo;
es una comedia en prosa, en cinco actos, escrita por uno de los
presentes. La otra en nueve actos, para dos noches, es un drama
fantstico de carcter satrico, escrito por uno de los mejores poetas
de la provincia, y se titula Mariang Makiling [82]. Viendo nosotros
que se retardaba la discusin de los preparativos de la fiesta, y
temiendo que nos faltase tiempo, hemos buscado en secreto nuestros
actores y les hemos hecho aprender sus papeles. Esperamos que con una
semana de ensayo, tendrn ms que lo suficiente para salir airosos de
su cometido. Esto, seores, adems de ser nuevo, til y razonable,
resulta econmico: trajes no necesitamos, los nuestros sirven, los
de la vida comn.

--Yo costeo el teatro!--exclam entusiasmado Cpn. Basilio.

--Si salen soldados, presto los mos!--dijo el capitn de
cuadrilleros.

--Y yo... y yo... si necesitan un viejo...--balbuceaba otro, y se
ergua con prosopopeya.

--Aceptado! aceptado!--gritaron muchas voces.

El teniente mayor estaba plido de emocin; llenronse de lgrimas
sus ojos.

--Llora de despecho!--pens el intransigente y grit:

--Aceptado, aceptado sin discusin!

Y satisfecho de su venganza y de la completa derrota de su adversario,
el hombre empez  elogiar el proyecto del joven. Este prosigui:

--Una quinta parte del dinero recaudado se puede emplear para
distribuir algunos premios, por ejemplo, al mejor chico de la escuela,
al mejor pastor, labrador, pescador, etc. Podremos organizar regatas en
el ro y en el lago, carreras de caballos, levantar cucaas  instituir
otros juegos en que puedan tomar parte nuestros campesinos. Concedo
que por razn de nuestras inveteradas costumbres tengamos fuegos
artificiales: ruedas y castillos ofrecen espectculos muy hermosos
y divertidos, pero no creo que necesitemos las bombas que propuso
el teniente mayor. Para alegrar la fiesta dos bandas de msica son
suficientes; as, evitamos esas rias y enemistades, que hacen de los
pobres msicos, que vienen  alegrar nuestras fiestas con su trabajo,
unos verdaderos gallos de pelea, retirndose despus mal pagados, mal
alimentados, contusos y  veces heridos. Con el dinero que ha de sobrar
se puede principiar la construccin de un pequeo edificio para servir
de escuela, pues no hemos de esperar que Dios mismo descienda y nos
la levante: es triste cosa que mientras tenemos una gallera de primer
orden, nuestros nios aprendan poco menos que en la cuadra del cura. He
aqu el proyecto  la ligera: el perfeccionarlo ser la obra de todos.

Un alegre murmullo se levant en la sala: casi todos asentan  lo
dicho por el joven; slo algunos murmuraban:

--Cosas nuevas! cosas nuevas! En nuestra juventud...

--Aceptmoslo por ahora,--decan los otros;--humillemos  aqul.

Y sealaban al teniente mayor.

Cuando se restableci el silencio, todos estaban ya conformes. Faltaba
la decisin del gobernadorcillo.

Este sudaba, se agitaba inquieto, se pasaba la mano por la frente y
por fin pudo tartamudear con los ojos bajos:

--Yo tambin estoy conforme... pero ejem!

El tribunal le escuchaba en silencio.

--Pero?--pregunt Cpn. Basilio.

--Muy conforme!--repiti el gobernadorcillo:--es decir... no estoy
conforme... s, pero...

Y se frot los ojos con el dorso de la mano.

--Pero el cura,--continu el infeliz,--el padre cura quiere otra cosa.

--Paga el cura la fiesta  la pagamos nosotros? Ha dado un cuarto
siquiera?--exclam una voz penetrante.

Todos miraron hacia el sitio de donde partieron estas preguntas:
all estaba el filsofo Tasio.

El teniente mayor estaba inmvil con los ojos fijos, mirando al
gobernadorcillo.

--Y qu quiere el cura?--pregunt Cpn. Basilio.

--Pues el padre cura quiere... seis procesiones, tres sermones,
tres grandes misas... y si sobra dinero, comedia de Tondo y canto en
los intermedios.

--Pues nosotros no los queremos!--dijeron los jvenes y algunos
viejos.

--El padre cura lo quiere!--repiti el gobernadorcillo.--Yo he
prometido al cura que se cumplira su voluntad.

--Entonces por qu nos habis convocado?

--Precisamente... para decroslo.

--Y por qu no lo habis dicho desde un principio?

--Quera decirlo, seores, pero Cpn. Basilio habl y no he tenido
tiempo... Hay que obedecer al cura!

--Hay que obedecerle!--repitieron algunos viejos.

--Hay que obedecer! de lo contrario el Alcalde nos encarcela 
todos,--aadieron tristemente otros viejos.

--Pues obedeced y haced la fiesta vosotros!--exclamaron los jvenes
levantndose.--Nosotros retiramos nuestra contribucin.

--Todo est cobrado ya!--dijo el gobernadorcillo.

Don Filipo se le acerc y le dijo amargamente:

--Sacrifiqu mi amor propio en favor de una buena causa; vos
sacrificsteis vuestra dignidad de hombre en favor de una mala y todo
lo derribsteis.

Ibarra deca al maestro de escuela:

--Quiere usted algo para la cabecera de la provincia? Hoy parto
inmediatamente.

--Tiene usted un negocio?

--Tenemos un negocio!--contest Ibarra con misterio.

Por el camino deca el viejo filsofo  don Filipo, que maldeca
su suerte:

--La culpa es nuestra! Vosotros no proteststeis cuando os dieron
por jefe un esclavo, y yo, loco de m, lo he olvidado!






XXI

HISTORIA DE UNA MADRE

                                Andaba incierto--volaba errante,
                                Un solo instante--sin descansar....

                                                              (Alaejos).


Sisa corra  su casa con ese trastorno en las ideas que se produce en
nuestro sr, cuando en medio de una desgracia nos vemos desamparados
de todos y huyen de nosotros las esperanzas. Entonces parece que todo
se oscurece en torno nuestro, y si vemos alguna lucecita brillar 
lo lejos, corremos  ella, la perseguimos; no importa si en medio
del sendero se abre un abismo!

La madre quera salvar  sus hijos; cmo? Las madres no preguntan
por los medios cuando se trata de sus hijos.

Corra desalada, perseguida por los temores y los siniestros
presentimientos. Habran preso ya  su hijo Basilio? A dnde ha
huido su Crispn?

Cerca de su casa distingui los capacetes de dos soldados por encima
del cercado de su huerta. Imposible describir lo que pas en su
corazn: olvidse de todo. Ella no ignoraba la audacia de aquellos
hombres, que no guardaban miramientos aun con los ms ricos del pueblo;
qu iba  ser ahora de ella y de sus hijos, acusados de hurto? Los
guardias civiles no son hombres; slo son guardias civiles; no oyen
splicas y estn acostumbrados  ver lgrimas.

Sisa, instintivamente, levant los ojos al cielo, y el cielo sonrea
con luz inefable: algunas blancas nubecillas nadaban en el transparente
azul. Detvose para reprimir el temblor que se apoderaba de todo
su cuerpo.

Los soldados dejaban su casa y venan solos: no haban prendido ms
que la gallina que Sisa engordaba. Respir y cobr nimo.

--Qu buenos son y qu buen corazn tienen!--murmur casi llorando
de alegra.

Hubieran los soldados quemado la casa, pero dejando en libertad 
sus hijos, y ella los habra colmado de bendiciones.

Mir otra vez agradecida al cielo, que surcaba una bandada de garzas,
esas nubes ligeras de los cielos de Filipinas, y, renaciendo en su
corazn la confianza, prosigui su camino.

Al aproximarse  aquellos hombres temibles, Sisa haca de mirar  todas
partes como distrada y finga no ver su gallina, que piaba pidiendo
socorro. Apenas pas  su lado, quiso correr, pero la prudencia moder
sus pasos.

No se haba alejado mucho cuando oy que la llamaban
imperiosamente. Estremecise, pero hzose la desentendida y continu
andando. Tornaron  llamarla, pero esta vez con un grito y una palabra
insultante. Volvise  pesar suyo toda plida y temblorosa. Un guardia
civil le haca seas con la mano.

Acercse Sisa maquinalmente, sintiendo su lengua paralizarse de terror
y secndosele la garganta.

--Dinos la verdad  si no te atamos  aquel rbol y te pegamos dos
tiros!--dijo uno de ellos con voz amenazadora.

La mujer mir hacia el rbol.

--Eres la madre de los ladrones, t?--pregunt el otro.

--Madre de los ladrones!--repiti Sisa maquinalmente.

--Dnde est el dinero que te han trado anoche tus hijos?

--Ah! el dinero...

--No nos lo niegues, que ser peor para t!--aadi el otro.--Hemos
venido para prender  tus hijos y el mayor se nos ha escapado; dnde
has escondido al menor?

Al oir esto, Sisa respir.

--Seor! contest; hace muchos das que no he visto  mi hijo Crispn:
esperaba verle esta maana en el convento y all solamente me dijeron
que...

Los dos soldados cambiaron una mirada significativa.

--Bueno!--exclam uno de ellos;--danos el dinero y te dejaremos
en paz.

--Seor!--suplic la desgraciada mujer;--mis hijos no roban aunque
tengan hambre: estamos acostumbrados  padecerla. Basilio no me ha
trado ni un cuarto; registrad toda la casa y si encontris un solo
real, haced de nosotros lo que queris. Los pobres no somos todos
ladrones!

--Entonces,--repuso el soldado lentamente y fijando sus miradas en
los ojos de Sisa--vienes con nosotros; tus hijos ya procurarn parecer
y soltar el dinero que han robado. Sguenos!

--Yo?... seguiros?--murmur la mujer retrocediendo y mirando con
espanto los uniformes de los soldados.

--Y por qu no?

--Ah! compadeceos de m!--suplic casi de rodillas.--Soy muy pobre,
no tengo ni oro, ni alhajas que ofreceros: lo nico que tena me lo
habis sacado ya, la gallina que yo pensaba vender... llevaos todo
lo que encontris en mi choza, pero dejadme aqu en paz, dejadme
aqu morir!

--Adelante! tienes que venir, y si no sigues  gusto te ataremos.

Sisa rompi en amargo llanto. Aquellos hombres eran inflexibles.

--Dejadme al menos ir delante  una distancia!--suplic cuando sinti
que la cogan brutalmente y la empujaban.

Los dos soldados se conmovieron y conferenciaron entre s en voz baja.

--Bien!--dijo uno;--como de aqu hasta que entremos en el pueblo
puedes correr, estars entre nosotros dos. Una vez all podrs
marchar delante  unos veinte pasos; pero cuidado! no entres en
ninguna tienda, no te detengas. Adelante y aprisa!

Vanas fueron las splicas, vanas las razones, intiles las
promesas. Los soldados decan que se comprometan bastante y le
concedan demasiado.

Al verse en medio de los dos sinti morirse de vergenza... Nadie en
verdad vena por el camino, pero y el aire y la luz del da? El
verdadero pudor ve miradas en todas partes. Cubrise la cara
con el pauelo, y marchando  ciegas llor en silencio sobre su
humillacin. Conoca su miseria, saba que estaba abandonada de todos,
aun de su mismo marido, pero hasta ahora se haba considerado honrada
y estimada: hasta ahora haba mirado con compasin  aquellas mujeres,
vestidas escandalosamente, que el pueblo denomina concubinas de los
soldados. Ahora le pareca haber descendido una grada ms que aqullas
en la escala de la vida.

Oyronse pisadas de caballos: eran los que llevaban pescados  los
pueblos del interior. Hacan sus viajes en pequeas caravanas hombres
y mujeres montados en malos jacos, entre dos cestos colgados  los
costados del animal. Varios de ellos, al pasar delante de su choza,
le haban pedido agua para beber y regalado algunos pescados. Ahora,
al pasar  su lado, le pareca que la atropellaban y pisoteaban y
que sus miradas, compasivas  desdeosas, penetraban al travs de su
pauelo y asaeteaban su cara.

Al fin los viajeros se alejaron, y Sisa suspir. Apart un instante
el pauelo para ver si an estaban lejos del pueblo. Quedaban algunos
postes de telgrafos antes de llegar al bantayan  garita. Jams le
haba parecido tan larga aquella distancia.

A orillas del camino creca un frondoso caaveral,  cuya sombra
descansaba ella en otros tiempos. All le daba dulce conversacin
su novio; l la ayudaba  llevar el cesto de frutas y legumbres;
ay! aquello pas como un sueo; el novio fu marido y al marido le
hicieron cabeza de barangay y entonces la desgracia comenz  llamar
 su puerta.

Como el sol empezaba  arder, preguntronla los soldados si quera
descansar.

--Gracias!--respondi horrorizada.

Pero donde se apoder de ella verdadero terror fu al acercarse
al pueblo. Angustiada, dirigi una mirada en torno suyo: vastos
arrozales, un pequeo canal de riego, rboles raquticos; ni un
precipicio ni una roca contra la cual estrellarse! Arrepintise de
haber seguido  los soldados hasta all; ech de menos el profundo
ro que corra cerca de su choza, cuyas altas orillas, sembradas de
puntiagudas rocas, ofrecan tan dulce muerte. Pero el pensamiento de
sus hijos, de su hijo Crispn cuya suerte an ignoraba, la alumbr
en aquella noche, y pudo murmurar resignada:

--Despus... despus iremos  vivir en el fondo del bosque!

Secse los ojos, procur serenarse y dirigindose  los guardias,
les dijo en voz baja:

--Ya estamos en el pueblo!

Su acento era indefinible; era queja, reconvencin, lamento; era una
plegaria, era el dolor condensado en sonido.

Los soldados, conmovidos, le respondieron con un gesto. Sisa se
adelant rpidamente y procur afectar un aire tranquilo.

En aquel momento empezaron  repicar las campanas anunciando que haba
terminado la misa mayor. Sisa aviv el paso para no encontrarse, si
posible era, con la gente que sala. Pero en vano; no haba medio de
esquivar su encuentro.

Salud con amarga sonrisa  dos conocidas suyas que la interrogaban con
la mirada, y en adelante, para evitarse aquellas mortificaciones, baj
la cabeza y slo se puso  mirar al suelo, y cosa extraa! tropezaba
con las piedras del camino.

La gente se paraba un momento al verla, conversaban entre s
siguindola con los ojos: todo esto lo vea, lo senta  pesar de
tener constantemente los ojos bajos.

Oy una voz desvergonzada de mujer que preguntaba detrs de ella
casi gritando:

--Dnde la habis cogido? Y el dinero?

Era una mujer, sin tapis  tnica, con saya amarilla y verde y camisa
de gasa azul; se poda conocer por su traje que era una querida de
la soldadesca.

Sisa crey sentir un bofetn: aquella mujer la haba desnudado
delante de la multitud. Levant un momento sus ojos para saciarse en
la burla y en el desprecio; vi  la gente lejos, muy lejos de ella,
y sin embargo senta el fro de sus miradas y oa sus cuchicheos. La
pobre mujer andaba sin sentir el suelo.

--Eh, por aqu!--le grit un guardia.

Como un autmata cuyo mecanismo se rompe, gir rpidamente sobre
sus talones. Y sin ver nada, sin pensar, corri  esconderse; vi
una puerta con un centinela, trat de penetrar por ella, pero otra
voz, ms imperiosa an, la apart de su camino. Con paso vacilante
busc la direccin de aquella voz, sinti que la empujaban por las
espaldas, cerr los ojos, di dos pasos y faltndole las fuerzas,
se dej caer en el suelo, primero de rodillas y sentada despus. Un
llanto sin lgrimas, sin gritos, sin ayes, la agitaba convulsivamente.

Aquello era el cuartel. All haba soldados, mujeres, cerdos y
gallinas. Algunos cosan sus ropas mientras su querida estaba acostada
sobre el banco, teniendo por almohada el muslo del hombre, fumando
y mirando aburrida hacia el techo. Otras ayudaban  los hombres 
limpiar las prendas de vestir, las armas, etc., cantando  media voz
canciones lbricas.

--Parece que los pollos se han escapado! No trais ms que la
gallina!--dijo una mujer  los recin llegados: no se ha averiguado
si aluda  Sisa   la gallina que continuaba piando.

--S, siempre vale ms la gallina que los pollos!--se contest ella
misma cuando vi que los soldados se callaban.

--Dnde est el sargento?--pregunt en tono disgustado uno de los
guardias civiles.--Han dado ya parte al alfrez?

Movimientos de hombros que se encogan fueron las contestaciones: nadie
se molestaba para averiguar algo acerca de la suerte de la pobre mujer.

All pas ella dos horas en un estado de semimbecilidad, acurrucada en
un rincn, oculta la cabeza entre las manos, los cabellos desgreados
y en desorden. A medioda se enter el alfrez, y lo primero que hizo
fu no dar crdito  la acusacin del cura.

--Bah! cosas del mezquino fraile!--dijo, y orden que soltaran 
la mujer y que no se ocupase nadie del asunto.

--Si quiere recobrar lo perdido,--aadi,--que lo pida  su San
Antonio  que se queje al nuncio! Despejen!

A consecuencia de esto, Sisa fu echada del cuartel, casi  empujones,
porque ella no quera moverse.

Al verse en medio de la calle ech  andar maquinalmente hacia su
casa, aprisa, con la cabeza descubierta, el cabello desarreglado y
la mirada fija en el lejano horizonte. El sol arda en su zenit y no
haba una nube que velara su resplandeciente disco; el viento agitaba
dbilmente las hojas de los rboles, el camino estaba ya casi seco;
ni un ave se atreva  dejar la sombra de las ramas.

Sisa lleg al fin  su casita. Entr en ella, muda, silenciosa;
la recorri, sali, ech  andar en todas direcciones. Corri
despus  casa del viejo Tasio, llam  la puerta, pero el viejo no
estaba all. La infeliz volvi  su casa y empez  llamar  gritos:
Basilio! Crispn! detenindose  cada momento y aplicando el odo
con atencin. El eco repeta su voz; el dulce susurro del agua en
el vecino ro, la msica de las hojas de las caas eran las nicas
voces de la soledad. Volva  llamar, suba  una altura, bajaba  un
barranco, descenda al ro; sus ojos erraban con expresin siniestra,
se iluminaban de cuando en cuando con vivos resplandores, despus se
obscurecan, como el cielo en una noche de tormenta: dirase que la
luz de la razn chisporroteaba y estaba prxima  apagarse.

Volvi  subir  su casita, sentse en la estera donde se acostaran
la noche anterior, levant los ojos y vi un jirn de la camisa de
Basilio en el extremo de una caa del dinding  tabique, que cae
cerca del precipicio. Levantse, cogilo y lo examin  la luz del
sol: el jirn tena manchas de sangre. Pero Sisa acaso no las viera,
pues baj y continu examinndolo en medio de los rayos abrasadores,
levantndolo  lo alto; y como si sintiese obscurecerse todo y le
faltase la claridad, mir al sol frente  frente y con los ojos
desmesuradamente abiertos.

Sigui an vagando de un lado  otro, gritando  aullando extraos
sonidos; habra tenido miedo quien la hubiese odo: su voz tena un
raro timbre como no suele producirlo la laringe humana. Durante la
noche, cuando la tempestad brama y el viento vuela con vertiginosa
rapidez batiendo con sus invisibles alas un ejrcito de sombras que
le persiguen, si os encontris en un edificio arruinado y solitario,
os ciertos quejidos, ciertos suspiros que supondris ser el roce
del viento al azotar las altas torres  derrudos muros, pero que os
llenan de terror y hacen que os estremezcis sin poderlo remediar;
pues bien, el acento de aquella madre era an ms lgubre que esos
desconocidos lamentos en las noches obscuras cuando brama la tempestad.

As la sorprendi la noche. Quizs el cielo le concediera algunas
horas de sueo, durante las cuales el ala invisible de un ngel,
rozando su plido semblante, haya borrado su memoria, reducida toda 
dolores; quizs tantos sufrimientos no estaran  la medida de la dbil
resistencia humana,  intervendra entonces la Madre Providencia con
su dulce lenitivo, el olvido; sea de ello lo que fuere, es el caso
que, al da siguiente, Sisa vagaba sonriendo, cantando  hablando
con todos los seres de la Naturaleza.






XXII

LUCES Y SOMBRAS


Han pasado tres das desde los acontecimientos que hemos narrado. Estos
tres das con sus noches ha dedicado el pueblo de San Diego  hacer
preparativos de la fiesta y comentarios, murmurando al mismo tiempo.

Mientras se saboreaban los futuros regocijos, unos hablaban mal del
gobernadorcillo, otros del teniente mayor, otros de los jvenes,
y no faltaba quien echase la culpa de todo  todos.

Comentaban la llegada de Mara Clara, acompaada de ta Isabel. Se
alegraban de ello porque la queran, y  la vez que admiraban mucho su
hermosura, se admiraban tambin de los cambios que sufra el carcter
del padre Salv.--Se distrae muchas veces durante el santo sacrificio;
no habla ya mucho con nosotras y se pone  ojos vistas ms delgado y
taciturno, decan sus penitentes. El cocinero le vea enflaquecerse
por minutos y se quejaba del poco honor que haca  sus platos. Pero
lo que ms exaltaba la murmuracin de la gente era el hecho de verse
en el convento ms de dos luces durante la noche mientras el P. Salv
est de visita en una casa particular... en casa de Mara Clara! Las
beatas se hacan cruces, pero continuaban murmurando.

Juan Crisstomo Ibarra haba telegrafiado desde la cabecera de la
provincia saludando  ta Isabel y  su sobrina, pero sin explicar la
causa de su ausencia. Muchos le crean preso por su conducta con el
P. Salv en la tarde del da de Todos los Santos. Pero los comentarios
subieron de punto, cuando,  la tarde del tercer da, le vieron bajar
de un coche delante de la casita de su futura y saludar cortsmente
al religioso que tambin se diriga  ella.

De Sisa y de sus hijos nadie se ocupaba.

Si ahora vamos  la casa de Mara Clara, un hermoso nido entre naranjos
 ilang ilang, alcanzaremos an  los dos jvenes, asomados  una
ventana que da vistas al lago. Sombrebanla flores y enredaderas,
que trepaban en caas y alambres esparciendo un ligero perfume.

Sus labios murmuran palabras, ms suaves que el susurro de las hojas
y ms perfumadas que el aire impregnado de aromas, que vaga por el
jardn. Era la hora en que las sirenas del lago, aprovechndose de las
sombras del rpido crepsculo de la tarde, asomaban por encima de las
olas sus alegres cabecitas para admirar y saludar con sus cantos al sol
moribundo. Dicen que sus ojos y cabellos son azules, que van coronadas
de plantas acuticas con flores blancas y rojas; dicen que de cuando en
cuando descubre la blanca espuma sus esculturales formas, ms blancas
an que la espuma misma, y que al descender completamente la noche
empiezan ellas sus divinos juegos y dejan oir acordes misteriosos como
de arpas elicas; dicen tambin... pero volvamos  nuestros jvenes
y oigamos el final de su conversacin. Ibarra deca  Mara Clara.

--Maana, antes de que raye el alba, se cumplir tu deseo. Esta noche
lo dispondr todo para que nada falte.

--Entonces escribir  mis amigas, para que vengan. Haz de modo que
no pueda seguir el cura!

--Y por qu?

--Porque parece que me vigila. Me hacen dao sus ojos hundidos y
sombros; cuando los fija en m, me dan miedo. Cuando me dirige la
palabra, tiene una voz... me habla de cosas tan raras, incomprensibles,
tan extraas... me pregunt una vez si no haba soado en cartas
de mi madre; creo que est medio loco. Mi amiga Sinang y Andeng,
mi hermana de leche, dicen que est algo tocado porque no come ni se
baa y vive  obscuras. Haz que no venga!

--No podemos menos de no invitarle,--contesta Ibarra pensativo.--Las
costumbres del pas lo requieren; est en tu casa y adems se ha
portado conmigo con nobleza. Cuando el alcalde le consult sobre el
negocio que te he hablado, slo ha tenido alabanzas para m y no ha
pretendido poner el ms pequeo obstculo. Pero veo que te pones seria;
descuida, que no nos podr acompaar en la banca.

Oyronse ligeros pasos: era el cura que se acercaba con una forzada
sonrisa en los labios.

--El viento es fro!--dijo;--cuando se coge un catarro no se le
suelta hasta que venga el calor. No temen ustedes resfriarse?

Su voz era temblorosa y sus miradas se dirigan al lejano horizonte;
no miraba  los jvenes.

--Por el contrario la noche nos parece agradable y el viento
delicioso!--contest Ibarra.--En estos meses tenemos nuestro otoo
y nuestra primavera; caen algunas hojas, pero brotan siempre flores.

El fraile suspir.

--Hallo muy hermoso el consorcio de estas dos estaciones sin que
intervenga el fro invierno,--continu Ibarra.--En Febrero brotarn
las yemas en las ramas de los rboles frutales, y en Marzo tendremos
ya las frutas maduras. Cuando vengan los meses de calor nos iremos
 otra parte.

Fray Salv se sonri. Empezaron  hablar de cosas indiferentes, del
tiempo, del pueblo, de la fiesta; Mara Clara busc un pretexto y
se alej.

--Y pues que hablamos de fiestas, permtame usted que le invite  la
que celebraremos maana. Es una fiesta campestre que mutuamente nos
damos nuestros amigos y nosotros.

--Y en donde se har?

--Las jvenes la desean en el arroyo que corre en el vecino bosque,
cerca del balit: por eso nos levantaremos temprano para que no nos
alcance el sol.

El religioso reflexion; un momento despus, contest:

--La invitacin es muy tentadora y acepto para probarle que ya no le
guardo rencor. Pero tendr que ir ms tarde despus que haya cumplido
con mis obligaciones. Feliz usted que est libre, enteramente libre!

Minutos despus, Ibarra se despeda para cuidar de la fiesta del da
siguiente.--Era ya noche oscura.

En la calle se le acerc uno que le salud reverentemente.

--Quin sois?--preguntle Ibarra.

--No conocis, seor, mi nombre,--contest el desconocido.--Os he
estado esperando dos das.

--Y por qu?

--Porque en ninguna parte se han apiadado de m, porque dicen que
soy un bandido, seor! Pero he perdido mis hijos, mi mujer est loca
y todos dicen que merezco mi suerte!

Ibarra examin rpidamente al hombre y pregunt:

--Qu queris ahora?

--Implorar vuestra piedad para mi mujer y mis hijos!

--No puedo detenerme,--contest Ibarra.--Si queris seguirme, caminando
me podris contar lo que os ha sucedido.

El hombre di las gracias, y pronto desaparecieron en las tinieblas
de las mal alumbradas calles.






XXIII

LA PESCA


Todava brillaban las estrellas en la bveda de zafiro, y las aves
dormitaban an en las ramas, cuando una alegre comitiva recorra ya
las calles del pueblo dirigindose al lago,  la alegre luz de las
antorchas de brea, que llaman comunmente huepes.

Eran cinco jovencitas, que marchaban aprisa, cogidas de las manos 
de la cintura, seguidas de algunas ancianas y de varias criadas, que
llevaban graciosamente sobre sus cabezas cestos llenos de provisiones,
platos, etc. Al ver los semblantes en que re la juventud y brillan
las esperanzas, al contemplar como flota al viento la abundante y
negra cabellera y los anchos pliegues de sus vestidos, las tomaramos
por divinidades de la noche huyendo del da, si no supisemos que
son Mara Clara con sus cuatro amigas: la alegre Sinang, su prima la
severa Victoria, la hermosa Iday y la pensativa Neneng, de belleza
modesta y temerosa.

Conversaban animadamente, rean, se pellizcaban, se hablaban al odo
y despus prorrumpan en carcajadas.

--Vais  despertar  la gente que an est durmiendo!--les reprenda
la ta Isabel;--cuando ramos jvenes no alborotbamos tanto.

--Tampoco madrugaran ustedes como nosotras, ni seran los viejos
tan dormilones!--contestaba la pequea Sinang.

Callbanse un momento, procuraban bajar la voz, pero pronto se
olvidaban, rean y llenaban la calle con sus juveniles y frescos
acentos.

--Hazte la resentida; no le hables!--deca Sinang  Mara
Clara:--rele para que no se acostumbre mal!

--No seas tan exigente,--deca Iday.

--S exigente, no seas tonta! El novio debe obedecer mientras
es novio, que despus cuando es marido hace lo que le da la
gana!--aconsejaba la pequea Sinang.

--Qu entiendes t de eso, nia?--le correga su prima Victoria.

--Pst, silencio, que vienen!

En efecto, vena un grupo de jvenes alumbrndose con grandes antorchas
de caa. Marchaban bastante serios al sn de una guitarra.

--Parece guitarra de mendigo!--dijo Sinang riendo.

Cuando los dos grupos se encontraron, eran las mujeres las que
guardaban un continente serio y formal como si an no hubiesen
aprendido  reir; por el contrario, los hombres hablaban, saludaban,
sonrean y hacan seis preguntas para obtener media contestacin.

--Est el lago tranquilo? Creis que vamos  tener buen
tiempo?--preguntaban las madres.

--No os inquietis, seoras; yo s nadar bien,--contestaba un joven
flaco, alto y delgado.

--Debamos antes haber odo misa!--suspiraba ta Isabel juntando
las manos.

--An es tiempo, seora; Albino, que ha sido seminarista, la puede
decir en la banca,--contest otro sealando al joven flaco y alto.

Este, que tena una fisonoma de socarrn, al oir que le aludan,
adopt un ademn compungido, caricaturizando al padre Salv.

Ibarra, sin perder su seriedad, tomaba tambin parte en la alegra
de sus compaeros.

Al llegar  la playa, escapronse involuntariamente de los labios
de las mujeres exclamaciones de asombro y alegra. Vean dos grandes
bancas, unidas entre s, pintorescamente adornadas con guirnaldas de
flores y hojas, con telas abollonadas de varios colores: farolitos
de papel colgaban de la improvisada cubierta alternando entre rosas
y claveles, frutas, como pias, kasuy, pltanos, guayabas y lanzones
[83], etc. Ibarra haba trado sus alfombras, tapices y cojines, y
formado con ellos cmodos asientos para las mujeres. Los tikines [84]
y los remos tenan tambin sus adornos. En la banca mejor adornada
haba un arpa, guitarras, acordeones y un cuerno de carabao; en la
otra arda el fuego en kalanes [85] de barro; preparbase t, caf
y salabat [86] para el desayuno.

--Aqu las mujeres, all los hombres!--decan las madres al
embarcarse.--Estaos quietas! No moverse mucho que vamos  naufragar.

--Hacer antes la seal de la cruz!--deca ta Isabel persignndose.

--Y estaremos aqu tan solas?--preguntaba Sinang haciendo un
mohn;--nosotras solamente?... aray!

Este aray! lo causaba un pellizco que  tiempo le propin su madre.

Las bancas se iban alejando lentamente de la playa reflejando la luz
de los faroles en el espejo del lago, completamente tranquilo. En el
Oriente aparecan las primeras tintas de la aurora.

Reinaba bastante silencio; la juventud, con la separacin establecida
por las madres, pareca dedicarse  la meditacin.

--Ten cuidado!--dijo en voz alta Albino, el seminarista,  otro
joven;--pisa bien la estopa que hay debajo de tu pie.

--Qu es?

--Puede saltar y entrar el agua: esta banca tiene muchos agujeros.

--Ay, que nos hundimos!--gritaron las mujeres espantadas.

--No tengis cuidado, seoras!--les afirm el seminarista.--Esa
banca est segura: no tiene ms que cinco agujeros y no muy grandes.

--Cinco agujeros! Jess! Es que queris ahogarnos?--exclamaron
las mujeres horrorizadas.

--Nada ms que cinco, seoras, y as de grandes!--aseguraba el
seminarista ensendoles la pequea circunferencia formada por sus
dedos ndice y pulgar.--Pisad bien las estopas para que no salten.

--Dios mo! Mara Santsima! Ya entra agua!--grit una vieja que
senta mojarse.

Hubo un pequeo tumulto; unas chillaban, otras pensaban saltar al agua.

--Pisad bien las estopas, all!--continuaba Albino, sealando hacia
el sitio donde estaban las jvenes.

--Dnde? Dnde? Dios! No lo sabemos! Por piedad, venid que no
lo sabemos!--imploraron las temerosas mujeres.

Fu menester que cinco jvenes pasasen  la otra banca para
tranquilizar  las aterradas madres. Casualidad rara! pareca que
al lado de cada una de las dalagas haba un peligro: las viejas no
tenan juntas ni un agujero comprometido. Y ms extrao an! Ibarra
estaba sentado al lado de Mara Clara, Albino al de Victoria, etc. La
tranquilidad volvi  reinar en el crculo de las cuidadosas madres,
pero no en el de las jvenes.

Como el agua estaba completamente tranquila, los corrales de pesca no
lejos, y era an muy temprano, se decidi que se dejasen los remos y
todo el mundo se desayunase. Apagronse los faroles, pues la aurora
iluminaba ya el espacio.

--No hay cosa que pueda compararse con el salabat, tomado por la
maana antes de ir  misa!--deca capitana Tic, la madre de la alegre
Sinang;--tomad salabat con poto [87], Albino, y veris que hasta os
dar ganas de rezar.

--Es lo que hago,--contest ste:--pienso confesarme.

--No!--deca Sinang,--tomad caf, que da ideas alegres.

--Ahora mismo, porque me siento un poco triste.

--No hagis eso!--le adverta la ta Isabel;--tomad t con galletas;
dicen que el t tranquiliza el pensamiento.

--Tambin tomar t con galletas!--contestaba el complaciente
seminarista;--por fortuna ninguna de estas bebidas es el catolicismo.

--Pero podis?...--pregunta Victoria.

--Tomar tambin chocolate? Ya lo creo! Con tal que el almuerzo no
tarde mucho...

La maana era hermosa: las aguas comenzaban  brillar, y de la luz
directa del cielo y de la reflejada por las aguas, resultaba una
claridad que iluminaba los objetos, casi sin producir sombras, una
claridad brillante y fresca, saturada de colores, que adivinamos en
algunas marinas.

Casi todos estaban alegres, aspiraban la ligera brisa que comenzaba
 despertarse: hasta las madres, tan llenas de prevenciones y
advertencias, rean y bromeaban entre s.

--Te acuerdas?--deca una  capitana Tic,--te acuerdas de cuando
nos babamos en el ro, cuando an ramos solteras? Descendan 
lo mejor la corriente, en banquitas hechas con corteza de pltano,
con frutas de varias clases entre olorosas flores. Cada una llevaba
una banderita en donde leamos nuestros nombres...

--Y cuando volvamos  casa?--aada otra sin dejar concluir  la
primera;--encontrbamos los puentes de caa destrozados y entonces
tenamos que vadear los arroyos... los pcaros!

--S!--deca capitana Tic,--pero yo prefera mojar los bordes de
mi falda antes que descubrir el pie: saba que en los matorrales de
la orilla haba ojos que observaban.

Las jvenes que oan estas cosas se miraban y sonrean; las dems
tenan sus propias conversaciones y no hacan caso.

Slo un hombre, el que haca el oficio de piloto, permaneca silencioso
y ajeno  toda aquella alegra. Era un joven de formas atlticas y de
una fisonoma interesante por sus grandes ojos tristes y el severo
dibujo de sus labios. Los cabellos negros, largos y descuidados,
caan sobre su robusto cuello; una camisa de tela basta y oscura,
dejaba adivinar al travs de sus pliegues los poderosos msculos que
contribuan con sus nervudos y desnudos brazos  manejar, como una
pluma, un ancho y descomunal remo, que le serva de timn para guiar
las dos bancas.

Mara Clara le haba sorprendido ms de una vez observndola: l
entonces volva rpidamente la vista  otra parte y miraba  lo lejos,
al monte,  la orilla. Compadecise la joven de su soledad y cogiendo
unas galletas se las ofreci. El piloto la mir con cierta sorpresa,
pero esta mirada slo dur un segundo; tom una galleta y di las
gracias brevemente y en voz apenas perceptible.

Y nadie volvi  acordarse ms de l. Las alegres risas y las
ocurrencias de los jvenes no contraan ningn msculo de su rostro;
no le haca sonrer la alegre Sinang recibiendo pellizcos, que la
obligaban  fruncir las cejas un instante para volver otra vez  su
alegra como antes.

Concludo el desayuno, continuaron la excursin hacia los corrales
de pesca.

Estos eran dos, colocados  cierta distancia uno del otro: ambos
pertenecan  capitn Tiago. Desde lejos veanse algunas garzas posadas
sobre las puntas de las caas del cercado, en actitud contemplativa,
mientras algunas aves blancas, que los tagalos llaman kalauay  calao
volaban en distintas direcciones, rozando con sus alas la superficie
del lago y llenando el aire de estridentes graznidos.

Mara Clara sigui con la vista  las garzas que, al aproximarse las
bancas, echronse  volar en direccin al vecino monte.

--Anidan esas aves en el monte?--pregunt la joven al piloto, acaso
ms que para saberlo para hacerle hablar.

--Probablemente, seora,--contest;--pero nadie hasta ahora ha visto
sus nidos.

--No tienen nido esas aves?

--Supongo que deben tenerlos, pues de lo contrario seran muy
desgraciadas.

Mara Clara no not el acento de la tristeza con que pronunci el
piloto estas palabras.

--Entonces?...

--Dicen, seora,--contest el joven,--que los nidos de esas aves son
invisibles y poseen la cualidad de hacer invisible al que los tenga
en su poder; y, como el alma que slo se ve en el terso espejo de
los ojos, es tambin en el espejo de las aguas donde nicamente estos
nidos se dejan contemplar.

Mara Clara se puso pensativa.

Entretanto haban llegado al baklad [88]: el viejo banquero at las
embarcaciones  una caa.

--Espera!--dijo ta Isabel al hijo del viejo, que se preparaba 
subir provisto de su panalok,  sea la caa con la bolsa de red;--es
menester que est dispuesto el sinigang para que los peces pasen del
agua al caldo.

--Buena ta Isabel!--exclam el seminarista;--no quiere que el pez
pueda echar de menos ni un momento el agua.

Andeng, la hermana de leche de Mara Clara,  pesar de su cara
limpia y alegre, tena fama de buena cocinera. Prepar agua de arroz,
tomates y camias, ayudndola  estorbndola algunos, que acaso queran
merecer sus simpatas. Las jvenes limpiaban los cogollos de calabaza,
los guisantes, y cortaban los paayab [89] en cortos pedazos, largos
como cigarrillos.

Para distraer la impaciencia de los que deseaban ver cmo saldran
los peces de su crcel, vivitos y coleando, la hermosa Iday cogi el
arpa: Iday no solamente tocaba bien este instrumento, sino que tena
adems muy hermosos dedos.

La juventud bati las palmas, Mara Clara le di un beso; el arpa es
el instrumento que ms se toca en aquella provincia y era el propio
de aquellos momentos.

--Canta, Victoria, la cancin del matrimonio!--pidieron las madres.

Los hombres protestaron y Victoria, que tena buena voz, se quej de
ronquera. La cancin del matrimonio es una hermosa elega tagala
en que se pintan todas las miserias y tristezas de este estado,
sin mentar ninguna de sus alegras.

Entonces pidieron que cantase Mara Clara.

--Todas mis canciones son tristes.

--No importa, no importa!--dijeron todas.

No se hizo de rogar, cogi el arpa, toc un preludio y cant con voz
vibrante, armoniosa y llena de sentimiento.


              Dulces las horas en la propia patria
            Donde es amigo cuanto alumbra el sol,
            Vida es la brisa que en sus campos vuela,
            Grata la muerte y ms tierno el amor!

              Ardientes besos en los labios juegan,
            De una madre en el seno al despertar,
            Buscan los brazos  ceir el cuello,
            Y los ojos sonriendo al mirar.

              Dulce es la muerte por la propia patria,
            Donde es amigo cuanto alumbra el sol:
            Muerte es la brisa para quien no tiene
            Una patria, una madre y un amor!


Extinguise la voz, ces el canto, enmudeci el arpa y an seguan
escuchando: ninguno aplaudi. Las jvenes sentan sus ojos llenarse
de lgrimas. Ibarra pareca contrariado y el joven piloto miraba
inmvil  lo lejos.

De repente se oy un atronador estruendo: las mujeres soltaron un
grito y se taparon las orejas. Era el exseminarista Albino, que
soplaba con toda la fuerza de sus pulmones en el cuerno de carabao,
llamado tambul. La risa y la animacin volvieron; los ojos, llenos
de lgrimas, brillaron alegremente.

--Pero es que nos vas  volver sordas, hereje?--le grit ta Isabel.

--Seora,--contesta el exseminarista solemnemente;--he odo hablar
de un pobre trompetero, all en las orillas del Rhin, que por tocar
la trompeta se cas con una noble y rica doncella.

--Cierto, el trompetero de Sckingen,--aadi Ibarra, no pudiendo
menos de tomar parte en la nueva animacin.

--Lo os?--contina Albino;--pues yo quiero ver si tengo la misma
suerte.

Y volvi  soplar an con ms bros en el resonante cuerno, acercando
particularmente la trompa  los odos de las jvenes que ms tristes
se haban puesto. Naturalmente, hubo un pequeo alboroto; las madres
le hicieron callar  fuerza de chinelazos y pellizcos.

--Aray! aray!--deca palpndose los brazos.--La distancia que
separa Filipinas de las orillas del Rhin! Oh tempora! oh mores! A
unos les dan encomiendas y  otros sambenitos!

Ya todas rean, hasta la Victoria misma; sin embargo, Sinang, la de
los alegres ojos, deca en voz baja  Mara Clara:

--Feliz t! Ay, yo tambin cantara si pudiese!

Andeng anunci al fin que el caldo estaba ya dispuesto  recibir 
sus huspedes.

El jovencito, el hijo del pescador, subi entonces sobre el encerradero
 bolsa del corral, colocado en el extremo ms estrecho de ste,
donde se podra escribir el Lasciati ogni speranza voi ch'entrate,
si los desgraciados peces supiesen leer el italiano y entenderlo:
pez que entraba all no sala sino para morir. Es un espacio casi
circular de un metro de dimetro prximamente, dispuesto de manera
que un hombre pueda tenerse en pie en la parte superior, para desde
all retirar los peces con la redecilla.

--All s que no me aburrira el pescar con caa!--deca Sinang
estremecindose de placer.

Todos estaban atentos: ya algunos crean ver los peces colear y
agitarse dentro de la red, brillar sus relucientes escamas, etc. Sin
embargo, al introducirla el joven, no salt pez alguno.

--Debe estar lleno,--deca Albino en voz baja;--hace ms de cinco
das que no se ha visitado.

El pescador retir la caa... ay! ni un pececito adornaba la red;
el agua, al caer en abundantes gotas que el sol iluminaba, pareca
reir con risa argentina. Un ah! de admiracin, de disgusto, de
desengao se escap de los labios de todos.

El joven repiti la misma operacin, y el mismo resultado.

--No entiendes tu oficio!--le dijo Albino trepando al encerradero
y arrancando la red de las manos del joven.

--Ahora veris! Andeng, abre la olla!

Pero Albino tampoco lo entenda y sigui vaca la red. Todos se
echaron  reir.

--No hagis ruido, que os oyen los peces y no se dejan
coger!--dijo.--Esta red debe estar rota.

Pero la red tena ntegras todas sus mallas.

--Djame  m,--djole Len, el novio de Iday.

Este se asegur bien del estado del cerco, examin la red y,
satisfecho, pregunt:

--Estis seguros de que no se ha visitado desde hace cinco das?

--Segursimos! La ltima vez fu la vigilia de Todos los Santos.

--Pues entonces,  el lago est encantado  yo saco algo.

Len introdujo la caa en el agua, pero el asombro se pint en su
semblante. Silencioso mir un momento al vecino monte y sigui paseando
la caa dentro del agua: despus, sin retirarla, murmur en voz baja:

--Un caimn.

--Un caimn!--repitieron.

La palabra corri de boca en boca en medio del espanto y de la
estupefaccin general.

--Qu decs?--le preguntaron.

--Digo que hay un caimn cogido,--afirm Len,  introduciendo el
mango de la caa en el agua, continu:

--Os ese sonido? eso no es la arena, es la dura piel, la espalda
del caimn. Veis como se mueven las caas? es l que forcejea, pero
est arrollado sobre s mismo; esperad... es grande; su cuerpo mide
casi un palmo  ms de ancho.

--Qu hacer?--fu la pregunta.

--Cogerlo!--dijo una voz.

--Jess! y quin lo coge?

Nadie se atreva  descender al abismo. El agua era profunda.

--Debamos atarle  nuestra banca y arrastrarle en triunfo!--dijo
Sinang;--comerse los peces que debamos comer!

--No he visto hasta ahora un caimn vivo!--murmur Mara Clara.

El piloto se levant, cogi una larga cuerda y subi gilmente  la
especie de plataforma. Len le cedi el sitio.

Excepto Mara Clara, nadie hasta entonces se haba fijado en l:
ahora admiraban todos su esbelta estatura.

Con gran sorpresa y  pesar de los gritos de todos, el piloto salt
dentro del encerradero.

--Llevaos este cuchillo!--le grit Crisstomo sacando una ancha
hoja toledana.

Pero ya el agua suba en forma de mil surtidores y el abismo se
cerr misterioso.

--Jess, Mara y Jos!--exclamaban las mujeres.--Vamos  tener una
desgracia! Jess, Mara y Jos!

--No tengis cuidado, seoras,--les deca el viejo banquero;--si hay
en toda la provincia uno que lo puede hacer, se es l.

--Cmo se llama ese hombre?--preguntaron.

--Nosotros le llamamos el Piloto: es el mejor que he visto; slo que
no ama el oficio.

El agua se mova, el agua se agitaba: pareca que en el fondo se
trababa una lucha; vacilaba el cerco. Todos callaban y contenan la
respiracin. Ibarra apretaba con mano convulsiva el puo del agudo
cuchillo.

La lucha pareci terminarse. Asomse por encima la cabeza del joven,
que fu saludado con gritos alegres: los ojos de las mujeres estaban
llenos de lgrimas.

El piloto trep llevando en la mano el estremo de la cuerda, y una
vez en la plataforma tir de ella.

El monstruo apareci: tena la soga atada en forma de doble banda por
el cuello y debajo de las extremidades anteriores. Era grande, como ya
lo haba anunciado Len, pintado, y sobre sus espaldas creca verde
musgo, que es  los caimanes lo que las canas  los hombres. Muga
como un buey, azotaba con la cola las paredes de caa, se agarraba
 ellas, y abra las negras y tremendas fauces, descubriendo sus
largos colmillos.

El piloto le izaba solo: nadie se acordaba de ayudarle.

Fuera ya del agua y colocado sobre la plataforma, psole el pie encima,
con robusta mano cerr sus descomunales mandbulas y trat de atarle el
hocico con fuertes nudos. El reptil tent un nuevo esfuerzo, arque el
cuerpo, bati el suelo con la potente cola, y, escapndose, se lanz de
un salto al lago, fuera del corral, arrastrando  su domador. El piloto
era hombre muerto; un grito de horror se escap de todos los pechos.

Rpido como el rayo, cay otro cuerpo al agua; apenas tuvieron tiempo
de ver que era Ibarra. Mara Clara no se desmay, porque las filipinas
no saben an desmayarse.

Vieron las olas colorearse, teirse en sangre. El joven pescador
salt al abismo con su bolo [90] en la mano, su padre le sigui:
pero apenas desaparecan, cuando vieron  Crisstomo y al piloto
reaparecer agarrados al cadver del reptil. Este tena todo el blanco
vientre rasgado y en la garganta clavado el cuchillo.

Imposible es describir la alegra de los circunstantes: mil brazos
se tendieron para sacar  los jvenes del agua. Las viejas estaban
medio locas y rean y rezaban. Andeng olvid que su sinigang haba
hervido tres veces: todo el caldo se derram y apag el fuego. La
nica que no poda hablar era Mara Clara.

Ibarra estaba ileso, el piloto tena en el brazo un ligero rasguo.

--Os debo la vida!--dijo  Ibarra, que se envolva en mantas de lana
y tapices.

La voz del piloto pareca revelar cierta pena.

--Sois demasiado intrpido,--contestle Ibarra;--otra vez no tentaris
 Dios.

--Si me hubieses seguido, si hubisemos muerto,--contest el joven
completando su pensamiento,--en el fondo del lago, habra yo estado
en familia!

Ibarra no se acordaba de que all yacan los restos de su padre.

Las viejas ya no queran ir al otro baklad, sino retirarse, alegando
que el da haba comenzado mal y podran sobrevenir muchas desgracias.

--Todo es porque no hemos odo misa!--suspiraba una.

--Pero qu desgracia hemos tenido, seoras?--preguntaba Ibarra.--El
caimn s que es desgraciado!

--Lo cual prueba--concluy el exseminarista--que en toda su pecadora
vida jams ha odo misa este reptil. Nunca le he visto entre los
numerosos caimanes que frecuentan la iglesia.

Las bancas se dirigieron, pues, hacia el otro baklad, y fu menester
que Andeng preparase otro sinigang.

El da adelantaba; soplaba la brisa; las olas despertaban y se rizaban
en torno del caimn, levantando montes de espuma do tersa brilla,
rica en colores, la luz solar, que dice el poeta Paterno.

La msica volvi  resonar: Iday tocaba el arpa; los hombres, los
acordeones y guitarras con mayor  menor afinacin, pero el que
mejor lo haca era Albino, que la rascaba verdaderamente desafinada
y perda el comps  cada instante,  se olvidaba  lo mejor y se
pasaba  otra sonata enteramente distinta.

El otro corral fu visitado con desconfianza. Muchos esperaban
encontrar all la hembra del caimn; pero la naturaleza es burlona,
y sala siempre llena la red.



Ta Isable mandaba:

--El ayungin es bueno para el sinigang; dejad el bi para el escabeche,
el dalay y el buan-buan para pes: el dalag puede vivir mucho. Ponedlos
en la red para que continen en el agua. Las langostas  la sarten! El
bnak es para asado, envuelta en hojas de pltano y relleno de tomates.

--Dejad los demas para que sirvan de reclamo: no es bueno vaciar el
baklad completament aada.



Entonces trataron de abordar  la orilla, en aquel bosque de
rboles seculares perteneciente  Ibarra. All,  la sombra y junto
al cristalino arroyo, almorzaran entre las flores  debajo de
improvisadas tiendas.

La msica resonaba en el espacio; el humo de los kalanes se levantaba
alegre en forma de tenues torbellinos; el agua cantaba dentro de la
ardiente vasija, acaso palabras de consuelo para los peces muertos,
acaso palabras de sarcasmo y burla; el cadver del caimn daba vueltas,
presentaba ya el blanco y destrozado vientre, ya la pintada y verdosa
espalda, y el hombre, favorito de la naturaleza, no se inquietaba
por tantos fratricidios, que diran los bramines  los vegetarianos.






XXIV

EN EL BOSQUE


Temprano, muy temprano haba dicho su misa el padre Salv y limpiado en
pocos minutos una docena de almas sucias, lo cual no era su costumbre.

Despus, con la lectura de unas cartas que llegaron bien selladas y
lacradas, perdi el digno cura su apetito y dej que el chocolate se
enfriara completamente.

--El padre se pone enfermo,--deca el cocinero mientras preparaba
otra taza;--hace das que no come: de los seis platos que le pongo
en la mesa, no toca dos.

--Es que duerme mal,--contesta el otro criado;--tiene pesadillas desde
que cambi de alcoba. Sus ojos se hunden cada vez ms, enflaquece de
da en da, y est muy amarillo.

En efecto, da lstima ver al padre Salv. Ni ha querido tocar la
segunda taza de chocolate, ni probar los hojaldres de Ceb: pasase
pensativo por la espaciosa sala, arrugando entre sus huesudas manos
unas cartas que lee de cuando en cuando. Al fin pide su coche,
se arregla y ordena le conduzcan al bosque donde se encuentra el
fatdico rbol, y en cuyas cercanas se celebra la partida campestre.

Llegado al sitio, el padre Salv despach su vehculo y se intern
solo en el bosque.

Un sombro sendero franquea trabajosamente la espesura y conduce
 un arroyo, formado de varias fuentes termales como muchas de
las faldas del Makiling. Adornan sus orillas flores silvestres,
muchas de las cuales no han recibido an nombre latino, pero sin
duda son ya conocidas de los dorados insectos, de las mariposas de
todos tamaos y colores, azul y oro, blancas y negras, matizadas,
brillantes, pavonadas, llevando rubes y esmeraldas en sus alas, y
de los millares de colepteros de reflejos metlicos, espolvoreados
de oro fino. El zumbido de estos insectos, el chirrido de la cigarra
que alborota da y noche, el canto del pjaro,  el ruido seco de la
podrida rama que cae enganchndose en todas partes, son los nicos
que turban el silencio de aquel misterioso paraje.

Algn tiempo estuvo vagando entre las espesas enredaderas, evitando los
espinos que le agarraban por el hbito de guingn como para detenerle,
las races de los rboles que salan del suelo, haciendo tropezar 
cada momento al no acostumbrado caminante. Detvose repentinamente:
alegres carcajadas y frescas voces llegaron  sus odos, y las
carcajadas partan del arroyo y se acercaban cada vez ms.

--Voy  ver si encuentro un nido,--deca una hermosa y dulce voz
que el cura conoca:--quisiera verle sin que l me viese, quisiera
seguirle  todas partes.

El padre Salv ocultse detrs del grueso tronco de un rbol y psose
 escuchar.

--Es decir que quieres hacer con l lo que contigo hace el cura,
que te vigila en todas partes?--contest una alegre voz.--Ten cuidado
que los celos hacen enflaquecer y hunden los ojos!

--No, no son celos, es pura curiosidad!--replicaba la voz argentina,
mientras la alegre repeta: S, celos, celos! y rea  carcajadas.

--Si yo tuviera celos, en vez de hacerme invisible  m, le hara 
l para que nadie le pudiese ver.

--Pero t tampoco le veras, y eso no est bien. Lo mejor es que si
encontramos el nido, se lo regalemos al cura: as puede vigilarnos
 nosotras sin que tengamos necesidad de verle, no te parece?

--Yo no creo en los nidos de las garzas,--contestaba otra voz;--pero
si alguna vez tuviese celos, ya sabra vigilar y hacerme invisible...

--Y cmo? cmo? Acaso como sor Escucha?

Alegres carcajadas provoc este recuerdo de colegiala.

--Ya sabes cmo se la engaa  sor Escucha!

El padre Salv vi desde su escondite  Mara Clara,  Victoria y 
Sinang recorriendo el ro. Las tres andaban con la vista en el espejo
de las aguas, buscando el misterioso nido de la garza: iban mojadas
hasta la rodilla, dejando adivinar en los anchos pliegues de sus sayas
de bao las graciosas curvas de sus piernas. Llevaban la cabellera
suelta y los brazos desnudos, y cubra el busto una camisa de anchas
rayas y alegres colores. Las tres jvenes,  la vez que buscaban un
imposible, recogan flores y legumbres que crecan en la orilla.

El Acten religioso contemplaba plido  inmvil  aquella pdica
Diana: sus ojos, que brillaban en las obscuras rbitas, no se cansaban
de admirar aquellos blancos y bien modelados brazos, aquel cuello
elegante con el comienzo del pecho; los diminutos y rosados pies,
que jugaban con el agua despertaban en su empobrecido sr extraas
sensaciones y hacan soar en nuevas ideas  su ardiente cerebro.

Tras un recodo del riachuelo, entre espesos caaverales,
desaparecieron aquellas dulces figuras y dejaron de oirse sus crueles
alusiones. Ebrio, vacilante, cubierto de sudor, sali el padre Salv
de su escondite y mir en torno suyo con ojos extraviados. Detvose
inmvil, dudoso; di algunos pasos como si tratase de seguir  las
jvenes, pero volvi y, andando por la orilla, trat de buscar el
resto de la comitiva.

A alguna distancia de all vi en medio del arroyo una especie de
bao, bien cercado, cuyo techo lo formaba un frondoso caaveral: de
l salan alegres y femeniles acentos. Adornbanle hojas de palma,
flores y banderolas.--Ms all vi un puente de caa y  lo lejos 
los hombres bandose, mientras una multitud de criados y criadas
bullan alrededor de improvisados kalanes, atareados en desplumar
gallinas, lavar arroz, asar lechn, etc. Y all, en la orilla opuesta,
en un claro que haban hecho, se reunan muchos hombres y mujeres
bajo un techo de lona, colgado en parte de las ramas de los rboles
seculares, en parte de estacas nuevamente levantadas. All estaban
el alfrez, el coadjutor, el gobernadorcillo, el teniente mayor,
el maestro de escuela y muchos capitanes y tenientes pasados, hasta
capitn Basilio, el padre de Sinang, antiguo adversario del difunto
don Rafael en un viejo litigio. Ibarra le haba dicho: Discutimos
un derecho, y discutir no quiere decir ser enemigos. Y el clebre
orador de los conservadores acept con entusiasmo la invitacin,
enviando tres pavos y poniendo sus criados  la disposicion del joven.

El cura fu recibido con respeto y deferencia por todos, hasta por
el alfrez.

--Pero de dnde viene vuestra reverencia?--preguntle ste al ver
su cara llena de rasguos y su hbito cubierto de hojas y pedazos de
ramas secas.--Se ha cado vuestra reverencia?

--No, me he extraviado!--contest el padre Salv, bajando los ojos
para examinar su traje.

Se abran frascos de limonadas, se partan cocos verdes para que los
que salan del bao bebiesen su agua fresca y comiesen su tierna carne,
ms blanca que la leche; las jvenes reciban adems un rosario de
sampagas, entremezcladas de rosas  ilang-ilang, que perfumaban
la suelta cabellera. Sentbanse  recostbanse en las hamacas,
suspendidas de las ramas,  se entretenan jugando alrededor de una
ancha piedra, sobre la cual se vean naipes, tableros, libritos,
sigeyes y pedrezuelas.

Enseronle al cura el caimn, pero al parecer estaba distrado y slo
prest atencin cuando le dijeron que aquella ancha herida la haba
hecho Ibarra. Por lo dems no era posible ver al clebre y desconocido
piloto; haba desaparecido ya antes de la llegada del alfrez.

Al fin sali Mara Clara del bao, acompaada de sus amigas,
fresca como una rosa en su primera maana cuando brilla el roco,
con chispas de diamante, en los divinos ptalos. Su primera sonrisa
fu para Crisstomo, y la primera nube de su frente para el padre
Salv. Este lo not y no suspir.

Lleg la hora de comer. El cura, el coadjutor, el alfrez, el
gobernadorcillo y algunos capitanes ms con el teniente mayor,
sentronse en una mesa que presida Ibarra. Las madres no permitieron
que ningn hombre comiese en la mesa de las jvenes.

--Esta vez, Albino, no inventas agujeros como en las bancas,--dijo
Len al exseminarista.

--Qu? Qu es eso?--preguntaron las viejas.

--Las bancas, seoras, estaban tan enteras como este plato,--aclar
Len.

--Jess!--exclam ta Isabel sonriendo.

--Sabe usted algo ya, seor alfrez, del criminal que maltrat al
padre Dmaso?--preguntaba fray Salv en la comida  aquel.

--De qu criminal, padre cura?--pregunt el alfrez, mirando al
fraile al travs del vaso de vino que vaciaba.

--De quin ha de ser? Del que anteayer tarde golpe al padre Dmaso
en el camino!

--Golpe al padre Dmaso?--preguntaron varias voces.

El coadjutor pareci sonreir.

--S, y el padre Dmaso est ahora en cama! Se cree sea el mismo
Elas que le arroj  usted en el charco, seor alfrez.

El alfrez se puso colorado de vergenza  de vino.

--Pues yo crea--continu el padre Salv con cierta burla--que estaba
usted enterado del asunto ... que el alfrez de la guardia civil...

Mordise el militar los labios y balbuce una tonta excusa.

En esto, apareci una mujer plida, flaca, vestida miserablemente;
nadie la haba visto venir, pues iba silenciosa y haca tan poco
ruido que de noche se la habra tomado por un fantasma.

--Dad de comer  esa pobre mujer!--decan las viejas:--oy! venid
aqu!

Pero ella continu su camino y se acerc  la mesa donde estaba el
cura: ste volvi la cara, la reconoci y se le cay el cuchillo de
la mano.

--Dad de comer  esta mujer!--orden Ibarra.

--La noche es obscura y desaparecen los nios!--murmuraba la mendiga.

Pero,  la vista del alfrez que le dirigi la palabra, la mujer se
espant y ech  correr desapareciendo por entre los rboles.

--Quin es sa?--pregunt.

--Una infeliz que se ha vuelto loca  fuerza de sustos y
dolores!--contest don Filipo;--hace cuatro das que est as.

--Es acaso una tal Sisa?--pregunt con inters Ibarra.

--La han preso sus soldados de usted,--continu con cierta amargura
el teniente mayor;--la han conducido por todo el pueblo por no s
qu cosas de sus hijos que ... no se han podido aclarar.

--Cmo?--pregunt el alfrez volvindose al cura:--es acaso la
madre de sus dos sacristanes?

El cura afirm con la cabeza.

--Que han desaparecido sin averiguarse nada de ellos!--aadi
severamente don Filipo, mirando al gobernadorcillo que baj los ojos.

--Buscad  esa mujer!--mand Crisstomo  los criados.--He prometido
trabajar para averiguar el paradero de sus hijos...

--Que han desaparecido dicen ustedes?--pregunt el alfrez.--Sus
sacristanes de usted han desaparecido, padre cura?

Este apur el vaso de vino que tena delante  hizo seas con la
cabeza de que s.

--Caramba, padre cura!--exclama el alfrez con risa burlona, y alegre
con el pensamiento de una revancha;--desaparecen algunos pesos de
V. R. y se me despierta  mi sargento muy temprano para que los haga
buscar; desaparecen dos sacristanes, y V. R. no dice nada, y usted,
seor capitn... Verdad es tambin que usted...

Y no concluy su frase, sino que se ech  reir hundiendo su cuchara
en la roja carne de una papaya silvestre.

El cura, confuso y perdiendo la cabeza, contest:

--Es que yo tengo que responder del dinero...

--Buena respuesta, reverendo pastor de almas!--interrumpi el alfrez
con la boca llena.--Buena respuesta santo varn!

Ibarra quiso intervenir, pero el padre Salv, haciendo un esfuerzo
sobre s mismo, repuso con una sonrisa forzada:

--Y sabe usted, seor alfrez, qu se dice de la desaparicin de
esos chicos? No? Pues pregntelo usted  sus soldados!

--Cmo?--exclama aqul, perdiendo la alegra.

--Dcese que en la noche de la desaparicin han sonado varios tiros!

--Varios tiros?--repiti el alfrez mirando  los presentes.

Estos hicieron un movimiento de cabeza afirmativo.

El padre Salv repuso entonces lentamente y con cruel burla:

--Vamos, veo que usted ni coge  los criminales ni sabe lo que hacen
los de su casa, y quiere meterse  predicador y ensear  los otros su
deber. Usted debe saber el refrn de Ms sabe el loco en su casa...

--Seores!--interrumpe Crisstomo, viendo que el alfrez se pona
plido;-- propsito de esto quisiera saber qu dicen ustedes de
un proyecto mo. Pienso confiar esa loca  los cuidados de un buen
mdico, y en el entretanto con el auxilio y los consejos de ustedes,
buscar  sus hijos.

La vuelta de los criados que no haban podido encontrar  la loca,
acab de pacificar  los dos enemigos, llevando la conversacin 
otro asunto.

Terminada la comida, y mientras se serva el t y el caf,
distribuyronse jvenes y viejos en varios grupos. Unos cogieron los
tableros, otros los naipes, pero las jovencitas, curiosas de saber
el porvenir, prefirieron hacer preguntas  la Rueda de la Fortuna.

--Venga usted, seor Ibarra!--gritaba capitn Basilio que estaba un
poco alegre.--Tenemos un pleito de hace quince aos, y no hay juez en
la Audiencia que lo falle: vamos  ver si lo terminamos en el tablero.

--Al instante y con mucho gusto!--contest el joven.--Un momento,
que el alfrez se despide.

Al saberse esta partida, todos los viejos que comprendan el ajedrez
se reunieron en torno del tablero: la partida era interesante y
atraa hasta  los profanos. Las viejas, sin embargo, rodearon al
cura para conversar con l sobre asuntos espirituales, pero fray
Salv no juzgara apropiado el sitio ni la ocasin, pues daba vagas
contestaciones y sus miradas, tristes y algo irritadas, se fijaban
en todas partes, menos en sus interlocutoras.

Comenz la partida con mucha solemnidad.

--Si el juego sale tablas, sobreseemos, se entiende,--deca Ibarra.

A la mitad del juego, Ibarra recibi un parte telegrfico que le hizo
brillar los ojos y ponerse plido. Intacto lo guard en su cartera,
no sin dirigir una mirada al grupo de la juventud, que continuaba
entre risas y gritos preguntando al Destino.

--Jaque al rey!--dijo el joven.

Capitn Basilio no tuvo ms remedio que esconderle detrs de la reina.

--Jaque  la reina!--volvi  decir amenazndola con su torre,
que resultaba defendida por un pen.

No pudiendo cubrir  la reina ni retirarla  causa del rey que estaba
detrs, capitn Basilio pidi tiempo para reflexionar.

--Con mucho gusto!--contest Ibarra;--tena precisamente algo que
decir ahora mismo  algunos en aquella reunin.

Y se levant, concediendo  su contrario un cuarto de hora.

Iday tena el disco de cartn en que estaban escritas cuarenta y ocho
preguntas, Albino el libro de las respuestas.

--Mentira! no es verdad! mentira!--gritaba medio llorosa Sinang.

--Qu te pasa?--preguntle Mara Clara.

--Figrate, pregunto yo: Cundo tendr juicio? echo los dados,
y se, ese cura trasnochado lee en el libro: Cuando la rana cre
pelo! Te parece?

Y Sinang le hace una mueca al exseminarista, que contina riendo.

--Quin te manda hacer esa pregunta?--le dice su prima Victoria.--El
hacerla basta para merecer tales contestaciones!

--Preguntad!--le dijeron  Ibarra presentndole la rueda.--Hemos
decidido que quien obtuviese la mejor contestacin recibira un regalo
de los dems. Todos hemos preguntado ya.

--Y quin ha obtenido la mejor?

--Mara Clara, Mara Clara!--contest Sinang.--Le hicimos preguntar
quieras  no quieras: Es su cario fiel y constante? y el libro
contest...

Pero Mara Clara, toda encarnada, le tap la boca con sus manos,
y no la dej continuar.

--Entonces, dadme la rueda!--dijo Crisstomo sonriendo.

--Pregunto: Si saldr bien en mi actual empresa?

--Vaya una fea pregunta!--exclam Sinang.

Ibarra ech los dados, y con arreglo  su nmero buscaron la pgina
y el rengln.

--Los sueos sueos son!--ley Albino.

Ibarra sac el parte telegrfico y lo abri temblando:

--Esta vez, vuestro libro ha mentido!--exclam lleno de
alegra.--Leed!

Proyecto escuela aprobado, otro sentenciado  su favor.

--Qu significa esto?--le preguntaron.

--No decais que hay que regalar algo  la que mejor contestacin
obtenga?--pregunt con voz temblorosa de emocin mientras parta
cuidadosamente el papel en dos pedazos.

--S! S!

--Pues bien, este es mi regalo,--dijo entregando  Mara Clara la
mitad;--en el pueblo he de levantar una escuela para nios y nias;
esta escuela ser mi regalo.

--Y ese otro pedazo qu quiere decir?

--Esto se lo regalar  quien haya obtenido la peor respuesta.

--Pues yo! entonces  m!--grit Sinang.

Ibarra le di el papel y se alej rpidamente.

--Y esto qu quiere decir?

Pero el feliz joven ya estaba lejos y volva  proseguir su partida
de ajedrez.

Fray Salv se acerc como distrado al alegre crculo de los
jvenes. Mara Clara se secaba una lgrima de alegra.

Ces entonces la risa y enmudeci la conversacin. El cura miraba
 los jvenes sin acertar  decir una sola palabra; stos esperaban
que l hablase y guardaban silencio.

--Qu es esto?--pudo al fin preguntar cogiendo el librito y medio
hojendolo.

--La rueda de la Fortuna, un libro de juego,--contest Len.

--No sabis que es un pecado creer en estas cosas?--dijo, y rasg
con ira las hojas.

Gritos de sorpresa y disgusto se escaparon de todos los labios.

--Mayor pecado es disponer de lo que no es suyo contra la voluntad
del dueo!--replic Albino levantndose.--Padre cura, eso se llama
robar, y Dios y los hombres lo prohiben.

Mara Clara junt las manos y mir con ojos llorosos los restos de
aquel libro que hace poco la haba hecho tan feliz.

Fray Salv, contra lo que esperaban los presentes, no le replic
 Albino: quedse viendo cmo revoloteaban las desgarradas hojas,
yendo  parar algunas en el bosque, otras en el agua; despus se
alej tambaleando con las dos manos sobre la cabeza. Detvose algunos
segundos hablando con Ibarra, que le acompa hasta uno de los coches,
dispuestos para llevar  conducir  los invitados.

--Hace bien en marcharse ese espanta-alegras!--murmuraba
Sinang.--Tiene una cara que parece decir: No te ras, que conozco
tus pecados.

Despus del regalo que haba hecho  su prometida, Ibarra estaba
tan contento, que empez  jugar sin reflexionar ni entretenerse
examinando con cuidado el estado de las piezas.

De esto result que, aunque capitn Basilio se defenda ya slo 
duras penas, la partida lleg  igualarse, gracias  muchas faltas
que el joven cometi despus.

--Sobreseemos, sobreseemos!--deca capitn Basilio alegremente.

--Sobreseemos!--repiti el joven,--sea cualquiera el fallo que los
jueces hayan podido dar.

Ambos se dieron la mano y se la estrecharon con efusin.

Mientras los presentes celebraban este acontecimiento que daba fin
 un pleito que tena  ambas partes ya fastidiadas, la repentina
llegada de cuatro guardias civiles y un sargento, armados todos y
con la bayoneta calada, turb la alegra  introdujo el espanto en
el crculo de las mujeres.

--Quieto todo el mundo!--grit el sargento.--Un tiro al que se mueva!

A pesar de esta brutal fanfarronada, Ibarra se levant y se le acerc.

--Qu quiere usted?--pregunt.

--Que nos entregue ahora mismo  un criminal llamado Elas, que les
serva de piloto esta maana,--contest con tono de amenaza.

--Un criminal?... El piloto? Debe usted estar equivocado!--repuso
Ibarra.

--No, seor: ese Elas est nuevamente acusado de haber puesto la
mano en un sacerdote...

--Ah! y es se el piloto?

--El mismo, segn se nos dice. Admite usted en sus fiestas  gente
de mala fama, seor Ibarra.

Este le mir de pies  cabeza y le contest con soberano desprecio:

--No tengo que dar  usted cuenta de mis acciones! En nuestras
fiestas todo el mundo es bien recibido, y usted mismo que hubiera
venido, habra encontrado un sitio en la mesa, como su alfrez,
que hace dos horas estaba entre nosotros.

Y dicho esto, le volvi las espaldas.

El sargento se mordi los bigotes, y considerando que era la parte
ms dbil, orden que buscasen en todas partes y entre los rboles al
piloto cuyas seas traan en un pedazo de papel. Don Filipo le deca:

--Note usted que esas seas convienen  las nueve dcimas partes de
los naturales; no vaya usted  dar un paso en falso!

Al fin volvieron los soldados diciendo que no haban podido ver ni
banca ni hombre alguno que infundiese sospechas: el sargento balbuce
algunas palabras y se march como haba venido.

La alegra volvi poco  poco  renacer, llovieron las preguntas y
abundaron los comentarios.

--Con que se es el Elas que arroj al alfrez  un charco!--deca
Len pensativo.

--Y cmo fu eso? cmo fu?--preguntaban algunos curiosos.

--Dicen que por Septiembre, en un da muy lluvioso, se encontr
el alfrez con un hombre que vena cargando lea. La calle estaba
muy encharcada y solamente en la orilla haba un estrecho paso,
transitable para una persona. Dicen que el alfrez, en vez de detener
su caballo, pic espuelas, gritando al hombre que retrocediese: ste
pareca que tena pocas ganas de desandar lo andado por la carga que
llevaba sobre el hombro,  no quera hundirse en el charco y sigui
adelante. El alfrez, irritado, le quiso atropellar, pero el hombre
cogi un trozo de lea y di al animal en la cabeza con tal fuerza,
que el caballo cay arrastrando al jinete al lodazal. Dicen tambin
que el hombre sigui tranquilo su camino sin hacer caso de las cinco
balas, que desde el charco le envi una tras otra el alfrez, ciego de
furia y de lodo. Como el hombre era enteramente desconocido para l,
se supuso que sera el clebre Elas, llegado  la provincia haca
algunos meses, venido sin saberse de dnde, y que se ha dado  conocer
 los guardias civiles de algunos pueblos por hechos parecidos.

--Es, pues, un tulisn?--pregunt Victoria estremecindose.

--No lo creo, porque dicen que se ha batido una vez contra los
tulisanes que saqueaban una casa.

--No tiene cara de malhechor!--aadi Sinang.

--No, slo que su mirada es muy triste: no le he visto sonreir en
toda la maana,--repuso pensativa Mara Clara.

As pas la tarde y vino la hora de volver al pueblo.

A los ltimos rayos del sol moribundo salieron del bosque pasando en
silencio cerca de la misteriosa tumba del antepasado de Ibarra. Despus
las alegres conversaciones volvieron  reanudarse vivas, llenas de
color, bajo las ramas aquellas, poco acostumbradas  escuchar tantos
acentos. Los rboles parecan tristes, las enredaderas se balanceaban
como diciendo: Adis, juventud! Adis, sueo de un da!

Y ahora,  la luz de las rojizas y gigantescas antorchas de
caa y al sn de las guitarras, dejmoslos en su camino hacia el
pueblo. Los grupos disminuyen, las luces se apagan, el canto cesa,
la guitarra enmudece  medida que se van acercando  las moradas de
los hombres. Poneos la mscara, que estis otra vez entre vuestros
hermanos!






XXV

EN CASA DEL FILSOFO


A la maana del da siguiente, Juan Crisstomo Ibarra, despus de
visitar sus tierras, se dirigi  casa del anciano Tasio.

Completa tranquilidad reinaba en el jardn, pues las golondrinas,
que revoloteaban en torno de los aleros, apenas hacan ruido. El
musgo creca en el viejo muro donde una especie de yedra trepaba,
bordando las ventanas. Aquella casita pareca la mansin del silencio.

Ibarra at cuidadosamente su caballo  un poste, y caminando casi de
puntillas, atraves el jardn, limpia y escrupulosamente mantenido;
subi las escaleras y, como la puerta estaba abierta, entr.

Lo primero que se present  sus ojos fu el viejo, inclinado sobre un
libro en el que pareca escribir. En las paredes se vean colecciones
de insectos y hojas, entre mapas y viejos estantes llenos de libros
y manuscritos.

El viejo estaba tan absorto en su ocupacin que slo not la llegada
del joven en el punto que ste, no queriendo estorbarle, trataba
de retirarse.

--Cmo estaba usted ah?--pregunt mirando  Ibarra con cierta
extraeza.

--Usted dispense,--contest ste,--veo que est muy ocupado...

--En efecto, escriba un poco, pero no urge, y quiero descansar. Puedo
serle til en algo?

--En mucho!--contest Ibarra acercndose;--pero...

Y ech una mirada al libro que estaba sobre la mesa.

--Cmo?--exclam sorprendido;--se dedica usted  descifrar
jeroglficos?

--No!--contest el viejo ofrecindole una silla;--no entiendo el
egipcio ni el copto siquiera, pero comprendo algo el sistema de
escritura y escribo en jeroglficos.

--Escribe usted en jeroglficos? Y por qu?--pregunt el joven
dudando de lo que vea y oa.

--Para que no me puedan leer ahora!

Ibarra le mir de hito en hito, pensando si el viejo estara en
efecto loco. Examin rpidamente el libro para ver si aquello era
cierto y vi muy bien dibujados animales, crculos, semicrculos,
flores, pies, manos, brazos, etc.

--Y por qu escribe usted si no quiere que le lean?

--Porque no escribo para esta generacin, escribo para otras edades. Si
sta me pudiese leer, quemara mis libros, el trabajo de toda mi
vida; en cambio, la generacin que descifre estos caracteres ser una
generacin instruda, me comprender y dir: No todos dorman en la
noche de nuestros abuelos! El misterio  estos curiosos caracteres
salvarn mi obra de la ignorancia de los hombres, como el misterio y
los extraos ritos han salvado  muchas verdades de las destructoras
clases sacerdotales.

--Y en qu idioma escribe usted?--pregunt Ibarra, despus de
una pausa.

--En el nuestro, en el tagalo.

--Y sirven los signos jeroglficos?

--Si no fuera por la dificultad del dibujo, que exige tiempo y
paciencia, casi le dira que sirven mejor que el alfabeto latino. El
antiguo egipcio tena nuestras vocales; nuestra o, que slo es
final y que no es como la espaola, sino una vocal intermedia entre
o y u; como nosotros, el egipcio no tena verdadero sonido de e;
se encuentran en l nuestro ha y nuestro kha que no tenemos en el
alfabeto latino tal como lo usamos en espaol. Por ejemplo: en esta
palabra mukh,--aadi sealando en el libro,--trascribo la slaba
ha ms propiamente con esta figura de pez que con la h latina, que
en Europa se pronuncia de diferentes maneras. Para otra aspiracin
menos fuerte, por ejemplo, en esta palabra hain, donde la h tiene
menos fuerza, me valgo de este busto de len,  de estas tres flores
de loto segn la cantidad de la vocal. Es ms; tengo el sonido de la
nasal que tampoco existe en el alfabeto latino espaolizado. Repito
que si no fuera por la dificultad del dibujo, que debe ser perfecto,
casi se podran adoptar los jeroglficos, pero esta misma dificultad
me obliga  ser conciso y  no decir ms que lo justo y necesario;
este trabajo adems me hace compaa, cuando mis huspedes de la
China y del Japn se marchan.

--Cmo?

--No les oye usted? Mis huspedes son las golondrinas; este ao
falta una; algn mal muchacho chino  japons debe haberla cogido.

--Cmo sabe usted que vienen de esos pases?

--Sencillamente: hace algunos aos, antes de partir, les ataba al
pie un papelito con el nombre de Filipinas en ingls, suponiendo que
no deban ir muy lejos, y porque el ingls se habla en casi todas
estas regiones. Durante aos mi papelito no obtuvo contestacin,
hasta que ltimamente lo hice escribir en chino, y he aqu que el
Noviembre siguiente vuelven con otros papelitos que hice descifrar:
el uno estaba escrito en chino y era un saludo desde las orillas
del Hoang-ho, y el otro, supone el chino  quien consult debe ser
japons. Pero le estoy  usted entreteniendo con estas cosas y no le
pregunto en qu puedo serle til.

--Vena  hablarle de un asunto de importancia,--contest el
joven:--ayer tarde...

--Han preso  ese desgraciado?--interrumpi el viejo lleno de inters.

--Habla usted de Elas? Cmo lo ha sabido usted?

--He visto  la Musa de la guardia civil.

--La Musa de la guardia civil! Y quin es esa Musa?

--La mujer del alfrez,  quien usted no invit  su fiesta. Ayer
maana se divulg por el pueblo lo sucedido con el caimn. La Musa
de la guardia civil tiene tanta penetracin como malignidad, y supuso
que el piloto deba ser el temerario que arroj  su marido al charco
y apale al padre Dmaso; y como ella lee los partes que debe recibir
su marido, apenas hubo llegado ste  su casa borracho y sin juicio,
despach, para vengarse de usted, al sargento con los soldados  fin
de que turbaran la alegra de la fiesta. Tenga usted cuidado! Eva
era una buena mujer, salida de las manos de Dios... Doa Consolacin
dicen que es mala y no se sabe de qu manos vino! La mujer, para poder
ser buena, necesita haber sido siquiera una vez  doncella  madre.

Ibarra se sonri ligeramente, y repuso sacando de su cartera algunos
papeles:

--Mi difunto padre sola consultar  usted en algunas cosas, y recuerdo
que slo ha tenido que felicitarse de haber seguido sus consejos. Tengo
entre manos una pequea empresa, cuyo buen xito necesito asegurar.

E Ibarra le refiri brevemente el proyecto de la escuela, que haba
ofrecido  su novia, desarrollando  la vista del estupefacto filsofo
los planos que le llegaron de Manila.

--Quisiera que usted me dijese qu personas debo ganar primero en
el pueblo para el mejor xito de la obra. Usted conoce bien  los
habitantes; yo acabo de llegar y soy casi extranjero en mi pas.

El viejo Tasio examinaba con ojos humedecidos por las lgrimas los
planos que tena delante.

--Lo que usted va  realizar era mi sueo, el sueo de un pobre
loco!--exclam conmovido;--y ahora, lo primero que le aconsejo es no
venir  consultarme jams.

El joven le mir sorprendido.

--Porque las personas sensatas--continu con amarga irona--le tomaran
 usted por loco tambin. La gente cree locos  los que no piensan
como ellos; por eso me tienen por tal, y lo agradezco, porque ay de
m! el da en que quieran devolverme el juicio; ese da me privaran
de la pequea libertad que me he comprado  costa de mi reputacin
de sr razonable. Y quin sabe si tienen razn? No pienso ni vivo
segn sus leyes; mis principios, mis ideales son otros. Fama de cuerdo
goza entre ellos el gobernadorcillo porque, no habiendo aprendido ms
que  servir el chocolate y sufrir el mal genio del padre Dmaso,
ahora es rico, turba los pequeos destinos de sus conciudadanos,
y  veces hasta habla de justicia. Ese es el hombre de talento!
piensa el vulgo; ved, con nada se ha hecho grande! Pero yo, yo he
heredado fortuna, consideracin, he estudiado, y ahora soy pobre; no
me han confiado ni el ms ridculo cargo, y todos dicen: Ese es un
loco; se no entiende la vida! El cura me llama filsofo por mote,
y da  entender que soy un charlatn que hace gala de lo que aprendi
en las aulas universitarias, cuando precisamente es lo que menos
me sirve. Acaso sea yo verdaderamente el loco y ellos los cuerdos;
quin lo podr decir?

Y el viejo sacudi su cabeza como para alejar un pensamiento y
continu:

--Lo que le puedo tambin aconsejar es que consulte al cura, al
gobernadorcillo,  todas las personas de posicin: ellos le darn
 usted malos, torpes  intiles consejos, pero consultar no quiere
decir obedecer; aparente usted seguirles siempre que le sea posible
y haga constar que obra segn ellos.

Ibarra estuvo un momento reflexionando y despus repuso:

--El consejo es bueno, pero difcil de seguir. No podra yo llevar
adelante mi idea sin que sobre ella se refleje una sombra? No podra
lo bueno hacerse paso al travs de todo, y que la verdad no necesita
pedir prestado vestidos al error?

--Nadie ama la verdad desnuda por eso!--replica el viejo.--Eso es
bueno en teora, factible en el mundo que la juventud suea. Ah est
el maestro de escuela que se ha agitado en el vaco; corazn de nio
que quiso el bien y slo recogi burla y carcajadas. Usted me ha dicho
que es extranjero en su pas, y lo creo. Desde el primer da de su
llegada, empez usted por herir el amor propio de un religioso, que
tiene fama de santo entre la gente y de sabio entre los suyos. Dios
quiera que este paso no haya decidido de su porvenir. No crea usted
que porque los dominicos y agustinos miran con desprecio el hbito de
guingn [91], el cordn y el indecente calzado; porque haya recordado
una vez un gran doctor de Santo Toms que el papa Inocencio III haba
calificado los estatutos de esta orden como ms propios para puercos
que para hombres, no se dan todos ellos la mano para afirmar lo que un
procurador deca: El lego ms insignificante puede ms que el gobierno
con todos sus soldados. Cave ne cadas [92]. El oro es muy poderoso;
el becerro de oro ha derribado muchas veces  Dios de sus altares,
y ya desde los tiempos de Moiss.

--No soy tan pesimista ni me parece tan peligrosa la vida en mi
pas,--contest sonriendo Ibarra.--Creo que esos temores son un poco
exagerados, y espero poder realizar todos mis propsitos sin encontrar
resistencia grande por ese lado.

--S, si ellos le tienden la mano; n, si ellos se la retiran. Todos
los esfuerzos de usted se estrellaran contra las paredes de la casa
parroquial con slo agitar el fraile su cordn  sacudir el hbito;
el alcalde, con cualquier pretexto, le negara maana lo que hoy ha
concedido; ninguna madre dejara que su hijo frecuentase la escuela,
y entonces todas sus fatigas tendran un efecto contraproducente:
desanimaran  los que despus quisiesen intentar generosas empresas.

--Con todo,--repuso el joven,--no puedo creer en ese poder que usted
dice, y aun suponindolo, admitindolo, tendra todava  mi lado al
pueblo sensato, al gobierno que est animado de muy buenos propsitos,
lleva grandes miras y quiere francamente el bien de Filipinas.

--El gobierno! El gobierno!--murmur el filsofo levantando los
ojos para mirar al techo.--Por ms animado que est del deseo de
engrandecer el pas en beneficio del mismo y de la madre patria; por
ms que el generoso espritu de los Reyes Catlicos lo recuerde an
alguno que otro funcionario y lo piense  sus solas, el gobierno no
v, no oye, no juzga ms que por lo que le hace ver, oir y juzgar el
cura  el provincial; est convencido de que slo descansa en ellos,
de que si se sostiene es porque ellos le sostienen, que si vive
es porque le consienten que viva y el da en que le falten, caer
como un maniqu que perdi su sostn. Al gobierno se le amedrenta
con levantar al pueblo y al pueblo con las fuerzas del gobierno: de
aqu se origina un sencillo juego que se parece  lo que sucede  los
medrosos al visitar lugares lgubres: toman por fantasmas las propias
sombras y por extraas voces los propios ecos. Mientras el gobierno
no se entienda con el pas, no saldr de esa tutela; vivir como esos
jvenes imbciles que tiemblan  la voz de su ayo, cuya condescendencia
mendigan. El gobierno no suea en ningn porvenir robusto, es un brazo;
la cabeza es el convento, y por esta inercia con que se deja arrastrar
de abismo en abismo, se convierte en sombra, desaparece su entidad,
y dbil  incapaz todo lo confa  manos mercenarias. Compare usted,
si no, nuestro sistema gubernamental con los de los pases que ha
visitado...

--Oh!--interrumpi Ibarra;--eso es mucho pedir, contentmonos
con ver que nuestro pueblo no se queja, ni sufre como el pueblo de
otros pases, y eso es gracias  la religin y  la benignidad de
los gobernantes.

--El pueblo no se queja porque no tiene voz, no se mueve porque
est aletargado, y dice usted que no sufre, porque no ha visto lo
que sangra su corazn. Pero un da usted lo ver y lo oir y ay
de los que basan su fuerza en la ignorancia  en el fanatismo! ay
de los que gozan con el engao y trabajan en la noche creyendo que
todos duermen! Cuando la luz del da alumbre el aborto de las sombras,
vendr la reaccin espantosa: tanta fuerza, durante siglos comprimida,
tanto veneno destilado gota  gota, tantos suspiros ahogados saldrn
 la luz y estallarn... Quin pagar entonces esas cuentas que los
pueblos presentan de tiempo en tiempo y que nos conserva la Historia
en sus pginas ensangrentadas?

--Dios, el gobierno y la religin no permitirn que llegue ese
da!--repuso Crisstomo, impresionado  pesar suyo.--Filipinas es
religiosa y ama  Espaa; Filipinas sabr cuanto por ella hace la
nacin. Hay abusos, s, hay defectos, no lo he de negar, pero Espaa
trabaja para introducir reformas que los corrijan, madura proyectos,
no es egosta.

--Lo s, y esto es lo peor. Las reformas que vienen de lo alto se
anulan en las esferas inferiores, gracias  los vicios de todos,
gracias por ejemplo, al vido deseo de enriquecerse en poco tiempo y
 la ignorancia del pueblo que todo lo consiente. Los abusos no los
corrige un real decreto mientras una autoridad celosa no vigile su
ejecucin, mientras no se conceda la libertad de la palabra contra
las demasas de los tiranuelos: los proyectos quedan proyectos, los
abusos abusos, y el ministro, satisfecho, dormir ms tranquilo,
sin embargo. Aun ms; si acaso viene un personaje de alto puesto
con grandes y generosas ideas, pronto empieza por oir, mientras por
detrs le tienen por loco: Vuecencia no conoce el pas, V. E. no
conoce el carcter de los indios, V. E. los va  perder, V. E. har
bien en fiarse en fulano y zutano, etc., y como S. E. no conoca
efectivamente el pas, que hasta ahora haba colocado en Amrica,
y adems tiene defectos y debilidades como todo hombre, se deja
convencer. Su excelencia recuerda tambin que para conseguir el puesto,
ha tenido que sudar mucho y sufrir ms, que lo tiene nicamente por
tres aos, que se hace viejo y es menester no pensar en quijoteras
sino en su porvenir: un hotelito en Madrid, una casita en el campo
y una buena renta para vivir con lujo en la corte; h aqu lo que
deba buscar en Filipinas. No pidamos milagros, no pidamos que se
interese por el bien del pas quien viene como extranjero para hacer
su fortuna y marcharse despus. Qu le importa el agradecimiento
 las maldiciones de un pueblo que no conoce, en donde no tiene sus
recuerdos, en donde no tiene sus amores? La gloria, para ser agradable,
es menester que resuene en los odos de los que amamos, en la atmsfera
de nuestro hogar  de la patria que ha de guardar nuestras cenizas:
queremos que la gloria se siente sobre nuestro sepulcro para calentar
con sus rayos el fro de la muerte, para que no nos reduzcamos por
completo  la nada, sino que quede algo de nosotros. Nada de esto
podemos prometer al que viene  cuidarse de nuestros destinos. Y lo
peor de todo esto es que se marchan cuando empiezan  enterarse de
su deber. Pero nos alejamos de nuestra cuestin.

--No, antes de volver  ella, necesito aclarar ciertas
cosas,--interrumpi el joven vivamente.--Puedo conceder que el
gobierno desconozca al pueblo, pero creo que el pueblo conoce menos
al gobierno. Hay funcionarios intiles, malos, si usted quiere,
pero tambin los hay buenos y si stos no pueden hacer nada, es
porque se encuentran con una masa inerte: la poblacin que toma poca
participacin en las cosas que le ataen. Pero no he venido  discutir
con usted sobre este punto: vena para pedirle un consejo y usted me
dice que doble ante grotescos dolos la cabeza.

--S, y lo repito, porque aqu hay que bajar la cabeza  dejarla caer.

--Bajar la cabeza  dejarla caer?--repiti Ibarra pensativo.--Es
duro el dilema! Pero por que? Es acaso incompatible el amor  mi
pas con el amor  Espaa? Es acaso necesario rebajarse para ser buen
cristiano, prostituir la propia conciencia para llevar  cabo un buen
fin? Amo  mi patria,  Filipinas, porque  ella le debo mi vida y mi
felicidad, y porque todo hombre debe amar  su patria; amo  Espaa,
la patria de mis mayores, porque,  pesar de todo, Filipinas le debe y
le deber su felicidad y su porvenir; soy catlico, conservo pura la
fe de mis padres, y no veo por qu haba de bajar la cabeza, cuando
la puedo levantar, entregarla  mis enemigos cuando los puedo hollar.

--Porque el campo en donde usted quiere sembrar est en poder de sus
enemigos, y contra ellos no tiene usted fuerza... Es necesario que
bese usted primero esa mano que...

Pero el joven no le dej continuar y exclam arrebatado:

--Besar! Pero usted olvida que entre ellos han matado  mi padre, le
han arrojado de su sepulcro ... pero yo que soy el hijo no lo olvido,
y si no le vengo, es porque miro por el prestigio de la religin.

El viejo filsofo baj la cabeza.

--Seor Ibarra,--repuso lentamente;--si conserva usted esos recuerdos,
recuerdos cuyo olvido no le puedo aconsejar, abandone la empresa que
intenta y busque en otra parte el bien de sus paisanos. La empresa
pide otro hombre porque, para llevarla  cabo, no slo se necesita
tener dinero y querer; en nuestro pas se requieren adems abnegacin,
tenacidad y fe, porque el terreno no est preparado; slo est sembrado
de cizaa.

Ibarra comprenda el valor de estas palabras, pero no deba
desanimarse; el recuerdo de Mara Clara estaba en su mente: era
preciso realizar su oferta.

--No le sugiere su experiencia ms que ese duro medio?--pregunt en
voz baja.

El viejo le cogi del brazo y le llev  la ventana. Un viento fresco,
precursor del norte, soplaba;  sus ojos se extenda el jardn,
limitado por el extenso bosque que serva de parque.

--Por qu no hemos de hacer lo que ese dbil tallo, cargado de rosas
y capullos?--dijo el filsofo, sealando un hermoso rosal.--El viento
sopla, le sacude, y l se inclina como ocultando su preciosa carga. Si
el tallo se mantuviese recto, se rompera, el viento esparcira las
flores, y los capullos se malograran. El viento pasa y el tallo
vuelve  erguirse, orgulloso con su tesoro: quin le acusar de
haberse plegado ante la necesidad? All vea usted aquel gigantesco
kupang [93], que mueve majestuosamente su areo follaje donde anida el
guila. Lo traje del bosque dbil planta; con delgadas caas sostuve
su tallo durante meses. Si lo hubiera trado grande y lleno de vida,
 buen seguro que aqu no habra vivido: el viento le habra sacudido
antes de que sus races se pudiesen fijar en el terreno, antes que ste
se afirmase  su alrededor y le proporcionase el debido sustento para
su tamao y altura. As terminar usted, planta trasplantada de Europa
 este suelo pedregoso, si no busca apoyo y se empequeece. Usted
est en malas condiciones, solo, elevado: el terreno vacila, el cielo
anuncia tempestad y la copa de los rboles de su familia se ha probado
que atrae el rayo. No es valor, sino temeridad combatir solo contra
todo lo existente; nadie tacha al piloto que se acoge  un puerto
 la primera rfaga de tormenta. Bajarse cuando pasa la bala no es
cobarda; lo malo es desafiarla para caer y no volverse  levantar.

--Y producira este sacrificio los frutos que espero?--pregunt
Ibarra;--creera en m y olvidara su agravio el sacerdote? Me
ayudaran francamente en provecho de la instruccin que disputa 
los conventos las riquezas del pas? No pueden fingir amistad,
aparentar proteccin, y por debajo, en las sombras, combatirle,
minarle, herirle en el taln para hacerle vacilar ms pronto que
atacndole de frente? Dados los antecedentes que usted supone, todo
se puede esperar.

El viejo permaneci silencioso, sin poder contestar. Medit algn
tiempo y repuso:

--Si tal sucediese, si la empresa fracasase, le consolara  usted
el pensamiento de haber hecho cuanto dependa de su parte, y aun as,
algo se habra ganado: poner la primera piedra, sembrar, despus que
se desencadene la tempestad, algn grano acaso germine, sobreviva 
la catstrofe, salve la especie de la destruccin y sirva despus
de simiente para los hijos del sembrador muerto. El ejemplo puede
alentar  los otros que slo temen principiar.

Ibarra consider estas razones, vi su situacin y comprendi que,
con todo su pesimismo, el viejo tena mucha razn.

--Le creo  usted!--exclam estrechndole la mano.--No en vano
esperaba un buen consejo. Hoy mismo ir  franquearme con el cura,
que al fin y al cabo no me ha hecho ningn mal y que debe ser bueno,
pues no todos son como el perseguidor de mi padre. Tengo adems que
interesarle en favor de esa desgraciada loca y de sus hijos: confo
en Dios y en los hombres.

Despidise del viejo y, montando  caballo, parti.

--Atencin!--murmur el pesimista filsofo siguindole con la mirada;
observemos bien cmo desarrollar el destino la comedia que ha empezado
en el cementerio.

Esta vez estaba verdaderamente equivocado: la comedia haba empezado
mucho antes.






XXVI

LA VSPERA DE LA FIESTA


Estamos  diez de Noviembre, la vspera de la fiesta.

Saliendo de la monotona habitual, el pueblo se entrega  una actividad
incomparable en la casa, en la calle, en la iglesia, en la gallera y
en el campo: las ventanas se cubren de banderas y damascos de varios
colores; el espacio se llena de detonaciones y msica; el aire se
impregna y satura de regocijos.

Diferentes confituras de frutas del pas en dulceras de cristal
de alegres colores va ordenando la dalaga en una mesita, que cubre
blanco mantel bordado. En el patio pan pollos, cacarean gallinas,
gruen cerdos, espantados ante las alegras de los hombres. Los criados
suben y bajan llevando doradas vajillas, cubiertos de plata: aqu se
rie porque se rompe un plato, all se ren de la simple campesina: en
todas partes se manda, se cuchichea, se grita, se hacen comentarios,
conjeturas, ni animan unos  otros, y todo es confusin, ruido y
bullicio. Y todo este afn y toda esta fatiga es por el husped
conocido  desconocido; es para agasajar  cualquiera persona que
quizs no se haya visto jams, ni se dejar ya ms ver despus; para
que el forastero, el extranjero, el amigo, el enemigo, el filipino,
el espaol, el pobre, el rico salgan contentos y satisfechos; no se
les pide siquiera gratitud, ni se espera de ellos que no daen  la
hospitalaria familia durante  despus de la digestin. Los ricos,
los que han estado alguna vez en Manila, y han visto algo ms que los
otros, han comprado cerveza, champagne, licores, vinos y comestibles
de Europa, de lo que apenas probarn un bocado  bebern un trago. Su
mesa est aparejada gallardamente.

En medio est una gran pia artificial, muy bien imitada, en que clavan
palillos para dientes, primorosamente cortados por los presidiarios en
sus horas de descanso. Ya figuran un abanico, un ramillete de flores,
una ave, una rosa, una palma  unas cadenas, todo tallado de una sola
pieza de madera: el artista es un forzado, el instrumento es un mal
cuchillo y la inspiracin la voz del bastonero.--A los lados de esta
pia, que se llama palillera, levntanse sobre fruteros de cristal,
pirmides de naranjas, lanzones, ates, chicos y aun mangas [94] 
pesar de ser Noviembre. Despus, en anchos platones, sobre papeles
calados y pintados con brillantes colores, se presentan jamones de
Europa, de China, un pastel grande en forma de Agnus Dei  de paloma,
el Espritu santo tal vez, pavos rellenos, etctera, y entre stos
los aperitivos frascos de acharas [95] con caprichosos dibujos,
hechos de la flor de bonga y de otras legumbres y frutas, cortadas
artsticamente y pegadas con almbar  las paredes de los garrafones.

Lmpianse los globos de vidrio, que han venido heredndose de padres
 hijos; se hacen brillar los aros de cobre; se desnudan las lmparas
de petrleo de sus fundas rojas, que las libran de moscas y mosquitos
durante el ao y las hacen intiles; las almendras y colgantes de
cristal de formas prismticas bambolean, chocan armoniosamente, cantan,
parece que toman parte en la fiesta, se alegran y descomponen la luz,
reflejando sobre la blanca pared los colores del arco iris. Los nios
juegan, se divierten, persiguen los colores, tropiezan, rompen tubos,
pero esto no impide que contine la alegra de la fiesta: en otra
poca del ao lo contaran de diferente manera las lgrimas de sus
redondos ojos.

Al igual de estas venerandas lmparas, salen tambin de sus escondites
las labores de la joven: velos, hechos al crochet, alfombritas, flores
artificiales; aparecen antiguas bandejas de cristal, cuyo fondo figura
un lago en miniatura con pececitos, caimanes, moluscos, algas, corales
y rocas de vidrio de brillantes colores. Estas bandejas se cubren de
puros, cigarrillos y diminutos buyos, torcidos por delicados dedos de
las solteras.--El suelo de la casa brilla como un espejo; cortinas de
pia  jusi [96] adornan las puertas; de las ventanas cuelgan faroles
de cristal  de papel rosa, azul, verde  rojo: la casa se llena de
flores y tiestos colocados sobre pedestales de loza de China; hasta
los santos se engalanan, las imgenes y las reliquias se ponen de
fiesta, se les sacude el polvo, se limpian los cristales y cuelgan
de sus marcos ramilletes de flores.

En las calles, de trecho en trecho, se levantan caprichosos arcos de
caa labrada de mil maneras, llamados sinkaban, rodeados de kalushs
[97] cuya sola vista alegra ya el corazn de los muchachos. Alrededor
del patio de la iglesia, est el grande y costoso entoldado, sostenido
por troncos de caa, para que pase la procesin. Debajo de ste juegan
los chicos, corren, trepan, saltan y rompen las nuevas camisas que
deban lucir el da de la fiesta.

All, en la plaza, se ha levantado el tablado, escenario de caa,
nipa y madera: all dir maravillas la comedia de Tondo, y competir
con los dioses en milagros inverosmiles; all cantarn y bailarn
Marianito, Chananay, Balbino, Ratia, Carvajal, Yeyeng, Liceria, etc. El
filipino gusta del teatro y asiste con pasin  las representaciones
dramticas; oye silencioso el canto, admira el baile y la mmica,
no silba, pero tampoco aplaude. No le gusta la representacin? pues
masca su buyo  se marcha sin turbar  los otros que acaso encuentran
gusto en ello. Slo algunas veces alla el bajo pueblo, cuando los
autores besan  abrazan  las actrices, pero no pasa de ah. En otro
tiempo se representaba nicamente dramas; el poeta del pueblo compona
una pieza en que necesariamente haba de haber combates  cada dos
minutos, un jocoso (gracioso) y metamorfosis terrorficas. Pero desde
que los artistas de Tondo se pusieron  pelear cada quince segundos,
tuvieron dos jocosos y dieron en cosas ms inverosmiles an, mataron
 sus colegas provincianos. El gobernadorcillo era aficionado  ello,
y escogi de acuerdo con el cura, la comedia: El prncipe Villardo
 los esclavos arrancados de la infame cueva, pieza con magia y
fuegos artificiales.

De cuando en cuando, repican alegremente las campanas, aquellas mismas
campanas que diez das antes tan tristemente doblaban. Ruedas de fuego
y morteretes atruenan el aire: el pirotcnico filipino, que aprendi
su arte sin maestro alguno conocido, va  desplegar sus habilidades,
prepara toros, castillos de fuego con luces de bengala, globos de papel
inflados con aire caliente, ruedas de brillantes, bombas, cohetes, etc.

Resuenan lejanos acordes? pues ya corren los muchachos
precipitadamente hacia las afueras de la poblacin para recibir
 las bandas de msica. Son cinco las alquiladas, adems de tres
orquestas. La msica de Pagsanghan, propiedad del escribano, no
debe faltar, ni la del pueblo S. P. de T., clebre entonces porque la
diriga el maestro Austria, el vagabundo cabo Mariano, que lleva, segn
dicen, la fama y la armona en el estreno de su batuta. Los msicos
elogian su marcha fnebre El Sauce, y deploran que no hayan tenido
educacin musical, pues con su genio habra dado gloria  su pas.

La msica entra en el pueblo tocando alegres marchas, seguida de
chicos haraposos  medio desnudos: quien viste la camisa de su hermano,
quien los pantalones de su padre. Tan pronto como la msica ha cesado,
ya la saben de memoria, la tararean, la silban con rara afinacin,
y dan su juicio.

Entretanto van llegando en carromatas, calesas  coches los parientes,
los amigos, los desconocidos, los tahures con sus mejores gallos,
con sacos de oro, dispuestos  arriesgar sus fortunas sobre el tapete
verde  dentro de la rueda de la gallera.

--El alfrez tiene cincuenta pesos cada noche!--murmura un hombre
pequeito y rechoncho al odo de los recin llegados; capitn Tiago va
 venir y pondr banca; capitn Joaqun trae dieciocho mil. Habr liam
p: el chino Carlos lo pone con un capital de diez mil. De Tanauan,
Lipa y Batangas, as como de Santa Cruz, vienen grandes puntos. Va 
ser en grande! Va  ser en grande! Pero tomen ustedes chocolate. Este
ao no nos pelar capitn Tiago, como el pasado: no ha costeado ms
que tres misas de gracia y yo tengo un muty [98] de cacao. Y cmo
est la familia?

--Bien, bien! gracias!--contestaban los forasteros: y el padre
Dmaso?

--El padre Dmaso predicar por la maana y tallar con nosotros por
la noche.

--Mejor, mejor! No hay entonces peligro ninguno!

--Seguros, estamos seguros! El chino Carlos suelta adems!

Y el hombre rechoncho hace con sus dedos un ademn, como quien
cuenta monedas.

Fuera del pueblo, los montaeses, los kasam, se ponen sus mejores
trajes para llevar  casa de los socios capitalistas bien cebadas
gallinas, jabales, venados, aves; stos cargan en los pesados carros
lea, aqullos frutas, plantas areas, las ms raras que crecen en
el bosque: otros llevan big [99] de anchas hojas, tikas tikas [100]
con flores de color de fuego para adornar las puertas de las casas.

Pero donde reina la mayor animacin, que ya raya en tumulto, es
all sobre una especie de ancha meseta  algunos pasos de la casa
de Ibarra. Rechinan poleas, yense gritos, el ruido metlico de la
piedra que se pica, el martillo que clava un clavo, el hacha que labra
la viga. Cava la tierra una muchedumbre y abre un ancho y profundo
foso; otros ponen en fila piedras sacadas de las canteras del pueblo,
descargan carros, amontonan arena, disponen tornos y cabrestantes...

--Aqu! all eso! Vivo!--gritaba un viejecillo de fisonoma animada
 inteligente, que tena por bastn un metro con cantos de cobre, al
cual va arrollada la cuerda de una plomada. Era el maestro de obras,
or Juan, arquitecto, albail, carpintero, blanqueador, cerrajero,
picapedrero y en ocasiones escultor.

--Es menester terminarlo ahora mismo! Maana no se puede trabajar
y pasado maana es la ceremonia! Vivo!

--Haced el hoyo de manera que se adapte justamente con este
cilindro!--deca  unos picapedreros que pulimentaban una grande
piedra cuadrangular; dentro de esto se conservarn nuestros nombres.

Y repeta  cada nuevo forastero que se acercaba lo que ya mil veces
haba dicho.

--Sabis lo que vamos  construir? Pues es una escuela, modelo en su
gnero, como las de Alemania, mejor an! El plano lo ha trazado el
arquitecto seor R., y yo, yo dirijo la obra! S, seor, ved, esto
va  ser un palacio con dos alas: una para los nios y otra para las
nias. Aqu en medio un gran jardn con tres surtidores: all, en los
costados, arboledas, pequeas huertas para que los chicos siembren y
cultiven plantas en las horas de recreo, aprovechen el tiempo y no lo
malgasten. Ved cmo los cimientos son profundos! Tres metros sesenta
y cinco centmetros! El edificio va  tener bodegas, subterrneos,
calabozos para los desaplicados, cerca, muy cerca de los juegos
y del gimnasio para que los castigados oigan cmo los diligentes
se divierten. Veis ese grande espacio? Eso ser la explanada para
correr y saltar al aire libre. Las nias tendrn jardn con bancos,
columpios, alamedas para el juego de la comba [101], surtidores,
pajareras, etc. Esto va  ser magnfico!

Y or Juan se frotaba las manos, pensando en la fama que iba 
adquirir. Vendran los extranjeros para verlo y preguntaran:--Quin
es el gran arquitecto que ha construdo esto?--No lo sabis? Parece
mentira que no conozcis  or Juan. Sin duda vens de muy
lejos!--contestaran todos.

Con estos pensamientos iba de un extremo  otro, inspeccionndolo
todo y pasando revista  todo.

--Encuentro demasiada madera para una cabria!--deca  un hombre
amarillo que diriga algunos trabajadores: yo tendra bastante con tres
largos trozos que formen trpode y otros tres los que sujeten entre s.

--Ab! [102]--contest el hombre amarillo sonriendo de un modo
particular;--cuanto ms aparato demos  la obra, tanto mayor efecto
conseguiremos. El conjunto tendr ms aspecto, ms importancia,
y dirn: Cunto se ha trabajado! Veris, veris qu cabria levanto
yo! Y luego la adornar de banderolas, guirnaldas de hojas y flores
... diris despus que habis tenido razn en admitirme entre vuestros
trabajadores, y el seor Ibarra no podr desear ms.

Y el hombre rea y sonrea: or Juan sonrea tambin y mova la cabeza.

A alguna distancia de all se vean dos kioscos unidos entre s por
una especie de emparrado cubierto de hojas de pltano.

El maestro de escuela, con unos treinta muchachos, tejan coronas,
sujetaban banderas  los delgados pilares de caa, cubiertos de lienzo
blanco abollonado.

--Procurad que las letras estn bien escritas!--deca  los que
dibujaban inscripciones; el alcalde va  venir, muchos curas asistirn,
acaso el Capitn General, que est en la provincia! Si ellos ven
que dibujis bien, tal vez os alaben.

--Y nos regalen una pizarra?...

--Quin sabe! pero el seor Ibarra ya ha pedido una  Manila. Maana
llegarn algunas cosas, que se repartirn entre vosotros como
premios... Pero, dejad esas flores en el agua, maana haremos los
ramilletes, traeris ms flores, porque es menester que la mesa est
cubierta de ellas; las flores alegran la vista.

--Mi padre traer maana flores de bain [103] y un cesto de sampagas.

--El mo ha trado tres carretones de arena y no ha recibido pago.

--Mi to ha prometido pagar un maestro! aada el sobrino de capitn
Basilio.

En efecto, el proyecto haba encontrado eco casi en todos. El
cura haba pedido apadrinar y bendecir l mismo la colocacin de
la primera piedra, ceremonia que tendra lugar el ltimo da de la
fiesta, siendo una de sus mayores solemnidades. El mismo coadjutor
se haba acercado tmidamente  Ibarra, ofrecindole cuantas misas
le pagasen los devotos hasta la conclusin del edificio. An ms;
la hermana Rufa, la rica y econmica mujer, dijo que si llegaba 
faltar dinero, ella recorrera algunos pueblos para pedir limosna,
con la nica condicin de que le pagasen el viaje y los alimentos,
etc. Ibarra le di las gracias y respondi:

--No sacaramos gran cosa, pues ni yo soy rico ni este edificio es
una iglesia. Adems, no he prometido levantarlo  costa de los otros.

Los jvenes, los estudiantes que venan de Manila para celebrar la
fiesta, le admiraban y le tomaban por prototipo; pero, como sucede casi
siempre, cuando queremos imitar  los hombres notables, slo imitamos
sus pequeeces, cuando no sus defectos, porque de otra cosa no somos
capaces, y muchos de estos admiradores se fijaban en la manera como
el joven haca el lazo de su corbata, otros en la forma del cuello
de la camisa y no pocos en el nmero de los botones de su americana
y chaleco.

Los funestos presentimientos del viejo Tasio parecan haberse
disipado para siempre. As se lo manifest Ibarra un da, pero el
viejo pesimista contest:

--Recuerde usted lo que dice Baltasar:


        Kung ang isalbong sa iyong pagdating
        Ay masayang mukh 't may pakitang giliu,
        Lalong pag ingata 't kaauay na li him... [104]


Baltasar era tan buen poeta como pensador.

Estas y otras cosas ms pasaban en la vspera, antes de ponerse el sol.






XXVII

Al anochecer


En casa de capitn Tiago se haban hecho tambin muy grandes
preparativos. Conocemos al dueo; su aficin al fausto y su orgullo
de manileo deban humillar en esplendidez  los provincianos. Otra
razn haba adems que le obligaba  procurar eclipsar  los otros:
tena  su hija Mara Clara, y estaba all su futuro yerno que slo
haca hablar de l.

En efecto: uno de los ms serios peridicos de Manila le haba dedicado
un artculo en su primera plana, titulado: Imitadle! colmndole de
elogios y dndole algunos consejos. Le haba llamado el ilustrado joven
y rico capitalista; dos lneas ms abajo, el distinguido filntropo;
en el siguiente prrafo el alumno de Minerva que haba ido  la madre
patria para saludar al genuino suelo de las artes y ciencias y un
poco ms abajo el espaol filipino, etc., etc. Capitn Tiago arda
en generosa emulacin y pensaba que tal vez fuese tambin su deber
levantar  su costa un convento.

Das antes haban llegado  la casa, que habitaban Mara Clara y su
ta Isabel, multitud de cajas de comestibles y bebidas de Europa,
espejos colosales, cuadros y el piano de la joven.

Capitn Tiago lleg el mismo da de la vspera: al besarle su hija
la mano, l le regal un hermoso relicario de oro con brillantes y
esmeraldas, conteniendo una astilla de la barca de San Pedro, donde
se haba sentado Nuestra Seora durante la pesca.

La entrevista con el futuro yerno no poda ser ms cordial; se habl
naturalmente de la escuela. Capitn Tiago quera que se llamase
escuela de San Francisco.

--Crame usted,--deca;--San Francisco es un buen patrn. Si usted
la llama escuela de Instruccin primaria, no haga usted nada. Quin
es instruccin primaria?

Llegaron algunas amigas de Mara Clara y la invitaron  salir  paseo.

--Pero vuelve pronto,--dijo capitn Tiago  su hija que le peda su
permiso;--ya sabes que esta noche cena con nosotros el padre Dmaso
que acaba de llegar.

Y volvindose  Ibarra que se haba puesto pensativo, aadi:

--Cene usted tambin con nosotros; en su casa estar usted solo.

--Con muchsimo gusto, pero debo estar en casa por si vienen
visitas,--contest balbuceando el joven, esquivando la mirada de
Mara Clara.

--Traiga usted  sus amigos,--replic frescamente capitn Tiago;--en
mi casa siempre hay comida abundante. Quisiera adems que usted y el
padre Dmaso se entendiesen...

--Ya habr tiempo para eso!--contest Ibarra sonriendo con sonrisa
forzada y se dispuso  acompaar  las jvenes.

Bajaron las escaleras.

Mara Clara iba en medio de Victoria  Iday; la ta Isabel segua
detrs.

La gente se apartaba respetuosa para abrirles camino. Mara Clara
iba sorprendente de belleza: su palidez haba desaparecido y si sus
ojos seguan pensativos, su boca, por el contrario, slo pareca
conocer la sonrisa. Con esa amabilidad de la doncella feliz saludaba
 los antiguos conocidos de su niez, hoy admiradores de su dichosa
juventud. En menos de quince das haba vuelto  recobrar aquella
franca confianza, aquella charla infantil que parecan haberse
aletargado entre los estrechos muros del beaterio: dirase que la
mariposa al dejar el capullo reconoca todas las flores; le bast
volar un momento y calentarse  los dorados rayos del sol para perder
la rigidez de la crislida. La nueva vida se reflejaba en todo el sr
de la joven: todo lo encontraba bueno y bello; manifestaba su amor
con esa gracia virginal que no viendo ms que pensamientos puros,
no conoce el por qu de los falsos rubores. Sin embargo, se cubra el
rostro con el abanico cuando le daban una alegre broma, pero entonces
sus ojos sonrean y un ligero estremecimiento recorra todo su sr.

Las casas principiaban  iluminarse, y en las calles, que recorra
la msica, encendanse las araas de caa y madera, imitacin de las
de la iglesia.

Desde la calle, al travs de las abiertas ventanas, se vea  la gente
bullir en las casas, en una atmsfera de luz y perfumes de las flores,
 los acordes del piano, arpa  orquesta. Cruzaban las calles chinos,
espaoles, filipinos, y stos ya vistiendo el traje europeo, ya el del
pas. Andaban confundidos codendose y empujndose criados cargando
carne y gallinas, estudiantes vestidos de blanco, hombres y mujeres,
exponindose  ser atropellados por coches y calesas, que  pesar
del tab [105] de los conductores, difcilmente se abran paso.

Delante de la casa de Cpn. Basilio, algunos jvenes saludaron
 nuestros conocidos y los invitaron  que visitaran la casa. La
alegre voz de Sinang que descenda las escaleras corriendo puso fin
 toda escusa.

--Subid un momento para que yo pueda salir con vosotras,--deca.--Me
aburre estar entre tantos desconocidos, que slo hablan de gallos
y barajas.

Subieron.

La sala estaba llena de gente. Algunos se adelantaron para saludar
 Ibarra cuyo nombre era conocido de todos; contemplaban extasiados
la hermosura de Mara Clara, y algunas viejas murmuraban mientras
mascaban buyo: Parece la Virgen!

All tuvieron que tomar chocolate. Capitn Basilio se haba hecho
ntimo amigo y defensor de Ibarra desde el da de campo. Supo por el
telegrama, regalado  su hija Sinang, que estaba enterado de que el
pleito haba sido sentenciado  su favor, por lo cual, no queriendo
dejarse vencer en generosidad, trataba de anular lo del juego de
ajedrez. Pero, no consintiendo Ibarra en ello, capitn Basilio propuso
que el dinero con que deba pagar las costas, se emplease en pagar 
un maestro en la futura escuela. A consecuencia de esto, el orador
empleaba su oratoria para que los otros contrarios desistiesen de
sus extraas pretensiones y les deca:

--Creedme: en los pleitos el que gana se queda sin camisa!

Pero no llegaba  convencer  nadie,  pesar de citar  los romanos.

Despus de tomar el chocolate, nuestros jvenes tuvieron que oir el
piano, tocado por el organista del pueblo.

--Cuando le oigo en la iglesia,--deca Sinang sealndole,--me dan
ganas de bailar; ahora que toca el piano se me ocurre rezar. Por esto
me marcho con vosotras.

--Quiere usted venir con nosotros esta noche?--preguntaba capitn
Basilio al odo de Ibarra al despedirse:--el P. Dmaso va  poner
una pequea banca.

Ibarra se sonri y contest con un movimiento de cabeza que tanto
equivala  un s como  un no.

--Quin es se? pregunt Mara Clara  Victoria sealando con una
rpida mirada  un joven que las segua.

--Ese... se es un primo mo, contest algo turbada.

--Y el otro?

--Ese no es primo mo,--contest vivamente Sinang;--es un hijo de
mi ta.

Pasaron por delante de la casa parroquial, que por cierto no era de las
menos animadas. Sinang no pudo contener una exclamacin de asombro al
ver que ardan las lmparas, de una forma antiqusima, que el P. Salv
no dejaba nunca encender por no gastar petrleo. Oanse gritos y
sonoras carcajadas, vease  los frailes andar lentamente moviendo
 comps la cabeza y el grueso puro que adornaba sus labios. Los
seglares que entre ellos estaban procuraban imitar cuanto hacan
los buenos religiosos. Por el traje europeo que vestan deban ser
empleados  autoridades en la provincia.

Mara Clara distingui los redondos contornos del P. Dmaso al lado
de la correcta silueta del P. Sibyla. Inmvil en su sitio estaba el
misterioso y taciturno P. Salv.

--Est triste!--observ Sinang;--piensa en lo que le van 
costar tantas visitas. Pero ya veris como no lo paga l, sino los
sacristanes. Sus visitas siempre comen en otra parte.

--Sinang!--le reprende Victoria.

--No le puedo sufrir desde que rompi la Rueda de la Fortuna; yo ya
no me confieso con l.

Entre todas las casas, se distingua una que ni estaba iluminada,
ni tena las ventanas abiertas: era la del alfrez. Extrase de ello
Mara Clara.

--La bruja! la Musa de la Guardia Civil, como dice el
viejo! exclam la terrible Sinang. Qu tiene ella que ver con nuestras
alegras? Estar rabiando! Deja que venga el clera y vers como da
un convite.

--Pero, Sinang!--vuelve  reprender su prima.

--Nunca la he podido sufrir y menos desde que turb nuestra fiesta
con sus guardias civiles. A ser yo arzobispo, la casaba con el
P. Salv... vera qu hijitos! Mira que hacer prender al pobre piloto,
que se arroj al agua por complacer...

No pudo concluir la frase: en el ngulo de la plaza donde un ciego
cantaba al sn de una guitarra el romance de los peces, se presentaba
un raro espectculo.

Era un hombre cubierto con un ancho salakot de hojas de palma,
y vestido miserablemente. Consista su traje en una levita, hecha
jirones, y unos calzones anchos, como los de los chinos, rotos
en diferentes sitios. Miserables sandalias calzaban sus pies. Su
rostro quedaba todo en sombras gracias  su salakot, pero de
aquellas tinieblas partan de cuando en cuando dos fulgores, que se
apagaban al instante. Era alto y por sus movimientos deba creerse
que era joven. Depositaba un cesto en tierra, y se alejaba despus
pronunciando sonidos extraos, incomprensibles; permaneca de pie,
completamente aislado, como si l y la muchedumbre se esquivasen
mutuamente. Entonces, acercbanse algunas mujeres  su cesta,
depositaban frutas, pescado, arroz, etc. Cuando ya no haba nadie que
se acercase, salan de aquellas sombras otros sonidos ms tristes,
pero menos lastimeros, accin de gracias tal vez; recoga su cesta
y se alejaba para repetir lo mismo en otro sitio.

Mara Clara presinti all una desgracia y pregunt, llena de inters,
por aquel extrao sr.

--Es el leproso,--contest Iday.--Hace cuatro aos ha contrado esa
enfermedad: unos dicen por cuidar  su madre, otros por haber estado
en la hmeda prisin. Vive all en el campo, cerca ya del cementerio
de los chinos; no se comunica con nadie, todos huyen de l por temor
de contagiarse. Si vieras su casita! Es la casita de Giring-giring
[106]: el viento, la lluvia y el sol entran y salen como la aguja en la
tela. Le han prohibido tocar nada que perteneciese  la gente. Un da
cay un chiquillo en el canal, el canal no era profundo, pero l, que
pasaba cerca, le ayud  salir de all. Spolo el padre, se quej al
gobernadorcillo, y ste le mand dar seis azotes en medio de la calle,
quemando despus el bejuco. Aquello era atroz! el leproso corra
huyendo, el azotador le persegua y el gobernadorcillo le gritaba:
Aprende! ms vale que uno se ahogue que no que enferme como t.

--Es verdad!--murmur Mara Clara.

Y sin darse cuenta de lo que haca, acercse rpidamente  la cesta del
desgraciado y deposit en ella el relicario que acababa de regalarle
su padre.

--Qu has hecho?--le preguntaron sus amigas.

--No tena otra cosa!--contest disimulando con una risa las lgrimas
de sus ojos.

--Y qu va l  hacer con tu relicario?--le dijo Victoria.--Un da le
dieron dinero, pero con una caa le alej de s: para qu lo quera
si nadie acepta nada que venga de l? Si el relicario pudiera comerse!

Mara Clara mir con envidia  las mujeres que vendan comestibles,
y se encogi de hombros.

Pero el lazarino se acerc  la cesta, cogi la alhaja que brill entre
sus manos, se arrodill, la bes y despus descubrindose hundi la
frente en el polvo que la joven haba pisado.

Mara Clara ocult el rostro detrs de su abanico y se llev el
pauelo  los ojos.

Entretanto se haba acercado una mujer al desgraciado que pareca
orar. Traa la larga cabellera suelta y desgreada, y  la luz de
los faroles se vieron las facciones extremadamente demacradas de la
loca Sisa.

Al sentir su contacto, el lazarino solt un grito y se levant de un
salto. Pero la loca se agarr  su brazo, con gran horror de la gente,
y deca:

--Recemos, recemos! Hoy es el da de los muertos! Esas luces son
las vidas de los hombres; recemos por mis hijos!

--Separadla, separadlos! que se va  contagiar la loca!--gritaba
la multitud, pero nadie se atreva  acercarse.

--Ves aquella luz en la torre? Aquella es mi hijo Basilio que
baja por una cuerda! Ves aquella all en el convento? Aquella es mi
hijo Crispn, pero yo no voy  verlos porque el cura est enfermo y
tiene muchas onzas, y las onzas se pierden. Recemos, recemos por el
alma del cura! Yo le llevaba amargoso y zarzalidas; mi jardn estaba
lleno de flores, y tena dos hijos. Yo tena jardn, cuidaba flores,
y tena dos hijos!

Y soltando al lazarino se alej cantando:

Yo tena jardn y flores, yo tena hijos, jardn y flores!

--Qu has podido hacer por esa pobre mujer?--pregunt Mara Clara
 Ibarra.

--Nada; estos das haba desaparecido del pueblo y no se la poda
encontrar!--contest medio confuso el joven.--He estado adems muy
ocupado, pero no te aflijas; el cura se interesa mucho por ella!

--No deca el alfrez que hara buscar  los nios?

--S, pero entonces estaba un poco... bebido!

Apenas acabada de decir esto, cuando vieron  la loca, arrastrada
ms bien que conducida por un soldado: Sisa opona resistencia.

--Por qu la prendis? Qu ha hecho?--pregunt Ibarra.

--Qu? No habis visto cmo ha alborotado?--contest el custodio
de la pblica tranquilidad.

El lazarino recogi precipitadamente su cesto y se alej.

Mara Clara quiso retirarse, pues haba perdido la alegra y el
buen humor.

--Tambin hay gentes que no son felices!--murmuraba.

Al llegar  la puerta de su casa, sinti aumentar su tristeza al ver
que su novio se negaba  subir y se despeda.

--Es necesario!--deca el joven.

Mara Clara subi las escaleras pensando en lo aburridos que son los
das de fiesta, cuando vienen las visitas de los forasteros.






XXVIII

CORRESPONDENCIAS

                        Cada cual habla de la feria segn le va en ella.


No habiendo sucedido nada importante para nuestros personajes, ni en
la noche de la vspera ni al siguiente da, saltaramos gustosos al
ltimo, si no considersemos que acaso algn lector extranjero desee
conocer cmo celebran sus fiestas los filipinos. Para esto copiaremos
al pie de la letra varias cartas, una de ellas la del corresponsal
de un serio y distinguido peridico de Manila, venerable por su tono
y alta severidad. Nuestros lectores rectificarn algunas ligeras y
naturales inexactitudes.

El digno corresponsal del noble peridico escriba as:


        Sr. Director...

    Mi distinguido amigo: Jams presenci, ni espero ver en
    provincias, fiesta religiosa tan solemne, esplndida y conmovedora
    como la que se celebra en este pueblo por los M. M. R. R. y
    virtuosos P. P. Franciscanos.

    La concurrencia es grandsima; aqu he tenido la felicidad de
    saludar  casi todos los espaoles, residentes en esta provincia,
     tres R. R. P. P. Agustinos de la Provincia de Batangas,  dos
    R. R. P. P. Dominicos, uno de ellos el M. R. P. Fr. Hernando de
    la Sibyla, que con su presencia ha venido  honrar este pueblo, lo
    cual no deben olvidar jams sus dignos habitantes. He visto tambin
     gran nmero de principales de Cavite, Pampanga,  muchos ricos
    de Manila, y muchas bandas de msica, entre ellas la refinadsima
    de Pagsanghan, propiedad del escribano, don Miguel Guevara, y 
    multitud de chinos  indios, que con la curiosidad que caracteriza
     los primeros y religiosidad de los ltimos, esperaban con ansia
    el da en que haba de celebrarse la solemne fiesta, para asistir
    al espectculo cmico-mmico-lrico-coreogrfico-dramtico,
    para cuyo fin se haba levantado un grande y espacioso tablado
    en medio de la plaza.

    A las nueve de la noche del da diez, la vspera de la fiesta,
    despus de la oppara cena con que nos obsequi el Hermano mayor,
    llamaron la atencin de cuantos espaoles y frailes estbamos en
    el convento, los acordes de dos msicas que con acompaamiento de
    apiada multitud y al ruido de cohetes y bombazos, y precedidas
    por los principales del pueblo, venan al convento para sacarnos
    y conducirnos al sitio preparado y destinado para nosotros  fin
    de presenciar el espectculo.

    Tuvimos que ceder  tan galante ofrecimiento, por ms que yo
    hubiera preferido descansar en los brazos de Morfeo y dar grato
    reposo  mis doloridos miembros, gracias  las sacudidas del
    vehculo que nos proporcion el gobernadorcillo del pueblo de B.

    Bajamos, pues, y fuimos  buscar  nuestros compaeros que cenaban
    en la casa que aqu tiene el piadoso y opulento don Santiago de
    los Santos. El cura del pueblo, el M. R. P. Fr. Bernardo Salv, y
    el M. R. P. Fr. Dmaso Verdolagas, que ya est por especial favor
    del Altsimo restablecido de la dolencia, que mano impa sobre
    l causara, en compaa del M. R. P. Fr. Hernando de la Sibyla
    y el virtuoso cura de Tenauan, con otros espaoles ms, eran los
    invitados en casa del Creso filipino. All hemos tenido la dicha
    de admirar, no solamente el lujo y el buen gusto de los dueos
    de la casa, que no es comn entre los naturales, sino tambin
     la preciosa, bellsima y rica heredera, que demostr ser una
    consumada discpula de Santa Cecilia tocando en su elegante piano,
    con una maestra que me hizo recordar  la Glvez, las mejores
    composiciones alemanas  italianas. Lstima que tan perfecta
    seorita sea tan excesivamente modesta y oculte sus mritos  la
    sociedad que para ella slo tiene admiraciones. No debo dejar en
    el tintero que en casa del anfitrin nos hicieron tomar champaa
    y finos licores, con la profusin y esplendidez que caracterizan
    al capitalista conocido.

    Asistimos al espectculo. Ya conoce usted  nuestros artistas
    Ratia, Carvajal y Fernndez; sus gracias slo fueron comprendidas
    por nosotros, pues la clase no ilustrada no pesc de ello ni
    una jota. Chananay y Balbino, bien, aunque algo ronquillos:
    el ltimo solt un pollito, pero en conjunto y buena voluntad
    admirables. A los indios, sobre todo el gobernadorcillo, gust
    mucho la comedia tagala: este ltimo se frotaba las manos y
    nos deca que era una lstima que no hubiesen hecho pelear 
    la princesa con el gigante que la haba robado, lo cual en su
    opinin habra sido ms maravilloso, y ms, si el gigante llegaba
     ser invulnerable menos en el ombligo, como un tal Ferrags de
    que habla la historia de los Doce Pares. El M. R. P. Fr. Dmaso,
    con esa bondad de corazn que le distingue, participaba de la
    opinin del gobernadorcillo y aada que en tal caso la princesa
    ya se arreglara para descubrirle al gigante su ombligo y darle
    el golpe de gracia.

    Excuso decirle que durante el espectculo no permiti que faltase
    nada la amabilidad del Rothschildt filipino: sorbetes, limonadas
    gaseosas, refrescos, dulces, vinos, etctera, etc. corran con
    profusin entre los que estbamos all. Notse mucho y con razn
    la ausencia del conocido  ilustrado joven don Juan Crisstomo
    Ibarra que, como usted sabe, debe maana presidir la bendicin de
    la primera piedra para el gran monumento que tan filantrpicamente
    hace levantar. Este digno descendiente de los Pelayos y Elcanos
    (porque, segn he sabido, uno de sus abuelos paternos es de
    nuestras heroicas y nobles provincias del Norte, acaso uno de los
    primeros compaeros de Magallanes  Legaspi) tampoco se ha dejado
    ver en el resto del da,  causa de un pequeo malestar. Su nombre
    corre de boca en boca y slo lo pronuncian con alabanzas que no
    pueden menos de redundar en gloria de Espaa y de los legtimos
    espaoles como nosotros, que no desmentimos jams nuestra sangre,
    por mezclada que pudiese estar.

    Hoy, 11, por la maana, presenciamos un espectculo altamente
    conmovedor. Este da, como es pblico y notorio, es la
    fiesta de la Virgen de la Paz, y la celebran los Hermanos del
    Smo. Rosario. Maana ser la fiesta del Patrn San Diego y toman
    parte en ella principalmente los Hermanos de la V. O. T. Entre
    estas dos corporaciones hay una emulacin piadosa para servir
     Dios, y esta piedad llega hasta el extremo de provocar
    santos disgustos entre ambas, como lo sucedido ltimamente por
    disputarse el gran predicador de reconocida fama, el tantas veces
    nombrado M. R. P. Fr. Dmaso, que ocupar maana la ctedra del
    Espritu Santo con un sermn que ser, segn creencia general,
    un acontecimiento religioso y literario.

    Pues, como bamos diciendo, presenciamos un espectculo
    altamente edificante y conmovedor. Seis jvenes religiosos,
    tres que deban decir misa y los otros tres de aclitos,
    salieron de la sacrista, y postrados ante el altar, enton
    el celebrante, que era el M. R. P. Fr. Hernando de la Sibyla,
    el Surge Dmine, con que deba empezar la procesin al rededor
    de la iglesia, con aquella magnfica voz y religiosa uncin que
    todo el mundo le reconoce y le hacen tan digno de la admiracin
    general. Terminado el Surge Dmine, el gobernadorcillo, vestido de
    frac, con el guin, seguido de cuatro aclitos con incensarios,
    empez la procesin. Tras ellos venan los ciriales de plata,
    la municipalidad, las preciosas imgenes vestidas de raso y oro,
    representando  Santo Domingo, San Diego y la Virgen de la Paz
    con un magnfico manto azul con planchas de plata dorada, regalo
    del virtuoso exgobernadorcillo, muy digno de imitarse y nunca
    suficientemente nombrado, don Santiago de los Santos. Todas estas
    imgenes iban en carros de plata. Tras la madre de Dios venamos
    los espaoles y los otros religiosos: el oficiante iba protegido
    por un palio que llevaban los cabezas de barangay, y cerraba la
    procesin el benemrito cuerpo de la guardia civil. Creo intil
    decir que una multitud de indios formaban las dos filas de la
    procesin, llevando con gran piedad cirios encendidos. La msica
    tocaba religiosas marchas; repetidas salvas hacan bombas y ruedas
    de fuego. Causa admiracin ver la modestia y fervor que estos actos
    inspiran en el corazn de los creyentes, la fe pura y grande que 
    la Virgen de la Paz profesan, la solemnidad y ferviente devocin
    con que tales solemnidades celebramos los que tuvimos la dicha
    de nacer bajo el sacrosanto  inmaculado pabelln de Espaa.

    Terminada la procesin, se di principio  la misa ejecutada
    por la orquesta y los artistas del teatro. Despus del Evangelio,
    subi al plpito el M. R. P. fray Manuel Martn, agustino que ha
    venido de la provincia de Batangas, el cual ha tenido absorto y
    pendiente de su palabra  todo el auditorio y principalmente 
    los espaoles en el exordio en castellano, que dijo con valenta y
    frases tan fcilmente tradas y adecuadas, que llenaban nuestros
    corazones de fervor y entusiasmo. Esta palabra, pues, es lo que
    debe darse  lo que se siente  sentimos cuando se trata de la
    Virgen y de nuestra querida Espaa, y sobre todo cuando pueden
    intercalarse en el texto, puesto que la materia se presta, las
    ideas de un prncipe de la Iglesia, el seor Monescillo [107],
    que son con seguridad las de todos los espaoles.

    Concluda la misa subimos todos al convento juntamente con los
    principales del pueblo y otras personas de importancia, donde
    fueron muy bien obsequiados con la finura, atencin y prodigalidad
    que caracterizan al M. R. P. fray Salv, ofrecindoles cigarros
    y un fuerte tente-en-pie que el Hermano mayor haba preparado
    debajo del convento, para todo el que necesitase acallar las
    necesidades de su estmago.

    Durante el da no falt nada para hacer alegre la fiesta y
    para conservar la animacin caracterstica de los espaoles,
    que en ocasiones tales no pueden contenerse, demostrando ya en
    canciones  bailes, ya en otras sencillas y alegres distracciones,
    que tienen corazn noble y fuerte, que las penas no les abaten y
    que basta se reunan en un sitio dado tres espaoles para que la
    tristeza y malestar de all se ausenten. Rindise, pues, culto
     Terpscore en muchas casas, pero principalmente en la del
    ilustrado millonario filipino,  donde fuimos todos invitados
     comer. Excuso decirle  usted que el banquete, oppara y
    brillantemente servido, fu la segunda edicin de las bodas de
    Can  Camacho, corregida y aumentada. Mientras gozbamos de los
    placeres de la buclica que diriga un cocinero de la Campana,
    tocaba la orquesta armoniosas melodas. La hermossima seorita
    de la casa luca un traje de mestiza y una cascada de brillantes,
    y fu como siempre la reina de la fiesta. Todos deploramos en el
    fondo de nuestra alma que una ligera torcedura de su lindo pie la
    haya privado de los placeres del baile, pues si hemos de juzgar
    por lo que sus perfecciones en todo demuestran, la seorita de
    los Santos debe bailar como una slfide.

    El alcalde de la provincia ha llegado esta tarde con objeto de
    solemnizar con su presencia la ceremonia de maana. Ha deplorado el
    malestar del distinguido propietario seor Ibarra, que, gracias
     Dios, segn se nos ha dicho, ya est mejor.

    Esta noche hubo procesin solemne, pero de esto le hablar en
    mi carta de maana, porque, adems de los bombazos que me han
    aturdido y vuelto algo sordo, estoy muy cansado y me caigo de
    sueo. Mientras, pues, recupero fuerzas en los brazos de Morfeo 
    sea en el catre del convento, deseo  usted, mi distinguido amigo,
    buenas noches y hasta maana, que ser el gran da.


        Su affmo. amigo q. b. s. m.

        San Diego, 11 de Noviembre.

        El corresponsal.


Esto escriba el bueno del corresponsal. Veamos ahora qu escriba
capitn Martn  su amigo Luis Chiquito:


    Querido Choy: Ven corriendo, si puedes, que la fiesta es muy
    alegre; figrate que capitn Joaqun est casi desbancado:
    capitn Tiago le ha doblado tres veces y las tres en puertas,
    con lo que Cabezang Manuel, el dueo de la casa, se vuelve cada
    vez ms pequeo de alegra. El padre Dmaso rompi de un puetazo
    una lmpara porque hasta ahora no ha ganado una carta; el cnsul
    ha perdido en sus gallos y en la banca todo lo que nos ha ganado
    en la fiesta de Biang y en la del Pilar de Santa Cruz.

    Esperbamos que capitn Tiago nos trajese  su futuro yerno,
    el rico heredero de don Rafael, pero parece que quiere imitar 
    su padre, porque ni siquiera se ha dejado ver. Lstima! Parece
    que no ser nunca de provecho.

    El chino Carlos est haciendo una grande fortuna con el liam-p;
    sospecho que lleva algo oculto, tal vez un imn: se queja
    continuamente de dolores de cabeza que lleva vendada, y cuando
    el cubo del liam-p se pra poco  poco, entonces se inclina casi
    hasta tocarle, como si lo quisiese observar bien. Estoy escamado,
    porque s otras historias parecidas.

    Adis, Choy; mis gallos van bien y mi mujer est alegre y se
    divierte.


        Tu amigo

        Martn Aristorenas.


Ibarra haba recibido tambin un billetito perfumado, que Andeng,
la hermana de leche de Mara Clara, le haba entregado  la noche
del primer da de la fiesta. El billete deca:


    Crisstomo: Hace ms de un da que no te dejas ver; he odo
    que ests algo enfermo, he rezado por t y encendido dos cirios
    por ms que pap dice que no ests enfermo de gravedad. Anoche
    y hoy me han aburrido mandndome tocar el piano  invitndome 
    bailar No saba que hubiese tantos fastidiosos en la tierra! Si
    no fuera por el padre Dmaso, que procura distraerme contando y
    dicindome muchas cosas, me habra encerrado en mi alcoba para
    dormir. Escrbeme qu tienes, pues dir  pap que te visite. Por
    ahora, te envo  Andeng, para que te haga t: ella lo sabe cocer
    bien y acaso mejor que tus criados.


        Mara Clara.


    P. D. Si no vienes maana, no ir  la ceremonia. Vale.






XXIX

LA MAANA


Las bandas de msica tocaron diana  los primeros albores de la aurora,
despertando con aires alegres  los fatigados vecinos del pueblo. La
vida y la animacin renacieron, las campanas volvieron  repicar y
las detonaciones comenzaron.

Era el ltimo da de la fiesta, era verdaderamente la fiesta
misma. Se esperaba ver mucho ms que el da anterior. Los hermanos
de la V. O. T. eran ms numerosos que los del Santsimo Rosario,
y los cofrades sonrean piadosamente, seguros de humillar  sus
rivales. Haban comprado mayor nmero de velas: los chinos cereros
hicieron su agosto, y en agradecimiento pensaban bautizarse, por ms
que algunos aseguraban que no era fe en el catolicismo, sino por el
deseo de tomar mujer. Pero  esto respondan las piadosas mujeres:

--Aunque as fuera, el casarse tantos chinos  la vez no dejara de
ser un milagro, y ya les convertiran sus esposas.

La gente se puso los mejores trajes; salieron de sus cajitas todas las
alhajas. Los tahures y los jugadores mismos lucieron camisas bordadas
con botones de gruesos brillantes, pesadas cadenas de oro y blancos
sombreros de jipijapa. Slo el viejo filsofo segua como siempre:
la camisa de sinamay [108] con rayas obscuras, abotonada hasta el
cuello, zapatos holgados y ancho sombrero de fieltro color de ceniza.

--Est usted hoy ms triste que nunca!--le dijo el teniente
mayor;--no quiere usted que nos alegremos de vez en cuando, puesto
que tenemos mucho que llorar?

--Alegrarse no quiere decir cometer locuras!--contest el viejo.--Es
la insensata orga de todos los aos! Y todo por qu? Malgastar
el dinero cuando hay tantas miserias y necesidades! Ya lo entiendo,
es la orga, es la bacanal para apagar las lamentaciones de todos!

--Ya sabe usted que participo de su opinin,--repuso don Filipo,
medio serio medio sonriendo.--La he defendido, pero qu poda hacer
contra el gobernadorcillo y el cura?

--Dimitir!--contest el filsofo y se alej.

Don Filipo se qued perplejo, siguiendo con la vista al anciano.

--Dimitir!--murmuraba dirigindose  la iglesia,--dimitir! S! si
este cargo fuese una dignidad y no una carga, s, dimitira!

El patio de la iglesia estaba lleno de gente: hombres y mujeres, nios
y viejos, vestidos con los mejores trajes, confundidos unos con otros,
entraban y salan por las estrechas puertas. Ola  plvora,  flores,
 incienso,  perfume; bombas, cohetes y buscapis hacan correr y
gritar  las mujeres, reir  los nios. Una banda de msica tocaba
delante del convento, otras, conduciendo  la municipalidad, recorran
las calles, donde flotaban y ondeaban multitud de banderas. Luz
y colores abigarrados distraan la vista, armonas y estruendos el
odo. Las campanas no cesaban de repicar; cruzbanse coches y calesas
cuyos caballos  veces se espantaban, encabritaban, se ponan de
manos, lo cual, sin embargo de no figurar en el programa de la fiesta,
constitua un espectculo gratis y de los ms interesantes.

El Hermano mayor de este da haba enviado criados para buscar
convidados en la calle, como el que di el festn de que nos habla
el Evangelio. Se invitaba, casi  la fuerza,  tomar chocolate, caf,
t, dulces, etc. No pocas veces la invitacin tomaba las proporciones
de una querella.

Iba  celebrarse la misa mayor, la misa que llaman de dalmtica, como
la de ayer de que hablaba el digno corresponsal, slo que ahora el
celebrante sera el padre Salv y entre las personas que iban  oirla
estara el alcalde de la provincia con otros muchos espaoles y gente
ilustrada para escuchar al padre Dmaso, que gozaba de gran fama en la
provincia. El alfrez mismo, escarmentado y todo de las predicaciones
del padre Salv, acuda tambin para dar una prueba de su buena
voluntad y desquitarse si era posible de los malos ratos que el cura
le haba dado. Tal fama tena el padre Dmaso, que ya el corresponsal
escribi de antemano al director del peridico lo siguiente:

Como le haba anunciado  usted en mis mal pergeadas lneas de ayer,
as ha sucedido. Hemos tenido la especial dicha de oir al M. R. P. fray
Dmaso Verdolagas, antiguo cura de este pueblo, transferido hoy  otro
mayor en premio de sus buenos servicios. El insigne orador sagrado
ocup la ctedra del Espritu Santo pronunciando un elocuentsimo y
profundsimo sermn, que edific y dej pasmados  todos los fieles
que aguardaban ansiosos ver brotar de sus fecundos labios la saludable
fuente de la eterna vida. Sublimidad y atrevimiento en los conceptos,
novedad en las frases, elegancia en el estilo, naturalidad en los
gestos, gracia en el hablar, gallarda en las ideas, he aqu las
prendas del Bossuet espaol, que tiene justamente ganada su alta
reputacin, no slo entre los ilustrados espaoles, sino aun entre
los rudos indios y los astutos hijos del Celeste Imperio.

Sin embargo, el confiado corresponsal por poco no se ve obligado 
borrar cuanto haba escrito. El padre Dmaso se quejaba de cierto
ligero catarro que haba cogido la noche anterior: despus de
cantar unas alegres peteneras se haba tomado tres vasos de sorbete
y asistido un momento al espectculo. A consecuencia de esto quera
renunciar  ser el intrprete de Dios para con los hombres, pero no
encontrndose otro que se hubiese aprendido la vida y milagros de San
Diego,--el cura los saba, es verdad, mas tena que oficiar,--los
otros religiosos hallaron unnimemente que el timbre de voz del
padre Dmaso era inmejorable y que sera una gran lstima dejar de
pronunciar sermn tan elocuente como el ya escrito y aprendido. Por
esto, la antigua ama de llaves le prepar limonadas, le unt pecho
y cuello con ungentos y aceites, le envolvi en paos calientes,
le sob, etc., etc. El padre Dmaso tom huevos crudos batidos en
vino, y en toda la maana ni habl ni se desayun; apenas bebi un
vaso de leche, una taza de chocolate y una docenita de bizcochos,
renunciando heroicamente  su pollo frito y  su medio queso de la
Laguna de todas las maanas, porque, segn el ama, pollo y queso
tenan sal y grasa y podran provocar la tos.

--Todo para ganar el cielo y convertirnos!--decan conmovidas las
hermanas de la V. O. T., al enterarse de estos sacrificios.

--La Virgen de la Paz le castiga!--murmuraban las hermanas del
Santsimo Rosario, que no le podan perdonar el haberse inclinado al
lado de sus enemigas.

A las ocho y media sali la procesin  la sombra del entoldado de
lona. Era por el estilo de la de ayer, si bien haba una novedad: la
Hermandad de la V. O. T. Viejos, viejas y algunas jvenes camino de
viejas exhiban largos hbitos de guingn; los pobres los gastaban de
tela basta, los ricos de seda  sea del guingn franciscano, que llaman
por usarlo ms los reverendos frailes franciscanos. Todos aquellos
sagrados hbitos eran legtimos, venan del convento de Manila de donde
el pueblo los adquiere por limosna,  cambio de dinero prix fixe, si
se permite la frase de una tienda. Este precio fijo puede aumentarse,
pero no disminuirse. Lo mismo que estos hbitos se venden tambin otros
en el mismo convento y en el monasterio de Santa Clara, que poseen,
adems de la gracia especial de procurar muchas indulgencias  los
muertos que en ellos se amortajan, la gracia ms especial an de ser
ms caros cuanto ms viejos, rados  inservibles son. Escribimos esto
por si algn piadoso lector necesita de tales reliquias sagradas,
 algn tuno trapero de Europa quiere hacer fortuna llevndose 
Filipinas un cargamento de hbitos zurcidos y mugrientos, pues llegan
 costar diecisis pesos  ms segn el aspecto ms  menos haraposo.

San Diego de Alcal iba en un carro adornado con planchas de plata
repujada. El Santo, bastante delgado, tena el busto de marfil de
una expresin severa y majestuosa,  pesar del abundante cerquillo
rizado como el de los negritos. Su vestido era de raso bordado de oro.

Nuestro venerable padre San Francisco segua. Despus la Virgen,
como ayer, slo que el sacerdote que vena debajo del palio, era
esta vez el padre Salv y no el elegante padre Sibyla de modales tan
distinguidos. Pero si bien al primero le faltaba hermoso continente,
le sobraba uncin: tena las manos juntas en actitud mstica, los
ojos bajos, y andaba medio encorvado. Los que llevaban el palio eran
los mismos cabezas de barangay, sudando de satisfaccin al verse 
la vez que semisacristanes, cobradores de tributos, redentores de la
humanidad vagabunda y pobre, y por consiguiente Cristos que dan su
sangre por los pecados de los otros. El coadjutor, de sobrepelliz,
iba de un carro  otro llevando el incensario, con cuyo humo regalaba
de tiempo en tiempo el olfato del cura, que entonces se pona ms
serio an y ms grave.

As andaba la procesin lenta, pausadamente al sn de bombas,
cantos y religiosas melodas, lanzadas al aire por las bandas de
msica, que seguan detrs de cada carro. Con tal afn, entretanto,
distribua el Hermano mayor cirios, que muchos de los acompaantes
se retiraron  sus casas con luz para cuatro noches mientras juegan
 las cartas. Devotamente se arrodillaban los curiosos al pasar el
carro de la Madre de Dios y rezaban con fervor credos y salves.

Frente  una casa en cuyas ventanas, adornadas de vistosas colgaduras,
se asomaban el alcalde, capitn Tiago, Mara Clara, Ibarra, varios
espaoles y seoritas, detvose el carro; el padre Salv acert
levantar la vista, pero no hizo el ms pequeo gesto que demostrase
saludo  que los reconociese: nicamente se irgui, se puso ms
derecho y la capa pluvial cay sobre sus hombros con cierta gracia
y ms elegantemente.

En la calle, debajo de la ventana, haba una joven de rostro simptico,
vestida con mucho lujo, llevando en sus brazos un nio de corta
edad. Nodriza  niera deba ser, pues el chico era blanco y rubio,
y ella morena, y sus cabellos ms negros que el azabache.

Al ver al cura, extendi el tierno infante sus manecitas, rise
con esa risa de la infancia que no provoca dolores ni es por ellos
provocada, y grit balbuceando en medio de un breve silencio:
Pa... p! Pap! pap!

La joven se estremeci, puso precipitadamente su mano sobre la boca
y alejse corriendo muy confusa. El nio echse  llorar.

Los maliciosos se guiaron unos  otros, y los espaoles que vieron
la corta escena se sonrieron. La natural palidez del padre Salv se
troc en un rojo amapola.

Y sin embargo, la gente no tena razn: el cura no conoca siquiera
 la mujer, que era una forastera.






XXX

EN LA IGLESIA


De extremo  extremo estaba lleno el camarn, que los hombres asignan
por casa al Criador de cuanto existe.

Se empujaban, se opriman, se machucaban unos  otros, exhalando
ayes los pocos que salan y los muchos que entraban. Todava, desde
lejos, extendase ya el brazo para mojar los dedos en agua bendita,
pero  lo mejor vena la oleada y apartaba la mano: entonces se
oa un gruido, una mujer pisoteada renegaba, pero continuaban los
empujones. Algunos viejos que conseguan refrescar sus dedos en el
agua aquella, ya de color de cieno, en donde se lavara una poblacin
entera con ms los forasteros, se untaban con ella devotamente, si bien
con trabajo, el cogote, la coronilla, la frente, la nariz, la barba,
el pecho y el ombligo, en la conviccin de que as santificaban todas
aquellas partes y no padeceran ni tortcolis, ni dolores de cabeza,
ni tisis, ni indigestiones. Las personas jvenes, bien porque no
fuesen tan enfermizas  no creyesen en aquella sagrada profilaxis,
apenas humedecan la puntita del dedo--para que la gente devota no
tuviese nada que decir,--y hacan de sealar la frente sin tocarla,
por supuesto. Ser bendita y todo lo que se quiera, pensara alguna
joven, pero tiene un color!

Se respiraba  duras penas; haca calor y ola  animal bimano; pero
el predicador vala todas aquellas molestias: su sermn le costaba
al pueblo doscientos cincuenta pesos. El viejo Tasio haba dicho:

--Doscientos cincuenta pesos por un sermn! Un hombre solo y una sola
vez! La tercera parte de lo que cuestan los comediantes que trabajarn
durante tres noches!... Necesariamente debis ser muy ricos!

--Qu tiene eso que ver con la comedia?--contest malhumorado el
nervioso maestro de los Hermanos de la V. O. T.;--con la comedia
se van las almas al infierno, y con el sermn al cielo. Si hubiese
pedido mil, le pagaramos y todava se lo tendramos que agradecer...

--Despus de todo, tenis razn!--replic el filsofo;-- m al
menos me divierte ms el sermn que la comedia.

--Pues  m ni la comedia!--gritaba furioso el otro.

--Lo creo, tanto entendis del uno como del otro!

Y el impo se marchaba sin hacer caso de los insultos y funestas
profecas que el irritable maestro haca sobre su vida futura.

Mientras se esperaba al alcalde, la gente sudaba y bostezaba:
agitaban el aire abanicos, sombreros y pauelos; gritaban y lloraban
los nios, lo que daba que trabajar  los sacristanes para echarlos
del templo. Esto haca pensar al concienzudo y flemtico maestro de
la Cofrada del Santsimo Rosario:

--Dejad que los nios se acerquen  m, deca N. S. Jesucristo,
es verdad; pero aqu debe sobrentenderse nios que no lloran.

Una vieja, de las vestidas de guingn, la Hermana Put, deca  su
nieta, una chiquilla de seis aos, que estaba  su lado arrodillada:

--Condenada! estte atenta, que vas  oir un sermn como el de
Viernes Santo!

Y le di un pellizco despertando la piedad de la chiquilla, que hizo
una mueca, alarg el hocico y arrug las cejas.

Algunos hombres, sentados en cuclillas, dormitaban cerca de los
confesonarios. Un viejo, cabeceando, haca creer  nuestra vieja que
mascullaba rezos y haca correr rpidamente los dedos por las cuentas
de su rosario, que aquella era la manera ms reverente de acatar los
designios del cielo y poco  poco se puso  imitarle.

Ibarra estaba en un rincn; Mara Clara, arrodillada cerca del altar
mayor en un sitio que el cura tuyo la galantera de hacer despejar
por los sacristanes. Capitn Tiago, vestido de frac, se sentaba en los
bancos destinados  las autoridades, por lo cual los chicos que no le
conocan, le tomaban por otro gobernadorcillo y no osaban acercrsele.

Por fin lleg el seor alcalde con su estado mayor, viniendo de
la sacrista y ocupando uno de los magnficos sillones, sobre una
alfombra colocados. El alcalde iba vestido de gran gala, luciendo la
banda de Carlos III y cuatro  cinco condecoraciones ms.

El pueblo no le reconoci.

--Ab!--exclam un labriego;--un civil vestido de comediante!

--Simple!--le contest el vecino codendole:--es el prncipe
Villardo, que vimos anoche en el teatro!

El alcalde subi de categora  los ojos del pueblo, llegando  ser
encantado prncipe, vencedor de gigantes.

Empez la misa. Los que estaban sentados se levantaron, los que dorman
se despertaron por el campanilleo y la sonora voz de los cantores. El
P. Salv,  pesar de su gravedad, pareca muy satisfecho, pues le
servan de dicono y subdicono nada menos que dos agustinos.

Cada cual cant bien, cuando le lleg el turno, con voz ms  menos
nasal y pronunciacin obscura, menos el oficiante que la tena algo
temblorosa, desafinando no pocas veces, con gran extraeza de los
que le conocan. Se mova sin embargo, con precisin y elegancia;
deca el Dminus vobiscum con uncin ladeando un poco la cabeza y
mirando hacia la bveda. Al verle recibir el humo del incienso, se
habra dicho que Galeno tena razn admitiendo el paso del humo de las
fosas nasales al crneo por la criba del etmoides, pues se ergua,
echaba hacia atrs la cabeza, caminaba despus hacia el centro del
altar con tal prosopopeya y gravedad, que capitn Tiago le hall ms
majestuoso que el comediante chino de la noche anterior, vestido de
emperador, pintarrajeado, con banderitas en la espalda, barba cerda
de caballo y babuchas de alta suela.

--Indudablemente,--pensaba,--un solo cura nuestro tiene ms majestad
que todos los emperadores.

Por fin lleg el deseado momento de oir al P. Dmaso. Los tres
sacerdotes se sentaron en sus sillones en actitud edificante, como
dira el honrado corresponsal; el alcalde y dems gente de varas y
bastones los imitaron; la msica ces.

Aquel paso del ruido al silencio, despert  nuestra vieja hermana
Put, que ya roncaba, gracias  la msica. Como Sigismundo,  como el
cocinero del cuento de Dornrschen, lo primero que hizo al despertarse
fu dar un cogotazo  su nieta, que tambin se haba dormido. Esta
chill, pero se distrajo pronto viendo  una mujer darse golpes de
pecho convencida y entusiasmada.

Todos procuraron colocarse cmodamente; los que no tenan banco se
sentaron en cuclillas, las mujeres sobre el suelo  sus mismas piernas.

El P. Dmaso atraves la multitud, precedido de dos sacristanes y
seguido de otro fraile que llevaba un gran cuaderno. Desapareci al
subir la escalera de caracol, pero pronto reapareci su redonda cabeza,
despus el grueso cogote seguido inmediatamente de su cuerpo. Mir 
todas partes con seguridad, medio tosiendo; vi  Ibarra; un pestaeo
particular di  entender que no se olvidara de l en sus oraciones;
despus una mirada de satisfaccin al P. Sibyla y otra de desdn
al P. Manuel Martn, el predicador de ayer. Concluida esta revista,
volvise disimuladamente al compaero dicindole: Atencin, hermano!
Este abri el cuaderno.

Pero el sermn merece captulo aparte. Un joven que entonces aprenda
la taquigrafa y que idolatra  los grandes oradores, lo estenografi;
gracias  esto podemos traer aqu un trozo de la oratoria sagrada de
aquellas regiones.






XXXI

EL SERMN


Fray Dmaso empez lentamente, pronunciando  media voz:

Et spritum tuum bonum dedisti, qui dceret eos, et manna tuum non
prohibuisti ab ore eorum, et aquam dedisti eis in siti.

Y les diste tu espritu bueno para que los ensease y no quitaste
tu man de su boca y les diste agua en su sed!

Palabras que dijo el Seor por boca de Esdras, libro II, cap. IX,
vers. 20.

El P. Sibyla mir sorprendido al predicador; el P. Manuel Martn
palideci y se trag saliva; aquello era mejor que el suyo.

Sea que el P. Dmaso lo notara  estuviese an ronco, es el caso que
tosi varas veces poniendo ambas manos sobre el antepecho de la santa
tribuna. El Espritu Santo estaba sobre su cabeza, acabado de pintar:
blanco, limpio, con las patitas y el pico color de rosa.

Excelentsimo Seor (al alcalde), virtuossimos sacerdotes,
cristianos, hermanos en Jesucristo!

Aqu hizo solemne pausa, paseando de nuevo sus miradas por el
auditorio, cuya atencin y recogimiento le llenaron de satisfaccin.

La primera parte del sermn deba ser en castellano y la otra en
tagalo: loquebantur omnes linguas [109].

Despus de los vocativos y de la pausa, extendi majestuosamente la
mano derecha hacia el altar fijando la vista en el alcalde; despus se
cruz de brazos lentamente sin decir una sola palabra, pero pasando de
esta calma  la movilidad, ech hacia atrs la cabeza, seal hacia
la puerta mayor cortando el aire con el borde de la mano, con tanto
mpetu, que los sacristanes interpretaron el gesto por un mandato y
cerraron las puertas; el alfrez se inquiet y estuvo dudando sobre
si salir  quedarse, pero ya el predicador empezaba  hablar con voz
fuerte, llena y sonora: decididamente la antigua ama era inteligente
en medicina.

Esplendoroso y relumbrante es el altar, ancha la puerta mayor, el
aire es el vehculo de la santa palabra divina que brotar de mi boca,
oid pues vosotros con los odos del alma y del corazn, para que las
palabras del Seor no caigan en terreno pedregoso y las coman las aves
del Infierno, sino que crezcis y brotis como una santa simiente en
el campo de nuestro venerable y serfico P. S. Francisco. Vosotros,
grandes pecadores, cautivos de los moros del alma, que infestan
los mares de la vida eterna en poderosas embarcaciones de la carne
y del mundo, vosotros que estis cargados con los grilletes de la
lascivia y concupiscencia y remis en las galeras del Satn infernal,
ved ah con reverente compuncin al que rescata las almas de la
cautividad del demonio, al intrpido Geden, al esforzado David,
al victorioso Roldn del Cristianismo, al guardia civil celestial,
ms valiente que todos los guardias civiles juntos, habidos y
por haber...--(El alfrez arruga el ceo),--s, seor alfrez,
ms valiente y prepotente, que sin ms fusil que una cruz de palo,
vence con denuedo al eterno tulisn de las tinieblas y  todos los
secuaces de Luzbel y habra  todos para siempre extirpado, si los
espritus no fuesen inmortales. Esta maravilla de la creacin divina,
este portento imposible es el bienaventurado Diego de Alcal, que,
valindome de una comparacin, porque las comparaciones ayudan bien
 la comprensin de las cosas incomprensibles, como dijo el otro,
digo pues que este gran santo es nicamente un soldado ltimo,
un ranchero en nuestra poderossima compaa, que desde el cielo
manda nuestro serfico P. S. Francisco,  la que tengo la honra de
pertenecer como cabo  sargento por la gracia de Dios.

Los rudos indios, que dice el corresponsal, no pescaron del prrafo
otra cosa que las palabras guardia civil, tulisn, S. Diego y
S. Francisco, observaron la mala cara que haba puesto el alfrez,
el gesto belicoso del predicador y dedujeron que regaaba  aqul
porque no persegua  los tulisanes. San Diego y S. Francisco
se encargaran de ello, y muy bien, como le prueba una pintura,
existente en el convento de Manila, en que S. Francisco con slo su
cordn haba contenido la invasin china en los primeros aos del
descubrimiento. Alegrronse, pues, no poco los devotos, agradecieron 
Dios esta ayuda, no dudando que una vez desaparecidos los tulisanes,
S. Francisco destruira tambin  los guardias civiles. Redoblaron,
pues, la atencin siguiendo al P. Dmaso, que continu:

Excelentsimo seor: Las grandes cosas siempre son grandes cosas
aun al lado de las pequeas, y las pequeas siempre son pequeas aun
al lado de las grandes. Esto dice la Historia, pero como la Historia
da una en el clavo y ciento en la herradura, como cosa hecha por los
hombres, y los hombres se equivocan: errarle es hominum [110] como dice
Cicern, el que tiene boca se equivoca, como dicen en mi pas, resulta
que hay ms profundas verdades que no dice la Historia. Estas verdades,
Excmo. Seor, ha dicho el Espritu divino en su suprema sabidura que
jams comprendi la humana inteligencia desde los tiempos de Sneca y
Aristteles, esos sabios religiosos de la antigedad, hasta nuestros
pecadores das, y estas verdades son que no siempre las cosas pequeas
son pequeas, sino son grandes, no al lado de las chicas, sino al
lado de las ms grandes de la tierra y del cielo y del aire y de las
nubes y de las aguas y del espacio y de la vida y de la muerte...

--Amn!--contest el maestro de la V. O. T. y se santigu.

Con esta figura de retrica, que aprendiera de un gran predicador en
Manila, quera el P. Dmaso sorprender  su auditorio, y en efecto,
su Espritu Santo, embobado con tantas verdades, necesit que le
tocara con el pie para recordarle su misin.

--Patente est  vuestros ojos!--dijo el Espritu desde abajo.

Patente est  vuestros ojos la prueba concluyente y contundente
de esta eterna verdad filosfica! Patente est ese sol de virtudes,
y digo sol y no luna, porque no hay gran mrito en que la luna
brille durante la noche: en tierra de ciegos el tuerto es el rey;
por la noche puede brillar una luz, una estrellita: el mayor mrito
es poder brillar aun en medio del da como lo hace el sol: as brilla
el hermano Diego aun en medio de los ms grandes santos. Ah tenis
patente  vuestros ojos,  vuestra impa incredulidad la obra maestra
del Altsimo para confundir  los grandes de la tierra, s, hermanos
mos, patente, patente  todos, patente!

Un hombre se levant plido y tembloroso y se escondi en un
confesonario. Era un vendedor de alcoholes, que dormitaba y so que
los carabineros le pedan la patente que no tena. Asegrase que no
volvi  salir de su escondite mientras dur el sermn.

Humilde y recogido santo, tu cruz de palo--(la que tena la
imgen era de plata),--tu modesto hbito honran al gran Francisco
de quien somos los hijos  imitadores! Nosotros propagamos tu santa
raza en todo el mundo, en todos los rincones, en las ciudades, en los
pueblos sin distinguir al blanco del negro--(el alcalde contiene la
respiracin)--sufriendo abstinencias y martirios, tu santa raza de
fe y de religin armada--(Ah! respira el alcalde)--que sostiene
al mundo en equilibrio y le impide que caiga en el abismo de la
perdicin.

Los oyentes, hasta el mismo capitn Tiago, bostezaban poco 
poco. Mara Clara no atenda al sermn; saba que Ibarra estaba cerca
y pensaba en l mientras miraba, abanicndose, el toro de uno de los
evangelistas, que tena todas las trazas de un pequeo carabao.

Todos debamos saber de memoria las Santas Escrituras, la vida de
los santos y as no tendra yo que predicaros, pecadores; debais
saber cosas tan importantes y necesarias como el padrenuestro, por
ms que muchos de vosotros lo habis olvidado ya viviendo como los
protestantes  herejes, que no respetan  los ministros de Dios, como
los chinos, pero os vais  condenar, peor para vosotros, condenados!

--Ab cosa ese pale Lmaso [111], ese!--murmur el chino Carlos
mirando con ira al predicador, que segua improvisando, desencadenando
una serie de apstrofes  imprecaciones.

Moriris en la impenitencia final, raza de herejes! Dios os castiga
ya desde esta tierra con crceles y prisiones! Las familias, las
mujeres deban huir de vosotros, los gobernantes os deberan ahorcar
 todos para que no se extienda la semilla de Satans en la villa
del Seor!... Si tenis un miembro malo que os induce al pecado,
cortadlo, arrojadlo al fuego...!

Fray Dmaso estaba nervioso, haba olvidado su sermn y su retrica.

--Oyes?--pregunt un joven estudiante de Manila  su compaero;--te
lo cortas?

--Ca! que lo haga l antes!--contest el otro sealando al
predicador.

Ibarra se puso inquieto: mir en derredor suyo buscando algn rincn,
pero toda la iglesia estaba llena. Nada oa ni vea Mara Clara, que
analizaba el cuadro de las benditas nimas del purgatorio, almas en
forma de hombres y mujeres en cueros, con mitras, capelos  tocas,
asndose en el fuego y agarrndose al cordn de S. Francisco, que no
se rompa  pesar de tanto peso.

El Espritu Santo fraile, con aquella improvisacin, perdi el hilo
del sermn y salt tres largos prrafos, apuntando mal al P. Dmaso,
que descansaba jadeante de su apstrofe.

Quin de vosotros, pecadores que me escuchis, lamera las llagas
de un pobre y andrajoso mendigo? Quin? Que responda y levante la
mano! Ninguno! Ya lo saba yo: slo un santo como Diego de Alcal
puede hacerlo; l lami toda podredumbre diciendo  un asombrado
hermano: As se cura  este enfermo! Oh caridad cristiana! Oh
piedad sin ejemplo! Oh virtud de virtudes! Oh dechado inimitable! Oh
talismn sin mancha!...

Y sigui con una larga lista de exclamaciones, poniendo los brazos
en cruz, subindolos y bajndolos como si quisiese volar  espantar
 los pjaros.

Antes de morir habl en latn sin saber latn. Pasmaos,
pecadores! Vosotros,  pesar de que lo estudiis y os dan por
ello azotes, no hablaris latn, moriris sin saberlo! Hablar
latn es una gracia de Dios, por eso la iglesia habla latn. Yo
tambin hablo latn! Cmo? Dios iba  negar este consuelo 
su querido Diego? Poda morir, poda dejarle morir sin hablar
latn? Imposible! Dios no sera justo, no sera Dios! Habl,
pues, latn, y de ello dan testimonio los autores de aquella poca.
Y termin su exordio con el trozo que ms trabajo le costara y que
plagiara de un gran escritor, Sinibaldo de Ms.

Yo te saludo, pues, esclarecido Diego, honra de nuestra
corporacin. T eres dechado de virtudes, modesto con honra,
humilde con nobleza, sumiso con entereza, sobrio con ambicin,
enemigo con lealtad, compasivo con perdn, religioso con
escrpulo, creyente con devocin, crdulo con candidez, casto
con amor, callado con secreto, sufrido con paciencia, valiente
con temor, continente con voluptuosidad, atrevido con resolucin,
obediente con sujecin, vergonzoso con pundonor, cuidadoso en tus
intereses con desprendimiento, diestro con capacidad, ceremonioso
con urbanidad, astuto con sagacidad, misericordioso con piedad,
recatado con vergenza, vengativo con valor, pobre por laboriosidad
con conformidad, prdigo con economa, activo con negligencia,
econmico con liberalidad, inocente con penetracin, reformador con
consecuencia, indiferente con ansia de aprender. Dios te cri para
sentir los deliquios del amor platnico...! Aydame  cantar tus
grandezas y tu nombre ms alto que las estrellas y ms claro que el
sol mismo que gira  tus pies! Ayudadme, vosotros, pedid  Dios la
inspiracin suficiente rezando el avemara.

Todos se arrodillaron levantando un murmullo como el zumbido de mil
moscardones. El alcalde dobl trabajosamente una rodilla, moviendo
la cabeza disgustado; el alfrez estaba plido y contrito.

--Al diablo con el cura!--murmur uno de los dos jvenes que venan
de Manila.

--Silencio!--contesta el otro,--que nos oye su mujer...

Entretanto, el P. Dmaso, en vez de rezar el avemara, rea 
su Espritu Santo por haber saltado tres de sus mejores prrafos,
tomaba dos merengues y un vaso de Mlaga, seguro de encontrar en
ellos mayor inspiracin que en todos los Espritus santos ya sean de
madera en figura de paloma, ya de carne bajo la forma de un distraido
fraile. Iba  empezar con el sermn tagalo.

La vieja devota da otro cogotazo  su nieta, quien despierta
malhumorada y pregunta:

--Es hora ya de llorar?

--An no, pero no te duermas, condenada!--contest la buena abuela.

De la 2.a parte del sermn,  sea del tagalo no tenemos ms que
ligeros apuntes. El P. Dmaso improvisaba en este idioma, no porque
lo poseyese mejor, sino porque, teniendo  los filipinos de provincia
por ignorantes en retrica, no tema cometer disparates delante de
ellos. Con los espaoles ya era otra cosa: haba oido hablar de
reglas de la oratoria y entre sus oyentes poda haber alguno que
hubiese saludado las aulas, acaso el seor alcalde mayor; por lo
cual escriba sus sermones, los correga, los limaba y despus se
los aprenda de memoria y se ensayaba unos dos das antes.

Es fama que ninguno de los presentes comprendi el conjunto del sermn:
eran tan obtusos de entendimiento y el predicador era muy profundo,
como deca hermana Rufa; as que el auditorio esper en vano una
ocasin para llorar, y la condenada nieta de la vieja beata volvi
 dormirse.

No obstante, esta parte tuvo ms consecuencias que la primera, al
menos para ciertos oyentes, como veremos ms adelante.

Empez con un Man capatir con cristiano [112], al que sigui una
avalancha de frases intraducibles; habl del alma, del Infierno,
del mahal na santo pintacasi [113], de los pecadores indios y de los
virtuosos Padres Franciscanos.

--Menche! [114]--dijo uno de los irreverentes manileos  su
compaero;--eso est en griego para m, yo me voy.

Y viendo cerradas las puertas, se sali por la sacrista con gran
escndalo de la gente y del predicador, que se puso plido y se detuvo
 la mitad de su frase; algunos esperaban un violento apstrofe,
pero el P. Dmaso se content con seguirle con la vista y prosigui
su sermn.

Se desencadenaron maldiciones contra el siglo, contra la falta de
respeto, la naciente irreligiosidad. Este asunto pareca su fuerte,
pues se mostraba inspirado y se expresaba con fuerza y claridad. Habl
de los pecadores que no se confiesan, que mueren en las crceles
sin sacramentos, de familias malditas, de mesticillos orgullosos
y soplados, de jvenes sabiondos, filosofillos  pilosopillos, de
abogadillos, estudiantillos, etc. Conocida es la costumbre que tienen
muchos cuando quieren ridiculizar  sus enemigos: sacan en todo la
terminacin en illo, porque el crneo parece no dar otra cosa, y se
quedan muy felices.

Ibarra lo oa todo y comprenda las alusiones. Conservando una aparente
tranquilidad, buscaba con los ojos  Dios y  las autoridades, pero
all no haba ms que imgenes de santos, y el alcalde dormitaba.

Entretanto el entusiasmo del predicador suba por grados. Hablaba
de los antiguos tiempos en que todo filipino, al encontrar  un
sacerdote, se descubra, doblaba una rodilla en tierra y le besaba una
mano.--Pero ahora--aada--slo os quitis el salakot  el sombrero
de castorillo, que colocis medio ladeado sobre vuestra cabeza para
no desarreglar el peinado! Os contentis con decir: buenos das,
among! [115], y hay orgullosos estudiantillos de poco latn, que
por haber estudiado en Manila  en Europa, se creen con derecho 
estrecharnos la mano en lugar de besarla... Ah! el da del juicio
pronto viene, el mundo se acaba, muchos santos lo han profetizado! va
 llover fuego, piedra y ceniza para castigar nuestra soberbia!

Y exhortaba al pueblo  que no imitase  esos salvajes, sino que los
huyese y aborreciese, porque estaban excomulgados.

--Oid lo que dicen los santos Concilios!--clamaba.--Cuando un indio
encontrare en la calle  un cura, doblar la cabeza y ofrecer el
cuello para que el among se apoye en l; si el cura y el indio van 
caballo ambos, entonces el indio se parar, se quitar el salakot 
sombrero reverentemente; en fin, si el indio va  caballo y el cura
 pie, el indio bajar del caballo y no volver  montar hasta que
el cura le diga: Sulung! [116]  est ya muy lejos. Esto dicen los
santos Concilios, y el que no obedezca estar excomulgado.

--Y cundo uno monta un carabao?--pregunta un escrupuloso labriego
 su vecino.

--Entonces... sigue adelante!--contesta ste, que es un casuista.

Pero  pesar de los gritos y gestos del predicador muchos se dorman
 distraan, pues aquellos sermones eran los de siempre y de todos:
en vano algunas devotas trataron de suspirar y de lloriquear sobre
los pecados de los impos; tuvieron que desistir de su empresa por
falta de socios. La misma hermana Put pensaba todo lo contrario. Un
hombre sentado  su lado se haba de tal manera dormido, que se cay
sobre ella, descomponindole el hbito: la buena anciana cogi su
zueco y  golpes empez  despertarle, gritando:

--Ay! quita salvaje, animal, demonio, carabao, perro, condenado!

Armse un tumulto, como era consiguiente. Parse el predicador, enarc
las cejas, sorprendido de tanto escndalo. La indignacin ahog la
palabra en su garganta y slo consigui berrear, golpeando con sus
puos la tribuna. Esto produjo su efecto: la vieja solt el zueco
refunfuando y, santigundose repetidas veces, se puso devotamente
de rodillas.

--Aaah! aaah!--pudo al fin exclamar el indignado sacerdote, cruzando
los brazos y agitando la cabeza; para eso os predico yo aqu toda
la maana, salvajes! Aqu, en la casa de Dios, res y decs malas
palabras, desvergonzados! Aaaaah! ya no respetis nada!... Esta
es la obra de la lujuria  incontinencia del siglo! Ya lo deca, aaah!

Y sobre este tema sigui predicando por espacio de media hora. El
alcalde roncaba, Mara Clara cabeceaba: la pobrecita no poda resistir
el sueo, no teniendo ya ninguna pintura ni imagen que analizar ni en
que distraerse. A Ibarra ya no le hacan mella las palabras, ni las
alusiones; pensaba ahora en una casita en la cima de un monte y vea
 Mara Clara en un jardn. Que en el fondo del valle se arrastren
los hombres en sus miserables pueblos!

El padre Salv haba hecho tocar dos veces la campanilla, pero esto
era echar lea al fuego: fray Dmaso era terco y prolong ms el
sermn. Fray Sibyla se morda los labios y arreglaba repetidas veces
sus anteojos de cristal de roca montados en oro: fray Manuel Martn
era el nico que pareca escuchar con placer, pues sonrea.

Por fin, dijo Dios basta: el orador se cans y baj del plpito.

Todos se arrodillaron para dar gracias  Dios. El alcalde se restreg
los ojos, extendi un brazo como para desperezarse, soltando un
ah! profundo y bostezando.

Continu la misa.

Cuando, al cantar Balbino y Chananay el Incarnatus est, todos se
arrodillaban y los sacerdotes bajaban la cabeza, un hombre murmur
al odo de Ibarra: En la ceremonia de la bendicin no os alejis
del cura, no descendis al foso, no os acerquis  la piedra, que os
va la vida en ello!

Ibarra vi  Elas, que, dicho esto, se perda entre la muchedumbre.






XXXII

LA CABRIA


El hombre amarillo haba cumplido su palabra: no era una sencilla
cabria lo que haba construdo sobre el abierto foso para hacer
descender la enorme mole de granito; no era el trpode que or Juan
haba deseado para suspender una polea de su vrtice, era algo ms;
era  la vez que una mquina, un adorno, pero un grandioso  imponente
adorno.

Sobre ocho metros de altura se eleva la confusa y complicada andamiada:
cuatro gruesos maderos hundidos en el suelo servan de almas,
sujetos entre s por colosales vigas cruzadas formando diagonales,
unidas unas  otras por gruesos clavos hundidos slo hasta la mitad,
acaso porque, teniendo el aparato un carcter provisional, pudiera ser
despus fcilmente deshecho. Enormes cables, colgando por todos lados,
daban un aspecto de solidez y grandiosidad al conjunto, coronado all
arriba por banderas de abigarrados colores, flotantes gallardetes y
monstruosas guirnaldas de flores y hojas, artsticamente entretejidas.

All arriba, en la sombra que proyectan maderos, guirnaldas y banderas,
pende sujeta por cuerdas y ganchos de hierro una descomunal polea
de tres ruedas, sobre cuyos brillantes bordes pasan acabalgados tres
cables an mayores que los otros, y llevan suspendido el enorme sillar
lleno, socavado en su centro, para formar con la excavacin de la otra
piedra, ya colocada en el foso, el pequeo espacio destinado  guardar
la historia del da, como peridicos, escritos, monedas, medallas,
etc., y transmitirla acaso  muy lejanas generaciones. Estos cables
descendan de arriba abajo, se enlazaban con otra no menos gruesa
polea atada al pie del aparato,  iban  arrollarse al cilindro de
un torno, sujeto en tierra merced  gruesos maderos. Este torno, que
se puede poner en movimiento por medio de dos manubrios, centuplica
la fuerza de un hombre merced  un juego de ruedas dentadas, si bien
lo que en fuerza se gana, se pierde en velocidad.

--Mirad,--deca el hombre amarillo haciendo girar el manubrio:--mirad,
or Juan, como con mis fuerzas nicamente hago subir y bajar la
inmensa mole... Est tan bien dispuesto, que  voluntad puedo graduar,
pulgada por pulgada, el ascenso  descenso, de modo que un hombre
desde el fondo pueda con toda comodidad hacer adaptar ambas piedras,
mientras yo lo manejo desde aqu.

or Juan no poda menos de admirar al hombre que se sonrea tan
particularmente. Los curiosos hacan comentarios y alababan al hombre
amarillo.

--Quin os ense la maquinaria?--le pregunt or Juan.

--Mi padre, mi difunto padre!--contestaba con su particular sonrisa.

--Y  vuestro padre?...

--Don Saturnino, el abuelo de don Crisstomo.

--No saba que don Saturnino...

--Oh! saba muchas cosas! No solamente pegaba bien y expona al
sol  sus trabajadores; saba adems despertar  los dormidos y hacer
dormir  los despiertos. Ya veris con el tiempo lo que mi padre me
ha enseado, ya veris!

Y el hombre amarillo se rea, pero de un modo extrao.

Sobre una mesa, cubierta de un tapiz de Persia, estaban el cilindro de
plomo y los objetos que iban  guardar en aquella especie de tumba:
una caja de cristal de gruesas paredes contendra aquella momia de
una poca y guardara para el porvenir los recuerdos de un pasado. El
filsofo Tasio, que discurra por all pensativo, murmuraba:

--Quizs algn da, cuando la obra que hoy comienza  nacer, envejecida
despus de tantas vicisitudes, caiga en ruinas, ya  las sacudidas
de la naturaleza, ya  la destructora mano del hombre, y sobre
las ruinas crezcan la yedra y el musgo; despus, cuando el tiempo
destruya el musgo, la yedra y las ruinas y esparza sus cenizas al
viento, borrando de las pginas de la Historia el recuerdo de ella
y de los que la destruyeron, ya largo tiempo perdido en la memoria
de los hombres; quizs, cuando las razas con las capas del suelo
se hayan sepultado  desaparecido, slo por alguna casualidad el
pico de algn minero, haciendo brotar del granito la chispa, podr
desenterrar del seno de la roca misterios y enigmas. Quizs los sabios
de la nacin que habite estas regiones trabajarn, como trabajan los
actuales egiptlogos con los restos de una grandiosa civilizacin,
preocupada de la eternidad y que no sospechaba iba  descender
sobre ella una tan larga noche. Quizs algn sabio profesor diga 
sus alumnos de cinco y siete aos en un idioma hablado por todos los
hombres: Seores! Estudiados y examinados cuidadosamente los objetos
encontrados en el subsuelo de nuestro terreno, descifrados algunos
signos y traducidas algunas palabras, podemos, sin gnero alguno
de temor, presumir que tales objetos pertenecan  la edad brbara
del hombre,  la era obscura que solemos llamar fabulosa. En efecto,
seores; para que os podis formar una aproximada idea del atraso de
nuestros antepasados, bastar que os diga, que los que vivan aqu
no slo reconocan an reyes, sino que para resolver cuestiones de
su gobierno interior, tenan todava que acudir al otro extremo del
mundo, que es como si dijramos un cuerpo que para moverse necesitase
consultar su cabeza existente en otra parte del globo, acaso en
los parajes que hoy ocultan las olas. Esta increble imperfeccin,
por inverosmil que os parezca, deja de ser as si consideramos las
circunstancias de aquellos seres, que apenas me atrevo  llamar
humanos. En aquellos primitivos tiempos, estos seres estaban an
( al menos as lo crean) en relacin directa con su Criador,
pues tenan ministros del mismo, seres diferentes de los dems y
denominados siempre con los misteriosos caracteres: M. R. P. fray,
sobre cuya interpretacin nuestros sabios no estn de acuerdo. Segn el
mediano profesor de lenguas que tenemos, pues no habla ms que ciento
de los defectuosos idiomas del pasado, M. R. P. significara Muy Rico
Propietario, pues estos ministros eran una especie de semidioses,
virtuossimos, elocuentsimos oradores, ilustradsimos, y  pesar de
su gran poder y prestigio, jams cometeran la ms ligera falta, lo
cual fortalece mi creencia al suponerlos de otra naturaleza distinta
de los dems. Y si esto no bastase para apoyar mi opinin, qudame
an el argumento, no negado por nadie y cada da ms y ms confirmado,
de que tales misteriosos seres hacan descender  Dios sobre la tierra
con slo pronunciar algunas palabras, que Dios no poda hablar sino
por boca de ellos, y  quien se coman, beban la sangre y no pocas
veces lo daban tambin  comer  los hombres comunes...

Estas y otras cosas ms pona el incrdulo filsofo en boca de
todos los corrompidos hombres del porvenir. Acaso el viejo Tasio se
equivoque, lo que es muy fcil, pero volvamos  nuestra narracin.

En los kioscos que vimos anteayer ocupar al maestro de escuela y 
los alumnos, se preparaba ahora el almuerzo, opparo y abundante. Sin
embargo, en la mesa destinada  los chicos de la escuela, no haba ni
una botella de vino, pero en cambio abundaban ms las frutas.--En la
enramada estaban los asientos para los msicos y una mesa cubierta
de dulces y confituras, frascos de agua coronados de hojas y flores
para el sediento pblico.

El maestro de escuela haba hecho levantar cucaas, barreras, colgar
sartenes, ollas para alegres juegos.

La multitud, luciendo trajes de alegres colores, se aglomeraba huyendo
del sol brillante, ya bajo la sombra de los rboles, ya bajo el
emparrado. Los muchachos se suban  las ramas, sobre las piedras,
para ver mejor la ceremonia, supliendo as su pequea estatura;
miraban con envidia  los chicos de la escuela que, limpios y bien
vestidos, ocupaban un sitio destinado para ellos. Los padres estaban
entusiasmados; ellos, pobres campesinos, veran  sus hijos comer
sobre blanco mantel casi como el cura y el alcalde. Basta pensar en
ello para no tener hambre, y tal suceso se contara padres  hijos.

Pronto se oyeron los lejanos acordes de la msica; la preceda una
abigarrada turba, compuesta de todas las edades y vestida de todos
los colores. El hombre amarillo se puso inquieto y examin con
una mirada todo su aparato. Un curioso campesino segua su mirada
y observaba todos sus movimientos: era Elas que acuda tambin 
presenciar la ceremonia; por su salakot y su manera de vestir, casi
estaba desconocido. Se haba procurado el mejor sitio, casi al lado
mismo del torno, al borde de la excavacin.

Con la msica venan el alcalde, los muncipes, los frailes, menos
el padre Dmaso, y los empleados espaoles. Ibarra conversaba con el
primero, de quien se haba hecho muy amigo desde que le dirigiera
unos finos cumplidos por sus condecoraciones y bandas: los humos
aristocrticos eran el flaco de S. E. capitn Tiago; el alfrez
y algunos ricos ms iban en la dorada plyade de las jvenes que
lucan sus sombrillas de seda. El padre Salv segua, como siempre,
silencioso y pensativo.

--Cuente usted con mi apoyo siempre que se trate de una buena
accin,--deca el alcalde  Ibarra;--yo le proporcionar cuanto usted
necesite, y si no, har que se lo proporcionen los otros.

A medida que se iban acercando, senta el joven palpitar su
corazn. Instintivamente dirigi una mirada  la extraa andamiada,
all levantada; vi al hombre amarillo saludarle respetuosamente
y fijar en l un momento la vista. Con sorpresa descubri  Elas,
quien con un significativo pestaeo le di  entender se acordase de
lo que le haba dicho en la iglesia.

El cura se puso las vestiduras sacerdotales y empez la ceremonia: el
tuerto sacristn mayor tena el libro, y un monaguillo el hisopo y la
vasija de agua bendita. Los dems, en derredor, de pie y descubiertos,
guardaban un tan profundo silencio, que,  pesar de leer en voz baja,
se conoca que temblaba la voz del padre Salv.

Entretanto se haba colocado en la caja de cristal cuanto haba que
poner, como manuscritos, peridicos, medallas, monedas, etc., y el
todo encerrado dentro del cilindro de plomo y hermticamente soldado.

--Seor Ibarra, quiere usted colocar la caja en su sitio? El cura
espera  usted!--murmur el alcalde al odo del joven.

--Con mucho gusto,--murmur ste;--pero usurpara ese honroso deber
al seor escribano: el seor escribano debe dar fe del acto!

El escribano lo tom gravemente, descendi la alfombrada escalera que
conduca al fondo de la excavacin, y con la solemnidad conveniente
lo deposit en el hueco de la piedra. El cura cogi entonces el hisopo
y roci las piedras con agua bendita.

Lleg el momento de poner cada uno su cucharada de lechada sobre
la superficie del sillar, que yaca en el foso, para que el otro se
adaptase bien y se agarrase.

Ibarra present al alcalde una llana de albail, sobre cuya ancha
hoja de plata estaba grabada la fecha; pero S. E. pronunci antes
una alocucin en castellano.

Vecinos de San Diego!--dijo con grave acento: tenemos el honor de
presidir una ceremonia de una importancia que vosotros comprenderis
sin que Nos os lo digamos. Se funda una escuela; la escuela es la
base de la sociedad, la escuela es el libro donde est escrito el
porvenir de los pueblos! Enseadnos la escuela de un pueblo, y os
diremos qu pueblo es.

Vecinos de San Diego! Bendecid  Dios, que os ha dado virtuosos
sacerdotes, y al gobierno de la madre patria que difunde incansable
la civilizacin en estas frtiles islas, amparadas por ella bajo
su glorioso manto! Bendecid  Dios, que se ha apiadado de vosotros
trayndoos estos humildes sacerdotes que os iluminan y os ensean la
divina palabra! Bendecid al Gobierno que tantos sacrificios ha hecho,
hace y har por vosotros y por vuestros hijos!

Y ahora que se bendice la primera piedra de este tan transcendental
edificio. Nos, alcalde mayor de esta provincia, en nombre de S. M. el
rey, que Dios guarde, rey de las Espaas, en nombre del preclaro
gobierno espaol, y al amparo de su pabelln inmaculado y siempre
victorioso, Nos consagramos este acto y principiamos la edificacin
de esta escuela!

Vecinos de San Diego, viva el rey! Viva Espaa! Vivan los
religiosos! Viva la religin catlica!

--Viva! viva!--contestaron muchas voces,--viva el seor alcalde!

Este descendi despus majestuoso  los acordes de la msica que
empez  tocar; deposit unas cuantas cucharadas de lechada sobre la
piedra y con igual majestad que al principio volvi  subir.

Los empleados aplaudieron.

Ibarra ofreci otra cuchara de plata al cura que, despus de fijar
los ojos en l un momento, descendi lentamente. A la mitad de la
escalera levant la vista para mirar la piedra que colgaba sujeta
por los poderosos cables, pero fu slo un segundo, y continu
descendiendo. Hizo otro tanto que el alcalde, pero esta vez se oyeron
ms aplausos:  los empleados se haban agregado algunos frailes y
capitn Tiago.

El padre Salv pareca que buscaba  alguien  quien entregar la
cuchara; mir como dudoso  Mara Clara, pero cambiando de opinin se
la ofreci al escribano. Este, por galantera se acerca  Mara Clara,
quien rehusa sonriendo. Los frailes, los empleados y el alfrez bajan
todos uno tras otro. Capitn Tiago no fu olvidado.

Faltaba Ibarra, y ya se iba  ordenar que el hombre amarillo hiciese
descender la piedra, cuando el cura se acord del joven, dicindole
en tono de broma y afectando familiaridad:

--No mete usted su cuchara, seor Ibarra?

--Sera un Juan Palomo; yo me lo guiso y yo me lo como!--contest
ste en el mismo tono.

--Ande usted!--dijo el alcalde empujndole suavemente; si no, doy
orden de que no descienda la piedra y nos estaremos aqu hasta el
da del juicio.

Ante tan terrible amenaza, Ibarra tuvo que obedecer. Cambi la pequea
llana de plata por otra grande de hierro, lo que hizo sonreir 
algunas personas, y adelantse tranquilamente. Elas le miraba con
expresin indefinible; al verle, se habra dicho que toda su vida
se reconcentraba en sus ojos. El hombre amarillo miraba al abismo
abierto  sus pies.

Ibarra, despus de dirigir una rpida mirada al sillar que penda
sobre su cabeza y otra  Elas y al hombre amarillo, dijo  or Juan
con voz algo temblorosa:

--Dadme el cubo y buscadme otra llana arriba!

El joven qued slo. Elas ya no le miraba: sus ojos estaban clavados
en la mano del hombre amarillo, que inclinado  la fosa, segua con
ansia los movimientos del joven.

Oase el ruido de la cuchara removiendo la masa de arena y cal al
travs de un dbil murmullo de los empleados, que felicitaban al
alcalde por su discurso.

De repente un estrpito estalla: la polea, atada  la base de la
cabria, salta y tras ella el torno que golpea el aparato como un
ariete: los maderos vacilan, vuelan las ligaduras y todo se derrumba
en un segundo y con espantoso estruendo. Una nube de polvo se levanta:
un grito de horror, compuesto de mil voces, llena el aire. Huyen y
corren casi todos, muy pocos se precipitan al foso. Solamente Mara
Clara y el padre Salv permanecen en su sitio sin poderse mover,
plidos y sin palabra.

Cuando la polvareda se hubo algn tanto desvanecido, vieron  Ibarra
de pie, entre vigas, caas, cables, entre el torno y la mole de
piedra, que al descender tan rpidamente, todo lo haba sacudido
y aplastado. El joven tena an en su mano la cuchara y miraba con
ojos espantados el cadver de un hombre, que yaca  sus pies, medio
sepultado entre las vigas.

--No se ha muerto usted?--Vive usted todava?--Por Dios hable
usted!--decan algunos empleados, llenos de terror  inters.

--Milagro! Milagro!--gritaron algunos.

--Venid y sacad el cadver de este desgraciado!--dijo Ibarra, como
despertando de un sueo.

Al oir su voz, Mara Clara sinti que la abandonaban las fuerzas y
cay medio desmayada en brazos de sus amigas.

Reinaba una gran confusin: todos hablaban, gesticulaban, corran de un
lado  otro, bajaban  la fosa, suban, todos aturdidos y consternados.

--Quin es el muerto? Vive todava?--preguntaba el alfrez.

Reconocieron en el cadver al hombre amarillo que estaba de pie al
lado del torno.

--Que procesen al maestro de obras!--fu lo primero que pudo decir
el alcalde.

Examinaron el cadver, pusieron la mano sobre el pecho, pero el
corazn ya no lata. El golpe le haba alcanzado en la cabeza y la
sangre brotaba por las narices, boca y odos. Vieron en el cuello
unas huellas extraas: cuatro depresiones profundas por un lado y
una por el opuesto aunque algo ms grande: al verlas se habra credo
que una mano de acero le haba cogido como una tenaza.

Los sacerdotes felicitaban calurosamente al joven, estrechaban su
mano. El franciscano de aspecto humilde, que serva de Espritu Santo
al P. Dmaso, deca con ojos llorosos:

--Dios es justo, Dios es bueno!

--Cuando pienso que momentos antes estaba all!--deca uno de los
empleados  Ibarra,--digo! si llego  ser el ltimo, Jess!

--A m se me ponen los pelos de punta!--deca otro medio calvo.

--Y bueno que  usted le pas eso y no  m!--murmuraba tembloroso
an un viejo.

--Don Pascual!--exclamaron algunos espaoles.

--Seores, deca eso porque el seor no se ha muerto: yo, si no sala
aplastado, me habra muerto despus con slo pensar en ello.

Pero Ibarra ya estaba lejos enterndose del estado de Mara Clara.

--Que esto no impida que la fiesta contine, seor de Ibarra!--deca
el alcalde--alabado sea Dios! El muerto no es sacerdote, ni
espaol. Hay que festejar su salvacin de usted. Mire que si le coge
la piedra debajo!

--Hay presentimientos, hay presentimientos!--exclamaba el
escribano;--yo ya lo deca: El seor Ibarra no bajaba  gusto. Yo
ya lo vea!

--El muerto es no ms que un indio!

--Que siga la fiesta! Msica! no resucita al muerto la
tristeza! Capitn, aqu se practicarn las diligencias!... Que
venga el directorcillo!... Preso el maestro de obras!

--Al cepo con l!

--Al cepo! Eh! msica, msica! Al cepo el maestrillo!

--Seor alcalde, repuso gravemente Ibarra: si la tristeza no ha de
resucitar al muerto, menos lo conseguir la prisin de un hombre sobre
cuya culpabilidad nada sabemos. Yo salgo garante de su persona y pido
su libertad por estos das al menos.

--Bien! bien! pero que no reincida!

Circulaban toda clase de comentarios. La idea del milagro era ya cosa
admitida. Fr. Salv pareca, sin embargo, alegrarse poco del milagro,
que  un santo de su corporacin y de su parroquia atribuan.

No falt tambin quien aadiera haber visto bajar al foso, mientras
todo se desplomaba, una figura vestida de un traje oscuro como el
de los franciscanos. No haba duda: era el mismo San Diego. Spose
tambin que Ibarra haba odo misa y el hombre amarillo n; claro
como la luz del sol.

--Ves? t no queras or misa,--deca una madre  su hijo;--si no
te llego  pegar para obligarte, ahora iras tu al tribunal como ese,
en carreta!

En efecto el hombre amarillo  su cadver, envuelto en una estera,
era conducido al tribunal.

Ibarra corra  su casa para mudarse.

--Mal comienzo, hum!--deca el viejo Tasio alejndose.






XXXIII

LIBRE PENSAMIENTO


Estaba concluyendo Ibarra de arreglarse, cuando un criado le anunci
que un campesino preguntaba por l.

Suponiendo fuese uno de sus trabajadores, orden le introdujesen en
su despacho  gabinete de estudio, biblioteca  la vez que laboratorio
qumico.

Pero con extraeza vi all la severa y misteriosa figura de Elas.

--Me habis salvado la vida,--dijo ste en tagalo comprendiendo el
movimiento de Ibarra;--os he pagado mi deuda  medias y no tenis nada
que agradecerme, antes al contrario. He venido para pediros un favor...

--Hablad!--contest el joven en el mismo idioma, sorprendido de la
gravedad de aquel campesino.

Elas fij algunos segundos su mirada en los ojos de Ibarra y repuso:

--Cuando la justicia de los hombres quiera aclarar este misterio, os
suplico no hablis  nadie de la advertencia que os hice en la iglesia.

--Descuidad,--contest el joven con cierto tono de disgusto;--s que
os persiguen, pero yo no soy ningn delator.

--Oh, no es por m, no es por m!--exclam con cierta viveza y
altivez Elas;--es por vos: yo no temo nada de los hombres.

La sorpresa de nuestro joven se aument: el tono con que hablaba aquel
campesino, antes piloto, era nuevo y no pareca estar en relacin ni
con su estado ni su fortuna.

--Qu queris decir?--pregunt interrogando con sus miradas  aquel
hombre misterioso.

--Yo no hablo por enigmas, procuro expresarme con claridad. Para
mayor seguridad vuestra, es menester que os tengan por desprevenido
y confiado vuestros enemigos.

Ibarra retrocedi.

--Mis enemigos? Tengo enemigos?

--Todos los tenemos, seor, desde el ms pequeo insecto hasta el
hombre, desde el ms pobre al ms rico y poderoso! La enemistad es
la ley de la vida!

Ibarra mir en silencio  Elas.

--Vos no sois piloto ni campesino!...--murmur.

--Tenis enemigos en las altas y en las bajas esferas,--continu Elas
sin advertir las palabras del joven;--meditis una empresa grande,
tenis un pasado, vuestro padre, vuestro abuelo han tenido enemigos,
porque han tenido pasiones, y en la vida no son los criminales los
que ms odio provocan, sino los hombres honrados.

--Conocis  mis enemigos?

Elas no contest por de pronto y medit.

--Conoc  uno, al que ha muerto, repuso. Ayer noche descubr que
l tramaba algo contra vos, por algunas palabras cambiadas con un
desconocido que se perdi entre la multitud. A ste no le comern
los peces como  su padre: lo veris maana, deca. Estas palabras
llamaron mi atencin no slo por su sentido, sino por el que las
pronunciaba, que hace das se haba presentado al maestro de obras, con
el deseo expreso de dirigir los trabajos de la colocacin de la piedra,
no pidiendo gran salario y haciendo gala de grandes conocimientos. Yo
no tena motivo suficiente para creer en su mala voluntad, pero algo
en m me deca que mis presunciones eran ciertas, y por esto escog,
para advertiros, un momento y una ocasin propios para que no me
pudieseis hacer preguntas. Lo dems ya lo visteis.

Largo rato haba callado ya Elas y an no haba contestado ni dicho
una palabra Ibarra. Estaba meditabundo.

--Siento que ese hombre haya muerto!--repuso al fin;--de l se
habra podido saber algo ms!

--Si hubiese vivido se habra escapado de la temblorosa mano de la
ciega justicia humana. Dios le ha juzgado, Dios le ha matado, Dios
sea el nico Juez!

Crisstomo mir un momento al hombre que as le hablaba, y descubriendo
sus musculosos brazos, llenos de cardenales y grandes contusiones:

--Creis tambin en el milagro?--dijo sonriendo;--ved el milagro
de que habla el pueblo!

--Si creyese en milagros, no creera en Dios: creera en un hombre
deificado, creera que efectivamente el hombre haba criado  Dios 
su imagen y semejanza,--contest solemnemente:--pero yo creo en El; he
sentido ms de una vez su mano. Cuando todo se derrumbaba amenazando
destruccin  cuanto se encontraba en el sitio, yo, yo sujet al
criminal, me puse al lado suyo: l fu herido y yo estoy sano y salvo.

--Vos? de manera que vos?...

--S! yo le sujet cuando quera escaparse, una vez comenzada su
obra fatal: yo vi su crimen. Y os digo: sea Dios el nico juez entre
los hombres, sea El el nico que tenga derecho sobre la vida; que
el hombre no piense nunca en sustituirle!

--Y sin embargo, vos esta vez...

--No!--interrumpi Elas adivinando la objecin,--no es lo
mismo. Cuando el hombre condena  los otros  muerte  destruye
para siempre su porvenir, lo hace  mansalva y dispone de la fuerza
de otros hombres para ejecutar sus sentencias, que despus de todo
pueden ser equivocadas  errneas. Pero yo, al exponer al criminal
en el mismo peligro que l ha preparado  los otros, participaba de
los mismos riesgos. Yo no le mat, dej que la mano de Dios le matara.

--No creis en la casualidad?

--Creer en la casualidad es como creer en milagros: ambas cosas suponen
que Dios desconoce el porvenir. Qu es milagro? Una contradiccin,
un trastorno de las leyes naturales. Imprevisin y contradiccin
en la Inteligencia que dirige la mquina del mundo significan dos
grandes imperfecciones.

--Quin sois?--volvi  preguntar Ibarra con cierto temor;--habis
estudiado?

--He tenido que creer mucho en Dios, porque he perdido la fe en los
hombres,--contest el piloto eludiendo la pregunta.

Ibarra crey comprender  aquel joven perseguido: negaba la justicia
humana, desconoca el derecho del hombre  juzgar  sus iguales,
protestaba contra la fuerza y la superioridad de ciertas clases sobre
las otras.

--Con todo, debis admitir la necesidad de la justicia humana, por
imperfecta que ella pueda ser,--repuso.--Dios, por ms ministros
que tenga en la tierra, no puede, es decir, no dice claramente su
juicio para dirimir los millones de contiendas que suscitan nuestras
pasiones. Es menester, es necesario, es justo que el hombre juzgue
alguna vez  sus semejantes!

--S, para hacer el bien, no el mal, para corregir y mejorar, no
para destruir, porque si fallan sus juicios, l no tiene el poder de
remediar el mal que ha hecho. Pero, aadi cambiando de tono, esta
discusin est por encima de mis fuerzas, y os entretengo ahora que
os esperan. No olvidis lo que yo os acabo de decir: tenis enemigos;
conservaos para el bien de vuestro pas.

Y se despidi.

--Cundo os volver  ver?--pregunt Ibarra.

--Siempre que queris y siempre que os pueda ser til. An soy
vuestro deudor!






XXXIV

LA COMIDA


All bajo el adornado kiosco coman los grandes hombres de la
provincia.

El alcalde ocupaba un extremo de la mesa; Ibarra, el otro. A
la derecha del joven se sentaba Mara Clara, y el escribano  su
izquierda. Capitn Tiago, el alfrez, el gobernadorcillo, los frailes,
los empleados y las pocas seoritas que se haban quedado se sentaban,
no segn el rango, sino segn sus aficiones.

La comida era bastante animada y alegre, pero,  la mitad de ella,
vino un empleado de telgrafos en busca de Cpn. Tiago, trayendo
un parte. Capitn Tiago pide naturalmente permiso para leerlo,
y naturalmente todos se lo suplican.

El digno Capitn frunce primero las cejas, despus las levanta: su
rostro palidece, se ilumina y, doblando precipitadamente el pliego
y levantndose:

--Seores,--dice azorado,--S. E. el Capitn general viene esta tarde
 honrar mi casa!

Y echa  correr llevndose el parte y la servilleta, pero sin sombrero,
acosado por exclamaciones y preguntas.

El anuncio de la venida de los tulisanes no habra producido ms
efecto.

--Pero oiga usted!--Cundo viene?--Cuntenos usted!--Su Excelencia!

Capitn Tiago ya estaba lejos.

--Viene S. E. y se hospeda en casa de Cpn. Tiago!--exclaman algunos
sin considerar que all estaban la hija y el futuro yerno.

--La eleccin no poda ser mejor!--repuso ste.

Los frailes se miran unos  otros; la mirada quera decir: El Capitn
general comete una de las suyas; nos ofende; piensan as, se callan
y nadie expresa su pensamiento.

--Ya me haban hablado de eso ayer,--dice el alcalde,--pero entonces
S. E. no estaba an decidido.

--Sabe V. E, seor alcalde, cunto tiempo piensa el Capitn general
quedarse aqu?--pregunta inquieto el alfrez.

--Con certeza no;  S. E. le gusta dar sorpresas.

--Aqu vienen otros partes!

Eran para el alcalde, el alfrez y el gobernadorcillo, anunciando lo
mismo: los frailes notan bien que ninguno va dirigido al cura.

--S. E. llegar  las cuatro de la tarde, seores!--dice el alcalde
solemnemente;--podemos comer con tranquilidad!

Mejor no poda haber dicho Leonidas en las Termpilas: Esta noche
cenaremos con Plutn!

La conversacin volvi  tomar su curso ordinario.

--Noto la ausencia de nuestro gran predicador!--dice tmidamente
uno de los empleados, de aspecto inofensivo, que no haba abierto
la boca hasta el momento de comer y hablaba ahora por primera vez en
toda la maana.

Todos los que saban la historia del padre de Crisstomo hicieron
un movimiento y un guio que queran decir: Ande usted! Al primer
tapn zurrapas! pero algunos ms benvolos contestaron:

--Debe usted estar algo cansado...

--Qu algo?--exclama el alfrez;--rendido debe estar y, como dicen
por aqu, malunqueado. Cuidado con la pltica!

--Un sermn soberbio, gigante!--dice el escribano.

--Magnfico, profundo!--aade el corresponsal.

--Para poder hablar tanto, se necesita tener los pulmones que l
tiene,--observa el P. Manuel Martn.

El agustino no le conceda ms que pulmones.

--Y la facilidad de expresarse,--aade el P. Salv.

--Saben ustedes que el seor de Ibarra tiene el mejor cocinero de
la provincia?--dice el alcalde cortando la conversacin.

--Eso deca, pero su hermosa vecina no quiere honrar la mesa, pues
apenas prueba bocado,--repuso uno de los empleados.

Mara Clara se ruboriz.

--Doy gracias al seor ... se ocupa demasiado de mi persona,--balbuce
tmidamente,--pero...

--Pero que la honra usted bastante con sola su asistencia,--concluy
el galante alcalde, y volvindose al P. Salv:

--Padre cura,--aadi en voz alta,--noto que todo el da est
V. R. callado y pensativo...

--El seor alcalde es un terrible observador!--exclama el P. Sibyla
en un tono particular.

--Esa es mi costumbre,--balbucea el franciscano;--me gusta ms oir
que hablar.

--V. R. atiende siempre  ganar y no perder!--dice en tono de broma
el alfrez.

El P. Salv no tom la cosa  broma: su mirada brill un momento
y replic:

--Ya sabe bien el seor alfrez que estos das no soy yo el que ms
gana  pierde!

El alfrez disimul el golpe con una falsa risa y no se di por
aludido.

--Pero, seores, yo no comprendo cmo se puede hablar de ganancias
 prdidas,--interviene el alcalde;--qu pensaran de nosotros esas
amables y discretas seoritas, que nos honran con su presencia? Para
m, las jvenes son como las arpas elicas en medio de la noche:
hay que escucharlas y prestar atento odo, para que sus inefables
armonas, que elevan al alma  las celestiales esferas de lo infinito
y de lo ideal...

--V. E. est poetizando!--dice alegremente el escribano, y ambos
apuran la copa.

--No puedo menos,--dice el alcalde limpindose los labios;--la ocasin,
si no siempre hace al ladrn, hace al poeta. En mi juventud compuse
versos, y por cierto, no malos.

--De modo que V. E. ha sido infiel  las musas por seguir 
Temis!--dice enfticamente nuestro mtico  mitlogo corresponsal.

--Psh! qu quiere usted? Recorrer toda la escala social fu siempre
mi sueo. Ayer recoga flores y entonaba cantos, hoy empuo la vara
de la justicia y sirvo  la humanidad, maana...

--Maana arrojar V. E. la vara al fuego para calentarse con ella en
el invierno de la vida y tomar una cartera de ministro,--aade el
P. Sibyla.

--Psh! s... no... ser ministro no es precisamente mi bello ideal:
cualquier advenedizo lo llega  ser. Una villa en el norte para pasar
el verano, un hotel en Madrid y unas posesiones en Andaluca para el
invierno... Viviremos acordndonos de nuestra querida Filipinas!... De
m no dir Voltaire: Nous n'avons jamais t chez ces peuples que
pour nous y enrichir et pour les calomnier [117].

Los empleados creyeron que S. E. haba dicho una gracia y se echaron
 reir celebrndola; los frailes los imitaron, pues no saban que
Volter era el Voltar tantas veces maldecido por ellos y puesto
en el infierno. Sin embargo el P. Sibyla lo saba y se puso serio,
suponiendo que el alcalde haba dicho una hereja  impiedad.

En el otro kiosco coman los nios, presididos por su maestro. Para ser
chicos filipinos hacan bastante ruido, pues generalmente en la mesa
y delante de otras personas pecan ms de cortos que de sueltos. Aquel
que equivocaba el uso de los cubiertos era corregido por el vecino;
de aqu surga una discusin y ambos encontraban partidarios: quienes
optaban por la cuchara, quienes por el tenedor  el cuchillo, y como
no consideraban  nadie como una autoridad, all se armaba la de Dios
es Cristo , ms claramente, una discusin de telogos.

Los padres se guiaban, se codeaban, se hacan seas y en sus sonrisas
se poda leer que eran felices.

--Ya!--deca una campesina  un viejo que trituraba buyo en su
kalkut [118];--por ms que mi marido no quiera mi Androy ser
sacerdote. Somos en verdad pobres, pero ya trabajaremos, y si fuese
necesario, pediremos limosna. No falta quien d dinero para que los
pobres puedan ordenarse. No dice el hermano Mateo, hombre que no
miente, que el Papa Sixto era un pastor de carabaos en Batangas? Pues
mirad  mi Andoy, miradle si no tiene ya la cara de San Vicente!

Y  la buena madre se le haca agua la boca viendo  su hijo coger
el tenedor con ambas manos.

--Dios nos ayude!--aade el viejo mascando el sap;--si Andoy llega
 ser papa, nos iremos  Roma, jej! todava puedo andar bien. Y si
me muero... jej!

--Perded cuidado, abuelo! Andoy no se olvidar de que le habis
enseado  tejer cestos de caa y dikines [119].

--Tienes razn, Petra; yo tambin creo que tu hijo ser gran cosa
... cuando menos patriarca. No he visto otro que en menos tiempo haya
aprendido el oficio! Ya, ya se acordar de m cuando Papa  obispo
se entretenga en hacer cestos para su cocinera. Ya dir misas por mi
alma, jej!

Y el buen anciano, con esta esperanza, carg de lleno su kalkut con
mucho buyo.

--Si Dios oye mis ruegos y mis esperanzas se cumplen, dir  Andoy:
Hijo, qutanos  todos los pecados y mndanos al cielo. Ya no tendremos
necesidad de rezar, ayunar, ni comprar bulas. Quien tiene un hijo
santo Papa ya puede cometer pecados!

--Envale maana  casa, Petra,--dice entusiasmado el viejo;--le voy
 ensear  labrar el nit! [120]

--Hum! ab! Qu creis, abuelo? Pensis que los curas mueven
todava las manos? El cura, con ser no ms que cura, slo trabaja
en la misa... cuando da vueltas! El arzobispo ya no da vueltas,
dice la misa sentado; con que el Papa... el Papa la dir en la cama,
con abanico!... Qu os figurbais?

--No est de ms, Petra, que l sepa cmo se prepara el nit. Bueno es
que pueda vender salakots y petacas para no tener que pedir limosna,
como lo hace aqu todos los aos el cura en nombre del Papa. Me da
compasin ver un santo pobre y doy siempre lo que economizo.

Acercse otro campesino diciendo:

--Est decidido, cumare, mi hijo ha de ser doctor; no hay como
ser doctor!

--Doctor! callaos, cumpare [121],--contesta la Petra;--no hay como
ser cura!

--Cura? brr! cura? El doctor cobra mucho dinero, los enfermos le
veneran, cumare!

--Por favor! El cura, con dar tres  cuatro vueltas, y decir dminos
pabiscum, come  Dios y recibe dinero. Todos, hasta las mujeres le
cuentan sus secretos!

--Y el doctor? Pues qu creis que es el doctor? El doctor ve todo
lo que tenis las mujeres, toma el pulso  las dalagas... Yo slo
quisiera ser doctor una semana!

--Y el cura? acaso el cura no ve tambin lo que vuestro doctor? Y
todava mejor! ya sabis el refrn: gallina gorda y pierna redonda
para el cura.

--Pues qu? comen los mdicos sardinas secas? se lastiman los
dedos comiendo sal?

--Se ensucia el cura la mano como vuestros mdicos? Para eso tiene
grandes haciendas, y cuando trabaja, trabaja con msica y le ayudan
los sacristanes.

--Y el confesar, cumare? No es un trabajo?

--Vaya un trabajo! Ya quisierais estar confesando  todo el
mundo! Con que trabajamos y sudamos para averiguar qu hacen los
hombres y las mujeres, qu nuestros vecinos! El cura no hace ms que
sentarse, y todo se lo cuentan;  veces se duerme, pero suelta dos
 tres bendiciones y somos otra vez hijos de Dios! Yo quisiera ser
cura en una tarde de cuaresma!

--Y el... el predicar? eso no me diris que no es trabajo. Ved,
si no, cmo sudaba esta maana el cura grande!--objetaba el hombre,
que senta batirse en retirada.

--El predicar? Un trabajo el predicar? Dnde tenis el juicio? Ya
quisiera yo estar hablando medio da, desde el plpito, regaando y
riendo  todos, sin que ninguno se atreva  replicar, y pagndome por
ello todava! Ya quisiera yo ser cura no ms que una maana cuando
estn oyendo misa los que me deben! Ved, ved no ms al padre Dmaso
cmo engorda de tanto reir y pegar!

En efecto vena el padre Dmaso con el andar de hombre gordo, medio
sonriendo, pero de una manera tan maligna, que Ibarra al verle perdi
el hilo de su discurso.

El padre Dmaso fu saludado, si bien con cierta extraeza, con
muestras de alegra por todos, menos por Ibarra. Estaban ya en los
postres y el champaa espumaba en las copas.

La sonrisa del padre Dmaso se hizo nerviosa cuando vi  Mara Clara
sentada  la derecha de Crisstomo; pero, tomando una silla al lado
del alcalde, pregunt en medio de un silencio significativo:

--Se hablaba de algo, seores? continen ustedes!

--Se brindaba,--contest el alcalde.--El seor de Ibarra mencionaba
 cuantos le haban ayudado en su filantrpica empresa y hablaba del
arquitecto, cuando V. R...

--Pues yo no entiendo de arquitectura,--interrumpi el padre
Dmaso,--pero me ro de los arquitectos y de los bobos que  ellos
acuden. Ah est: yo trac el plano de esa iglesia, y est construda
perfectamente: as me lo dijo un joyero ingls que se hosped un da
en el convento. Para trazar un plano basta tener dos dedos de frente!

--Sin embargo,--repuso el alcalde viendo que Ibarra se callaba,--cuando
ya se trata de ciertos edificios, por ejemplo, como esta escuela,
necesitamos un perito!...

--Qu perito ni qu peritas!--exclama con burla el padre
Dmaso.--Quien necesite de peritos es un perrito! Hay que ser ms
bruto que los indios, que se levantan sus propias casas, para no
saber hacer construir cuatro paredes y ponerles un tapanco encima,
que es todo una escuela!

Todos miraron hacia Ibarra, pero ste, si bien se puso plido, sigui
como conversando con Mara Clara.

--Pero considere V. R...

--Vea usted,--contina el franciscano no dejando hablar al
Alcalde,--vea V. cmo un lego nuestro, el ms bruto que tenemos,
ha construdo un hospital bueno, bonito y barato. Haca trabajar
bien y no pagaba ms que ocho cuartos diarios  los que tenan an
que venir de otros pueblos. Ese saba tratarlos, no como chiflados
y mesticillos, que los echan  perder pagndoles tres  cuatro reales.

--Dice V. R. que slo pagaba ocho cuartos? Imposible!--dice el
alcalde para cambiar el curso de la conversacin.

--S, seor, y eso deban imitar los que se precian de buenos
espaoles. Ya se ve, desde que el canal de Suez se ha abierto, la
corrupcin ha venido ac. Antes, cuando tenamos que doblar el Cabo,
ni venan tantos perdidos, ni iban all otros  perderse!

--Pero padre Dmaso!...

--Usted ya conoce lo que es el indio: tan pronto como aprende algo,
la echa de doctor. Todos esos mocosos que se van  Europa...

--Pero oiga V. R...!--interrumpa el alcalde, que se inquietaba por
lo agresivo de aquellas palabras.

--Todos van  acabar como merecen,--contina el fraile; la mano de
Dios se ve en medio, se necesita estar ciego para no verlo. Ya en
esta vida reciben el castigo los padres de semejantes vboras... se
mueren en la crcel je je! como si dijramos, no tienen donde...

Pero no concluy la frase. Ibarra, lvido, le haba estado siguiendo
con la vista; al oir la alusin  su padre, se levant y de un salto,
dej caer su robusta mano sobre la cabeza del sacerdote, que cay de
espaldas atontado.

Llenos de sorpresa y terror, ninguno se atrevi  intervenir.

--Lejos!--grit el joven con voz terrible,--y extendi su mano  un
afilado cuchillo mientras sujetaba con el pie el cuello del fraile,
que volva de su atolondramiento;--el que no quiera morir que no
se acerque!

Ibarra estaba fuera de s: su cuerpo temblaba, sus ojos giraban en sus
rbitas amenazadores. Fray Dmaso, haciendo un esfuerzo, se levant,
pero l, cogindole del cuello le sacudi hasta ponerle de rodillas
y doblarle.

--Seor de Ibarra! Seor de Ibarra!--balbucearon algunos.

Pero ninguno, ni el mismo alfrez, se atreva  acercarse viendo
el cuchillo brillar, calculando la fuerza y el estado de nimo del
joven. Todos se sentan paralizados.

--Vosotros, ah! vosotros os habis callado, ahora me toca  m. Yo
lo he evitado. Dios me lo trae, juzgue Dios!

El joven respiraba trabajosamente, pero con brazo de hierro segua
sujetando al franciscano, que en vano pugnaba por desasirse.

--Mi corazn late tranquilo, mi mano va segura...

Y mirando al rededor suyo:--Antes, hay entre vosotros alguno,
alguno que no haya amado  su padre, que haya odiado su memoria,
alguno nacido en la vergenza y la humillacin?... Ves? oyes ese
silencio? Sacerdote de un Dios de paz, que tienes la boca llena de
santidad y religin, y el corazn de miserias, t no debiste conocer
lo que es un padre... hubieras pensado en el tuyo! Ves? Entre esa
multitud que t desprecias no hay uno como t! Ests juzgado!

La gente que le rodeaba, creyendo que iba  cometer un asesinato,
hizo un movimiento.

--Lejos!--volvi  gritar con voz amenazadora;--qu! temis que
manche mi mano en sangre impura? No os he dicho que mi corazn late
tranquilo? Lejos de nosotros! Oid, sacerdotes, jueces, que os creeis
otros hombres y os atribus otros derechos! Mi padre era un hombre
honrado; preguntadlo  ese pueblo que venera su memoria. Mi padre
era un buen ciudadano: se ha sacrificado por m y por el bien de su
pas. Su casa estaba abierta, su mesa dispuesta para el extranjero
 el desterrado que acuda  l en su miseria! Era buen cristiano:
ha hecho siempre el bien y jams oprimi al desvalido, ni acongoj
al miserable... A ste le ha abierto las puertas de su casa, le
ha hecho sentarse en su mesa y le ha llamado su amigo. Cmo ha
correspondido? Le ha calumniado, perseguido, ha armado contra l  la
ignorancia, valindose de la santidad de su cargo; ha ultrajado su
tumba, deshonrado su memoria y le ha perseguido en el mismo reposo
de la muerte. Y, no contento con esto, persigue al hijo ahora! Yo
le he hudo, he evitado su presencia... Vosotros le oisteis esta
maana profanar el plpito, sealarme al fanatismo popular, y yo
me he callado. Ahora viene aqu  buscarme querella; he sufrido
en silencio con sorpresa vuestra; pero insulta de nuevo la memoria
ms sagrada para todos los hijos... Vosotros los que estis aqu,
sacerdotes, jueces, vsteis  vuestro anciano padre desyelarse
trabajando para vosotros, separarse de vosotros para vuestro bien,
morir de tristeza en una prisin, suspirando por poderos abrazar,
buscando un sr que le consuele, solo, enfermo, mientras vosotros en
el extranjero?... Oisteis despus deshonrar su nombre, hallasteis
su tumba vaca cuando quisisteis orar sobre ella? No? Os callis,
luego le condenis!

Levant el brazo; pero una joven, rpida como la luz, se puso en medio
y con sus delicadas manos detuvo el brazo vengador: era Mara Clara.

Ibarra la mir con una mirada que pareca reflejar la locura. Poco
 poco se aflojaron los crispados dedos de sus manos dejando caer el
cuerpo del franciscano y el cuchillo, y cubrindose la cara huy al
travs de la multitud.






XXXV

COMENTARIOS


Pronto se divulg el acontecimiento en el pueblo. Al principio nadie
lo quera creer, pero, teniendo que ceder  la realidad, todos se
deshacan en exclamaciones de sorpresa.

Cada cual segn el grado de su elevacin moral haca sus comentarios.

--El padre Dmaso est muerto!--decan algunos;--cuando le levantaron,
tena toda la cara baada en sangre y no respiraba.

--Descanse en paz, pero no ha hecho ms que saldar su
deuda!--exclamaba un joven.--Mirad que lo que ha hecho esta maana
en el convento no tiene nombre.

--Qu ha hecho? Ha vuelto  pegar al coadjutor?

--Qu ha hecho? A ver! Cuntanoslo.

--Habis visto esta maana  un mestizo espaol salir por la sacrista
durante el sermn?

--S! s que le vimos. El padre Dmaso se fij en l.

--Bueno... despus del sermn, le hizo llamar y le pregunt por qu
haba salido. No entiendo el tagalo, padre, contest, Y por qu
te has burlado diciendo que aquello era griego? le grit el padre
Dmaso, dndole un bofetn. El joven contest, y anduvieron los dos
 puetazos hasta que los separaron.

--Si me ocurriese eso...--murmur entre dientes un estudiante.

--No apruebo la accin del franciscano,--repuso otro,--pues la religin
no se debe imponer  nadie como un castigo  una penitencia; pero casi
lo celebro porque conozco  ese joven, s que es de San Pedro Macati,
y habla bien el tagalo. Ahora, quiere que le tengan por recin venido
de Rusia y se honra con aparentar ignorar el idioma de sus padres.

--Entonces, Dios los cra y ellos se pegan!

--Sin embargo debemos protestar contra el hecho,--exclamaba otro
estudiante;--callarse sera asentir y lo sucedido puede repetirse en
cualquiera de nosotros. Volvemos  los tiempos de Nern!

--Te equivocas!--le replicaba otro.--Nern era un gran artista y
el P. Dmaso un psimo predicador!

Los comentarios de las personas de edad eran otros.

Mientras esperaban la llegada del capitn general en una casita fuera
del pueblo, deca el gobernadorcillo:

--Decir quin tiene y quin no tiene razn, no es cosa fcil; sin
embargo, si el seor Ibarra hubiese guardado ms prudencia...

--Si el padre Dmaso hubiese tenido la mitad de la prudencia del seor
Ibarra, queriais decir probablemente?--interrumpa don Filipo.--El
mal est en que se han trocado los papeles; el joven se ha mostrado
como un viejo, y el viejo como un joven.

--Y decs que ninguno se movi, ninguno acudi  separarlos, fuera
de la hija de Cpn. Tiago?--pregunta capitan Martn.--Ninguno de los
frailes, ni el alcalde? Hum! Peor que te peor! No quisiera estar
en la pelleja del joven. Nadie le podr perdonar el haberle tenido
miedo. Peor que te peor, hum!

--Lo creeis?--pregunta con inters capitn Basilio.

--Espero,--dice don Filipo cambiando con ste una mirada,--que el
pueblo no le ha de abandonar. Debemos pensar en lo que su familia
ha hecho y en lo que est haciendo ahora. Y si acaso, acobardado,
el pueblo se calla, sus amigos...

--Pero, seores,--interrumpe el gobernadorcillo,--qu podemos
hacer nosotros? qu puede hacer el pueblo? Suceda lo que suceda,
los frailes siempre tienen razn.

--Tienen siempre razn, porque nosotros siempre se la damos,--contesta
don Filipo con impaciencia recargando el acento en la palabra
siempre;--dmonosla una vez y entonces hablaremos!

El gobernadorcillo se rasc la cabeza y mirando al techo repuso con
voz agria:

--Ay! el calor de la sangre! Parece que no sabis an en qu pas
estamos; no conocis  nuestros paisanos. Los frailes son ricos y
estn unidos, y nosotros divididos y pobres. S! tratad de defenderle
y veris cmo os dejan solo en el compromiso.

--S!--exclama D. Filipo con amargura,--eso suceder, mientras se
piense as, mientras miedo y prudencia sean sinnimos. Se atiende ms
 un mal eventual que al bien necesario; al instante se presenta el
miedo y no la confianza; cada cual piensa en s solo, nadie en los
dems; por eso todos somos dbiles.

--Pues bien, pensad en los otros antes que en vos mismo y veris
cmo os dejan colgado!--No sabis el refrn espaol: la caridad bien
entendida empieza por s mismo?

--Mejor dirais--contesta exasperado el teniente mayor--que
la cobarda bien entendida empieza por el egosmo y acaba por la
vergenza! Ahora mismo presento mi dimisin al alcalde; harto estoy
de pasar por ridculo sin ser  nadie til... Adis!

Las mujeres opinaban de otra manera.

--Ay!--suspiraba una mujer de expresin bondadosa;--los jvenes
siempre sern as. Si viviese su buena madre, qu dira? Ay,
Dios! Cuando pienso que otro tanto puede pasarle  mi hijo, que tambin
tiene la cabeza caliente... ay, Jess! casi le tengo envidia  su
difunta madre ... me morira de pena.

--Pues yo no,--contestaba otra mujer;--no me dara pena si tal pasase
 mis dos hijos.

--Qu decs, capitana Mara?--exclamaba la primera juntando las manos.

--Me gusta que los hijos defiendan la memoria de sus padres, capitana
Tinay; qu dirais si un da, viuda, oyseis hablar de vuestro marido,
y vuestro hijo Antonio bajase la cabeza y se callase?

--Yo le negara mi bendicin!--exclama una tercera, la hermana
Rufa,--pero...

--Negarle la bendicin, jams!--interrumpe la bondadosa capitana
Tinay,--una madre no debe decir eso ... pero yo no s lo que hara
... no s ... creo que me morira ... le ... no! Dios mo! pero no
querra verle ms ... pero qu pensamientos tenis, capitana Mara?

--Con todo,--aada hermana Rufa,--no hay que olvidar que es un gran
pecado poner la mano sobre una persona sagrada.

--La memoria de los padres es ms sagrada!--replica capitana
Mara. Ninguno, ni el Papa, y menos el padre Dmaso puede profanar
tan santa memoria!

--Es verdad!--murmuraba capitana Tinay admirando la sabidura de
ambas;--de dnde sacis tan buenas razones?

--Pero y la excomunin y la condenacin?--replicaba la Rufa.--Qu
son los honores y el buen nombre en esta vida si en la otra nos
condenamos? Todo pasa pronto ... pero la excomunin ... ultrajar 
un ministro de Jesucristo... eso no lo perdona nadie ms que el Papa!

--Lo perdonar Dios que manda honrar padre y madre; Dios no le
excomulgar! Y yo os digo: si ese joven viene  mi casa, yo le recibo
y hablo con l; si tuviese una hija, le querra por yerno: el que
es buen hijo ser buen marido y buen padre, creedlo, hermana Rufa!

--Pues yo no pienso as; decid lo que queris, y aunque parezca que
tengis razn, siempre le creer ms al cura. Ante todo, salvo yo mi
alma, qu decs, capitana Tinay?

--Ah! qu queris que diga! Ambas tenis razn; el cura la tiene,
pero Dios tambin la debe tener! Yo no s, no soy ms que una
tonta... Lo que voy  hacer es decirle  mi hijo que no estudie
ms! Dicen que los sabios mueren ahorcados. Mara Santsima! mi
hijo que quera ir  Europa!

--Qu pensis hacer?

--Decirle que se queda  mi lado; para qu saber ms? Maana 
pasado nos morimos, muere el sabio como el ignorante ... la cuestin
es vivir en paz.

Y la buena mujer suspiraba y levantaba los ojos al cielo.

--Pues yo,--deca gravemente la capitana Mara,--si fuese rica como
vos, dejaba que mis hijos viajasen: son jvenes y deben un da ser
hombres ... yo ya he de vivir poco ... nos veramos en la otra vida
... los hijos deben aspirar  ser algo ms que sus padres, y en
nuestros senos slo les enseamos  ser nios.

--Ay, qu pensamientos tan raros tenis!--exclamaba espantada capitana
Tinay, juntando las manos;--parece que no habis parido con dolor
 vuestros gemelos!

--Por lo mismo que los he parido con dolor, criado y educado  pesar
de nuestra pobreza, no quiero que, despus de tantas fatigas como me
han costado, sean no ms que medio hombres...

--Me parece que no amis  vuestros hijos como Dios manda!--dice en
tono algo severo hermana Rufa.

--Perdonad, cada madre ama  sus hijos  su manera: unas los aman
para s, otras por s, y algunas para ellos mismos. Yo soy de estas
ltimas; mi marido as me lo ha enseado.

--Todos vuestros pensamientos, capitana Mara,--dice la Rufa como
predicando,--son poco religiosos: haceos hermana del Santsimo Rosario,
de San Francisco, de Santa Rita  Santa Clara!

--Hermana Rufa, cuando sea digna hermana de los hombres, tratar de
ser hermana de los santos,--contestaba la otra sonriendo.

Para acabar con este captulo de comentarios, y para que los lectores
vean siquiera de paso qu pensaban del hecho los sencillos campesinos,
nos iremos  la plaza, donde bajo el entoldado conversan algunos,
veremos all  un conocido nuestro, el hombre que soaba con los
doctores en medicina.

--Lo que ms siento,--deca ste,--es que la escuela ya no se termina!

--Cmo? cmo?--preguntaban los circunstantes con inters.

--Mi hijo ya no ser doctor, sino carretero! Nada! Ya no habr
escuela!

--Quin dice que ya no habr escuela?--pregunta un rudo y robusto
aldeano, de anchas quijadas y estrecho crneo.

--Yo! Los padres blancos han llamado  don Crisstomo plibastiero
[122]. Ya no hay escuela!

Todos se quedaron preguntndose con la mirada. El nombre era nuevo
para ellos.

--Y es malo ese nombre?--se atreve al fin  preguntar el rudo aldeano.

--Lo peor que un cristiano puede decir  otro!

--Peor que tarantado y saragate? [123]

--Si no fuese ms que eso! Me lo han llamado varias veces as,
y ni siquiera me ha dolido el estmago.

--Vamos, no ser peor que indio [124], que dice el alfrez!

El que va  tener un hijo carretero se pone ms sombro; el otro se
rasca la cabeza y piensa.

--Entonces ser como betelopora [125], que dice la vieja del
alfrez! Peor que eso es escupir en la hostia.

--Pues, peor que escupir en la hostia en Viernes santo,--contestaba
gravemente.--Ya os acordis de la palabra ispichoso, que bastaba
aplicar  un hombre para que los civiles de Villa-Abrille se le
llevasen al desierto   la crcel; pues plebestiero es mucho
peor. Segn decan el telegrafista y el directorcillo, plibestiro
dicho por un cristiano, un cura  un espaol  otro cristiano como
nosotros parece santusdeus con requimiternam: si te llaman una vez
plibustiero, ya puedes confesarte y pagar tus deudas, pues no te
queda ms remedio que dejarte ahorcar. Ya sabes si el directorcillo
y el telegrafista deben estar enterados: el uno habla con alambres
y el otro sabe espaol y no maneja ms que la pluma.

Todos estaban aterrados.

--Que me obliguen  ponerme zapatos y no beber en toda mi vida ms
que esa orina de caballo que llaman cerveza, si alguna vez me dejo
llamar pelbistero!--jura cerrando sus puos el aldeano.--Quin? Yo,
rico como don Crisstomo, sabiendo el espaol como l, y pudiendo
comer aprisa con cuchillo y cuchara, me ro de cinco curas!

--Al primer civil que vea yo robando gallinas, le llamo
palabistiero..... y me confesar en seguida!--murmura en voz muy baja,
alejndose del grupo, uno de los campesinos.






XXXVI

LA PRIMERA NUBE


En casa de capitn Tiago reinaba menos confusin que en la imaginacin
de la gente. Mara Clara no haca ms que llorar y no escuchaba las
palabras de consuelo de su ta, y de Andeng, su hermana de leche. Le
haba prohibido su padre que hablase con Ibarra hasta tanto que los
sacerdotes no le absolviesen de la excomunin.

Capitn Tiago, que estaba muy ocupado preparando su casa para recibir
dignamente al capitn general, haba sido llamado al convento.

--No llores, hija,--deca ta Isabel pasando la gamuza sobre las
brillantes lunas de los espejos;--ya le retirarn la excomunin,
ya escribirn al Santo Papa ... haremos una grande limosna... El
padre Dmaso no ha tenido ms que un desmayo ... no ha muerto!

--No llores,--le deca Andeng en voz baja;--ya har yo que le hables:
para qu han hecho los confesonarios, si no es para pecar? Todo se
perdona con decirlo al cura!

Por fin, capitn Tiago lleg! Ellas buscaron en su cara la respuesta
 muchas preguntas; pero la cara de capitn Tiago anunciaba el
desaliento. El pobre hombre sudaba, se pasaba la mano por la frente
y no consegua articular una palabra.

--Qu hay, Santiago?--pregunta ansiosa la ta Isabel.

Este contesta con un suspiro, enjugndose una lgrima.

--Por Dios, habla! Qu pasa?

--Lo que yo ya me tema!--prorrumpe al fin medio llorando.--Todo
est perdido! El padre Dmaso manda que rompa el compromiso, de lo
contrario me condeno en esta vida y en la otra! Todos me dicen lo
mismo, hasta el padre Sibyla! Debo cerrarle las puertas de mi casa
y... le debo ms de cincuenta mil pesos! He dicho esto  los padres,
pero no han querido hacerme caso: Qu prefieres perder, me decan,
cincuenta mil pesos  tu vida y tu alma? Ay, San Antonio! si lo
hubiese sabido, si lo hubiese sabido!

Mara Clara sollozaba.

--No llores, hija ma,--aada volvindose  sta; t no eres como tu
madre que no lloraba nunca..... no lloraba ms que por antojos... El
padre Dmaso me ha dicho que ha llegado ya un pariente suyo de Espaa
... y te lo destina por novio...

Mara Clara se tap los odos.

--Pero, Santiago, ests loco?--le grit ta Isabel;--hablarle de
otro novio ahora! Crees que tu hija muda de novios como de camisa?

--Eso mismo pensaba yo, Isabel; don Crisstomo es rico ... los
espaoles slo se casan por amor al dinero ... pero qu quieres
que haga? Me han amenazado con otra excomunin..... dicen que corre
gran peligro no slo mi alma sino tambin el cuerpo..... el cuerpo,
oyes? el cuerpo!

--Pero t no haces ms que desconsolar  tu hija! No es amigo tuyo
el arzobispo? Por qu no le escribes?

--El arzobispo tambin es fraile, el arzobispo no hace ms que lo
que los frailes le dicen. Pero, Mara, no llores; vendr el Capitn
general, querr verte y tus ojos estarn encarnados..... Ay! yo que
pensaba pasar una tarde feliz... sin esta gran desgracia sera el
ms feliz de los hombres y todos me tendran envidia..... Clmate,
hija ma: yo soy ms desgraciado que t y no lloro! T puedes tener
otro novio mejor, pero yo, yo pierdo cincuenta mil pesos! Ay, Virgen
de Antipolo, si esta noche al menos tuviese suerte!

Detonaciones, rodar de coches, galope de caballos, msica tocando la
marcha real anunciaron la llegada de S. E. el Gobernador general
de las Islas Filipinas. Mara Clara corri  esconderse en su
alcoba... Pobre joven! juegan con tu corazn groseras manos que no
conocen sus delicadas fibras.

Mientras la casa se llenaba de gente, y fuertes pasos, voces de mando,
ruidos de sables y espuelas resonaban por todas partes, la atribulada
joven yaca medio arrodillada delante de una estampa de la Virgen, que
la representaba en aquella actitud de dolorosa soledad, slo sentida
por Delaroche, como si la hubiese sorprendido al volver del sepulcro de
su Hijo. Mara Clara no pensaba en el dolor de aquella madre, pensaba
en el suyo propio. Con la cabeza doblada sobre el pecho y las manos
apoyadas contra el suelo, pareca el tallo de una azucena doblado
por la tempestad. Un porvenir soado y acariciado durante aos,
cuyas ilusiones, nacidas en la infancia y crecidas con la juventud,
daban forma  las clulas de su organismo, querer borrarlo ahora, con
una sola palabra, de la mente y del corazn! Tanto vala paralizar
los latidos de uno y privar  la otra de su luz!

Mara Clara era tan buena y piadosa cristiana, como amante hija. No
slo le arredraba la excomunin: el mandato y la amenazada tranquilidad
de su padre le exigen ahora el sacrificio de sus amores. Senta ella
toda la fuerza de aquel afecto que hasta entonces no sospechaba. Era
una vez un ro que se deslizaba mansamente; fragantes flores
alfombraban sus orillas, y su lecho lo formaba fina arena. Su corriente
apenas rizaba el viento; habrase dicho al verle que se remansaba. Pero
de repente se estrecha el cauce, speras rocas le cierran el paso,
aosos troncos se atraviesan formando dique, ah! entonces ruge el
ro, se levanta, hierven las olas, sacude penachos de espuma, bate
las rocas y se lanza al abismo!

Quera orar, pero quin ora en la desesperacin? Se ora cuando
se espera, y cuando no, y nos dirigimos  Dios, slo exhalamos
quejas.--Dios mo! gritaba su corazn, por qu separar as  un
hombre, por qu negarle el amor de los dems? T no le niegas tu sol,
ni tu aire, ni le ocultas la vista de tu cielo, por qu negarle el
amor, cuando sin cielo, sin aire y sin sol se puede vivir, pero sin
amor jams?

Llegaran al trono de Dios esos gritos que no oyen los hombres? los
oira la Madre de los desgraciados?

Ay! la pobre joven, que no haba conocido una madre, se atreva
 confiar estos pesares que causan los amores de la tierra  aquel
corazn pursimo, que slo haba conocido el amor de hija y el de
madre: ella en sus tristezas acuda  esa imagen divinizada de la
mujer, la idealizacin ms hermosa de la ms ideal de las criaturas,
 esa creacin potica del Cristianismo, que reune en s los dos ms
bellos estados de la mujer, virgen y madre, sin tener sus miserias,
y  quien llamamos Mara.

--Madre, madre!--gema.

Ta Isabel vino  sacarla de su dolor. Haban llegado algunas amigas
y el Capitn general deseaba hablarle.

--Ta, decid que estoy enferma!--suplic la joven espantada;--me
van  hacer tocar el piano y cantar!

--Tu padre lo ha prometido, vas  dejar dar un feo  tu padre?

Mara Clara se levant, mir  su ta, retorcise los hermosos brazos
y balbuce:

--Oh! si tuviese yo...

Pero no concluy su frase y empez  arreglarse.






XXXVII

SU EXCELENCIA


--Deseo hablar con ese joven!--deca S. E.  un ayudante;--ha
despertado todo mi inters.

--Ya han ido  buscarle, mi general. Pero aqu hay un joven de Manila
que pide con insistencia ser introducido. Le hemos dicho que V. E. no
tena tiempo y que no haba venido para dar audiencias sino para ver
el pueblo y la procesin, pero ha contestado que V. E. siempre tiene
tiempo disponible para hacer justicia...

S. E. se vuelve al alcalde maravillado.

--Si no me engao,--contesta ste haciendo una ligera inclinacin,--es
el joven que esta maana ha tenido una cuestin con el padre Dmaso
con motivo del sermn.

--An otra? Se ha propuesto ese fraile alborotar la provincia,
 cree que l manda aqu? Decid al joven que pase!

S. E. se pasea nervioso de un extremo  otro de la sala.

En la antesala haba varios espaoles, mezclados con militares y
autoridades del pueblo de San Diego y de los vecinos: agrupados en
corro conversaban  disputaban. Encontrbanse tambin ah los frailes
todos, menos el padre Dmaso, y queran pasar para presentar sus
respetos  S. E.

--S. E. el Capitn general suplica  VV. RR. que se esperen un
momento!--dice el ayudante;--pase usted, joven!

Aquel manileo que confunda el griego con el tagalo entr en la sala
plido y tembloroso.

Todos estaban llenos de sorpresa: muy irritado deba estar S. E. para
atreverse  hacer esperar los frailes. El padre Sibyla deca:

--Yo no tengo nada que decirle!... aqu pierdo tiempo!

--Digo lo mismo,--aade un agustino;--nos vamos?

--No sera mejor que averigusemos cmo piensa?--pregunta
el padre Salv;--evitaramos un escndalo ... y ... podramos
recordarle..... sus deberes para con..... la religin.....

--VV. RR. pueden pasar, si gustan!--dice el ayudante conduciendo al
joven que no entenda el griego, que ahora sale con un rostro en que
brilla la satisfaccin.

Fray Sibyla entr el primero; detrs venan el padre Salv, el padre
Manuel Martn y los otros religiosos. Saludaron humildemente, menos
el padre Sibyla, que conserv, an en la inclinacin, cierto aire de
superioridad; el padre Salv por el contrario casi dobl la cintura.

--Quin de VV. RR. es el padre Dmaso?--pregunt de improviso
S. E. sin hacerles sentar, ni interesarse por su salud, sin dirigirles
las frases lisonjeras  que estaban acostumbrados tan altos personajes.

--El padre Dmaso no est, seor, entre nosotros!--contest casi
con el mismo acento seco el padre Sibyla.

--Yace en cama enfermo el servidor de V. E.,--aade humildemente el
padre Salv;--despus de tener el placer de saludarle y enterarnos
de la salud de V. E., como cumple  todos los buenos servidores del
rey y  toda persona de educacin, venamos tambin en nombre del
respetuoso servidor de V. E. que tiene la desgracia...

--Oh!--interrumpe el Capitn elsewhere] general haciendo girar una
silla sobre un pie y sonriendo nerviosamente,--si todos los servidores
de mi excelencia fuesen como su reverencia el padre Dmaso preferira
servir yo mismo  mi excelencia!

Sus reverencias que ya estaban parados corporalmente, se lo quedaron
tambin en espritu ante esta interrupcin,

--Tomen asiento VV. RR.!--aadi, despus de una breve pausa,
dulcificando un poco su tono.

Capitn Tiago iba de frac y andaba de puntillas; conduca de la mano
 Mara Clara, que entr vacilante y llena de timidez, y no obstante
hizo un gracioso y ceremonioso saludo.

--Es esa seorita hija de usted?--pregunt sorprendido el Capitn
general.

--Y de V. E., mi general!--contest capitn Tiago seriamente.

El alcalde y los ayudantes abrieron los ojos; pero S. E., sin perder
su gravedad, tendi la mano  la joven y le dijo afablemente:

--Felices los padres que tienen hijas como usted, seorita! me han
hablado de usted con respeto y admiracin ... he deseado verla para
darle las gracias por el hermoso acto que ha llevado  cabo este
da. Estoy enterado de todo, y cuando escriba al gobierno de S. M. no
olvidar su generoso comportamiento. Entre tanto, permtame usted,
seorita, que en nombre de S. M. el rey que aqu represento y que ama
la paz y tranquilidad de sus fieles sbditos, y en el mo, en el de
un padre que tambin tiene hijas de su edad de usted, le d las ms
expresivas gracias y la proponga para una recompensa!

--Seor!...--contest temblorosa Mara Clara.

S. E. adivin lo que ella quera decir y repuso:

--Est muy bien, seorita, que usted se contente con su conciencia y
con la estimacin de sus conciudadanos:  fe que es el mejor premio,
y nosotros no debamos pedir ms. Pero no me prive usted de una
hermosa ocasin para hacer ver que si la justicia sabe castigar,
tambin sabe premiar y que no siempre es ciega.

Todas las palabras en letra cursiva fueron pronunciadas de un modo
ms significativo y en voz ms alta.

--El seor don Juan Crisstomo Ibarra aguarda las rdenes de
V. E.!--dijo en voz alta un ayudante.

Mara Clara se estremeci.

--Ah!--exclam el Capitn general,--permtame usted, seorita, que
le exprese el deseo de volverla  ver antes de dejar este pueblo:
tengo an que decirle cosas muy importantes. Seor alcalde, V. S. me
acompaar durante el paseo, que quiero hacer  pie, despus de la
conferencia que tendr  solas con el seor Ibarra.

--V. E. nos permitir que le advirtamos,--dijo el padre Salv
humildemente,--que el seor Ibarra est excomulgado...

S. E. le interrumpi diciendo:

--Me alegra mucho no tener que deplorar ms que el estado del padre
Dmaso,  quien deseo sinceramente una curacin completa, porque
 su edad un viaje  Espaa por motivos de salud no debe ser muy
agradable. Pero esto depende de l... y entre tanto que Dios conserve
la salud  VV. RR.!

Unos y otros se retiraron.

--Y tanto que depende de l!--murmura al salir el padre Salv.

--Veremos quin har ms pronto el viaje!--aadi otro franciscano.

--Me voy ahora mismo!--dice despechado el padre Sibyla.

--Y nosotros  nuestra provincia!--dijeron los agustinos.

Unos y otros no podan sufrir que, por culpa de un franciscano,
S. E. los hubiese recibido framente.

En la antesala se encontraron con Ibarra, su anfitrin de haca algunas
horas. No cambiaron con l ningn saludo, pero s miradas que decan
muchas cosas.

El alcalde, por el contrario, cuando ya los frailes haban
desaparecido, le salud y le tendi la mano familiarmente, pero la
llegada del ayudante que buscaba al joven no di lugar  ninguna
conversacin.

En la puerta se encontr con Mara Clara: las miradas de ambos se
dijeron tambin muchas cosas, pero bien diferentes de las que hablaron
los ojos de los frailes.

Ibarra vesta de riguroso luto. Presentse sereno y salud
profundamente, sin embargo de que la visita de los frailes no le
pareca de buen augurio.

El Capitn general se adelant hacia l algunos pasos.

--Tengo suma satisfaccin, seor Ibarra, en estrechar su
mano. Permtame usted que le reciba en el seno de la confianza.

S. E., en efecto, contemplaba y examinaba al joven con marcado
contento.

--Seor... tanta bondad!...

--Su sorpresa de usted me ofende, me dice que no esperaba de m un
buen recibimiento: esto es dudar de mi justicia!

--Una amistosa acogida, seor, para un insignificante sbdito de Su
Majestad como yo, no es justicia, es un favor.

--Bien, bien!--dice su excelencia sentndose y sealndole un
asiento,--djenos usted gozar un rato de expansin; estoy muy
satisfecho de su conducta y ya le he propuesto al gobierno de
S. M. para una condecoracin por el filantrpico pensamiento de erigir
una escuela... Si usted se me hubiese dirigido, yo habra presenciado
con placer la ceremonia y acaso le habra evitado un disgusto.

--El pensamiento me pareca tan pequeo,--contest el joven,--que no
lo crea bastante digno para distraer la atencin de V. E. de sus
numerosas ocupaciones; adems, mi deber era dirigirme antes  la
primera autoridad de mi provincia.

S. E. movi la cabeza con aire satisfecho, y adoptando cada vez un
tono ms familiar, continu:

--En cuanto al disgusto que usted ha tenido con el padre Dmaso, no
guarde ni temor ni rencores: no se le tocar un pelo de su cabeza,
mientras yo gobierne las islas; y por lo que respecta  la excomunin,
ya hablar con el arzobispo, porque es menester que nos amoldemos
 las circunstancias: aqu no podramos reirnos de estas cosas en
pblico como en la pennsula  en la culta Europa. Con todo, sea
usted en lo sucesivo ms prudente; usted se ha colocado frente 
frente de las corporaciones religiosas que, por su significacin y
su riqueza, necesitan ser respetadas. Pero yo le proteger  usted
porque me gustan los buenos hijos, me gusta que se honre la memoria
de los padres; yo tambin he amado  los mos y vive Dios! no s lo
que habra hecho en su lugar...

Y cambiando rpidamente de conversacin, pregunt:

--Me han dicho que viene usted de Europa; estuvo usted en Madrid?

--S, seor, algunos meses.

--Oy usted acaso hablar de mi familia?

--Acababa V. E. de partir cuando tuve el honor de ser presentado
 ella.

--Y cmo entonces se vino usted sin traerme ninguna recomendacin?

--Seor,--contest Ibarra inclinndose,--porque no vengo directamente
de Espaa, y porque, habindome hablado del carcter de V. E., he
credo que una carta de recomendacin no slo sera intil, sino
hasta ofensiva: los filipinos todos le estamos recomendados.

Una sonrisa se dibuj en los labios del viejo militar, que repuso
lentamente como midiendo y pesando sus palabras:

--Me lisonjea que usted piense as, y... as deba ser! Sin embargo,
joven, usted debe saber qu cargas pesan sobre nuestros hombros en
Filipinas. Aqu, nosotros, viejos militares, tenemos que hacerlo 
serlo todo: rey, ministro de Estado, de Guerra, de Gobernacin, de
Fomento, de Gracia y Justicia, etc., y lo peor an es que para cada
cosa tenemos que consultar  la lejana madre patria, que aprueba
 rechaza, segn las circunstancias,  veces  ciegas! nuestras
propuestas. Ya decimos los espaoles: el que mucho abarca poco
aprieta! Venimos adems generalmente conociendo poco el pas y le
dejamos cuando le empezamos  conocer.--Con usted puedo franquearme,
pues sera intil aparentar otra cosa. As que, si en Espaa donde
cada ramo tiene su ministro, nacido y criado en la misma localidad,
donde hay prensa y opinin; donde la oposicin franca abre los ojos al
gobierno y le ilustra, anda todo imperfecto y defectuoso, es un milagro
que aqu no est todo revuelto, careciendo de aquellas ventajas, y
viviendo y maquinando en las sombras una ms poderosa oposicin. Buena
voluntad no nos falta  los gobernantes, pero nos vemos obligados
 valernos de ojos y brazos ajenos, que por lo comn no conocemos,
y que acaso en vez de servir  su pas, slo sirven  sus propios
intereses. Esto no es culpa nuestra, es de las circunstancias; los
frailes nos ayudan no poco  salir del paso, pero no bastan ya... Usted
me inspira inters y deseara que la imperfeccin de nuestro actual
sistema gubernamental no le perjudicase en nada... yo no puedo velar
por todos, ni todos pueden acudir  m. Puedo serle  usted til en
algo, tiene usted algo que pedir?

Ibarra reflexion.

--Seor,--contest,--mi mayor deseo es la felicidad de mi pas,
felicidad que quisiera se debiese  la madre patria y al esfuerzo de
mis conciudadanos, unidos una y otros con eternos lazos de comunes
miras y comunes intereses. Lo que pido slo puede darlo el gobierno
despus de muchos aos de trabajo continuo y reformas acertadas.

S. E. le mir por algunos segundos, con una mirada que Ibarra sostuvo
con naturalidad.

--Es usted el primer hombre con quien hablo en este pas!--exclam
tendindole la mano.

--V. E. slo ha visto  los que se arrastran en la ciudad, no ha
visitado las calumniadas cabaas de nuestros pueblos: V. E. habra
podido ver verdaderos hombres si para ser hombre basta tener un
generoso corazn y costumbres sencillas.

El Capitn general se levant y se puso  pasear de un lado  otro
de la sala.

--Seor Ibarra,--exclam parndose de repente; el joven se
levant;--acaso dentro de un mes parta; su educacin de usted y su
modo de pensar no son para este pas. Venda usted cuanto posee, arregle
su maleta y vngase conmigo  Europa: aquel clima le sentara mejor.

--El recuerdo de la bondad de V. E. lo conservar mientras
viva!--contest Ibarra algo conmovido;--pero debo vivir en el pas
donde han vivido mis padres...

--Donde han muerto, dira usted ms exactamente! Crame, acaso conozca
su pas mejor que usted mismo... Ah! ahora me acuerdo,--exclam
cambiando de tono,--usted se casa con una adorable joven, y le estoy
deteniendo aqu. Vaya usted, vaya usted al lado de ella y para mayor
libertad enveme al padre,--aadi sonriendo.--No se olvide usted,
sin embargo, de que quiero que me acompae  paseo.

Ibarra salud y se alej.

S. E. llam  su ayudante.

--Estoy contento!--dijo dndole ligeras palmadas en el hombro;--hoy
he visto por primera vez cmo se puede ser buen espaol sin dejar de
ser buen filipino y amar  su pas; hoy les he demostrado al fin 
las reverencias que no todos somos juguetes suyos: este joven me ha
proporcionado la ocasin y pronto habr saldado todas mis cuentas con
el fraile. Lstima que ese joven algn da  otro... pero llmame
al alcalde!

Este se present inmediatamente.

--Seor alcalde,--le dijo al entrar,--para evitar que se repitan
escenas, como las que V. S. esta siesta ha presenciado, escenas que
deploro porque desprestigian al gobierno y  los espaoles todos,
me permito recomendarle eficazmente al seor Ibarra, para que no
slo le facilite los medios de llevar  cabo sus patriticos fines,
sino tambin evite que en adelante le molesten personas de cualquier
clase que fueren y bajo cualquier pretesto.

El alcalde comprendi la reprimenda y se inclin para ocultar su
turbacin.

--Haga V. S. decir lo mismo al alfrez que aqu manda la seccin,
y averige si es verdad que este seor tiene ocurrencias propias,
que no dicen los reglamentos: he odo sobre esto ms de una queja.

Capitn Tiago se present tieso y planchado.

--Don Santiago,--le dijo S. E. en tono afectuoso,--hace poco le
felicitaba  usted por la dicha de tener una hija como la seorita de
los Santos; ahora le felicito por su futuro yerno: la ms virtuosa de
las hijas es digna seguramente del mejor ciudadano de Filipinas. Se
puede saber cundo es la boda?

--Seor!...--balbucea capitn Tiago, y se limpia el sudor que corra
por su frente.

--Vamos, veo que an no hay nada definitivo! Si faltan padrinos,
tendr sumo gusto en ser uno de ellos. Es para quitar el mal gusto
que me han dejado tantas bodas como hasta aqu he apadrinado!--aadi
dirigindose al alcalde.

--S, seor!--contest capitn Tiago con una sonrisa que inspiraba
compasin.

Ibarra fu casi corriendo en busca de Mara Clara: tena tantas cosas
que decirle y contarle. Oy alegres voces en una de las habitaciones
y llam ligeramente  la puerta.

--Quin llama?--pregunta Mara Clara.

--Yo!

Las voces callaron y la puerta... no se abri.

--Soy yo, puedo entrar?--pregunta el joven cuyo corazn lata
violentamente.

El silencio continu. Segundos despus unos ligeros pasos se acercaron
 la puerta y la alegre voz de Sinang murmur al travs del agujero
de la cerradura:

--Crisstomo, vamos al teatro esta noche; escribe lo que tengas que
decirle  Mara Clara.

Y los pasos volvieron  alejarse, rpidos como vinieron.

--Qu quiere esto decir?--murmuraba Ibarra pensativo, alejndose
lentamente de la puerta.






XXXVIII

LA PROCESIN


A la noche, y encendidos ya todos los faroles de las ventanas,
sali por cuarta vez la procesin al repique de las campanas y las
consabidas detonaciones.

El Capitn general, que haba salido  pie en compaa de sus
dos ayudantes, capitn Tiago, el alcalde, el alfrez  Ibarra,
precedidos por guardias civiles y autoridades que abran paso y
despejaban el camino, fu invitado  ver pasar la procesin en casa
del gobernadorcillo, que haba hecho levantar delante un tablado,
para que se recitara una loa en honor del santo patrn.

Ibarra hubiera renunciado gustoso  oir esta composicin potica
y preferido ver la procesin en casa de capitn Tiago, donde Mara
Clara se haba quedado con sus amigas, pero S. E. quera oir la loa
y no tuvo ms remedio que consolarse con la idea de verla en el teatro.

Principiaba la procesin con los ciriales de plata, llevados por tres
enguantados sacristanes; seguan los chicos de la escuela, acompaados
del maestro; despus los muchachos con los faroles de papel, de forma
y colores varios, puestos en el extremo de una caa ms  menos larga
y adornada segn el capricho del muchacho, pues que esta iluminacin
la costeaba la niez de los barrios. Cumplen gustosos con este deber,
impuesto por el matand sa nayon [126]; cada cual imagina y compone su
farol, su fantasa lo adorna con ms  menos perendengues y banderitas,
atendiendo tambin al estado del bolsillo, y lo ilumina con un cabo
de vela si tiene un amigo  pariente sacristn,  compra una candelita
roja que los chinos usan ante sus altares.

En medio van y vienen alguaciles, tenientes de justicia, para cuidar
de que las filas no se rompan ni se aglomere la gente, y para ello
se valen de sus varas, con cuyos golpes, dados convenientemente y
con cierta fuerza, procuran contribuir  la gloria y brillantez de
las procesiones para edificacin de las almas y lustre de las pompas
religiosas.

A la vez que los alguaciles reparten gratis estos santificadores
bejucazos, otros, para consolar  los azotados, distribuyen cirios
y velas de diferentes tamaos, gratis tambin.

--Seor alcalde,--dice Ibarra en voz baja,--se dan esos golpes en
castigo de los pecados  slo por gusto?

--Tiene usted razn, seor Ibarra!--contesta el Capitn general que
oy la pregunta;--este espectculo... brbaro extraa  todo el que
viene de otros pases. Convendra prohibirlo.

Sin poderse explicar el por qu, el primer santo que aparece es san
Juan Bautista. Al verle se dira que la fama del prmo de N. S. no
andaba muy bien puesta entre la gente; verdad es que tena pies y
piernas de doncella y cara de anacoreta, pero iba en unas viejas
andas de madera y le obscurecan unos cuantos chicos, armados de sus
faroles de papel no encendidos, pegndose disimuladamente unos  otros.

--Desgraciado!--murmur el filsofo Tasio, que presenciaba la
procesin desde la calle;--no te vale ser el precursor de la Buena
Nueva, ni el haberse Jess inclinado ante t! no te vale tu gran fe ni
tu austeridad, ni el morir por la verdad y tus convicciones: todo esto
lo olvidan los hombres, cuando no se cuenta ms que con los mritos
propios! Ms vale predicar mal en las iglesias que ser la elocuente
voz que clama en el desierto; esto te ensea Filipinas. Si hubieses
comido pavo en vez de langostas, vestido seda en vez de pieles y te
hubieses afiliado  una corporacin...

Pero el viejo suspendi su apstrofe, pues vena san Francisco.

--No lo deca?--continu sonriendo sarcsticamente;--ste va en
carro y Santo Dios, qu carro, cuntas luces y cuntos faroles
de cristal! nunca te viste rodeado de tantas lumbreras, Giovanni
Bernardone! Y qu msica! Otras melodas dejaron oir tus hijos
despus de tu muerte! Pero, venerable y humilde fundador, si resucitas
ahora, no vers sino degenerados Eliases de Cortona, y si te reconocen
tus hijos, te encierran y acaso participes de la suerte de Cesreo
de Spira.

Detrs de la msica vena un estandarte que representaba al mismo
santo, pero con siete alas, llevado por los Hermanos Terceros,
vistiendo el hbito de guingn y rezando en alta y lastimera voz.--Sin
saberse la causa de ello, vena santa Mara Magdalena, hermossima
imagen con abundante cabellera, pauelo de pia bordado entre los
dedos cubiertos de anillos, y traje de seda adornada de planchas de
oro. Luces  incienso la rodeaban; veanse sus lgrimas de vidrio
reflejar los colores de las luces de Bengala, que daban  la procesin
aspecto fantstico; as que la santa pecadora lloraba ora verde,
ora rojo, ora azul, etc. Las casas no principiaban  encender estas
luces sino cuando pasaba san Francisco; san Juan Bautista no gozaba de
estos honores, y pasaba de prisa, avergonzado de ir el nico vestido
de pieles entre tanta gente cubierta de oro y piedras preciosas.

--All va nuestra santa!--dice la hija del gobernadorcillo  sus
visitas;--le he prestado mis anillos, pero es para ganar el cielo.

Los alumbrantes detenanse alrededor del tablado para oir la loa, los
santos hacan lo mismo: ellos  sus portadores queran oir versos. Los
que cargaban  san Juan, cansados de esperar, se sentaron en cuclillas
y convinieron en dejarle en el suelo.

--Puede regaar el alguacil,--objet uno.

--Quiz en la sacrista le dejan en un rincn entre telaraas!...

Y san Juan, una vez en el suelo, lleg  ser como gente del pueblo.

A partir de la Magdalena vienen las mujeres, slo que en vez de
empezar por las nias, como entre los hombres, venan primero las
viejas cerrando las solteras la procesin hasta el carro de la Virgen,
detrs del cual vena el cura bajo su palio. Esta costumbre la tenan
del padre Dmaso que deca: A la Vrgen le gustan las jvenes y no
las viejas, lo que haca poner mala cara  muchas beatas, pero no
cambiar el gusto de la Vrgen.

San Diego segua  la Magdalena, aunque no pareca alegrarse de ello,
pues continuaba compungido como esta maana cuando iba detrs de san
Francisco. Tiran de su carro seis Hermanas Terceras por no s qu
promesa  enfermedad: es el caso que tiran, y con afn. San Diego se
detiene delante del tablado y aguarda  que le saluden.

Pero hay que esperar el carro de la Virgen, precedido de gente vestida
de fantasma, que asusta  los chicos, y por eso se oye un llorar y
chillar de los bebs imprudentes. Sin embargo, en medio de aquella
masa obscura de hbitos, capuchones, cordones y tocas, al son de aquel
rezo montono y gangoso, vense, como blancos jazmines, como frescas
sampagas entre trapos viejos, doce nias vestidas de blanco, coronadas
de flores, el cabello rizado, de miradas brillantes como sus collares;
parecan geniecillos de la luz prisioneros de los espectros. Iban
cogidas  dos anchas cintas azules sujetas al carro de la Virgen,
recordando  las palomas que arrastran el de la Primavera.

Ya todas las imgenes estaban atentas, pegadas unas  otras para
escuchar los versos; todo el mundo tena los ojos fijos en la
entreabierta cortina; al fin un aaah! de admiracin se escap de
todos los labios.

Y lo mereca: era un jovencito con alas, botas de montar, banda,
cinturn y sombrero con plumajes.

--El seor alcalde mayor!--grit uno, pero el prodigio de la creacin
empez  recitar una poesa como l y no se di por ofendido de
la comparacin.

Para qu trasladar aqu lo que dijo en latn, tagalo y castellano,
todo versificado, la pobre vctima del gobernadorcillo? Nuestros
lectores han saboreado ya el sermn del padre Dmaso de esta maana,
y no queremos mimarlos con tantas maravillas, adems de que el
franciscano podr mirarnos con rencor si le buscamos un competidor,
y esto es lo que no queremos, gente pacfica como tenemos la fortuna
de ser.

Continu despus la procesin: san Juan sigui su calle de amarguras.

Al pasar la Virgen por delante de la casa de capitn Tiago, un canto
celestial la salud con las palabras del arcngel. Era una voz tierna,
melodiosa, suplicante, llorando el Ave Mara de Gounod, acompandose
del piano que oraba con ella. La msica de la procesin enmudeci,
el rezo ces y el mismo padre Salv se detuvo. La voz estremeca y
arrancaba lgrimas: expresaba ms que una salutacin, una plegaria,
una queja.

Ibarra oy la voz desde la ventana donde estaba, y el terror y la
melancola descendieron sobre su corazn. Comprendi lo que aquel
alma sufra y expresaba en un canto y temi preguntarse la causa de
aquel dolor.

Sombro, pensativo le encontr el Capitn general.

--Me acompaar usted en la mesa; all hablaremos de esos nios que
han desaparecido,--le dijo.

--Ser yo la causa?--murmuraba el joven mirando sin ver  S. E.,
 quien sigui maquinalmente.






XXXIX

DOA CONSOLACIN


Por qu estn cerradas las ventanas de la casa del alfrez? Dnde
estaban, mientras pasaba la procesin, la cara masculina y la camisa de
franela de la Medusa  la Musa de la guardia civil? Habr comprendido
doa Consolacin lo desagradables que eran su frente surcada de gruesas
venas, conductoras, al parecer, no de sangre, sino de vinagre y hiel,
el grueso tabaco, digno adorno de sus morados labios, y su envidiosa
mirada, y, cediendo  un generoso impulso, no ha querido turbar con
su aparicin siniestra las alegras de la multitud?

Ay! para ella los impulsos generosos vivieron en la Edad de oro.

La casa est triste porque el pueblo se alegra, como deca Sinang;
no tiene ni faroles ni banderas. Si el centinela no se pasease delante
de la puerta, se dira que la casa est deshabitada.

Una dbil luz alumbra la desarreglada sala, y pone transparentes las
sucias conchas [127] en que se ha agarrado la telaraa  incrustado
el polvo. La seora, segn su costumbre de estar mano sobre mano,
dormita en un ancho silln. Viste como todos los das, es decir,
mal y horriblemente: por todo tocado un pauelo atado  la cabeza,
dejando escapar delgados y cortos mechones de cabellos enmaraados;
la camisa de franela azul, sobre otra que debi haber sido blanca,
y una falda desteida que modela los delgados y aplanados muslos,
colocados uno sobre otro y agitndose febrilmente. De su boca van
saliendo bocanadas de humo, que arroja con fastidio al espacio hacia
donde mira cuando abre los ojos. Si en aquel momento la hubiese visto
don Francisco de Caamaque [128] la habra tomado por un cacique del
pueblo  el mankukulam [129], adornando despus su descubrimiento
con comentarios en lengua de tienda, inventada por l para su uso
particular.

Aquella maana, la seora no haba odo misa, no porque no hubiese
querido, al contrario, quera ensearse  la multitud y oir el
sermn, pero el marido no se lo haba permitido, y la prohibicin
iba acompaada, como siempre, de dos  tres insultos, juramentos y
amenazas de puntapis. El alfrez comprenda que su hembra vesta
ridculamente, que ola  eso que llaman querida de soldados, y que
no convena exponerla  las miradas de los personajes de la cabecera
ni de los forasteros.

Pero ella no lo entenda as. Saba que era hermosa, atractiva, que
tena aires de reina y que vesta mucho mejor y con ms lujo que
la misma Mara Clara: sta iba de tapis, ella de saya suelta. Fu
necesario que el alfrez le dijese:--O te callas  te envo 
puntapis  tu p... pueblo!

Doa Consolacin no quera volver  puntapis  su pueblo, pero pens
en la venganza.

Jams fu propia para infundir confianza en nadie la faz obscura de la
seora, ni cuando se pintaba, pero aquella maana inquiet grandemente,
sobre todo cuando la vieron recorrer la casa de un extremo  otro,
silenciosa y como meditando algo terrible  maligno: su mirada tena
el reflejo que brota de la pupila de una serpiente cuando, cogida,
va  ser aplastada: era fra, luminosa, penetrante, y tena algo de
viscoso, asqueroso y cruel.

La ms pequea falta, el ms insignificante inusitado ruido le
arrancaban un torpe  infame insulto que abofeteaba al alma, pero
nadie responda: excusarse era otro crimen.

As se pas el da. No encontrando un obstculo que se le pusiese
delante,--el marido estaba convidado,--se saturaba de bilis:
creerase que las clulas de su organismo se cargaban de electricidad
y amenazaban estallar en una infame tormenta. Todo  su alrededor se
plegaba, como las espigas al primer soplo del huracn; no encontraba
resistencia, no hallaba ninguna punta  eminencia para descargar su
mal humor: soldados y criados se arrastraban  su lado.

Para no oir el regocijo exterior, mand cerrar las ventanas y encarg
al centinela no dejara pasar  nadie. Atse un pauelo  la cabeza
como para evitar que estallara, y  pesar de que el sol brillaba an,
mand encender luces.

Sisa, como vimos, fu detenida por perturbadora del orden y conducida
al cuartel. El alfrez no estaba entonces, y la infeliz tuvo que pasar
la noche en un banco, con la mirada indiferente. Al siguiente da vila
el alfrez, y temiendo por ella en aquellos das de algaraba, y no
queriendo dar un espectculo desagradable, encarg  los soldados la
tuviesen custodiada, la tratasen con piedad y le diesen de comer. As
pas la demente dos das.

Esta noche, sea que la vecindad de la casa de capitn Tiago haya
llevado hasta ella el triste canto de Mara Clara, sea que otros
acordes despertasen sus antiguos cantos, sea la causa que fuese,
Sisa empez tambin  cantar con su voz dulce y melanclica los
kundiman [130] de su juventud. Los soldados la oan y se callaban:
ay! aquellos aires despertaban antiguos recuerdos, los recuerdos
del tiempo en que an no se haban corrompido.

Doa Consolacin la oy tambin en su aburrimiento, y enterada de la
persona que cantaba:

--Que suba al instante!--mand, despus de algunos segundos de
meditacin. Algo como una sonrisa vagaba por sus secos labios.

Trajeron  Sisa, quien se present sin turbarse, sin manifestar
extraeza ni temor: pareca no ver  seora alguna. Esto hiri la
vanidad de la Musa, que pretenda infundir respeto y espanto.

La alfreza tosi, hizo sea  los soldados para que se fuesen y,
descolgando el ltigo de su marido, dijo con acento siniestro 
la loca:

--Vamos, magcantar icau! [131].

Sisa naturalmente no la comprendi, y esta ignorancia aplac sus iras.

Una de las bellas cualidades de esta seora era el procurar ignorar el
tagalo,  al menos aparentar no saberlo, hablndolo lo peor posible:
as se dara aires de una verdadera orofea [132], como ella sola
decir. Y haca bien, porque si martirizaba el tagalo, el castellano
no sala mejor librado ni en cuanto se refera  la gramtica ni  la
pronunciacin. Y sin embargo su marido, las sillas y los zapatos,
cada cual haba puesto de su parte cuanto poda para ensearla! Una
de las palabras que le costaron ms trabajo an que  Champollin
los jeroglficos, era la palabra Filipinas.

Cuntase que al da siguiente de su boda, hablando con su marido,
que entonces era cabo, haba dicho Pilipinas; el cabo crey deber suyo
corregirla, y le dijo dndole un coscorrn:--D Felipinas, mujer! no
seas bruta. No sabes que se llama as  tu p... pas por venir de
Felipe?--La mujer, que soaba en su luna de miel, quiso obedecer
y dijo Felepinas. Al cabo le pareci que ya se acercaba, aument
los coscorrones y la increp: Pero, mujer, no puedes pronunciar
Felipe? No lo olvides, sabe que el rey don Felipe... quinto... Di
Felipe, y adele nas que en latn significa islas de indios, y tienes
el nombre de tu rep... pas.

La Consolacin, lavandera entonces, palpndose el chichn  los
chichones, repiti empezando  perder la paciencia:

--Fe... lipe, Felipe... nas, Felipenas, as ba?

El cabo se qued viendo visiones. Por qu result Felipenas en vez
de Felipinas? Una de dos:  se dice Felipenas  hay que decir Felipi?

Aquel da tuvo por prudente callarse; dej  su mujer y fu 
consultar cuidadosamente los impresos. Aqu su admiracin lleg al
colmo; restregse los ojos:--A ver... despacio!--Filipinas decan
todos los impresos bien deletreados: ni l ni su mujer tenan razn.

--Cmo?--murmuraba,--puede mentir la historia? No dice este libro
que Alonso Saavedra haba dado este nombre al pas en obsequio al
infante don Felipe? Cmo se corrompi este nombre? Si sera un
indio el tal Alonso Saavedra?...

Consult sus dudas al sargento Gmez, que en su mocedad haba deseado
ser cura. Este, sin dignarse mirarle y arrojando una bocanada de humo,
le contest con la mayor prosopopeya:

--En los tiempos antiguos decase Filipi en vez de Felipe; nosotros
los modernos, como nos volvemos franchutes, no podemos tolerar dos
is seguidas. Por esto la gente culta, en Madrid sobre todo, no has
estado en Madrid? la gente culta, digo, ya empieza  decir: menistro,
enritacin, embitacin, endino, etc., que es lo que se llama montarse
 la moderna.

El pobre cabo no haba estado en Madrid; h aqu por qu ignoraba el
busilis. Qu cosas se aprenden en Madrid!

--De modo que hoy se debe decir?...

--A la antigua, hombre! este pas an no es culto,  la antigua:
Filipinas!--contest Gmez con desprecio.

El cabo, si era mal fillogo, era en cambio un buen marido: lo que
acababa de aprender, su mujer deba saberlo tambin y continu la
educacin.

--Consola, cmo llamas  tu p... pas?

--Cmo lo he de llamar? como me lo enseaste: Felifenas.

--Te tiro la silla, p...! ayer ya lo pronunciabas algo mejor,
 la moderna; pero ahora hay que pronunciarlo  la antigua! Feli,
digo, Filipinas!

--Miro que yo no soy ninguna antigua! qu te has creido?

--No importa! d Filipinas!

--No me da la gana! Yo no soy ningn trasto viejo... apenas treinta
aitos,--contest remangndose como disponindose al combate.

--Dilo, rep...,  te tiro la silla!

Consolacin vi el movimiento, reflexion y balbuce respirando
fuertemente:

--Feli... Fele... File...

Pum! crracc! la silla concluy con la palabra.

Y la leccin termin  puetazos, araazos, bofetones. El cabo
la cogi del cabello, ella  l de la perilla y de otra parte del
cuerpo--morder no poda, porque los dientes se le movan todos--el
cabo di un grito, soltla, pidile perdn, brot la sangre, hubo un
ojo ms rojo que el otro, una camisa hecha jirones, salieron muchos
rganos de sus escondites, pero Filipinas no sali.

Aventuras parecidas sucedan cada vez que se trataba del lenguaje. El
cabo, que vea los progresos lingsticos de ella, calculaba con
dolor que en diez aos su hembra perdera por completo el uso de la
palabra. En efecto, as sucedi. Cuando se casaron, ella entenda
an el tagalo y se haca entender en espaol; ahora, en la poca de
nuestra narracin, ya no hablaba ningn idioma: se haba aficionado
tanto al lenguaje de los gestos, y de stos escoga los ms ruidosos
y contundentes, que daba quince y falta al inventor del volapk.

Sisa, pues, tuvo la fortuna de no comprenderla. Desarrugndose un poco
sus cejas, una sonrisa de satisfaccin anim su cara; indudablemente
ya no saba el tagalo, era ya orofea.

--Asistente, di  sta en tagalo que cante! No me comprende, no
sabe el espaol!

La loca comprendi al asistente y cant la cancin de la noche.

Doa Consolacin oa al principio con risa burlona, pero la risa
desapareci poco  poco de sus labios, se puso atenta, despus seria y
algo pensativa. La voz, el sentido de los versos y el canto mismo la
impresionaban: aquel corazn rido y seco estaba tal vez sediento de
lluvia. Ella lo comprenda bien: La tristeza, el fro y la humedad
que descienden del cielo envueltos en el manto de la noche, segn
el kundiman, le pareca que descendan tambin sobre su corazn; la
flor mustia y marchita que, durante el da haba ostentado sus galas,
deseosa de aplauso y llena de vanidad, al caer la tarde, arrepentida
y desengaada, hace un esfuerzo para levantar sus ajados ptalos al
cielo, pidiendo un poco de sombra para ocultarse y morir sin la burla
de la luz que la vi en su pompa, sin ver la vanidad de su orgullo,
un poco de roco tambin que llore sobre ella. El ave nocturna deja
su solitario retiro, el hueco del aoso tronco, y turba la melancola
de las selvas...

--No, no cantes!--exclam la alfreza en perfecto tagalo levantndose
agitada; no cantes! esos versos me hacen dao!

La loca se call; el asistente solt un: Ab! sabe pal tagalog! y
quedse mirando  la seora lleno de admiracin.

Esta comprendi que se haba delatado; avergonzse, y, como su
naturaleza no era la de una mujer, la vergenza tom el aspecto de
rabia y odio. Seal la puerta al imprudente, y de un puntapi la cerr
detrs de l. Di unas cuantas vueltas por el aposento, retorciendo
entre sus nervudas manos el ltigo, y, parndose de pronto delante
de la loca, le dijo en espaol:--Baila!

Sisa no se movi.

--Baila, baila!--repiti con voz siniestra.

La loca la miraba con ojos vagos, sin expresin: la alfreza le levant
un brazo, despus otro, sacudindoselos: intil, Sisa no comprenda.

Psose  saltar,  agitarse, estimulando  la otra para que la
imitara. Oase de lejos la msica de la procesin tocar una marcha
grave y majestuosa, pero la seora saltaba furiosamente siguiendo otro
comps, otra msica, la que resonaba en su interior. Sisa la miraba
inmvil: algo como curiosidad se pint en sus ojos y una dbil sonrisa
movi sus plidos labios: le haca gracia el baile de la seora.

Parse sta como avergonzada, levant el ltigo, aquel terrible ltigo
conocido de los ladrones y soldados, hecho en Ulang y perfeccionado
por el alfrez con alambres retorcidos, y dijo:

--Ahora te toca  t bailar... baila!

Y empez  azotar dbilmente los pies descalzos de la loca, cuya cara
se contrajo de dolor, obligndola  defenderse con las manos.

--Aj! ya empiezas!--exclam con salvaje alegra, y del lento pas
 un allegro vivace.

La infeliz lanz un quejido de dolor y levant vivamente el pie.

--Has de bailar, p... india?--deca la seora, y el ltigo vibraba
y silbaba.

Sisa dejse caer al suelo, llevndose ambas manos  las piernas y
mirando  su verdugo con ojos desencajados. Dos fuertes latigazos
 la espalda le hicieron levantarse: ya no fu un quejido, fueron
dos aullidos lo que la desgraciada exhal. Rasgse la fina camisa,
la piel se abri y brot la sangre.

La vista de la sangre entusiasma al tigre; la sangre de su vctima
exalt  doa Consolacin.

--Baila, baila, condenada maldita! Mal haya la madre que te
pari!--gritaba;--baila  te mato  latigazos!

Y ella misma, cogindola con una mano y azotndola con la otra,
empez  saltar y  bailar.

La loca la comprendi al fin, y sigui moviendo descompasadamente los
brazos. Una sonrisa de satisfaccin contrajo los labios de la maestra,
sonrisa de un Mefistfeles hembra que consigue sacar un gran discpulo;
haba odio, desprecio, burla y crueldad: con una carcajada no hubiera
expresado ms.

Y, absorta en el goce de su espectculo, no oy llegar  su marido
hasta que se abri estrepitosamente la puerta de un puntapi.

Apareci el alfrez plido y sombro; vi lo que all pasaba y lanz
una terrible mirada  su mujer. Esta no se movi de su sitio y quedse
sonriendo cnicamente.

El alfrez puso lo ms dulcemente que pudo la mano sobre el hombro
de la extraa bailarina y la hizo parar. La loca respir y sentse
poco  poco en el suelo, manchado de su sangre.

El silencio continu: el alfrez respiraba con fuerza; la hembra que
le observaba con ojos interrogadores, recogi el ltigo y le pregunt
con voz tranquila y lenta:

--Qu te pasa? No me has dado siquiera las buenas noches!

El alfrez, sin contestar, llam al asistente.

--Llvate  esa mujer,--dijo;--que la Marta le d otra camisa y la
cure! T le dars bien de comer, una buena cama... cuidado con que
se la trate mal! Maana se la conducir  casa del seor Ibarra.

Despus cerr cuidadosamente la puerta, puso el cerrojo y se acerc
 su seora.

--T ests buscando que yo te reviente!--le dijo cerrando los puos.

--Qu te pasa?--pregunt ella levantndose y retrocediendo.

--Qu me pasa?--grit con voz de trueno, soltando una blasfemia y
ensendole un papel lleno de garabatos, continu:

--No has escrito t esta carta al alcalde, diciendo que se me paga
para permitir el juego, so p...? Yo no s cmo no te machaco!

--A ver!  ver si te atreves!--djole ella riendo burlonamente;
el que me machaque ha de ser ms hombre que t!

l oy el insulto, pero vi el ltigo. Cogi un plato de los
que estaban sobre una mesa, y se lo arroj  la cabeza; la mujer,
acostumbrada  estas luchas, se baja rpidamente y el plato se estrella
contra la pared; igual suerte les cupo  una taza y  un cuchillo.

--Cobarde!--le dice ella,--no te atreves  acercarte.

Y le escupe para exasperarle ms. El hombre se ciega y bramando se
arroja sobre ella, pero sta, con una rapidez asombrosa, le cruza la
cara  latigazos, y chase  correr atropelladamente, encerrndose en
su cuarto, cuya puerta cierra violentamente. Rugiendo de ira y dolor
persguela el alfrez y slo consigue darse contra la puerta que le
hace vomitar blasfemias.

--Maldita sea tu descendencia, marrana! Abre, p.... abre, si no te
rompo la crisma!--aullaba golpeando la puerta con sus puos y pies.

Doa Consolacin no contestaba. Oase un crujir de sillas y bales,
como quien quiere levantar una barricada con muebles caseros. La casa
cimbraba  los puntapis y juramentos del marido.

--No entres, no entres!--deca la voz agria de la mujer;--si te
asomas te pego un tiro.

El pareci calmarse poco  poco y se content con pasearse de un
extremo  otro de la sala como una fiera en su jaula.

--Vete  la calle  refrescarte la cabeza!--continuaba burlndose
la mujer, que pareca haber concludo ya sus preparativos de defensa.

--Te juro que como te coja, no te ve ni Dios, so cochina p...!

--S! ya puedes decir lo que quieras... no queras que fuese 
misa! no me dejabas cumplir con Dios!--deca con sarcasmo, como ella
sola lo saba hacer.

El alfrez cogi su capacete, arreglse un poco y se march  grandes
pasos, pero al cabo de algunos minutos volvi sin hacer el menor
ruido: se haba quitado las botas. Los criados, acostumbrados  estos
espectculos, solan aburrirse, pero la novedad de las botas llam
la atencin, y unos  otros se guiaron los ojos.

Sentse el alfrez en una silla, al lado de la sublime puerta, y tuvo
la paciencia de esperar ms de media hora.

--Has salido de veras  ests all, cabrn?--preguntaba la voz de
vez en cuando, cambiando de eptetos, pero subiendo de tono.

Por fin ella comenz  retirar poco  poco los muebles; l oa el
ruido y se sonrea.

--Asistente! ha salido el seor?--grit doa Consolacin.

El asistente,  una seal del alfrez, contest:

--S, seora, ha salido.

Oysela reir alegremente y descorri el cerrojo.

Despacito se levant el marido; entreabrise la puerta...

Un grito, el ruido de un cuerpo que cae, juramentos, aullidos,
maldiciones, golpes, voces roncas... Quin describe lo que pas en
la obscuridad de la alcoba?

El asistente, saliendo  la cocina, hizo una sea muy significativa
al cocinero.

--Y lo vas  pagar t!--djole ste.

--Yo? en todo caso el pueblo! Ella me pregunt si haba salido,
no si haba vuelto.






XL

EL DERECHO Y LA FUERZA


Seran las diez de la noche. Los ltimos cohetes suben perezosamente
por el cielo obscuro, donde, brillan cual nuevos astros, algunos
globos de papel, elevados haca poco merced al humo y al aire
calentado. Algunos, adornados de fuegos artificiales, se incendiaron
amenazando las casas todas; por esto siguen vindose an hombres sobre
los caballetes de los tejados, armados de una larga caa con un trapo
en la punta y provistos de un cubo de agua. Sus negras siluetas se
destacan en la vaga claridad del aire, y parecen fantasmas descendidos
de los espacios para presenciar los regocijos de los hombres.--Habanse
quemado tambin multitud de ruedas, castillos, toros  carabaos de
fuego y un gran volcn que ha superado en hermosura y grandiosidad
 cuanto hasta entonces haban visto los habitantes de San Diego.

Ahora se dirige la gente en masa hacia la plaza del pueblo para
asistir por ltima vez al teatro. Ac y all se ven luces de Bengala,
alumbrando fantsticamente los alegres grupos; los chicos se valen de
antorchas para buscar entre la hierba bombas falladas y otros restos
que pudieran utilizarse, pero la msica da la seal y todos abandonan
la pradera.

El gran tablado est esplndidamente iluminado: miles de luces rodean
los puntales, penden del techo y siembran el suelo en apiados
grupos. De ellas cudase un alguacil y cuando se adelanta para
arreglarlas, el pblico le silba y grita:--Ya est, ah est!

Delante del escenario templa la orquesta los instrumentos, preludia
aires; detrs de sta se encuentra el sitio de que hablaba el
corresponsal en su carta. La principala del pueblo, los espaoles y
los ricos forasteros iban ocupando las alineadas sillas. El pueblo,
la gente sin ttulos ni tratamientos, ocupaba el resto de la plaza;
algunos cargaban un banco  cuestas, ms que para sentarse para
remediar la falta de estatura: esto provocaba ruidosas protestas
por parte de los desbancados; aquellos descendan inmediatamente,
pero pronto volvan  subir como si nada hubiera pasado.

Idas y venidas, gritos, exclamaciones, carcajadas, un buscapi
rezagado, un reventador  petardo aumentaban el bullicio. Ac se
le rompe el pie  un banco y caen al suelo,  las risotadas de la
multitud, personas que haban venido de lejos para ver, y ahora
resultaban vistas; all rien y disputan por el sitio; un poco ms
distante se oye un estrpito de copas y botellas que se rompen:
es Andeng que lleva refrescos y bebidas; con ambas manos sostiene
cuidadosa la ancha bandeja, pero se encuentra con el novio que quiere
aprovecharse de la situacin...

El teniente mayor, don Filipo, preside el espectculo, pues el
gobernadorcillo es aficionado al monte; don Filipo habla con el
viejo Tasio:

--Qu he de hacer?--deca;--el alcalde no ha querido admitir mi
dimisin; no se siente usted con fuerzas para cumplir con sus
deberes? me pregunt.

--Y qu le ha contestado usted?

--Seor alcalde! le contest; las fuerzas de un teniente mayor,
por insignificantes que pudiesen ser, son como las de toda autoridad:
vienen de esferas superiores. El rey mismo recibe las suyas del pueblo,
y el pueblo de Dios. Carezco de esto precisamente, seor alcalde.--Pero
el alcalde no me quiso escuchar y me dijo que ya hablaramos de esto
despus de las fiestas.

--Entonces que Dios ayude  usted!--dijo el viejo y trat de irse.

--No quiere usted ver la funcin?

--Gracias! para soar y disparatar me basto yo solo,--contest con
risa sarcstica el filsofo;--pero ahora me acuerdo, no ha llamado
nunca su atencin el carcter de nuestro pueblo? Pacfico, gusta
de espectculos belicosos, de luchas sangrientas; demcrata, adora
emperadores, reyes y prncipes; irreligioso, se arruina por las pompas
del culto; nuestras mujeres tienen un carcter dulce y deliran cuando
una princesa blande la lanza... sabe usted  qu se debe esto? Pues...

La llegada de Mara Clara y sus amigas cort la conversacin. Don
Filipo las recibi y las acompa  sus asientos. Detrs vena el
cura y venan tambin otros vecinos que tienen por oficio escoltar
 los frailes.

--Dios los premie tambin en la otra vida!--dijo el viejo Tasio
alejndose.

La funcin empez con Chananay y Marianito en Crispino e la
Comare. Todos tenan ojos y odos en el escenario menos uno: el
P. Salv. Pareca no haber ido all ms que para vigilar  Mara Clara,
cuya tristeza daba  su hermosura un aire tan ideal  interesante,
que se comprende que se la contemple con arrobamiento. Pero los ojos
del franciscano, profundamente ocultos en sus socavadas rbitas,
no decan arrobamiento: en aquella sombra mirada se lea algo
desesperadamente triste: con tales ojos contemplara Can desde
lejos el paraso cuyas delicias le pintara su madre!

Se conclua el acto cuando entr Ibarra; su presencia ocasion un
murmullo: la atencin de todos se fij en l y en el cura.

Pero el joven no pareci advertirlo, pues salud con naturalidad 
Mara Clara y  sus amigas, sentndose  su lado. La nica que habl
fu Sinang.

--Has estado  ver el volcn?--pregunt.

--No, amiguita, he tenido que acompaar al Capitn general.

--Pues es lstima! El cura vena con nosotras, y nos contaba historias
de condenados; te parece? meternos miedo para que no nos divirtamos,
te parece?

El cura se levant y acercse  don Filipo, con quien pareci entablar
una viva discusin. El cura hablaba con viveza, don Filipo con mesura
y en voz baja.

--Siento no poder complacer  V. R.,--deca ste;--el seor Ibarra
es uno de los mayores contribuyentes y tiene derecho  estarse aqu
mientras no perturbe el orden.

--Pero no es perturbar el orden escandalizar  los buenos
cristianos? Es dejar  un lobo entrar en el aprisco! Responders
de esto ante Dios y ante las autoridades!

--Siempre respondo de los actos que emanan de mi propia voluntad,
padre,--contest don Filipo inclinndose ligeramente;--pero mi pequea
autoridad no me faculta para mezclarme en asuntos religiosos. Los que
quieran evitar su contacto que no hablen con l: el seor Ibarra no
fuerza tampoco  nadie.

--Pero es dar ocasin al peligro, y quien ama el peligro, en l perece.

--No veo peligro alguno, padre: el seor alcalde y el Capitn general,
mis superiores, han estado hablando con l toda la tarde, y no les
he dar una leccin.

--Si no le echas de aqu, salimos nosotros.

--Lo sentira muchsimo, pero no puedo echar de aqu  nadie.

El cura se arrepinti, pero ya no haba remedio. Hizo una sea  su
compaero, que se levant con pesar, y ambos salieron. Imitronlos
las personas adictas, no sin lanzar antes una mirada de odio  Ibarra.

Los murmullos y los cuchicheos subieron de punto: acercronse y
saludaron entonces varias personas al joven y decan:

--Nosotros estamos con usted; no haga usted caso de esos.

--Quines son esos?--pregunt con extraeza.

--Esos que han salido por evitar su contacto!

--S! dicen que est usted excomulgado.

Ibarra, sorprendido, no supo qu decir y mir  su alrededor. Vi 
Mara Clara que ocultaba el rostro detrs del abanico.

--Pero es posible?--exclam al fin;--todava estamos en plena Edad
media? De manera que...

Y acercndose  las jvenes y cambiando de tono:

--Dispensadme,--dijo;--me haba olvidado de una cita; volver para
acompaaros.

--Qudate!--le dijo Sinang;--Yeyeng va  bailar en la Calandria;
baila divinamente.

--No puedo, amiguita, pero ya volver.

Redoblaron los murmullos.

Mientras Yeyeng sala vestida de chula con el Da ust su permiso?
y Carvajal le contestaba Pase ust adelante etc., acercronse dos
soldados de la guardia civil  don Filipo, pidiendo que se suspendiese
la representacin.

--Y por qu?--pregunta ste sorprendido.

--Porque el alfrez y la seora se han pegado y no pueden dormir.

--Diga usted al alfrez que tenemos permiso; nadie en el pueblo tiene
facultades, ni el mismo gobernadorcillo, que es mi -ni-co su-pe-rior.

--Pues hay que suspender la funcin!--repitieron los soldados.

Don Filipo les volvi las espaldas. Los guardias se marcharon.

Por no turbar la tranquilidad, don Filipo no dijo  nadie una palabra
acerca del incidente.

Despus del trozo de zarzuela, que fu muy aplaudido, se present el
prncipe Villardo retando  combate  todos los moros, que tenan
preso  su padre; el hroe les amenazaba con cortarles  todos la
cabeza de un solo tajo y enviarlas  la luna. Afortunadamente para
los moros, que se disponan al combate al sn del himno de Riego,
sobrevino un tumulto. Los de la orquesta se pararon de repente
y asaltaron el teatro, arrojando sus instrumentos. El valiente
Villardo, que no los esperaba, tomndolos por aliados de los moros,
arroja tambin espada y escudo y emprende la carrera; los moros,
al ver que tan terrible cristiano hua, no tuvieron inconveniente en
imitarle: yense gritos, ayes, imprecaciones, blasfemias, corre la
gente, se atropella, se apagan luces, se lanzan al aire vasos de luz,
etc.--Tulisanes! Tulisanes!--gritan unos.--Fuego! ladrones!--gritan
otros;--mujeres y nios lloran, ruedan por el suelo bancos y
espectadores en medio de la confusin, algaraba y tumulto.

Qu haba pasado?

Dos guardias civiles haban perseguido vara en mano  los msicos para
suspender el espectculo; el teniente mayor con los cuadrilleros,
armados de sus viejos sables, los logran detener  pesar de su
resistencia.

--Conducidlos al tribunal!--gritaba don Filipo,--cuidado con
soltarlos!

Ibarra haba vuelto y buscaba  Mara Clara. Las atemorizadas jvenes
se agarraron  l temblorosas y plidas; ta Isabel rezaba las letanas
en latn.

Repuesta algn tanto la gente del susto, y habindose dado cuenta de lo
que haba pasado, la indignacin estall en todos los pechos. Llovieron
piedras sobre el grupo de los cuadrilleros que conducan  los dos
guardias civiles; hubo quien propuso incendiar el cuartel y asar 
doa Consolacin juntamente con el alfrez.

--Para eso sirven!--gritaba una mujer remangndose y extendiendo
los brazos; para perturbar el pueblo! No persiguen ms que  los
hombres honrados! All estn los tulisanes y jugadores! Incendiemos
el cuartel!

Uno palpndose el brazo peda confesin; voces plaideras salan
de debajo de los cados bancos: era un pobre msico. El escenario
estaba lleno de artistas y gente del pueblo, que hablaban todos
 la vez. All estaba Chananay, vestida de Leonor en el Trovador,
hablando en lengua de tienda con Ratia, en traje de maestro de escuela;
Yeyeng, envuelta en su paoln de seda, con el prncipe Villardo;
Balbino y los moros se esforzaban en consolar  los msicos, ms 
menos lastimados. Algunos espaoles iban de un punto  otro hablando
y arengando  todo el que encontraban.

Pero ya se haba formado un grupo. Don Filipo supo su intento y corri
 contenerlos.

--No alteris el orden!--gritaba;--maana pediremos satisfaccin,
se nos har justicia; yo os respondo de que se nos har justicia!

--No!--contestaban algunos;--lo mismo hicieron en Calamba [133]; se
prometi lo mismo, pero el alcalde no hizo nada. Queremos justicia
por nuestra mano! Al cuartel!

En vano los arengaba el teniente mayor: el grupo continuaba en su
actitud. Don Filipo mir en torno suyo buscando auxilio y vi  Ibarra.

--Seor Ibarra, por favor! detenedlos, mientras busco cuadrilleros!

--Qu puedo hacer yo?--pregunt el joven perplejo, pero el teniente
mayor ya estaba lejos.

Ibarra  su vez mir al rededor, buscando sin saber  quin. Por
fortuna crey distinguir  Elas, que presenciaba impasible el
movimiento. Ibarra corre  l, le coge del brazo y le dice en espaol:

--Por Dios! haga usted algo, si puede; yo no puedo nada!

El piloto debi haberle comprendido, pues perdise entre el grupo.

Oyronse discusiones vivas, rpidas interjecciones; despus, poco
 poco, el grupo empez  disolverse tomando cada cual una actitud
menos hostil.

Tiempo era ya, pues los soldados salan armados, con la bayoneta
calada.

Entretanto qu haca el cura?

El P. Salv no se haba acostado. De pie, apoyada la frente contra
las persianas, miraba hacia la plaza, inmvil, dejando escapar de
tiempo en tiempo un comprimido suspiro. Si la luz de su lmpara no
hubiese sido tan oscura, acaso se habra podido ver que se llenaban
de lgrimas sus ojos. As pas casi una hora.

De este estado le sac el tumulto de la plaza. Sigui con ojos
sorprendidos el confuso ir y venir de la gente, cuyas voces y gritera
llegaban vagamente hasta l.--Uno de los criados, que vino sin aliento,
le enter de lo que pasaba.

Un pensamiento atraves su imaginacin. En medio de la confusin y
del tumulto es cuando los libertinos se aprovechan del espanto y de la
debilidad de la mujer; todos huyen y se salvan, nadie piensa en nadie,
el grito no se oye, las mujeres se desmayan, se atropellan, caen,
el terror y el miedo desoyen al pudor, y en medio de la noche... y
cuando se aman! Se le figur ver  Crisstomo llevar en sus brazos
 Mara Clara desmayada, y desaparecer en la oscuridad.

Baj saltando las escaleras sin sombrero, sin bastn, y como un loco
se dirigi  la plaza.

All encontr  los espaoles que reprendan  los soldados, mir hacia
los asientos que ocupaban Mara Clara y sus amigas y los vi vacos.

--Padre Cura! padre Cura!--le gritaban los espaoles,--pero l
no hizo caso y corri en direccin  la casa de capitn Tiago. All
respir: vi en el trasparente cado una silueta, la adorable silueta,
llena de gracia y suave de contornos, de Mara Clara, y la de la ta
que llevaba tazas y copas.

--Vamos!--murmur;--parece que slo se ha puesto enferma!

Ta Isabel cerr despus las conchas de las ventanas, y la graciosa
sombra desapareci.

El cura se alej de aquel sitio sin ver  la multitud. Tena delante
de sus ojos un hermoso busto de doncella, durmiendo y respirando
dulcemente; los prpados estaban sombreados por largas pestaas,
que formaban graciosas curvas como las de las Vrgenes de Rafael;
la pequea boca sonrea; todo aquel semblante respiraba virginidad,
pureza, inocencia; aquel rostro era una dulce visin en medio de la
ropa blanca de su cama, cual una cabeza de querubn entre nubes.

La imaginacin sigui viendo otras cosas ms... pero quin escribe
todo lo que un ardiente cerebro puede imaginar?

Quizs el corresponsal del peridico, que terminaba su descripcin
de la fiesta y de todos los acontecimientos de esta manera:

Gracias mil veces, gracias infinitas  la oportuna y activa
intervencin del M. R. P. Fr. Bernardo Salv, quien, desafiando
todo peligro, entre aquel pueblo enfurecido, en medio de la turba
desenfrenada, sin sombrero, sin bastn, apacigu las iras de la
multitud, usando slo de su persuasiva palabra, de la majestad y
autoridad que nunca le faltan al sacerdote de una Religin de Paz. El
virtuoso religioso, con una abnegacin sin ejemplo, ha dejado las
delicias del sueo, de que toda buena conciencia, como la suya, goza,
para evitar que le sucediese  su rebao una pequea desgracia. Los
vecinos de San Diego no olvidarn sin duda este sublime acto de su
heroico Pastor y sabrn serle por toda la eternidad agradecidos!






XLI

DOS VISITAS


En el estado de nimo en que se encontraba Ibarra, le era imposible
conciliar el sueo; as que, para distraer su espritu y alejar las
tristes ideas que se exageran durante la noche, psose  trabajar
en su solitario gabinete. El da le alcanz haciendo mezclas y
combinaciones,  cuya accin someta trocitos de caa y otras
sustancias, que encerraba despus en frascos numerados y lacrados.

Un criado entr anuncindole la llegada de un campesino.

--Que pase!--dijo sin volverse siquiera.

Entr Elas, que permaneci de pie en silencio.

--Ah! sois vos?--exclam Ibarra en tagalo al reconocerle;--dispensad
que os haya hecho esperar, no lo haba notado: estaba haciendo un
experimento importante...

--No quiero distraeros!--contest el joven piloto;--he venido primero,
para preguntaros si querais algo para la provincia de Batangas hacia
donde parto ahora, y despus para daros una mala noticia...

Ibarra interrog al piloto con la mirada.

--La hija de capitn Tiago est enferma,--aadi Elas
tranquilamente;--pero no de gravedad.

--Yo ya me lo tema!--exclam Ibarra con voz dbil;--sabis qu
enfermedad es?

--Una fiebre! Ahora, si no tenis nada que mandar...

--Gracias, amigo mo; os deseo buen viaje... pero, antes, permitid
que os haga una pregunta; si es indiscreta, no me respondis.

Elas se inclin.

--Cmo habis podido conjurar el motn de anoche?--pregunt Ibarra
fijando en l sus ojos.

--Muy sencillamente!--contest Elas con la mayor naturalidad;--los
que dirigan el movimiento eran dos hermanos cuyo padre haba muerto,
apaleado por la guardia civil; un da tuve la fortuna de salvarlos de
las mismas manos en que haba cado su padre, y ambos me estn por
esto agradecidos. A ellos me dirig anoche y ellos se encargaron de
disuadir  los dems.

--Y esos dos hermanos cuyo padre muri apaleado?...

--Acabarn como el padre,--contest Elas en voz baja;--cuando la
desgracia ha marcado una vez una familia, todos los miembros tienen
que perecer; cuando el rayo hiere un rbol, todo lo reduce  cenizas.

Y Elas, viendo que Ibarra callaba, se despidi.

Este, al verse solo, perdi el continente sereno que haba conservado
en presencia del piloto, y el dolor se manifest en su semblante.

--Yo, yo la he martirizado!--murmur.

Vistise rpidamente y descendi las escaleras.

Un hombrecito, vestido de luto, con una gran cicatriz en la mejilla
izquierda, le salud humildemente, parndole en su camino.

--Qu queris?--le pregunt Ibarra.

--Seor, yo me llamo Lucas, soy el hermano del que muri ayer.

--Ah! Os doy el psame... y bien?

--Seor, quiero saber cunto vais  pagar  la familia de mi hermano.

--Pagar?--repiti el joven sin poder reprimir su disgusto;--ya
hablaremos de esto.--Volved esta tarde que hoy tengo prisa.

--Decid solamente cunto queris pagar!--insisti Lucas.

--Os he dicho que hablaremos otro da, hoy no tengo tiempo!--dijo
Ibarra impaciente.

--No tenis tiempo ahora, seor?--pregunt con amargura Lucas,
ponindosele delante;--no tenis tiempo para ocuparos de los muertos?

--Venid esta tarde, buen hombre!--repiti Ibarra contenindose;--hoy
tengo que ver  una persona enferma.

--Ah! y por una enferma olvidis  los muertos? Creis que porque
somos pobres?...

Ibarra le mir y le cort la palabra.

--No pongis  prueba mi paciencia!--dijo y sigui su camino. Lucas
se le qued mirando con una sonrisa llena de odio.

--Se conoce que eres el nieto del que puso  mi padre al sol!--murmur
entre dientes;--an tienes la misma sangre!

Y cambiando de tono aadi:

--Pero, si pagas bien... amigos!






XLII

LOS ESPOSOS DE ESPADAA


Ya ha pasado la fiesta; los vecinos del pueblo hallan otra vez, como
todos los aos, que la caja est ms pobre, que han trabajado, sudado
y velado mucho sin divertirse, sin adquirir nuevos amigos, en una
palabra, han comprado caro el bullicio y los dolores de cabeza. Pero
no importa; el ao que viene se har lo mismo, lo mismo la venidera
centuria, pues esta ha sido hasta ahora la costumbre.

En casa de capitn Tiago reina bastante tristeza: todas las ventanas
estn cerradas, la gente apenas hace ruido al andar y slo en la cocina
se atreve  hablar en voz alta. Mara Clara, el alma de la casa, yace
enferma en el lecho; su estado se lee en todos los semblantes, como
se leen las dolencias del espritu en las facciones de un individuo.

--Qu te parece, Isabel: hago la limosna  la cruz de Tunasan  
la cruz de Matahong?--pregunta en voz baja el atribulado padre.--La
cruz de Tunasan crece, pero la de Matahong suda; cul crees t que
sea ms milagrosa?

Ta Isabel piensa, mueve la cabeza y murmura.

--Crecer... crecer es mayor milagro que sudar: todos sudamos, pero
no crecemos todos.

--Es verdad, s, Isabel, pero advierte que sudar... sudar la madera
que hacan para pie de banco no es poco milagro... Vamos, lo mejor
ser dar limosna  ambas cruces; as ninguna se resiente y Mara
Clara sanar ms pronto... Estn bien los cuartos? Ya sabes que
viene con los doctores un nuevo seor medio pariente del P. Dmaso;
es menester que nada falte.

En el otro extremo del comedor estn las dos primas, Sinang y Victoria,
que vienen  acompaar  la enferma. Andeng les ayuda  limpiar un
servicio de plata para tomar el t.

--Conocis al doctor Espadaa?--pregunta con inters  Victoria la
hermana de leche de Mara Clara.

--No!--contesta la interpelada;--lo nico que s de l es que cobra
muy caro, segn capitn Tiago.

--Entonces debe ser muy bueno!--dice Andeng;--el que agujere el
vientre de doa Mara cobraba caro; por eso era sabio.

--Tonta!--exclama Sinang,--no todo el que cobra caro es sabio. Mira
el doctor Guevara, despus que no supo ayudar al parto, cortndole
la cabeza al nio, le cobra cincuenta pesos al viudo... Lo que sabe
es cobrar.

--Qu sabes t?--le pregunta su prima dndole un codazo.

--No lo he de saber? El marido, que es un aserrador de maderas,
despus de perder su esposa, tuvo tambin que perder su casa, porque
el Alcalde es amigo del doctor, le oblig  pagar... no lo he de
saber? Mi padre le prest el dinero para hacer el viaje  Santa Cruz
[134].

Un coche, parndose delante de la casa, cort todas las conversaciones.

Capitn Tiago, seguido de ta Isabel, baj corriendo las escaleras
para recibir  los recin llegados. Estos eran el doctor don Tiburcio
de Espadaa, su seora, la doctora doa Victorina de los Reyes de de
Espadaa y un joven espaol de fisonoma simptica y agradable aspecto.

Ella vesta una bata de seda, bordada de flores, y un sombrero con un
gran papagayo, medio machacado entre cintas azules y rojas; el polvo
del camino, mezclndose con los polvos de arroz en sus mejillas,
parecan aumentar sus arrugas; como cuando la vimos en Manila, hoy
lleva tambin del brazo  su marido cojo.

--Tengo el gusto de presentarle  usted  nuestro primo, don Alfonso
Linares de Espadaa!--dijo doa Victorina sealando al joven; el seor
es ahijado de un pariente del padre Dmaso, secretario particular de
todos los ministros...

El joven salud con gracia; capitn Tiago por poco le besa la mano.

Mientras suben las numerosas maletas y sacos de viaje, mientras
capitn Tiago los conduce  sus aposentos, digamos algo acerca de
este matrimonio, cuyo conocimiento hemos hecho tan ligeramente en
los primeros captulos.

Doa Victorina era una seora de sus cuarenta y cinco agostos,
equivalentes  treinta y dos abriles, segn sus clculos
aritmticos. Haba sido bonita en su juventud, tuvo buenas carnes,--as
sola decirlo ella,--pero extasiada en la contemplacin de s misma,
haba mirado con gran desdn  muchos adoradores filipinos que tuvo,
pues sus aspiraciones eran de otra raza. Ella no ha querido otorgar
 nadie su blanca y diminuta mano, pero no por desconfianza, pues
no pocas veces haba entregado joyas de inestimable valor  varios
aventureros extranjeros y nacionales.

Seis meses antes de la poca de nuestra historia, vi realizado su
ms hermoso sueo, el sueo de toda su vida, por el cual despreciara
los halagos de la juventud y hasta las promesas de amor de capitn
Tiago, arrrulladas en otro tiempo en sus odos,  cantadas en alguna
serenata. Tarde, es verdad, se ha realizado el sueo; pero doa
Victorina que, aunque hablaba mal el espaol, era ms espaola que
Agustina de Zaragoza, y saba el refrn: Ms vale tarde que nunca,
consolbase con decrselo  s misma.--No hay felicidad completa en
la tierra, era su otro ntimo refrn, porque ambos no salan jams
de sus labios delante de otras personas.

Doa Victorina, que haba pasado su primera, segunda, tercera y
cuarta juventud tendiendo redes para pescar en la mar del mundo el
objeto de sus insomnios, tuvo al fin que contentarse con lo que la
suerte le quiso deparar. La pobrecita, si en vez de tener treinta y
dos abriles, no hubiese tenido ms que treinta y uno,--la diferencia
para su aritmtica era muy grande,--habra devuelto al destino la
presa que le ofreca, para esperar otra ms en conformidad con sus
gustos. Pero como el hombre propone y la necesidad dispone, ella que
tena ya mucha necesidad de marido, vise obligada  contentarse con
un pobre hombre, que arroj de s Extremadura y que despus de vagar
por el mundo seis  siete aos, Ulises moderno, encontr al fin en la
isla de Luzn hospitalidad, dinero y una Calipso trasnochada, su media
naranja... ay! y la naranja era agria. Llambase el infeliz Tiburcio
Espadaa, y aunque tena treinta y cinco aos y pareca viejo, era
ms joven que doa Victorina que slo tena treinta y dos. El por
qu de esto es fcil de comprender, pero peligroso de decir.

Haba ido  Filipinas de oficial quinto de Aduanas, pero tuvo tan
mala suerte que, adems de marearse mucho y fracturarse una pierna
durante la navegacin, encontrse  los quince das de su llegada
con la cesanta que oportunamente le trajo el Salvadora, cuando ya
se encontraba sin un cuarto.

Escarmentado del mar, no quiso volver  Espaa sin haber hecho fortuna,
y pens dedicarse  algo. El orgullo espaol no le permita ningn
trabajo corporal: el pobre hombre hubiera trabajado con gusto para
vivir honradamente, pero el prestigio de los espaoles no se lo
hubiera consentido, y este prestigio no le salvaba de las necesidades.

Al principio viva  costa de algunos paisanos, pero, como Tiburcio era
honrado, sabale amargo el pan, y en vez de engordar, enflaqueca. No
teniendo ni ciencia ni dinero ni recomendaciones, aconsejronle sus
paisanos, para desprenderse de l, fuese  provincias y se hiciese
pasar por doctor en medicina. El hombre se resista al principio,
pues si bien haba sido mozo en el hospital de San Carlos, no haba
aprendido nada de la ciencia de curar: su oficio era sacudir el
polvo de los bancos, encender los braseros, y esto fu por corto
tiempo. Pero como la necesidad apremiaba y sus amigos disipaban sus
escrpulos, diles odos al fin, fuse  provincias y empez por
visitar algunos enfermos, cobrando mdicamente como su conciencia se
lo deca. Mas,  semejanza del joven filsofo de que habla Samaniego,
concluy cobrando caro y poniendo gran precio  sus visitas; de aqu
que pronto le tuvieron por gran mdico y hubiera hecho probablemente
su fortuna, si el protomedicato de Manila no hubiese tenido noticia de
sus exorbitantes honorarios y de la competencia que haca  los otros.

Intercedieron por l particulares y profesores.--Hombre! Dr. C.,
djele usted hacer su capitalito, que en cuanto tenga seis  siete
mil pesitos, se podr volver  su tierra y vivir all en paz. Total
qu le hace  usted eso? que engaa  los incautos indios? Pues que
sean ms listos. Es un infeliz; no le quite usted el pan de su boca;
sea usted buen espaol!

El doctor era buen espaol y consinti en hacer la vista gorda; pero
como la noticia lleg  odos del pueblo, empezse  desconfiar de l
y  poco don Tiburcio Espadaa perdi su clientela y se vi de nuevo
obligado casi  mendigar el pan de cada da. Por entonces supo de
un amigo suyo, ntimo que fu de doa Victorina, el apuro en que se
encontraba esta seora, su patriotismo y buen corazn. Don Tiburcio
vi all un pedazo de cielo y pidi ser presentado.

Doa Victorina y don Tiburcio se vieron. Tarde venintibus ossa [135]
habra exclamado l, si hubiese sabido latn. Ella no era ya pasable,
era pasada; su abundante cabellera se haba reducido  un moo, grande,
al decir de su criada, como la cabeza de un ajo; arrugas surcaban su
cara y empezaban  movrsele los dientes; los ojos haban sufrido
tambin, y considerablemente; tena que entornarlos con frecuencia
para mirar  cierta distancia: su carcter era lo nico que le haba
quedado.

Al cabo de media hora de conversacin, comprendironse y se
aceptaron. Ella hubiera preferido un espaol menos cojo, menos
tartamudo, menos calvo, menos mellado, que arrojase menos saliva
al hablar y tuviese ms bro y categora, como ella sola decir;
pero esta clase de espaoles no se dirigieron jams  ella para
pedirle su mano. Haba odo ms de una vez decir que  la ocasin
la pintan calva y crey honradamente que don Tiburcio era la misma
ocasin, pues gracias  sus noches negras padeca de una prematura
calvicie. Qu mujer no es prudente  los treinta y dos aos?

Don Tiburcio, por su parte, sinti vaga melancola al pensar en su luna
de miel. Sonrise con resignacin y evoc en su auxilio el fantasma
del hambre. Jams haba tenido ambicin ni pretensiones; sus gustos
eran sencillos, sus pensamientos limitados; pero su corazn, virgen
hasta entonces, haba soado en muy diferente divinidad.--All en
su juventud, cuando, cansado de trabajar despus de una frugal cena,
iba  acostarse en una mala cama para digerir el gazpacho, se dorma
pensando en una imagen sonriente, acariciadora. Despus, cuando los
disgustos y las privaciones aumentaron, pasaron los aos y la potica
imagen no vino, pens sencillamente en una buena mujer, hacendosa,
trabajadora, que le pudiese aportar una pequea dote, consolarle
de las fatigas del trabajo y reirle de cuando en cuando,--s, l
pensaba en las rias como en una felicidad! Pero cuando, obligado
 vagar de pas en pas en busca, no ya de fortuna, sino de alguna
comodidad para vivir los das que le restaban; cuando, ilusionado por
las relaciones de sus paisanos que venan de Ultramar, embarcse para
Filipinas, el realismo cedi el puesto  una arrogante mestiza,  una
hermosa india de grandes ojos negros, envuelta en sedas y tejidos
trasparentes, cargada de brillantes y oro, brindndole su amor,
sus coches, etc. Lleg  Filipinas y crey que realizaba su sueo,
pues las jvenes, que en plateados coches acudan  la Luneta y al
Malecn, le haban mirado con cierta curiosidad. Mas, una vez cesante,
la mestiza  la india desapareci, y con trabajo se forj la imagen
de una viuda, pero una viuda agradable. As que cuando vi su sueo
tomar cuerpo en parte, se puso triste, pero, como tena cierta dsis de
filosofa natural, se dijo: Aquello era un sueo y en el mundo no se
vive soando! As resolva l sus dudas: ella gasta polvos de arroz,
ps! cuando se casen, ya har que se los quite; tiene muchas arrugas,
pero su levita tiene ms roturas y zurcidos; es una vieja pretenciosa,
imponente y varonil, pero el hambre es ms imponente, terrible y ms
pretenciosa todava, y luega para eso ha nacido l dulce de genio,
y el amor modifica los caracteres; habla muy mal el castellano, l
tampoco lo habla bien, segn dijo el jefe del Negociado al notificarle
su cesanta, y adems qu importa? es una vieja fea y ridcula? l
es cojo, desdentado y calvo! Don Tiburcio prefera cuidar que no ser
cuidado por enfermo de hambre. Cuando algn amigo se burlaba de l,
responda: Dame pan y llmame tonto.

Don Tiburcio era lo que vulgarmente se dice: un hombre que no haca
mal  una mosca: modesto  incapaz de abrigar un mal pensamiento,
se hubiera hecho misionero en los antiguos tiempos. Su estancia en el
pas no le haba podido dar ese convencimiento de alta superioridad, de
gran valor y de elevada importancia que  las pocas semanas adquieren
la mayor parte de sus paisanos. Su corazn no ha podido nunca abrigar
odio; todava no ha podido encontrar un solo filibustero; nicamente
vea infelices  quienes convena desplumar, si no quera ser ms
infeliz que ellos. Cuando se trat de formarle causa por hacerse
pasar como mdico, no se resinti, no se quej; reconoca la justicia
y slo contestaba: Pero es menester vivir!

Casronse  cazronse pues, y fueron  Sta. Ana para pasar la luna
de miel; pero en la noche de bodas, doa Victorina tuvo una terrible
indigestin, y don Tiburcio di gracias  Dios, mostrse solcito
y cuidadoso. A la segunda noche, sin embargo, se port como hombre
honrado, y al da siguiente, al mirarse en el espejo, sonri con
melancola descubriendo sus desprovistas encas; haba envejecido lo
menos diez aos.

Muy contenta doa Victorina de su marido, hizo que le arreglaran
una buena dentadura postiza, le vistieran y le equiparan los mejores
sastres de la ciudad; encarg araas y calesas, pidi  Batangas y
Albay los mejores troncos y hasta le oblig  tener dos caballos para
las prximas carreras.

Mientras trasformaba  su marido, no se olvidaba de su propia
persona: dej la saya de seda y la camisa de pia por el traje
europeo; sustituy el sencillo tocado de las filipinas por los falsos
flequillos, y con sus trajes, que le sentaban divinamente mal, turb
la paz de todo el tranquilo y ocioso vecindario.

El marido que no sala nunca  pie,--ella no quera que se viese su
cojera,--la llevaba  paseo por los sitios ms solitarios con gran
pesar de Eva, que quera lucir su marido en los paseos ms pblicos,
pero se callaba por respeto  la luna de miel.

El cuarto menguante empez cuando l quiso hablarle de los polvos de
arroz, diciendo que aquello era falso, no natural; doa Victorina
frunci las cejas y le mir en la dentadura postiza. El se call y
ella comprendi su flaco.

Pronto creyse madre y anuncilo as  todos sus amigos:

--El mes que viene, yo y de Espadaa nos vamos  la Pensula; no
quiero que nuestro hijo nazca aqu y le llamen revolucionario.

Puso un de al apellido de su marido; el de no costaba nada y daba
categora al nombre. Cuando firmaba ponase: Victorina de los Reyes de
de Espadaa; este de de Espadaa era su mana; ni el que le litografi
sus tarjetas ni su marido pudieron quitrselo de la cabeza.

--Si no pongo ms que un de puede creerse que no lo tienes,
tonto!--deca  su marido.

Hablaba continuamente de sus preparativos de viaje, aprendise de
memoria los nombres de los puntos de escala, y era un gusto oirla
hablar:--Voy  ver el ismo en el canal de Suez: De Espadaa
cree que es lo ms bonito. De Espadaa ha recorrido todo el
mundo--Probablemente no volver ms  este pas de salvajes.--No
he nacido para vivir aqu; me convendra ms Aden  Port Said; desde
nia lo he credo as, etc. Doa Victorina en su geografa divida
el mundo en Filipinas y Espaa,  diferencia de los chulos que lo
dividen en Espaa y Amrica  China por otro nombre.

El marido saba que algunas de estas cosas eran barbaridades,
pero se callaba para que no le chillase y le echase en cara su
tartamudez. Hzose la antojadiza para aumentar sus ilusiones de
madre, y se di por vestirse de colores, llenarse de flores y cintas
y pasearse en bata por la Escolta, pero oh desencanto! pasaron
tres meses y el sueo se evapor, y no habiendo ya motivo para que
el hijo no fuese revolucionario, se desisti del viaje. Dise 
consultar mdicos, comadronas, viejas, etc., pero intil; ella, que
con descontento de capitn Tiago se burlaba de san Pascual Bailn,
no quera recurrir  ningn santo ni santa; por lo que le dijo un
amigo de su marido:

--Crame usted, seora; es usted el nico espritu fuerte en este
aburrido pas!

Sonrise ella sin comprender lo que era espritu fuerte, y  la noche,
 la hora de dormir, se lo pregunt al marido.

--Hija, contest ste, el e... espritu fuerte, que conozco es el
amonaco: mi amigo habr hablado por re... retrica.

Desde entonces ella deca siempre que poda:

--Soy el nico amonaco en este aburridsimo pas, hablando por
retrica; as lo ha dicho el seor N. de N., peninsular de muchsima
categora.

Cuanto deca se tena que hacer, haba llegado  dominar completamente
 su marido, que por su parte no ofreci gran resistencia, llegando
 convertirse en una especie de perrito faldero para ella. Si le
incomodaba, no le dejaba pasear, y cuando se enfureca de veras,
le arrancaba la dentadura dejndole horrible por uno  ms das.

Se le ocurri que su marido deba ser doctor en Medicina y Ciruga
y as se lo manifest.

--Hija! quieres que me prendan?--pregunt asustado.

--No seas tonto y djame arreglar las cosas; no irs  curar  nadie,
pero quiero que te llamen doctor y  m doctora; ea!

Y al da siguiente Rodoreda reciba el encargo de grabar en una
losa de mrmol negro: DOCTOR DE ESPADAA, ESPECIALISTA EN TODA CLASE
DE ENFERMEDADES.

Toda la servidumbre les deba dar los nuevos ttulos, y  consecuencia
de esto se aument el nmero de los flequillos, la capa de polvos
de arroz, las cintas y encajes, y mir con ms desdn que nunca 
sus pobres y poco afortunadas paisanas, cuyos maridos eran de menos
categora que el suyo. Cada da senta dignificarse y elevarse ms,
y  seguir este camino, al cabo de un ao se creera de origen divino.

Estos sublimes pensamientos no impedan sin embargo que cada da
fuese ms vieja y ridcula. Cada vez que capitn Tiago se encontraba
con ella y se acordaba de haberle hecho en vano el amor, mandaba acto
continuo un peso  la iglesia para una misa en accin de gracias. A
pesar de esto, capitn Tiago respetaba mucho al marido por el ttulo de
especialista en toda clase de enfermedades, y escuchaba con atencin
las pocas frases que l en su tartamudez consegua pronunciar. Por
esto, y porque este doctor no visitaba  todo el mundo como los otros
mdicos, le escogi capitn Tiago para asistir  su hija.

En cuanto al joven Linares, ya era otra cosa. Cuando se dispona el
viaje para Espaa, doa Victorina pens en un administrador peninsular,
no confiando en los filipinos: el marido acordse de un sobrino en
Madrid, que estudiaba para abogado y era considerado como el ms listo
de la familia: escribironle, pues, pagndole de antemano ya el pasaje,
y cuando el sueo se desvaneci, el joven ya estaba navegando.

Estos son los tres personajes que acaban de llegar.

Mientras tomaban el segundo almuerzo, lleg el padre Salv, y los
esposos, que ya le conocan, le presentaron con todos sus ttulos al
joven Linares, que se ruboriz.

Se habl de Mara Clara como era natural; la joven descansaba
y dorma. Se habl del viaje; doa Victorina luci su verbosidad
criticando las costumbres de los provincianos, sus casas de nipa, los
puentes de caa, sin olvidarse de decir al cura sus amistades con el
segundo cabo, con el alcalde tal, con el oidor cual, con el intendente,
etc., personas todas de categora que le guardaban mucha consideracin.

--Hubiera usted venido dos das antes, doa Victorina,--repuso capitn
Tiago en una pequea pausa,--y habra usted encontrado  S. E. el
Capitn general: all estaba sentado.

--Qu? Cmo? Estuvo aqu S. E.? Y en su casa de usted? Mentira!

--Le digo  usted que all se sentaba! Hubiera usted venido dos
das antes...

--Ah! qu lstima que Clarita no se haya enfermado antes!--exclama
ella con verdadero pesar, y dirigindose  Linares:

--Oyes, primo? Aqu estaba S. E.! Ves si tena razn De Espadaa
cuando te deca que no ibas  casa de un miserable indio? Porque
usted sabr, don Santiago, que nuestro primo era en Madrid amigo de
ministros y duques y coma en casa del conde del Campanario.

--Del duque de la Torre, Victorina,--le corrige su marido.

--Lo mismo da, si me dirs t  mi?...

--Encontrara yo este da al padre Dmaso en su pueblo?--interrumpe
Linares dirigindose al padre Salv;--me han dicho que est cerca
de aqu.

--Precisamente est aqu y vendr dentro de poco,--contest el cura.

--Cunto me alegro! tengo una carta para l,--exclam el joven,--y
si no fuera por esta feliz casualidad que me trae aqu, habra venido
expresamente para visitarle.

La feliz casualidad entretanto se haba despertado.

--De Espadaa,--dice doa Victorina terminando el almuerzo,--vamos
 ver  Clarita?--Y  capitn Tiago:--Por usted solo, don Santiago,
por usted solo! Mi marido no cura ms que  las personas de categora,
y aun, aun! Mi marido no es como los de aqu... en Madrid no visitaba
ms que  los personajes de categora.

Pasaron al cuarto de la enferma.

La habitacin estaba casi  obscuras, las ventanas cerradas por miedo
 una corriente de aire, y la poca luz que la iluminaba parta de
los cirios que ardan delante una imagen de la Virgen de Antipolo.

Ceida la cabeza con un pauelo empapado en agua de Colonia, envuelto
cuidadosamente el cuerpo en blancas sbanas de abundantes pliegues, que
velaban sus formas virginales, yaca la joven en su catre de kamagon
[136], entre cortinajes de jusi y pia. Sus cabellos, formando un marco
al rededor de su ovalado semblante, aumentaban aquella transparente
palidez, animada nicamente por sus grandes ojos, llenos de tristeza. A
su lado estaban las dos amigas y Andeng con un ramo de azucenas.

De Espadaa tomle el pulso, examin la lengua, hizo unas cuantas
preguntas, y dijo moviendo la cabeza  un lado y otro:

--E... est enferma, pero se puede curar!

Doa Victorina mir con orgullo  los circunstantes.

--Liquen con leche por la maana, jarabe de altea, dos pldoras de
cinoglosa!--orden de Espadaa.

--Cobra nimo, Clarita,--deca doa Victorina acercndose;--hemos
venido para curarte... Te voy  presentar  nuestro primo.

Linares estaba absorto, contemplando aquellos elocuentes ojos que
parecan buscar  alguien, y no oy  doa Victorina que le llamaba.

--Seor Linares,--djole el cura arrancndole de su xtasis,--aqu
viene el padre Dmaso.

En efecto, vena el padre Dmaso, plido y algo triste; al dejar la
cama, su primera visita fu para Mara Clara. No era ya el padre
Dmaso de antes, tan robusto y decidor; ahora marcha silencioso y
algo vacilante.






XLIII

PROYECTOS


Sin cuidarse de nadie, se fu derecho  la cama de la enferma y
tomndola de la mano:

--Mara!--dijo con indecible ternura, y brotaron lgrimas de sus
ojos;--Mara, hija ma, no te has de morir!

Mara abri los ojos y le mir con cierta extraeza.

Ninguno de los que le conocan al franciscano sospechaba en l
tiernos sentimientos; bajo aquel rudo y grosero aspecto nadie crea
que existiese un corazn.

El padre Dmaso no pudo seguir ms y se alej de la joven, llorando
como un nio. Fuse  la cada para dar rienda suelta  su dolor,
bajo las favoritas enredaderas del balcn de Mara Clara.

--Cmo quiere  su ahijada!--pensaban todos.

Fray Salv le contemplaba inmvil y silencioso, mordindose ligeramente
los labios.

Sosegado algn tanto, le fu presentado por doa Victorina el joven
Linares, que se le acerc con respeto.

Fray Dmaso le contempl en silencio, de pies  cabeza, tom la
carta que aqul le alcanzaba y la ley sin comprenderla al parecer,
pues pregunt:

--Y quin es usted?

--Alfonso Linares, el ahijado de su cuado...--balbuce el joven.

El padre Dmaso ech el cuerpo hacia atrs, examin de nuevo al joven
y, animndose su fisonoma, se levant.

--Con que eres t el ahijado de Carlicos!--exclam abrazndole;--ven
que yo te abrace... hace unos das recib carta suya... con que eres
tu! No te conoc... ya se ve, an no habas nacido cuando dej el pas;
no te conoc!

Y el padre Dmaso estrechaba en sus robustos brazos al joven que se
pona rojo, no se sabe si de vergenza  de asfixia. El padre Dmaso
pareca haber olvidado por completo su dolor.

Pasados los primeros momentos de efusin y hechas las primeras
preguntas acerca de Carlicos y de la Pepa, pregunt el padre Dmaso:

--Y vamos! qu quiere Carlicos que haga por ti?

--En la carta creo que dice algo...--volvi  balbucear Linares.

--En la carta?  ver? Es verdad! Y quiere que te procure un empleo
y una mujer! Hum! Empleo... empleo, es fcil; sabes leer y escribir?

--Me he recibido de abogado en la Universidad Central!

--Caramba! Con que eres un picapleitos? pues no tienes
facha... pareces un madamisela, pero tanto mejor! Pero darte una
mujer... hum! hum! una mujer...

--Padre, no tengo tanta prisa,--dijo Linares confuso.

Pero el padre Dmaso se paseaba de un extremo  otro de la cada
murmurando:

--Una mujer, una mujer!

Su rostro ya no estaba triste ni alegre; ahora expresaba la mayor
seriedad y pareca que estaba cavilando. El padre Salv miraba toda
esta escena desde lejos.

--Yo no crea que la cosa me diese tanta pena!--murmur el padre
Dmaso con voz llorosa;--pero de dos males el menor.

Y levantando la voz y acercndose  Linares:

--Ven ac, mozo,--dijo;--vamos  hablar con Santiago.

Linares palideci y se dej arrastrar por el sacerdote, que marchaba
pensativo.

Entonces le toc  su vez al padre Salv el turno de pasearse,
meditabundo como siempre.

Una voz que le daba los buenos das le sac de su montono paseo;
levant la cabeza y se encontr con Lucas, el cual le saludaba
humildemente.

--Qu quieres?--preguntaron los ojos del cura.

--Padre, soy el hermano del que muri el da de la fiesta!--contest
en tono lacrimoso Lucas.

El padre Salv retrocedi.

--Y qu?--murmur con voz imperceptible.

Lucas haca esfuerzos para llorar y se enjugaba los ojos con el
pauelo.

--Padre,--deca lloriqueando,--he estado en casa de don Crisstomo para
pedir la indemnizacin... Primero me recibi  puntapis, diciendo
que l no quera pagar nada, pues haba corrido peligro de morir por
culpa de mi querido  infeliz hermano. Ayer volv para hablarle,
pero ya se haba marchado  Manila, dejndome, como por caridad,
quinientos pesos y encargndome que no volviese jams. Ah, padre,
quinientos pesos por mi pobre hermano, quinientos pesos! Ah, padre!...

El cura le escuchaba al principio con sorpresa y atencin, y lentamente
se reflej en sus labios una sonrisa tal de desprecio y sarcasmo  la
vista de aquella comedia, que, si Lucas la hubiese visto, se habra
escapado  todo correr.

--Y qu quieres ahora t?--le pregunt volvindole las espaldas.

--Ay, padre! decidme por amor de Dios qu debo hacer: el padre ha
dado siempre buenos consejos.

--Quin te lo ha dicho? T no eres de aqu...

--Al padre le conocen en toda la provincia!

El padre Salv se le acerc con ojos irritados y, sealndole la calle,
dijo al espantado Lucas:

--Vete  tu casa y dale gracias  don Crisstomo que no te haya
enviado  la crcel! Largo de aqu!

Lucas se olvid de su farsa y murmur:

--Pues yo crea...

--Largo de aqu!--grit con nervioso acento el padre Salv.

--Quisiera ver al padre Dmaso...

--El padre Dmaso tiene que hacer... largo de aqu!--volvi  mandar
con imperio el cura.

Lucas baj las escaleras murmurando:

--Este es tambin otro... como no pague bien!... El que pague mejor...

A las voces del cura haban acudido todos, hasta el padre Dmaso,
capitn Tiago y Linares.

--Un insolente vagabundo que viene  pedir limosna y no quiere
trabajar!--dijo el padre Salv, cogiendo el sombrero y bastn para
dirigirse al convento.






XLIV

EXAMEN DE CONCIENCIA


Largos das y tristes noches se han pasado  la cabecera de la cama;
Mara Clara haba recado momentos despus de haberse confesado,
y durante su delirio no pronunciaba ms que el nombre de su madre,
 quien ella no haba conocido. Pero sus amigas, su padre y su ta
velaban; envibanse misas y limosnas  todas las imgenes milagrosas;
capitn Tiago prometi regalar un bastn de oro  la Virgen de
Antipolo, y al fin la fiebre comenz  descender paulatinamente y
con regularidad.

El doctor de Espadaa est asombrado de las virtudes del jarabe
de altea y del cocimiento de liquen, prescripciones que no ha
variado. Doa Victorina se halla tan contenta de su marido, que un
da que ste le pis la cola de su bata, no aplic su cdigo penal
quitndole la dentadura, sino que se content con decirle:

--Si no llegas  ser cojo, me pisas hasta el cors!

Y ella no lo usaba!

Una tarde, mientras Sinang y Victoria visitaban  su amiga, conversaban
durante la merienda, en el comedor el cura, capitn Tiago y la familia
de doa Victoria.

--Pues lo siento mucho,--deca el doctor;--el padre Dmaso lo sentir
mucho tambin.

--Y  dnde dice usted que le trasladan?--pregunt Linares al cura.

--A la provincia de Tayabas!--respondi ste negligentemente.

--Quien lo sentir mucho tambin es Mara cuando lo sepa,--dijo
capitn Tiago;--le quiere como  un padre.

Fray Salv le mir de reojo.

--Creo, padre,--continu capitn Tiago,--que toda esta enfermedad
viene del disgusto que ha tenido el da de la fiesta.

--Soy del mismo parecer, y ha hecho usted bien en no permitir al
seor Ibarra que le hablase; se hubiera agravado.

--Y si no fuera por nosotras,--interrumpe doa Victorina,--Clarita
ya estara en el cielo cantando alabanzas  Dios.

--Amn Jess!--crey deber decir capitn Tiago.

--Fortuna para usted que mi marido no haya tenido enfermo de ms
categora, pues hubiera usted tenido que llamar  otro y aqu todos
son ignorantes; mi marido...

--Creo y sigo en lo que he dicho,--la interrumpe  su vez el cura;--la
confesin que Mara Clara ha hecho, ha provocado aquella crisis
favorable que le ha salvado la vida. Una conciencia limpia vale ms que
muchas medicinas, y cuidado que no niego yo el poder de la ciencia,
sobre todo el de la ciruga! pero una conciencia limpia... Lean
ustedes los libros piadosos y vern cuntas curaciones operadas por
slo una buena confesin!

--Usted perdone,--objeta doa Victorina picada;--eso del poder de la
confesin... cure usted  la mujer del alfrez con una confesin!

--Una herida, seora, no es ninguna enfermedad en que pueda influir
la conciencia!--replica severamente el padre Salv;--sin embargo,
una buena confesin la preservara de recibir en adelante golpes como
los de esta maana.

--Lo merece!--contina doa Victorina, como si no hubiese odo cuanto
dijo el padre Salv.--Esa mujer es muy insolente! En la iglesia no
hace ms que mirarme, ya se ve! es una cualquiera; el domingo yo
le iba  preguntar si tena monos en la cara, pero quin se mancha
hablando con gente que no es de categora?

Por su parte el cura, como si tampoco hubiese odo toda esta perorata,
continu:

--Crame usted, don Santiago; para acabar de curar  su hija es
menester que haga una comunin maana; le traer el vitico... creo que
no tendr nada de qu confesarse, sin embargo... si quiere conciliarse
esta noche...

--No s,--aadi al instante doa Victorina aprovechando una
pausa,--no comprendo cmo puede haber hombres capaces de casarse
con tales espantajos, como esa mujer; de lejos se ve de dnde viene;
se le conoce que se muere de envidia; ya se ve! qu gana un alfrez?

--Con que, don Santiago, diga usted  su prima que prevenga  la
enferma de la comunin de maana; vendr esta noche  absolverla de
sus pecadillos...

Y viendo que la ta Isabel sala, le dijo en tagalo:

--Preparad  vuestra sobrina para confesarse esta noche; maana le
traer el vitico; con eso convalecer ms pronto.

--Pero, padre,--se atrevi  objetar tmidamente Linares,--no vaya
 creer que est en peligro de muerte.

--No tenga usted cuidado!--le contest sin mirarle,--yo s lo que me
hago: he asistido ya  muchsimos enfermos; adems, ella dir si quiere
 no tomar la santa comunin y ver usted como dice  todo que s.

Por de pronto capitn Tiago tuvo que decir s  todo.

Ta Isabel entr en la alcoba de la enferma.

Mara Clara segua en cama, plida, muy plida;  su lado estaban
sus dos amigas.

--Toma un granito ms,--deca Sinang en voz baja presentndole un
grnulo blanco, que sac de un pequeo tubo de cristal;--l dice que,
cuando sientas ruido  zumbido de odos, suspendas la medicina.

--No ha vuelto  escribirte?--pregunta en voz baja la enferma.

--No, debe estar muy ocupado!

--No me manda decir nada?

--No dice ms sino que va  procurar que el arzobispo le absuelva de
la excomunin para que....

La conversacin se suspende porque viene la ta.

--El padre quiere que te dispongas  confesarte, hija,--dice
sta;--dejadla para que haga su examen de conciencia.

--Pero si no hace una semana que se confes!--protesta Sinang.--Yo
no estoy enferma y no peco tan  menudo.

--Ab! no sabis lo que dice el cura? el justo peca siete veces al
da. Vamos quieres que te traiga el Ancora, el Ramillete  el Camino
recto para ir al cielo?

Mara Clara no contest.

--Vamos, no te has de fatigar,--aade la buena ta para consolarla;
yo misma te leer el examen de conciencia y t no hars sino recordar
los pecados.

--Escrbele que no piense ms en m!--murmur Mara Clara al odo
de Sinang, cuando se despeda de ella.

--Cmo?

Pero la ta entr y Sinang tuvo que alejarse, sin comprender lo que
su amiga le haba dicho.

La buena ta acerc una silla  la luz, psose los anteojos sobre la
punta de la nariz, y abriendo un librito, dijo:

--Pon mucha atencin, hija ma; voy  empezar por los mandamientos
de la ley de Dios; ir despacio para que puedas meditar; si no me
has odo bien, me lo dirs para que lo repita; ya sabes que por tu
bien no me canso jams.

Empez  leer con voz montona y gangosa las consideraciones acerca de
los casos pecaminosos. Al fin de cada prrafo pona una larga pausa,
para dar tiempo  la joven de recordar sus pecados y arrepentirse.

Mara Clara miraba vagamente al espacio. Terminado el primer
mandamiento de amar  Dios sobre todas las cosas, obsrvala ta
Isabel por encima de los anteojos y se queda satisfecha de su aire
meditabundo y triste. Tose piadosamente, y despus de una larga pausa,
comienza el segundo mandamiento. La buena anciana lee con uncin,
y terminadas las consideraciones, mira otra vez  su sobrina, que
vuelve lentamente la cabeza  otro lado.

--Bah!--dijo para s ta Isabel;--en esto de jurar su santo nombre,
la pobrecita no tendr nada que ver. Pasemos al tercero.

Y el tercer mandamiento fu desmenuzado y comentado, y ledos todos
los casos en que se peca contra l, vuelve  mirar hacia la cama;
pero ahora la ta levanta las gafas, y se restriega los ojos: ha visto
 su sobrina llevarse el pauelo  la cara como para enjugar lgrimas.

--Hum!--dice,--ejem! La pobre se durmi durante sermn.

Y volviendo  colocar los anteojos sobre la punta de su nariz, se dijo:

--Vamos  ver si, as como no ha santificado las fiestas, no ha
honrado padre y madre.

Y lee el cuarto mandamiento con voz ms pausada y gangosa an,
creyendo dar as mayor solemnidad al acto, como haba visto hacer 
muchos frailes: ta Isabel no haba odo jams predicar  un cukero,
si no se habra puesto tambin  temblar.

La joven, entretanto, se lleva varias veces el pauelo  los ojos,
y su respiracin se hace ms perceptible.

--Qu alma tan buena!--piensa para s la anciana;--ella que es tan
obediente y sumisa con todos! Yo he tenido ms pecados y nunca he
podido llorar de veras.

Y comenz el quinto mandamiento con mayores pausas y una gangosidad
ms perfecta an si cabe, con tanto entusiasmo, que no oy los
ahogados sollozos de su sobrina. Slo  una pausa que hizo, despus
de las consideraciones sobre el homicidio  mano armada, percibi los
gemidos de la pecadora. Entonces el tono pas de lo sublime, ley lo
que restaba del mandamiento con acento que procur hacer amenazador,
y viendo que su sobrina segua an llorando:

--Llora, hija, llora!--le dijo acercndose al lecho;--cuanto ms
llores ms pronto te ha de perdonar Dios. Ten el dolor de contricin
mejor que el de atricin, Llora, hija, llora! no sabes cunto gozo
vindote llorar! Date tambin golpes de pecho, pero no muy fuertes,
porque todava ests enferma.

Mas, como si el dolor para crecer necesitase el misterio y la soledad,
Mara Clara, al verse sorprendida, ces poco  poco de suspirar y
sec sus ojos sin decir una palabra ni contestar  su ta.

Esta prosigui la lectura, pero, como el llanto de su pblico haba
cesado, perdi el entusiasmo, los ltimos mandamientos le dieron sueo
y le hicieron bostezar, con gran detrimento de la montona gangosidad,
que as se interrumpa.

--A no verlo no lo creera!--pensaba despus la buena anciana;--esta
nia peca como un soldado contra los cinco primeros, y del sexto
al dcimo ni un pecado venial, al revs de nosotras! Cmo va el
mundo ahora!

Y encendi un gran cirio  la Virgen de Antipolo y otros dos ms
pequeos  Nuestra Seora del Rosario y  Nuestra Seora del Pilar,
teniendo cuidado de apartar y poner en un rincn un crucifijo de
marfil, para darle  entender que por l no se haban encendido los
cirios. La Virgen de Delaroche tampoco tuvo participacin: es una
extranjera desconocida, y ta Isabel no haba odo hasta ahora ningn
milagro suyo.

No sabemos qu habr pasado en la confesin de aquella noche; nosotros
respetamos esos secretos. La confesin fu larga, y la ta, que desde
lejos vigilaba  su sobrina, pudo notar que el cura, en vez de aplicar
el odo  las palabras de la enferma, tena por el contrario la cara
vuelta hacia ella, y no pareca sino que quera leer en los hermosos
ojos de la joven los pensamientos  adivinarlos.

Plido y con los labios contrados, sali el padre Salv del
aposento. Al ver su frente obscura y cubierta de sudor, se habra
dicho que era l el que se haba confesado y no mereci la absolucin.

--Jess, Mara y Jos!--dijo la ta santigundose para apartar un
mal pensamiento;--quin comprende  las jvenes ahora?






XLV

LOS PERSEGUIDOS


A favor de la dbil claridad, que difunde la luna al travs de las
espesas ramas de los rboles, un hombre vaga por el bosque con paso
lento y reposado. De vez en cuando y como para orientarse, silba una
meloda particular,  la que suele responder otra lejana entonando
el mismo aire. El hombre escucha atento, y despus prosigue su camino
en la direccin del lejano sonido.

Por fin, al travs de mil dificultades que ofrece de noche una selva
virgen, llega  un pequeo claro, baado por la luna en su primer
cuarto. Elevadas rocas, coronadas de rboles, se levantan alrededor
formando una especie de derrudo anfiteatro; rboles recin cortados,
troncos carbonizados llenan el medio, confundidos con enormes peascos,
que la naturaleza cubre en parte con su manto de verde follaje.

Apenas el desconocido hubo llegado, cuando otra figura, saliendo
repentinamente de detrs de una gran roca, avanza y sacando un
revlver:

--Quin eres?--pregunta en tagalo con voz imperiosa, amartillando
el gatillo de su arma.

--Est entre vosotros el viejo Pablo?--pregunt el primero con voz
tranquila, sin contestar  la pregunta ni intimidarse.

--Hablas del capitn? S, est.

--Dle entonces que aqu le busca Elas,--dijo el hombre que no era
otro que el misterioso piloto.

--Sois vos, Elas?--pregunt el desconocido con cierto
respeto y acercndose, sin dejar por eso de apuntarle con su
revlver;--entonces... venid.

Elas le sigui.

Penetraron en una especie de caverna, que se hunda en las
profundidades de la tierra. El gua, que saba el camino, adverta
al piloto cuando deba descender, inclinarse  arrastrarse;
sin embargo, no tardaron mucho y llegaron  una especie de sala,
alumbrada miserablemente por antorchas de brea, ocupada por doce 
quince individuos armados, de fisonomas siniestras y trajes sucios,
sentados unos, acostados otros, hablando entre s apenas. Apoyados los
codos sobre una piedra, que haca el oficio de mesa, y contemplando
meditabundo la luz que difunda tan poca claridad para tanto humo,
se vea un anciano de fisonoma triste, la cabeza envuelta en una
venda ensangrentada: si no supiramos que aquella era una caverna
de tulisanes, diramos, al leer la desesperacin en el rostro del
anciano, que era la torre del Hambre en la vspera de devorar Ugolino
 sus hijos.

A la llegada de Elas y de su gua, los hombres medio se incorporaron,
pero  una seal del ltimo se tranquilizaron, contentndose con
examinar al piloto, que estaba completamente sin armas.

El anciano volvi lentamente la cabeza y se encontr con la seria
figura de Elas, que le contemplaba descubierto, lleno de tristeza
 inters.

--Eres t?--pregunt el anciano, cuya mirada, al reconocer al joven,
se anim algn tanto.

--En qu estado os encuentro!--murmur Elas  media voz y moviendo
la cabeza.

El anciano baj la cabeza en silencio, hizo una sea  los hombres,
los cuales se levantaron y se alejaron, no sin medir antes con una
mirada la estatura y los msculos del piloto.

--S!--dijo el anciano  Elas luego que se encontraron solos;--hace
seis meses, cuando te di abrigo en mi casa, era yo el que me compadeca
de t; ahora la suerte ha cambiado, y eres t quien me compadeces. Pero
sintate, y dime cmo has llegado hasta aqu.

--Hace unos quince das que me han hablado de vuestra
desgracia,--contest el joven lentamente en voz baja, mirando hacia
la luz;--pseme al instante en camino y os he estado buscando de
monte en monte: he recorrido casi dos provincias.

Por no derramar sangre inocente, he tenido que huir; mis enemigos
teman presentarse y slo me ponan delante unos infelices, que no
me han hecho el ms pequeo mal.

Despus de una corta pausa, que Elias emple para leer los pensamientos
en el sombro semblante del anciano, repuso:

--He venido para proponeros una cosa. Habiendo buscado intilmente
algn resto de la familia que ha causado la desgracia de la ma,
he decidido dejar la provincia en donde vivo, para emigrar hacia el
norte y vivir entre las tribus infieles  independientes: queris
dejar la vida que comenzis y veniros conmigo? Ser vuestro hijo,
pues que habis perdido los que tenais, y yo que no tengo familia,
tendr en vos un padre.

El anciano movi la cabeza negativamente, y dijo:

--A mi edad, cuando se toma una resolucin desesperada, es porque
no hay otra. Un hombre que, como yo, ha pasado su juventud y su edad
madura trabajando para el propio porvenir y el de sus hijos; un hombre
que ha sido sumiso  todas las voluntades de sus superiores, que ha
desempeado  conciencia pesados cargos, sufrido todo para vivir en
paz y en una tranquilidad posible; cuando este hombre, cuya sangre ha
enfriado el tiempo, renuncia  todo su pasado y  todo su porvenir
en los bordes mismos de la tumba, es porque ha juzgado maduramente
que la paz ni existe ni es el supremo bien. A qu vivir miserables
das en tierra extranjera? Yo tena dos hijos, una hija, un hogar,
una fortuna; gozaba de consideracin y aprecio; ahora estoy como un
rbol despojado de sus ramas, vago fugitivo, cazado como una fiera
en el bosque, y todo por qu? Porque un hombre ha deshonrado  mi
hija, porque los hermanos pidieron cuenta de la infamia  ese hombre,
y porque ese hombre est colocado por encima de los dems con el ttulo
de ministro de Dios. Con todo, yo, padre, yo, deshonrado en mi vejez,
he perdonado la injuria, indulgente con las pasiones de la juventud y
las debilidades de la carne, y ante un mal irreparable, qu deba yo
hacer sino callarme y salvar lo que me ha quedado? Pero el criminal
ha tenido miedo ante una venganza ms  menos prxima, y busc la
perdicin de mis hijos. Sabes qu ha hecho? No? No sabes que se
fingi un robo en el convento, y entre los acusados figur uno de mis
hijos? Al otro no se le pudo incluir porque estaba ausente. Sabes
las torturas  que fueron sometidos? Las conoces porque son las
de todos los pueblos! Yo, yo vi  mi hijo colgado de los cabellos,
yo o sus gritos, yo o que me llamaba, y yo, cobarde y acostumbrado
 la paz, no he tenido el valor ni de matar ni de morir! Sabes que
el robo no se prob, que se vi la calumnia y que en castigo el cura
fu trasladado  otro pueblo, y mi hijo muri  consecuencia de la
tortura? El otro, el que me quedaba, no era cobarde como su padre,
y temiendo el verdugo que no vengara en l la muerte del hermano, so
pretexto de no tener cdula de vecindad, que momentneamente haba
olvidado, fu preso por la guardia civil, maltratado, irritado y
provocado  fuerza de injurias hasta obligarle al suicidio. Y yo,
yo he sobrevivido despus de tanta vergenza, pero si no he tenido
el valor de padre para defender  mis hijos, qudame un corazn para
la venganza y me vengar! Los descontentos se van reuniendo bajo mi
mando, mis enemigos aumentan mi campo, y el da en que me considere
fuerte, bajar al llano y extinguir en el fuego mi venganza y mi
propia existencia! Y ese da llegar  no hay Dios [137]!

Y el anciano se levant agitado y, con la mirada centellante y la
voz cavernosa, aadi mesndose sus largos cabellos:

--Maldicin, maldicin sobre m que he contenido la mano vengadora
de mis hijos; yo los he asesinado! Hubiera dejado que el culpable
muriese, hubiese credo menos en la justicia de Dios y en la de los
hombres, y ahora tendra  mis hijos, fugitivos tal vez, pero los
tendra y no habran muerto entre torturas! Yo no haba nacido
para ser padre, por eso no los tengo! Maldicin sobre m que no
he aprendido con mis aos  conocer el medio en que viva! Pero en
fuego y sangre, y en mi muerte propia sabr vengaros!

El desgraciado padre, en el paroxismo de su dolor, se haba arrancado
la venda, abrindose una herida que tena en la frente, de la que
cayeron gotas de sangre.

--Respeto vuestro dolor,--repuso Elas,--y comprendo vuestra venganza;
yo tambin soy como vos, y sin embargo, por temor de herir  un
inocente, prefiero olvidar mis desdichas.

--T puedes olvidar porque eres joven y porque no perdiste ningn
hijo, ninguna ltima esperanza! Pero yo te lo aseguro, no herir 
ningn inocente. Ves esta herida? Por no matar  un pobre cuadrillero
que cumpla con su deber, me la he dejado hacer.

--Pero ved,--dijo Elas despus de un momento de silencio;--ved en qu
espantosa hoguera vais  sumir  nuestros desgraciados pueblos. Si
cumpls la venganza por vuestra mano, vuestros enemigos tomarn
terribles represalias, no contra vos, no contra los que estn armados,
sino contra el pueblo que suele ser el acusado, segn la costumbre,
y entonces cuntas injusticias!

--Que el pueblo aprenda  defenderse, que cada cual se defienda!

--Sabis que eso es imposible! Seor, os he conocido en otra
poca cuando rais feliz, entonces me dabais sabios consejos; me
permitiris?...

El anciano se cruz de brazos y pareci atender.

--Seor,--continu Elas midiendo bien sus palabras;--yo he tenido la
fortuna de haber podido prestar un servicio  un joven rico, de buen
corazn, noble y que ama el bien de su pas. Dicen que este joven
tiene amigos en Madrid; no lo s, pero s os puedo asegurar que es
amigo del Capitn general. Qu decs si le hacemos portador de las
quejas del pueblo, si le interesamos en la causa de los infelices?

El anciano sacudi la cabeza.

--Dices que es rico? Los ricos no piensan ms que en aumentar sus
riquezas; el orgullo y la pompa los ciegan, y como generalmente estn
bien, sobre todo cuando tienen poderosos amigos, ninguno de ellos se
molesta por los desgraciados. Lo s todo porque fu rico!

--Pero el hombre de que os hablo no se parece  los otros; es un hijo
que ha sido insultado en la memoria de su padre; es un joven que,
como ha de tener dentro de poco familia, piensa en el porvenir,
en un buen porvenir para sus hijos.

--Entonces es un hombre que va  ser feliz; nuestra causa no es la
de los hombres felices.

--Pero es la de los hombres de corazn!

--Sea!--repuso el anciano sentndose;--supn que consienta en llevar
nuestra voz hasta al Capitn general, supn que encuentre en la corte
diputados que aboguen por nosotros, crees que se nos har justicia?

--Intentmoslo antes de tomar una sangrienta medida,--contest
Elas.--Os debe extraar que yo, otro desgraciado, joven y robusto,
os proponga  vos, anciano y dbil, medidas pacficas; pero es que yo
he visto tantas miserias causadas por nosotros como por los tiranos:
el inerme es el que paga.

--Y si no conseguimos nada?

--Algo se conseguir, creedme; no todos los que gobiernan son
injustos. Y si nada conseguimos, si desoyen nuestras voces, si el
hombre se ha vuelto sordo  los gritos de dolor de sus semejantes,
entonces me tendris  vuestras rdenes!

El viejo, lleno de entusiasmo, abraz  Elas.

--Acepto tu proposicin, Elas; s que cumples tu palabra. Vendrs
 m y yo te ayudar  vengar  tus antepasados, t me ayudars 
vengar  mis hijos, mis hijos que eran como t!

--Entretanto evitaris, seor, toda medida violenta.

--Expondrs las quejas del pueblo, t las conoces ya. Cundo sabr
la contestacin?

--Dentro de cuatro das enviadme un hombre  la playa de San Diego,
y le dir la que me d la persona en quien espero... Si acepta,
nos harn justicia, y si no, ser el primero que caer en la lucha
que emprenderemos.

--Elas no morir, Elas ser el jefe, cuando capitn Pablo caiga
satisfecho en su venganza,--dijo el anciano.

Y l mismo acompa al joven hasta fuera de la cueva.






XLVI

LA GALLERA


Para santificar la tarde del domingo se va generalmente  la gallera
en Filipinas, como  los toros en Espaa. La ria de gallos, pasin
introducida en el pas y explotada hace un siglo, es uno de los vicios
del pueblo, ms trascendental que el opio entre los chinos; all va el
pobre  arriesgar lo que tiene, deseoso de ganar dinero sin trabajar;
all va el rico para distraerse, empleando el dinero que le sobra de
sus festines y misas de gracia; pero la fortuna que juegan es suya,
el gallo est educado con mucho cuidado, con ms cuidado quizs que el
hijo, sucesor del padre en la gallera, y esto disculpa  los jugadores.

Puesto que el gobierno lo permite, y hasta casi lo recomienda, mandando
que el espectculo slo se d en las plazas pblicas, en das de fiesta
(para que todos puedan verlo y el ejemplo anime?), despus de la misa
mayor hasta el obscurecer (ocho horas), asistiremos  este juego para
buscar  algunos conocidos.

La gallera de San Diego no se diferencia de las dems que se encuentran
en otros pueblos ms que en algunos accidentes. Consta de tres
departamentos: el primero,  sea la entrada, es un gran rectngulo
de unos veinte metros de largo por catorce de ancho;  uno de sus
lados se abre una puerta, que generalmente suele guardar una mujer,
encargada de cobrar el sa pint,  sea el derecho de entrada. De esta
contribucin, que cada uno pone all, percibe el gobierno una parte,
algunos centenares de miles de pesos al ao: dicen que con este
dinero, con que el vicio paga su libertad, se levantan magnficas
escuelas, se construyen puentes y calzadas, se instituyen premios
para fomentar la agricultura y el comercio... Bendito sea el vicio
que tan buenos resultados produce!--En este primer recinto estn
las vendedoras de buyo, cigarros, golosinas y comestibles, etc.;
all pululan los muchachos que acompaan  sus padres  tos, que
les inician cuidadosos en los secretos de la vida.

Este recinto comunica con otro de proporciones un poco mayores,
una especie de foyer donde el pblico se reune antes de las soltadas
[138]. All estn la mayor parte de los gallos, sujetos por una cuerda
al suelo mediante un clavo de hueso  de palma brava; all los tahures,
los aficionados, el perito atador de la navaja; all se contrata, se
medita, se pide prestado, se maldice, se jura, se re  carcajadas;
aquel acaricia su gallo, pasndole la mano por encima del brillante
plumaje; ste examina y cuenta las escamas de las patas; refirense
las hazaas de los hroes; all veris muchos, con el semblante
mohino, llevar de los pies un cadver desplumado: el animal que fu
el favorito durante meses, mimado, cuidado da y noche y en el cual
cifraban halageas esperanzas, ahora no es ms que un cadver y va
 ser vendido por una peseta, para ser guisado con jengibre y comido
aquella misma noche: sic transit gloria mundi! El perdidoso vuelve
al hogar donde le esperan la inquieta esposa y los haraposos hijos,
sin el capitalito y sin el gallo. De todo aquel dorado sueo, de
todos aquellos cuidados durante meses, desde que despunta el da hasta
que el sol se oculta, de todas aquellas fatigas y trabajos, resulta
una peseta, las cenizas que quedan de tanto humo.--En este foyer
discute el menos inteligente; el ms ligero examina concienzudamente
la materia, pesa, contempla, extiende las alas, palpa los msculos 
aquellos animales. Unos van muy bien vestidos, seguidos y rodeados de
los partidarios de sus gallos; otros, sucios, con el sello del vicio
marcado en el esculido semblante, siguen ansiosos los movimientos de
los ricos y atienden  las apuestas, porque la bolsa puede vaciarse,
pero no saciarse la pasin: all no hay rostro que no est animado;
all no est el filipino indolente, el aptico, el callado: todo es
movimiento, pasin, afn; dirase que tienen esa sed que aviva el
agua del cieno.

De este lugar se pasa  la arena que llaman rueda. El piso, cercado
de caas, suele ser ms elevado que el de los dos anteriores. En
la parte superior, y tocando casi al techo, hay graderas para los
espectadores  jugadores, que vienen  ser lo mismo. Durante el
combate se llenan estas graderas de hombres y nios que gritan,
vociferan, sudan, rien y blasfeman: por fortuna casi ninguna mujer
llega hasta all. En la rueda estn los prohombres, los ricos, los
famosos tahures, el contratista, el sentenciador. Sobre el suelo,
apisonado perfectamente, luchan los animales, y desde all distribuye
el destino  las familias risas  lgrimas, festines  hambre.

A la hora en que entramos, vemos ya al gobernadorcillo,  capitn
Pablo,  capitn Basilio,  Lucas, el hombre de la cicatriz en la cara,
que tanto sintiera la muerte de su hermano.

Capitn Basilio se acerca  uno del pueblo y le pregunta:

--Sabes qu gallo trae capitn Tiago?

--No lo s, seor; esta maana le han llegado dos, uno de ellos es
el lsak que gan el talisain del cnsul.--Crees que mi blik [139]
puede luchar con l?

--Ya lo creo! Pongo mi casa y mi camisa!

En aquel momento llegaba capitn Tiago. Vesta como los grandes
jugadores, camisa de lienzo Cantn, pantaln de lana y sombrero de
jipijapa. Detrs venan dos criados, llevando el lsak y un gallo
blanco de colosales dimensiones.

--Sinang me ha dicho que Mara va cada vez mejor!--dice capitn
Basilio.

--Perdi usted anoche?

--Un poco; s que usted ha ganado... voy  ver si me desquito.

--Quiere usted jugar el lsak?--pregunt capitn Basilio mirando el
gallo, y pidindoselo al criado.

--Segn, si hay apuesta.

--Cunto pone usted?

--Menos de dos, no lo juego.

--Ha visto usted mi blik?--pregunta capitn Basilio, y llama  un
hombre que trae un pequeo gallo.

Capitn Tiago lo examina, y despus de pesarlo y analizar las escamas,
lo devuelve.

--Cunto pone usted?--pregunta.

--Lo que usted.

--Dos y quinientos?

--Tres?

--Tres!

--Para la siguiente!

El corro de curiosos jugadores esparce la noticia de que lucharn dos
clebres gallos; ambos tenan su historia y su fama conquistada. Todos
quieren ver, examinar las dos celebridades; se emiten opiniones,
se profetiza.

Entretanto las voces crecen, aumenta la confusin, se invade la rueda,
las graderas son asaltadas. Los soltadores llevan  la arena dos
gallos, uno blanco y otro rojo, armados ya, pero las navajas estn
an envainadas. Se oyen gritos de al blanco! al blanco! alguna que
otra voz grita al rojo! El blanco era el llamado y el rojo el dejado
esto es, el favorito y el outsider (desechado).

Entre la multitud circulan guardias civiles; no llevan el uniforme del
benemrito cuerpo, pero tampoco van de paisano. Pantaln de guingn
con franja roja, camisa manchada de azul de la blusa desteida, gorra
de cuartel, he aqu el disfraz en armona con su comportamiento:
apuestan y vigilan, turban y hablan de mantener la paz.

Mientras se grita, se tienden las manos, agitando monedas y hacindolas
sonar; mientras se busca en los bolsillos la ltima moneda ,  falta
de ella, se quiere empear la palabra, prometiendo vender el carabao,
la prxima cosecha, etc., dos jvenes, hermanos al parecer, siguen
con ojos envidiosos  los jugadores, se acercan, murmuran tmidas
palabras que nadie escucha, se ponen cada vez ms sombros y se miran
entre s con disgusto y despecho. Lucas los observa con disimulo,
sonre malignamente, hace sonar pesos de plata, pasa cerca de los
dos hermanos, y mira hacia la rueda, gritando:

--Pago cincuenta, cincuenta contra veinte por el blanco!

Los dos hermanos cambian una mirada.

--Yo ya te deca,--murmura el mayor,--que no apostases todo el dinero;
si me hubieses obedecido tendramos ahora para el rojo!

El menor se acerca tmidamente  Lucas y le toca del brazo.

--Eres t?--exclama ste volvindose y fingiendo sorpresa;--acepta
tu hermano mi proposicin  vienes  apostar?

--Cmo queris que apostemos, si hemos perdido todo?

--Entonces aceptis?

--El no quiere! si pudieseis prestarnos algo, ya que decs que
nos conocis...

Lucas rascse la cabeza, estir su camisa, y repuso:

--S que os conozco; sois Trsilo y Bruno, jvenes y fuertes. S que
vuestro valiente padre muri de resultas de los cien azotes diarios,
que le daban esos soldados; s que no pensis en vengarle...

--No os entrometis en nuestra historia,--interrumpi Trsilo, el
mayor;--eso trae desgracia. Si no tuviramos una hermana, ya hara
tiempo que estaramos ahorcados!

--Ahorcados? Slo ahorcan al cobarde, al que no tiene dinero ni
proteccin. Y de todos modos el monte est cerca.

--Ciento contra veinte, voy al blanco!--grit uno al pasar.

--Prestadnos cuatro pesos... tres... dos,--suplic el ms joven;
luego os devolveremos el doble; la soltada va  empezar.

Lucas rascse de nuevo la cabeza.

--Pst! Este dinero no es mo, me lo ha dado don Crisstomo para
los que le quieran servir. Pero veo que no sois como vuestro padre;
aqul s que era valiente; el que no lo es, que no busque diversiones.

Y se alej de ellos, aunque no mucho.

--Aceptemos ya qu ms da?--dijo Bruno.--Lo mismo da morir ahorcado
que fusilado: los pobres no servimos para otra cosa.

--Tienes razn, pero piensa en nuestra hermana.

Entretanto el redondel se ha despejado, va  comenzar la lid. Las
voces empiezan  callarse, y los dos soltadores y el perito atador de
navajas se quedan en medio. A una seal del sentenciador, aqul desnuda
los aceros, y brillan las finas hojas, amenazadoras, relucientes.

Los dos hermanos se acercan tristes y silenciosos al cerco, y observan,
apoyando la frente contra la caa. Un hombre se acerca y les dice
al odo:

--Pare! [140] ciento contra diez; yo soy por el blanco!

Trsilo le mira con aire atontado. Bruno le da un codazo, al que
responde con un gruido.

Los soltadores tienen los gallos con delicadeza magistral, cuidando de
no herirse. Reina un silencio solemne: creerase que los presentes,
menos los dos soltadores, son horribles muecos de cera. Acercan un
gallo al otro, sujetndole la cabeza  uno para que al ser picoteado
se irrite, y viceversa: en todo duelo debe de haber igualdad, lo mismo
entre galos parisienses que entre gallos filipinos. Despus les hacen
verse cara  cara, los acercan, con lo que los pobres animalitos saben
quin les ha arrancado una plumita y con quin deben luchar. Erzase
el plumaje del cuello, se miran con fijeza, y rayos de ira se escapan
de sus redondos ojitos. Entonces ha llegado el momento: los depositan
en tierra  distancia y les dejan el campo libre.

Avanzan lentamente. Oyense sus pisadas sobre el duro suelo; nadie
habla, nadie respira. Bajando y subiendo la cabeza como midindose
con la mirada, los dos gallos emiten sonidos, tal vez de amenaza y
desprecio. Han divisado la brillante hoja, que lanza fros y azulados
reflejos; el peligro los anima y dirgense uno  otro decididos,
pero  un paso de distancia se detienen, y con la mirada fija bajan
la cabeza y vuelven  erizar sus plumas. En aquel momento el pequeo
cerebro se baa en sangre, brota el rayo, y con su natural valor se
lanzan impetuosamente el uno contra el otro; chocan entre s pico
contra pico, pecho contra pecho, acero contra acero y ala contra ala:
los golpes se han parado con maestra, y slo han cado algunas
plumas. Vuelven  medirse de nuevo; de repente el blanco vuela,
se eleva agitando la mortfera navaja, pero el rojo ha doblado las
piernas, ha bajado la cabeza, y el blanco slo ha azotado el aire;
mas, al tocar el suelo, evitando ser herido de espaldas, vulvese
rpidamente y hace frente. Atcale el rojo con furia, pero se defiende
con serenidad: no en vano es el favorito del pblico. Todos siguen
trmulos y ansiosos las peripecias del combate, soltando alguno que
otro involuntario grito. El suelo se va cubriendo de plumas rojas y
blancas, tintas en sangre: pero no es  primera sangre el duelo; el
filipino, siguiendo aqu las leyes dadas por el gobierno, quiere que
sea  muerte   quien huya el primero. La sangre riega el suelo ya,
los golpes menudean, pero la victoria sigue indecisa. Por fin, tentando
un supremo esfuerzo, el blanco se arroja para dar el ltimo golpe,
clava su navaja en el ala del rojo y se engancha entre los huesos;
pero el blanco ha sido herido en el pecho, y ambos, desangrados,
extenuados, jadeantes, unido el uno al otro, permanecen inmviles
hasta que el blanco cae, arroja sangre por el pico, patalea y agoniza;
el rojo, sujeto del ala, se mantiene  su lado, poco  poco dobla
sus piernas y cierra lentamente sus ojos.

Entonces el sentenciador, de acuerdo con lo que prescribe el gobierno,
declara vencedor al rojo; una salvaje gritera saluda la sentencia,
gritera que se oye en todo el pueblo, prolongada, uniforme y dura
algn tiempo. El que la oye de lejos, comprende entonces que el que
ha ganado es el dejado; de lo contrario el jbilo durara menos. Tal
sucede entre las naciones: una pequea que consigue alcanzar una
victoria sobre otra grande, la canta y la cuenta por los siglos de
los siglos.

--Ves?--dijo Bruno con despecho  su hermano,--si me hubieses credo
hoy tendramos cien pesos: por ti estamos sin un cuarto.

Trsilo no contest, pero mir con ojos entornados al rededor suyo,
como buscando  alguien.

--All est hablando con Pedro,--aade Bruno;--le da dinero, cunto
dinero!

En efecto, Lucas contaba sobre la mano del marido de Sisa monedas
de plata. Cmbianse an algunas palabras en secreto y se separan al
parecer satisfechos.

--Pedro habr sido contratado: ese, ese s que es decidido!--suspira
Bruno.

Trsilo permanece sombro y pensativo; con la manga de la camisa se
enjuga el sudor que corre por su frente.

--Hermano,--dice Bruno,--yo voy si t no te decides; la ley
[141] contina, el lsak debe ganar y no podemos perder tan buena
ocasin. Quiero apostar en la soltada siguiente; qu ms da? As
vengamos al padre.

--Espera!--le dice Trsilo y le mira fijamente en los ojos: ambos
estaban plidos;--voy contigo, tienes razn: vengaremos al padre.

Se detiene, sin embargo, y vuelve  enjugarse el sudor.

--En qu te paras?--pregunta Bruno impaciente.

--Sabes qu soltada sigue? vale la pena?...

--Pues no! no lo has odo? El blik de capitn Basilio contra el
lsak de capitn Tiago; segn la ley del juego, debe ganar el lsak.

--Ah, el lsak! yo tambin apostara... pero asegurmonos antes.

Bruno hace un gesto de impaciencia, pero sigue  su hermano y ste mira
bien el gallo, le analiza, medita, reflexiona, hace algunas preguntas,
el desgraciado duda; Bruno est nervioso y le mira airado.

--Pero no ves esa ancha escama que tiene all, cerca del espoln? no
ves esas patas? qu ms quieres? Mira esas piernas, extiende esas
alas! Y esta escama partida encima de esta ancha, y esta doble?

Trsilo no le oye, sigue examinando el animal: el ruido del oro y de
la plata llegan  sus odos.

--Veamos ahora el blik,--dice con voz ahogada.

Bruno golpea el suelo con el pie, hace crujir sus dientes, pero
obedece  su hermano.

Acrcanse  otro grupo. All arman el gallo, escogen navajas, el
atador prepara seda roja, lo encera y frota varias veces.

Trsilo envuelve el animal con una mirada sombramente impasible:
pareca que no vea el gallo, sino otra cosa en el porvenir. Se pasa
la mano por la frente.

--Ests dispuesto?--pregunta  su hermano con voz sorda.

--Yo? desde antes; sin necesidad de verlos!

--Es que... nuestra pobre hermana...

--Ab! No te han dicho que el jefe es don Crisstomo? no le has
visto pasearse con el Capitn General? Qu peligro corremos?

--Y si morimos?

--Qu ms da? Nuestro padre muri apaleado.

--Tienes razn!

Ambos hermanos buscan  Lucas entre los grupos.

Tan pronto como le divisan, Trsilo se detiene.

--No! vmonos de aqu, nos vamos  perder!--exclama.

--Vete si quieres, yo acepto!

--Bruno!

Desgraciadamente un hombre se acerca y les dice:

--Apostis? Yo soy por el blik.

Los dos hermanos no contestan.

--Logro!

--Cunto?--pregunta Bruno.

Psose el hombre  contar sus monedas de cuatro pesos: Bruno le miraba
sin respirar.

--Tengo doscientos; cincuenta contra cuarenta!

--No!--dice Bruno resuelto;--poned...

--Bueno; cincuenta contra treinta!

--Doblad si queris!

--Bien! el blik es de mi patrn y acabo de ganar; ciento contra
sesenta.

--Trato hecho! Esperad que saque dinero.

--Pero yo ser el depositario,--dice el otro no confiando mucho en
las trazas de Bruno.

--Me es igual!--responde ste que confa en sus puos.

Y volvindose  su hermano le dice:

--Si te quedas, yo me voy.

Trsilo reflexion: amaba  su hermano y el juego. No poda dejarlo
solo, y murmur:--Sea!

Acercronse  Lucas: ste les vi venir y se sonri.

--Mam!--dice Trsilo.

--Qu hay?

--Cunto dais?--preguntan los dos.

--Ya lo he dicho: si os encargis de buscar otros para sorprender el
cuartel, os doy treinta pesos  cada uno, y diez  cada compaero. Si
todo sale bien, recibir ciento cada uno y vosotros el doble: don
Crisstomo es rico.

--Aceptado!--exclam Bruno; venga el dinero.

--Ya saba yo que rais valientes como vuestro padre! Venid,
que no nos oigan esos que le mataron!--dijo Lucas sealando  los
guardias civiles.

Y llevndolos  un rincn, les dice mientras les cuenta las monedas:

--Maana llega don Crisstomo y trae armas; pasado maana,  la
noche, cerca de las ocho, id al cementerio y os dir sus ltimas
disposiciones. Tenis tiempo de buscar compaeros.

Despidironse. Los dos hermanos parecan haber cambiado de papel:
Trsilo estaba tranquilo, Bruno inquieto.






XLVII

LAS DOS SEORAS


Mientras capitn Tiago jugaba su lsak, doa Victorina daba un paseo
por el pueblo, con la intencin de ver cmo tenan los indolentes
indios sus casas y sementeras. Se haba vestido lo ms elegantemente
que poda, ponindose sobre la bata de seda todas sus cintas y flores,
para imponer  los provincianos y hacerles ver cunta distancia mediaba
entre ellos y su sagrada persona, y dando el brazo  su marido cojo, se
pavone por las calles del pueblo, en medio de la estupefaccin y de la
extraeza de los habitantes. El primo Linares se haba quedado en casa.

--Qu feas casas tienen esos indios!--empez doa Victorina haciendo
una mueca;--yo no s cmo pueden vivir all: se necesita ser indio. Y
qu mal educados son y qu orgullosos! Se encuentran con nosotros
y no se descubren! Pgales en el sombrero como hacen los curas y los
tenientes de la guardia civil, ensales urbanidad.

--Y si me pegan?--pregunta el doctor de Espadaa.

--Para eso eres hombre!

--Pe... pero estoy cojo!

Doa Victorina se iba poniendo de mal humor: las calles no estaban
adoquinadas, y la cola de su bata se llenaba de polvo. Encontrbase
adems con muchas jvenes que, al pasar  su lado, bajaban los ojos
y no admiraban, como deban, su lujoso traje. El cochero de Sinang,
que conduca  sta y  su prima en un elegante tres por ciento
[142], tuvo la desfachatez de gritarle tab! con voz tan imponente,
que ella tuvo que apartarse y slo pudo protestar:

Mrale al bruto del cochero! Le voy  decir  su amo que eduque
mejor  sus criados.

--Volvmonos  casa!--mand  su marido.

Este, que tema una tormenta, gir sobre su muleta obedeciendo
el mandato.

Encontrronse con el alfrez, saludronse y esto aument el descontento
de doa Victorina: el militar no slo no le hizo ningn cumplido por
su traje, sino que casi lo examin con burla.

--T no debas darle la mano  un simple alfrez,--dijo  su marido
al alejarse aqul; l apenas toc su capacete y t te quitaste el
sombrero; no sabes guardar el rango!

--El es jefe a ... aqu!

--Y qu nos importa? Somos acaso indios?

--Tienes razn!--contest l que no quera reir.

Pasaron delante de la casa del militar. Doa Consolacin estaba en la
ventana, como de costumbre, vestida de franela y fumando su puro. Como
la casa era baja, se miraron, y doa Victorina la distingui bien: la
Musa de la guardia civil la examin tranquilamente de pies  cabeza,
y despus, sacando el labio inferior hacia adelante, escupi, volviendo
la cara  otro lado. Esto acab con la paciencia de doa Victorina,
y dejando  su marido sin apoyo, se cuadr enfrente de la alfreza,
temblando de ira y sin poder hablar. Doa Consolacin volvi lentamente
la cabeza, la examin de nuevo tranquilamente y escupi otra vez,
pero con mayor desdn.

--Qu tiene usted, doa?--pregunta.

--Puede usted decirme, seora, por qu me mira usted as? Tiene
usted envidia?--consigue al fin hablar doa Victorina.

--Yo, envidia yo, y de usted?--dice con sorna la Medusa;--s! le
envidio los rizos!

--Ven, mujer!--dice el doctor;--no le hagas ca... caso!

--Deja que le d una leccin  esta ordinaria sin vergenza!--contesta
la mujer dando un empelln  su marido que por poco besa el suelo,
y volvindose  doa Consolacin.

--Mire usted con quin se trata!--dice;--no crea usted que soy
una provinciana  una querida de soldados! En mi casa, en Manila,
no entran los alfreces; se esperan en la puerta.

--Hola, excelentsima seora Puput! no entrarn los alfreces,
pero s los invlidos, como ese, ja! ja! ja!

A no haber sido por los coloretes, se habra visto  doa Victorina
ruborizarse: quiso asaltar  su enemiga, pero el centinela la
detuvo. Entretanto la calle se llenaba de curiosos.

--Oiga usted! me rebajo hablando con usted; las personas de
categora... Quiere usted lavar mi ropa, la pagar bien! Cree usted
que no s que era usted lavandera!

Doa Consolacion se irgui furiosa: lo de lavada la hiri.

--Cree usted que no sabemos quin es y qu gente trae? Vaya! ya me
lo ha dicho mi marido! Seora, yo al menos no he pertenecido ms que
 uno, pero y usted? Se necesita morir de hambre para cargar con el
sobrante, el trapo de todo el mundo.

El tiro le di en la cabeza  doa Victorina; remangse, cerr los
puos y apretando los dientes empez  decir:

--Baje usted, vieja cochina, que le voy  machacar esa sucia
boca! Querida de un batalln, ramera de nacimiento!

La Medusa desapareci rpidamente de la ventana, y pronto se la vi
bajar corriendo, agitando el ltigo de su marido.

Suplicante se interpuso don Tiburcio, pero habran venido  las manos,
si no hubiese llegado el alfrez.

--Pero seoras... Don Tiburcio!

--Eduque usted mejor  su mujer, cmprele mejores vestidos y si no
tiene dinero, robe usted  los del pueblo, que para eso tiene usted
soldados!--gritaba doa Victorina.

--Aqu estoy, seora! por qu no me machaca V. E. la boca? Usted
no tiene ms que lengua y saliva, doa Excelencias!

--Seora!--deca el alfrez furioso;--d usted gracias que yo me
acuerde de que es usted mujer, que si no la reventaba  puntapis
con todos sus rizos y cintajos!

--Se... seor alfrez!

--Ande usted, matasanos! No lleva usted pantalones, Juan Lanas!

Armse una de palabras y gestos, una de gritos, insultos  injurias;
sacronse todo lo sucio que guardaban en sus arcas, y como hablaban
cuatro  la vez y decan tantas cosas, que desprestigian  ciertas
clases, sacando  relucir muchas verdades, renunciamos aqu 
escribir cuanto se dijeron. Los curiosos, si bien no entendan todo
lo que se decan, divertanse no poco y esperaban que llegasen  las
manos. Desgraciadamente vino el cura y puso paz.

--Seores, seoras! qu vergenza! Seor alfrez!

--Qu se mete usted aqu, hipcrita, carlistn?

--Don Tiburcio, llvese usted  su seora! Seora, contenga usted
su lengua!

--Eso dgaselo usted  esos roba pobres!

Poco  poco se agot el diccionario de eptetos, termin la resea
de las desvergenzas de cada pareja y, amenazndose  insultndose,
se fueron separando poco  poco. Fray Salv iba de una parte  otra
animando el espectculo; si nuestro amigo, el corresponsal, hubiese
estado presente!....

--Hoy mismo nos vamos  Manila y nos presentamos al Capitn
general!--deca furiosa doa Victorina  su marido.--T no eres hombre;
lstima de pantalones que gastas!

--Pe... pero, mujer, y los guardias? yo estoy cojo!

--Debes desafiarle  pistola   sable,  si no... si no...

Y doa Victorina le mir en la dentadura.

--Hija, no he cogido nunca...

Doa Victorina no le dej concluir: con un sublime movimiento le
arranc la dentadura en medio de la calle y la pisote. El, medio
llorando, y ella echando chispas, llegaron  casa. Linares estaba en
aquel momento hablando con Mara Clara, Sinang y Victoria, y como no
haba sabido nada de la discordia, se inquiet no poco al ver  sus
primos. Mara Clara, que estaba recostada en un silln entre almohadas
y mantas, se sorprendi no poco al ver la nueva fisonoma de su doctor.

--Primo,--dice doa Victorina,--t desafas ahora mismo al alfrez
 si no...

--Y por qu?--pregunta Linares sorprendido.

--Le desafas ahora mismo  si nosino digo aqu  todos quin eres t.

--Pero doa Victorina!

Las tres amigas se miran.

--Te parece? El alfrez nos ha insultado y ha dicho que t eres
lo que eres! La vieja bruja ha bajado con ltigo, y ste, ste se ha
dejado insultar... un hombre!

--Ab!--dijo Sinang;--se han peleado y no lo hemos visto!

--El alfrez le rompi los dientes al doctor!--aadi Victoria.

--Hoy mismo nos vamos  Manila; t, te quedas aqu  desafiarle,
y si no le digo  don Santiago que es mentira cuanto le has contado,
le digo...

--Pero, doa Victorina, doa Victorina!--interrumpe plido Linares
acercndose  ella, clmese usted; no me haga usted recordar...--y
aadi en voz baja:--No sea usted imprudente, precisamente ahora.

A la sazn que pasaba esto, llegaba capitn Tiago de la gallera,
triste y suspirando: haba perdido su lsak.

No le dej tiempo doa Victorina de suspirar; en pocas palabras y
muchos insultos le cont cuanto haba pasado, se entiende, procurando
ponerse en buena luz.

--Linares le va  desafiar, oye usted? Si no, no le deje usted
que se case con su hija, no lo permita usted! Si no tiene valor,
no merece  Clarita...

--Con que te casas con ese seor?--pregunta Sinang cuyos alegres ojos
se llenan de lgrimas;--yo saba que eras discreta, pero no voluble.

Mara Clara, plida como la cera, medio se incorpora y mira con
espantados ojos  su padre,  doa Victorina y  Linares. Este se
ruboriza, capitn Tiago baja los ojos y la seora aade:

--Clarita, tenlo presente; no te cases nunca con un hombre que no
lleve pantalones; te expones  que te insulten hasta los perros.

Pero la joven no contest y dijo  sus amigas:

--Conducidme  mi cuarto, que no puedo andar sola.

Ayudronla  levantarse; y rodeada su cintura con los redondos
brazos de sus amigas, apoyada la marmrea cabeza sobre el hombro de
la hermosa Victoria, entr la joven en su alcoba.

Aquella misma noche recogieron ambos cnyuges sus cosas, pasaron la
cuenta  capitn Tiago, la cual ascendi  algunos miles, y al da
siguiente muy temprano partan para Manila en el coche de ste. Al
tmido Linares le confiaron el papel de vengador.






XLVIII

EL ENIGMA

                            Volvern las oscuras golondrinas...

                                                              (Becquer).


Como haba anunciado Lucas, Ibarra lleg al da siguiente. Su primera
visita fu para la familia de capitn Tiago con el objeto de ver 
Mara Clara y referir que Su Ilustrsima ya le haba reconciliado con
la religin: traa una carta de recomendacin para el cura, escrita
del puo mismo del Arzobispo. No poco se alegr de ello ta Isabel,
que quera al joven y no vea con tan buenos ojos el casamiento de
su sobrina con Linares. Capitn Tiago no estaba en casa.

--Pase usted,--deca la ta en su medio castellano;--Mara, don
Crisstomo est otra vez en gracia de Dios; el arzobispo le ha
descomulgado.

Pero el joven no pudo avanzar, la sonrisa se hel en sus labios y
la palabra huy de su memoria. Junto al balcn, de pie, al lado de
Mara Clara, estaba Linares, tejiendo ramilletes con las flores y
las hojas de las enredaderas; en el suelo yacan esparcidas rosas
y sampagas. Mara Clara, recostada en su silln, plida, pensativa,
la mirada triste, jugaba con un abanico de marfil, no tan blanco como
sus afilados dedos.

A la presencia de Ibarra, Linares se puso plido y las mejillas
de Mara Clara se tieron de carmn. Trat de levantarse, pero,
faltndole las fuerzas, baj los ojos y dej caer el abanico.

Un embarazoso silencio rein por algunos segundos. Al fin Ibarra pudo
adelantarse y murmurar tembloroso:

--Acabo de llegar y he venido corriendo para verte... Hallo que ests
mejor de lo que yo crea.

Mara Clara pareca que se haba vuelto muda, no profera una palabra
y continuaba con los ojos bajos.

Ibarra mir  Linares de pies  cabeza, mirada que el vergonzoso
joven sostuvo con altivez.

--Vamos, veo que mi llegada no era esperada,--repuso
lentamente;--Mara, perdname que no me haya hecho anunciar; otro
da podr darte explicaciones sobre mi conducta... todava nos
veremos... con seguridad.

Estas ltimas palabras acompaadas de una mirada para Linares. La joven
levant hacia l los hermosos ojos, llenos de pureza y melancola,
tan suplicantes y elocuentes, que Ibarra se detuvo confuso.

--Podr venir maana?

--Ya sabes que para m siempre eres bien venido,--contest ella apenas.

Ibarra se alej tranquilo en apariencia, pero con una tempestad en
la cabeza y fro en el corazn. Lo que acababa de ver y de sentir
era incomprensible: qu era aquello, duda, desamor, traicin?

--Oh, mujer al fin!--murmuraba.

Lleg, sin notarlo, al sitio donde se construa la escuela. Las obras
estaban muy adelantadas; or Juan con su metro y su plomada iba y
vena entre los numerosos trabajadores. Al verle corri  su encuentro.

--Don Crisstomo,--dijo,--al fin ha llegado usted; todos le
esperbamos; mire usted cmo estn los muros: ya tienen un metro
diez de alto; dentro de dos das tendrn la altura de un hombre. No
he admitido ms que molave, dungon, ipil, langil; he pedido tndalo,
malatapay, pino y narra [143] para las obras muertas. Quiere usted
visitar los subterrneos?

Los trabajadores saludaban respetuosos.

--Aqu est la canalizacin que me he permitido aadir,--deca or
Juan;--estos canales subterrneos conducen  una especie de depsito
que hay  treinta pasos. Servir para el abono del jardn; de esto
no haba en el plano. Le disgusta  usted?

--Todo lo contrario, lo apruebo y le felicito por su idea; usted es
un verdadero arquitecto: con quin aprendi usted?

--Conmigo, seor,--contestaba el viejo modestamente.

--Ah! antes que se me olvide: que sepan los escrupulosos (por si
alguno teme hablar conmigo) que ya no estoy excomulgado; el arzobispo
me ha invitado  comer.

--Ab, seor, no hacemos caso de las excomuniones! Todos estamos
ya excomulgados; el mismo P. Dmaso lo est, y sin embargo sigue
tan gordo.

--Cmo?

--Ya lo creo; hace un ao di un bastonazo al coadjutor y el coadjutor
es tan sacerdote como l. Quin hace caso de excomuniones, seor?

Ibarra divis  Elas entre los trabajadores; ste le salud como
los dems, pero con una mirada le di  entender que tena algo
que decirle.

--or Juan,--dijo Ibarra;--quiere usted traerme la lista de los
trabajadores?

or Juan desapareci,  Ibarra se acerc  Elas, que levantaba solo
una gruesa piedra y la cargaba en un carro.

--Si me podis conceder, seor, algunas horas de conversacin,
paseaos luego la tarde  orillas del lago y embarcaos en mi banca,
pues tengo que hablaros de graves asuntos,--dijo Elas alejndose,
despus de ver el movimiento de cabeza del joven.

or Juan trajo la lista, pero en vano la ley Ibarra; el nombre de
Elas no figuraba all.






XLIX

LA VOZ DE LOS PERSEGUIDOS


Antes de ocultarse el sol, pona Ibarra el pie en la banca de Elas,
 la orilla del lago. El joven pareca contrariado.

--Perdonad, seor,--dijo Elas con cierta tristeza, al verle;--perdonad
que me haya atrevido  daros esta cita; quera hablaros en libertad
y aqu no tendremos testigos: dentro de una hora podemos volver.

--Os equivocis, amigo Elas,--contest Ibarra procurando sonreir;--me
tenis que conducir  ese pueblo cuyo campanario vemos desde aqu. La
fatalidad me obliga  ello.

--La fatalidad?

--S; figuraos que al venir me encuentro con el alfrez, que se
esfuerza en ofrecerme su compaa; yo que pensaba en vos y saba que
os conoca, para alejarle le he dicho que me iba  ese pueblo, en
donde tendr que estar todo el da, pues el hombre me quiere buscar
maana  la tarde.

--Os agradezco esta atencin, pero debais sencillamente invitarle
 que os acompaara,--contest Elas con naturalidad.

--Cmo! y vos?

--No me habra reconocido, pues la nica vez que me vi no poda
pensar en hacer mi filiacin.

--Estoy de malas!--suspir Ibarra, pensando en Mara Clara.--Qu
tenais que decirme?

Elas mir al rededor suyo. Estaban ya lejos de la orilla; el sol se
haba ocultado y, como en estas latitudes el crepsculo apenas dura,
comenzaban las sombras  extenderse, y hacan brillar el disco de la
luna en su lleno.

--Seor,--repuso Elas con voz grave,--soy portador de los deseos de
muchos desgraciados.

--De los desgraciados? Qu queris decir?

Elas le refiri en pocas palabras la conversacin que haba tenido con
el jefe de los tulisanes, omitiendo las dudas que ste abrigaba y sus
amenazas. Ibarra le escuchaba atentamente, y cuando Elas concluy su
relato, rein un largo silencio, que Ibarra fu el primero en romper:

--De modo que desean?...

--Reformas radicales en la fuerza armada, en los sacerdotes, en la
administracin de justicia, es decir, piden una mirada paternal por
parte del Gobierno.

--Reformas en qu sentido?

--Por ejemplo; ms respeto  la dignidad humana, ms seguridades al
individuo, menos fuerza  la fuerza ya armada, menos privilegios para
este cuerpo que fcilmente abusa de ellos.

--Elas,--contest el joven,--yo no s quin sois, pero adivino
que no sois un hombre vulgar; pensis y obris de otra manera que
los otros. Vos me comprenderis, si os digo que si bien el estado
actual de las cosas es defectuoso, ms lo sera si se cambiase. Yo
podra hacer hablar  los amigos que tengo en Madrid, pagndolos,
podra hablar al Capitn general, pero ni aquellos conseguiran nada,
ni ste tiene tanto poder para introducir tantas novedades, ni yo
dara jams un paso en este sentido, porque comprendo muy bien que
si es verdad que estas Corporaciones tienen sus defectos, son ahora
necesarias: son lo que se llama un mal necesario.

Elas, muy sorprendido, levant la cabeza y le mir atnito.

--Creis vos tambin, seor, en el mal necesario?--pregunt con voz
ligeramente temblorosa;--creis que para hacer el bien se necesita
hacer el mal?

--No; creo en l como en un remedio violento de que nos valemos cuando
queremos curar una enfermedad. Ahora bien, el pas es un organismo
que padece una enfermedad crnica, y para sanarle, el gobierno se ve
precisado  usar de medios, duros y violentos si queris, pero tiles
y necesarios.

--Mal mdico es, seor, aquel que slo busca corregir los sntomas y
sofocarlos, sin tratar de indagar el origen del mal,  conocindolo,
teme atacarlo. La guardia civil tiene no ms que este fin: represin
del crimen por el terror y la fuerza, fin que no se llena ni se cumple
ms que por casualidad. Y hay que tener en cuenta que la sociedad slo
puede ser severa con los individuos, cuando les ha suministrado los
medios necesarios para su perfectibilidad moral. En nuestro pas, como
no hay sociedad, pues no forman una unidad el pueblo y el gobierno,
ste debe ser indulgente, no slo porque necesita indulgencia, sino
porque el individuo, descuidado y abandonado por l, tiene menos
luces. Adems, siguiendo vuestra comparacin, el tratamiento que se
aplica  los males del pas, es tan destructor que slo se deja sentir
en el organismo sano, cuya vitalidad debilita y prepara al mal. No
sera ms razonable fortalecer el organismo enfermo y aminorar un
poco la violencia del medicamento?

--Debilitar  la guardia civil sera poner en peligro la seguridad
de los pueblos.

--La seguridad de los pueblos!--exclam Elas con amargura.--Pronto
har quince aos que estos pueblos tienen su guardia civil y ved:
an tenemos tulisanes, an oimos que se saquean pueblos, an se ataja
en los caminos; los robos continan y no se averiguan los autores;
el crimen existe y vaga libre el verdadero criminal, pero no as el
pacfico habitante del pueblo. Preguntad  cada honrado vecino si
mira esta institucin como un bien, una proteccin del gobierno y no
como una imposicin, un despotismo cuyas demasas hieren ms que las
violencias de los criminales. Estas suelen ser en verdad grandes, pero
raras, y contra ellas est uno facultado para defenderse; contra las
vejaciones de la fuerza legal no se permite ni la protesta, y si no
son tan grandes, son sin embargo continuas y sancionadas. Qu efecto
produce esta institucin en la vida de nuestros pueblos? Paraliza las
comunicaciones, porque todos temen ser maltratados por ftiles causas;
se fija ms en formalidades que no en el fondo de las cosas, primer
sntoma de la incapacidad; porque uno se ha olvidado su cdula, ha
de ser maniatado y maltratado; no importa si es una persona decente
y bien considerada; los jefes tienen por primer deber el hacerse
saludar de grado  por fuerza, aun en la oscuridad de la noche,
en lo que les imitan los inferiores para maltratar y despojar  los
campesinos, y pretextos no les faltan; no existe el sagrado del hogar:
hace poco en Calamba asaltaron, pasando por la ventana, la casa de un
pacfico habitante  quien el jefe deba favores; no hay la seguridad
del individuo: cuando necesitan limpiar el cuartel  la casa, salen
y prenden  todo el que no se resiste para hacerle trabajar durante
el da; queris ms? pues durante estas fiestas han continuado
los juegos prohibidos, pero han turbado brutalmente los regocijos
permitidos por la autoridad; visteis qu pensaba el pueblo acerca de
ellos; qu ha sacado con deponer sus iras y esperar en la justicia
de los hombres? Ah, seor, si  esto llamis conservar el orden!...

--Convengo en que hay males,--replic Ibarra,--pero aceptemos estos
males por los bienes que los acompaan. Esta institucin puede ser
imperfecta, pero, creedlo, impide por el terror que inspira el que
el nmero de los criminales aumente.

--Decid ms bien que por este terror aumenta el nmero,--rectific
Elas.--Antes de la creacin de este cuerpo, todos los malhechores
casi, con excepcin de muy pocos, eran criminales por el hambre;
pillaban y robaban para vivir, pero pasaba la caresta, y los
caminos se vean otra vez libres; bastaban para ahuyentarlos con
sus imperfectas armas los pobres, pero valientes cuadrilleros,
tan calumniados por los que han escrito sobre nuestro pas, los que
tienen por derecho el morir, por deber el luchar, y por recompensa
la burla. Ahora hay tulisanes, y son para toda su vida. Una falta,
un crimen inhumanamente castigado, la resistencia contra las demasas
de este poder, el temor  atroces suplicios los arrojan para siempre
de la sociedad y los condenan  matar   morir. El terrorismo de
la guardia civil les cierra las puertas del arrepentimiento, y como
un tulisn lucha y se defiende en la montaa mejor que un soldado de
quien se burla, resulta que no somos capaces de extinguir el mal que
hemos creado. Acordaos de lo que ha hecho la prudencia del Capitn
general, de la Torre: el indulto, concedido por l  esos infelices,
ha probado que en estos montes late an el corazn del hombre y slo
espera el perdn. El terrorismo es til cuando el pueblo es esclavo,
cuando el monte no tiene cavernas, cuando el poder pone apostado detrs
de cada rbol un centinela y cuando en el cuerpo del esclavo slo hay
estmago y tripas; pero, cuando el desesperado que lucha por la vida
siente su brazo fuerte, latir su corazn y su sr llenarse de bilis,
podr el terrorismo apagar el incendio al que libra combustibles?

--Me confunds, Elas, al oiros hablar as; creera que tenis razn
si no tuviese yo mis propias convicciones. Pero notad un hecho,--no os
dis por ofendido pues os excluyo y os miro como una excepcin;--ved
quines son los que piden esa reforma. Casi todos criminales  gentes
que estn para serlo!

--Criminales  futuros criminales, pero por qu lo son? Porque
se les ha turbado la paz, arrancado la felicidad, herido en sus
ms caras afecciones, y al pedir proteccin  la justicia, se han
convencido de que slo la podan esperar de s mismos. Pero os
equivocis, seor, si creis que slo la piden los criminales;
id de pueblo en pueblo, de casa en casa; escuchad los secretos
suspiros de las familias y os convenceris de que los males que la
Guardia civil corrige, son iguales, si no menores,  los que ella
continuamente causa. Deduciramos por esto que son criminales todos
los vecinos? Entonces para qu defenderlos de los otros? por qu
no destruirlos  todos?

--Algn error existe aqu que se me escapa ahora, algn error en la
teora que deshace la prctica, pues en Espaa, en la patria, este
cuerpo presta y ha prestado muy grandes utilidades.

--No lo dudo: quizs est all mejor organizado, el personal
ms selecto; acaso tambin porque Espaa lo necesite, pero no
Filipinas. Nuestras costumbres, nuestro modo de ser, que siempre se
invocan cuando se nos quiere negar un derecho, se olvidan totalmente
cuando algo se nos quiere imponer. Y decidme, seor; por qu no han
adoptado esta institucin las otras naciones, que por su vecindad
 Espaa deban parecrsele ms que Filipinas? Ser por esto que
tienen an menos robos en sus ferrocarriles, menos motines, menos
asesinatos y se dan menos pualadas en sus grandes capitales?

Ibarra baj la cabeza como meditando, despus la levant y contest:

--Esta cuestin, amigo mo, necesita un serio estudio; si mis
indagaciones me dicen que esas quejas son fundadas, escribir  mis
amigos de Madrid, puesto que no tenemos diputados. Entretanto, creed
que el gobierno necesita de un cuerpo, que tenga fuerza ilimitada,
para hacerse respetar, y autoridad para imponer.

--Eso, seor, cuando el gobierno est en guerra con el pas; mas,
para bien del gobierno, no debemos hacer creer al pueblo que est en
oposicin contra el poder. Y si as fuese, si prefirisemos la fuerza
al prestigio, debamos mirar bien  quin damos esta fuerza ilimitada,
esta autoridad. Tanta fuerza en manos de hombres, y hombres ignorantes,
llenos de pasiones, sin educacin moral, sin honradez probada, es un
arma en manos de un loco entre una multitud inerme. Concedo y quiero
creer con vos que el gobierno necesita este brazo; pues que escoja
bien su brazo, que escoja los ms dignos; y puesto que prefiere darse
autoridad  que el pueblo se la conceda, al menos que haga ver que
sabe drsela.

Elas hablaba con pasin, con entusiasmo; sus ojos brillaban y el
timbre de su voz resonaba vibrante. Sigui una solemne pausa: la banca,
no impelida por el remo, pareca mantenerse tranquila sobre las aguas;
la luna resplandeca majestuosa en un cielo de zafir, algunas luces
brillaban  lo lejos en la ribera.

--Y qu ms piden?--pregunt Ibarra.

--Reforma del sacerdocio--respondi con voz desalentada y triste
Elas;--los desgraciados piden ms proteccin contra...

--Contra las rdenes religiosas?

--Contra sus opresores, seor.

--Habr olvidado Filipinas lo que  estas rdenes debe? habr
olvidado la inmensa deuda de gratitud  los que los han sacado del
error para darles la f,  los que los han amparado contra las tiranas
del poder civil? He aqu el mal de desconocer la historia patria!

Elas, sorprendido, apenas poda dar crdito  lo que oa.

--Seor,--repuso con voz grave;--acusis de ingratitud al pueblo;
permitid que yo, uno del pueblo que sufre, lo defienda. Los favores
que se hacen, para que tengan derecho al reconocimiento, necesitan
ser desinteresados. Hagamos caso omiso de la misin, de la caridad
cristiana, tan manoseada; prescindamos de la historia, no preguntemos
qu ha hecho Espaa del pueblo judo, que ha dado  toda Europa, un
libro, una religin y un Dios; qu ha hecho del pueblo rabe que le
ha dado cultura, ha sido tolerante con su religin y ha despertado su
amor propio nacional, aletargado, destrudo casi durante la dominacin
romana y goda. Decs que nos han dado la fe y nos han sacado del error;
llamis fe  esas prcticas exteriores, religin  ese comercio
de correas y escapularios, verdad  esos milagros y cuentos que
omos todos los das? Es sta la ley de Jesucristo? Para esto no
necesitaba un Dios dejarse crucificar ni nosotros obligarnos  una
gratitud eterna: la supersticin exista mucho antes, slo necesitaba
perfeccionarla, y subir el precio de las mercancas. Me diris que,
por imperfecta que fuese nuestra religin de ahora, es preferible 
la que tenamos; lo creo y convengo en ello, pero es demasiado cara,
pues por ella hemos renunciado  nuestra nacionalidad,  nuestra
independencia; por ella hemos dado  sus sacerdotes nuestros mejores
pueblos, nuestros campos y damos an nuestras economas con la compra
de objetos religiosos. Se nos ha introducido un artculo de industria
extranjera, lo pagamos bien y estamos en paz. Si me hablis de la
proteccin dada contra los encomenderos [144], os podra contestar
que por ellos camos bajo el poder de estos encomenderos; pero no,
reconozco que una verdadera fe y un verdadero amor  la humanidad
guiaban  los primeros misioneros que vinieron  nuestras playas;
reconozco la deuda de gratitud hacia aquellos nobles corazones; s
que la Espaa de entonces abundaba en hroes de todas clases, as en
lo religioso, como en lo poltico, en lo civil y en lo militar. Pero
porque los antepasados fueron virtuosos, consentiramos el abuso en
sus degenerados descendientes? Porque se nos ha hecho un gran bien,
seramos culpables por impedir que nos hagan un mal? El pas no pide
la abolicin, slo pide reformas que exigen las nuevas circunstancias
y las nuevas necesidades.

--Yo amo  nuestra patria, como la podis amar vos, Elas; comprendo
algo lo que desea, he odo con atencin lo que dijisteis y con todo,
amigo mo, creo que vemos un poco con los ojos de la pasin: aqu
menos que en otra parte veo la necesidad de las reformas.

--Ser posible, seor?--pregunt Elas extendiendo con desaliento
las manos--no vis la necesidad de reformas, vos cuyas desgracias
de familia...

--Ah, yo me olvido de m y olvido mis propios males ante la seguridad
de Filipinas, ante los intereses de Espaa!--interrumpi vivamente
Ibarra.--Para conservar  Filipinas es menester que continen como
son los frailes, y en la unin con Espaa est el bien de nuestro pas.

Ibarra haba concludo ya de hablar, y Elas escuchaba an; su
fisonoma est triste, sus ojos han perdido su brillo.

--Los misioneros han conquistado el pas, es verdad,--repuso;--creis
que por los frailes se conservar Filipinas?

--S, slo por ellos, as lo creen cuantos han escrito sobre Filipinas.

--Oh!--exclam Elas arrojando con desaliento el remo en la banca;--no
crea que tuviseis tan pobre idea del gobierno y del pas. Por qu
no despreciis  uno y otro? qu dirais de una familia que slo vive
en paz por la intervencin de un extrao? Un pas que obedece porque
se le engaa, un gobierno que manda porque se vale del engao, un
gobierno que no sabe hacerse amar ni respetar por s mismo! Perdonad,
seor, pero creo que vuestro gobierno es torpe y suicida cuando se
alegra de que tal se crea. Os doy gracias por vuestra amabilidad 
dnde queris que os conduzca ahora?

--No,--repuso Ibarra;--discutamos, es menester saber quin tiene la
razn en materia tan importante.

--Perdonad, seor,--contest Elas sacudiendo la cabeza;--no soy
bastante elocuente para convenceros; si bien he tenido alguna
educacin, soy un indio, mi existencia para vos es dudosa, y mis
palabras os parecern siempre sospechosas. Los que han expresado
la opinin contraria son espaoles, y como tales, aunque digan
trivialidades  simplezas, el tono, los ttulos y el origen las
consagran, les dan tal autoridad que desisto para siempre de
combatirlos. Adems, cuando veo que vos que amis vuestro pas,
vos cuyo padre descansa debajo de estas tranquilas olas, vos que os
habis visto provocado, insultado y perseguido, conservis tales
opiniones  pesar de todo y de vuestra ilustracin, empiezo 
dudar de mis convicciones y admito la posibilidad de que el pueblo
se equivoque. He de decir  esos desgraciados que han puesto su
confianza en los hombres, que la pongan en Dios  en sus brazos. Os
doy de nuevo las gracias y mandad  donde os debo conducir.

--Elas, vuestras amargas palabras llegan hasta mi corazn y me hacen
tambin dudar. Qu queris? No me he educado en medio del pueblo,
cuyas necesidades desconozco tal vez; he pasado mi niez en el
colegio de los jesutas, he crecido en Europa, me he formado en los
libros y he ledo slo lo que los hombres han podido traer  la luz;
lo que permanece entre las sombras, lo que no dicen los escritores,
eso lo ignoro. Con todo, amo como vos nuestra patria, no slo porque es
deber de todo hombre amar el pas  quien debe el sr y  quien deber
acaso el ltimo asilo; no slo porque mi padre me lo ha enseado as,
porque mi madre era india, y porque todos mis ms hermosos recuerdos
viven en l; le amo adems porque le debo y le deber mi felicidad!

--Y yo porque le debo mi desgracia,--murmur Elas.

--S, amigo mo, s que sufrs, sois desgraciado, y esto os hace ver
oscuro el porvenir  influye en vuestra manera de pensar; por esto
escucho con cierta prevencin vuestras quejas. Si pudiese yo apreciar
los motivos, parte de ese pasado...

--Mis desgracias reconocen otro origen, si supiese que iban  ser
de alguna utilidad, os las referira, pues aparte de que no hago de
ellas ningn misterio, son bastante conocidas de muchos.

--Acaso el saberlas rectifique mis juicios; sabis que desconfo
mucho de las teoras, me guo ms por los hechos.

Elas permaneci pensativo algunos instantes.

--Si es as, seor,--repuso,--os referir brevemente mi historia.






L

LA FAMILIA DE ELAS


Har unos sesenta aos viva mi abuelo en Manila y serva de tenedor
de libros en casa de un comerciante espaol. Mi abuelo era entonces
muy joven, estaba casado y tena un hijo. Una noche, sin saberse cmo,
ardi el almacn, el incendio se comunic  toda la casa y de sta 
otras muchas. Las prdidas fueron innumerables, se busc un criminal y
el comerciante acus  mi abuelo. En vano protest, y como era pobre
y no poda pagar  los clebres abogados, fu condenado  ser azotado
pblicamente y paseado por las calles de Manila. No hace mucho se
usaba todava este castigo infamante, que el pueblo llama caballo y
vaca, peor mil veces que la misma muerte. Mi abuelo, abandonado de
todos menos de su joven esposa, vise atado  un caballo, seguido de
una cruel multitud, azotado en cada esquina,  la faz de los hombres,
sus hermanos, y en la vecindad de los numerosos templos de un Dios de
paz. Cuando el desgraciado, infame ya para siempre, hubo satisfecho
la venganza de los hombres con su sangre, sus torturas y sus gritos,
le tuvieron que sacar del caballo pues haba perdido el sentido, y
ojal hubiese muerto! Por una de esas crueldades refinadas le dieron
la libertad; su pobre mujer, encinta entonces, en vano mendig de
puerta en puerta trabajo  limosna, para cuidar al enfermo marido y al
pobre hijo, quin se fa de la mujer de un incendiario  infame? La
esposa, pues, tuvo que dedicarse  la prostitucin!

Ibarra se levant de su asiento.

Oh, no os inquietis! la prostitucin no era ya una deshonra
para ella ni un deshonor para el marido: honor y vergenza ya no
existan. El marido cur de sus heridas y vino  ocultarse con su mujer
 hijo en los montes de esta provincia. Aqu pari la mujer un feto
estropeado y lleno de enfermedades, que tuvo la fortuna de morir. Aqu
vivieron algunos meses an, miserables, aislados, odiados y temidos
de todos. No pudiendo mi abuelo soportar su miseria y menos valeroso
que su mujer, se ahorc, desesperado de ver  su esposa enferma,
privada de todo auxilio y cuidado. El cadver se pudri  la vista
del hijo, que apenas poda cuidar  su madre enferma, y el mal olor lo
descubri  la justicia. Mi abuela fu acusada y condenada por no haber
dado parte; se le atribuy la muerte de su marido y se crey esto,
pues de qu no es capaz la mujer de un miserable, que despus fu
prostituta? Si jura, la llaman perjura, si llora le dicen que miente,
y blasfema si invoca  Dios. Sin embargo, le tuvieron consideracin
y esperaron su alumbramiento para despus azotarla: sabis que los
frailes extienden la creencia de que  los indios nicamente se los
puede tratar  palos: leed lo que dice el padre Gaspar de S. Agustn.

Condenada as una mujer, maldecir el da en que su hijo salga
 luz: lo cual es, adems de prolongar el suplicio, violentar los
sentimientos maternales. La mujer pari con felicidad por desgracia,
y por desgracia tambin el nio naci robusto. Dos meses despus
cumplise la sentencia con gran satisfaccin de los hombres, que as
crean cumplir con su deber. No tranquila ya en estos montes, huy
con sus dos hijos  la vecina provincia y all vivieron como fieras:
odiando y odiados. El mayor de los dos hermanos, que recordaba en
medio de tanta miseria su infancia feliz, se hizo tulisn tan luego
como se hall con fuerzas. Pronto el nombre sanguinario de Blat se
estendi de provincia en provincia, terror de los pueblos, porque en
su venganza todo lo llevaba  sangre y fuego. El menor, que haba
recibido de la Naturaleza un corazn bueno, habase resignado con
su suerte  infamia al lado de su madre: vivan de lo que el bosque
daba, vestanse de los andrajos que les arrojaban los caminantes,
ella haba perdido su nombre, slo se la conoca por los apelativos de
delincuente, prostituta, apaleada; l era nicamente conocido por el
hijo de su madre, porque por la dulzura de su carcter no le crean
hijo del incendiario, y porque todo se puede dudar de la moralidad
de los indios. Al fin, el famoso Blat cay un da en poder de la
Justicia, que le pidi estrecha cuenta de sus crmenes, ella que
nada hizo para ensearle el bien; y una maana, buscando el joven 
su madre, que haba ido al bosque para coger hongos y an no haba
vuelto, encontrla tendida en tierra,  orillas del camino, debajo
de un algodonero, la cara vuelta al cielo, los ojos desencajados,
fijos, crispados los dedos, hundidos en tierra, sobre la cual se
vean manchas de sangre. Ocrresele al joven levantar la vista y
seguir la mirada del cadver, y v en la rama colgado un cesto,
y dentro del cesto la ensangrentada cabeza del hermano!

--Dios mo!--exclam Ibarra.

--Eso pudo exclamar mi padre!--continu Elas framente.--Los
hombres haban descuartizado al salteador y enterrado el tronco, pero
los miembros fueron esparcidos y colgados en diferentes pueblos. Si
vais alguna vez de Calamba  Santo Toms, encontraris todava un
miserable rbol de lomboy donde colg pudrindose una pierna de mi to:
la Naturaleza le ha maldecido y el rbol ni crece ni da fruto. Lo
mismo hicieron con los otros miembros, pero la cabeza, la cabeza
como lo mejor del individuo, como lo que ms fcilmente se reconoce,
la colgaron delante de la cabaa de la madre!

Ibarra baj la cabeza.

--El joven huy como un maldito,--continu Elas;--huy de pueblo en
pueblo, por montes y valles, y cuando ya se crea desconocido, entr de
trabajador en casa de un rico en la provincia de Tayabas. Su actividad,
la dulzura de su carcter le granjearon la estimacin de cuantos no
conocan su pasado. A fuerza de trabajo y economa logr hacerse un
pequeo capital, y como la miseria haba pasado y era joven, pens
en ser feliz. Su buena presencia, su juventud y su situacin algo
desahogada le captaron el amor de una joven del pueblo, cuya mano
no se atreva  pedir por miedo de que el pasado se conozca. Pero
el amor pudo ms y ambos faltaron  sus deberes. El hombre, para
salvar el honor de la mujer, lo arriesga todo, la pide en matrimonio,
se buscan los papeles y todo se descubre: el padre de la joven era
rico, consigui que procesaran al hombre, que no trat de defenderse,
lo admiti todo y fu enviado  presidio. La joven di  luz un nio
y una nia, que fueron criados en secreto, hacindoles creer en un
padre muerto, lo que no era difcil, habiendo visto, siendo de tierna
edad, morir  su madre, y pensndose poco en indagar genealogas. Como
nuestro abuelo era rico, nuestra niez fu muy venturosa; mi hermana
y yo nos educamos juntos, nos ambamos como slo se aman dos gemelos
que no conocen otros amores. Muy joven fu  estudiar en el colegio
de los jesuitas, y mi hermana, para no separarnos del todo, pas 
la pensin de la Concordia. Concluda nuestra corta educacin, porque
nicamente desebamos ser agricultores, nos retiramos al pueblo para
tomar posesin de la herencia de nuestro abuelo. Vivimos algn tiempo
felices, el porvenir nos sonrea, tenamos muchos criados, nuestros
campos cosechaban bien y mi hermana estaba en vsperas de casarse con
un joven  quien adoraba y de quien era igualmente correspondida. Por
cuestiones pecuniarias, por mi carcter entonces altivo, me enajen la
voluntad de un lejano pariente, y un da me ech en cara mi tenebroso
nacimiento, mi infame ascendencia. Yo lo cre una calumnia y ped
satisfaccin; la tumba en que dorma tanta podredumbre se volvi
 abrir y la verdad sali para confundirme. Para mayor desdicha,
tenamos desde hace aos un criado viejo, que sufra todos mis
caprichos sin dejarnos nunca, contentndose slo con llorar y gemir
entre las burlas de los otros servidores. Yo no s cmo lo averigu
mi pariente; el caso es que cit ante la justicia  este viejo y
le hizo declarar la verdad; el viejo criado era nuestro padre, que
se pegaba  sus queridos hijos y  quien yo haba maltratado varias
veces. Nuestra dicha se desvaneci, renunci  nuestra fortuna, mi
hermana perdi su novio, y con mi padre abandonamos el pueblo para
ir  otro punto cualquiera. El pensamiento de haber contribuido 
nuestra desgracia acort los das del anciano, de cuyos labios supe
todo el doloroso pasado. Mi hermana y yo nos quedamos solos.

Ella llor mucho, pero en medio de tantos dolores como sobre nosotros
se amontonaron, no pudo olvidarse de su amor. Sin quejarse, sin decir
una palabra, vi casarse con otra  su antiguo novio, y yo la v poco
 poco enfermarse sin poderla consolar. Un da desapareci; en vano
la busqu por todas partes, en vano pregunt por ella, hasta que seis
meses despus supe que por aquella poca, despus de una crecida del
lago, se haba encontrado en la playa de Calamba entre unos arrozales
el cadver de una joven, ahogada  asesinada; tena, segn dicen,
un cuchillo clavado en el pecho. Las autoridades de aquel pueblo
hicieron publicar el hecho en los pueblos vecinos; nadie se present 
reclamar el cadver, ninguna joven haba desaparecido. Por las seas
que me dieron despus, por el traje, las alhajas, la hermosura de
su rostro y su abundantsima cabellera, reconoc en aquella  mi
pobre hermana. Desde entonces vago de provincia en provincia; mi
fama y mi historia andan en boca de muchos, se me atribuyen hechos,
 veces se me calumnia, pero hago poco caso de los hombres y contino
mi camino. He aqu brevemente relatada mi historia, y la historia de
uno de los juicios de los hombres.

Elas se call y continu remando.

--Voy creyendo que no os falta razn,--murmur en voz baja
Crisstomo,--cuando decs que la justicia deba procurar el bien por
la recompensa de la virtud y la educacin de los criminales. Slo
que... esto es imposible, utpico; pues de dnde sacar tanto dinero,
tantos nuevos empleados?

--Y para qu estn los sacerdotes que pregonan su misin de paz y
caridad? Ser ms meritorio mojar con agua la cabeza de un nio,
darle  comer sal, que despertar en la obscurecida conciencia de un
criminal esa centella, dada por Dios  cada hombre para buscar el
bien? Ser ms humano acompaar  un reo al patbulo, que acompaarle
por la difcil senda que conduce del vicio  la virtud? No se pagan
tambin espas, verdugos y guardias civiles? Esto, sobre ser sucio,
cuesta dinero tambin.

--Amigo mo, ni vos ni yo, aunque lo queramos, lo conseguiremos.

--Solos, en verdad, somos nada; pero tomad la causa del pueblo,
unos al pueblo, no desoigis sus voces, dad ejemplo  los dems,
dad la idea de lo que se llama una patria!

--Lo que pide el pueblo es imposible; es menester esperar.

--Esperar, esperar equivale  sufrir!

--Si lo pidiese, se me reiran.

--Y si el pueblo os sostiene?

--Jams! no ser yo nunca el que he de guiar  la multitud  conseguir
por la fuerza lo que el gobierno no cree oportuno, no! Y si yo viera
alguna vez  esa multitud armada, me pondra del lado del gobierno y la
combatira, pues en esa turba no vera  mi pas. Yo quiero su bien,
por eso levanto una escuela; lo busco por medio de la instruccin,
por el progresivo adelanto; sin luz no hay camino.

--Sin lucha tampoco hay libertad!--contest Elas.

--Es que yo no quiero esa libertad!

--Es que sin libertad no hay luz,--replic el piloto con viveza;--decs
que conocis poco vuestro pas, lo creo. No vis la lucha que se
prepara, no vis la nube en el horizonte; el combate comienza en la
esfera de las ideas para descender  la arena, que se teir en sangre;
oigo la voz de Dios, ay de los que quieran resistirle! para ellos
no se ha escrito la historia!

Elas estaba transfigurado: de pie, descubierto, su semblante varonil,
iluminado por la luna, tena algo de extraordinario. Sacudi su
abundante cabellera, y continu:

--No vis como todo despierta? El sueo dur siglos, pero un da
cay el rayo, y el rayo, al destruir, llam la vida; desde entonces
nuevas tendencias trabajan los espritus, y estas tendencias, hoy
separadas, se unirn un da guiadas por Dios. Dios no ha faltado 
los otros pueblos, tampoco faltar al nuestro; su causa es la causa
de la libertad.

Un silencio solemne sigui  estas palabras. Entretanto la banca,
llevada insensiblemente por las olas, se acercaba  la orilla. Elas
fu el primero que rompi el silencio.

--Qu he decir  los que me envan?--pregunt cambiando de tono.

--Ya os lo he dicho: que deploro mucho su estado, pero que esperen,
pues los males no se curan con otros males, y en nuestra desgracia
todos tenemos nuestras culpas.

Elas no volvi  replicar; baj la cabeza, continu remando, y
llegado  la orilla, se despidi de Ibarra, diciendo:

--Os doy gracias, seor, por la condescendencia que habis tenido
conmigo; en inters vuestro os pido que en adelante os olvidis de
m y no me reconozcis en cualquiera situacin que me encontris.

Y dicho esto, volvi  conducir la banca, remando en direccin  una
espesura en la playa. Durante la larga travesa permaneci silencioso;
pareca no ver otra cosa que los millares de diamantes, que con el
remo sacaba y devolva al lago donde desaparecan misteriosos entre
las azules ondas.

Por fin lleg; un hombre sali de la espesura y se le acerc.

--Qu digo al capitn?--pregunt.

--Dile que Elas, si no muere antes, cumplir su palabra,--contest
tristemente.

--Entonces cundo te reunirs con nosotros?

--Cuando vuestro capitn crea que ha llegado la hora del peligro.

--Est bien, adis!

--Si no muero antes!--murmur Elas.






LI

CAMBIOS


El pudibundo Linares est serio y lleno de inquietud; acaba de recibir
una carta de doa Victorina, que dice as:


    Estimado primo: Dentro de tres das espero saber de ti ci ya te
     matado el alfres  t hael no qiero que pase un da mas cin
    que eze animal tenga su castigo si pasa este plazo iaun no leas
    desafiao haese le digo ha don Santiago que jamas fuiste segretario
    ni dabas bromas  Canobas ni ivas de golgorio con el general don
    arseo Martines le digo ha Clarita que todo es bola ino te doy ni
    un quarto mas si le desafias te prometo todo lo que qieras con que
    haver si le deza fas te prebengo que no hay es qucas ni motibos.

    Tu prima que te qiere de coracon

    Victorina de los Reyes de Espadaa.

    Sampaloc lunes a las 7 de la Noche.


El asunto era serio: Linares conoca el carcter de doa Victorina y
saba de qu era capaz; hablarle de razn era hablar de honradez y
urbanidad  un carabinero de Hacienda, cuando se propone encontrar
contrabando donde no lo hay; suplicar era intil; engaar, peor;
no haba ms remedio que desafiar.

--Pero cmo?--deca pasendose solo;--si me recibe  cajas
destempladas? si me encuentro con su seora? quin querr ser mi
padrino? el cura? capitn Tiago? Maldita sea la hora en que he
dado odos  sus consejos! Latera! Quin me obligaba  darme pisto,
contar bolas,  engatusar con fanfarronadas! qu va  decir de m
esa seorita?... Ahora me pesa haber sido secretario de todos los
ministros!.

En este triste soliloquio estaba el buen Linares cuando el padre
Salv lleg. El franciscano estaba en verdad ms flaco y plido que
de costumbre, pero sus ojos brillaban con una luz singular y  sus
labios asomaba una extraa sonrisa.

--Seor Linares, tan solo?--salud dirigindose  la sala, por cuya
puerta entreabierta se escapaban algunas notas de piano.

Linares quiso sonreir.

--Y don Santiago?--aadi el cura.

Capitn Tiago se present en el momento mismo, bes la mano al cura,
le desembaraz de su sombrero y bastn, sonriendo como un bendito.

--Vamos, vamos!--deca el cura entrando en la sala, seguido de Linares
y capitn Tiago;--tengo buenas noticias que participar  todos. He
recibido cartas de Manila que me confirman la que ayer me trajo el
seor Ibarra... de modo, don Santiago, que el impedimento desaparece.

Mara Clara, que estaba sentada al piano entre sus dos amigas, medio
se levanta, pero pierde las fuerzas y vuelve  sentarse. Linares
palidece y mira  capitn Tiago, que baja los ojos.

--Ese joven me va pareciendo muy simptico,--contina el cura;--al
principio le juzgu mal... es un poco vivo de genio, pero despus sabe
tan bien arreglar sus faltas que no se le puede guardar rencor. Si
no fuera por el padre Dmaso...

Y el cura dirigi una rpida mirada  Mara Clara, que escuchaba, pero
sin apartar los ojos del papel de msica,  pesar de los pellizcos
disimulados de Sinang, que as expresaba su alegra, y  estar 
solas habra bailado.

--El padre Dmaso?...--pregunt Linares.

--S, el padre Dmaso ha dicho,--continu el cura sin separar su
vista de Mara Clara,--que como... padrino de bautismo, no poda l
permitir... pero en fin, yo creo que si el seor Ibarra le pide perdn,
lo que no dudo, todo se arreglar.

Mara Clara se levant, di una excusa y se retir  su cuarto,
acompaada de Victoria.

--Y si el padre Dmaso no le perdona?--pregunta en voz baja capitn
Tiago.

--Entonces... Mara Clara ver... el padre Dmaso es su
padre... espiritual; pero yo creo que se entendern.

En aquel instante oyronse pasos y apareci Ibarra, seguido de la
ta Isabel: su presencia produjo una impresin muy variada. Salud
con afabilidad  capitn Tiago, que no supo si sonreir  llorar,
y  Linares con una profunda inclinacin de cabeza. Fray Salv se
levant y le tendi tan afectuosamente la mano, que Ibarra no pudo
contener una mirada de sorpresa.

--No lo extrae usted,--dice fray Salv;--ahora mismo le alababa
 usted.

Ibarra di las gracias y se acerc  Sinang.

--Dnde has estado todo el da?--pregunt sta con su charla
juvenil;--nos preguntbamos y decamos: A dnde habr ido esa alma
redimida del purgatorio? Y cada una de nosotras deca una cosa.

--Y se puede saber qu decais?

--No, eso es un secreto, pero ya te lo dir  solas. Ahora dinos
dnde has estado, para ver quin ha podido adivinar.

--No, eso es tambin un secreto, pero yo te lo dir  solas, si los
seores lo permiten.

--Ya lo creo, ya lo creo! No faltaba ms!--dijo el padre Salv.

Sinang llev  Crisstomo  un extremo de la sala: ella estaba muy
alegre con la idea de saber un secreto.

--Dime, amiguita,--pregunt Ibarra;--est Mara enfadada conmigo?

--No lo s, pero dice que es mejor que la olvides y se echa 
llorar. Capitn Tiago quiere que se case con aquel seor, el padre
Dmaso tambin, pero ella no dice ni s ni no. Esta maana, cuando
preguntbamos por t y yo deca: Si habr ido  hacer el amor 
alguna? ella me contest: Ojal! y se puso  llorar.

Ibarra estaba serio.

--Dile  Mara que quiero hablarle  solas.

--A solas?--pregunt Sinang frunciendo las cejas y mirndole.

--Enteramente  solas, no; pero que no est aqul delante.

--Es difcil: pero pierde cuidado, se lo dir.

--Y cundo sabr la contestacin?

--Maana, vete  casa temprano. Mara no quiere jams estar sola,
la acompaamos; Victorina duerme una noche  su lado y yo otra;
maana me toca el turno. Pero oye y el secreto? Te vas sin decirme
lo principal?

--Es verdad! estuve en el pueblo de Los Baos; voy  explotar los
cocales, pues pienso levantar una fbrica; tu padre ser mi socio.

--Nada ms que eso? Vaya un secreto!--exclam Sinang en voz alta,
con el tono de un usurero estafado;--yo crea...

--Cuidado! no te permito que lo publiques!

--Ni ganas!--contest Sinang arrugando la nariz.--Si fuera algo ms
importante, lo dira  mis amigas; pero comprar cocos! cocos! quin
se interesa por los cocos?

Y ms que de prisa fu  buscar  sus amigas.

Momentos despus, Ibarra se despidi viendo que la reunin no poda
menos de languidecer; capitn Tiago tena una cara agridulce, Linares
estaba callado y observaba, el cura aparentando alegra hablaba de
cosas extraas. Ninguna de las jvenes haba vuelto  salir.






LII

LA CARTA DE LOS MUERTOS Y LAS SOMBRAS


El nublado cielo oculta  la luna; un viento fro, presagio del prximo
Diciembre, barre algunas hojas secas y el polvo en el estrecho sendero,
que conduce al cementerio.

Tres sombras se hablan en voz baja debajo de la puerta.

--Le has hablado  Elas?--pregunt una voz.

--No, ya sabes que es muy raro y circunspecto, pero debe ser de los
nuestros: Don Crisstomo le ha salvado la vida.

--Por eso tambin acept,--dice la primera voz;--don Crisstomo
hace que la curen  mi mujer en casa de un mdico en Manila. Me he
encargado del convento para arreglar mis cuentas con el cura.

--Y nosotros, del cuartel para decir  los civiles que nuestro padre
tena hijos.

--Cuntos seris?

--Cinco, con cinco hay bastante. El criado de don Crisstomo dice
que seremos veinte.

--Y si no sals bien?

--St!--dijo uno y todos se callaron.

Vease  favor de la semiobscuridad venir una sombra, deslizarse
siguiendo el cerco: de tiempo en tiempo se detena como si volviese
la cara hacia atrs.

Y no le faltaba motivo. Detrs,  unos veinte pasos, vena otra sombra,
mayor, y que pareca ms sombra que la primera: tan ligeramente pisaba
el suelo, desapareca con rapidez como si le tragase la tierra cada
vez que la primera se detena y volva.

--Me siguen!--murmur sta;--ser la guardia civil? mentir el
sacristn mayor?

--Dicen que es aqu la cita,--deca en voz baja la segunda sombra;--de
algo malo se debe tratar cuando me lo ocultan los dos hermanos.

La primera sombra lleg al fin  la puerta del cementerio. Las tres
primeras se adelantaron.

--Sois vosotros?

--Sois vos?

--Separmonos, que me han seguido! Maana tendris las armas y  la
noche ser. El grito es: Viva don Crisstomo! Idos!

Las tres sombras desaparecieron detrs de las tapias. El recin
llegado se ocult en el hueco de la puerta y esper silencioso.

--Veamos quin me sigue!--murmur.

La segunda sombra lleg con mucha precaucin y se detuvo como para
mirar en torno suyo.

--He llegado tarde!--dijo  media voz;--pero acaso vuelvan.

Y como empezaba  caer una lluvia fina y menuda, que amenazaba durar,
pens guarecerse debajo de la puerta.

Naturalmente se encontr con el otro.

--Ah! quin sois?--pregunt el recin llegado con voz varonil.

--Y quin sois vos?--contest el otro tranquilamente.

Un momento de pausa; ambos trataban de reconocerse por el timbre de
la voz y distinguirse las facciones.

--Qu esperis aqu?--pregunt el de voz varonil.

--Que den las ocho para tener la carta de los muertos; quiero ganar
esta noche una cantidad,--contest el otro con voz natural;--y vos
 qu vens?

--A... lo mismo.

--Ab! [145] me alegro: as me estar sin compaero. Traigo cartas;
 la primera campanada les pongo albur;  la segunda, gallo; las que
se muevan son las cartas de los muertos y hay que disputrselas 
tajos. Trais tambin cartas?

--No!

--Entonces?

--Sencillamente; as como les ponis banca, espero que ellos me
la pondrn.

--Y si los muertos no la ponen?

--Qu hacer? El juego no se ha hecho an obligatorio entre los
muertos...

Hubo un momento de silencio.

--Vens armado? Cmo vais  luchar con los muertos?

--Con mis puos,--contest el ms grande de los dos.

--Ah, diablo, ahora me acuerdo! los muertos no apuntan cuando hay
ms de un vivo, y somos dos.

--De veras? pues yo no quiero irme.

--Ni yo, me hace falta dinero,--contest el ms pequeo;--pero hagamos
una cosa: juguemos entre los dos, y el que pierda que se aleje.

--Sea...--contest el otro con cierto disgusto.

--Entonces entremos... tenis fsforos?

Entraron y buscaron en aquella semiobscuridad un lugar  propsito,
y pronto encontraron un nicho sobre el que se sentaron. El ms bajo
sac de su salakot unas cartas, y el otro encendi un fsforo.

A la luz mirronse el uno al otro, pero,  juzgar por la expresin
de sus rostros, no se conocan. No obstante, nosotros reconoceremos
en el ms alto y de voz varonil  Elas, y en el menor  Lucas con
su cicatriz en la mejilla.

--Cortad!--dijo ste, sin dejar de observarle.

Apart algunos huesos, que encontr sobre el nicho, y sac un as y
un caballo. Elas encenda fsforos uno tras otro.

--Al caballo!--dijo, y para sealar la carta puso una vrtebra encima.

--Juego!--dijo Lucas, y  las cuatro  cinco cartas sac un as.

--Habis perdido,--aadi;--ahora dejadme solo que me busque la vida.

Elas, sin decir una palabra, se alej perdindose en la obscuridad.

Algunos minutos despus dieron las ocho en el reloj de la iglesia,
y la campana anunci la hora de las nimas; pero Lucas no invit 
jugar  nadie: no evoc  los muertos, como manda la supersticin,
sino que descubri y murmur algunas oraciones, santigundose y
persignndose con el mismo fervor que lo hara en aquel momento el
jefe de la cofrada del santsimo rosario.

Toda la noche sigui lloviznando. A las nueve las calles estaban ya
obscuras y solitarias; los faroles de aceite, que cada vecino debe
colgar, apenas iluminaban una esfera de un metro de radio: parecan
encendidos para hacer ver las tinieblas.

Dos guardias civiles se pasean de un extremo  otro de la calle,
cerca de la iglesia.

--Hace fro!--deca uno en tagalo, con acento visaya [146]; no
cogemos  ningn sacristn; no hay quien componga el gallinero del
alfrez... Con la muerte del otro se han escarmentado; esto me aburre.

--Y  m,--contesta el otro;--nadie roba ni alborota; pero, gracias
 Dios, dicen que Elas est en el pueblo.

Dice el alfrez que el que le coja, estar libre de azotes durante
tres meses.

--Ah! Sabes de memoria las seas?--pregunt el visaya.

--Ya lo creo! estatura alta, segn el alfrez; regular, segn el
padre Dmaso; color moreno, ojos negros, nariz regular, boca regular,
barba ninguna, pelo negro...

--Ah! y seas particulares?

--Camisa negra, pantaln negro, leador...

--Ah! no se escapar; me parece ya verle.

--No le confundo con otro, aunque se le parezca.

Y ambos soldados siguen su ronda.

A la luz de los faroles vemos otra vez dos sombras ir una detrs
de otra con gran cautela. Un enrgico quin vive? detiene  ambas,
y la primera contesta Espaa! con voz temblorosa.

Los soldados le arrastran y le llevan  un farol para reconocerle. Era
Lucas, pero los soldados dudan y se consultan con la mirada.

--El alfrez no ha dicho que tenga cicatriz!--dice el visaya en voz
baja.--A dnde vas?

--A mandar una misa para maana.

--No has visto  Elas?

--No le conozco, seor!--contesta Lucas.

--No te pregunto si le conoces, tonto! tampoco le conocemos; te
pregunto si le has visto.

--No, seor.

--Oye bien, te dir sus seas. Estatura  veces alta,  veces regular;
pelo y ojos negros; todo lo dems es regular,--dice el visaya.--Le
conoces ahora?

--No, seor!--contest Lucas atontado.

--Entonces, sulung! burro! burro!--Y le dieron un empelln.

--Sabes t por qu para el alfrez es alto Elas, y regular para el
cura?--pregunta pensativo el tagalo al visaya.

--No.

--Porque el alfrez estaba hundido en el charco cuando le observ y
el cura de pie.

--Es verdad!--exclama el visaya;--tienes talento... cmo eres
guardia civil?

--No siempre lo fu; yo era contrabandista,--contesta el tagalo
con jactancia.

Pero otra sombra los distrajo: le dieron el quin vive? y la llevaron
 la luz. Esta vez era el mismo Elas el que se presentaba.

--A dnde vas?

--A perseguir, seor,  un hombre que peg y amenaz  mi hermano;
tiene una cicatriz en la cara y se llama Elas...

--Ah!--exclaman los dos y se miran espantados.

Y acto continuo echan  correr en direccin  la iglesia, donde
minutos antes haba desaparecido Lucas.






LIII

IL BUON D SI CONOSCE DA MATTINA [147]


Temprano se esparca por el pueblo la noticia de que la noche anterior
se haban visto muchas luces en el cementerio.

El jefe de la V. O. T. hablaba de velas encendidas y describa
sus formas y tamaos, pero no pudo  decir  punto fijo el nmero,
pues haba contado ms de veinte. Hermana Sipa, de la cofrada del
Santsimo Rosario no deba tolerar que se jactase solo de haber visto
esta gracia de Dios uno de la hermandad enemiga: hermana Sipa, aunque
no vive cerca, oy lamentos y gemidos, y hasta crey reconocer en las
voces ciertas personas con quienes ella en otro tiempo... pero, por
caridad cristana, no solamente perdonaba, sino oraba y callaba sus
nombres, por lo cual todos la declaraban santa incontinenti. Hermana
Rufa no tiene en verdad tan fino el odo, pero no debe sufrir que
hermana Sipa lo haya odo, y ella no; por esto ha tenido un sueo y
se le han presentado muchas almas, no slo de personas muertas, sino
tambin de vivas; las almas en pena pedan parte de sus indulgencias,
apuntadas en toda regla y atesoradas. Ella podr decir los nombres
 las familias interesadas, y slo pide una pequea limosna para
socorrer al Papa en sus necesidades.

Un muchachuelo, pastor de oficio, que se atrevi  asegurar no haber
visto ms que una luz y dos hombres con salakot,  duras penas escap
de palos  insultos. En vano jur; estaban sus carabaos que venan
con l y podan hablar.

--Vas  saber ms que el celador y las hermanas, paracmasn [148],
hereje?--le decan y le miraban con malos ojos.

El cura subi al plpito y volvi  predicar sobre el purgatorio,
y los pesos volvieron  salir de sus escondites para ganar una misa.

Pero dejemos  las almas en pena y oigamos la conversacin de don
Filipo y del viejo Tasio, enfermo en su casita solitaria. Haca
das que el filsofo  el loco no dejaba la cama, postrado por una
debilidad que progresaba rpidamente.

--En verdad que no s si felicitaros porque os hayan admitido la
dimisin; antes, cuando el gobernadorcillo desoy tan descaradamente
el parecer de la mayora, el solicitarla era justo; pero ahora que
estis en lucha con la guardia civil es inconveniente. En tiempo de
guerra se debe permanecer en su puesto.

--S, pero no cuando el general se vende,--contest don Filipo;--ya
sabis que  la siguiente maana puso el gobernadorcillo en libertad
 los soldados que he conseguido prender, y se ha negado  dar un
solo paso. Sin el consentimiento de mi superior no puedo nada.

--Vos solo, nada, pero con los dems mucho. Hubirais aprovechado
esta ocasin para dar un ejemplo  los otros pueblos. Sobre la
ridcula autoridad del gobernadorcillo est el derecho del pueblo;
era el comienzo de una buena leccin y la perdsteis.

--Y qu hubiera podido yo contra el representante de las
preocupaciones? Ah tenis al seor Ibarra, se ha plegado  las
creencias de la multitud; pensis que l cree en la excomunin?

--No estis en la misma situacin: el seor Ibarra quiere sembrar,
y para sembrar hay que bajarse y obedecer  la materia; vuestra misin
era sacudir, y para sacudir se pide fuerza  impulso. Adems, la lucha
no se deba plantear contra el gobernadorcillo; la frase deba ser:
contra el que abusa de su fuerza, contra el que turba la tranquilidad
pblica, contra el que falta  su deber; y no hubirais estado solo,
pues que el pas de ahora no es el mismo que hace veinte aos.

--Lo creis?--pregunt don Filipo.

--Y no lo sents?--contest el anciano medio incorporndose en el
lecho; ah! es porque no habis visto el pasado, no habis estudiado
el efecto de la inmigracin europea, de la venida de nuevos libros y
de la marcha de la juventud  Europa. Estudiad y comparad: es cierto
que existe an la Real Pontificia Universidad de santo Toms con su
sapientsimo claustro, y se ejercitan todava algunas inteligencias
en formular distingos y ultimar las sutilezas del escolasticismo,
pero dnde encontraris ahora aquella juventud metafsica de
nuestros tiempos, de instruccin arqueolgica, que, torturado el
encfalo, mora sofisticando en un rincn de provincias, sin acabar
de comprender los atributos del ente, sin resolver la cuestin de la
esencia y existencia, elevadsimos conceptos que nos hacan olvidar
de lo esencial: de nuestra existencia y propia entidad? Ved ahora
la niez! Llena de entusiasmo  la vista de ms amplios horizontes,
estudia historia, matemticas, geografa, literatura, ciencias,
fsicas, lenguas, materias todas que en nuestro tiempo oamos con
horror, como si fuesen herejas; el ms libre pensador de mi poca
las declaraba inferiores  las categoras de Aristteles y  las
leyes del silogismo. El hombre ha comprendido al fin que es hombre;
renuncia al anlisis de su Dios,  penetrar en lo impalpable,
en lo que no ha visto,  dar leyes  los fantasmas de su cerebro;
el hombre comprende que su herencia es el vasto mundo cuyo dominio
est  su alcance; cansado de su trabajo intil y presuntuoso, baja
la cabeza y examina cuanto le rodea. Ved ahora cmo nacen nuestros
poetas; las musas de la naturaleza nos abren poco  poco sus tesoros
y empiezan  sonreirnos para alentarnos al trabajo. Las ciencias
experimentales han dado ya sus primeros frutos; falta ahora que el
tiempo las perfeccione. Los nuevos abogados se forman en los nuevos
moldes de la filosofa del derecho; algunos empiezan  brillar en
medio de las tinieblas que rodean  nuestra tribuna, y advierten
un cambio en la marcha de los tiempos. Oid cmo habla la juventud,
visitad los centros de enseanza, y otros nombres resuenan en las de
los claustros, all donde slo omos los de santo Toms, Surez, Amat,
Snchez y otros, dolos de mi tiempo. En vano claman desde el plpito
los frailes contra la desmoralizacin, como claman los vendedores
de pescado contra la avaricia de los compradores, sin notar que su
mercanca est pasada  inservible. En vano extienden los conventos
sus prolongaciones y races para ahogar en los pueblos la corriente
nueva; los dioses se van; las races del rbol pueden enflaquecer 
las plantas que en l se apoyan, pero no quitar la vida  otros seres,
que, como el ave, se remontan  los cielos.

El filsofo hablaba con animacin; sus ojos brillaban.

--Sin embargo, el germen nuevo es pequeo; si todos se proponen
el progreso, que tan caro compramos, se puede ahogar,--objet don
Filipo incrdulo.

--Ahogarle... quin? el hombre, ese enano enfermo, ahogar al
progreso, al poderoso hijo del tiempo y de la actividad? Cundo lo
pudo? El dogma, el cadalso y la hoguera, tratando de suspenderle,
le empujan. E pur si muove, deca Galileo, cuando los dominicos
le obligaban  declarar que la tierra no se mova; la misma frase
se aplica al progreso humano. Se violentarn algunas voluntades, se
sacrificarn algunos individuos, pero no importa: el progreso seguir
su camino, y de la sangre de los que caigan brotarn nuevos y vigorosos
retoos. Ved! la prensa misma, por ms retrgrada que quisiera ser,
da tambin un paso hacia adelante; los mismos dominicos no escapan
 esta ley,  imitan  los jesutas, sus enemigos irreconciliables:
dan fiestas en sus claustros, levantan teatritos, componen poesas,
porque, como no les falta inteligencia  pesar de creerse en el siglo
XV, comprenden que los jesutas tienen razn, y tomarn an parte en
el porvenir de los pueblos jvenes que han educado.

--Segn vos, los jesutas van con el progreso?--pregunt admirado
don Filipo; por qu, pues, se los combate en Europa?

--Os contestar como un antiguo escolstico,--contest el filsofo
volvindose  acostar y recobrando su fisonoma burlona:--de tres
maneras se puede ir con el progreso: delante, al lado y detrs;
los primeros le guan, los segundos se dejan llevar, los ltimos son
arrastrados, y  stos pertenecen los jesutas. Ellos ya quisieran
dirigirle, pero, como le ven fuerte y con otras tendencias, capitulan,
prefieren seguir  ser aplastados  quedarse en medio del camino
entre sombras. Ahora bien, nosotros, en Filipinas, vamos lo menos dos
siglos detrs del carro: apenas empezamos  salir de la Edad media;
por esto los jesutas, que son retroceso en Europa, vistos desde aqu,
representan el progreso; Filipinas les debe su naciente instruccin,
las ciencias naturales, alma del siglo XIX, como  los dominicos
el escolasticismo, muerto ya  pesar de Len XIII: no hay papa que
resucite lo que el sentido comn ha ajusticiado... Pero  dnde hemos
ido?--pregunt cambiando de tono;--ah! hablbamos del estado actual de
Filipinas... S, ahora entramos en el perodo de lucha, digo, vosotros:
nuestra generacin pertenece  la noche, nos vamos. La lucha est entre
el pasado, que se aferra y agarra con maldiciones al vacilante feudal
castillo, y el porvenir, cuyo canto de triunfo se oye  lo lejos,
 los resplandores de una naciente aurora, trayendo la buena nueva
de otros pases... Quines caern y se sepultarn entre los escombros?

El anciano call, y viendo que don Filipo le miraba pensativo,
sonrise y repuso:

--Casi adivino lo que pensis.

--De veras?

--Pensis que muy bien puedo equivocarme,--dijo sonriendo con
tristeza;--hoy tengo fiebre y no soy infalible: homo sum et nihil
humani a me alienum puto [149], deca Terencio; pero si alguna vez se
permite soar por qu no soar agradablemente en las ltimas horas
de la vida? Y luego, no he vivido ms que de sueos! Tenis razn;
sueo! nuestros jvenes no piensan ms que en amoros y placeres:
ms tiempo gastan y trabajan ms para engaar y deshonrar  una
joven, que para pensar en el bien de su pas; nuestras mujeres por
cuidar de la casa y la familia de Dios, se olvidan de las propias;
nuestros hombres slo son activos para el vicio y heroicos en la
vergenza; la niez despierta en tinieblas y rutina; la juventud
vive sus mejores aos sin ideal, y la edad madura, estril, tan slo
sirve para corromper con su ejemplo  la juventud... Me alegro de
morir... claudite jam rivos, pueri [150].

--Queris alguna medicina?--pregunt don Filipo para cambiar el giro
de la conversacin, que haba puesto sombro el semblante del enfermo.

--Los que mueren no necesitan medicinas; los que os quedis s. Decid 
don Crisstomo que me visite maana, pues tengo cosas muy importantes
que decirle. Dentro de algunos das me voy. Filipinas est en las
tinieblas!

Don Filipo, despus de algunos minutos ms de conversacin, dej
grave y pensativo la casa del enfermo.






LIV

                                            Quidquid latet, apparebit,
                                            Nil inultum remanebit [151].


La campana anuncia la oracin de la tarde; al oir el religioso taido,
detinense todos, dejan sus ocupaciones y se descubren: el labrador
que viene del campo, suspende el canto, pra el acompasado andar
del carabao que monta, y reza; las mujeres se persignan en medio de
la calle y agitan con afectacin los labios para que nadie dude de
su devocin; el hombre deja de acariciar su gallo y reza el ngelus
para que la suerte le sea propicia; en las casas se reza en voz alta
... todo ruido que no sea el del avemara se disipa, enmudece.

Sin embargo, el cura, con sombrero, atraviesa de prisa la calle y
escandaliza  muchas viejas; y ms escndalo! se dirige  casa del
alfrez. Las devotas creen tiempo ya de suspender el movimiento de
sus labios para besarle la mano al cura, pero el padre Salv no hace
caso de ellas; hoy no encuentra placer en colocar su huesuda mano
sobre la nariz cristiana, para de all deslizarla suavemente (segn ha
observado doa Consolacin) en el seno de una graciosa jovencita, que
se inclina para pedir la bendicin. Importante asunto debe preocuparle
para olvidarse as de sus propios intereses y de los de la Iglesia!

En efecto, precipitadamente sube las escaleras y llama con impaciencia
 la puerta del alfrez, que aparece cejijunto, seguido de su mitad,
que sonre coma una condenada.

--Ah, padre cura! iba  verle ahora; el cabrn de usted...

--Tengo un asunto importantsimo...

--No puedo permitir que me anden rompiendo el cerco... le pego un
tiro si vuelve!

--Eso si tiene usted tiempo de vivir hasta maana!--dice el cura
jadeante y dirigindose hacia la sala.

--Qu! cree usted que me mata  m ese mueco sietemesino? Le
reviento de un puntapi!

Padre Salv retroceda,  y mir instintivamente hacia el pie del
alfrez.

--De quin habla usted?--pregunt temblando.

--De quin he de hablar, si no de ese bobalicn, que me propone un
desafo  revlver  cien pasos?

--Ah!--respir el cura, y aadi:--vengo  hablar  usted de un
asunto urgentsimo.

--Djeme usted de asuntos! Ser como el de los dos muchachos!

Si la luz no hubiera sido de aceite y el globo no hubiera estado tan
sucio, habra visto el alfrez la palidez del cura.

--Hoy se trata seriamente de la vida de todos!--repuso ste 
media voz.

--Seriamente!--repiti el alfrez palideciendo; tira bien ese
joven?...

--No hablo de l.

--Entonces?

El fraile le indic la puerta que l cerr  su manera, de un
puntapi. El alfrez hallaba las manos superfluas y no habra perdido
nada con dejar de ser bimano. Una imprecacin y un rugido respondieron
de fuera.

--Bruto! me has partido la frente!--grit su esposa.

--Ahora, desembuche usted!--dijo l al cura tranquilamente.

Este le mir un largo rato; despus pregunt la  voz nasal y montona
de predicador:

--No ha visto usted que me vena corriendo?

--Redis! cre  que estaba usted con diarrea!

--Pues bien,--dijo el cura sin cuidarse de la grosera del
alfrez,--cuando as falto  mi deber, es que hay graves motivos.

--Y qu ms?--pregunt el otro golpeando con el pie en el suelo.

--Calma!

--Entonces  qu venir con tanta prisa?

El cura se le acerc y pregunt con misterio:

--No...  sabe... usted... nada de nuevo?

El alfrez se encogi de hombros.

--Usted confiesa que no sabe nada absolutamente.

--Me quiere usted hablar de Elas, que anoche escondi su sacristn
mayor?--pregunt.

--No, no hablo ahora de esos cuentos,--contest el cura malhumorado;
hablo de un gran peligro.

--Pues, p...! sultese usted entonces!

--Vaya!--dijo el fraile lentamente y con cierto desdn;--ver usted
una vez ms la importancia que tenemos los religiosos; el ltimo lego
vale un regimiento; con que un cura...

Y bajando la voz y con mucho misterio:

--He descubierto una gran conspiracin!

El alfrez salt y atnito mir al fraile.

--Una terrible y bien urdida conspiracin, que ha de estallar esta
misma noche.

--Esta misma noche!--exclam el alfrez abalanzndose al cura; y,
corriendo  su revlver y sable colgados de la pared,

--A quin prendo?  quin prendo?--grit.

--Clmese usted; an hay tiempo, gracias  la prisa que me he dado;
hasta las ocho!...

--Afusilo  todos!

--Escuche usted! Esta tarde, una mujer cuyo nombre no debo decir (es
un secreto de confesin) se ha acercado  m y me lo ha descubierto
todo. A las ocho se apoderan del cuartel por sorpresa, saquean el
convento, apresan la fala y nos asesinan  todos los espaoles.

El alfrez estaba atontado.

--La mujer no me ha dicho ms que esto,--aadi el cura.

--No ha dicho ms? pues la prendo!

--No lo puedo consentir: el tribunal de la penitencia es el trono
del Dios de las misericordias.

--No hay Dios ni misericordias que valgan! la prendo!

--Est usted perdiendo la cabeza. Lo que usted debe hacer es
prepararse; arme usted silenciosamente  los soldados y pngalos en
emboscada; mndeme cuatro guardias para el convento y advierta  los
de la fala.

--La fala no est! Pido auxilio  las otras secciones!

--No, que entonces se nota, y no siguen lo que traman. Lo que importa
es que los cojamos vivos y les hagamos cantar, digo, usted les har
cantar; yo, en calidad de sacerdote, no debo mezclarme en estos
asuntos. Atencin! aqu puede usted ganarse cruces y estrellas;
slo pido que haga constar que soy yo quien le ha prevenido.

--Constar, Padre, constar, y acaso le caiga una mitra!--contest
el alfrez radiante, mirndose las mangas de su uniforme.

--Con que me manda usted cuatro guardias disfrazados,
eh? Discrecin! esta noche  las ocho llueven estrellas y cruces.

Mientras esto pasaba, un hombre va corriendo por el camino que conduce
 casa de Crisstomo y sube las escaleras aprisa.

--Est el seor?--pregunta la voz de Elas al criado.

--Est en su gabinete trabajando.

Ibarra, para distraer su impaciencia esperando la hora de poder
tener explicaciones con Mara Clara, se haba puesto  trabajar en
su laboratorio.

--Ah, sois vos, Elas?--exclam;--pensaba en vos: ayer me haba
olvidado de preguntaros por el nombre de aquel espaol en cuya casa
viva vuestro abuelo.

--No se trata, seor, de m...

--Ved,--continu Ibarra sin notar la agitacin del joven y acercando
un trozo de caa  la llama;--he hecho un gran descubrimiento: esta
caa es incombustible...

--No se trata, seor, de la caa ahora; se trata de que recojis
vuestros papeles y huyis dentro de un minuto.

Ibarra mir sorprendido  Elas y, al ver la gravedad de su semblante,
se le cay el objeto que tena entre las manos.

--Quemad todo cuanto os pueda comprometer y que dentro de una hora
os encontris en un lugar ms seguro.

--Y por qu?--pregunt al fin.

--Poned en seguro cuanto tenis de ms precioso...

--Y por qu?

--Quemad todo papel escrito por vos  para vos: el ms inocente se
puede interpretar mal...

--Pero y por qu?

--Por qu? porque acabo de descubrir una conspiracin que se os
atribuye para perderos.

--Una conspiracin?... y quin la trama?

--Me ha sido imposible averiguar el nombre de su autor; hace un
momento acabo de hablar con uno de los desgraciados pagados para ello
y  quien no he podido disuadir.

--Y ese no os ha referido quin es el que le paga?

--S, exigindome que le guardase el secreto, me dijo que rais vos.

--Dios mo!--exclam Ibarra y se qued aterrado.

--Seor, no lo dudis, no perdamos tiempo, que la conjuracin acaso
estalle esta noche misma!

Ibarra, con los ojos desmesuradamente abiertos, y las manos en la
cabeza, pareca no oirle.

--El golpe no se puede impedir,--continu Elas;--he llegado tarde,
desconozco  los jefes... salvaos, seor, conservaos para vuestro
pas!

--A dnde huir? Esta noche me esperan!--exclam Ibarra pensando en
Mara Clara.

--A otro pueblo cualquiera,  Manila,  casa de alguna autoridad,
pero en otra parte, para que no se diga que dirigais el movimiento!

--Y si yo mismo denuncio la conspiracin?

--Vos denunciar!--exclam Elas mirndole y retrocediendo;--pasarais
por traidor y cobarde  los ojos de los conspiradores, y por pusilnime
 los ojos de los otros; se dira que les tendisteis un lazo para
hacer mritos, se dira...

--Pero qu hacer?

--Ya os lo dije: destruir cuantos papeles tengis que se relacionan
con vuestra persona, huir y esperar los acontecimientos...

--Y Mara Clara?--exclam el joven;--no, antes morir!

Elas se retorci las manos y dijo:

--Pues bien,  lo menos evitad el golpe, preparos para cuando
os acusen!

Ibarra mir alrededor suyo en ademn atontado.

--Entonces, ayudadme; all en esas carpetas tengo las cartas de mi
familia; escoged las de mi padre que son las que tal vez me puedan
comprometer. Leed las firmas.

Y el joven, aturdido, atontado, abra y cerraba cajones, recoga
papeles, lea aprisa cartas, rasgaba unas, guardaba otras, sacaba
libros, los hojeaba, etc. Elas haca lo mismo, si bien con menos
trastorno aunque con igual afn; pero de pronto se detiene, sus ojos
se dilatan, da vueltas  un papel que tiene en la mano y pregunta
con voz temblorosa:

--Conoci vuestra familia  don Pedro Eibarramenda?

--Ya lo creo!--contest Ibarra abriendo un cajn y sacando un montn
de papel;--era mi bisabuelo!

--Vuestro bisabuelo don Pedro Eibarramenda?--vuelve  preguntar
Elas, lvido y con las facciones alteradas.

--S,--contesta Ibarra distrado;--acortamos el apellido que era largo.

--Era vascongado?--repiti Elas acercndosele.

--Vascongado, pero qu tenis?--pregunta sorprendido.

Elas cierra el puo, lo oprime contra su frente y mira  Crisstomo,
que retrocede al leer la expresin de su cara.

--Sabis quin era don Pedro Eibarramenda?--pregunta entre
dientes.--Don Pedro Eibarramenda era aquel miserable que calumni 
mi abuelo y caus toda nuestra desgracia... Yo buscaba su apellido,
Dios os entrega  m... dadme cuenta de nuestras desgracias!

Crisstomo le mir aterrado, pero Elas le sacudi del brazo, y le
dijo con una voz amarga en que ruga el odio:

--Miradme bien, mirad si he sufrido, y vos vivs, amis, tenis
fortuna, hogar, consideraciones, vivs... vivs!

Y fuera de s, corri hacia una pequea coleccin de armas, pero
apenas hubo arrancado dos puales, los deja caer, y mira como un loco
 Ibarra, que continuaba inmvil.

--Qu iba  hacer?--murmur, y huy de la casa.






LV

LA CATSTROFE


All en el comedor cenan capitn Tiago, Linares y ta Isabel; desde
la sala se oye el ruido de platos y cubiertos. Mara Clara ha dicho
que no tena apetito y se ha sentado al piano, acompaada de la alegre
Sinang, que le murmura al odo misteriosas frases, mientras el padre
Salv se pasea inquieto de un extremo  otro de la sala.

No es que la convaleciente no sienta hambre, no; es que espera la
llegada de una persona y ha aprovechado el momento en que su Argos
no puede estar presente: la hora de cenar para Linares.

--Vers como el fantasma ese se queda hasta las ocho,--murmura Sinang
sealando al cura;-- las ocho debe l venir. Ese est enamorado
como Linares.

Mara Clara mir con espanto  su amiga. Esta, sin notarlo, continu
con su charla terrible:

--Ah! ya s yo por qu no sale  pesar de mis indirectas: no quiere
gastar luz en el convento! sabes? Desde que caste enferma, las dos
lmparas que haca encender, se han vuelto  apagar... Pero mrale
qu ojos pone y qu cara!

En aquel momento en el reloj de la casa dieron las ocho. El cura se
estremeci y fu  sentarse en un rincn.

--Ya viene!--dijo Sinang pellizcando  Mara Clara;--oyes?

La campana de la iglesia di el toque de las ocho y todos se levantaron
para rezar; el padre Salv con voz dbil y temblorosa ofreci, pero,
como cada uno tena sus propios pensamientos, nadie par atencin
en ello.

Terminado el rezo apenas, se present Ibarra. El joven llevaba luto no
slo en el traje sino tambin en la cara, de tal manera que, al verle,
Mara Clara se levant dando un paso hacia l como para preguntarle
qu tena, pero en el mismo instante una descarga de fusilera se
dej oir. Ibarra se detiene, sus ojos giran, pierde la palabra. El
cura se esconde detrs de un pilar. Nuevos tiros, nuevas detonaciones
se oyen del lado del convento, seguidos de gritos y carreras. Capitn
Tiago, ta Isabel y Linares entran precipitadamente gritando tulisn,
tulisn! Andeng los sigue blandiendo el asador y corriendo hacia su
hermana de leche.

Ta Isabel cae de rodillas y llora y reza el kyrie eleyson; capitn
Tiago, plido y tembloroso, lleva en un tenedor el hgado de una
gallina, que ofrece llorando  la Virgen de Antipolo; Linares tiene
la boca llena y est armado de una cuchara; Sinang y Mara Clara
se abrazan, el nico que permanece inmvil, como petrificado, es
Crisstomo, cuya palidez es indescriptible.

Los gritos y los golpes continuaban, las ventanas se cerraban con
estrpito, se oa pitar, un tiro de cuando en cuando.

--Christe eleyson! Santiago, que se cumple la profeca... cierra
las ventanas!--gema ta Isabel.

--Cincuenta bombas grandes con dos misas de gracia!--contestaba
capitn Tiago;--ora pro nobis!

Poco  poco volva un terrible silencio... Se oye la voz del alfrez
que grita corriendo:

--Padre cura! Padre Salv! Venga usted!

--Miserere! El alfrez pide confesin!--grita ta Isabel.

--Est herido el alfrez?--pregunta al fin Linares;--ah!

Y ahora nota que no ha deglutido an lo que tiene en la boca.

--Padre cura, venga usted! ya no hay nada que temer!--continuaba
gritando el alfrez.

Fray Salv, plido, se decide al fin, sale de su escondite y desciende
las escaleras.

--Los tulisanes han muerto al alfrez! Mara, Sinang, al cuarto;
atrancad bien la puerta! kyrie eleyson!

Ibarra se dirigi tambin  las escaleras,  pesar de ta Isabel,
que deca:

--No salgas, que no te has confesado, no salgas!

La buena anciana haba sido muy amiga de su madre.

Pero Ibarra dej la casa; le pareca que todo giraba en torno suyo,
que le faltaba el suelo. Sus odos le zumbaban, sus piernas se movan
pesadamente y con irregularidad: olas de sangre, luz y tinieblas se
sucedan en su retina.

A pesar de que la luna brillaba esplndida en el cielo, el joven
tropezaba con las piedras y maderos que haba en la calle, solitaria
y desierta.

Cerca del cuartel vi soldados con la bayoneta calada hablar vivamente,
por lo cual pas inadvertido.

En el tribunal se oan golpes, gritos, ayes, maldiciones: la voz del
alfrez sobresala y lo dominaba todo.

--Al cepo! esposas en las manos! Dos tiros al que se
mueva! Sargento, montar usted guardia! Hoy nadie se pasea, ni
Dios! Capitn, no hay que dormir!

Ibarra apresur el paso hacia su casa; sus criados le esperaban
inquietos.

--Ensillad el mejor caballo  idos  dormir!--les dijo.

Entr en su gabinete, y  prisa quiso preparar una maleta. Abri una
caja de hierro, sac todo el dinero que all se encontraba y lo meti
en un saco. Recogi sus alhajas, descolg un retrato de Mara Clara,
y, armndose de un pual y dos revlveres,  se dirigi  un armario,
donde tena herramientas.

En aquel instante tres golpes secos y fuertes resonaron en la puerta.

--Quin va?--pregunt Ibarra con voz lgubre.

--Abra en nombre del Rey, abra en seguida  echamos la puerta
abajo!--contest una voz imperiosa en espaol.

Ibarra mir hacia la ventana; brillaron sus ojos y amartill su
revlver; pero, cambiando de idea, dej las armas y fu  abrir l
mismo en el momento en que acudan los criados.

Tres guardias le cogieron al instante.

--Dse usted preso en nombre del Rey!--dijo el sargento.

--Por qu?

--All se lo dirn  usted; nos est prohibido el decirlo.

El joven reflexion un momento, y no queriendo tal vez que los soldados
descubriesen sus preparativos de huda, cogi un sombrero, y dijo:

--Estoy  su disposicin! Supongo que ser por breves horas.

--Si usted promete no escaparse, no le maniataremos: el alfrez le
hace esta gracia; pero si huye usted...

Ibarra les sigui, dejando consternados  sus criados.

Entretanto qu haba sido de Elas?

Al dejar la casa de Crisstomo, como un enajenado corra sin saber
 dnde iba. Atraves los campos, lleg al bosque en una agitacin
violenta; hua de la poblacin, hua de la luz, la luna le molestaba,
se meti en la misteriosa sombra de los rboles. All, ya detenindose
ya andando por desconocidas sendas, apoyndose en los seculares
troncos, enredndose entre las malezas, miraba hacia el pueblo,
que all  sus pies se baaba  la luz de la luna, se extenda en el
llano, recostado  orillas del mar. Las aves, despertadas de su sueo,
volaban; gigantescos murcilagos, lechuzas, buhos pasaban de una rama
 otra con estridentes gritos y mirndole con sus redondos ojos. Elas
ni los oa ni se fijaba en ellos. Se crea seguido por las irritadas
sombras de sus antepasados; vea en cada rama el fatdico cesto con la
ensangrentada cabeza de Blat, tal como se lo refiriera su padre; crea
tropezar al pie de cada rbol con la anciana muerta; le pareca ver
entre sombras balancearse el infecto esqueleto del abuelo infame... y
el esqueleto y la anciana y la cabeza le gritaban: Cobarde, cobarde!

Elas abandon el monte, huy y descendi al mar,  la playa que
recorra agitado; pero all  lo lejos, en medio de las aguas, donde
la luz de la luna pareca levantar una niebla, crey ver, elevarse y
mecerse una sombra, la sombra de su hermana con el pecho ensangrentado,
la cabellera suelta esparcida al aire.

Elas cay de rodillas en la arena.

--T tambin!--murmur extendiendo los brazos.

Mas, con la mirada fija en la niebla, se levant lentamente, adelantse
y entr en el agua como si siguiese  alguien. Caminaba por aquella
suave pendiente que forma la barra; ya estaba lejos de la orilla,
el agua le llegaba  la cintura y segua, segua como fascinado
por un espritu seductor. El agua le llega ya al pecho... pero la
descarga de fusilera resuena, la visin desaparece y el joven
vuelve  la realidad. Merced  la tranquilidad de la noche y 
la mayor densidad del aire, llegan hasta l claras y distintas las
detonaciones. Detinese, reflexiona, nota que est en el agua; el lago
est tranquilo y divisa an las luces en las cabaas de los pescadores.

Volvi  la orilla y se dirigi al pueblo, para qu? El mismo no
lo saba.

El pueblo pareca deshabitado; las casas estaban todas cerradas;
los animales mismos, los perros que suelen ladrar durante la noche,
se han ocultado medrosos. La plateada luz de la luna aumentaba la
tristeza y la soledad.

Temiendo encontrarse con los guardias civiles, internse en las huertas
y jardines, en uno de los cuales crey percibir dos formas humanas;
pero prosigui su camino, y, saltando cercos y tapias, llegse con
mucho trabajo al otro extremo de la poblacin, dirigindose hacia la
casa de Crisstomo. En la puerta estaban los criados, comentando y
lamentando la prisin de su seor.

Enterado de lo que haba pasado, Elas se alej, di la vuelta  la
casa, salt la tapia, trep por la ventana y penetr en el gabinete,
donde an arda la vela que haba dejado Ibarra.

Elas vi los papeles y los libros; encontr las armas y los saquitos
que contenan el dinero y las alhajas. Reconstruy en su imaginacin lo
que all haba pasado, y viendo tantos papeles que podan comprometer,
pens recogerlos, arrojarlos por la ventana y enterrarlos.

Lanz una mirada al jardn, y  la luz de la luna vi dos guardias
civiles que venan con un auxiliar: las bayonetas y los capacetes
relucan en la obscuridad.

Entonces tom una resolucin: amonton ropas y papeles en medio del
gabinete, vaci encima una lmpara de petrleo y prendi fuego. Cise
precipitadamente las armas, vi el retrato de Mara Clara, vacil
... lo guard en uno de los saquitos, y, llevndoselos, salt por
la ventana.

Ya era tiempo; los guardias civiles forzaban la entrada.

--Dejadnos subir para coger los papeles de vuestro amo!--deca el
directorcillo.

--Tenis permiso? Si no, no subiris,--deca un viejo.

Los soldados les apartaron  fuerza de culatazos, subieron las
escaleras ... pero un espeso humo llenaba toda la casa y gigantescas
lenguas de fuego salieron de la sala, lamiendo puertas y ventanas.

--Incendio! Incendio! Fuego!--gritaron todos.

Todos se precipitan para salvar cada cual lo que pueda, pero el
fuego ha llegado al pequeo laboratorio y estallan las materias
inflamables. Los guardias civiles tienen que retroceder; les cierra
el paso el incendio, que brama y barre cuanto encuentra. En vano se
saca agua del pozo; todos gritan, todos piden auxilio, pero estn
aislados. El fuego gana los dems aposentos y se eleva al cielo
levantando gruesas espirales de humo. Ya toda la casa es presa de
las llamas, el viento, caldeado, arrecia; vienen desde lejos algunos
campesinos, pero llegan para ver la espantosa hoguera, el fin de
aquel viejo edificio, tanto tiempo respetado por los elementos.






LVI

LO QUE SE DICE Y LO QUE SE CREE


Dios amaneci al fin para el aterrorizado pueblo.

La calle donde se encuentra el cuartel y el tribunal contina an
desierta y solitaria; las casas no dan signos de vida. No obstante,
se abre con estrpito la hoja de madera de una ventana y se asoma una
cabeza infantil, que gira en todos sentidos, alarga el cuello y mira
en todas direcciones... Plas! el ruido anuncia el brusco contacto de
un cuero curtido con el fresco cuero humano; la boca del nio hace
una mueca, sus ojos se cierran, desaparece, y la ventana se vuelve
 cerrar.

El ejemplo est dado; aquel abrir y cerrar se ha odo sin duda, porque
otra ventana se abre despacito y asmase con cautela la cabeza de
una vieja, arrugada y sin dientes: es la misma hermana Put que tanto
alboroto arm mientras el padre Dmaso predicaba. Nios y viejas son
los representantes de la curiosidad en la tierra: los primeros por
el afn de saber, las segundas por el de recordar.

Sin duda no hay quien se atreva  darle un chinelazo, pues permanece
all, mira  lo lejos frunciendo las cejas, se enjuaga la boca,
escupe con ruido y despus se persigna. La casa de enfrente abre
tambin tmidamente una ventanilla y da paso  hermana Rufa, la que no
quiere engaar ni que le engaen. Ambas se miran un momento, sonren,
se hacen seas y vuelven  persignarse.

--Jess! Pareca una misa de gracia, un castillo!--dice hermana Rufa.

--Desde el saqueo del pueblo por Blat no he visto otra noche
igual,--contesta hermana Put.

--Cuntos tiros! dicen que es la partida del viejo Pablo.

--Tulisanes? No puede ser! Dicen que son los cuadrilleros contra
los civiles. Por eso est preso D. Filipo.

--Sanctus Deus! dicen que hay lo menos catorce muertos.

Otras ventanas se fueron abriendo, y rostros diferentes asomaron
cambindose saludos y haciendo comentarios.

A la luz del da, que prometa ser esplndido, veanse  lo lejos
soldados ir y venir, confusamente, como cenicientas siluetas.

--All va otro muerto!--dijo uno desde una ventana.

--Uno? Yo veo dos.

--Y yo... pero en fin  que no sabis qu fu?--preguntaba un hombre
de rostro socarrn.

--Ya! los cuadrilleros.

--No, seor; un alzamiento en el cuartel!

--Qu alzamiento? El cura contra el alfrez?

--Pues, nada de eso,--dice el que haba hecho la pregunta;--son los
chinos que se han sublevado.

Y volvi  cerrar su ventana.

--Los chinos!--repiten todos con el mayor asombro.

--Por eso, no se ve  ninguno!

--Habrn muerto todos.

--Yo ya me lo supona que iban  hacer algo malo. Ayer...

--Yo ya lo vea. Anoche...

--Lstima!--deca hermana Rufa;--morirse todos antes de la Pascua,
cuando vienen con sus regalos... Hubiesen esperado al ao nuevo...

La calle se iba animando poco  poco: primero fueron los perros,
gallinas, cerdos y palomas los que intentaron la circulacin; 
estos animales siguieron unos chicos andrajosos, cogidos del brazo y
acercndose tmidamente hacia el cuartel; despus, algunas viejas, con
el pauelo en la cabeza atado debajo de la barba, un grueso rosario en
la mano, aparentando rezar para que los soldados les dejasen el paso
libre. Cuando se vi que se poda andar sin recibir un tiro, entonces
empezaron  salir los hombres, afectando indiferencia; al principio,
sus paseos se limitaban por delante de su casa, acariciando el gallo;
despus probaron alargarlos, parndose de tiempo en tiempo, y as se
llegaron hasta delante del tribunal.

Al cuarto de hora circularon otras versiones. Ibarra con sus criados
haba querido robar  Mara Clara, y capitn Tiago la haba defendido,
ayudado por la guardia civil.

El nmero de los muertos no era ya catorce, sino treinta; capitn
Tiago est herido y se marcha ahora mismo con su familia para Manila.

La llegada de dos cuadrilleros, conduciendo en unas parihuelas
una forma humana, y seguidos de un guardia civil, produjo gran
sensacin. Spose que venan del convento; por la forma de los pies
que colgaban, una conjetur quin poda ser; un poco ms lejos se
dijo que lo era; ms all el muerto se multiplic y se verific el
misterio de la Santsima Trinidad; despus se renov el milagro de
los panes y los peces, y los muertos fueron ya treinta y ocho.

A las siete y media, cuando llegaron otros guardias civiles,
procedentes de los pueblos vecinos, la versin que corra era ya
clara y detallada.

--Acabo de venir del tribunal, donde he visto presos  don Filipo y 
don Crisstomo,--deca un hombre  hermana Put;--he hablado con uno
de los cuadrilleros que estn de guardia. Pues bien, Bruno, el hijo
de aquel que muri apaleado, lo declar todo anoche. Como sabis,
capitn Tiago casa su hija con el joven espaol; don Crisstomo,
ofendido, quiso vengarse y trat de matar  todos los espaoles, hasta
al cura; anoche atacaron el cuartel y el convento; y felizmente, por la
misericordia de Dios, el cura estaba en casa de capitn Tiago. Dicen
que se escaparon muchos. Los guardias civiles quemaron la casa de
don Crisstomo, y si no le prenden antes, le queman tambin.

--Le quemaron la casa?

--Todos los criados estn presos. Ved como todava se ve desde aqu
el humo!--dice el narrador acercndose  la ventana;--los que vienen
de all cuentan cosas muy tristes.

Todos miran hacia el sitio indicado: una ligera columna de humo suba
an lentamente al cielo. Todos hacen comentarios ms  menos piadosos,
ms  menos acusadores.

--Pobre joven!--exclama un viejo, el marido de la Put.

--S!--le contesta ella;--pero mira que ayer no mand decir misa
por el alma de su padre, que sin duda la necesitar ms que los otros.

--Pero, mujer, no tienes t compasin?...

--Compasin de los excomulgados? Es un pecado tenerla con los
enemigos de Dios, dicen los curas. Os acordis? En el campo santo
andaba como en un corral!

--Pero si el corral y el campo santo se parecen,--responde el
viejo;--slo que en aqul no entran ms que animales de una especie...

--Vamos!--le grita hermana Put;--todava vas  defender  quien Dios
tan claramente castiga. Vers como te prenden  t tambin. Sostn
una casa que se cae!

El marido se call ante el argumento.

--Ya!--prosigue la vieja;--despus de pegar al padre Dmaso, no le
quedaba ms que matar al padre Salv.

--Pero no me puedes negar que era bueno cuando chico.

--S, era bueno,--replica la vieja;--pero se fu  Espaa; todos los
que se van  Espaa se vuelven herejes, han dicho los curas.

--Oy!--le replic el marido que vi su revancha;--y el cura, y
todos los curas, y el arzobispo, y el Papa, y la Virgen no son de
Espaa? Ab! sern tambin herejes? ab!

Felizmente para hermana Put, la llegada de una criada corriendo,
toda azorada y plida, cort la discusin.

--Un ahorcado en la huerta del vecino!--deca jadeante.

--Un ahorcado!--exclamaron todos llenos de estupor.

Las mujeres se santiguaron; nadie pudo moverse de su sitio.

--S, seor, contina la criada temblorosa;--iba yo  coger guisantes
... miro  la huerta del vecino para ver si estaba ... veo un hombre
balancearse; cre que era Teo, el criado, que me da siempre.... Me
acerco para ... coger guisantes, y veo que no es l sino otro, un
muerto; corro, corro y...

--Vamos  verlo,--dice el viejo levantndose;--condcenos.

--No te vayas!--le grita hermana Put cogindole de la camisa;--te
va  suceder una desgracia! se ha ahorcado? pues peor para l!

--Djame verlo, mujer; vete al tribunal, Juan,  dar parte; acaso no
est an muerto.

Y fuse  la huerta seguido de la criada, que se ocultaba detrs
de l; las mujeres y la misma hermana Put venan detrs, llenas de
temor y curiosidad.

--All est, seor,--dijo la criada detenindose y sealando con
el dedo.

La comisin se detuvo  respetable distancia, dejando al viejo
avanzar solo.

Un cuerpo humano, colgado de la rama de un santol [152], se balanceaba
suavemente, impulsado por la brisa. Contemplle el viejo algn
tiempo; vi aquellos pies rgidos, los brazos, la ropa manchada,
la cabeza doblada.

--No debemos tocarle hasta que llegue la justicia,--dijo en voz
alta;--ya est rgido; hace mucho que est muerto.

Las mujeres se acercaron poco  poco.

--Es el vecino que viva en aquella casita, el que ha llegado hace
dos semanas; ved la cicatriz en la cara.

--Ave Mara!--exclamaron algunas mujeres.

--Rezamos por su alma?--pregunt una joven luego que hubo acabado
de mirarlo y examinarlo.

--Tonta, hereje!--le rie la hermana Put,--no sabes lo que dijo
el padre Dmaso? Es tentar  Dios rezar por un condenado; el que se
suicida se condena irremisiblemente; por esto no se le entierra en
lugar sagrado.

Y aada:

--Ya me pareca que ese hombre iba  concluir mal; jams pude averiguar
de qu viva.

--Yo le vi dos veces hablar con el sacristn mayor,--observ una joven.

--No sera ni para confesarse ni para encargar una misa!

Acudieron los vecinos, y un numeroso corro rode el cadver, que
an continuaba oscilando. A la media hora vinieron un alguacil, el
directorcillo y dos cuadrilleros; stos lo descendieron y pusieron
sobre unas parihuelas.

--La gente tiene prisa por morir,--dijo riendo el directorcillo,
mientras se quitaba la pluma que tena encima de la oreja.

Hizo sus preguntas capciosas, tom declaracin  la criada  quien
procuraba enredar, ya mirndola con malos ojos, ya amenazndola, ya
atribuyndole palabras que no haba dicho, tanto que ella, creyendo
que iba  la crcel, empez  llorar y acab por declarar que no
buscaba guisantes sino que... y sacaba por testigo  Teo.

En el entretanto, un campesino con un ancho salakot y en el cuello
un gran parche, examinaba el cadver y la cuerda.

La cara no estaba ms amoratada que el resto del cuerpo; encima de la
ligadura se vean dos rasguos y dos pequeos cardenales  equimosis;
las rozaduras de la cuerda eran blancas y no tenan sangre. El curioso
campesino examin bien la camisa y el pantaln, not que estaban
llenos de polvo y rotos recientemente en algunos sitios; pero lo
que ms llam su atencin fueron las simientes de amores-secos [153]
pegadas hasta en el cuello de la camisa.

--Qu ests viendo?--le pregunta el directorcillo.

--Estaba viendo, seor, si le poda reconocer,--balbuce medio
descubrindose, esto es, bajando ms el salakot.

--No has odo que es un tal Lucas? Ests durmiendo?

Todos se echaron  reir. El campesino, corrido, profiri algunas
palabras, y retirse cabizbajo, andando lentamente.

--Oy!  dnde vais?--le grita el viejo;--por all no se sale;
por all se va  casa del muerto!

--Todava duerme el hombre!--dice el directorcillo con burla; habr
que echarle agua encima.

Los circunstantes volvieron  reir.

El campesino dej el sitio donde tan mal papel haba jugado, y se
dirigi  la iglesia. En la sacrista pregunt por el sacristn mayor.

--Duerme an!--le contestaron groseramente;--no sabis que anoche
saquearon el convento?

--Esperar  que despierte.

Mirronle los sacristanes con esa grosera propia de gentes
acostumbradas  ser mal tratadas.

En un rincn, que quedaba en sombras, dorma el tuerto en una silla
larga. Los anteojos estaban colocados sobre la frente entre los largos
mechones de pelos; el pecho, esculido y raqutico, estaba desnudo
y se elevaba y deprima con regularidad.

El campesino sentse cerca, dispuesto  aguardar pacientemente, pero
se le cae una moneda y va  buscarla, ayudado de una vela, debajo del
silln del sacristn mayor. El campesino nota tambin simientes de
amores  secos en el pantaln y en las mangas de la camisa del dormido
que despierta al fin, se restriega el nico ojo sano,  increpa al
hombre con bastante mal humor.

--Quera mandar decir una misa, seor!--contesta en tono de disculpa.

--Ya se han concludo todas las misas,--dice entonces el tuerto
dulcificando un poco su acento;--si quieres para maana... Es para
las almas del Purgatorio?

--No, seor,--contesta el campesino dndole un peso.

Y mirndole fijamente en el nico ojo, aadi:

--Es para una persona que pronto va  morir.

Y abandon la sacrista.

--Le hubiera podido pillar anoche!--dijo suspirando, mientras se
quitaba el parche y se enderezaba para recobrar la cara y la estatura
de Elas.






LVII

V Victis!

                                                     Mi gozo en un pozo.


Algunos guardias civiles se pasean con aire siniestro delante de
la puerta del tribunal, amenazando con la culata de su fusil  los
atrevidos chicuelos, que se levantan de puntillas  se cargan unos
 otros para ver algo al travs de las rejas.

La sala no presenta ya aquel aspecto alegre de cuando se discuta el
programa de la fiesta; ahora es sombro y poco tranquilizador. Los
guardias civiles y cuadrilleros que la ocupan, hablan apenas,
y aun en voz baja y pronunciando breves palabras. Sobre la mesa
emborronan papeles el directorcillo, dos escribientes y algunos
soldados; el alfrez se pasea de un lado  otro, mirando de cuando
en cuando con aire feroz hacia la puerta; ms orgulloso no habra
aparecido Temstocles en los Juegos Olmpicos despus de la batalla
de Salamina. Doa Consolacin bosteza en un rincn, enseando
unas negras fauces y una accidentada dentadura; su mirada se fija
fra y siniestra en la puerta de la crcel, cubierta de figuras
indecentes. Ella haba conseguido del marido,  quien la victoria
haba hecho amable, le dejase presenciar el interrogatorio y acaso
las torturas consiguientes. La hiena ola el cadver, se relama y
la aburra el retardo del suplicio.

El gobernadorcillo est muy compungido: su silln, aquel gran silln
colocado debajo del retrato de S. M., est vaco y parece destinado
 otra persona.

Cerca de las nueve, el cura llega plido y cejijunto.

--Pues no se ha hecho usted esperar!--le dice el alfrez.

--Preferira no asistir,--contesta el padre Salv en voz baja, sin
hacer caso de aquel tono amargo;--soy muy nervioso.

--Como no ha venido nadie por no dejar el puesto, juzgu que su
presencia de usted... Ya sabe usted que esta tarde salen.

--El joven Ibarra y el teniente mayor...?

El alfrez seal hacia la crcel.

--Ocho estn all,--dijo;--el Bruno muri  medianoche, pero su
declaracin ya consta.

El cura seal  doa Consolacin, que respondi con un bostezo y un
aah! y ocup el silln debajo del retrato de S. M.

--Podemos empezar!--repuso.

--Sacad  los dos que estn en el cepo!--mand el alfrez con voz
que procur hacer lo ms terrible que pudo, y volvindose al cura,
aadi, cambiando de tono:

--Estn metidos saltando dos agujeros!

Para los que no estn enterados de estos instrumentos de tortura, les
diremos que el cepo es uno de los ms inocentes. Los agujeros en que
se introducen las piernas de los detenidos distan entre s poco ms
 menos de un palmo; saltando dos agujeros, el preso se encontrara
en una posicin un poco forzada, con una singular molestia en los
tobillos y una abertura de las estremidades inferiores de ms de una
vara: no mata al instante, como muy bien se puede imaginar.

El carcelero, seguido de cuatro soldados, retir el cerrojo y abri
la puerta. Un olor nauseabundo y un aire espeso y hmedo se escaparon
de la densa obscuridad  la vez que se oyeron algunos lamentos y
sollozos. Un soldado encendi un fsforo, pero la llama se apag en
aquella atmsfera viciada y corrompida, y tuvieron que esperar  que
el aire se renovase.

A la vaga claridad de una buja se columbraron algunas formas humanas:
hombres, abrazados  sus rodillas y ocultando la cabeza entre ellas,
acostados boca abajo, de pie, vueltos  la pared, etc. Oyse un
golpear y rechinar, acompaados de juramentos: se abra el cepo.

Doa Consolacin estaba medio inclinada hacia adelante, tendidos
los msculos del cuello, con los ojos salientes clavados en la
entreabierta puerta.

Entre dos soldados sali una figura sombra, Trsilo, el hermano
de Bruno. En las manos tena esposas; sus vestidos, desgarrados,
descubran una bien desarrollada musculatura. Sus ojos se fijaron
insolentemente en la mujer del alfrez.

--Este es el que se defendi con ms bravura y mand huir  sus
compaeros,--dijo el alfrez al padre Salv.

Detrs vino otro de aspecto desgraciado, lamentndose y llorando como
un nio: cojeaba y tena el pantaln manchado de sangre.

--Misericordia, seor, misericordia! No volver  entrar en el
patio!--gritaba.

--Es un tunante,--observ el alfrez hablando con el cura;--quiso
huir, pero ha sido herido en el muslo. Estos dos son los nicos que
tenemos vivos.

--Cmo te llamas?--pregunt el alfrez  Trsilo.

--Trsilo Alasigan.

--Qu os prometi don Crisstomo para que atacaseis el cuartel?

--Don Crisstomo jams se ha comunicado con nosotros.

--No lo niegues! Por eso quisisteis sorprendernos.

--Os equivocis: matasteis  nuestro padre  palos, le vengamos y
nada ms. Buscad  vuestros dos compaeros.

El alfrez mira al sargento sorprendido.

--All estn en un despeadero, all los arrojamos ayer, all se
pudrirn. Ahora matadme: no sabris nada ms.

Hubo un momento de silencio.

--Nos vas  decir quines son tus otros cmplices,--profiri el
alfrez, blandiendo un bejuco.

Una sonrisa de desprecio asom  los labios del reo.

El alfrez conferenci algunos instantes, en voz baja, con el cura;
y volvindose  los soldados:

--Conducidle  donde estn los cadveres!--orden.

En un rincn del patio, sobre un carretn viejo estn amontonados
cinco cadveres, medio cubiertos por un pedazo de estera rota, llena
de inmundicias. Un soldado se pasea de un extremo  otro, escupiendo
 cada instante.

--Los conoces?--pregunt el alfrez, levantando la estera.

Trsilo no respondi; vi el cadver del marido de la loca con otros
dos; el de su hermano, acribillado de bayonetazos y el de Lucas,
an con la soga al cuello. Su mirada se volvi sombra y un suspiro
pareci escaparse de su pecho.

--Los conoces?--le volvieron  preguntar.

Trsilo permaneci mudo.

Un silbido rasg el aire y el bejuco azot sus espaldas. Estremecise,
sus msculos se contrajeron. Los bejucazos se repitieron, pero Trsilo
sigui impasible.

--Que le den de palos hasta que reviente  declare!--grit el
alfrez exasperado.

--Habla ya!--le dice el directorcillo;--de todos modos te matan.

Volvieron  conducirle  la sala donde el otro preso invocaba  los
santos, castaetendole los dientes y doblndosele las piernas.

--Le conoces  ese?--pregunt el P. Salv.

--Es la primera vez que le veo!--contest Trsilo mirando con cierta
compasin al otro.

El alfrez le di un puetazo y un puntapi.

--Atadle al banco!

Sin quitarle las esposas, manchadas de sangre, fu sujetado  un banco
de madera. El infeliz mir en derredor suyo como buscando algo y vi
 doa Consolacin; rise sardnicamente. Sorprendidos los presentes,
le siguieron la mirada y vieron  la seora, que se morda ligeramente
los labios.

--No he visto mujer ms fea!--exclam Trsilo en medio del silencio
general;--prefiero acostarme sobre un banco, como estoy, que al lado
de ella, como el alfrez.

La Musa palideci.

--Me vais  matar  palos, seor alfrez,--continu;--esta noche me
vengar vuestra mujer al abrazaros.

--Amordazadle!--grit el alfrez temblando de ira.

Pareci que Trsilo slo deseaba la mordaza, porque, cuando la tuvo,
sus ojos lanzaron un rayo de satisfaccin.

A una seal del alfrez, un guardia, armado de un bejuco, empez su
triste tarea. Todo el cuerpo de Trsilo se contrajo; un rugido ahogado,
prolongado, se dej oir  pesar del lienzo que le tapaba la boca;
baj la cabeza: sus ropas se manchaban de sangre.

El P. Salv, plido, con la mirada extraviada, se levant
trabajosamente, hizo una sea con la mano y dej la sala con paso
vacilante. En la calle vi una joven, apoyada de espaldas contra
la pared, rgida, inmvil, escuchando atenta, mirando al espacio,
extendidas las crispadas manos contra el viejo muro. El sol la baaba
de lleno. Contaba, al parecer sin respirar, los golpes secos, sordos
y aquel desgarrador gemido. Era la hermana de Trsilo.

En la sala continuaba entretanto la escena: el desgraciado, rendido
de dolor, enmudeci y aguard  que sus verdugos se cansasen. Al fin,
el soldado jadeante, dej caer el brazo y el alfrez, plido de ira
y asombro, hizo una sea para que le desatasen.

Doa Consolacin se levant entonces y murmur al odo del marido
algunas palabras. Este movi la cabeza en seal de inteligencia.

--Al pozo con l!--dijo.

Los filipinos saben lo que esto quiere decir; en tagalo lo traducen
por timban [154]. No sabemos quin habr sido el que ha inventado
este procedimiento, pero juzgamos que debe ser bastante antiguo. La
Verdad, saliendo de un pozo, es quizs su sarcstica interpretacin.

En medio del patio del tribunal se levanta el pintoresco brocal de
un pozo, hecho groseramente con piedras vivas. Un rstico aparato de
caa, en forma de palanca, sirve para sacar agua, viscosa, sucia y de
mal olor. Cacharros rotos, basura y otros lquidos se reunan all,
pues aquel pozo era como la crcel; all pra cuanto la sociedad
desecha  da por intil; objeto que dentro caiga, por bueno que haya
sido, ya es cosa perdida. Sin embargo, no se cegaba jams:  veces se
condena  los presos  ahondarlo y profundizarlo, no porque se piense
sacar de aquel castigo una utilidad, sino por las dificultades que
el trabajo ofrece: preso que all una vez ha descendido, coge una
fiebre de la que muere casi siempre.

Trsilo contemplaba todos los preparativos de los soldados con mirada
fija; estaba muy plido y sus labios temblaban  murmuraban una
oracin. La altivez de su desesperacin pareca haber  desaparecido
, cuando menos, debilitado. Varias veces dobl el erguido cuello,
y fij la vista en el suelo, resignado  sufrir.

Llevronle al lado del brocal, seguido de doa Consolacin, que
sonrea. Una mirada de envidia lanz el desventurado hacia el montn
de cadveres y un suspiro se escap de su pecho.

--Habla ya!--volvi  decirle el directorcillo;--de todos modos te
ahorcan; al menos muere sin haber sufrido tanto.

--De aqu saldrs para morir,--le dijo un cuadrillero.

Le quitaron la mordaza y le colgaron de los pies. Deba descender de
cabeza y permanecer algn tiempo debajo del agua, lo mismo que hacen
con el cubo, slo que al hombre le dejan ms tiempo.

El alfrez se alej para buscar un reloj y contar los minutos.

Entre tanto Trsilo penda, su larga cabellera ondeaba al aire;
tena los ojos medio cerrados.

--Si sois cristianos, si tenis corazn,--murmur en tono de
splica,--bajadme con rapidez  haced de modo que mi cabeza choque
contra la pared y me muera. Dios os premiar esta buena obra... quizs
un da os veis como yo!

El alfrez volvi y presidi el descenso, reloj en mano.

--Despacio, despacio!--gritaba doa Consolacin siguiendo al infeliz
con la vista;--cuidado!

La palanca bajaba lentamente, Trsilo rozaba contra las
piedras salientes y las plantas inmundas que crecan entre las
grietas. Despus, la palanca ces de moverse: el alfrez contaba
los segundos.

--Arriba!--mand secamente al cabo de medio minuto.

El ruido argentino y armonioso de las gotas de agua cayendo sobre el
agua anunci la vuelta del reo  la luz. Esta vez, como el peso del
balancn era mayor, subi con rapidez. Los pedruscos y guijarros,
arrancados de las paredes, caan con estrpito.

Cubiertas de asqueroso cieno la frente y la cabellera, llena la cara de
heridas y rozaduras, el cuerpo mojado y goteando, apareci  los ojos
de la multitud silenciosa: el viento le haca estremecerse de fro.

--Quieres declarar?--le preguntaron.

--Cuida de mi hermana!--murmur el infeliz mirando suplicante 
un cuadrillero.

La palanca de caa rechina de nuevo y el condenado vuelve 
desaparecer. Doa Consolacin observ que el agua permaneca
tranquila. El alfrez cont un minuto.

Cuando Trsilo volvi  subir, sus facciones estaban contradas y
amoratadas. Dirigi una mirada  los circunstantes y mantuvo abiertos
los ojos, inyectados en sangre.

--Vas  declarar?--volvi  preguntar con desaliento el alfrez.

Trsilo movi negativamente la cabeza y volvieron  descenderle. Sus
prpados se iban cerrando, sus pupilas seguan mirando al cielo donde
flotaban blancas nubes; doblaba el cuello para seguir viendo la luz
del da, pero pronto tuvo que hundirse en el agua, y aquel teln
infame le ocult el espectculo del mundo.

Pas un minuto; la Musa en observacin vi gruesas burbujas de aire
que suban  la superficie.

--Tiene sed!--dijo riendo.

Y el agua volvi  quedar tranquila.

Esta vez dur un minuto y medio y el alfrez hizo una sea.

Las facciones de Trsilo ya no estaban contradas; los entreabiertos
prpados hacan ver el fondo blanco del ojo; de la boca sala agua
cenagosa con estras sanguinolentas; el viento fro soplaba, pero su
cuerpo ya no se estremeca.

Todos se miraron en silencio, plidos y consternados. El alfrez hizo
una sea para que le descolgasen y se alej pensativo; doa Consolacin
le aplic varias veces  las desnudas piernas el botn de fuego de
su cigarro, pero el cuerpo no se estremeci y se apag el fuego.

--Se ha asfixiado  s mismo!--murmur un cuadrillero;--mirad como
se ha vuelto la lengua como querindosela tragar.

El otro preso contemplaba la escena temblando y sudando: miraba como
un loco  todas partes.

El alfrez encarg al directorcillo que le interrogase.

--Seor, seor!--gema;--dir todo lo que vosotros queris!

--Bueno! vamos  ver: cmo te llamas?

--Andong [155], seor!

--Bernardo... Leonardo... Ricardo... Eduardo... Gerardo...  qu?

--Andong, seor!--repiti el imbcil.

--Pngale usted Bernardo  lo que sea,--decidi el alfrez.

--Apellido?

El hombre le mir espantado.

--Qu nombre tienes, qu te aaden al nombre Andong?

--Ah, seor! Andong Medio tonto, seor!

Los circunstantes no pudieron contener la risa; el mismo alfrez
detuvo su paseo.

--Oficio?

--Podador de cocos, seor, y criado de mi suegra.

--Quin os mand que atacaseis el cuartel?

--Nadie, seor!

--Cmo nadie? No mientas, que te van  meter en el pozo! Quin os
ha mandado? Di la verdad!

--La verdad, seor!

--Quin?

--Quin, seor!

--Te pregunto quin os ha mandado hacer la revolucin.

--Cul revolucin, seor?

--Eso, porque estabas t anoche en el patio del cuartel.

--Ah, seor!--exclam ruborizndose Andong.

--Quin tiene, pues, la culpa de eso?

--Mi suegra, seor!

Una risotada acogi  estas palabras. El alfrez se par y mir con
no severos ojos al infeliz, que creyendo que sus palabras haban
producido buen efecto, continu ms animado:

--S, seor: mi suegra no me da de comer otra cosa ms que todo lo
podrido  inservible; anoche, cuando vine, me doli el vientre,
vi el patio del cuartel cerca, y me dije: Es de noche, nadie te
ver. Entr... y cuando me levantaba, resonaron muchos tiros; yo
ataba mis calzones...

Un bejucazo le cort la palabra.

--A la crcel!--mand el alfrez;--esta tarde  la Cabecera con l!






LVIII

EL MALDITO


Pronto se extendi por el pueblo la noticia de que los presos iban
 partir; al principio fu oda con terror, despus vinieron los
llantos y las lamentaciones.

Las familias de los presos corran como locas: iban del convento
al cuartel, del cuartel al tribunal, y no encontrando en ninguna
parte consuelo, llenaban los aires de gritos y gemidos. El cura se
haba encerrado por estar enfermo; el alfrez haba aumentado sus
guardias, que reciban con la culata  las mujeres suplicantes;
el gobernadorcillo, sr intil, pareca ms tonto y ms intil que
jams. Frente  la crcel, corran de un extremo  otro las que an
tenan fuerzas; las que no, se sentaban en el suelo, pronunciando
los nombres de las personas queridas.

El sol arda y ninguna de aquellas infelices pensaba retirarse. Doray,
la alegre y feliz esposa de don Filipo, vaga desalada, llevando en
brazos  su tierno hijo: ambos lloran.

--Retiraos,--le decan;--vuestro hijo va  coger una calentura.

--A qu vivir si no ha de tener un padre que le eduque?--contestaba
la desconsolada mujer.

--Vuestro marido es inocente; tal vez vuelva!

--S, cuando ya nos habremos muerto!

Capitana Tinay llora y llama  su hijo Antonio; la valerosa capitana
Mara mira hacia la pequea reja, detrs de la cual estn sus dos
gemelos, sus nicos hijos.

All estaba la suegra del podador de cocos; ella no llora: se pasea,
gesticula con los brazos remangados y arenga al pblico.

--Habis visto cosa igual? Prender  mi Andong, pegarle un tiro,
meterle en el cepo y llevarle  la cabecera, slo porque... porque
tena nuevos calzones? Esto pide venganza! Los guardias civiles
abusan! Juro que, si vuelvo  encontrar  cualquiera de ellos buscando
un lugar retirado en mi huerta, como muchas veces ha sucedido, le
mutilo, le mutilo!  si no... que me mutilen!

Pero pocas personas hacan coro  la suegra musulmana.

--De todo esto tiene la culpa don Crisstomo,--suspira una mujer.

El maestro de escuela vaga tambin confundido entre la multitud;
or Juan no se frota ya las manos, no lleva su plomada ni su metro:
el hombre viste de negro, pues ha odo malas noticias, y fiel  su
costumbre de ver el porvenir como cosa sucedida, lleva ya luto por
la muerte de Ibarra.

A las dos de la tarde un carro descubierto, tirado por dos bueyes,
se par delante del tribunal.

El carro fu rodeado de la multitud, que quera desengancharlo
y destrozarlo.

--No hagis tal,--deca capitana Mara;--queris que vayan  pie?

Esto detuvo  las familias. Veinte soldados salieron y rodearon el
vehculo. Aparecieron despus los presos.

El primero fu don Filipo, atado; salud sonriendo  su esposa; Doray
rompi en amargo llanto y cost trabajo  dos guardias impedirle que
abrazase  su marido. Antonio, el hijo de capitana Tinay, apareci
llorando como un nio, lo que no hizo ms que aumentar los gritos de su
familia. El imbcil Andong prorrumpi en llanto al ver  su suegra,
causa de su desventura. Albino, el exseminarista, estaba tambin
maniatado, lo mismo que los dos gemelos de capitana Mara. Estos tres
jvenes estaban serios y graves. El ltimo que sali fu Ibarra,
suelto, pero conducido entre dos guardias civiles. El joven estaba
plido; busc una cara amiga.

--Ese es el que tiene la culpa!--gritaron muchas voces;--ese tiene
la culpa y va suelto!

--Mi yerno no ha hecho nada y est con esposas!

Ibarra se volvi  sus guardias:

--Atadme, pero atadme bien, codo con codo!--dijo.

--No tenemos orden!

--Atadme!

Los soldados obedecieron.

El alfrez apareci  caballo, armado hasta los dientes; seguanle
diez  quince soldados ms.

Cada preso tena  su familia que rogaba all por l, lloraba por l
y le daba los nombres ms cariosos. Ibarra era el nico que no tena
 nadie; el mismo or Juan y el maestro de escuela haban desaparecido.

--Qu os han hecho  vos mi marido y mi hijo?--decale llorando
Doray:--ved  mi pobre hijo! le habis privado de su padre!

--T eres un cobarde!--le gritaba la suegra de Andong.--Mientras
los otros peleaban por t, t te escondas, cobarde!

--Maldito seas!--le deca un anciano siguindole;--maldito el oro
amasado por tu familia para turbar nuestra paz! Maldito! Maldito!

--Que te ahorquen  t, hereje!--le gritaba una pariente de Albino,--y
sin poderse contener cogi una piedra y se la arroj.

El ejemplo fu pronto imitado, y sobre el desgraciado joven cay una
lluvia de polvo y piedras.

Ibarra sufri impasible, sin ira, sin quejarse, la justa venganza de
tantos corazones lastimados. Aquella era la despedida, el adis que
le haca su pueblo, donde tena todos sus amores. Baj la cabeza;
quizs pensara en un hombre, azotado por las calles de Manila,
en una anciana que caa muerta  la vista de la cabeza de su hijo;
quizs la historia de Elas pasaba por delante de sus ojos.

El alfrez crey necesario alejar  la multitud, pero las pedradas
y los insultos no cesaron. Una madre tan slo no vengaba en l sus
dolores: capitana Mara. Inmvil, con los labios contrados, los
ojos llenos de lgrimas silenciosas vea alejarse  sus dos hijos; su
inmovilidad y su dolor mudo eran mayores que los de la fabulosa Niobe.

El cortejo se alej.


De las personas asomadas en las raras abiertas ventanas las que
ms compasion han demostrado para el joven son los indiferentes 
curiosos. Sus amigos todos se haban ocultado, s, hasta el mismo
Capitn Basilio, que prohibi el llanto  su hija Sinang.

Ibarra vi las humeantes ruinas de su casa, de la casa de sus padres,
donde l haba nacido, donde vivan los ms dulces recuerdos de
su infancia y adolescencia; las lgrimas, largo tiempo reprimidas,
brotaron de sus ojos, dobl la cabeza y llor, sin tener el consuelo
de poder ocultar su llanto, atado como estaba, ni de que su dolor
despertara en nadie compasin. Ahora no tena ni patria, ni hogar,
ni amor, ni amigos, ni porvenir!

Desde una altura, un hombre contemplaba la fnebre caravana. Era
un anciano, plido, demacrado, envuelto en una manta de lana,
apoyndose con fatiga en un bastn. Era el viejo filsofo Tasio,
que  la noticia del suceso quiso dejar su cama y acudir, pero sus
fuerzas no le han permitido. El viejo sigui con la vista el carro
hasta que desapareci  lo lejos: permaneci algn tiempo pensativo
y cabizbajo, despus se levant y, trabajosamente, tom el camino de
su casa, descansando  cada paso.

Al da siguiente, los pastores le encontraban muerto en el umbral
mismo de su solitario retiro.






LIX

PATRIA  INTERESES


El telgrafo trasmiti sigilosamente el suceso  Manila, y treinta
y seis horas despus hablaban de ello con mucho misterio y no
pocas amenazas los peridicos, aumentados, corregidos y mutilados
por el fiscal. Mientras tanto, noticias particulares, emanadas de
los conventos, fueron las que primero corrieron de boca en boca, en
secreto, y con gran terror de los que lo llegaban  saber. El hecho, en
mil versiones desfigurado, fu credo con ms  menos facilidad segn
adulaba  contrariaba las pasiones y el modo de pensar de cada uno.

Sin que la pblica tranquilidad apareciese turbada, al menos
aparentemente, se revolva la paz del hogar al igual que en un
estanque: mientras la superficie aparece lisa y tersa, en el
fondo hormiguean, corren y se persiguen los mudos peces. Cruces,
condecoraciones, galones, empleos, prestigio, poder, importancia,
dignidades, etc., empezaron  revolotear, como mariposas en una
atmsfera de monedas de oro, para los ojos de una parte de la
poblacin. Para la otra, oscura nube se levant en el horizonte,
destacndose de su ceniciento fondo, como negras siluetas, rejas,
cadenas y aun el fatdico palo de la horca. Creanse oir en el aire
los interrogatorios, las sentencias, los gritos que arrancan las
torturas; las Marianas  y Bagumbayan se presentaban envueltos en
haraposo y sangriento velo: se confundan pescadores y pescados. El
destino mostraba el acontecimiento  la imaginacin de los manileos
como ciertos abanicos de China: una cara pintada de negro; la otra
llena de dorado, colores vivos, aves y flores.

En los conventos reinaba la mayor agitacin. Enganchbanse coches, los
provinciales se visitaban, tenan secretas conferencias. Presentbanse
en los palacios para ofrecer su apoyo al gobierno, que corra gravsimo
peligro. Se volvi  hablar de cometas, alusiones, alfilerazos, etc.

--Un Te Deum, un Te Deum!--deca un fraile en un convento;--esta
vez que nadie falte en el coro! No es poca bondad de Dios hacer ver
ahora, precisamente en tiempos tan perdidos, cunto valemos nosotros!

--Con esta leccioncita se estar mordiendo los labios el generalillo
Mal Agero [156], contestaba otro.

--Qu habr sido de l sin las corporaciones?

--Y para mejor celebrar la fiesta, que adviertan al hermano cocinero
y al procurador... Gaudeamus por tres das!

--Amn!--Amn--Viva Salv!--Viva!

En otro convento se hablaba de otra manera.

--Veis? Ese es un alumno de los jesutas; del Ateneo salen los
filibusteros!--deca un fraile.

--Y los antirreligiosos.

--Yo ya lo dije: los jesutas pierden al pas, corrompen  la juventud;
pero se los tolera porque trazan unos cuantos borrones en el papel
cuando hay temblor...

--Y Dios sabe cmo estarn hechos!

--S, vaya usted  contradecirlos! Cuando todo tiembla y se mueve,
quin escribe garabatos? Nada, el padre Secchi...

Y sonren con soberano desprecio.

--Pero y los temporales? y los baguios [157]?--pregunta otro con
irona sarcstica;--no es eso divino?

--Cualquier pescador los pronostica!

--Cuando el que gobierna es un tonto... dime cmo tienes la cabeza y
te dir cmo es tu padre! Pero vern ustedes si los amigos se favorecen
unos  otros: los peridicos casi piden una mitra para el padre Salv.

--Y la va  tener! Se la chupa!

--Lo crees?

--Pues no! Hoy por cualquier cosa la dan. Yo s de uno que con menos
se la cal; escribi una chabacana obrita, demostr que los indios no
eran capaces de otra cosa ms que de ser artesanos... psh! viejas
vulgaridades!

--Es verdad! Tantas injusticias daan  la religin!--exclamaba
otro;--si las mitras tuviesen ojos y pudiesen ver sobre qu crneos...

--Si las mitras fuesen objetos de la naturaleza...--aada otro con
voz nasal.--Natura abhorret vacuum...

--Por eso se les agarran; el vaco las atrae!--contestaba otro.

Estas y otras cosas ms se decan en los conventos, y hacemos gracia
 nuestros lectores de otros comentarios con colores polticos,
metafsicos  picantes. Conduzcamos al lector  casa de un particular,
y como en Manila tenemos pocos conocidos, vamos  casa de capitn
Tinong, el hombre agasajador, que vimos convidando con insistencia
 Ibarra para que le honrase con su visita.

En el rico y espacioso saln de su casa en Tondo, est capitn Tinong
sentado en un ancho silln, pasndose las manos por la frente y la nuca
en ademn de desconsuelo, mientras su seora, la capitana Tinchang,
lloraba y le sermoneaba delante de sus dos hijas, que oan desde un
rincn mudas, atontadas y conmovidas.

--Ay, Virgen de Antipolo!--gritaba la mujer.--Ay, Virgen del Rosario
y de la Correa! ay! ay! Nuestra Seora de Novaliches!

--Nanay!--repuso la ms joven de las hijas.

--Ya te lo deca yo!--continu la mujer en tono de recriminacin;--ya
te lo deca yo! ay, Virgen del Carmen, ay!

--Pero si t no me has dicho nada!--se atrevi  contestar capitn
Tinong lloroso;--al contrario, me decas que haca bien en frecuentar
la casa y conservar la amistad de capitn Tiago porque... porque era
rico... y me dijiste...

--Qu? qu te dije? Yo no te he dicho eso, no te he dicho nada! Ay,
si me hubieses escuchado!

--Ahora me echas la culpa  m!--replic en tono amargo, dando una
palmada sobre el brazo del silln;--no me decas que haba hecho bien
en invitarle  que comiese con nosotros, porque como era rico.... t
decas que no debamos tener amistades ms que con los ricos? Ab!

--Es verdad que yo te dije eso porque... porque ya no haba remedio:
t no hacas ms que alabarle; don Ibarra aqu, don Ibarra all, don
Ibarra en todas partes, aba! Pero yo no te aconsej que le vieras
ni que hablaras con l en aquella reunin; esto no me lo puedes negar.

--Saba yo que iba l all, por ventura?

--Pues debas haberlo sabido!

--Cmo, si ni siquiera le conoca?

--Pues, debas haberle conocido!

--Pero, Tinchang, si era la primera vez que le vea, que oa hablar
de l!

--Pues debas haberle visto antes, odo hablar de l! Para eso
eres hombre, llevas pantalones y lees El Diario de Manila!--contest
impertrrita la esposa, lanzndole una terrible mirada.

Capitn Tinong no supo qu replicar.

Capitana Tinchang, no contenta con esta victoria, quiso anonadarle,
y acercndose con los puos cerrados:

--Para eso he estado trabajando aos y aos, economizando, para
que t con tu torpeza eches  perder el fruto de mis fatigas?--le
increp.--Ahora vendrn  llevarte desterrado, nos despojarn de
nuestros bienes, como  la mujer de... Oh, si yo fuese hombre...!

Y viendo que su marido bajaba la cabeza, empez de nuevo  sollozar,
pero siempre repitiendo:

--Ay, si yo fuese hombre, si yo fuese hombre!

--Y si fueses t hombre,--pregunt al fin picado el marido,--qu
haras?

--Qu? pues... pues... pues hoy mismo me presentara al Capitn
general, para ofrecerme  pelear contra los alzados, ahora mismo!

--Pero no has ledo lo que dice el Diario? Lee! La traicin infame
y bastarda ha sido reprimida con energa, fuerza y vigor, y pronto
los rebeldes enemigos de la patria y sus cmplices sentirn todo el
peso y la severidad de las leyes... ves? ya no hay alzamiento.

--No importa, debes presentarte como lo han hecho el 72, y se han
salvado.

--S! tambin lo ha hecho el padre Burg...

Pero no pudo concluir la palabra; la mujer corriendo le tap la boca..

--Dale! pronuncia ese nombre para que maana mismo te ahorquen en
Bagumbayan! No sabes que basta pronunciarlo para ser sentenciado
sin formacin de causa? Jale! dilo!

Capitn Tinong, por ms que hubiese querido obedecerla, no habra
podido: con ambas manos le tapaba la boca su mujer, oprimiendo su
cabecita contra el espaldar del silln, y acaso el pobre hombre se
hubiera muerto asfixiado si un nuevo personaje no hubiese intervenido.

Este era el primo don Primitivo, que saba de memoria el Amat,
un hombre de unos cuarenta aos, pulcramente vestido, panzudo y
algo regordete.

--Quid video?--exclam al entrar;--qu pasa? Quare? [158]

--Ay, primo!--dijo la mujer corriendo llorosa hacia l;--te he
hecho llamar, pues no s qu va  ser de nosotras... qu nos
aconsejas? Habla, t que has estudiado latn y sabes argumentos...

--Pero antes quid quaeritis? Nihil est in intellectu quod prius non
fuerit in sensu; nihil volitum quin praecognitum [159].

Y se sent pausadamente. Cual si las frases latinas hubiesen posedo
una virtud tranquilizadora, cesaron de llorar ambos cnyuges y se
le acercaron esperando de sus labios el consejo, como un tiempo los
griegos ante la frase salvadora del orculo que los iba  librar de
los persas invasores.

--Por qu lloris? Ubinam gentium sumus? [160]

--T sabes ya la noticia del levantamiento...

--Alzamentum Ibarrae ab alferesio Guardiae civilis destructum? Et
nunc? [161] Y qu? Os debe algo don Crisstomo?

--No, pero sabes t, Tinong le ha convidado  comer, le ha saludado
en el Puente de Espaa...  la luz del da! Van  decir que es
amigo suyo!

--Amigo?--exclam sorprendido el latino levantndose;--amice, amicus
Plato sed magis amica veritas! Dime con quin andas y te dir quin
eres! Malum est negotium et est timendum rerum istarum horrendissimum
resultatum! Hmmm! [162]

Capitn Tinong se puso espantosamente plido al oir tantas palabras
en um; este sonido le presagiaba mal. Su esposa junt las manos
suplicantes y dijo:

--Primo, no nos hables ahora en latn; ya sabes que no somos filsofos
como t; hblanos en tagalo  castellano, pero danos un consejo.

--Lstima que no entendis latn, prima: las verdades latinas son
mentiras tagalas, por ejemplo, contra principia negantem fustibus
est argendum, [163] en latn es una verdad como el Arca de No; lo
puse una vez en prctica en tagalo, y fu yo el apaleado. Por esto,
es una lstima que no sepis latn; en latn todo se podra arreglar.

--Sabemos tambin muchos oremus, parcenobis y Agnus Dei Catolis [164]
pero ahora no nos entenderamos. Dale un argumento  Tinong para
que no le ahorquen!

--Has hecho mal, muy mal, primo, en trabar amistad con ese
joven!--repuso el latino.--Los justos pagan por los pecadores; por
poco te aconsejaba que hicieras tu testamento... Vae illis! Ubi est
ignis! Similis simili gaudet; atqui Ibarra ahorcatur, ergo ahorcaberis
[165]...

Y mova la cabeza de un lado  otro, disgustado.

--Saturnino, qu te pasa!--grita capitana Tinchang, llena de
terror;--ay, Dios mo! Se ha muerto! Un mdico! Tinong, Tinongoy!

Acuden las dos hijas y empiezan las tres  lamentarse.

--No es ms que un desmayo, prima, un desmayo! Yo ms me
hubiera alegrado que... que... pero desgraciadamente no es ms
que un desmayo. Non timeo mortem in catre sed super espaldonem
Bagumbayanis. [166] Traed agua!

--No te mueras!--lloraba la mujer,--no te mueras que vendrn 
prenderte! Ay, si te mueres y vienen los soldados, ay! ay!

El primo le roci la cara con agua, y el infeliz volvi en s.

--Vamos, no llorar! Inveni remedium, encontr el
remedio. Trasportmosle  su cama; vamos! valor! que aqu estoy
con vosotros y toda la sabidura de los antiguos... Que llamen  un
doctor;--y ahora mismo, prima, vas al Capitn general y le llevas un
regalo, una cadena de oro, un anillo... Dadivae quebrantant peas;
dices que es regalo de Pascua. Cerrad las ventanas, las puertas, y 
cualquiera que pregunte por mi primo que se le diga que est gravemente
enfermo. Entretanto quemo todas las cartas, papeles y libros para
que no puedan encontrar nada, como ha hecho don Crisstomo. Scripti
testes sunt! Quod medicamenta non sanant, ferrum sanat, quod ferrum
non sanat, ignis sanat [167].

--S, toma, primo; qumalo todo!--dijo capitana Tinchang;--aqu estn
las llaves, aqu las cartas de capitn Tiago, qumalas! Que no quede
ningn peridico de Europa, que son muy peligrosos. Aqu estn estos
The Times que yo conservaba para envolver jabones y ropas. Aqu estn
los libros.

--Vete al Capitn general, prima,--dijo don Primitivo;--djame solo. In
extremis extrema [168]. Dame el poder de un director romano y vers
cmo salvo la pat... digo, al primo.

Y empez  dar rdenes y ms rdenes,  revolver estantes, rasgar
papeles, libros, cartas, etc. Pronto ardi una hoguera en la
cocina; partieron con hacha viejas escopetas; arrojaron al excusado
herrumbrosos revlvers; la criada que quera conservar el can de
uno para soplador, recibi un rspice.

--Conservare etiam sperasti, perfida? [169] Al fuego!

Y continu su auto de fe.

Vi un viejo tomo en pergamino y ley el titulo:

--Revoluciones de los globos celestes por Coprnico, pfui! Ite,
maledicti, in ignem kalanis [170],--exclam arrojndolo  la
llama.--Revoluciones y Coprnico! Crimen sobre crimen! Si no llego 
tiempo... La libertad en Filipinas. Tatat! qu libros! Al fuego!

Y se quemaron libros inocentes, escritos por autores simples. Ni
el mismo Capitn Juan, obrita cndida, consigui librarse. Primo
Primitivo tena razn: los justos pagan por los pecadores.

Cuatro  cinco horas ms tarde, en una tertulia de pretensiones en
Intramuros se comentaban los acontecimientos del da. Eran muchas
viejas y solteronas casaderas, mujeres  hijas de empleados, vestidas
de bata, abanicndose y bostezando. Entre los hombres, que, al igual
de las mujeres, delataban en sus facciones su instruccin y origen,
haba un seor de edad, pequeito y manco,  quien trataban con mucha
consideracin y que guardaba con respecto  los dems un desdeoso
silencio.

--A la verdad que antes no poda sufrir  los frailes y guardias
civiles por lo mal educados que son,--deca una seora gruesa;--pero
ahora que veo su utilidad y servicios, casi me casara gustosa con
cualquiera de ellos. Yo soy patriota.

--Lo mismo digo!--aadi una flaca;--qu lstima que no tengamos
al anterior gobernador: aqul dejara el pas limpio como una patena!

--Y se acabara la ralea de filibusterillos!

--No dicen que quedan muchas islas por poblar? Por qu no deportan
all  tantos indios chiflados? A ser yo el Capitn general...

--Seoras,--dijo el manco:--el Capitn general sabe su deber; segn he
odo, est muy irritado, pues haban colmado de favores  ese Ibarra.

--Colmado de favores!--repeta la flaca, abanicndose furiosa;--miren
ustedes lo ingratos que son estos indios! Se los puede tratar acaso
como personas? Jess!

--Y saben ustedes lo que he odo?--preguntaba un militar.

--A ver!--Qu es? Qu dicen?

--Personas fidedignas--dijo el manco en medio del mayor
silencio--aseguran que todo aquel ruido de levantar una escuela era
puro cuento.

--Jess! ustedes han visto?--exclamaron ellas creyendo ya en
el cuento.

--La escuela era un pretexto; lo que quera levantar era un fuerte,
desde donde poderse bien defender cuando vayamos  atacarle...

--Jess! qu infamia! Slo un indio es capaz de tener tan cobardes
pensamientos,--exclamaba la gorda.--Si fuera yo el Capitn general,
ya veran... ya veran...

--Lo mismo digo!--exclamaba la flaca dirigindose al manco.--Prenda
 todo abogadillo, cleriguilo, comerciante, y sin formacin de causa,
desterrados  bajo partida de registro! El mal arrancarlo de raz!

--Pues se dice que el filibustero ese es hijo de espaoles!--observ
el manco sin mirar  nadie.

--Ah, ya!--exclama impertrrita la gorda;--siempre iban  ser los
criollos! ningn indio entiende de revolucin! Cra cuervos... cra
cuervos!...

--Saben ustedes lo que he odo decir?--pregunta una criolla que as
corta la conversacin.--La mujer de capitn Tinong... se acuerdan
ustedes? aquel en cuya casa bailamos y cenamos en la fiesta de Tondo...

--Aquel que tiene dos hijas? y qu?

--Pues la mujer acaba de regalar esta tarde al Capitn general un
anillo de mil pesos de valor!

El manco se vuelve.

--De veras? y por qu?--pregunta con ojos brillantes.

--La mujer deca, como regalo de Pascua...

--La Pascua no viene dentro de un mes!

--Temer que le venga el chaparrn encima...--observa la gorda.

--Y se pone  cubierto,--aade la flaca.

--Satisfaccin no reclamada, culpa confesada!

--En eso pensaba yo; usted ha puesto el dedo en la llaga.

--Es menester ver bien eso,--observa pensativo el manco;--me temo
que all haya gato encerrado.

--Gato encerrado, eso! eso iba yo  decir,--repite la flaca.

--Y yo,--dice otra arrebatndole la palabra;--la mujer de capitn
Tinong es muy avara... an no nos ha enviado ningn regalo y eso
que hemos estado en su casa. Con que cuando una agarrada y codiciosa
suelta un regalito de mil pesitos...

--Pero es cierto eso?--pregunt el manco.

--Y tanto! y tan cierto! se lo ha dicho  mi prima su novio, el
ayudante de S. E. Y estoy por creer que es el mismo anillo que llevaba
puesto la mayor el da de la fiesta. Va siempre llena de brillantes!

--Un escaparate andando!

--Una manera de hacer reclamo como otra cualquiera! En lugar de
comprar un figurn  pagar una tienda...

El manco abandon la tertulia dando un pretexto.

Y dos horas despus, cuando ya todos dorman, varios vecinos de Tondo
recibieron una invitacin por medio de soldados... La Autoridad
no poda consentir que ciertas personas de posicin y propiedades
durmiesen en casas tan mal guardadas y poco refrescadas: en la
Fuerza de Santiago y otros edificios del gobierno el sueo sera
ms tranquilo y reparador. Entre estas personas favorecidas estaba
includo el infeliz capitn Tinong.






LX

MARA CLARA SE CASA


Capitn Tiago est muy contento. En toda esta terrible temporada
nadie se ha ocupado de l: no le han preso, no le han sometido 
incomunicaciones, interrogatorios, mquinas elctricas, pediluvios
continuos en habitaciones subterrneas, y otras picardas ms,
que conocen bien ciertos personajes que se llaman  s mismos
civilizados. Sus amigos, es decir, los que lo fueron (porque el hombre
ya reneg de sus amigos filipinos, desde el instante en que fueron
sospechosos para el gobierno) han vuelto tambin  sus casas, despus
de algunos das de vacaciones en los edificios del Estado. El Capitn
general mismo haba ordenado que se los echase de sus posesiones,
no juzgndolos bastante dignos para que pudiesen permanecer en ellas,
con gran disgusto del manco, que quera celebrar las prximas Pascuas
en su abundante y rica compaa.

Capitn Tinong volvi  su casa enfermo, plido, hinchado,--la
excursin no le haba probado bien,--y tan cambiado que no dice una
palabra, ni saluda  su familia que llora, re, habla y se vuelve
loca de contento. El pobre hombre ya no sale de casa por no correr
el peligro de saludar  un filibustero. El mismo primo Primitivo,
con toda la sabidura de los antiguos, no le poda sacar de su mutismo.

--Crede, prime,--le deca:--si no llego  quemar todos tus papeles,
te aprietan el cuello; pero si quemo toda la casa, no te tocan ni el
pelo. Pero quod eventum, eventum; Gratias agamus Domino Deo quia non
in Marianis Insulis es, camotes seminando [171].

Historias parecidas  las de capitn Tinong no las ignoraba capitn
Tiago. El hombre rebosaba de gratitud, sin saber  punto fijo 
quin deber tan sealados favores. Ta Isabel atribua el milagro  la
Virgen de Antipolo,  la Virgen del Rosario,  por lo menos  la Virgen
del Carmen, y cuando menos, cuando menos, es lo menos que ella puede
conceder,  Nuestra Seora de la Correa: segn ella, el milagro no
poda escapar de all. Capitn Tiago no negaba el milagro, pero aada:

--Lo creo, Isabel, pero no lo habr hecho la Virgen de Antipolo sola;
mis amigos habrn ayudado, mi futuro yerno, el seor Linares, que,
ya sabes, embroma al mismo seor Antonio Cnovas, aquel cuyo retrato
nos trae la ilustracin, aquel que no se digna ensear  la gente
ms que media cara.

Y el buen hombre no poda reprimir una sonrisa de satisfaccin cada
vez que oa una importante noticia acerca de los acontecimientos. Y no
haba para menos. Se cuchicheaba por lo bajo que Ibarra sera ahorcado;
que si bien faltaban muchas pruebas para condenarle, ltimamente haba
aparecido una que confirmaba la acusacin; que los peritos haban
declarado que, en efecto, las obras de la escuela podan pasar por
un baluarte, una fortificacin, si bien algo defectuosa como no se
poda menos de esperar de los indios ignorantes. Estos rumores le
tranquilizaban y le hacan sonreir.

De igual manera que capitn Tiago y su prima divergan en sus
opiniones, los amigos de la familia se dividan tambin en dos
partidos: uno milagrero y otro gubernamental, aunque este ltimo era
insignificante. Los milagreros estaban subdivididos: el sacristn
mayor de Binondo, la vendedora de velas y el jefe de una cofrada
vean la mano de Dios, movida por la Virgen del Rosario; el chino
cerero--su proveedor cuando va  Antipolo--deca abanicndose y
agitando la pierna:

--No siya osti gongong; Mligen li Antipulo esi! Esi pueli ms con
tolo; no siya osti gongong [172].

Capitn Tiago tena en mucha estima al chino, que se haca pasar por
profeta, mdico, etc. Examinando la palma de la mano de su difunta
esposa, en el sexto mes de embarazo, haba pronosticado:

--Si esi no hmele y no pactaylo, muj juete-juete! [173]

Y Mara Ciara vino al mundo para cumplir la profeca del infiel.

Capitn Tiago, pues, hombre prudente y temeroso, no poda decidirse tan
fcilmente como el troyano Paris; no poda dar as as la preferencia
 una de las dos Vrgenes por temor de ofender  la otra, lo cual
podra acarrear graves consecuencias.--Prudencia!--se deca  s
mismo;--no vayamos ahora  echarlo  perder.

En estas dudas se hallaba cuando el partido gubernamental lleg:
doa Victorina, don Tiburcio y Linares.

Doa Victorina habl por los tres varones y por ella misma, mencion
las visitas de Linares al Capitn General,  insinu repetidas veces
la conveniencia de un pariente de categora.

--Na!--conclua,--como ezimoz: el que  buena zombra ze cobija,
buen palo ze le arrima.

--A... a... al revs, mujer!--corrigi el doctor.

Desde hace das pretende ella andaluzarse con suprimir la d y poner
z por s, y esta idea no haba quien se la quitase de la cabeza;
primero se dejaba arrancar los rizos postizos.

--Z!--aada hablando de Ibarra;--eze lo tena muy merezo; yo ya lo
ije cuano le vi la primera vez: ezte ez un filibuztero. Qu te ijo 
t, primo, el general? Qu le haz icho, qu noticiaz le izte e Ibarra?

Y viendo que el primo tardaba en contestar, prosigui, dirigindose
 capitn Tiago:

--Crame uzt, zi le conenan  muelte, como ez e ezperar, zer por
mi primo.

--Seora! seora!--protest Linares.

Pero ella no le di tiempo.

--Ay que iplomtico te haz gerto! Zabemos que erez el conzejero del
general, que no puee vivir zin t... Ah, Clarita, qu placer e verte!

Mara Clara apareca plida an, aunque ya bastante repuesta de su
enfermedad. La larga cabellera iba recogida por una cinta de seda
de un ligero azul. Salud tmidamente, sonriendo con tristeza, y se
acerc  doa Victorina para el beso de ceremonia.

Despus de las frases de costumbre, prosigui la pseudoandaluza:

--Venimoz  vizitaroz; oz habeiz zalbao graciaz  vuestraz
relacionez!--y mir significativamente  Linares.

--Dios ha protegido  mi padre!--contest en voz baja la joven.

--Z, Clarita, pero el tiempo e loz milagros ya ha pazao: nozotroz
loz espaolez ecimoz: Dezconfa e la virgen y chate  corr.

--A... a... al revs!

Capitn Tiago, que hasta entonces no haba encontrado tiempo para
hablar, se atrevi  preguntar, poniendo mucha mucha atencin 
la respuesta:

--De modo que usted, doa Victorina, cree que la Virgen?...

--Venimoz precizamente  hablar con uzt  e la virgen,--contest
ella misteriosamente sealando  Mara Clara;--tenemoz que hablar
e negocioz.

La joven comprendi que deba retirarse; busc un pretexto y se alej,
apoyndose en los muebles.

Lo que en esta conferencia se dijo y se habl es tan bajo y tan
mezquino, que preferimos no referirlo. Baste decir que cuando se
despidieron, estaban todos alegres, y que despus capitn Tiago deca
 ta Isabel:

--Avisa  la fonda que maana damos una fiesta! Vete preparando 
Mara, que la casamos dentro de poco.

Ta Isabel la mir espantada.

--Ya lo vers! Cuando el seor Linares sea nuestro yerno, subiremos
y bajaremos todos los palacios; nos tendrn envidia, se morirn todos
de envidia!

Y as fu como  las ocho de la noche del siguiente da estaba llena
otra vez la casa de capitn Tiago, slo que ahora sus invitados son
nicamente espaolas y chinos; el bello sexo est representado por
espaolas, peninsulares y filipinas.

All estn la mayor parte de nuestros conocidos: el padre Sibyla, el
padre Salv entre varios franciscanos y dominicos; el viejo teniente
de la guardia civil, seor Guevara, ms sombro que antes; el alfrez
que cuenta por la milsima vez su batalla, mirando por encima de sus
hombros  todos, creyndose un don Juan de Austria; ahora es teniente
con grado de comandante; de Espadaa que le mira con respeto y temor y
le esquiva sus miradas, y doa Victorina despechada. Linares no haba
llegado an, pues, como personaje importante, deba llegar ms tarde
que los otros: hay seres tan cndidos que con una hora de atraso en
todo se quedan grandes hombres.

En el grupo de las mujeres era Mara Clara el objeto de la murmuracin:
la joven las haba saludado y recibido ceremoniosamente, sin perder
su aire de tristeza.

--Pst!--deca una joven;--orgullosita...

--Bonitilla,--contestaba otra;--pero l poda haber escogido otra
que tuviese menos cara de tonta.

--El oro, chica; el buen mozo se vende.

En otra parte se deca:

--Casarse cuando el primer novio est para ser ahorcado!

--A eso llamo yo ser prudente: tener  mano un sustituto.

--Pues cuando enviude...

Estas conversaciones las oa quizs la joven, que estaba sentada en
una silla, arreglando una bandeja de flores, porque se la vea temblar,
palidecer y morderse varias veces los labios.

En el crculo de los hombres, la conversacin era en voz alta,
y naturalmente, versaba sobre los ltimos acontecimientos. Todos
hablaban, hasta don Tiburcio; todos menos el padre Sibyla, que guardaba
desdeoso silencio.

--He odo decir que deja vuestra reverencia el pueblo, padre
Salv,--pregunta el nuevo teniente  quien ha hecho ms amable su
nueva estrella.

--Nada tengo que hacer ya en l; me he de fijar para siempre en
Manila... y usted?

--Dejo tambin el pueblo,--contest estirndose;--el gobierno me
necesita para que con una columna volante desinfecte las provincias
de filibusteros.

Fray Sibyla le mira rpidamente de pies  cabeza y le vuelve las
espaldas por completo.

--Se sabe ya de cierto qu va  ser del cabecilla, del
filibusterillo?--pregunt un empleado.

--Habla usted de Crisstomo Ibarra?--pregunta otro. Lo ms probable
y ms justo es que sea ahorcado como los del setenta y dos.

--Va desterrado!--dice secamente el viejo teniente.

--Desterrado! Nada ms que desterrado! Pero ser un destierro
perpetuo!--exclaman varios  la vez.

--Si ese joven,--prosigui el teniente Guevara en voz alta y
severa,--hubiese sido ms precavido; si hubiera confiado menos en
ciertas personas, con quienes se escribe; si nuestros fiscales no
supiesen interpretar demasiado sutilmente lo escrito, ese joven de
seguro que habra salido absuelto.

Esta declaracin del viejo teniente y el tono de su voz produjeron
una gran sorpresa en el auditorio, que no supo qu decir. El padre
Salv mir  otra parte, quizs para no ver la mirada sombra que
le diriga el anciano. Mara Clara dej caer las flores y se qued
inmvil. El padre Sibyla, que saba callar, pareca tambin que era
el nico que saba preguntar.

--Habla usted de cartas, seor de Guevara?

--Hablo de lo que me dijo el defensor, que ha tomado la causa con celo
 inters. Fuera de algunas ambiguas lneas, que este joven escribi
 una mujer antes de partir para Europa, lneas en que el fiscal vi
el proyecto y una amenaza contra el gobierno, y que l reconoci como
suyas, no se le poda encontrar por donde acusarle.

--Y la declaracin del bandido antes de morir?

--El defensor la anul, pues, segn el bandido mismo, ellos jams
se haban comunicado con el joven, si no slo con un tal Lucas, que
era enemigo suyo segn se pudo comprobar, y que se ha suicidado acaso
por los remordimientos. Se prob que los papeles encontrados en poder
del cadver eran falsificados, pues la letra era igual  la que tena
el seor Ibarra hace siete aos, pero no  la de ahora, lo que hace
suponer que el modelo sea esta carta acusadora. An ms, el defensor
deca que si el seor Ibarra no hubiera querido reconocer la carta,
mucho se habra podido hacer por l; pero  su vista se puso plido,
perdi el nimo y ratific cuanto en ella haba escrito.

--Deca usted--pregunt un franciscano--que iba dirigida la carta 
una mujer; cmo lleg  manos del fiscal?

El teniente no respondi; mir un momento al padre Salv y se alej,
retorciendo nerviosamente la afilada punta de su barba gris, mientras
los otros hacan comentarios.

--Ah se ve la mano de Dios!--deca uno;--hasta las mujeres le
tienen odio.

--Hizo quemar su casa creyendo salvarse, pero no contaba con la
huspeda, esto es, con la querida, con la babai, --aadi otro
riendo.--Est de Dios! Santiago cierra Espaa!

Entretanto el viejo militar se detuvo en uno de sus paseos y se acerc
 Mara Clara, que escuchaba la conversacin inmvil en su asiento;
 sus pies se vean las flores.

--Usted es una joven muy precavida,--le dijo el viejo teniente en voz
baja;--ha hecho usted bien en entregar la carta... as se aseguran
ustedes un tranquilo porvenir.

Ella le vi alejarse y se estremeci, mordindose los
labios. Afortunadamente pas la ta Isabel. Mara Clara tuvo la fuerza
suficiente para cogerla del vestido.

--Ta!--murmur.

--Qu tienes?--pregunt sta espantada, al ver la cara de la joven.

--Conducidme  mi cuarto!--suplic colgndose del brazo de la anciana
para levantarse.

--Ests enferma, hija ma? qu tienes?

--Un mareo... la gente de la sala... tanta luz... necesito
descansar. Decid  mi padre que dormir.

--Ests fra! quieres t?

Mara Clara movi la cabeza negativamente, cerr con llave la puerta
de su alcoba y sin fuerzas se dej caer en el suelo, al pie de una
imagen, sollozando:

--Madre, madre, madre ma!

Por la ventana y la puerta que comunicaba con la azotea, entraba la
luz de la luna.

La msica segua tocando alegres valses; llegaban hasta la alcoba la
risas y el run run de las conversaciones; varias veces llamaron  
la puerta su padre, ta Isabel, doa Victorina y aun Linares, pero
Mara Clara no se movi: un estertor se escapaba de su pecho.

Pasaron horas; las alegras de la mesa terminaron, se oa bailar,
cantar, se consumi la buja y se apag, pero la joven continuaba
an inmvil en el suelo, iluminada por los rayos de la luna, al pie
de la imagen de la Madre de Jess.

La casa volvi  quedar poco  poco en silencio, se apagaron las luces,
ta Isabel llam de nuevo  la puerta.

--Vamos, se ha dormido!--dijo la ta en voz alta;--como es joven y
no tiene ningn cuidado, duerme como un cadver.

Cuando todo estuvo en silencio, ella se levant lentamente y pase
una mirada  su alrededor, vi la azotea, los pequeos emparrados,
baados por la melanclica luz de la luna.

--Un tranquilo porvenir! Dormir como un cadver!--murmur en voz
baja y se dirigi  la azotea.

La ciudad dorma; slo se oa de tiempo en tiempo el ruido de un
coche, pasando el puente de madera sobre el ro, cuyas solitarias
aguas reflejaban tranquilas la luz de la luna.

La joven levant los ojos al cielo de una limpidez de zafir; quitse
lentamente sus anillos, pendientes, agujas y peineta, colocndolos
sobre el antepecho de la azotea, y mir hacia el ro.

Una banca, cargada de zacate, se detena al pie del embarcadero,
que tiene cada casa  orillas del ro. Uno de los dos hombres que
la tripulaban subi la escalera de piedra, salt el muro, y segundos
despus, se oan sus pasos subiendo la escalera de la azotea.

Mara Clara le vi detenerse al descubrirla, pero slo fu un momento,
porque el hombre avanz lentamente, y  tres pasos de la joven se
detuvo. Mara Clara retrocedi.

--Crisstomo!--murmur llena de terror.

--S, soy Crisstomo!--repuso el joven en voz grave:--un enemigo,
un hombre que tena razones para odiarme, Elas, me ha sacado de la
prisin en que me han arrojado mis amigos.

A estas palabras sigui un triste silencio; Mara Clara inclin la
cabeza y dej caer ambas manos.

Ibarra continu:

--Junto al cadver de mi madre jur hacerte feliz, sea cual fuere mi
destino! Pudiste faltar  tu juramento, ella no era tu madre; pero
yo, yo que soy su hijo, tengo su memoria por sagrada, y al travs
de mil peligros he venido aqu  cumplir con el mo, y la casualidad
permite que te hable  t misma Mara, no nos volveremos  ver; eres
joven y acaso algn da tu conciencia te acuse... vengo  decirte,
antes de partir, que te perdono. Ahora s feliz y adis!

Ibarra trat de alejarse, pero la joven le detuvo.

--Crisstomo!--dijo;--Dios te ha enviado para salvarme de la
desesperacin... yeme, y jzgame!

Ibarra quiso deshacerse dulcemente de ella.

--No he venido  pedirte cuenta de tus actos... he venido para darte
la tranquilidad.

--No quiero esa tranquilidad que me regalas; la tranquilidad me la
dar yo misma! T me desprecias, y tu desprecio me har amarga hasta
la muerte!

Ibarra vi la desesperacin y el dolor de la pobre mujer, y le pregunt
qu deseaba.

--Que creas que te he amado siempre!

Crisstomo sonri con amargura.

--Ah! t dudas de m, dudas de la amiga de tu infancia, que jams te
ha ocultado un solo pensamiento!--exclam con dolor la joven. Te
comprendo! Cuando sepas mi historia, la triste historia que me
revelaron durante mi enfermedad, te compadecers de m y no tendrs
esa sonrisa para mi dolor. Por qu no has dejado que me muriese en
manos de mi ignorante mdico? T y yo habramos sido ms felices!

Mara Clara descans un momento y continu:

--T lo has querido, t has dudado de m, que mi madre me perdone! En
una de las dolorosas noches de mis padecimientos, un hombre me revel
el nombre de mi verdadero padre, y me prohibi tu amor...  no ser
que mi padre mismo te perdonara el agravio que le has inferido!

Ibarra retrocedi y mir espantado  la joven.

--Si,--continu ella;--el hombre me dijo que no poda permitir nuestra
unin, pues su conciencia se lo prohibira, y se vera obligado
 publicarlo,  riesgo de causar un grande escndalo, porque mi
padre es...

Y murmur al odo del joven un nombre en voz tan baja, que slo l
lo oy.

--Qu iba yo  hacer? Deba yo sacrificar  mi amor la memoria
de mi madre, el honor de mi padre falso y el buen nombre del
verdadero? Poda hacerlo sin que t mismo me despreciaras?

--Pero pruebas, tuviste pruebas? T necesitabas pruebas!--exclam
Crisstomo convulso.

La joven sac de su seno dos papeles.

--Dos cartas de mi madre, dos cartas escritas en medio de sus
remordimientos, cuando me llevaba en sus entraas! Toma, lelas,
y vers cmo ella me maldice y desea mi muerte... mi muerte que en
vano procur mi padre con medicinas! Estas cartas las ha olvidado l
en la casa donde vivi, el hombre las encontr y conserv, y slo me
las entreg  cambio de tu carta... para asegurarse, segn deca, de
que no me iba  casar contigo sin el consentimiento de mi padre. Desde
que las llevo sobre m, en lugar de tu carta, siento el fro sobre
el corazn. Te sacrifiqu, sacrifiqu mi amor... qu no hace una
por una madre muerta y dos padres vivos? Sospechaba yo el uso que
iban  hacer de tu carta?

Ibarra estaba aterrado. Mara Clara prosigui:

--Qu me quedaba ya? poda decirte por ventura quin era mi padre,
poda decirte que le pidieses perdn,  l que tanto ha hecho
sufrir al tuyo? poda decirle  mi padre acaso que te perdonara,
poda decirle que yo era su hija,  l que tanto ha deseado mi
muerte? Slo me restaba sufrir, guardar conmigo el secreto, y morir
sufriendo!... Ahora, amigo mo, ahora que sabes la triste historia
de tu Mara, tendrs an para ella esa desdeosa sonrisa?

--Mara, t eres una santa!

--Soy feliz, puesto que t me crees...

--Sin embargo,--aadi el joven cambiando de tono,--he odo que
te casas...

--S!--solloz la joven;--mi padre me exige este sacrificio... l
me ha amado y alimentado y no era su deber; yo le pago esta deuda
de gratitud asegurndole la paz por medio de este nuevo parentesco,
pero...

--Pero?

--No olvidar los juramentos de fidelidad que te hice.

--Qu meditas hacer?--pregunt Ibarra tratando de leer en sus ojos.

--El porvenir es obscuro y el Destino est entre sombras! no s lo
que he de hacer; pero sabe que yo amo una sola vez, y sin amor jams
ser de nadie. Y de ti, qu va  ser de ti?

--No soy ms que un fugitivo... huyo. Dentro de poco se descubrir
mi fuga, Mara...

Mara Clara cogi la cabeza del joven entre sus manos, le bes
repetidas veces en los labios, le abraz, y despus, alejndole
bruscamente de s:

--Huye, huye!--le dijo;--huye, adis!

Ibarra la mir con ojos brillantes, pero,  una seal de la joven,
se alej ebrio, vacilante...

Salt otra vez el muro y entr en la banca. Mara Clara, apoyada
sobre el antepecho le miraba alejarse.

Elas se descubri y la salud profundamente.






LXI

LA CAZA EN EL LAGO


--Od, seor, el plan que he meditado,--dijo Elas pensativo mientras
se dirigan  San Gabriel.--Os ocultar ahora en casa de un amigo
mi en Mandaluyong; os traer todo vuestro dinero, que he salvado y
guardado al pie del balit, en la misteriosa tumba de vuestro abuelo;
dejaris el pas...

--Para ir al extranjero?--interrumpi Ibarra.

--Para vivir en paz los das que os quedan de vida. Tenis amigos
en Espaa, sois rico, podris haceros indultar. De todos modos,
el extranjero para nosotros es una patria mejor que la propia.

Crisstomo no contest; medit en silencio.

Llegaban en aquel momento al Psig y la banca empez  subir la
corriente. Sobre el puente de Espaa corra un jinete aprisa y se
oa un prolongado y agudo silbido.

--Elas,--repuso Ibarra;--debis vuestra desgracia  mi familia; me
habis salvado la vida dos veces, y os debo no slo gratitud, sino
tambin una restitucin de vuestra fortuna. Me aconsejis que viva
en el extranjero, pues venid conmigo y vivamos como hermanos. Aqu
sois tambin desgraciado.

Elas movi tristemente la cabeza y contest:

--Imposible! Es verdad que yo no puedo amar ni ser feliz en mi pas,
pero puedo sufrir y morir en l, y acaso por l: siempre es algo. Que
la desgracia de mi patria sea mi propia desgracia, y puesto que no nos
une un noble pensamiento, puesto que no laten nuestros corazones  un
solo nombre, al menos que  mis paisanos me una la comn desventura, al
menos que llore yo con ellos nuestros dolores, que un mismo infortunio
oprima nuestros corazones!

--Entonces por qu me aconsejis que parta?

--Porque en otra parte podis ser feliz y yo no, porque no estis
hecho para sufrir, y porque aborrecerais vuestro pas, si un da
os vieseis por causa suya desgraciado: y aborrecer  su patria es la
mayor desventura.

--Sois injusto conmigo!--exclam Ibarra con amargo reproche;--olvidis
que, apenas llegado aqu, me he puesto  buscar su bien...

--No os ofendis, seor, no os hago ningn reproche: ojal todos
puedan imitaros! Pero yo no os pido imposibles, y no os ofendis si
os digo que vuestro corazn os engaa. Amabais  vuestra patria porque
vuestro padre as os lo ha enseado; la amabais porque en ella tenais
amor, fortuna, juventud, porque todo os sonrea, vuestra patria no os
haba hecho ninguna injusticia; la amabais como amamos todo aquello
que nos hace felices. Pero el da en que os veais pobre, hambriento,
perseguido, delatado y vendido por vuestros mismos compatriotas,
ese da renegaris de vos, de vuestra patria y de todos.

--Vuestras palabras me lastiman,--dijo Ibarra resentido.

Elas baj la cabeza, medit y repuso:

--Yo quiero desengaaros, seor, y evitaros un triste
porvenir. Acordaos de aquella vez cuando yo os hablaba en esta misma
banca y  la luz de esta misma luna, har un mes, das ms das menos:
entonces erais feliz. La splica de los desgraciados no llegaba
hasta vos: desdeasteis sus quejas porque eran quejas de criminales;
disteis ms odos  sus enemigos y,  pesar de mis razones y ruegos,
os pusisteis del lado de sus opresores, y de vos dependa entonces
el que yo me convirtiese en criminal  me dejase matar para cumplir
una palabra sagrada. Dios no lo ha permitido porque el anciano jefe
de los malhechores ha muerto... Ha pasado un mes y ahora pensis de
otra manera!

--Tenis razn, Elas, pero el hombre es un animal de circunstancias:
entonces estaba cegado, disgustado, qu s yo? Ahora la desgracia me
ha arrancado la venda; la soledad y la miseria de mi prisin me han
enseado; ahora veo el horrible cncer que roe  esta sociedad, que
se agarra  sus carnes y que pide una violenta extirpacin. Ellos
me han abierto los ojos, me han hecho ver la llaga y me fuerzan
 ser criminal! Y pues que lo han querido, ser filibustero, pero
verdadero filibustero; llamar  todos los desgraciados,  todos los
que dentro del pecho sienten latir un corazn,  esos que os enviaban
 m... no, no ser criminal, nunca lo es el que lucha por su patria,
al contrario! Nosotros, durante tres siglos, les tendemos la mano,
les pedimos amor, ansiamos llamarlos nuestros hermanos, cmo nos
contestan? Con el insulto y la burla, negndonos hasta la cualidad
de seres humanos. No hay Dios, no hay esperanzas, no hay humanidad;
no hay ms que el derecho de la fuerza!

Ibarra estaba nervioso; todo su cuerpo temblaba.

Pasaron por delante del palacio del General y creyeron notar movimiento
y agitacin en los guardias.

--Se habr descubierto la fuga?--murmur Elas.--Acostaos, seor,
para que os cubra con el zacate, pues pasaremos al lado del Polvorista,
y al centinela puede chocarle el que seamos dos.

La banca era una de esas finas y estrechas canoas que no bogan sino
que resbalan por encima del agua.

Como Elas haba previsto, el centinela le par y le pregunt de
dnde vena.

--De Manila, de dar zacate  los oidores y curas,--contest imitando
el acento de los de Pandakan.

Un sargento sali y enterse de lo que pasaba.

--Sulung!--djole ste;--te advierto que no recibas en la banca 
nadie; un preso acaba de escaparse. Si le capturas y me lo entregas
te dar una buena propina.

--Est bien, seor; qu seas tiene?

--Va de levita y habla espaol; con que cuidao!

La banca se alej. Elas volvi la cara y vi la silueta del centinela,
de pie junto  la orilla.

--Perderemos algunos minutos de tiempo,--dijo en voz baja;--debemos
entrar en el ro Beata para simular que soy de Pea Francia. Veris
el ro que cant Francisco Baltasar.

El pueblo dorma  la luz de la luna. Crisstomo se levant para
admirar la paz sepulcral de la naturaleza. El ro era estrecho y sus
orillas formaban llano, sembrado de zacate.

Elas arroj su carga en la orilla, cogi una larga caa y sac
debajo de la hierba algunos vacos bayones  sacos hechos de hoja de
palmera. Siguieron navegando.

--Sois dueo de vuestra voluntad, seor, y de vuestro porvenir,--dijo
 Crisstomo que se mantena silencioso.--Pero si me permits
una observacin, os dir: Mirad bien lo que vais  hacer, vais
 encender la guerra, pues tenis dinero, cabeza y encontraris
pronto muchos brazos, fatalmente hay muchos descontentos. Mas,
en esta lucha que vais  emprender, los que ms sufrirn son los
indefensos  inocentes. Los mismos sentimientos que hace un mes,
hacan que me dirigiese  vos pidiendo reformas, son tambin los que
me mueven ahora  deciros que meditis. El pas, seor, no piensa
separarse de la madre patria; no pide ms que un poco de libertad, de
justicia y de amor. Os secundarn los descontentos, los criminales,
los desesperados, pero el pueblo se abstendr. Os equivocis, si,
viendo todo obscuro, creis que el pas est desesperado. El pas
sufre, s, pero an espera, cree, y slo se levantar cuando haya
perdido la paciencia, esto es, cuando lo quieran los que gobiernan,
lo cual an est lejos. Yo mismo no os seguira; jams acudir  esos
remedios extremos mientras vea esperanza en los hombres.

--Entonces ir sin vos!--repuso Crisstomo resuelto.

--Es vuestra firme decisin?

--Firme y nica, testigo la memoria de mi padre! Yo no me dejo
arrancar impunemente paz y felicidad, yo que slo he deseado
el bien, yo que todo lo he respetado y sufrido por amor 
una religin hipcrita, por amor  una patria. Cmo me han
correspondido? Hundindome en un calabozo infame y prostituyendo 
mi futura esposa. No, no vengarme sera un crimen, sera animarlos
 nuevas injusticias! No, fuera cobarda, pusilanimidad, gemir
y llorar cuando hay sangre y vida, cuando al insulto y al reto se
une el escarnio! Yo llamar  ese pueblo ignorante, le har ver su
miseria; que no piense en hermanos; slo hay lobos que se devoran,
y les dir que contra esta opresin se levanta y protesta el eterno
derecho del hombre para conquistar su libertad!

--El pueblo inocente sufrir!

--Mejor! Podis conducirme hasta la montaa?

--Hasta que estis en seguridad!--contest Elas.

Salieron de nuevo al Psig. Hablaban de cuando en cuando de cosas
indiferentes.

--Santa Ana!--murmur Ibarra;--conoceris esta casa?

Pasaban delante de la casa de campo de los jesutas.

--All pas yo muchos das felices y alegres!--suspir Elas.--En
mi tiempo venamos cada mes... entonces era yo como los otros:
tena fortuna, familia, soaba y vislumbraba un porvenir. En esos
das vea  mi hermana en el vecino colegio; me regalaba una labor
de sus manos... la acompaaba una amiga, una bella joven. Todo ha
pasado como un sueo.

Permanecieron silenciosos hasta llegar  Malapad-na-bat [174]. Los
que de noche han surcado alguna vez el Psig, en una de esas noches
mgicas que Filipinas ofrece, cuando la luna derrama desde el lmpido
azul melanclica poesa: cuando las sombras ocultan la miseria de
los hombres y el silencio apaga los mezquinos acentos de su voz;
cuando slo habla la Naturaleza, esos comprendern lo que meditaban
ambos jvenes.

En Malapad-na-bat, el carabinero tena sueo, y, viendo que la banca
estaba vaca y no ofreca botn alguno que coger segn la tradicional
costumbre de su cuerpo y uso de aquel puesto, dejles pasar fcilmente.

El guardia civil de Psig tampoco sospechaba nada, y no fueron
molestados.

Comenzaba  amanecer cuando llegaron al lago, manso y tranquilo como
un gigantesco espejo. La luna palideca y el Oriente se tea con
rosadas tintas. A cierta distancia columbraron una masa gris que
avanzaba poco  poco.

--La fala viene,--murmura Elas;--acostaos y os cubrir con estos
sacos.

Las formas de la embarcacin se hacan ms claras y perceptibles.

--Se pone entre la orilla y nosotros,--observa Elas inquieto.

Y vari poco  poco la direccin de su banca, remando hacia
Binangonan. Con gran estupor not que la fala cambiaba tambin de
direccin, mientras una voz le llamaba.

Elas detvose y reflexion. La orilla estaba an lejos y pronto
estaran al alcance de los fusiles de la fala. Pens volver al Psig:
su banca era ms veloz que aquella. Pero fatalidad! otra banca
vena del Psig, y se vean brillar los capacetes y bayonetas de los
guardias civiles.

--Estamos cogidos!--murmur palideciendo.

Mirse sus robustos brazos y tomando la nica resolucin que
quedaba, principi  remar con todas sus fuerzas hacia la Isla de
Talim. Entretanto, se asomaba el sol.

La banca se deslizaba rpidamente; Elas vi sobre la fala, que
viraba, algunos hombres de pie hacindole seas.

--Sabis guiar una banca?--pregunt  Ibarra.

--S; por qu?

--Porque estamos perdidos si no salto al agua y les hago perder la
pista. Ellos me perseguirn, yo nado y buceo bien... yo los alejar
de vos, y despus procuris salvaros.

--No; quedaos y vendamos caras nuestras vidas!

--Intil, no tenemos armas, y con sus fusiles nos matarn como
 pajaritos.

En aquel momento se oy un chiss en el agua como la cada de un cuerpo
caliente, seguido inmediatamente de una detonacin.

--Veis?--dijo Elas poniendo el remo en la banca.--Nos veremos en
la Nochebuena en la tumba de vuestro abuelo. Salvaos!

--Y vos?

--Dios me ha sacado de mayores peligros.

Elas se quit la camisa; una bala la rasg de sus manos, y dos
detonaciones se dejaron oir. Sin turbarse, estrech la mano de Ibarra,
que continuaba tendido en el fondo de la banca; se levant y salt
al agua, empujando con el pie la pequea embarcacin.

Oyronse varios gritos, y pronto  alguna distancia apareci la cabeza
del joven como para respirar, ocultndose al instante.

--All, all est!--gritaron varias voces y silbaron de nuevo
las balas.

La fala y la banca pusironse en su persecucin: una ligera estela
sealaba su paso, alejndose cada vez ms de la banca de Ibarra, que
bogaba como si estuviese abandonada. Cada vez que el nadador sacaba la
cabeza para respirar, disparaban sobre l guardias civiles y falueros.

La caza duraba; la banquilla de Ibarra estaba lejos, el nadador
se aproximaba  la orilla, distantes unas cincuenta brazas. Los
remeros estaban ya cansados, pero Elas lo estaba tambin, pues
sacaba la cabeza  menudo y cada vez en distinta direccin, como para
desconcertar  sus perseguidores. Ya no sealaba la traidora estela
el paso del buzo. Por ltima vez le vieron cerca de la orilla  unas
diez brazas, hicieron fuego... despus pasaron minutos y minutos; nada
volvi  aparecer sobre la superficie tranquila y desierta del lago.

Media hora despus, un remero pretenda descubrir en el agua, cerca de
la orilla, seales de sangre, pero sus compaeros sacudan la cabeza
con un aire que tanto quera decir s como no.






LXII

EL PADRE DMASO SE EXPLICA


En vano se amontonan sobre una mesa los preciosos regalos de boda;
ni los brillantes en sus estuches de terciopelo azul, ni los bordados
de pia, ni las piezas de seda atraen las miradas de Mara Clara. La
joven mira, sin ver ni leer, el peridico que da cuenta de la muerte
de Ibarra, ahogado en el lago.

De repente siente que dos manos se posan sobre sus ojos, la sujetan,
y una voz alegre, la del padre Dmaso, le dice:

--Quin soy? quin soy?

Mara Clara salta de su asiento y le mira con terror.

--Tontica, has tenido miedo, eh? No me esperabas, eh? Pues he venido
de provincias para asistir  tu casamiento.

Y acercndose con una sonrisa de satisfaccin, le tendi la mano para
que se la besara. Mara Clara se inclin temblorosa y la llev con
respeto  sus labios.

--Qu tienes, Mara?--pregunt el franciscano, perdiendo su
sonrisa alegre y llenndose de inquietud;--tu mano est fra,
palideces... ests enferma, hijita?

Y el padre Dmaso la atrajo  s con una ternura de la que no se le
hubiera credo capaz, cogi ambas manos de la joven y la interrog
con la mirada.

--No tienes ya confianza en tu padrino?--pregunt en tono de
reproche;--vamos, sintate aqu y cuntame tus disgustillos, como lo
hacas conmigo de nia, cuando deseabas velas para hacer muecas de
cera. Ya sabes que te he querido siempre... nunca te he reido...

La voz del padre Dmaso dejaba de ser brusca y llegaba  tener
modulaciones cariosas. Mara Clara empez  llorar.

--Lloras, hija ma? por qu lloras? Has reido con Linares?

Mara Clara se tap los odos.

--Nada de l... ahora!--grit la joven.

Padre Dmaso la mir lleno de asombro.

--No quieres confiarme tus secretos? No he procurado siempre
satisfacer tus ms pequeos caprichos?

La joven levant hacia l sus ojos llenos de lgrimas, le mir algn
rato, y volvi  llorar amargamente.

--No llores as, hija ma, que tus lgrimas me hacen dao! Cuntame
tus penas; vers cmo tu padrino te ama!

Mara Clara se le acerc lentamente, cay de rodillas  sus pies
y levantando su semblante, baado en llanto, le dijo en voz baja,
apenas perceptible:

--Me ama usted an?

--Nia!

--Entonces... proteja usted  mi padre y rompa mi casamiento!

Y la joven le refiri su ltima entrevista con Ibarra, ocultando el
secreto de su nacimiento.

El padre Dmaso apenas poda creer lo que oa.

--Mientras l viva,--continu la joven,--pensaba luchar, esperaba,
confiaba. Quera vivir para oir hablar de l... pero ahora que le
han muerto, ahora no hay razn para que viva y sufra.

Esto lo dijo ella lentamente, en voz baja, con calma, sin lgrimas.

--Pero, tonta, no es Linares mil veces mejor que?...

--Cuando l viva, poda yo casarme... pensaba huir despus... mi
padre no quiere ms que el parentesco! Ahora que l est muerto, ningn
otro me llamar su esposa... Cuando l viva, poda yo envilecerme,
quedbame el consuelo de saber que l exista y quizs pensara en m;
ahora que l est muerto... el convento  la tumba.

El acento de la joven tena una firmeza tal, que el padre Dmaso
perdi su aire alegre y se puso muy pensativo.

--Le amabas tanto?--pregunt balbuceando.

Mara Clara no respondi. Fray Dmaso inclin la cabeza sobre el
pecho y se qued silencioso.

--Hija ma!--exclam con voz dolorida;--perdname que te haya
hecho infeliz sin saberlo. Yo pensaba en tu porvenir, quera tu
felicidad. Cmo poda permitir yo que te casases con uno del pas,
para verte esposa infeliz y madre desgraciada? Yo no poda quitar de tu
cabeza tu amor, y me opuse con todas mis fuerzas, abus de todo, por
t, solamente por ti. Si hubieses sido su esposa, lloraras despus,
por la condicin de tu marido, expuesto  todas las vejaciones sin
medio de defensa; madre, lloraras por la suerte de tus hijos: si
los educas, les preparas un triste porvenir; se hacen enemigos de la
Religin, y los vers ahorcados  expatriados; si los dejas ignorantes,
los vers tiranizados y degradados! No lo poda consentir! Por esto
buscaba para t un marido que te pudiese hacer madre feliz de hijos
que manden y no obedezcan, que castiguen y no sufran... Saba que
tu amigo de la infancia era bueno, le quera  l como  su padre,
pero los odi desde que vi que iban  causar tu infelicidad, porque
yo te quiero, te idolatro, te amo como se ama  una hija; no tengo
ms cario que el tuyo; yo te he visto crecer; no transcurre una hora
sin que piense en t; sueo en t; t eres mi nica alegra...

Y el padre Dmaso se ech  llorar como un nio.

--Pues bien, si me ama usted no me haga eternamente desgraciada;
l ya no vive, quiero ser monja.

--Ser monja, ser monja!--repiti.--,T no sabes, hija ma, la
vida, el misterio que se oculta detrs de los muros del convento,
t no lo sabes! prefiero mil veces verte infeliz en el mundo que
en claustro... Aqu tus quejas pueden oirse; all slo tendrs los
muros... T eres hermosa; muy hermosa, y no has nacido para l,
para esposa de Cristo. Creme, hija ma, el tiempo lo borra todo;
ms tarde te olvidars, amars, y amars  tu marido...  Linares.

--O el convento ... la muerte!--repiti Mara Clara.

--El convento, el convento  la muerte!--exclam el padre
Dmaso.--Mara, yo ya soy viejo, no podr velar ms tiempo por ti y
por tu tranquilidad... Escoge otra cosa, busca otro amor, otro joven,
sea quien quiera, todo menos el convento.

--El convento  la muerte!

--Dios mo, Dios mo!--grit el sacerdote, cubrindose la cabeza
con las manos;--t me castigas, sea; pero vela por mi hija...

Y volvindose  la joven:

--Quieres ser monja? lo sers; no quiero que mueras.

Mara Clara le cogi ambas manos, las estrech, las bes
arrodillndose.

--Padrino, padrino mo!--repeta.

Fray Dmaso sala despus triste, cabizbajo y suspirando.

--Dios, Dios, t existes puesto que castigas! Pero vngate en m y
no hieras al inocente, salva  mi hija.






LXIII

LA NOCHEBUENA


Arriba, en la vertiente de la montaa, junto  un torrente, se
esconde entre los rboles una choza, construda sobre troncos. Sobre
su techo de kogon [175], trepa ramosa, cargada de frutas y flores,
la calabaza; adornan el rstico hogar cuernas de venado, calaveras de
jabal, algunas con largos colmillos. All vive una familia tagala,
dedicada  la caza y  cortar leas.

A la sombra de un rbol, el abuelo hace escobas con los nervios de la
palma, mientras una joven coloca en un cesto huevos de gallina, limones
y legumbres. Dos muchachos, un nio y una nia, juegan al lado de otro,
plido, melanclico, de ojos grandes y mirada profunda, sentado sobre
un cado tronco. En sus enflaquecidas facciones reconoceremos al hijo
de Sisa, Basilio, el hermano de Crispn.

--Cuando te pongas bueno del pie,--le deca la nia,--jugaremos pico
pico con escondite, yo ser la madre.

--Subirs con nosotros  la cumbre del monte, aada el nio, bebers
sangre de venado con zumo de limn y te pondrs grueso, y entonces
te ensear  saltar de roca en roca, encima del torrente.

Basilio sonrea con tristeza, miraba la llaga de su pie, y despus
diriga la vista al sol que brillaba esplndido.

--Vende estas escobas,--dijo el abuelo  la joven,--y compra algo
para tus hermanos que hoy es la Pascua.

--Reventadores, quiero reventadores!--grit el nio.

--Yo, una cabeza para mi mueca!--grit la nia, cogiendo  su
hermana del tapis.

--Y t qu quieres?--pregunt el abuelo  Basilio.

Este se levant trabajosamente y se acerc al anciano.

--Seor;--le dijo,--he estado, pues, enfermo ms de un mes?

--Desde que te encontramos desmayado y lleno de heridas, han pasado
dos lunas; creamos que ibas  morir...

--Dios os pague; nosotros somos muy pobres!--repuso Basilio;--pero
ya que hoy es Pascua, quiero irme al pueblo para ver  mi madre y 
mi hermanito. Me estarn buscando.

--Pero, hijo, todava no ests bueno y tu pueblo est lejos; no llegas
 media noche.

--No importa, seor! Mi madre y mi hermanito deben estar muy tristes;
todos los aos pasamos juntos esta fiesta... el ao pasado comimos un
pescado entre nosotros tres... Madre habr estado llorando buscndome.

--No llegars vivo al pueblo, muchacho! Esta noche tenemos gallina
y tapa de jabal. Mis hijos te buscarn cuando vengan del campo...

--Tenis muchos hijos, y mi madre no tiene ms que  nosotros dos;
acaso me cree ya muerto. Esta noche quiero darle una alegra, un
aguinaldo... un hijo.

El anciano sinti humedecerse sus ojos, puso la mano sobre la cabeza
del nio y le dijo conmovido:

--Pareces un viejo! Anda, vete, busca  tu madre, dale el
aguinaldo... de Dios, como dices; si hubiese sabido el nombre de tu
pueblo, habra ido all cuando estabas malo. Anda, hijo mo, que Dios
y el Seor Jesus te acompaen. Luca, mi nieta, ir contigo hasta el
prximo pueblo.

--Cmo? te vas?--le pregunta el nio.--All abajo hay soldados,
hay machos ladrones. No quieres ver mis reventadores? Pum purumpum!

--No quieres jugar gallina ciega con escondite?--pregunta  su vez la
nia;--te has escondido alguna vez? Verdad, no hay cosa ms agradable
que ser perseguido y esconderse.

Basilio se sonri; cogi su bastn y con lgrimas en los ojos:

--Volver pronto,--dijo;--traer  mi hermanito, le veris y jugaris
con l; es tan grande como t.

--Anda tambin cojeando?--pregunt la nia;--entonces le haremos
madre en el pico pico.

--No te olvides de nosotros,--le deca el anciano;--llvate esta tapa
de jabal y dselo  tu madre.

Los nios le acompaaron hasta el puente de caa, colocado sobre el
torrente de alborotado curso.

Luca le hizo apoyarse sobre su brazo y desaparecieron de la vista
de los nios.

Basilio marchaba ligero  pesar de su pierna vendada.



El viento del norte silba y los habitantes de San Diego tiritan
de fro.

Es la Nochebuena, y sin embargo, el pueblo est triste. Ni un farol
de papel cuelga de las ventanas, ningn ruido en las casas anuncia
regocijo como otros aos.

En el entresuelo de la casa de capitn Basilio, hablan al lado de
una reja ste y don Filipo (la desgracia del ltimo los haba hecho
amigos), mientras que en la otra miran hacia la calle Sinang, su
prima Victoria y la bella Iday.

La luna, menguante, empezaba  brillar en el horizonte y doraba nubes,
rboles y casas, proyectando largas y fantsticas sombras.

--No es poca fortuna la vuestra, salir absueltos en estos
tiempos!--deca capitn Basilio  don Filipo; os han quemado vuestro
libros, s, pero otros han perdido ms.

Una mujer se acerc  la reja y mir hacia el interior. Sus ojos eran
brillantes, sus facciones demacradas, su cabellera suelta y desgreada:
la luna le daba un aspecto singular.

--Sisa!--exclam sorprendido don Filipo,--y volvindose  capitn
Basilio, mientras la loca se alejaba.

--No estaba en casa de un mdico?--pregunt;--se ha curado ya?

Capitn Basilio se sonri amargamente.

--El mdico tuvo miedo de que le acusasen como amigo de don Crisstomo
y la despidi de su casa. Ahora vaga otra vez tan loca como siempre,
canta, es inofensiva y vive en el bosque...

--Qu cosas ms han sucedido en el pueblo desde que lo dejamos? S
que tenemos cura nuevo y nuevo alfrez...

--Terribles tiempos, la humanidad retrocede!--murmura capitn Basilio
pensando en el pasado.--Veris: al da siguiente de vuestra marcha
encontraron muerto al sacristn mayor, colgado del zaquizam de su
casa. El padre Salv sinti mucho su muerte y se apoder de todos sus
papeles. Ah! el filsofo Tasio muri tambin y fu enterrado en el
cementerio de los chinos.

--Pobre don Anastasio!--suspir don Filipo;--y sus libros?

--Fueron quemados por los piadosos, que as crean agradar  Dios. Nada
pude salvar, ni los libros de Cicern... el gobernadorcillo no hizo
nada por impedirlo.

Ambos guardaron silencio.

En aquel momento se oa el canto triste y melanclico de la loca.

--Sabes cundo se casa Mara Clara?--preguntaba Yday  Sinang.

--No lo s,--contest sta:--recib una carta de ella, pero no la
abro por temor de saberlo. Pobre Crisstomo!

--Dicen que si no es por Linares,  capitn Tiago le ahorcan; qu
iba  hacer Mara Clara?--observ Victoria.

Un muchacho pas cojeando; corra en direccin  la plaza, de donde
parta el canto de Sisa. Es Basilio. El nio ha encontrado su casa,
desierta y en ruinas; despus de muchas preguntas slo sac que su
madre estaba loca y vagaba por el pueblo: de Crispn ni una palabra.

Basilio tragse las lgrimas, ahog el dolor y sin descansar fu
 buscar  su madre. Lleg al pueblo, pregunt por ella y un canto
hiri sus odos. El infeliz domin el temblor de sus piernas y quiso
correr para arrojarse en los brazos de su madre.

La loca dej la plaza y se lleg delante de la casa del nuevo
alfrez. Ahora como antes hay un centinela en la puerta, y una cabeza
de mujer se asoma  la ventana, pero no es la Medusa, es una joven:
alfrez y desgraciado no son sinnimos.

Sisa empez  cantar delante de la casa, mirando  la luna, que se
meca majestuosa en el cielo azul entre nubes de oro. Basilio la vea
y no se atreva  acercarse, esperando quizs que abandone el sitio;
andaba de un lado  otro, pero evitando aproximarse al cuartel.

La joven que estaba en la ventana escuchaba atenta el canto de la loca,
y mand al centinela que le hiciese subir.

Sisa, al ver acercarse al soldado y oir su voz, llena de terror,
echse  correr, y sabe Dios cmo corre una loca. Basilio sigue detrs
de ella, y temiendo perderla, corre y olvida los dolores de sus pies.

--Mirad cmo ese muchacho persigue  la loca!--exclamaba indignada
una criada que estaba en la calle.

Y viendo que la segua persiguiendo, cogi una piedra y la lanz
contra l diciendo:

--Toma! qu lstima que est atado el perro!

Basilio sinti un golpe en su cabeza, pero continu corriendo sin hacer
caso. Los perros le ladraban, los gansos graznaban, unas ventanas se
abran para dar paso  un curioso; cerrbanse otras temindose otra
noche de alborotos.

Llegaron fuera del pueblo. Sisa empez  moderar su carrera; gran
distancia la separaba de su perseguidor.

--Madre!--le grit cuando la distingui.

La loca, apenas oy la voz, comenz de nuevo  huir.

--Madre, soy yo!--grit el muchacho desesperado.

La loca no oa, el hijo segua jadeante. Los sembrados haban pasado
y estaban ya cerca del bosque.

Basilio vi  su madre entrar en l y entr tambin. Las matas, los
arbustos, los espinosos juncos y las races salientes de los rboles
impedan la carrera de ambos. El hijo segua la silueta de su madre,
alumbrada de cuando en cuando por los rayos de la luna, penetrando
al travs de los claros y las ramas. Era el misterioso bosque de la
familia de Ibarra.

El muchacho tropez varias veces cayendo, pero se levantaba, no
senta dolor; toda su alma se reconcentraba en sus ojos, que seguan
la querida figura.

Pasaron el arroyo que murmuraba dulcemente; las espinas de las caas,
cadas en el barro de la orilla, se hundan en sus pies desnudos:
Basilio no se detena para arrancarlas.

Con gran sorpresa vi que su madre se internaba en la espesura
y entraba por la puerta de madera, que cierra la tumba del viejo
espaol al pi del balit.

Basilio trat de hacer lo mismo pero hall la puerta cerrada. La loca
defenda la entrada con sus descarnados brazos y desgreada cabeza,
mantenindola cerrada con todas sus fuerzas.

--Madre, soy yo, soy yo, soy Basilio, vuestro hijo!--grit el
extenuado muchacho dejndose caer.

Pero la loca no ceda; apoyndose con los pies contra el suelo ofreca
una enrgica resistencia.

Basilio golpe la puerta con el puo, con su cabeza, baada en
sangre, llor, pero en vano. Levantse trabajosamente, mir al muro,
pensando escalarlo, pero nada hall. Lo rode entonces y vi una
rama del fatdico baliti cruzndose con la de otro rbol. Trep:
su amor filial haca milagros, y de rama en rama pas al balit,
y vi  su madre sosteniendo an con su cabeza las hojas de la puerta.

El ruido que haca en las ramas llam la atencin de Sisa; volvise
y quiso huir, pero el hijo, dejndose caer del rbol, la abraz y la
cubri de besos, perdiendo despus el sentido.

Sisa vi la frente baada en sangre; inclinse hacia l, sus ojos
parecan saltar de las rbitas; le mir en la cara, y aquellas plidas
facciones sacudieron las dormidas clulas de su cerebro, algo como una
chispa brot en su mente, reconoci  su hijo y, soltando un grito,
cay sobre el desmayado muchacho, abrazndole y besndole.

Madre  hijo permanecieron inmviles...

Cuando Basilio volvi en s hall  su madre sin sentido. La llam,
prodigle los ms tiernos nombres y, viendo que ni respiraba ni
despertaba, levantse, fu al arroyo  sacar un poco de agua en un
cucurucho de hojas de pltano y roci con ella el plido rostro de su
madre. Pero la loca no hizo el menor movimiento, sus ojos continuaron
cerrados.

Basilio la mir espantado; aplic su odo al corazn de ella, pero
el flaco y marchito seno estaba fro y el corazn no lata: puso los
labios sobre sus labios y no percibi ningn aliento. El desgraciado
abraz el cadver y llor amargamente.

La luna brillaba en el cielo majestuosa, la brisa vagaba suspirando
y debajo de la hierba los grillos trinaban.

La noche de luz y alegra para tantos nios, que en el amable seno de
la familia celebran la fiesta de ms dulces recuerdos, la fiesta que
conmemora la primera mirada de amor que el cielo envi  la tierra;
esa noche en que todas las familias cristianas comen, beben, bailan,
cantan, ren, juegan, aman, se besan... esa noche, que en los pases
fros es mgica para la niez con su tradicional rbol de pino,
cargado de luces, muecas, confites y oropeles, que miran deslumbrados
los redondos ojos donde se refleja la inocencia, esa noche no ofrece
 Basilio ms que una orfandad. Quin sabe? Acaso en el hogar del
taciturno padre Salv juegan tambin los nios, acaso se canta:


                    La Nochebuena se viene,
                    La Nochebuena se va...


El nio llor y gimi mucho y cuando levant la cabeza, vi un hombre
delante de s, que le contemplaba en silencio. El desconocido le
pregunt en voz baja:

--Eres el hijo?

El muchacho afirm con la cabeza.

--Qu piensas hacer?

--Enterrarla!

--En el cementerio?

--No tengo dinero, y adems no lo permitira el cura.

--Entonces...?

--Si me quisiseis ayudar...

--Estoy muy dbil,--contest el desconocido que se dej caer poco
 poco en el suelo, apoyndose con ambas manos en tierra;--estoy
herido... hace dos das que no he comido ni dormido... No ha venido
ninguno esta noche?

El hombre permaneci pensativo, contemplando la interesante fisonoma
del muchacho.

--Escucha!--continu en voz ms dbil;--habr muerto tambin antes
que venga el da... A veinte pasos de aqu,  la otra orilla del
arroyo, hay mucha lea amontonada; trela, haz una pira, pon nuestros
cadveres encima, cbrelos y prende fuego, mucho fuego hasta que nos
convirtamos en cenizas...

Basilio escuchaba.

--Despus, si ningn otro viene... cavars aqu, encontrars mucho
oro... y todo ser tuyo. Estudia!

La voz del desconocido se haca cada vez ms ininteligible.

--Ve  buscar la lea... quiero ayudarte.

Basilio se alej. El desconocido volvi la cara hacia el Oriente y
murmur como orando:

--Muero sin ver la aurora brillar sobre mi patria!... vosotros,
que la habis de ver, saludadla... no os olvidis de los que han
cado durante la noche!

Levant sus ojos al cielo, sus labios se agitaron como murmurando
una plegaria, despus baj la cabeza y cay lentamente en tierra...

Dos horas ms tarde, Hermana Rufa estaba en el batalan [176] de su
casa haciendo sus abluciones matinales para ir  misa. La piadosa
mujer miraba al cercano bosque y vi subir una gruesa columna de humo;
frunci las cejas y, llena de santa indignacin, exclam:

--Quin ser el hereje que en da de fiesta hace kaingin [177]. Por
eso vienen tantas desgracias! Prueba ir al Purgatorio y vers si te
saco de all, salvaje!






EPLOGO


Viviendo an muchos de nuestros personajes, y habiendo perdido de
vista  los otros, es imposible un verdadero eplogo. Para bien de la
gente, mataramos con gusto  todos nuestros personajes empezando por
el P. Salv y acabando por doa Victorina, pero no es posible... que
vivan! el pas y no nosotros los ha de alimentar al fin...

Desde que Mara Clara entr en el convento, el P. Dmaso dej el
pueblo para vivir en Manila, al igual del P. Salv, que, mientras
espera mitra vacante, predica varias veces en la iglesia de Santa
Clara, en cuyo convento desempea un cargo importante. No pasaron
muchos meses, y el P. Dmaso recibi orden del M. R. P. Provincial
para desempear el curato en una provincia muy lejana. Cuntase que
tom tanto pesar en ello, que al da siguiente le hallaron muerto en
su alcoba. Unos dijeron que muri de apopleja, otros de una pesadilla,
pero el mdico disip las dudas declarando que muri de repente.

Ninguno de nuestros lectores reconocera ahora  capitn Tiago si le
viese. Ya semanas antes de profesar Mara Clara cay en un estado de
abatimiento tal, que empez  enflaquecer y  ponerse muy triste,
meditabundo y desconfiado, como su examigo, el infeliz capitn
Tinong. Tan pronto como las puertas del convento se cerraron, orden
 su desconsolada prima, la ta Isabel, recogiese cuanto  su hija y
difunta esposa haba pertenecido, y se fuese  Malabn  San Diego,
pues quera vivir solo en adelante. Dedicse al liamp y  la gallera
con furia, y empez  fumar opio. Ya no va  Antipolo, ni manda decir
misas; doa Patrocinio, su vieja competidora, celebra piadosamente
su triunfo, ponindose  roncar durante los sermones. Si alguna vez,
al caer de la tarde, os paseis por la primera calle de Santo Cristo,
veris, sentado en la tienda de un chino, un hombre pequeo, amarillo,
flaco, encorvado, con los ojos hundidos y soolientos, labios y uas
de un color sucio, mirando  la gente como si no la viese. Al llegar
la noche le veris levantarse con trabajo, y, apoyado en un bastn,
dirigirse  una estrecha esquinita, entrar en una sucia casucha,
encima de cuya puerta se lee en grandes letras rojas: FUMADERO
PBLICO DE ANFION [178]. Este es aquel capitn Tiago tan clebre,
hoy completamente olvidado, hasta del mismo sacristn mayor.

Doa Victorina ha aadido  sus rizos postizos y  su andaluzamiento,
si se nos permite la palabra, la nueva costumbre de querer guiar los
caballos del coche, obligando  don Tiburcio  estarse quieto. Como
por la debilidad de su vista sucedan muchas calamidades, ella usa
ahora quevedos, que le dan un aspecto famoso. El doctor no ha vuelto
 ser llamado para asistir  nadie; los criados le ven muchos das
de la semana sin dientes, lo cual, como saben nuestros lectores,
es de muy mal agero.

Linares, nico defensor de este desgraciado, hace tiempo descansa
en Paco vctima de una disentera y de los malos tratamientos de
su cuada.

El victorioso alfrez se fu  Espaa de teniente con grado de
comandante, dejando  su amable mujer en su camisa de franela, cuyo
color es ya incalificable. La pobre Ariadna, al verse abandonada,
se consagr tambin, como la hija de Minos, al culto de Baco y al
cultivo del tabaco, y bebe y fuma con tal pasin, que ya la temen no
slo las jovencitas sino tambin las viejas y los chiquillos.

Vivirn probablemente an nuestros conocidos del pueblo de San Diego,
si es que no se han muerto en la explosin del vapor Lipa, que
haca el viaje  la provincia. Como nadie se cuid de saber quines
fueron los infelices que en aquella catstrofe murieron,  quines
pertenecieron las piernas y brazos desparramados en la isla de la
Convalecencia y en las orillas del ro, ignoramos por completo si entre
ellos iba algn conocido de nuestros lectores. Estamos satisfechos,
como el gobierno y la prensa de entonces, con saber que el nico fraile
que en el vapor estaba se ha salvado y no pedimos ms. Lo principal
para nosotros es la vida de los virtuosos sacerdotes, cuyo reinado
en Filipinas conserve Dios para bien de nuestras almas [179].

De Mara Clara no se volvi  saber nada ms, sino que el sepulcro
parece la guarda en su seno. Hemos preguntado  varias personas de
mucha influencia en el santo convento de Santa Clara, pero nadie nos
ha querido decir una sola palabra, ni aun las charlatanas devotas,
que reciben la famosa fritada de hgados de gallinas, y la salsa ms
famosa an, llamada de las monjas, preparada por la inteligente
cocinera de las Vrgenes del Seor.

Sin embargo, una noche de Septiembre ruga el huracn y azotaba con
sus gigantescas alas los edificios de Manila; el trueno retumbaba 
cada instante; relmpagos y rayos alumbraban por momentos los estragos
del vendaval y suman  los habitantes en espantoso terror. La lluvia
caa  torrentes. A la luz del relmpago  del rayo que culebreaba se
vea un pedazo de techo, una ventana volar por los aires, desplomarse
con horrible estrpito: ni un coche, ni un caminante atravesaba las
calles. Cuando el ronco eco del trueno, cien veces repercutido, se
perda  lo lejos, entonces se oa suspirar al viento, que arremolinaba
la lluvia, produciendo un repetido trac-trac contra las conchas de
las cerradas ventanas.

Dos guardias cobijbanse en un edificio que se construa cerca del
convento: eran un soldado y un distinguido.

--Qu hacemos aqu?--deca el soldado;--nadie anda por la
calle... debamos irnos  una casa; mi querida vive en la calle
del Arzobispo.

--De aqu all hay buen trecho y nos mojaremos,--contesta el
distinguido.

--Qu importa con tal que no mate el rayo?

--Bah! no tengas cuidado; las monjas deben tener un pararrayos
para librarse.

--S!--dice el soldado;--pero de qu sirve si est la noche tan
oscura?

Y levant la vista hacia lo alto para ver en la oscuridad: en aquel
momento brill un relmpago repetido y seguido de un formidable trueno.

--Naku! Susmarisep! [180]--exclam el soldado persignndose,
y estirando  su compaero:--vmonos de aqu!

--Qu te pasa?

--Vmonos, vmonos de aqu!--repiti castaetendole los dientes
de miedo.

--Qu has visto?



--Un fantasma!--murmur todo tembloroso.

--Un fantasma?

--Sobre el tejado... debe ser la monja que recoge brasas durante
la noche!

El distinguido sac la cabeza y quiso ver.

Brill otro relmpago y una vena de fuego surc el cielo, dejndose
oir un horrible estallido.

--Jess!--exclam persignndose tambin.

En efecto,  la brillante luz del meteoro haba visto una figura
blanca, de pie, casi sobre el caballete del tejado, dirigidos al
cielo los brazos y la cara, como implorndole. El cielo responda
con rayos y truenos!

Tras el trueno se oy un quejido triste.

--No es el viento, es el fantasma!--murmur el soldado como
respondiendo  la presin de mano de su compaero.

--Ay! ay!--cruzaba el aire sobreponindose al ruido de la lluvia: el
viento no poda cubrir con sus silbidos aquella voz dulce y lastimera,
llena de desconsuelo.

Brill otro relmpago de una deslumbrante intensidad.

--No, no es fantasma!--exclam el distinguido;--la he visto otra vez;
es hermosa como la Virgen... Vmonos de aqu y demos parte!

El soldado no se hizo repetir la invitacin y ambos desaparecieron.

Quin gime en medio de la noche,  pesar del viento, de la lluvia y
de la tempestad? quin es la tmida virgen, la esposa de Jesucristo,
que desafa los desencadenados elementos y escoge la tremenda noche y
el libre cielo, para exhalar desde una peligrosa altura sus quejas 
Dios? Habr abandonado el Seor su templo en el convento y no escucha
ya las plegarias? no dejarn tal vez sus bvedas que la aspiracin
del alma suba hasta el trono del Misericordioso?

La tempestad se desencaden furiosa durante casi toda la noche;
durante la noche no brill una sola estrella; los ayes desesperados,
mezclados con los suspiros del viento, continuaron, pero hallaron
sordos  la naturaleza y  los hombres: Dios se haba velado y no oa.

Al da siguiente, cuando, despejado el cielo de oscuras nubes, el sol
brill de nuevo en medio del ter purificado, un coche se detena 
la puerta del convento de Santa Clara y descenda de l un hombre,
que se di  conocer como representante de la autoridad y pidi hablar
inmediatamente con la abadesa y ver  todas las monjas.

Cuntase que apareci una con el hbito todo mojado, hecho jirones,
y pidi llorando el amparo del hombre contra las violencias de la
hipocresa delatando horrores. Cuntase tambin que era hermossima,
que tena los ms bellos y expresivos ojos que jams se hayan visto.

El representante de la autoridad no la acogi: parlament con la
abadesa y la abandon  pesar de sus ruegos y lgrimas. La joven
monja vi cerrarse la puerta detrs del hombre, como el condenado
vera cerrarse para l las puertas del cielo, si alguna vez el cielo
llegaba  ser tan cruel  insensible como los hombres. La abadesa
deca que era una loca.

El hombre no sabra tal vez que en Manila hay un hospicio para
dementes,  acaso juzgara que el convento de monjas era slo un asilo
de locas, aunque se pretende que aquel hombre era bastante ignorante,
sobre todo para poder decidir cundo una persona est en su juicio
 no.

Cuntase tambin que el general seor J. [181]--pens de otra manera,
y que cuando el hecho lleg  sus odos, quiso proteger  la loca y
la pidi.

Pero esta vez no apareci ninguna hermosa y desamparada joven, y la
abadesa no permiti que se visitase el claustro, invocando para ello
el nombre de la religin y los Santos Estatutos.

Del hecho no se volvi  hablar ms, como tampoco de la infeliz
Mara Clara.


                                  FIN






ADVERTENCIA: La biografa de Jos Rizal ha sido redactada con arreglo 
las notas facilitadas por el sabio gegrafo Fernando Blumentritt. Los
seores E. Reclus, Henry Lucas y E. Lpez han contribudo tambin 
esta obra con datos relativos  la flora de Filipinas.






NDICE


                                                  Pginas

        Jos Rizal y Mercado (Biografa)                5
        Mi ltimo pensamiento (poesa)                  8
        A mi patria                                    13
        Una reunin                                    15
        Crisstomo Ibarra                              26
        La cena                                        29
        Hereje y filibustero                           34
        Una estrella en noche oscura                   40
        Capitn Tiago                                  42
        Idilio en una azotea                           52
        Recuerdos                                      61
        Cosas del pas                                 65
        El pueblo                                      69
        Los soberanos                                  72
        Todos los Santos                               77
        Presagios de tempestad                         81
        Tasio el loco  el filsofo                    84
        Los sacristanes                                93
        Sisa                                           97
        Basilio                                       102
        Almas en pena                                 107
        Aventuras de un maestro de escuela            113
        La junta en el Tribunal                       121
        Historia de una madre                         132
        Luces y sombras                               139
        La pesca                                      142
        En el bosque                                  154
        En casa del filsofo                          166
        La vspera de la fiesta                       176
        Al anochecer                                  183
        Correspondencias                              190
        La maana                                     196
        En la iglesia                                 201
        El sermn                                     205
        La cabria                                     214
        Libre Pensamiento                             223
        La comida                                     226
        Comentarios                                   235
        La primera nube                               241
        Su Excelencia                                 244
        La procesin                                  252
        Doa Consolacin                              256
        El derecho y la fuerza                        266
        Dos visitas                                   273
        Los esposos de Espadaa                       275
        Proyectos                                     286
        Examen de conciencia                          289
        Los perseguidos                               294
        La gallera                                    300
        Las dos seoras                               309
        El enigma                                     313
        La voz de los perseguidos                     316
        La familia de Elas                           325
        Cambios                                       331
        La carta  los muertos y las sombras          334
        Il buon d si conosce da mattina              339
        Quidquid latet, apparebit, etc.               344
        La catstrofe                                 350
        Lo que se dice y lo que se cree               355
        V victis!                                   361
        El maldito                                    369
        Patria  intereses                            372
        Mara Clara se casa                           382
        La caza en el lago                            392
        El padre Dmaso se explica                    398
        La Nochebuena                                 401
        Eplogo                                       408






NOTAS


[1] Un cuadro parecido existe en el convento de Antipolo (Nota de la
edicin de Berln).

[2] Hojas de betel (Piper Betle L.), cubiertas de cal hidratada y
arrolladas  un pedazo de nuez de bonga (Areca Catechu L.) En lengua
tagala buga, quiere decir: El fruto por excelencia.

[3] Mendieta, personaje muy conocido en Manila, portero de la
Alcalda, empresario de teatros infantiles, director de un To Vivo,
etctera.--Quiapo, pueblecillo situado en los alrededores de Manila.

[4] Arroz cocido con agua y que forma la base de la alimentacin de
los indgenas.

[5] Bailes populares.

[6] Guisado.

[7] Alude al general Terreros, que ya ha muerto.

[8] Inocente juego de palabras. Savalls es un famoso cabecilla
carlista.

[9] Dice que no lo quiere y eso es precisamente lo que quiere. Frase
del llamado espaol de tiendas que se habla en Manila y Cavite.

[10] Los filipinos ignorantes suelen cambiar la n en .

[11] Para que se vea cmo pronuncia el chino las lenguas europeas,
diremos que Pidgin es corrupcin de la voz inglesa business; y as,
Pidgin-English significa ingls comercial.

[12] Muchacho.

[13] Binondo, arrabal de Manila.

[14] Tela fabricada con la fibra de la pia de Amrica (Bromelia
Ananas).

[15] Buyo mascado.

[16] Lugar en que se verifican las rias de gallos. Vase el captulo
XLVI.

[17] Hierba llamada tambin talango; forraje de diversas gramneas
y en especial de la Russelia junceum.

[18] Tela de algodn fabricada en la India.

[19] Sable de los moros joloanos.

[20] Gallo con espoln.

[21] Pueblo de la Laguna (Luzn.)

[22] Dios quiera que se cumpla pronto esta profeca para el autor del
librito y todos los que le creemos. Amn. (N. de la edicin de Berln).

[23] Sinigang, sopa de pescado cocido con agua y sazonado con algunas
frutas cidas. Dalag (Ophiocephalus), abundante en los ros, los
lagos y pantanos, que en la estacin de las lluvias se encuentra en
los arrozales y tambin en los campos inundados. Alibambang, Bauhinia
malabrica Roxb.

[24] Sangley  buhonero chino.

[25] Serenatas.

[26] Nipa fruticans, Burm. En Filipinas, se da el nombre de casas
de nipa  las que tienen el techo formado con las anchas hojas de
ese rbol.

[27] La Biblia de Torres Amat, arzobispo de Tarragona.

[28] Sampaga  sampaca (magnoliceas).

[29] Remo de madera, de una sola pieza.

[30] Y pensar que al autor de este libro se le fusil como
filibustero!

[31] Conchas (Cypra moneta) que sirven de moneda como los caures. Se
exportan en gran nmero  Siam.

[32] Sintak y siklot, juegos infantiles.

[33] Prenda entregada por el perdidoso, que recibe unos golpes en
el brazo.

[34] Juego filipino parecido al boliche. Consiste en echar pedrezuelas
 los agujeros de una tabla de madera colocada  cierta distancia de
los jugadores. Estos son dos, y sale ganando el que introduce mayor
nmero de piedras.

[35] Jabn fabricado con la raiz triturada de la Entada scandens,
Benth,  de la Entada purseta (mimosas).

[36] Tulisn, bandido, partidario.

[37] Sombrero hecho con caas y fibras de anajao (Corypha minor).

[38] Es una de las mejores calles y la ms comercial de Manila;
hace algunos aos se llamaba camarines  los vetustos edificios de
un solo piso, en los cuales se hallaban establecidos tenderos chinos.

[39] Embarcacin pequea y estrecha, de uso comn en Filipinas.

[40] All, como es sabido, muri Rizal.

[41] O abac, camo de Manila, elaborado con el tronco de una de
las numerosas variedades de bananos, cuya corteza contiene filamentos
parecidos  los del loes. Este banano (Musa textilis) es objeto de
un gran comercio en el archipilago.

[42] Palacio del Gobernador General de Filipinas.

[43] No hemos podido encontrar ningn pueblo de este nombre, pero s
muchos de estas condiciones (Nota de la edicin de Berln).

[44] Arbol clasificado entre las palmeras. Su filamento sirve para
hacer cuerdas.

[45] Baniano de las Indias, rbol  veces gigantesco.

[46] Frutos del guayabo y del papayo; lomboi (Eugenia Jambolana, Lam.).

[47] Es una especie de enrejado de caas.

[48] Venerable Orden de san Francisco.

[49] Brujos.

[50] Filamento de un helecho que abunda en Filipinas.

[51] Solanum sanctum, L. y Tabernaemontana Pandacaqui Poir. gnero
este ltimo perteneciente  las apocinceas.

[52] Cananga odorata  Uvaria aromtica, anoncea.

[53] Clamus mximus, notable por su dureza.

[54] Los dems estn suspendidos en el vaco.

[55] Hoy estars conmigo en el Paraso. (No creemos ofender la
ilustracin de los lectores, al poner en castellano estas conocidas
frases. Nuestro propsito es dar la explicacin completa del texto,
y hacerle inteligible para todos. Adems, en la edicin alemana el
propio autor explica por medio de notas algunas de las citas latinas
que puso en boca de sus personajes.)

[56] Es preciso creer que el Purgatorio es anterior al juicio de
faltas leves.

[57] Con la Iglesia catlica, enseada por el Espritu Santo.

[58] Lo que hubieres atado en la tierra...

[59] Hasta el Purgatorio, etc.

[60] Palabra china que sirve para designar la mecha de una lamparilla.

[61] Pavimento de caa.

[62] Caballete del techo.

[63] Lagarto que vive en las casas de los filipinos y es notable por
su grito, con el que repite muchas veces la palabra toco.

[64] Diminutivo de Basilisa, Narcisa y otros nombres de anloga
terminacin.

[65] Sentse el negro y el rojo le mir; transcurri un momento y
reson el kikirik.

[66] Buceros hydrocrax, pjaro levirrostro, que tiene sobre el medio
pico superior una excrecencia de 6 pulgadas de largo por 3 de ancho. Su
voz es muy rara, semejante al mugido de un becerro.

[67] Respndeme.

[68] Candil.

[69] Sueo  realidad, no sabemos que esto le haya sucedido 
ningn franciscano; del agustino padre Piernavieja se cuenta algo
parecido. (Nota de la edicin de Berln).

[70] Nephelium glabrum, Noron.

[71] Mezquino, avaro (N. de la edic. de Berln.)

[72] Hemionitis incisa, leguminosa de China. Bailln la llama pak-choi.

[73] Amargoso, Momrdica balsamina; patola, Luffa gyptiaca, Mill:
zarzalida  salsalida, Mollugo subserrata.

[74] Pequeas embarcaciones; los paraos estn adornados con caas.

[75] En Filipinas, Tribunal equivale  Ayuntamiento.

[76] Agentes del municipio.

[77] Jefe de barangay  balangay, oficial municipal, cabeza de un
grupo de 50  60 familias. Segn Reclus, el nombre de balangay 
barca recuerda el tiempo en que los piratas  emigrantes malayos,
ascendientes de los filipinos, venan al Archipilago en embarcaciones
ms frgiles que el sampn chino y acampaban junto al mar. De aqu
que  las primeras poblaciones se las llamase barangay, como  la
barca de este nombre.

[78] Es el ttulo que se da  los gobernadorcillos.

[79] Pura broma!

[80] Juego chino.

[81] El vulgo cree que las almas de los nios que mueren al nacer,
se trasforman en duendes, en tianaks  en tikbalangs. Estos ltimos
son gigantes que tienen algo de Tntalo y  la vez del Judo Errante
y los genios de los cuentos orientales.

[82] Mara del Makiling. El Makiling es una montaa de la isla
de Luzn.

[83] Kasuy, Anacardium occidentale, L.; lanzones, fruto del Lansium
domsticum, Jac.

[84] Tikin, timn.

[85] Kalan, hornillo.

[86] Mezcla de agua, miel y jengibre: se usa contra la tos.

[87] Crex tuberosa, P. Bl. (ciperceas).

[88] Corral de pesca, atajadizo.

[89] Frutos de la Averrhoa Carambola, L., tamimbia de Filipinas.

[90] Arma blanca, de hoja ancha y corta. Es parecida al machete.

[91] Vestido de los franciscanos.

[92] Cuidado con caer!

[93] Kupang  copang, Mimosa peregrina (leguminosas).

[94] Ates, frutos de la Anona squamosa. Chicos, frutos del Achras
Sapota, L. Mangas, frutos de la Mangfera ndica.

[95] Salsa que se obtiene haciendo macerar en vinagre brotes tiernos
de la col palmista  del bamb.

[96] Tela de seda.

[97] Enramada de caa.

[98] Medida equivalente  medio cahiz.

[99] Arbol llamado cientficamente Alocasia macrorhiza, Schott.

[100] Semillas negras y redondas del Abrus precatorius (rosario de
cuentas, papilionceas).

[101] Juego de origen chino.

[102] Interjeccin que equivale  Claro est!

[103] Especie de nelumbium, planta acutica.

[104] Si  tu llegada viene  verte, con cara sonriente y carioso
gesto, s ms prudente que nunca: es un traidor, un encubierto enemigo.

[105] Eh! Se dice para avisar  los transeuntes.

[106] La vivienda del diablo; la casa de Tcame-Roque.

[107] El que fu arzobispo de Toledo, primado de las Espaas.

[108] Tela fabricada con el filamento de una variedad del abac,
llamada albay.

[109] Hablarn todas las lenguas.

[110] Errare humanum est.

[111] Los chinos cambian la d en l: Pale Lmaso por padre Dmaso.

[112] Hermanos mos en Jesucristo.

[113] Venerable Santo patrn.

[114] Cspita!

[115] Among, seor.

[116] Para despedirle. Sulung, vete.

[117] Hemos vivido entre esas gentes slo para enriquecernos y
calumniados.

[118] Bolsita de tela.

[119] Cestitos hechos con filamentos de la Dillenia ph. (magnoliceas).

[120] Filamentos de un helecho de Filipinas, que se emplean para
tejer petacas y salakots.

[121] Compadre. Cumare, comadre.

[122] Filibustero.

[123] Tarantado, picado de la tarntula; saragate, buscarruidos.

[124] Indgena que profesa la religin catlica.

[125] Vete  la porra!

[126] Literalmente, el viejo del barrio.

[127] En Filipinas las ventanas de las casas son de madera y tienen,
en vez de cristales, conchas de ncar, blancas, finas y transparentes,
que forman un tablero de cuadros y rombos.

[128] Poltico espaol. Autor de Las Islas Filipinas, Madrid, 1880;
Recuerdos de Filipinas, y Las I. F. De todo un poco.

[129] Hechicero.

[130] Kundiman, cancin

[131] Vamos,  cantar!

[132] Europea.

[133] En 1879.

[134] En Calamba sucedi un hecho igual. (N. de la edicin de Berln).

[135] Para los que vienen tarde, los huesos.

[136] Diospyros sp. (ebenceas), madera de gran precio, empleada
en ebanistera.

[137] Tanauan  Pateros? (Nota de la edicin de Berln). Se refiere
al lugar en que debi ocurrir el hecho relatado.

[138] Suelta de los gallos.

[139] Lsak, gallo blanco y rojo; talisain, gallo de varios colores;
blik, gallo blanco y negro.

[140] Compadre.

[141] La partida.

[142] Coche descubierto.

[143] Molave macho. Vitex geniculata, P. Bl.; molave
hembra. Vitex op. Dungon. Heritiera litteralis  Heritiera
sylvatica, Vid. Ipil. Afzelia bijuga  Eperua decandra, P. Bl.,
leguminosas. Langil, Mimosa lebbek (?), P. Bl. Tndalo  balayon,
Eperua rhomboidea, Bl. Malapatay, Diospyros embrioptesis, Bl. Pino
 palo-pino, Pinus Merkusii, Junk et Vrieuse, Pinus insularis,
Lindl. Narra colorada, madera roja parecida  la caoba, Pterocarpus
Santalinus, L.; narra blanca  arana, Pterocarpus pllidus, Bl.

[144] En otro tiempo, propietarios de tierras, quienes para cultivarlas
utilizaban el trabajo de los indios, sujetos  servidumbre real. Elas
alude  las luchas sostenidas por los frailes contra los primitivos
colonos.

[145] Esta interjeccin la usan frecuentemente los indgenas y tiene
diversos significados (vase la nota de la pg. 181). Aqu puede
traducirse por Est bien!

[146] Visaya, lengua de los habitantes de las Visayas 
Bisayas. Comprende varios dialectos, y entre ellos el cebuano y el
panayano, que respectivamente se hablan en Ceb y Panay.

[147] El buen da se conoce  la maana.

[148] Masn.

[149] Soy hombre, y de lo humano nada me es ajeno.

[150] Es el ltimo verso de la 3.a gloga de Virgilio: Esclavos,
detened los arroyos.

[151] Dos versos bien conocidos del Dies irae: Todo lo que estaba
oculto ser revelado, nada quedar impune.

[152] Sandoricum indicum, de Cavanilles (meliceas).

[153] Desmodium canescens, De Cand., planta leguminosa.

[154] Del verbo timb, sacar agua de un pozo.

[155] Diminutivo familiar de algunos nombres. (Vanse en el texto los
que cita el directorcillo.) Los tagalos suelen suprimir la primera
slaba del nombre y aaden la desinencia ng: Mariang, Andeng, Tic,
etc. Otras veces ponen una y: Doray, Tinay, etc.

[156] Mote aplicado al general Jovellar.

[157] Nombre filipino del tifn.

[158] Qu veo? por qu? (N. del A.)

[159] Qu preguntis? Nada existe en la inteligencia que no haya
pasado antes por los sentidos. No se desea lo que se desconoce (Esta
nota y las siguientes son de Rizal).

[160] Entre qu gentes estamos?

[161] El alzamiento sofocado de Ibarra contra el alfrez de la
guardia civil? Qu mas?

[162] Amigo, Platn es mi amigo, pero lo es ms la verdad. El negocio
es malo y temo un horrible fin.

[163] A palos se le arguye al que niega los principios.

[164] Catolis, en vez de qui tollis, etc.

[165] Ay de ellos! donde hay humo hay fuego. Cada cual busca su
pareja; es as que le ahorcan  Ibarra, luego sers ahorcado...

[166] No temo la muerte en el catre, pero s en el espaldn da
Bagumbayan.

[167] Lo escrito testifica. Lo que no curan los medicamentos, lo cura
el hierro; lo que no cura el hierro, lo cura el fuego.

[168] A grandes males grandes remedios.

[169] Prfida queras conservarlos tambin?

[170] Arded, malditos, en el fuego del hornillo...

[171] Lo sucedido, sucedido. Demos gracias  Dios que no ests en
las Islas Marianas sembrando camotes  (Camotes, patatas de Mlaga,
Convolvulus batatas P. Bl.)

[172] No sea usted tonto, es la Virgen de Antipolo! Esa puede ms
que todos; no sea usted tonto.

[173] Si no es hombre y no se muere, ser una buena mujer.

[174] En tagalo esta voz significa piedra ancha. Se llama as  una
roca escarpada que se ve en el ro. Frente  la roca haba un puesto
de carabineros que vigilaba la entrada de mercancas por el Psig.

[175] Gramnea larga y flexible que se emplea para cubrir las cabaas
de los indgenas; Imperata arundincea Brogn.

[176] Atrio.

[177] Kaingin, siembra, labor del campo.

[178] Fumadero pblico de opio.

[179] 2 de Enero 1833 (N. de la edic. de Berln).

[180] Oh! Oh! Jess, Mara, Jos!

[181] Jovellar?





End of the Project Gutenberg EBook of Noli me tngere, by Jos Rizal

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